El caballero de la armadura oxidada
POV Edward
¿Cuánto tiempo había pasado? Mierda mi cabeza me dolía demasiado, sentía las extremidades atrofiadas y cansadas. Había perdido la cuenta de los días de la última vez que había visto la luz pero aun con los ojos cerrados sentía un enorme cansancio en la espalda y mis piernas entumecidas.
–¿Hijo? – Preguntó una suave voz familiar – por favor, Edward. Despierta.
Entreabrí los ojos y noté a Esme parada junto a mi padre a un costado de la cama. Tenía la mirada rigurosamente sobre mí y parpadee por el contraste de la luz.
–¿Cómo te sientes, hijo?
–¿Padre? ¿Madre?
–Sí, somos nosotros. Tienes suerte muchacho, afortunadamente.
–¿Dónde estoy? – inquirí levantando ligeramente el torso y gesticular de dolor.
–Ni se te ocurra moverte Edward Anthony Cullen Masen– regañó mi madre – estás delicado y aun en el hospital de New York.
–¿Dónde está…?
–¿Quién?
–Bella… Bella ¿dónde está?
Mis progenitores se miraron el uno al otro con gesto pensativo y mi padre suspiró en silencio.
–Ella sigue desaparecida – contestó – no la han encontrado, Edward.
Abrí los ojos alarmado, no podía ser posible.
–No es cierto, no puede ser verdad. Ese… –y gemí de dolor – ese hombre la tiene consigo.
Mi madre comenzó a llorar.
–Mírate, casi mueres en ese auto del demonio. Deja ya de pensar en los demás, Edward. Eres un hombre y espero que entiendas que aunque seas mayor, nos iremos a Francia en cuanto la dictamine el médico.
–No me iré – la miré con los ojos bajos – voy a encontrarla.
–¿A quién?
–A Bella– respondí con seguridad – no puedo dejar las cosas como si nada hubiese ocurrido.
–Por la misma razón que sabemos, no podemos permitirnos que mueras en el intento de buscar a alguien que tal vez ni siquiera esté en el país ¡Es una locura!
–Esme, tranquilízate por favor –pidió mi padre – ¿no ves que esto daña a Edward en su recuperación?
–Lo siento, querido – comentó apenada – me duele la idea de pensar de que quizás pudimos perderlo.
–Pero estoy bien – interferí – y quiero irme tan pronto como pueda.
Miré a mi padre con mucha seriedad y después a la mujer que me había dado la vida. En ese momento sabía que nos los haría felices a ninguno de los dos y que pese a mis intuiciones estaba cerca de quien tenía a Bella, Adam. Por alguna extraña razón había intuido que yo estaba de por medio quizás en el pensamiento de ella y eso había desatado la furia que llevaba dentro. Tenía que llamar a los jefes de seguridad y que le siguiesen el rastro hasta dar con su paradero, quizás la policía como siempre había sido lo suficientemente inepta como para poder encontrar las suficientes pistas como para inculparlo.
–¿Cómo ves mi recuperación, padre?
–Vas bien, Edward – contestó sereno – eres fuerte, hijo mío.
–Me alegra escuchar eso – contesté a media sonrisa – porque tengo algo que decirles a los dos.
En ese momento, un doctor de edad avanzada, cabello blanco y barba menuda. Entró tocando la puerta con mucha suavidad.
–Buenos días, señores– saludó amable– ¿cómo está usted, señor Cullen?
–Bien, doctor– respondí.
–¿Cómo vio sus estudios, doctor? –preguntó mi madre.
–Muy bien, señora. Me es grato decirles que no tiene ninguna lesión en la cabeza. Solo algunos golpes que dejaran algunos moretones pero ningún tipo de lesión interna.
–Eso es bueno – corroboró mi padre – eso indica que podrá marcharse pronto.
–Así es, señor. ¿Usted es médico?
Carlisle le tendió la mano cual colega de añorados tiempos.
–Doctor Carlisle Cullen, soy el padre de Edward.
–¿Cullen? ¿El famoso doctor francés? ¡Usted es una celebridad en América, doctor!
–Gracias pero, vine solo por mi hijo – reprendió apenado.
–Ah, sí. Claro. Bien, Edward – y se acercó a mi cama – creo que como estás en excelentes manos, podrás marcharte hoy mismo del hospital. Solo tendrás que tomar algunos medicamentos, podrías presentar algún síntoma de estrés y si hay dolor, tienes que volver al hospital.
–¿Puede viajar? – preguntó mi madre.
–No creo que haya problema pero tiene que tener en cuenta el horario de medicamentos y un poco de reposo.
Me sentía como un niño pequeño pero no podía suprimir el lado maternal de Esme, esa mujer había nacido para ser madre y sin lugar a dudas nadie en el mundo podía reprimir ningún tipo de cuidados por parte de ella. No quería llevarle la contraria, no después de todo lo que había sufrido por mi culpa.
–Gracias, doctor– respondí.
–De nada, señor Cullen y que se mejore pronto. Señores – y se despidió con una movimiento de cabeza.
–Hasta luego, doctor.
Mi madre sonrió por la noticia y se sentó a mi lado.
–Por fin, nos podremos ir a casa, hijo.
–Madre – intervine – no puedo ir a casa aún. Te lo dije.
–Hijo…
Cerré los ojos y traté de ser tan paciente como pude.
–Padre, madre… Me quedo a buscarla a ella… Siento que tengo la responsabilidad de encontrarla porque algo dentro de mí, se siente culpable.
–Si es eso lo que te motiva – comentó mi madre – podemos pagarle a gente para que busque por esa muchacha. Además Edward, ella era tu empleado, no nadie de tu familia.
–Hijo, sé que las palabras de tu madre son duras y hasta yo entiendo un poco porque alterno con ella pero me preocupa que pueda ocurrirte algo.
–No esta vez. Esta ocasión será diferente porque iré preparado para todo y no es la culpa la que me mueve – y me quedé en silencio – es otra cosa.
–¿Qué más puede ser?
–Amor mamá – dije mirándola a los ojos – amo a Bella y fui un estúpido porque cobardemente la deje ir de mi lado. Ella me ofrecía su honestidad y jugué mientras me escondía en la penumbra. No puedo vivir sin ella.
–No, no quiero perder a mi hijo – y unas lágrimas se le resbalaron – es muy duro pensar de nuevo en ello.
–¿Eso es lo que realmente quieres, Edward?
–Sí, papá y perdóname mamá pero no puedo permitirme irme sin hacer algo al respecto. Si me voy sin hacer nada es como tirar mi corazón al viento y a la deriva. Si llego a vivir más allá de este accidente –y me levanté con dolor – no podré seguir existiendo más que unos meses más. Si ella muere, también yo.
–¡Edward!
–Lo siento, mamá pero es la verdad, ¿recuerdas lo que me dijiste que pasaría el día en que me enamorara? ¿Recuerdas cuando la idea de dejar a mi padre te atormentaba? ¿No es lo que uno debe sentir cuando ama? Temor por dejar desamparado a la persona con quien deseas compartir tu vida.
–Está bien, yo no me opondré.
Esme lo miró con desaprobación y un gesto de dolor se incrustó en su angelical rostro. Sí que le había roto el corazón y sabía que era lo peor que le podía hacer a esa dulce mujer pero no me permitiría dejar con negligencia la desaparición de Bella.
–Lo siento.
–¿Lo sientes? ¿Sabes que se siente la idea de perder a un hijo, Edward? ¡Tú no me quieres!
Bajé la vista con vergüenza y negué con la cabeza.
–¿Cómo puedes decir eso? Te amo madre, ¿por qué piensas que no es así?
–Edward, entiéndela.
–Lo siento de nuevo – respondí– pero es necesario que me den su apoyo, como siempre.
Esme me miró ceñuda pero pude comprender su gesto: estaba aterrada y por un momento me sentí un monstruo sin corazón ¿qué clase de persona era si hacía sentir así a mi propia madre? Pero luego comprendí que desde pequeño me había inculcado proteger a los más débiles y menos agraciados pero, siempre le había llevado la contraria desde el primer segundo que había comenzado a utilizar a las mujeres para mi propio placer. Tomé su mano y la acaricie por el dorso con una sonrisa, la más dulce que pude dedicarle. Tomé el teléfono celular de mi padre y marqué un número.
–¿Podrían dejarme un segundo, por favor?
–Claro, hijo – contestó mi padre llevándose por los hombros a Esme – estaremos arreglando los pasajes para volver.
–Gracias, papá y sobre todo gracias mamá.
–Te queremos – dijo ella.
–Lo sé.
Salieron de la habitación y en cuanto eso sucedió, pulsé la tecla de llamar y esperé pacientemente hasta que una voz conocida contestó.
–¿Hola?
–Uley, soy Cullen.
–Señor ¿está usted bien? Me enteré lo del accidente.
–No te preocupes – dije con seriedad – necesito que trabajes de nuevo, pero esta vez en comparación con Ray, el jefe de seguridad.
–Dígame, señor.
–Quiero que me averigües los últimos usos de una tarjeta de crédito a nombre Adam Damon Hunter.
–Claro, señor pero, discúlpeme el atrevimiento – y se silenció – ¿no era este sujeto asunto olvidado?
–No, tenemos que volver a él – contesté con el ceño fruncido – vamos a hacer mierda a este hijo de puta.
Pasaron alrededor de dos horas más en que había dejado mi habitación y mis padres se habían marchado hacia el aeropuerto, realmente había sido doloroso haber dejado a mi madre en aquel agonizante pero silencioso llanto suyo que me dejó cuando transbordaba el avión. Miles y miles de recomendaciones me había dejado antes de partir, para mis 27 años, me sentía como chiquillo de 10 a quien dejaba por vez primera solo en casa.
–¿Me llamarás en cuanto todo haya acabado, verdad?
–Claro, mamá – y traté de sonreír – eso haré pero, es preciso que ustedes se vayan. Es más fácil para mí lidiar con esto sin ustedes en peligro.
–Mucho suerte, hijo.
–Gracias papá, cuida de Esme, necesita estar contigo. Vuelvan a Italia – comenté poniendo mi mano en su hombro derecho – les hace falta un tiempo para los dos.
–Trataré de distraerla – respondió con una sonrisa cómplice – no me gusta verla alterada.
–Haré lo que pueda – contestó mi padre sereno – pero por favor, ella estará mejor si te comunicas pronto. La hará sentir más tranquila.
–Lo haré – y miré a mi madre quien se acomodaba en el asiento del avión con la mirada perdida.
–Te quiero hijo.
–Yo también papá.
Lo abracé fuertemente y le sonreí a mi madre. Bajé del avión y vislumbré como partía lejos de toda aquella maldad, lejos del peligro… Lejos del baño de sangre que estaba dispuesto a hacer para recuperar a Bella. Bajé con mi cazadora para dirigirme al auto donde Ray me esperaba con una expresión seria.
Subí y le indiqué que nos dirigiéramos a una nueva dirección antes de Adam notase que yo estaba vivo. Con el auto en movimiento, recibí una llamada telefónica de Sam Uley.
–Cullen.
–Señor he encontrado información de la rata asquerosa de Hunter. El hijo de puta ha estado usando sus tarjetas cerca de las afueras la ciudad. También registré el número de llamadas telefónicas que hizo con el señor Jasper Harris, creo que son cómplices.
–¿Harris?
–Sí, pero no noté más participación de este sujeto. Parece que se lo tragó la tierra o este imbécil lo asesinó.
–Este idiota no es cualquier loco – dije con seriedad – ¿tienes las direcciones aproximadas de dónde estuvo la última vez?
–Queens, aparentemente. Le envió la dirección de correo electrónico.
–Está bien – y colgué.
El trayecto fue sofocante, mis dedos se transportaban en el puente de mi nariz. Mierda, me sentía sugestionado, un miedo inminente se colocaba en mi pecho y mis sien y la preocupación era palpable. Recibí el correo electrónico de inmediato, tal y como Sam me lo había dicho, leí con rapidez y ordené que nos fuésemos a ese lugar con la mayor prisa posible.
Hombres en camionetas me siguieron, tal como se lo había ordenado a Ray, portaba una escuadra pequeña para defenderme y así partimos con rumbo a la dirección donde se suponía que estaba Bella.
–Señor – interrumpió el chofer – ya estamos llegando anunció el chofer.
–Está bien – respondí– quiero que sean tan cuidadosos como sea posible, por favor. No quiero que la mujer resulte lastimada.
Nos estacionamos nosotros y las otras tres camionetas a fuera del edificio. Tenía un aspecto rustico pero agradable, era blanco por fuera pero igualmente pintoresco, quizás el mejor camuflaje para engañar a quienes –o los pocos– que pasaban el lugar.
Salimos armados y en guardia, decidimos usar la táctica militar que muchos ya teníamos en conocimiento. El segundo en mando, Ray tumbó la puerta principal a balas con silenciador, y no causar ningún disturbio por parte del Adam. Entramos uno a uno para verificar y corrí hacia la planta alta donde unas sábanas se columpiaban perezosamente.
–¡Despejado!
–¡Despejado! –gritó otro.
–¡Bella! – Vociferé – ¿puedes oírme?
Me topé con una puerta de color café, estaba forcejada bajo llave y ahí, mis esperanzas se inflamaron. La golpee con el brazo izquierdo, intentando no lastimarme y desesperado, le di una sorda patada que hizo destrabar la perilla del seguro. Ingresé tan rápido como pude y noté que la habitación estaba sola. Había una pequeña televisión en el pasillo, la cual estaba apagada, unos cuantos platos y vasos de agua a medio terminar que, según su estado, no tenían menos de dos días ahí, la cama estaba revuelto y acunaba una pequeña superficie donde se mostraba el cuerpo de alguien que había pasado mucho tiempo en esa posición.
Busqué en los cajones y encontré pequeñas gasas con olor a cloroformo, las patas de la cama tenían delgados grilletes. Cerré los ojos decepcionado y me senté ahí.
–Señor – dijo uno de los guardas espaldas – el sitio está desierto. No hay nadie aquí.
–Ella tampoco está aquí – y saqué el aire de mis pulmones con pesadez.
–Bueno, al parecer – comentó mirándome fijamente – el sujeto nos lleva por uno o dos días de ventaja, señor.
Asentí y me paré.
–Quiero que llamas a Uley y que se una al equipo, también quiero registros de la casa – ordené apresurado.
–Sí señor ¿viene con nosotros?
–No – respondí – voy a quedarme aquí. Dejadme una camioneta afuera que yo iré más tarde.
El hombre asintió y uno a uno fue saliendo. Mi mano derecha llegó para insistirme que partiéramos hacia un lugar seguro pero yo me negué, quería quedarme un poco más en el mismo lugar donde había estado ella y por fin me dejaron solo.
Cuando me quedé ahí, cerré mis ojos y paseé por el lugar con lentitud, me sentía horrorizado al pensar que ella hubiese estado sola ese mal nacido y siendo violentada quien sabe de cuantas formas. Las rendijas de las paredes comenzaron a colar pequeñas luces y el buró de la cama contigua llamó mi atención. En él, había un pequeño libro que estaba abierto por la mitad, marcado por una servilleta de comedor limpia, estaba rayada sutilmente por una pluma negra y de letras cursivas ¡Era de Bella!
No sé a quién le escribo en realidad pero espero que sea leído, siento que me estoy muriendo, siento que, si hay una esperanza para vivir… Ya no la quiero. Me niego a seguir existiendo sin… Estoy tratando de que las cosas se vuelvan a mi favor, trato de darle la razón en todo momento, no quiero que me dañe, estoy asustada.
Lo escuché hablar por teléfono hace poco y creo que planea llevarme lejos, pobre papá, pobre mamá. Si esto no resulta bien, quizás pueda reunirme con él…
Leí cuidadosamente una y otra vez la frase "Si esto no resulta bien, quizás pueda reunirme con él" ¿Con él? ¿A quién se refería? Bajé mi vista al suelo raído de la pieza y encontré un ticket de carretera, era el recibo de un pago de comida instantánea. La dirección daba hacia a las afueras de la ciudad, quizás a una hora del lugar en donde estaba. Entonces, supe que aquel pequeño papel me podía brindar una pista sobre su paradero. Bajé las escaleras tan rápido como pude, mis piernas estaban cansadas y atrofiadas pero eso no me detuvo. Abrí la puerta del auto y lo encendí dando reversa para acelerar rumbo a la carretera, quería llamar a los demás pero sería una pérdida de tiempo si lo hacía y estaba en lo incorrecto, revisé la guantera y localice el arma, una macana policiaca y un pequeño mapa que me guiaba a la dirección del local.
Los minutos y los kilómetros se deslizaron en el asfalto y bajo las ruedas, las ansias se inflamaban. Quería acelerar más y en menos de lo que pensé, había llegado al rústico local a pie de carretera, solo había una maquina bombeadora de gas y una tienda semi pintada que colgaba un viejo letrero de GAS. Me bajé con mis lentes puestos, y coloqué mi chaqueta de cuero encima, mis pantalones de mezclilla y mis botas de casco militar. El hombre encargado de la máquina del Gas me miró con cierto interés, llevaba un mono desgastado de trabajo color azul y una etiqueta bordada con el nombre de Lenny.
Pasé de largo y entré al descuidado local con sumo cuidado, ahí una mujer de excesivo maquillaje y un rubio falso me miraba con mucho interés mientras masticaba vulgarmente un chicle. Su blusa mostraba un voluptuoso escote y una falda que le llegaba a unos 15 cm rodilla arriba.
–¿Le puedo ayudar guapo? – preguntó alargando la goma de mascar con los dedos.
–Quiero saber algo – dije tendiendo un billete de 20 dólares.
Sus ojos chispearon y colocó la mano sobre sus pechos, arriscó sus rulos deshechos y me sonrió mostrando una corona de plata en uno de sus amarillos dientes.
–Lo que quieras – contestó.
–Busco a este hombre – y le enseño una foto de Adam – hace poco vino por aquí a comprar algunos abarrotes, ¿lo recuerda?
Se fijó un poco en mis ojos, quizás con demasiada decepción en las pupilas y en soltó un cansado suspiro. Fijó se nuevo si vista en la fotografía y apuñó los ojos como si batallara en ver.
–Sí, lo recuerdo– bufó – era un tipo muy raro. Venía bastante ojeroso y me habló de manera violenta.
–¿Recuerda algo sospechoso de él?
–Emm sí – contestó enroscando la goma en su índice derecho – cada 5 segundos se giraba a ver a su auto, estaba muy nervioso.
–¿Nervioso?
La mujer sonrió y me miró inclinándose sobre la caja registradora.
–Vamos, guapo ¿por qué estás tan interesado en él? ¿No estoy yo aquí?
–Disculpe, ¿podría continuar con lo que me decía?
Torció los labios y puso los ojos en blanco.
–Me es difícil recordar sin algo de motivación.
Saqué el aire de mi boca y de mi cartera, saqué otro billete más para tendérselo. Lo tomó guiñándome un ojo y se lo metio dentro de su escote.
–Veamos – continuo acomodándose el dinero entre los senos – el tipo veía a cada momento hacia su coche. Parecía que no venía solo, de hecho se lo pregunté.
–¿Y qué le contestó? – preguntó abriendo los ojos.
–Al principio nada, pero noté que una caballera castaña se asomaba por una de las ventanas y supe que era un mujer – y se puso por primera vez seria – luego le dije que su amiga se estaba levantando y apunté hacia afuera, me pagó tan rápido como pudo y dijo "Si, llevamos varios días viajando en carretera y mi mujer ya se despertó" y corrió al coche sin esperar el cambio.
–¡¿Y sabe a dónde se fue?!
–No exactamente pero me preguntó por una calle.
–¡¿Cuál?! – exigí saber.
La mujer frente a mí, dio un pequeño salto hacia atrás por el alto tono de mi voz y nerviosamente se acomodó un mechón detrás de la oreja. Tomó un mapa de los que vendían en la tienda y comenzó a leerlo. Me dijo que el hombre que le había parecido sospechoso le había preguntado antes, la manera más rápida de llegar a las orillas y poblados más alejados de ahí. Comentó que le había parecido sospechoso su forma de hablar y su destino. Me dio el mapa y salí corriendo del lugar, no sin antes darle las gracias, por último creí escuchar que la mujer me gritaba.
–¡Tenga cuidado! El tipo parece estar loco.
Creo que dijo eso, en realidad no lo sé.
Viajé con toda la velocidad posible hacia los áridos caminos que me había indicado la empleada. Tamborilee los dedos sobre el volantes y di un sonoro golpe que hizo encender la radio, la canción de Yesterday de los Beatles, la canción me puso la piel de gallina, pensé en Bella y lo mal que debía de estarla pasando. Noté que entre más me alejaba el camino se perdía entre los grandes y verdes arbustos. Me bajé del auto y lo dejé encendido. Chasquee los dientes en forma de desesperación y me recargué en el cofre del auto.
–¿Dónde estás, Bella?
Cerré mis ojos y moví la cabeza en forma de des concertación y un leve sonido llegó a mis oídos. Un sonido gutural y de auxilio, me quedé pasmado y abrí los ojos de golpe. Me paré inmediatamente y metí mi mano a la guantera, cerré de golpe la puerta y corrí hacia la espesura del bosque. Me quedé petrificado en cuanto escuché un llanto agudo al final de una colina, abrí los ojos de golpe cuando vislumbré un auto aparcado y dos personas cerca: Adam y Bella.
–¡No! – gritó ella de manera desesperada desde el suelo.
Adam le abría las piernas con violencia y le sujetaba ambas manos por encima de la cabeza con la suficiente fuerza como para forcejearla. Las muñecas de Bella se veían lastimadas y estaba lo suficientemente débil como para dejarse sobrepasar por el peso de su agresor.
–¡BASTA YA! – gritó el mal nacido y le profirió una sonora bofetada en la mejilla derecha que la hizo jadear de dolor.
Las manos se me apuñaron a más no poder y gruñí mientras corría hasta ellos. Me abalancé sobre el cuerpo del hijo de puta y quite sus asquerosas garras del cuerpo de Bella, lo jalé de los brazos ya que no llevaba camisa y, cayó de bruces en el alto césped. Sus ojos se abrieron sorprendidos y por un momento me reflejé en ellos, estaba jadeando quizás por la impresión, como si hubiese visto un fantasma.
–¡TÚ!
–Sí; yo – repetí – el mismo que trataste de matar pero regresó de la misma muerte para acabar con tu podrida existencia.
Se carcajeo audible y colocó su cabeza hacia atrás con ademán burlista, sin preocupación. Parpadee confundido y giré mi vista hacia la chica, quien estaba en estado de shock y sus labios estaban cerrados, mirándome fijamente con la mirada vidriosas y las uñas enterradas en la tierra, asentí viéndola con mucha calma y de nuevo dirigí mi mirada al desquiciado mental.
–¿Qué crees que has venido a hacer? – Preguntó mientras se paraba del suelo – ¿vas a intentar llevártela? – y se sacudió los pantalones –¿ es eso lo que planeas?
–Sí –respondí seguro de mis palabras – eso y después matarte, hijo de perra.
–¿Por qué tanto interés, Edward? –Dijo viéndome con desprecio pero con mucha calma –¡¿POR QUÉ MIERDA TE LA QUIERES LLEVAR DE MI LADO?!
–¡La secuestraste! – Grité enojado – estás enfermo.
Volvió a reír y bajó la vista moviendo perezosamente los pies, profirió un grito de desquiciado y se abalanzó sobre mí. Trató de golpearme el abdomen y lo logró sacándome momentáneamente el aire e hiriéndome en los puntos más débiles del cuerpo, los mismos que con anterioridad habían sido golpeados por el accidente, me erguí y de rodillas mientras colocaba mis manos en la parte afectada, me dio una patada en la parte central del pecho haciendo que me tumbara sobre el pasto. Se sintió victorioso y comenzó a caminar a mi alrededor.
–Las cosas – dijo en tono burlesco mientras se acuclillaba frente a mí – hubiesen sido tan diferentes su tú – y sacó una navaja detrás de sus pantalones – no te hubieses metido en nuestra vida – y la comenzó a tallar sobre mi cara sin contarme.
Jadee adolorida y pequeñas gotas de sudor me resbalaron por las sien y la frente y momentáneamente giré mi rostro hacia ella, quien aún seguía en shock.
–¿Por qué la lastimas si dices amarla? – preguntó apretando los dientes – ¿no ves cómo está Bella?
–Ella está así por tu causa – respondió sin pensar – si ella no te pensara tanto, si tú hubieses esperado lo suficiente como para poder quedarte en tu mierda francés ¡ME HUBIESE AMADO A MÍ! – y se paró jugando con la navaja y mordiéndose el labio – pero ¿tenías que echar a perderlo todo? ¿Verdad? ¿No te bastan tus putas? ¡NO TE BASTAN!
–Lo que quieras hacerle a ella, primero tendrás que matarme.
–Y eso haré, tranquilo caballero de armadura oxidada. Solo que, primero cortara tu estúpida cara para que nadie te reconozca y después te mutilare para que nadie te encuentre completo, será doloroso pero, míralo de este modo – dijo riendo sardónico –ya no molestarás a nadie.
Tan rápido como pude moví mis piernas y las enganché entre las suyas, cuando lo logré, Adam se tambaleo sobre el piso y movió los brazos para ganar equilibrio y poder sostenerse pero fue en vano ya que el peso de mis propio cuerpo lo tumbo, haciendo que soltase la navaja ya cayese de espaldas. A pesar del dolor que mi pecho afligía, me tumbé sobre él, abriendo las piernas y golpeando a puño cerrado su rostro y tratando de inmovilizarlo.
Trató de dar pelea y en un intento por defenderse, tomó la navaja y me la clavó en el brazo izquierdo haciéndome vociferar de dolor pero sin soltarlo. Forcejeo un poco más hasta que se soltó de mi agarre y sacó de detrás de sus pantalones desgarrados un pequeña pistola de calibre 22 y me apuntó mientras su boca sangraba. Me arrastré hasta la corteza de un árbol y ahí apreté mi brazo para evitar una hemorragia.
–Hasta aquí llegó tu hora, hijo de puta – cortó cartucho y un sonido de disparo se escuchó.
Solo uno, uno solo. El único que me hizo apuñar los ojos por la impresión y cuando los abrí, Adam caía de rodillas frente a mí, soltando el arma y sangrando por la espalda. Abrí aún más los ojos al ver las manos temblorosas de Bella, quien lloraba intensamente y bajaba un arma lentamente hasta dejarla en el suelo tirada.
–¡Bella! – grité corriendo hasta ella y me miró con una sonrisa triste y se desplomó en el suelo.
Espero en verdad que haya valido la pena la espera, la verdad es que no pude actualizar antes pero
aquí está el siguiente capítulo. Los venideros serán los últimos, les estaré informando cuántos serán en
realidad porque en sí no sé cuántos escribiré.
Gracias por leerme.
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