Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.


Quinn estaba en el salón de su apartamento, observando al Queen Mary II entrar majestuosamente en el puerto de Sídney. Iba acompañado por una flotilla de barcos que parecían diminutos comparados con la enorme embarcación. Un espectáculo increíble que atraería a miles de espectadores en aquella nueva visita del Queen Mary a Sídney.

Entonces pensó en otra visita, una que esperaba que fuese más satisfactoria para ella.

Habían pasado dos semanas desde que firmó el contrato con Rachel y ella no la había llamado para pedirle consejo sobre nada. Tenía el número de su móvil, pero no lo había usado una sola vez. ¿Estaría intentando demostrar que era capaz de hacer su trabajo sin ayuda o era una forma de mantenerla a distancia?

Lady Christine habría hecho lo posible por envenenarla contra ella, pero la viuda de su padre se había ido de la finca de Yarramalong aquel mismo día. No podía soportar quedarse allí cuando sir Russell ya no estaba, les había dicho a sus amigos. Ni una sola palabra sobre la orden de desahucio.

Desde entonces se alojaba en casa de unos amigos, haciendo el papel de doliente viuda y fingiendo que había dejado a Rachel a cargo de la finca para salvar la cara.

Pero el silencio desde Yarramalong la molestaba. ¿Querría Rachel mantenerla alejada de su vida todo lo posible? Le daba igual lo que lady Christine dijera o hiciera, mientras estuviera fuera de la película. Pero quería comprobar si Rachel estaba de su lado realmente o jugando al juego de su madre.

Era hora de ponerse en contacto con ella, decidió, sonriendo cínicamente.

El deseo podía hacer que una persona perdiera la cabeza y Quinn estaba decidida a no ser nunca la marioneta de nadie. El truco era controlar su deseo por Rachel. Ser la dueña de su propio destino era la regla de oro en su vida y no pensaba cambiar.

De modo que se obligó a sí misma a esperar hasta la hora de la cena, pensando que Rachel habría dejado de trabajar para entonces y estaría dispuesta a charlar un rato con ella.

Con una copa de vino en la mano, Quinn se dejó caer sobre su sillón favorito y esperó mientras oía la señal de llamada, consciente de lo excitada que estaba y preguntándose si Rachel habría pensado en ella durante los últimos quince días.

—¿Dígame?

—Hola, soy Quinn Fabray. Te llamo para saber cómo va todo.

—Ah, hola, Quinn —Rachel había tardado un segundo en contestar— ¿Tenía que darte un informe todas las semanas o algo así? No recuerdo que quedáramos en eso.

—No quedamos en eso. Pero he oído que lady Christine está en la ciudad… supongo que no habrá pasado por la finca.

—No creo que vuelva. Se llevó todas sus cosas.

—¿Te causó problemas, Rachel?

Al otro lado de la línea hubo un suspiro.

—No quiero hablar de ello —dijo por fin— Los empleados que se han quedado en la finca saben que la situación ha cambiado. Estamos bien, no hay ningún problema.

Quinn sonrió.

Evidentemente había habido problemas, pero Rachel no se había rendido. Definitivamente, una mujer de carácter. Le gustaba eso. Podía añadir cierto picante a meterse en la cama con ella. Pero no creía que Rachel diera el primer paso, de modo que ganar la batalla de almohadas sería aún más interesante.

—¿Piensas… venir a visitarnos pronto?

Ese titubeo reveló cierta aprensión sobre su presencia en la finca. Y Quinn no quería que tuviese miedo de ella. Eso no era parte del plan. Sería mejor calmar sus miedos, posiblemente implantados por la venenosa lady Christine, antes de que se convirtieran en una barrera.

—Mañana es viernes, así que tengo algo de tiempo libre —contestó— Iré alrededor de las seis y media y pasaré el fin de semana evaluando la propiedad.

—Mañana —repitió Rachel.

—¿Te parece bien?

—Sí, sí, claro. Seis y media. Tendré la alfombra roja preparada.

—Gracias, Rachel —sonrió Quinn— Estoy deseando.


Rachel se decía a sí misma que no había razón para sentir pánico, todo el mundo había trabajado mucho para que la finca estuviera en perfecto estado de revisión.

Las señoras de la limpieza lo habían dejado todo radiante, el jardinero había cortado el césped y Juliette estaba haciendo una cena especial. Eran casi las seis y el único problema era qué iba a ponerse.

¿Debería arreglarse como su madre insistía siempre en que hicieran cuando su padre llegaba a casa? Ella no era ni la hija ni la esposa de Quinn Fabray, sólo una empleada. Y aunque Quinn había expresado su deseo de ser recibida como su padre, Rachel se preguntaba si arreglándose la animaría a pensar que era presa fácil.

Le repugnaba lo que su madre había sugerido sobre la situación, pero no podía apartarlo de su mente.

Debería confiar en su sentido común, se dijo.

Su madre no había hablado con Quinn como ella, no sabía lo que esperaba. Quinn quería que le diesen la bienvenida y para ello debería arreglarse como haría cualquiera para recibir a una invitada importante. ¿Y quién era más importante que Quinn en esas circunstancias? Además, en su corazón quería estar atractiva para ella. Y por eso había pasado tanto tiempo lavándose y secándose el pelo hasta convertirlo en unas suaves ondas.

Un atuendo elegante pero informal, decidió, poniéndose un pantalón blanco y un top en tonos verde, blanco y negro. El escote no era nada descarado, pero cuando se miró al espejo pensó que Quinn podría tomarlo como una invitación.

Aunque si ella tenía sexo en mente, daría igual lo que se pusiera, ¿no?

Y estaba empezando a quedarse sin tiempo.

Después de maquillarse discretamente, decidió no ponerse perfume. No, definitivamente nada de perfume porque también eso podría ser interpretado como una invitación. Satisfecha con su aspecto elegante y respetable, y haciendo lo imposible por ignorar los nervios, se dirigió al salón para preparar un martini.

Le ofrecería uno a Quinn cuando bajase del helicóptero. Esa parte del ceremonial no le haría daño a nadie. Además, una copa era apropiada en aquellas circunstancias.

Juliette apareció entonces con un plato de entrantes que dejó sobre la barra.

—En caso de que quiera picar algo antes de cenar —le dijo— Graham está esperando en la cocina. El llevará la bolsa de viaje de la señorita Fabray al cuarto de invitados cuando llegue el helicóptero —el ama de llaves la miró, insegura— ¿Seguro que no querrá dormir en el dormitorio principal?

—No lo sé, le preguntaré cuando llegue.

Juliette se pasó una mano por el pelo. Tenía más de cincuenta años y era gordita, pero se enorgullecía de estar siempre presentable y Rachel sabía que ese gesto era provocado por los nervios. Los cambios resultaban difíciles para todo el mundo, pensó, seguramente más para la gente mayor.

—Los entrantes tiene un aspecto delicioso, Juliette. Deja de preocuparte.

El ama de llaves inclinó a un lado la cabeza.

—Me parece que oigo el helicóptero. Buena suerte, Rachel. Estás muy guapa, por cierto.

—Gracias. Y gracias por todo lo que has hecho para que Quinn se sienta bienvenida.

—Merece la pena. La verdad, no me apetece nada tener que marcharme de aquí. Esta casa ha sido nuestro hogar durante tantos años.

Cuando salió del salón, Rachel estaba poniendo una aceituna en el martini.

El ruido del helicóptero parecía vibrar por todo su cuerpo.

Nerviosa, tomó la copa de martini firmemente mientras obligaba a sus temblorosas piernas a dirigirse al helipuerto. Era importante que Quinn la viese allí, dándole la bienvenida. Y tenía que hacerlo bien. Mucha gente dependía de que Quinn se sintiera feliz por mantener aquella finca.

Un año no sería suficiente para Juliette. El ama de llaves quería que aquélla siguiera siendo su casa.

En cuanto salió al jardín, el viento que levantaban las aspas del helicóptero destrozó su peinado. Debería haberse hecho una coleta en lugar de dejarlo suelto, pensó. Pero ya no podía hacer nada.

Sujetando la copa, esperó que el helicóptero aterrizase antes de subir los escalones para recibir a Quinn. Las aspas dejaron de moverse, las puertas se abrieron y Rachel se obligó a sí misma a sonreír para recibir a la mujer que se había convertido en el motor de su vida.


Quinn bajó del helicóptero con una sonrisa en los labios. Fue asombroso cuánto le había alegrado ver a Rachel esperándola, las suaves ondas de pelo castaño flotando locamente alrededor de su cara.

—Bienvenida a casa —la saludó Rachel, ofreciéndole la copa de martini.

Quinn rió, disfrutando del humor negro de la situación. Aquella casa había sido comprada, como Rachel sabía bien. No tenía ninguna conexión emocional con la propiedad. La conexión era con Rachel y ella estaba haciendo su papel a la perfección. Aquél era el sitio de la morena, no el suyo.

Sin embargo, mientras tomaba la copa, Quinn se alegró de haber ido, aunque la bienvenida estuviese pagada.

—Gracias, Rachel.

—¿Qué tal el día?

—Mucho trabajo, como siempre. ¿Y tú?

—Muy ocupada también —Rachel tuvo que sonreír ante lo falso de la conversación— Parece que vienes directamente de la oficina.

—Así es. Bill tiene que volver a Sídney mientras haya luz, así que no teníamos mucho tiempo. Había pensado cambiarme de ropa cuando llegase aquí.

—Sí, claro. Te he preparado el cuarto de invitados. Las cosas personales de mi… de tu padre siguen en el dormitorio principal. No sabía si querrías dormir allí.

—No lo creo —la interrumpió Quinn— Bueno, vamos dentro. Puedes enseñarme el dormitorio principal y después decidiré lo que hago.

Una cosa era segura, no quería que nada en la casa le recordase a su padre o a la mujer que había suplantado a su madre, asegurándose de que su hija fuera persona non grata en aquel sitio.

Era su casa ahora y no pensaba dejar que hubiese ninguna puerta cerrada para ella. No era una invitada, era la propietaria.

La puerta principal se abría a un espacioso vestíbulo. Las losetas del suelo, en color beis y terracota, con dibujos de figuras al estilo romano. En ese momento sus pensamientos volaron hacia su padre. César entrando en su palacio, pensó Quinn, irónica. Una puerta de cedro daba paso a un salón decorado de una forma claramente masculina: sofás de piel oscura, una chimenea de piedra, estanterías con libros… Su padre, evidentemente, era amo y señor en aquella habitación.

Pero no en el dormitorio, un cuarto que lady Christine había decorado para sí misma.

Todo en él era sensualmente femenino; muebles de cerezo, un edredón de brocado rosa con cortinas a juego, muchos almohadones, una espesa alfombra de color rojo… Una habitación para la reina de un burdel, pensó cínicamente. No se podía imaginar ni a ella ni a Rachel en aquella cama. Los colores no iban con ellas. Ni el estilo de la habitación.

Rachel abrió otra puerta para que viese el resto de la suite. Una mirada a la izquierda reveló un vestidor con paredes forradas de madera y, al fondo, un espejo de cuerpo entero. A la derecha, un cuarto de baño con una espaciosa ducha en la que fácilmente cabrían dos personas y un jacuzzi en mármol con vetas de jade. Aquella parte de la suite le gustaba mucho. Pero sólo cuando se hubiera librado de los muebles… y cualquier cosa que hubiera pertenecido a lady Christine.

—Ocuparé esta suite después de cambiar los muebles. Mientras tanto, me alojaré en el cuarto de invitados. Voy a llamar a un decorador para que venga lo antes posible. ¿Te parece bien?

—Sí, claro. ¿Qué quieres hacer con la cosas de mi padre?

—Quédate con lo que quieras y tira lo demás. Y dile a lady Christine que puede quedarse con los muebles… gratis. Está claro que eran suyos.

Rachel se ruborizó.

—Se lo diré.

—Me han dicho que está en casa de Sue Sylvester —comentó Quinn entonces, para saber si seguía en contacto con su madre.

—Dejó instrucciones para que su correo fuese enviado allí, sí. No sé durante cuánto tiempo. Supongo que podríamos guardar sus cosas en un guardamuebles… si las quiere.

Quinn tuvo la impresión de que Rachel no había vuelto a hablar con su madre y que no le gustaba nada tener que hacerlo. Evidentemente, había habido una ruptura. No sabía si eso le había dolido o no, pero estaba claro que la idea de llamarla no le causaba alegría alguna.

—Por otro lado, puedes regalarle los muebles al ama de llaves y su marido. A mí me da igual.

—La llamaré —murmuró Rachel— No quiero dárselos a nadie sin antes consultarlo con ella.

Sí, aquella chica era leal. Y ésa era seguramente la razón por la que había pensado que su situación en la familia Fabray era injusta. Y también significaba que iba a tener que convencerla de que acostarse con ella no era un pecado.

Eso la hacía aún más deseable. Sí, sería una novedad acostarse con una mujer que no se sintiera atraída por su dinero. Sólo un revolcón honesto, porque las dos querían hacerlo.

—Bueno, vamos a ver el resto de la casa.

Rachel la llevó al otro lado del pasillo.

—Ésta es mi habitación —le dijo, sin abrir la puerta— Y ésta es la de Brittany. Está casi todo el tiempo en Sídney, en un apartamento que comparte con otros estudiantes. Está en el último año de universidad.

—¿Qué estudia?

—Enfermería, pero quiere ser comadrona. Espero que no te importe que venga a verme.

—Si lady Christine está pagando sus estudios, supongo que esperará que no pase por aquí.

—Yo estoy pagando sus estudios —la interrumpió Rachel.

Parecía una declaración de guerra y Quinn tuvo la impresión de que defendería sus actos hasta la muerte. La ruptura con lady Christine era, por lo tanto, definitiva. Las hijas adoptivas no volverían a obedecer sus órdenes.

Quinn sonrió, alargando una mano para tocar su cara en un gesto de aprobación que Rachel no necesitaba en absoluto seguramente.

—Lo que hagas con tu dinero es cosa tuya. Y me alegra saber que cuidas de tu hermana.

—¿Entonces no te importa que venga a la finca?

Sus ojos eran enormes y de un precioso color chocolate y, por un momento, Quinn casi se perdió en ellos. Era una mujer acostumbrada a dar cariño; la clase de cariño que ella sólo había recibido de su madre. Brittany ni siquiera era su hermana biológica y sin embargo… un absurdo ataque de celos empujó su respuesta:

—No tengo objeciones a que venga, pero prefiero que no venga al mismo tiempo que yo.

«Que no me robe tu atención», pensó.

Luego apartó la mano. No pensaba dejar que nada interfiriese con lo que quería de Rachel. La compasión por una víctima no llegaba tan lejos.

—Muy bien, de acuerdo —asintió Rachel. Había apartado la mirada, lo cual sugería que sabía cuáles eran sus intenciones.

Quinn estaba segura de que Rachel se sentía tan atraída por ella. Todo era cuestión de tiempo, pensó, diciéndose a sí misma que debía ser paciente. Era como un juego de póquer; había que saber cuándo subir la apuesta y cuándo esperar. Y tener la carta adecuada iba a ser esencial con Rachel.

La morena la llevó al cuarto de invitados que era, en realidad, una suite con una salita equipada con televisión de plasma, una cocina francesa y dos dormitorios con cuarto de baño. Su bolsa de viaje había sido colocada en uno de los dormitorios.

La decoración era inofensiva, en marrón y blanco, el único toque de color el de unas flores en un jarrón de cristal. Lo único que diferenciaba aquella habitación de un hotel era que le faltaba una botella de champán en un cubo de hielo. Pero Rachel le había ofrecido un martini.

—Te dejo para que te acomodes. Reúnete conmigo en el salón cuando hayas terminado.

No se quedó a charlar.

No le dio pista alguna sobre lo que sentía.

—Gracias —dijo Quinn, jurándose a sí misma que aquélla sería la última vez que la tratase como a una invitada.

Pensaba ser mucho más que eso en la vida de Rachel.

Antes de que terminase el fin de semana, la distancia que la morena intentaba mantener con ella iba a disminuir considerablemente.


Muchas gracias a todas las que se toman la molestia de comentar cada capítulo :)

Paso rápidamente a decir que esta historia tendrá 11 capítulos (creo que no lo había dicho antes)

Eso es todo. Hasta la próxima ;)