Morir de amor.

POV Edward


Me abalancé sobre ella para sostenerla entre mis brazos, mi brazo me dolía tanto que sentía como el corte de la navaja se extendía pero no me importó.

–¡Bella! – le grité sosteniéndole la cara entre e pulgar y mi índice con un poco de fuerza– por favor, Bella, respóndeme.

Ella batió sus pestañas mirándome con los ojos inundados en lágrimas y apretó los labios en un agudo sollozo, tocó mi rostro con la punta de sus dedos y las mejillas se le bañaron de llanto.

–Fue... fue tan rápido– dijo con los labios partidos – de verdad estás aquí.

–Sí, mi amor aquí estoy – le dije al borde del llanto.

Por primera vez en mi vida, sentía la enorme necesidad de sacar mi desahogo, quería llorar por ella y sentirme así, para demostrarme a mí mismo lo que en realidad sentía por la mujer que tenía entre mis brazos, dolía tanto amar, pero se sentía tan bien, me sentía vivo y aunque las cosas no pintaban para nada adecuado, había aprendido de la manera menos ortodoxa lo que era de verdad el amor, quizás y aunque sonase exagerado, había aprendido a amar a Bella cuando sentía que podía perderla, cuando vislumbré por primera vez en mi vida, la necesidad de tener a alguien a mi lado.

Recapitulando mi patética existencia, me di cuenta de que siempre había estado vacío por dentro, rodeado de tanta gente pero a la vez tan solo y cuando veía los ojos chocolates de ella, no me hacía falta nada. Podía acabarse el mundo entero si quisiera pero de la mano de Bella.

–Tuve miedo – dijo– miedo de no encontrarte.

–Aquí estoy, nena – dije sonriendo– tranquila.

–Sí – contestó cerrando los ojos – ahora que estoy contigo, Edward. Pensé que morir iba a doler mucho y que – hizo un gesto de dolor – sería tan lento.

–Hermosa – dije sorprendido – tú no estás muerta, mírame, estoy aquí, vine por ti.

–Pero… – dijo llorando – tú estabas en el auto… Tú – y su llanto irrumpió su habla.

La acuné entre mis brazos y chisteé para que se tranquilizara un poco, le besé el tope de la cabeza y la apreté entre mi pecho.

–Estoy vivo, Bella. Siénteme, estoy vivo por ti…

–Pensé… que… te había perdido.

–No, no me has perdido, jamás podría irme de esta vida sin antes decirte algo…

Alzó sus bellos ojos y me miró tras sus largas pestañas, sorbió por la nariz y se quedó callada un segundo.

–¿Qué? –Preguntó intrigada.

–Que te amo, Bella. Te amo con todo mi ser y no puedo vivir sin ti – la miré a los ojos y limpié sus lágrimas cálidas con el pulgar – cuando te marchaste, mi corazón que apenas se dignaba a latir por ti, ahora lo hacía con dificultad, me sentía como un loco detrás de tus pasos y cuando me dijiste que estabas con alguien más– y me detuve haciendo un gesto de dolor – mi corazón que apenas latía, se detuvo. Pero nada fue comparado como cuando no supe de ti, sentí como un cuchillo de dos filos atravesaba mi alma, no podía dormir ni estar tranquilo y tuve la necesidad de buscarte, de luchar o morir hasta encontrarte, Bella.

–Perdóname – dijo con seriedad – por todo.

–¿Por qué?

–Por haber estado con alguien más y…– bajó la vista apenada– yo…

–Calla – y le puse los dedos sobre sus labios – eso no importa ahora. No importo siquiera yo, Bella. Lo único que vale la pena aquí es que estés bien y vuelvas a casa y yo – continúe – me alejaré de ti para no causarte más problemas.

Mi teléfono celular comenzó a sonar mientras Bella apretaba los labios en silencio. Contesté con seriedad.

–Cullen.

¿Señor? ¿Dónde está?

–Lejos de la ciudad – respondí – localiza la llamada y envía una patrulla, por favor Ray.

¿está bien, señor?

–Sí, y encontré a Bella

¡Increíble! Enseguida la envío.

Y colgó.

La tomé mejor entre mis brazos y la llevé cargada hacia el auto que estaba colina abajo, ahí acomodé lentamente sus piernas y le ofrecí un poco de agua. Me miró con seriedad en todo momento y estuvo en silencio hasta que llegó la patrulla, en ella, detrás venían los padres de Bella, se bajaron del auto tan rápido como pudieron y corrieron hacia la puerta abierta del copiloto.

–¡Mi niña! – Lloró la mujer – ¿está bien? – preguntó la castaña, supuse que era la madre de Jacob.

–Sí mamá, estoy bien.

–Gracias a Dios– dijo un hombre de amplios bigotes – me alegra tanto que estés sana y salva.

–Todo se lo debo a Edward – y movió la cabeza en negación – perdón, al señor Cullen.

Ambos se giraron hacia mí, y me quedé con las manos en los bolsillos con el brazo izquierdo sangrando. Les sonreí con educación y asentí. La mujer corrió hacia a mí para darme un fuerte abrazo sin cuidar su fuerza y gemí de dolor por aquella violenta caricia.

–Gracias, señor, gracias por encontrar a mi hija.

–No es nada – respondí tratando de separarme.

–Se lo agradecemos tanto – completó el padre – no sabemos cómo pagarle todo esto.

–No tienen por qué.

Minutos después, los peritos encargados de la policía, transportaron el cuerpo de Adam Hunter hacia la patrulla para llevarlo al hospital más cercano y así, evitar que muriese desangrado. Hostigaron un poco a Bella con un millón de preguntas y raramente respondía con monosílabos, la madre les había indicado que ella solo necesitaba descanso y que cuando estuviese lo mejor posible, daría su declaración y levantaría cargos en contra de su agresor. El padre trató junto con la madre de suavizar el asunto pero aquello era un caos, tan desesperante que los paparazis llegaron en un santiamén.

Bella se movió de la parte del copiloto a la del viajero en el auto de sus padres, ahí estaba envuelta con una sábana y la puerta la mantenía cerrada. Tenía la vista fija hacia sus pies y no parpadeaba. Me acerqué a ella y me recargué en el marco.

–¿Estás bien?

Ella no respondió pero asintió en silencio.

–Pronto irás al médico a que te atienda, pasará un tiempo ahí pero, valdrá la pena.

–Y tú, ¿estás bien? – preguntó alzando la mirada hacia mi herida.

–Fuerte como un toro – dije en forma de broma – no te preocupes, sanaré.

Bella asintió y suspiró.

–Entonces, ¿qué pasará ahora?

–Lo que tenga que pasar.

–Eso es lógico – respondió bajando aún más la cabeza.

–Quiero que sanes – le pedí inclinándome en su dirección– es importante que estés bien, Bella.

–¿De qué manera? – preguntó jugando con sus dedos.

–De todas las maneras, humanamente posibles.

Alzó las cejas y me miró en forma de reproche, casi como si no me hubiese entendido o hubiese dicho algo que no era posible.

–¿Y si eso no es posible?

–Eres joven –suspiré– muy hermosa e inteligente. Tardarás en sanar las heridas de tu corazón y alma y quizás, algún día, encuentres a la persona indicada para ti.

Sus ojos se llenaron de lágrimas pero no dijo nada, giró su cabeza una vez más hacia abajo y jadeo con sentimiento, quizás aguantando el llanto.

–¿Eso es lo que quieres tú? – Me preguntó sin mirarme – ¿quieres que encuentre alguien más y sea feliz?

–¿No crees que lo mereces?

–¡No me contestes con preguntas! – exigió rabiosa.

Suspiré y bajé la vista, lo que iba a decir, me dolía con todo el alma pero en un sobre esfuerzo, lo saqué de mis labios.

–Quiero que seas feliz, Bella… Aunque no sea conmigo.

Una gruesa lágrima le rodeo la mejilla, sonrío y asintió con una forzada sonrisa.

–Claro…

–Mira… Yo no trato de lastimarte lo único que quiero en la vida e…

–Por favor – me interrumpió – basta. No quiero hablar más, no quiero compasión ni palabras – se limpió los ojos con ambas manos, las secó en la sábana y me tendió la mano de manera temblorosa– espero que tenga una buena vida, señor Cullen – y sonrió forzadamente – lo único que puedo prometerle, es que intentaré valorar la mía, gracias por todo lo que hizo por mí.

Las magulladuras de sus manos se veían moradas y aquel rostro pálido y triste se tornó serio mientras que yo viajaba con la vista desde su extremidad hasta su cara con deliberada lentitud y ahí mi vista se quedó incrustada con la suya. Sus ojos gritaban desesperación y tristeza. Escuché a la perfección como sus padres ocupaban los asientos delanteros del vehículo y ella aún seguía firme tendiéndome la mano.

Sin pensarlo, la tomé con mucha delicadeza y aquel agarre habría parecido similar a aquel que se pretende hacer con un colega pero en su lugar, incliné mi cabeza hacia adelante y besé sus nudillos con mucha suavidad y alcé mi vista hacia su cara.

Bonne chance, mon amour– y le sonreí tan dulce como pude, solté su mano con finura y la boca de Bella se frunció con dolor.

El auto se encendió y jamás quitó su mirada de la mía, en cuanto me di cuenta el auto se había perdido en la carretera y mi amor, se perdía en la distancia.

–Señor Cullen – me llamó Ray – debemos irnos, debo llevarlo al hospital a que le den unas puntadas a sus heridas.

–Estoy bien – respondí – no es problema alguno.

–Insisto, señor y discúlpeme que se lo diga pero es mi trabajo cuidarlo.

Suspiré hastiado y cerré los ojos colocando mis dedos en el puente de mi nariz.

–Está bien, vamos al hospital – y entré al auto del empleado para que me llevase.

Dentro, tomé el teléfono celular y marqué el número de mis padres.

Bonjour?

–Madre, soy yo.

¿Edward? ¡Cariño! ¿Cómo estás?

–Bien, todo ha acabado.

¡Cuánto me alegro, hijo!

–Sí – dije con seriedad– Bella está bien y bueno, no te alarmes pero voy hacia el hospital.

¡¿Qué te pasó?! – gritó asustada.

–Calma mamá, estoy bien. No es nada.

¿Entonces para qué vas al hospital?

–Adam – dije dudoso de decirle la verdad pero al final me decidí – me clavó una navaja en el brazo izquierdo.

¡Dios mío, Edward!

–Tranquila, mère – dije pausadamente – todo está bien.

Está bien – dijo serenamente – pero ¿Cuándo volverás a casa, hijo?

Recordé las palabras que recién le había dicho a Bella y el punto de alejarme de ella para que fuese feliz, no me sentía capaz de dejarle pero me obligaría a hacerlo de ser necesario, ahora me importaba más su recuperación física antes que la mía y la emocional por supuesto, quería que los pedazos de su corazón fuesen reconstruidos con el amor de otro hombre, uno cuerdo y honesto, capaz de hacerla feliz con una palabra llena de amor, amor de verdad. Y aunque me dolía, tenía que aceptarlo.

–Vuelvo tan pronto como termine los asuntos en la ciudad.

Está bien – dijo satisfecha – cuídate, hijo.

–Te amo mamá.

También yo, cariño.

–Hablaré con mi padre más tarde ¿de acuerdo?

C'est bon, miel– dijo con dulzura.

–Chao.

Adiós, hijo.

Cuando llegué al hospital, un paramédico me atendió con mucha calma, creo que más de la que hubiese necesitado. Me sentía muy alterado aún, quizás con la adrenalina a tal punto que aún la sentía correr por mi sangre, me hizo las puntadas y me vendo. Después pasé con el mismo médico que me había atendido la primera vez y sorprendido por mi repentino regreso, me miró alzando sus lentes de manera cansada mientras escribía sobre una tablilla dura.

–Buena tarde, señor Cullen, qué milagro verlo por estos rumbos– saludó de manera burlona – ¿le ha gustado nuestros servicio?

–Eso parece – contesté – quizás esta sea la última vez que vuelva.

–Es tan joven que le gusta tentar su suerte ¿no es así?

–Creo que nosotros le llamamos diversión.

Alzó una ceja desconcertado y siguió escribiendo después de mi comentario sarcástico.

–Dígame ¿qué ocurrió?

–Bueno – comenté alzando mi brazo izquierdo – tengo una herida de navaja en el brazo, algunos golpes en el abdomen y quizás un poco de adrenalina en la sangre.

–¿Pelea callejera?

–Pelea a muerte – dijo con seriedad.

–Vaya, señor Cullen es usted bastante arriesgado. Tenga cuidado.

–Lo tengo, doctor no se preocupe.

–Lo digo por su dulce madre– comentó sin vergüenza – ella parece tan delicada y dulce.

–Lo tengo en consideración, no se preocupe– contesté recordando que pronto me iría de New York.

–Esta vez de verdad necesita reposo antes de partir, si no lo hace me temo que enfermará en gravedad.

–¿En verdad?

–Mire – espetó con seriedad – sé que usted es fuerte y joven pero a veces nos llegamos a rendir por tanto sobre esfuerzo. ¿Sabía que acaban de traer a un doctor con una bala en la espalda? ¡Los jóvenes de hoy no se preocupan por el mañana!

Suspiré asintiendo solamente porque tenía razón, sin Bella no me sentía con las suficientes fuerzas de preocuparme por mi salud, por mi dinero, por mi felicidad, el único apoyo que me quedaba eran mis padres, solamente ellos. Pero ¿Era posible sentirse tan perdido? El doctor seguía escribiendo sobre la tablilla donde tenía mis papeles médicos y de vez en cuando acomodaba sus lentes con ademán profesional, una duda me asaltó y me mordí la lengua pero no dude en preguntarle.

–Doctor…

–Dígame.

–¿Es posible morir de amor?

Sus ojos brincaron de manera extraña de las cuencas y movió la cabeza como si hubiese sido una pregunta en forma de broma pero al ver mi ceño de manera seria suspiró buscando las palabras correctas.

–Mal de amores ¿eh? Bueno, medicamente y literalmente nadie puede morir sin amor… Pero si se hace un punto de vista psicológico, hay algo que pasa por nuestro cerebro que nos hace caer en la depresión, repito, medicamente no hay ninguna muerte o enfermedad que sea resultado de lo que me acaba de decir pero…

–Pero ¿qué?

–Joven Edward, hay gente que llega a deprimirse, pero deprimirse muy mal. Dejan de comer, no duermen, se castigan o tratan de ocupar su mente trabajando de más, inclusivo más allá de lo que un cuerpo adulto pudiese soportar y enferman, muy gravemente… Y llegan a morir– puntualizó con seriedad.

–¿Llegar a morir de amor?

–Si así lo desea llamar, pues técnicamente sí.

–Vaya – dije asombrado.

–Pero ¿por qué lo pregunta?

–Mera curiosidad – respondí – ¿puedo retirarme?

–Por supuesto, no se olvide de reposar uno días y después continua con sus rutinas diarias.

–Gracias, doctor – y le tendí la mano.

–De nada, joven Edward –y me respondió enérgicamente– saludos a su familia.

–Gracias.

Salí del consultorio con el brazo vendado mientras Ray me escoltaba celosamente, me senté un momento mientras firmaba los papeles que me daban de alta en el hospital y caminé hasta el auto. Ahí, llegamos hacia el departamento, recibí un par de llamadas de la oficina y una que me sorprendió.

–¡Eres un cabrón Cullen! – gritaba Emmet a través del auricular.

–¿Te lo parece McCarthy?

¡Mierda! ¿Bromeas? ¿Acaso eres el nuevo Bruce Lee? ¡Te enfrentaste con un maldito loco!

–Que exageración más grande, Emmet. Pero ¿Cómo te enteraste?

Recién llamé a tu madre y me contó que no habías vuelto con ellos, me dijo todo acerca de la señorita Swan y ya te imaginarás.

–Sí.

Pero ¿estás bien?

–Solo un rasguño – dije alzando el brazo.

Vaya eso está bien.

–Pero dime ¿cómo estás tú?

Bien, bastante mejor. Recién vi a Rosalie en el juzgado, se le ve muy cambiada y muy bonita.

Aquello me sorprendió mucho pero decidí seguir escuchando.

–¿Y qué te dijo?

Bueno, razonablemente fuimos a tomar un café y charlamos. Me dijo que estaba muy arrepentida y después tuvimos sexo.

–¡Casual! – grité sorprendido y un cierto toque de sarcasmo.

¡No me juzgues!

–No lo hago Emmet pero ¿estás seguro de lo que hiciste?

La amo, Edward. Me siento una mierda si no estoy con ella.

–Entonces ¿no se divorciarán?

Aún no hablamos de eso pero, la veo arrepentida. No lo creo que lleguemos a ese punto, quizás solo necesitábamos distancia.

Me sentía un hijo de puta pero debía decirle la verdad a Emmet. Siempre me había comportado como el peor de los animales y ahora, me correspondía a mí hacer lo mejor que estuviese en mis manos, si es implicaba perder su amistad, no tendría dudaría en decirle la verdad, aunque me odiase y yo no se lo reprocharía.

–Emmet… Tengo algo que decirte.

¿Decirme? Te escucho.

–¿Recuerdas la noche en que me presentaste a tu novia?

Claro ¿qué ocurre?

Perdóname, amigo.

–Ese día… Ese día Rosalie y yo nos acostamos.

El silencio se hizo sepulcral.

–¿Emmet? Por favor di algo.

Y su respiración agitada se escuchaba a través del auricular y de la nada, el sordo bip, bip, bip, de una llamada colgada se escuchó en teléfono. Sabía que me odiaba y no lo podía culpar, yo era un hijo de perra infeliz que no merecía nada. Apagué el teléfono y me recosté un rato, me quedé con las manos sobre mi frente y caí en un profundo sueño.

Bella estaba conmigo, tenía un hermosa vestido azul que le llegaba un poco más arriba de las rodillas con un listón rosado que le sujetaba la cintura, su cabello estaba suelto y un poco ondulado, parecían pequeños rayos de sol que salían de sus mechones. Estábamos recostados en el pasto, quizás en el patio de una casa, tomó mi mano con calidez y la posó en medio de los dos mientras jugaba con los dedos.

¿Qué quieres de la vida? me preguntó sonriendo.

La miré con el rabillo del ojo y sonreí.

A ti.

¿A mí? Preguntó sonriendo a mí ya me tienes.

Entonces no quiero nada respondíy tú ¿qué quieres?

Vislumbró los árboles y escuchó como los pájaros cantaban alrededor y suspiró.

Si ya estoy contigo solo deseo algo más…

Se alzó sobre sus codos y se recostó en mi pecho para poder mirarme a los ojos, paseo su nariz sobre la mía y me acarició con dulzura las mejilla.

¿Qué?

Quiero libertad.

Desperté agitado, el mismo sueño me volvía a la mente desde el día en que había vuelto del hospital, estaba en el avión con rumbo a Italia, a la antigua casa de mi infancia, ahí descansaría sin mis padres, quienes habían vuelto a Francia porque Carlisle había vuelto al hospital y por ende, Esme no lo habría de dejar solo ni un segundo y por supuesto que mi padre estaba encantado.

Cuando llegué la casa estaba impecable, olía un exquisito olor a lilas y jazmín y los ventanales grandes quedaban cerca de la torre de Pisa.Lo sabía, tenía una terrible obsesión con los monumentos nacionales, me encantaban. Desayuné cerca de la torre mientras las campanas repiqueteaban, comí una libra de pan y un poco de té, puesto que estaba dispuesto a dejar un poco el alcohol.

–Morir de amor – dije para mí solo – ¿Será que eso era posible?

Desde el día en que había llegado a Italia, me levantaba tan temprano como podía, me ejercitaba hasta 4 horas diarias y salía a almorzar fuera de casa como cuando niño. Viaje al coliseo romano y me quedé ahí viéndolo desde un montón de puntos diferentes, llevaba conmigo una libreta de viaje y ahí apuntaba cada vivencia y dibujaba cada lugar que visitaba puesto que comenzaba a creer que la clásica idea de tomar fotografías era algo que no me hacía sentir de verdad el lugar.

Durante todo aquel tiempo, donde me perdí para encontrarme a mi mismo, también me atreví a escribir, como nuca antes lo había hecho, como nunca antes para alguien, esperaba que de alguna manera la carta llegase a manos de ella, que supiese lo que en realidad sentía, todo lo que no había sido capaz de decirle, después de tanto tiempo. Habían pasado cerca de 3 meses desde la última vez que la había visto pero aun así, seguía constante de que no debía morir de amor.


Bella, amor de mi vida.

Siempre supe que desde que te conocí, que jamás serías como las demás, parecías diferente y en realidad siempre lo fuiste. No puedo describir en realidad lo que sentí el día en que te besé, rechacé cada boca y perdóname que te lo diga si es que te ofendo pero, no pude resistirme a la tuya.

Creí que el amor era siempre una repetitiva estupidez, entre peleas y cursis palabras encontré monótono el día con día si es que tenía una "Pareja". Sé que nunca fuimos nada y quizás nunca lo seamos pero en lo que cabe de mi corazón o lo que queda de él, siempre estarás dentro y constante mi dulce Bella. Llevo meses sin verte pero esta vez no es igual que la anterior, porque no me rendí, te dejé libre para que fueses feliz, para que encontrases a alguien digno de ti, digno de tu amor.

Me di cuenta demasiado tarde de lo me ofrecías con honestidad y sé también que jamás encontraré a alguien tan pura como tú, el mundo está lleno de porquería, de antemano eso siempre lo supe pero tú, siempre fuiste la excepción. Me he alejado de todos para encontrarme a mí solo, me iré aún más lejos de aquí por un tiempo más largo, Italia, Francia o cualquier parte del mundo, no está lo suficientemente lejos de ti para no hacerte daño. Creo que, cuando recibas esto ni siquiera estaré llegando a mi destino, mismo que mantengo en secreto.

Siempre tuve esa duda ¿te amo o te deseo? Me preguntaba pensando en ti y ahora sé que, definitivamente te amo. Lo siento si te lastiman mis palabras, lo siento si he abierto aunque sea un poco la herida de aquello que tengo por seguro que deseas cerrar. Te amo con toda mi alma y aunque nunca fuiste mía, siempre serás mi Bella, la dulce Bella de mi corazón.

Por siempre te amaré, mi bella flor.

Jet´aime.

Edward Cullen.


Cerré el sobre y lo deposité en el buzón que estaba fuera del aeropuerto, miré hacia los lados por última vez y sonreí despidiéndome de Italia, mis padres y todo aquello que conocía, emprendería un viaje, un viaje del cual quizás no volvería, donde nadie se enterara de mí ni de mi paradero. Aquel lugar donde estaría agonizando sin ella, pensándola cada día hasta el fin, un viaje en el cual intentaría morir de amor.


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