Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes ni esta historia me pertenecen.
—Muy bien, firmaré el contrato —dijo Rachel, decidida.
Quinn sonrió, su evidente alegría haciendo que el corazón de Rachel latiese a mil por hora.
—Llamaré ahora mismo a Víctor Newell —dijo Quinn, sacando un móvil del bolsillo.
Pero no sólo le pidió al notario que redactase el contrato, sino que le dictó los términos y le exigió que estuviera listo para cuando terminasen de comer.
—¿Satisfecha? —preguntó después.
A Rachel se le había quedado la boca seca. En el último minuto había tenido dudas.
—Sí —consiguió decir, sabiendo que no sólo había firmado un año de su vida, sino la posibilidad de separarse permanentemente de la mujer que la había adoptado y criado.
Una hija desagradecida. Una hija malvada bailando con el diablo. Pero ¿no había provocado su madre esa situación poniéndose tan en contra de Quinn? Si la hubiera aceptado como hijastra. Si la hubiera dejado entrar en sus vidas…
—Vamos a brindar por que esto salga bien —dijo Quinn.
Rachel levantó su copa.
—Por que salga bien —repitió con fervor antes de beber, deseando que las burbujas fueran directamente a su cerebro para borrar el miedo de haber tomado una decisión equivocada.
Después de firmar el contrato, Quinn la acompañó a la calle y se ofreció a llevarla a casa en su coche.
Pero Rachel declinó la invitación. Su madre no debía pensar que estaba disfrutando de haberse pasado a las filas de la enemiga que iba a llevárselo todo. Incluyéndola a ella. Más o menos.
—Gracias por el almuerzo… y el contrato —le dijo, ofreciéndole su mano de manera formal.
Los ojos de Quinn brillaban, divertidos.
—Llámame si hay algún problema que no puedas resolver por ti misma.
No la había tocado hasta aquel momento. Pero la fuerza y el calor de su mano, la confianza que había en sus ojos, el aura de maestra de la manipulación… todo eso hizo que Rachel se diera cuenta de lo vulnerable que era frente a aquella mujer.
—Tú me has puesto a cargo de la finca y eso es lo que pienso hacer —afirmó, haciéndose la fuerte— ¿Cuándo debo esperar tu visita?
—Te lo haré saber —sonrió Quinn.
—Tendrás que avisarme con tiempo si quieres que extienda una alfombra roja.
—Por supuesto —asintió ella— Ya estoy disfrutándolo.
El corazón de Rachel daba saltos. «No pienses en ello», se decía.
—Bueno, nos veremos cuando nos veamos. Hasta pronto, Quinn.
Apartó la mano y se dio la vuelta, caminando por Martin Place hasta la estación Wynyard, secretamente consciente de que la anticipación de ese encuentro provocaba un caos en sus hormonas.
Un tren a Wyong. Llamar a casa para que alguien fuera a buscarla a la estación. Imaginar cómo iba a contarles todo lo sucedido a su madre y a su hermana. Era en eso en lo que debería pensar, pero tardó casi las dos horas que duró el viaje en calmarse.
El trato significaba que no sería una carga económica para su madre. Y tampoco lo sería Brittany si estaba de acuerdo. El problema era ¿estaría su madre de humor para escucharla? ¿Y aceptaría que tenía que irse de la finca inmediatamente?
Rachel sospechaba que en casa la esperaba una rabieta tremenda porque cuando llamó para pedir que alguien fuera a buscarla a la estación, Juliette Jones, el ama de llaves, sonaba angustiada.
—Graham puede ir a buscarte.
Su marido, el guardia de seguridad de la finca, cuyo trabajo consistía en impedirle la entrada a todo elemento indeseable. Como Quinn Fabray. ¿Sabrían que ya no se podía mantener fuera a Quinn?
Graham la esperaba apoyado en la puerta del jeep con expresión seria. Rachel lo conocía desde niña y jamás había ido a buscarla sin una sonrisa en los labios.
—Mal día —murmuró el hombre— No sabemos lo que vamos a hacer ahora, Rachel.
—¿Mi madre os lo ha contado?
—No ha hecho falta. Hay una furgoneta aparcada en la puerta. Han traído un nota de desahucio —Graham sacudió la cabeza— Parece que no se puede hacer nada y lady Christine no se está tomando bien que le quiten su casa.
Seguramente sería peor que eso, pensó Rachel con el corazón encogido. Al menos los empleados tendrían un año para buscar otra posición.
—Podéis quedaros en la finca por el momento.
—No, qué va. Tenemos que buscar otra casa, Rachel. Lady Christine nos ha dicho que ya no puede pagar nuestros sueldos.
—Quinn Fabray los pagará. Y a mí también, por llevar la finca. Quiere que todo se quede como está, así que no tenéis que iros.
Graham la miró, sorprendido.
—Pero lady Christine…
—He firmado un contrato con ella. La única que tiene que marcharse es mi madre.
El hombre dejó escapar un largo suspiro.
—A ella no va a gustarle.
—Me temo que eso no es negociable. Desahucio por desahucio —explicó Rachel, usando las palabras de Quinn.
—Fui yo quien le dijo a esa mujer que no podía entrar hace diez años.
—Por orden de mi madre. No creo que te culpe a ti, Graham.
—¿Y piensa vivir aquí ahora?
—No. Vendrá de vez en cuando, nada más.
—Y tú te quedas.
—Sí, tengo contrato por un año.
—Un año… entonces supongo que Juliette y yo nos quedaremos con vosotras. Luego ya veremos.
Rachel suspiró, aliviada.
—Eso sería de gran ayuda para mí. ¿Te importaría decírselo al resto del personal? Yo voy a estar muy ocupada contándoselo a mi madre… y soportando la bronca.
—No te envidio —dijo el hombre— A lady Christine no le gusta que las cosas no salgan como ella espera. ¿Quieres que me quede por ahí?
—No, gracias. Creo que podré soportarlo.
—Estaré en la cocina con Juliette si necesitas mi apoyo. Y no te preocupes por los empleados, yo le contaré a todo el mundo lo que pasa.
—Gracias, Graham.
—Quinn Fabray no encontrará nada que criticar cuando venga de visita, te lo aseguro. La finca estará perfecta, como siempre.
Perfecta. Sí, lo era.
La mejor finca del valle, evocando una extraña emoción en Rachel cuando apareció ante su vista. Los jardines, las vallas blancas, los árboles, los establos, la preciosa avenida de arces que llevaba hasta la casa… aquel era el único hogar que había conocido y saber que iba a perderlo hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas.
Su padre se había ido. La casa que se había convertido en su hogar, también.
El contrato que había firmado con Quinn Fabray ponía aquella propiedad, y todo lo que había en ella, en una especie de limbo durante un año. Pero así todos podrían acostumbrarse a los cambios y eso era bueno, ¿no?
Todos salvo a su madre. Cuya pérdida era mucho mayor ya que esperaba una herencia multimillonaria. Rachel intentó sentir compasión por ella, pero sabía lo que la esperaba.
Una furgoneta de seguridad estaba aparcada delante de la puerta. Un hombre salió de ella, identificó a Graham y los dejó pasar. Era un recordatorio de que Quinn no confiaba en su madre y quería asegurarse de que nada entraba o salía de la propiedad sin que ella lo supiera. Estaba decidida a conservar todo lo que había comprado.
¿Eso la incluiría a ella? Pero el sexo no estaba incluido en el trato, se recordó a sí misma.
Cuando llegó al salón vio los restos de varios jarrones destrozados en el suelo. Su madre paseaba arriba y abajo, tomando un whisky mientras le gritaba a Brittany, que estaba acobardada en una esquina del sofá. En cuanto entró, los gritos fueron inmediatamente dirigidos a ella, una «hija desleal por apuntarse al bando de la asesina de su padre». Luego su madre exigió saber qué había sacado con ello.
Rachel, que se había sentado al lado de su hermana, le explicó los términos del contrato que había firmado, esperando otra tanda de gritos. Pero el anuncio no provocó un nuevo ataque de furia. Su madre se quedó muy callada, guiñando los ojos, con una sonrisa de satisfacción en los labios.
—¡La tienes pillada! —exclamó maliciosamente, soltando luego una carcajada más aterradora que cualquier insulto— ¡Sexo! Eso es… No importa lo inteligente que sea, el cerebro que tienen bajo los pantalones es su punto débil. Quinn Fabray se delató ayer en el funeral diciendo que eras guapa. Está usando ese contrato para convertirte en su amante, una amante agradecida que haría lo que fuera para no perder a sus caballos. El truco es hacer precisamente eso, darle el sexo que quiera, hacerlo tan bien que vuelva a por más, y quedarte embarazada. ¡Quédate embarazada y podrás disfrutar de sus millones!
Rachel miró a su madre, atónita.
Acostarse con alguien por dinero era repugnante, pero la idea de tener un hijo por dinero… Un niño debería ser querido por los padres. Ella estaba allí en aquel momento precisamente porque no la habían querido y nunca tendría un hijo por dinero. Nunca.
—No querrás que Rachel tenga un hijo sin… sin la seguridad del matrimonio —se atrevió a decir su hermana.
—Tener un hijo con Quinn Fabray le dará toda la seguridad que necesita —replicó su madre— Usa la cabeza, Brittany. Tú nunca serás pobre si tu hermana es rica.
—Pero tener un hijo es…
—¡Oh, por favor! ¿Por qué crees que os adopté a las dos?
—Porque… ¿porque no podías tener hijos propios? —preguntó Brittany, confusa.
—Eso es lo que le dije a Russell —contestó su madre, desdeñosa— Pero la verdad es que no quería estropear mi bonita figura con un embarazo. Era una mujer de bandera y así fue como conseguí que Russell dejase a su primera esposa y se casara conmigo. No iba a dejar que otra me hiciera a mí lo mismo, ¿no? Tenía que atarlo con hijos para que, si alguna vez pensaba dejarme, le costase un riñón. Y descubrir ahora que todo ha sido para nada…
—Te ha dejado cuatro millones de dólares —le recordó Rachel.
Durante todos esos años, Brittany y ella no habían sido nada más que una póliza de seguros para la mujer que las había adoptado. No habían sido sus hijas, sólo inversiones para hacer efectivas en caso de que su matrimonio no hubiese durado.
Y ahora, sin duda, eran una carga para ella.
—¡Eso no es nada! —replicó su madre, mirando de una a otra— Y necesitaré cada céntimo de ese dinero para mantenerme atractiva y pillar a otro hombre rico.
Nada de hijas mayores en la película, claro. Y nada de apoyo económico para ninguna de las dos.
—Imagino que un elegante apartamento en Sídney sería el primer paso —sugirió Rachel.
—Sí, por supuesto. No me habría quedado aquí de todas maneras ahora que Russell no está. Pero puedo fingir que la finca sigue siendo mía si tú permaneces aquí, Rachel. Y cuando tengas a Quinn Fabray agarrada, podrás devolverme todo lo que te he dado durante estos años.
«Me lo dio mi padre, no tú», pensó ella. «Tú sólo hacías el numerito de madre delante de él». Rachel experimentó una abrumadora sensación de soledad en ese momento.
—Yo no soy como tú. Nunca seré como tú. No tengo intención de "agarrar a Quinn Fabray" —dijo haciendo un gesto de comillas con los dedos— Sólo voy a cumplir el contrato que he firmado con ella.
—No seas tonta. Tienes una oportunidad de oro para conservar todo lo que has tenido hasta ahora. Incluso más.
Rachel negó con la cabeza.
—Yo no lo haré así. No la engañaré y no jugaré a tus juegos. Esta casa es suya y me alegro de tener un trabajo porque ahora sé que no puedo esperar ayuda de ti, madre. Brittany y yo hemos servido para que consiguieras tu propósito. Hemos sido tus peones para mantener atrapado a papá, pero eso se ha terminado. Ahora puedes prescindir de nosotras, ¿verdad?
—Rachel, ¿qué estás diciendo? —exclamó su hermana.
Rachel apretó su brazo para calmarla.
—No te preocupes. Siempre me tendrás a mí.
—¡Eres una desagradecida! —gritó su madre— No eras nada antes de que yo te diese un hogar. Has tenido todos los privilegios que puede tener una niña. ¡Las dos! ¿Y qué recibo yo a cambio?
Rachel no pensaba dar marcha atrás.
—Nos has utilizado durante todos estos años. Eso es lo que has recibido a cambio —replicó, pensando que podría haber sido adoptada por otra familia, una que la hubiera querido, a ella y a Brittany.
—Si tuvieras un poco de sentido común, me harías caso.
—No pienso seguir siendo tu marioneta.
—¡Eres una estúpida! ¿No te das cuenta de que mis consejos podrían convertirte en una princesa?
—No es eso lo que quiero.
Era la verdad. Ella quería amar a la persona con el que tuviera un hijo, quería que esa persona la amase también. Ni con todo el dinero del mundo se podía comprar eso.
—¿Quieres pasarte la vida limpiando establos? —le espetó su madre.
—Al menos sería un trabajo honrado.
—No me digas que a Russell le perjudicó lo que yo hice. Ni a Brittany ni a ti, viviendo rodeadas de lujos.
Le había hecho daño a Brittany. A ella no porque podía escapar con los caballos, pero…
—Perjudicó a Quinn.
—Ah, la pobre Quinn —repitió su madre, desdeñosa— Estaba tan triste que se convirtió en millonaria y se quedó con la fortuna de su padre. ¿Esperas que sienta pena por ella? Te has metido en su trampa firmando ese contrato y esa mujer te destrozará. La única manera de evitarlo es teniéndola controlada.
—Supongo que eso es lo que tú hiciste todos estos años, madre. ¿Crees que tenerla controlada te ha servido de algo? —La retó Rachel— Parece que, al final, ha ganado ella.
El rostro de Christine se contorsionó de rabia.
—Ganaríamos nosotras si hicieras lo que yo te digo.
—No pienso hacerlo.
Su madre dio un paso adelante con la mano levantada, dispuesta a abofetearla, y Rachel apenas tuvo tiempo de levantar un brazo para evitar el golpe.
—¡Corre a la cocina a buscar a Graham, Brittany! —le gritó a su hermana— Será mejor que pares porque no voy a aceptarlo más, madre.
Pero Christine, fuera de sí, seguía intentando golpearla.
—¿Quieres que te denuncie? Porque lo haría. Graham sería mi testigo y lo haría porque ahora trabaja para Quinn Fabray. Ahora soy yo la jefa, no tú. ¿Cómo quedarías delante de tus amigos si te denunciase por pegar a tu hija?
Eso la detuvo.
Christine bajó los brazos, respirando con dificultad y lanzando sobre ella una mirada asesina.
—¡Menuda hija eres tú!
La hija obediente había muerto en aquella habitación. Una pena más en su vida.
—Tú nunca te has portado como una madre.
—¡Espero que uno de tus malditos caballos te patee hasta matarte!
Esa frase rompió el último lazo de lealtad que pudiera sentir por aquella mujer.
—Sugiero que hagas tus maletas y te vayas cuanto antes.
—¿Necesitas ayuda, Rachel? —oyó entonces la voz de Graham desde la puerta.
—No, me parece que esto ha terminado —contestó ella— ¿Madre?
—Tu padre se levantaría de su tumba si supiera cómo me estás tratando.
Rachel no se molestó en replicar. Brittany y ella habían hecho todo lo posible por complacerlo cuando estaba vivo. También eso había terminado.
Lady Christine se dio la vuelta para salir del salón con la cabeza bien alta, pero antes de hacerlo chascó los dedos en dirección a Brittany.
—Ayúdame a hacer las maletas.
—No, Brittany se queda conmigo —dijo Rachel.
—¿Qué? Ah, ya veo… hasta el gusano se vuelve contra mí —replicó Christine mientras Brittany se escondía detrás de Graham.
Luego desapareció, dejando tras ella un vacío que dejó a Rachel sin fuerzas.
—¿Puedo hacer algo por ti? —insistió Graham.
—¿Te importaría pedirle a Juliette que nos traiga un té?
—No, claro que no.
El hombre dejó a las dos hermanas solas. Rachel abrió los brazos y Brittany se echó en ellos, rompiendo a llorar.
—No pasa nada —intentó tranquilizarla— Nos tenemos la una a la otra. Ocurra lo que ocurra en el futuro, siempre nos tendremos la una a la otra.
Por el momento, el futuro era una casilla en blanco. Pero no. El nombre de Quinn Fabray estaba escrito en ella. Aquel había sido el día de su ajuste de cuentas. Y también lo había sido para Brittany y para ella.
Se preguntó entonces qué diría la casilla en un año, pero estaba demasiado agotada como para pensar en ello. Tenía que ir paso a paso, se dijo.
Incluso cuando Quinn Fabray fuera a visitar la finca, no haría nada de lo que no se sintiera orgullosa.
