«Déjala en la cama y vete», se decía a sí misma Quinn.
Seguro que Rachel confiaba en que hiciera justamente eso. Quinn estaba gratificando al ser primitivo que había en ella llevándola en brazos. No era culpa suya que el roce de sus pechos acelerase su corazón, ni que su aliento fuera una caricia irresistible. Quería sentir el calor de sus labios y con cualquier otra persona no lo habría dudado, pero con Rachel…
«Márchate y deja que descanse después de su éxito».
Quinn se obligó a sí misma a dejarla suavemente sobre la cama, pero Rachel no apartó los brazos de su cuello. La rubia miró su cara, seductoramente enmarcada por las ondas de cabello castaño sobre la almohada blanca. Estaba despierta, inflamando el deseo que intentaba contener, que ya no podía contener.
Cuando rozó sus labios no fue un beso suave. No fue un beso de buenas noches. Su boca cayó sobre los labios de Rachel con una pasión abrasadora, el deseo contenido durante semanas empujándola a tomar todo lo que Rachel pudiera darle.
Y la respuesta de la morena fue igualmente fiera, enredando los dedos en su pelo, sujetando su cabeza mientras aceptaba y devolvía su beso.
Quinn ni siquiera fue consciente de cuándo se tumbó a su lado en la cama, pero la envolvió en sus brazos y sintió que Rachel le pasaba una pierna por encima. Se besaron con una locura enfebrecida que consumía cualquier pensamiento racional.
—Quítate la ropa —dijo Quinn con voz ronca, apartándose un momento para buscar aire, su mano bajo la blusa para desabrochar el sujetador de la morena.
—Tú también —respondió ella.
Se lo quitaron todo, tirando cada prenda descartada al suelo, la necesidad de verse libres de barreras sin dejar sitio para las inhibiciones. Luego volvieron a abrazarse, piel con piel, las suaves curvas de Rachel moldeándose contra el cuerpo de Quinn.
Tan pronto como pudo, Quinn comenzó a besarla de nuevo mientras sus manos recorrían su cuerpo hasta posarse en uno de sus pechos. Lentamente, fue dejando un rastro de besos húmedos por la mandíbula, el cuello y la clavícula de Rachel hasta llegar a sus pechos. Chupó y lamió su pezón derecho mientras masajeaba el izquierdo. Unos minutos después, su boca abandonó el maltratado pecho derecho para centrar su atención en el izquierdo.
Rachel dejó caer su cabeza hacia atrás e incapaz de aguantar tanto placer, comenzó a mover sus caderas para sentir como el duro miembro de Quinn rozaba su sexo.
—Quinn…
Su nombre salió en forma de quejido de los labios de la morena. Rachel estaba lista para ella. Húmeda y caliente.
Quinn volvió a besarla mientras, con cuidado, agarró su erección y se hundió dentro de ella, disfrutando al sentir cómo el sexo de Rachel se apretaba a su alrededor. Cuando por fin estuvo totalmente dentro de ella, ambas soltaron un sonoro gemido. Rachel rodeo el cuello de Quinn con sus brazos mientras la rubia empezaba a salir y entrar de ella con un suave movimiento de sus caderas.
—¡Ah, Quinn…!
Los gemidos de Rachel no hacían más que excitar cada vez más a Quinn, que por todos los medios trataba de no ser demasiado brusca con sus movimientos, pero era difícil controlarse cuando había deseado tener así a la morena durante tanto tiempo.
Después de un momento, Rachel envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Quinn, levantándose y arqueándose un poco para recibirla mejor, e incitando a la rubia a que fuera más rápido y llegara a lo más profundo de su ser.
Sin perder tiempo, Quinn aumentaba el ritmo de sus envestidas, chocando con fuerza contra el pequeño cuerpo de Rachel, mientras besaba su cuello e iba en busca de sus labios y ambas se fundían en un apasionado beso.
Quinn estaba completamente fuera de sí, su corazón latiendo como si quisiera salirse del pecho, buscando el momento de sumo placer, exultante en la excitación que despertaba en Rachel. Cuando por fin la oyó gritar, su propio alivio escapó de ella en violentos espasmos y un sonido gutural salió de su garganta.
Sostuvo a Rachel con gesto posesivo y las dos se quedaron inmóviles durante unos segundos, aun íntimamente unidas, las piernas enredadas, buscando aire, disfrutando de aquella sensación de proximidad. Rachel tenía la cabeza bajo su barbilla mientras Quinn acariciaba su pelo, lo olía, lo besaba, lo amaba. Su piel era como la seda y se sentía embriagada por la gloriosa sensualidad de aquel precioso cuerpo bronceado. En otra ocasión la besaría de arriba abajo pero, por el momento, sólo quería abrazarla.
Rachel se quedó dormida. Y no le importó.
Eso quería decir que no le preocupaba lo que había pasado. O que estaba contenta por la posibilidad de quedar embarazada… ¡Había perdido la cabeza! pensó Quinn.
¡No había usado preservativo!
El insistente sonido del teléfono despertó a Rachel. El recuerdo de la noche anterior con Quinn apareció en su mente con la conciencia de estar desnuda. Rachel miró a su lado para ver si Quinn seguía allí. No, estaba sola.
El teléfono seguía reclamando su atención. Medio dormida, alargó una mano para levantar el auricular y se quedó sorprendida al ver en el despertador que eran más de las nueve. Había dormido casi diez horas.
—¿Dígame?
—Soy Quinn.
—¿Quinn? Acabo de despertarme.
—Yo también.
—¿Dónde estás?
—En mi apartamento, en Sídney.
—¿Por qué no te quedaste a dormir?
—Tenía una reunión importante a primera hora.
—Ah, ya... —Rachel intentó disimular la desilusión— Fue tan maravilloso…
—Veo que no lamentas que haya pasado.
—No.
Imposible lamentarlo. ¿No lo había deseado secretamente desde el primer día?
—Yo no pensaba terminar la noche así, Rachel. Fue tan inesperado que… se me olvidó usar un preservativo.
Esa frase fue como un cuchillo en su corazón.
¿Pensaba que la había atraído hasta su cama con la intención de quedar embarazada? ¿Se había marchado al creer que había caído en una trampa?
—Quinn, no voy a quedarme embarazada. Tomo la píldora.
Tampoco ella había planeado lo de la noche anterior, pero unas semanas antes había ido a su ginecólogo para que le recetase la píldora anticonceptiva. No quería que hubiera consecuencias si sucumbía ante la atracción que sentía por Quinn Fabray.
Rachel no iba a usar un hijo para atarla económicamente, ni en ningún otro sentido.
—Bueno, entonces supongo que eso será suficiente —dijo Quinn— Me llevaría un disgusto si no pudieras competir en la Copa del Mundo.
Rachel suspiró, aliviada. No parecía dudar de su palabra.
—Sólo estamos al principio de la temporada. Tengo que conseguir buenos resultados en varios campeonatos más antes de llegar a la Copa del Mundo.
—Buen principio entonces. Me alegro de haber estado allí para verlo.
Sonaba alegre, pero Rachel empezó a pensar que Quinn quería distanciarse de ella.
—¿Cuándo volveré a verte?
—Probablemente el próximo fin de semana. Pero te llamaré con antelación.
Eso sonaba tan vago, tan impreciso.
—Espero que tengas una buena semana y gracias por ir a Maitland ayer. Fue un día especial.
—Tú eres una chica especial, Rachel. Hasta pronto.
—Adiós.
Nerviosa, Rachel se duchó y se vistió para salir al mundo que Quinn le había permitido conservar durante un año porque quería conocerla. La pregunta era si querría seguir conociéndola.
Juliette estaba en la cocina, tomando una taza de té y leyendo el periódico.
—¿Lista para el desayuno?
—Sí. Y tengo hambre, además —suspiró Rachel— Esta mañana lo quiero todo: café, huevos, champiñones…
—Ahora mismo —Juliette lanzó sobre ella una mirada de curiosidad— Qué raro que te hayas levantado tan tarde.
—Ayer fue un día agotador.
—Will nos ha dicho que ganaste el concurso de saltos. Enhorabuena.
—Gracias.
—Y que la señorita Fabray estuvo en Maitland y luego te trajo a casa.
Esto lo dijo con una ceja levantada.
—Sí, es verdad —murmuró ella, intentando que su voz sonara lo más natural posible.
—Pero no se quedó.
—No, tenía que volver a Sídney.
—Will nos ha dicho también que la señorita Fabray parecía muy… encandilada contigo.
El corazón de Rachel empezó a hacer de las suyas.
—A mí también me gusta. Mucho.
—¿Tú crees que eso es sensato? —preguntó Juliette, preocupada— Es un poco complicado… con la finca y todo lo demás.
¿Qué pasaría si la relación entre Quinn y ella se rompiera de inmediato? ¿Si su interés fuera satisfecho antes de lo que a ella le gustaría?
—No sé, Julie —suspiró— Pase lo que pase entre nosotras, no creo que Quinn vaya a romper el contrato que hemos firmado, así que puedes contar con estar aquí todo un año.
Con Quinn o sin Quinn.
—En fin, ¿quién sabe? —Sonrió el ama de llaves— A lo mejor todo acaba bien.
Imposible lamentarlo. ¿No lo había deseado secretamente desde el primer día?
Ese era un sueño imposible por el momento, pero Rachel no podía descartarlo. Estaba enamorada de aquella mujer. Aunque ella le hubiera dejado claro que el amor y el matrimonio no estaban en su agenda, la gente cambiaba de opinión. La noche anterior había habido una profunda conexión entre ellas… O eso quería creer.
La semana pasó en un caos de actividad, cada día con la esperanza de que no hubiese un cambio de planes.
El lunes habían llevado una alfombra nueva para el dormitorio principal en color verde jade, tan espesa que parecía de terciopelo. Los muebles, de estilo provincial francés, llegaron el martes: una cama de matrimonio, dos mesillas, una elegante mesa de café a juego con dos sillones tapizados en brocado de seda.
El miércoles llegó la televisión de plasma, que fue instalada en la pared, ocupando el espacio que había ocupado el tocador de su madre. El resto de los muebles llegaron el jueves: preciosas lámparas con pie dorado y pantallas de seda salvaje en tono marfil, sábanas de algodón egipcio, un edredón del mismo brocado que los sillones, una pila de cojines para decorar la cama.
Vistiendo la puerta de cristal que daba al jardín, unas cortinas de seda en el mismo tono verde jade que el edredón, sujetas con borlas doradas. El efecto era precioso, pero el toque especial fue un cuadro que llegó a última hora. Rachel no podía creer que fuese un Monet de verdad, pero lo era. Debía de valer millones de dólares y Quinn había elegido colgarlo allí.
Aquello no podía ser algo temporal para ella. Nadie colgaría un Monet auténtico en un sitio en el que no pensaba vivir… aunque sólo fuera parte de la semana. Tenía que significar algo. Quizá que iba a pasar mucho tiempo en la finca. Con ella.
Quinn llamó esa noche.
—Llegaré mañana a las seis —le dijo sin preámbulos.
—Y yo estaré esperándote con una copa de champán —anunció Rachel.
—¿Champán?
—Bueno, no quieres un martini y he pensado que el nuevo dormitorio principal merece ser bautizado con champán.
—¿Te gusta?
—Es precioso, me encanta. Y el cuadro de Monet… es tan bonito que no dejo de entrar en la habitación para verlo.
—Una de mis inversiones más extravagantes —rió Quinn— Me alegro de que te guste. Quería que lo disfrutases conmigo.
Disfrutarlo con ella.
Por un momento Rachel se quedó perdida en ese delicioso pensamiento. Luego se dio cuenta de que Quinn probablemente había querido decir disfrutarlo con ella desde la cama. ¿Y por qué no? Después de lo que había pasado el sábado por la noche era una idea razonable.
Sin embargo, quizá por el increíble valor monetario del cuadro, la idea de que hubiera querido hacer del dormitorio principal un lugar de seducción envió un escalofrío por su espalda. ¿Estaría usando su dinero para conseguir lo que quería?
No sabía lo que pasaba por su cabeza. Lo único que sabía era que cuando Quinn Fabray quería algo lo conseguía.
Black Quinn Fabray se había llevado todo lo que había sido de sir Russell, desde su empresa a sus posesiones personales… o ella, su hija adoptiva.
—¿Rachel?
—¿Sí?
—¿Qué ocurre?
—Estaba pensando… sólo nos hemos visto dos veces, Quinn.
—El tiempo no tiene nada que ver con la conexión que hay entre nosotras.
La conexión. También Quinn la sentía.
Fue como si le quitaran un peso de encima. Daba igual lo que hubiera escondido en los oscuros recesos de su mente, la conexión entre ellas era real. Y no podría volver a mantener las distancias. Además, no quería hacerlo.
—A las seis en punto —le recordó.
—Llevaré una botella de champán francés y podremos brindar por el Monet.
—Tendré las copas preparadas. Y un cubo de hielo en la mesa de café del dormitorio principal.
Su corazón se aceleró al pensarlo. ¿Era demasiado atrevido por su parte? No.
¿Para qué fingir que no quería pasar cada segundo con Quinn?
—Estoy deseando que llegue el viernes —murmuró Quinn— Buenas noches, Rachel.
—Buenas noches.
También Rachel estaba deseando que llegara el viernes. Quizá esa conexión entre ellas no duraría, pero mientras durase no pensaba darle la espalda.
Ir a la finca esa vez fue diferente para Quinn. Cuando las vallas blancas y el bien cuidado césped aparecieron ante su vista sintió una conexión más personal. La sensación de ser una extraña había desaparecido.
Aquél no era su sitio, pero el sitio le pertenecía. Los empleados la habían aceptado y ahora formaba parte del mundo que una vez había sido dominio de su padre.
«Es mío ahora», pensó con satisfacción. Y también Rachel, la hija a la que sir Russell había preferido.
Pero la semana anterior cometió un grave error al no usar preservativo. Llevaba uno en la cartera y había sido una estupidez por su parte no controlar lo que hacía. Aun así, Rachel no era una manipuladora como su madre y que tomase la píldora las había salvado de un… accidente.
Lady Christine tenía razón sobre lo que pasaría si quedase embarazada, Quinn no podría darle la espalda a su propio hijo como había hecho sir Russell. Afortunadamente, Rachel tampoco quería consecuencias.
Quinn tuvo que sonreír al pensar en ella. Ninguna otra mujer la había hecho sentir como la hacía sentir Rachel. ¿Sería una cuestión psicológica por el hecho de que Rachel hubiera tenido todo lo que ella quiso siempre? ¿Estar con Rachel le parecía una forma de equilibrar la balanza?
Fuera como fuera, Rachel despertaba algo en ella que la empujaba a comportarse como no solía hacerlo con otras mujeres. No era una diversión ligera para disfrutar cuando tenía tiempo. Le resultaba difícil dejar de pensar en ella incluso cuando estaba trabajando. Y esperaba que Rachel pensara en ella porque la idea de que la tuviese controlada le resultaba inaceptable.
Controlar cualquier clase de situación y capitalizarla a su favor la había convertido en la mujer que era y no pensaba dejar de dirigir su vida como lo había hecho siempre.
Aquella obsesión por Rachel pasaría, se dijo a sí misma. Seguramente tenía que ver con lo que nunca había obtenido de su padre, pero le gustaba estar con ella. Sencillamente, tenía que mantener una perspectiva razonable.
Aunque la razón fue tragada por el deseo cuando la vio salir de la casa para recibirla, su pelo castaño iluminado por los últimos rayos del sol. Llevaba un top negro ajustado, marcando sus preciosos pechos, y una falda blanca. El viento que levantaban las aspas del helicóptero pegaba la tela de la falda a sus piernas, unas piernas preciosas que ella había enredado en su cintura en los momentos de desinhibida pasión.
Con una familiar tensión en la entrepierna, tomó la botella de La Veuve Clicquot, lista para bajar del helicóptero en cuanto aterrizase. No podía esperar un segundo más del necesario, el deseo de tocarla era tan abrumador.
Rachel estaba sonriendo, pero no era el gesto amable de su primera visita, sino una gloriosa sonrisa de bienvenida, una sonrisa de alegría que la hizo sentir feliz mientras bajaba del helicóptero y se dirigía hacia ella.
Quinn era tan guapa que Rachel sintió un estremecimiento al verla otra vez, contenta al observar que su paso telegrafiaba su alegría de verla, el brillo de sus ojos dorados ahora sin sombras porque ella iba a llevar luz a su vida, un pensamiento loco que la hizo sentir maravillosamente bien.
—¡Hola! —la saludó Quinn, levantando la botella de champán— Espero que tengas las copas preparadas.
Rachel rió.
—Y el cubo de hielo.
—Buena chica —dijo Quinn, tomándola por la cintura— Llevo todo el día esperando este momento.
—Yo también —dijo Rachel sonriendo. Era imposible disimular la alegría que sentía al verla.
Quinn frotó la mejilla contra su pelo. Si fuese una gata, habría ronroneado de placer, pero se limitó a besarla en la mejilla, contenta de haberle pedido a Juliette que preparase algo de cena y lo dejase en la nevera.
Eso dejaba claro que quería estar a solas con Quinn, pero no le importaba que ellos lo supieran.
—¿Y tu bolsa de viaje? —le preguntó cuando llegaron al vestíbulo— Le he dado la noche libre a Graham.
—Bill, el piloto, la traerá, no te preocupes.
Quinn no se detuvo siquiera. Y tampoco lo hizo ella, contenta de entrar en el dormitorio principal y cerrar la puerta, alejándose del mundo, compartiendo su urgencia, disfrutándola. Quinn ni siquiera miró alrededor.
—Ah, copas en la mesa —sonrió, como si el resto de la habitación no le interesara en absoluto.
—¿Te gusta cómo ha quedado?
Quinn dejó la botella de champán sobre la mesa y miró alrededor antes de tomar a Rachel entre sus brazos.
—A ti te gusta, así que debe de estar bien. Eso es lo único que me importa.
Rachel no le dio importancia a la frase en aquel momento. Detectaba la pasión en su voz, veía el deseo en sus ojos y su corazón latía salvajemente.
Quinn tomó sus labios con un ansia que inmediatamente despertó un fiero deseo de alimentarla y Rachel le devolvió el beso con una lujuria que la hubiera dejado sorprendida en un momento de cordura; sus lenguas buscando intensas sensaciones, dientes chocando, labios aplastándose en un fiero deseo de saborearlo todo.
Sus pechos aplastados contra los de Quinn, la dura erección rozando su estómago…
—Te deseo tanto que no puedo esperar —murmuró Quinn.
—Yo tampoco puedo.
Se quitaron la ropa, ayudándose la una a la otra para tardar lo menos posible, deseando estar piel con piel; deseando el calor, la intimidad que sus cuerpos exigían. Rachel se puso de puntillas para apretarse contra su cuerpo. Amaba a aquella mujer, la amaba, la amaba, la amaba tanto…
Quinn la tomó en brazos y se acercó a la cama para dejarla sobre el edredón. Al ver su pelo extendido sobre la almohada, un apasionado «sí» escapó de sus labios. Sus ojos brillaban, exultantes, mientras se colocaba encima y Rachel abría las piernas para acomodarla, enredándolas en su cintura para responder al urgente deseo que las empujaba a las dos.
Rachel se arqueó, en éxtasis, y el mismo monosílabo: «sí», escapó de su garganta. Sus músculos interiores se cerraron mientras Quinn inclinaba la cabeza para besarla, sus bocas repitiendo lo que hacían sus cuerpos. Era una unión increíblemente posesiva, increíblemente excitante hasta que, por fin, una explosión las dejó pegadas la una a la otra en un fiero abrazo.
Quinn se tumbó de espaldas, llevando a Rachel con ella y acariciando su pelo mientras la morena, con los ojos cerrados, no podía hacer nada más que recibir las caricias. No podía pensar.
—¿Contenta? —le preguntó Quinn cuando por fin su respiración volvió a la normalidad.
—Mmhmm…
—Creo que es hora del champán.
—Mmhmm…
Rachel ya tenía suficientes burbujas en el cerebro, pero si Quinn quería añadir más, no iba a poner objeciones.
—Quédate como estás. No te muevas.
Rachel se sentía tan lánguida que no podía moverse. Además, de inmediato se sintió cautivada por la panorámica de la espalda desnuda de la rubia. Estaba incluso mejor sin ropa, Quinn era la perfección personificada: finos hombros, unos pechos bonitos, un abdomen envidiable, un trasero precioso, y piernas bonitas y trabajadas, pero no desproporcionadas. Imaginaba que iba al gimnasio para mantenerse en forma.
La vio abrir la botella de champán con una economía de movimientos que denotaba gran práctica en la tarea. La idea de que hubiese celebrado acostarse con otras la angustió, pero se dijo a sí misma que no debía estropear el momento.
Después de llenar dos copas, Quinn metió la botella de champán en el cubo de hielo y se volvió, sonriendo al verla exactamente donde la había dejado.
—Ni siquiera has mirado el Monet, Quinn.
Y tampoco lo miró en aquel momento. No apartaba los ojos de su cuerpo desnudo.
—Tú eres mucho mejor que cualquier cuadro, Rachel. Una obra de arte viviente.
El deseo que había en los ojos de Quinn inmediatamente la hizo olvidar cualquier preocupación.
—¿Puedo moverme ahora?
—Mientras no te alejes de mí… —dijo Quinn sonriendo.
—No puedo beber champán mientras estoy tumbada.
Rachel se sentó en la cama y Quinn colocó varios almohadones en su espalda.
—¿Cómoda?
—Sí, gracias, pero no has puesto almohadones para ti.
—Estoy segura de que puedo encontrar algo suave en lo que apoyarme —sonrió Quinn, bajando la mirada.
Rachel miró hacia abajo también y comprobó que sus pezones estaban duros, erectos. Después no pudo evitar mirar su… equipamiento. Como el resto de ella, la viva imagen de la sensualidad. Y el deseo de tocarla era demasiado tentador como para resistir, de modo que se inclinó hacia delante y pasó un dedo por la piel aterciopelada de la rubia.
—Mmmm… qué bien…
—A mí también me parece bien —bromeó Rachel— Más que bien —añadió, sorprendida de su propio atrevimiento.
—Eres preciosa, Rachel. ¿Te lo había dicho alguna vez?
—No. Hasta ahora no.
¿De verdad lo pensaba o era algo que decía en un momento de placer?
—Pensé que eras preciosa a los catorce años, pero ahora… estás radiante.
¿A los catorce años? No podía creer que la recordase de entonces. Sin embargo, el brillo de sus ojos la hacía sentir preciosa.
—Yo nunca te olvidé, Quinn. Me dejaste una marca aquel día —le confesó.
—Mi marca —repitió Quinn.
—No sabía nada de ti antes de ese momento, pero a partir de entonces nada fue lo mismo. Tantas cosas empezaron a parecerme mal… Yo no podía hacer nada para solucionar la situación, pero pensé mucho en ti.
Quinn sonrió.
—Voy a hacer que sigas pensando en mí… y no a distancia —murmuró, echando unas gotitas de champán sobre su monte de Venus antes de inclinar la cabeza para lamerlo.
El frío del champán, el calor de su sexo, el roce de su lengua, todo era tan increíblemente erótico que Rachel no podía respirar. Su cuerpo rugía como un volcán a punto de explotar. Era imposible seguir fingiendo. Consiguió esperar hasta que Quinn dejó la copa sobre la mesilla, pero luego sujetó su cara entre las manos.
—Te necesito ahora.
—Entonces hazme tuya —dijo Quinn con voz ronca.
Un segundo después, Quinn estaba llenándola de nuevo, satisfaciéndola. Y Rachel disfrutaba de la magia de sentirse conectada con ella.
La besaba en un frenesí de pasión, sus manos enredándose en su pelo, las piernas alrededor de su cintura, moviéndose las dos con un ritmo que reforzaba la intensidad de la unión. Juntas llegaron al final y permanecieron abrazadas, en silencio, durante unos segundos.
No había necesidad de decir nada, hasta que Quinn sugirió que tomaran un baño en el jacuzzi para animarse. Las dos llevaron sus copas de champán y Rachel bebió despacio, disfrutándolo más esta vez.
—El próximo evento puntuable para la Copa del Mundo es el concurso de Sídney, ¿verdad? —preguntó Quinn.
—Sí —asintió ella, deslizándose hacia delante para sentarse en sus rodillas.
—Podrías quedarte en mi apartamento. Yo te llevaré al circuito todos los días.
—Eso estaría muy bien —sonrió Rachel, inclinándose para darle un beso en los labios.
—Por ahora no me canso de ti, Rachel Barbra Fabray—murmuró Quinn.
A Rachel no le gustaba el «por ahora», pero pasar unos días con Quinn en Sídney sonaba estupendo.
No quería pensar en el futuro. No quería pensar en nada más que en lo que tenían en aquel momento y no lo hizo hasta que el fin de semana terminó y Quinn volvió a la ciudad.
Esa noche Brittany la llamó por teléfono y Rachel, emocionada, se lo contó todo, deseando que su hermana se alegrase por ella.
Desgraciadamente, la respuesta no fue la que esperaba.
¡He vuelto! Gracias por no matarme por haber dejado el capítulo anterior así, pero quería que este fuera más largo. Espero que la espera os haya merecido la pena :p
¡En el próximo capítulo vuelve Brittany! :D
Gracias por los review del capítulo anterior. ¡Nos leemos pronto! ;)
P.D: Quedan tres capítulos para el final.
