Te encontraré
POV Bella
–Bienvenida a casa, hija – dijo mi madre abriéndome la puerta principal.
La habitación estaba decorada con listones rosados y pasteles, parecía más bien una fiesta infantil que una bienvenida del hospital. Habían pasado 15 días en aproximación de mi estancia ahí, ya que después de haber arribado, llegué con una severa crisis nerviosa que me hizo perder los estribos al completo, teniendo que sedarme para dormir y vigilarme, pero al pasar del tiempo, logré estabilizarme, el estado de shock cedió y paulatinamente recuperé mis fuerzas. Por supuesto, mamá y papá habían estado al pendiente de mí en todo momento y yo estaba más que encantada de tenerlos a mi lado, inclusive, Jacob me había ido a visitar.
Al principio me encontraba temerosa de su cercanía pero, me di cuenta de que, las cosas entre los dos estaban completamente diferentes a como cuando nos habíamos visto por última vez. Se había preocupado pero no de la manera maníaca en que pensaba verlo, si no que esta vez más fraternal, en sí, también me había sorprendido que no había llegado solo, sino que, venía con una chica, una muy hermosa por cierto.
Su nombre era Laia, era alta, delgada y rubia. Tenía unos enormes ojos grises y una tez incluso más blanca que la mía, parecía una muñeca muy frágil, era un poco tímida pero bastante amistosa. Jake me había contado que se habían conocido en un bar cerca de Francia, la chica había salido con sus amigos esa noche y casualmente se había quedado varada en el lugar sin cómo regresar a su lugar de origen, Jacob esa noche había decidido no beber y como Laia no hablaba Francés, se sentía perdida en el lugar, ya que era de Londres y se había ido a París por viajes escolares. Sus amigos la habían dejado sola y esa noche, mi hermano se había comprometido a escoltarla hasta su hotel, claro que de inmediato hubo química entre los dos y citas posteriores comenzaron a salir oficialmente, dejando atrás todo aquel enfermizo amor que tenía hacia a mí.
–Gracias por todo esto – contesté con una sonrisa.
Pero antes incluso de atravesar el umbral, varias voces gritaron en unísono "¡SORPRESA!". De los pasillos comenzaron a salir paulatinamente mis mejores amigas, Alice y Rosalie. Alice no venía sola, estaba con su nuevo prometido, Peter. El chico con el que había salido la noche de la fiesta de mascaradas y con quien, había tenido muchas citas posteriormente. Rose en cambio le veía un poco decaída, quizás sonriente por mi llegada pero con el semblante triste, todos me dieron un fuerte abrazo y pronto, comenzamos a comer torta de chocolate con un poco de refresco ya que el doctor me había prohibido el licor.
–¿Y cómo te sientes? – me preguntó Alice con su cantarina voz.
–Mejor – contestó sonriente.
–¿Sabes qué te hace falta? – preguntó la pequeña de cabello corto.
–Ya sé – intervino Rose – ¿Compraterapia?
–¿La terapia de las compras? – Pregunté enarcando una ceja – ¿en serio, Alice?
Peter, su acompañante la apretó suavemente contra su pecho y le dio un tierno beso en la mejilla, lo que me hizo bajar la mirada por aquella intimidad suya, él la adoraba.
–Sí – contestó al fin sonrojada – es lo que mejor te caería.
–No creo, yo no sé si estoy de humor para ello.
–¿Entonces? ¿Qué te gustaría?
–Por ahora, descansar. Claro es lo que te mereces – comento Rose sobándome la rodilla con suavidad.
Al cabo de un rato, mis padres se ocuparon de sus deberes personales, Jake había decido salir con su novia por la ciudad para enseñársela e ir a comer, Alice y Peter habían decidido marcharse para descansar un momento ya que, el cambio de horario les hacía estar bastante cansancio y apenas habían descansado lo suficiente, por su parte, Rosalie se había quedado conmigo, incluso había decido quedarse esa noche.
–¿Y qué me cuentas de nuevo? – le pregunté cepillándome el cabello después de mi refrescante ducha.
–Bueno… – contestó pensativa – hablé con Emmet hace un par de días.
–¿Y?
–Pues las cosas al principio iban en viento en popa pero no sé qué demonios pasó.
–¿A qué te refieres? – pregunté sentándome en la cama.
–Es que… Él sabe con quién lo engañé.
–¡Oh Rose! Pero ¿no fue eso hace mucho tiempo?
–Por supuesto pero, está dolido.
Me quedé estática y suspiré, tenía mucha curiosidad.
–Rose…
–¿Si?
–¿Me dirías quién es él?
Mi rubia se quedó paralizada y por un segundo noté como la sangre abandonaba su cuerpo. La noté tensa y de algún modo me sentí culpable por haberla puesto de ese modo, hacía meses que se lo había preguntado pero jamás se había dignado a contestarme.
–No lo sé, Bells.
–Bueno… Es que, no entiendo por qué Emmet está tan consternado, por lo que hablamos, parecía que las cosas tenían un horizonte fijo y que por ende no se iban realmente a separar pero, la noticia que alguien le dijo, lo hizo girar atrás, debe ser alguien que sea muy cercano a él para que reaccionase así– me quedé callada y me mordí la boca – ¿quién es él?
Ella se mordió la boca también y una lágrima rodó por su mejilla.
–Está bien – dijo al fin – pero no me juzgues por favor, te juro que ya no siento nada por él, además – comentó con un poco de resentimiento – él no volvió a verme.
–Te escucho – le dije con una sonrisa.
Ella se paró de la cama y comenzó a mover las manos nerviosamente, como si tuviese miedo de confesármelo, yo me sentía ansiosa ¿por qué era tan importante para Rose guardar el secreto? ¿Tan malo era? Lo menos que podía pensar era que se hubiese acostado con Jasper Harris, por lo que sabía, cuando había conocido a Emmet, él ya estaba trabajando en la empresa. Entonces mi mente dio un vuelco completo y la penosa idea de Rose con alguien mucho mayor me revolvió el estómago, recordaba sus palabras, las primera que escuché del rubio: "Somos los jóvenes del lugar, aquí solo hoy viejos, excepto por nosotros", quizás no había dicho exactamente eso pero, al menos así lo recordaba.
–Fue Edward Cullen – dijo al fin.
Abrí los ojos y los labios asombrada, no podía creerlo.
–Por un momento, creí que le interesaba pero luego supe que no era así, solo me estaba rebajando a que estuviéramos juntos de nuevo y lo hicimos pero él me rechazó.
–¿Qué dijiste?
Rosalie bajó la mirada avergonzada.
–Me siento una basura con Emmet.
No sabía realmente qué pensar, todo el drama giraba en torno de él. Hacía días que me había dado la tarea de apartarlo de mi mente y lo único que lograba era dañarme, aunque honestamente en menos potencia. Y ahí estaba, petrificada escuchando las desventuradas vivencias de mi amiga, me sentía estupefacta. Pero una parte de mí, me decía que Edward ya no era el mismo y ni siquiera había pensado más en Rosalie.
El tiempo que habíamos pasado en Francia, una parte de él me lo había demostrado y los acontecimientos anteriores también de igual forma, además, había pasado hacia tanto tiempo, incluso antes de conocerme, pero eso en sí no lo justificaba e incluso había sido arrastrado por mi mala suerte y la mala elección de compañía que siempre tenía, no era del todo culpable en sí. Al menos, mi amiga me había confesado que ella lo buscaba también y en cierto modo, un oscuro placer sentí al escuchar que Edward la había rechazado, ella era tan maldita como él y comprendía al pobre Emmet.
No podía ocultarlo, una enorme punzada de rabia me batió el cuerpo y por fin en mucho tiempo, tomé el suficiente coraje para hablarle como se merecía. Apuñé fuertemente las manos a mis costados y suspiré para buscar las palabras correctas.
–¿Y qué mierda estás esperando? ¿Qué Emmet venga a buscarte para decidir que las cosas sean mejor? ¡Por Dios! ¿Cómo puedes ser tan estúpida? – y la miré seriamente – perdóname por hablarte así, Rose. Te amo, lo sabes pero ¿cómo fuiste capaz de sacrificar un amor verdadero por un polvo? ¡Mierda! ¡Tenías un marido que te amaba!
La cara de la rubia no tenía precio y pasó un trago enorme de saliva, por primera en la vida le había hablado de manera muy ruda y aquello le sorprendió mucho.
–Bella…
–Bella ni que nada – interrumpí –¡Levanta ese culo de la cama y ve a buscar a tu marido! – Ordené sonriendo – Rubia, busca al hombre que te ama de verdad, él debe estar sufriendo, llámalo y pídele perdón y por el amor de Dios – dije parándome firmemente – ¡Ve y hazlo que te folle hasta que sientas que te perdonó!
Rosalie se paró con lágrimas en los ojos e inmediatamente se abalanzó sobre mí para darme un fuerte abrazo, estaba llorando. Al principio no comprendí si de felicidad o de susto por mis palabras pero, correspondí el abrazo de igual forma. Se quedó un rato así hasta que por fin, se dignó a hablar.
–Gracias, castaña, por no juzgarme y apoyarme, aunque – dijo despegándose de mí – vaya boquita que tienes.
Reí a medias y le di un nuevo abrazo.
–Debo aprender a ser menos frágil, rubia. Además – dije acomodándole el cabello – es lo menos que podría decirte.
–Tienes razón, fui una estúpida y lo eche a perder todo. Me siento una idiota– y bajó la cabeza con melancolía – pero él no me quiere ver.
–Búscalo, Rose. Él te ama, yo lo sé. Ustedes son el uno para el otro y recupera su amor.
–Tienes razón – respondió con una sonrisa y con la humedad en los ojos – de hecho, quiero ir a buscarlo ahora mismo.
–¿Ahora?
–Si – dijo tomando su bolso Louis Vuitton café– voy a comprarme una bella lencería y obligarlo a amarme.
–Oye. Tranquila fiera – comenté riendo – sé dulce y después intensifica las cosas.
La chica alzó una ceja extrañada y se cruzó de brazos.
–¿Isabella Marie Swan me está dando un consejo de amor?
–La misma que calza y viste – respondí con una genuina sonrisa.
–Gracias – respondió – por todo y por esto – y me abrazó de nuevo – te llamaré en cuanto pueda ¿de acuerdo?
–Está bien – y la apreté fuertemente – ¿quieres que te acompañe a la puerta?
–No, estoy bien, hermosa – y me tomó de la mano – tú descansa que bien te hace falta. Hablaremos tan pronto como pueda.
–Ok.
–Adiós Bells.
–Adiós Rose.
Y bajó las escaleras que la llevaban a la planta baja, escuché como se despedía de mis padres y el sordo cerrar de la puerta de la sala. Enseguida mi madre subió con un par de sándwiches y unas malteadas que había preparada para mi amiga y yo, pero dada su repentina huida, se quedó a comerlos conmigo mientras charlamos un rato. Como realmente estaba cansada, esa noche me dormí temprano.
Los días pasaron rápidamente, mientras me decidía en volver a mi antiguo departamento. Mamá me había insistido en que no había necesidad de irme, bien podía quedarme con ellos pero yo no me sentía cómoda, al menos no del todo. Quería independizarme un poco más, hacía tiempo que no trabajaba en la empresa que anteriormente había solicitado trabajo. Afortunadamente, mi jefe comprendió toda aquella malaventurada y maldita odisea a la que había sido sometida y comprensivo, me dio la oportunidad de volver a la labor. Yo no esperaba ciertamente que me recibiera en el puesto que anteriormente había ocupado, pero todos estaban contentos con mi desempeño, así que no tardé demasiado en ponerme al corriente con todo y ganar velocidad.
–Eres buena, Isabella – me felicitó Alfred Rodríguez, mi jefe.
–Gracias, señor Rodríguez.
–Ya te dije que llames Alfred, Isabella – dijo con voz paternal – no me siento tan viejo.
–Está bien, Alfred– corregí sonriendo.
–Por cierto, mi esposa te manda saludos – y dijo a manera de secreto – gracias por el consejo.
Anteriormente, la esposa de Alfred había cumplido años y este, no sabía que regalarle. No tenía a quién recurrir en lo absoluto, esa mañana, noté como mordisqueaba fuerte y ansiosamente el lápiz que tenía en sus labios y decida le pregunté si ocurría algo. Echo un lío, me explicó su problema y le aconsejé que le comprara sus flores favoritas, su postre preferido, que ordenara hacer una cita en un restaurant elegante y quizás después llevarla a bailar. Obedeció fielmente a todos mis consejos y al final de la noche, la esposa del señor Rodríguez estaba más que contenta.
Paulatinamente me gané su confianza y agrado.
–De nada, Alfred, me alegra que haya funcionado.
–Sí – dijo acomodándose la corbata – bueno te dejo trabajar.
–Sí – dije sonriendo.
Me correspondió de la misma manera y entró a la oficina.
Era pasada de la tarde, mientras que recibía una llamada de uno de los camiones de inmobiliarios que había contratado. Esa misma noche arribaría a mi departamento y había ordenado que todas mis pertenencias fuesen removidas de la casa de mis padres.
–Señorita Swan – dijo la voz de un hombre– llamo desde "Mudanzas New York", sus pertenencias están instaladas en su departamento, solo llamaba para confirmar.
–Muchas gracias – respondí – pasaré a saldar la cuenta más tarde.
–No es necesario, su padre, el señor Black dijo que correría con todo los gastos.
–Charlie – pensé.
–Gracias, entonces.
–De nada – contestó –excelente tarde.
–Igualmente, adiós.
Colgué en inmediatamente llamé a casa de mis padres. El teléfono timbro un par de veces hasta que la voz de Jake contestó.
–Casa Black.
–¡Hey Jake! ¿Está papá ahí?
–¡Bella! No, no está ¿pasa algo?
–No es nada – respondí – solo quería agradecerlo por lo del pago de la mudanza.
–¡Ah! Ya veo. Sabes cómo es papá, siempre queriendo cuidarnos.
–Lo sé, no debió hacerlo – respondí apenada – ya soy mayor, puedo cubrir esos gastos.
–Bella, entiéndelo. Siempre serás su nena de 16 años, además solo desea cuidarte.
–En eso tienes razón pero dime ¿cómo va todo con Laia?
–Muy bien aunque, está un poco triste.
–¿Por qué?
–Tiene que volver a Londres y no quiere dejarme.
–Vaya – dije apenada – que lío.
–Algo así, no sé qué hacer.
–Ya idearás algo.
–Ella pronto se graduará y creo que…
–¿Crees qué?
–Quiero pedirle que se case conmigo.
–¿Qué? – Pregunté sorprendida – ¿casarte? ¿Tú?
–¡No te rías! – Espetó riendo – esto es serio.
–Así que Jacob Black, el macho indomable quiere sentar cabeza, ¡Mamá se volverá loca!
–Eso creo.
–Pero ¿cómo harás con los gastos?
–¿No te he contado? ¡Tengo empleo! En una empresa automovilística multinacional, está instalada aquí en New York pero si me esfuerzo puedo irme a Europa. Con el dinero que he ahorrado, tengo suficiente para Laia y yo.
–¡Jake! ¡Felicidades!
–Gracias, hermana.
Que bien se sentía escuchar a Jacob decirme así.
–De nada, te lo mereces.
–¿Vendrás a cenar?
–No lo creo – dije rayando unos papeles – me instalaré en el departamento primeramente y cuando todo se estabilice, quizás vaya a verlos.
–Está bien pero no olvides traer torta de fresa y chocolate.
–¿Tus favoritos? –pregunté con una sonrisa.
–Exacto.
–Yo misma los haré.
–¿Lo prometes?
–Lo juro.
–Te quiero, Bella. Gracias por ser mi hermana.
–Yo también Jake – dije con una sonrisa– cuídate mucho.
–Claro, hasta luego, Bells.
–Adiós Jake.
–Adiós.
Esa tarde, salí temprano. Llevaba tacones no tan altos pero me sentía cansada quizás por los restos de medicina que había en mi organismo, vestía una mediana falda pegada a los muslos con una pequeña abertura, un saco y una camisa blanca. Mi laptop y portafolio los llevaba a cuestas así que, batallaba demasiado en abrir la puerta del coche y cuando estuve a punto de fracasar en el malabarismo que hacía, unas manos me ayudaron.
–Cuidado, Isabella.
Alcé la vista y me encontré con una par de ojos grises. Era Arthur Miller, un chico de mi edad que trabajaba en la misma área que yo. Era muy atento conmigo, demasiado para ser cómodo.
–Gracias – respondí sosteniendo mis pertenencias.
–De nada – dijo tomando mis cosas.
Abrí la puerta del vehículo y deposité mis cosas en el asiento trasero del auto, lo cerré y me quedé varada ya que mi acompañante no se dignaba a marcharse.
–¿Ya a casa? – preguntó nerviosamente.
–Sip – contesté balanceándome sobre mis talones cansados y moviendo las llaves para que entendiera el mensaje.
–Oh que genial – y colocó su mano detrás de la nuca – me estaba preguntando si tú… – y comenzó a sudar nerviosamente – bueno, si te gustaría ir a cenar conmigo.
Abrí los ojos, no quería salir con él, no tenía ánimos de hacerlo en lo absoluto. Era más que obvio que no me encontraba en la mejor disposición de salir de casa y con un nuevo chico, además, desconfiaba de medio mundo.
–¿Salir?
–Sí-i.
Chasquee la lengua sordamente y apuñé los ojos.
–Yo, no sé si sea buena idea – respondí – no estoy preparada para salir aún.
–Bueno… Creí que un poco de ambiente te arreglaría la vida y el humor.
–¿Me dijo amargada? – pensé enarcando una ceja.
–Gracias Arthur pero preferiría quedarme en casa… Tengo planes ya.
–Con… – tartamudeo – ¿con un chico?
–¿Chico? ¿Qué edad tienes? ¡Entiende que no quiero salir contigo! – pensé de nuevo.
–No, Arthur– contesté irritada.
–Entonces ¿cuál es el punto de quedarte en casa sola?
Su parloteo me tenía harta, estaba a punto de comenzar a golpearlo, era la criatura más desesperante que pude haber encontrado ese día. Mi paciencia no estaba totalmente recuperada, ciertamente un parte de mí se había transformado, ya no era tan delicada con las personas como con anterioridad. Detestaba a los idiotas indecisos o aquellos que parecían que les pagaban por joderte el día, me había convertido en una chica ciertamente ruda pero nunca sin dejar de ser amable. Mi madre desde el principio me había enseñado que debía tener cierto tipo de tolerancia con la gente que simplemente no soportaba, pero había gente que automáticamente se merecía una palmadita… En la cara… Con una silla.
–Me tengo que ir – dije tan amable como siempre, o al menos lo más que pude.
Arthur insistió de manera más insoportable posible, me impidió cerrar la puerta con la mano y se coló por frente de mí, acercándome su cara con mucha libertad. Me tomó de la barbilla y me sonrió.
–¡Oye! ¿Qué te pasa? – vociferé molesta.
–Vamos – insistió – solo una cena.
Era el colmo, ya no podía soportarlo más. Hice los ojos en blanco, le tomé la mano y alcé mis brazos para alejarlos de mi cuerpo, los bajé tomándolo de la muñeca y doblándola tan severamente al punto que ambos las escuchamos crujir.
–¡Ay! ¡Ay! – vociferó.
–No me vuelvas a tocar en tu maldita vida de mierda – e infringí más fuerza – que sea la primera y última vez que haces esto – y la doblé más aún– traté de ser lo más amable posible pero no me dejas opción.
–¡Esta bien! ¡Está bien! – Gritó – ya entendí.
Lo soltó y lo tiré al suelo, me sacudí las manos y entré el auto. Lo encendí y me quedé viéndolo a través de la ventana. Arthur, se quejaba de dolor y me miraba con miedo.
–Nos vemos luego, Arthur – dije sonriendo y di marcha hacia mi casa.
Antes de llegar a mi departamento, pasé al supermercado para comprar algunas cosas para una cena, quería consentirme un poco. Compré pasta italiana. Genial, hasta la comida hablaba de Edward. También un vino Francés, ¿qué demonios pasaba conmigo? Un postre de chocolate y algunos frutos.
–Son $345.00 – dijo la cajera de nuevo.
Moví la cabeza para despejarme y le di mi tarjeta de crédito, firmé y salí con mis paquetes hacia el auto. Conduje un poco atontada, debí parecer una retrasada mental mientras no reaccionaba a la voz de la empleada. Sonreí como una tonta. Al llegar a mi casa, mi pequeño departamento se sentía reconfortante. Me quité los zapatos y me fui directamente a la cocina, puse en el Ipod, Sex on the fire para poder bailar un poco mientras la pasta se cocía, boicoteaba de un lado a otro, me sentía un rock star quitándome sensualmente el saco y desabrochándome ligeramente la camisa para amarrarla justo debajo de mis senos.
Cuando por fin estuvo preparada mi cena, me senté a la luz de las velas, me serví una copa de vino de uvas y me devoré mi pasta tan lentamente, estaba realmente buena. Cuando por fin había terminado, me pase con los pies desnudos rumbo a la cocina para limpiar los platos y bajé la música para ponerla de fondo, cuando por fin terminé, caminé de nuevo a la sala y ahí noté que un sobre blanco estaba en la entrada de la puerta. Lo levanté con curiosidad y lo miré fijamente mientras me tomaba el último trago de vino. Lo leí con cuidado, venía de Roma, Italia. Sentí un leve estremecimiento en la espalda y me senté en el sillón más grande para poder leerla.
Con los ojos abiertos al par, noté aquella hermosa caligrafía, aquella tan conocida para mí. La carta estaba marcada con mucha paciencia, quizás tratando de darme un pequeño sentimiento de rabia incrustada, en realidad, se notaba melancolía. No pude resistirme más y decidí leerla.
Bella, amor de mi vida.
Siempre supe que desde que te conocí, que jamás serías como las demás, parecías diferente y en realidad siempre lo fuiste. No puedo describir en realidad lo que sentí el día en que te besé, rechacé cada boca y perdóname que te lo diga si es que te ofendo pero, no pude resistirme a la tuya.
Creí que el amor era siempre una repetitiva estupidez, entre peleas y cursis palabras encontré monótono el día con día si es que tenía una "Pareja". Sé que nunca fuimos nada y quizás nunca lo seamos pero en lo que cabe de mi corazón o lo que queda de él, siempre estarás dentro y constante mi dulce Bella. Llevo meses sin verte pero esta vez no es igual que la anterior, porque no me rendí, te dejé libre para que fueses feliz, para que encontrases a alguien digno de ti, digno de tu amor.
Me di cuenta demasiado tarde de lo me ofrecías con honestidad y sé también que jamás encontraré a alguien tan pura como tú, el mundo está lleno de porquería, de antemano eso siempre lo supe pero tú, siempre fuiste la excepción. Me he alejado de todos para encontrarme a mí solo, me iré aún más lejos de aquí por un tiempo más largo, Italia, Francia o cualquier parte del mundo, no está lo suficientemente lejos de ti para no hacerte daño. Creo que, cuando recibas esto ni siquiera estaré llegando a mi destino, mismo que mantengo en secreto.
Siempre tuve esa duda ¿te amo o te deseo? Me preguntaba pensando en ti y ahora sé que, definitivamente te amo. Lo siento si te lastiman mis palabras, lo siento si he abierto aunque sea un poco la herida de aquello que tengo por seguro que deseas cerrar. Te amo con toda mi alma y aunque nunca fuiste mía, siempre serás mi Bella, la dulce Bella de mi corazón.
Por siempre te amaré, mi bella flor.
Jet´aime.
Edward Cullen.
Las lágrimas se me escurrieron cálidas por las mejillas ¿cómo demonios se atrevía a hacerme esto? ¿Cómo? Revisé la fecha en la que había sido enviada y noté que, había llegado hacia 3 días, ¡3 días! ¿Qué demonios hacía en Italia y no en Francia? Traté de centrarme y pensar ¿qué debía hacer?
–Tranquilízate, Isabella – me dije sola – esto no es más que…
Las mejillas se me bañaron de llanto. Y es que realmente no me lo había impuesto, no había pensado en lo que pasaría, en el quizás, en el momento que sería honesto conmigo y que realmente renunciaba y tiraba la toalla.
–Se está despidiendo de mí– dije al fin y dejé caer la carta a mis pies.
Realmente se había despedido aquella última vez que lo vi y que había resultado herido por mi culpa, cuando me rescató. Siempre pensé que le gustaba jugar conmigo, creí en todo momento que, solo me decía aquello para dramatizar un poco y hacer más interesante su regreso pero ¡que idiota fui! Hacía semanas que no sabía nada de él e incluso, no le había preguntado a Alice ya que esa chica era una cotorra andando que, tuve la sensación que le diría sin querer a Edward. Me confié en mis instintos, siempre pensé que era una maldita broma, uno de sus muchos juegos. Pero ahora, la ansiedad me carcomía la poca lucidez y paciencia, tenía que llamarlo, preguntar por él, preguntar dónde estaba o bueno, más bien, exigirle una maldita explicación… Si eso, una maldita explicación, me la merecía al fin y al cabo ¿no?
Tomé el teléfono celular y busqué su número entre mis contactos. Al principio temblé ¿qué demonios le diría? "Hola… Emm soy Bella, solo te llamaba para preguntarte dónde estabas y bueno ¿por qué te fuiste?" Mala idea. Pero tampoco me permitiría dejarlo así, que se marchara y me dejara sola, sin nada a qué aferrarme a la vida. Un sentimiento de nostalgia me demolió el pecho, quería gritar pero lo angustia me enmudecía al completo, lo necesitaba y era verdad lo que sentí alguna vez… Yo me estaba enamorando, enamorando profunda e irrevocablemente de él…
–Al carajo con eso… Yo lo amo… – dije pulsando la tecla de marcado.
Esperé los timbrazos, las manos me temblaban y sudaban mucho en realidad, cerré los ojos hasta que escuché su voz.
–Hola…
–Edward…– dije sonriendo.
–Soy Edward Cullen. Por el momento no puedo atender su llamada pero deje su mensaje y en cuanto pueda, me comunicaré con usted.
El sonoro bip de la contestadora sonó enseguida y mis labios temblaron mojándose de llanto y pasé saliva para poder serenarme, decidida y con el corazón estrujado de agonía, comencé a hablar con mucha firmeza.
–Hola… Soy yo, Bella. Recién recibí tu carta. Yo – dije tartamudeando – no entiendo ¿A dónde te fuiste? Me di cuenta al fin que, lo que me dijiste aquella vez era cierto… De verdad te estabas despidiendo de mí – y comencé a sollozar involuntariamente – no quiero que te vayas, nuca quise que te marcharas. Yo te quiero a mi lado, no deseaba que te despidieras, no deseaba sentirme así de mal ni que tú tampoco lo estuvieses, Edward. Yo… Te amo.
Y el tiempo de la grabadora, se terminó.
Cuando me di cuenta de que el tiempo se había terminado también para mí. Lo de Edward y lo mío no tenía continuación tampoco, era una exhaustiva búsqueda de algo que ninguno de los dos escribiría más y que por ende ya no existía. Y ahí estaba estancada en la sala del departamento, la música de fondo ahora resonaba Yesterday de los Beatles. Parpadee un sinfín de veces necesitaba centrarme y buscarlo, sí eso sonaba bien pero ¿con quién o cómo comenzaba? Entonces chasquee los dedos y a mi cabeza vino la solución.
–Alice.
Marqué su número y esperé ansiosamente su respuesta.
–¿Bella?
–Alice – dije exaltada – ¿dónde estás?
–¿Qué ocurre? Bueno, aquí en París son la 8:30 am y estoy en la oficina ¿pasa algo malo?
–¿Dónde está Edward?
–¿Edward? No está en la oficina.
Su respuesta me desconcertó.
–Entonces ¿quién dirige International?
–El señor Carlisle Cullen volvió como cabecilla, lo extraño del caso es que él ya se había retirado.
–Pero… Pero – tartamudee – Edward – lo llamé de forma informal sin importarme – nunca se despega de su oficina es como… Su trono, donde dirige el mundo.
–Sí bueno, ya sabes ese hombre es un misterio andante– respondió un poco distraída – no lo entiendo pero, hace días que él no se presenta. Y bueno escuché algo de la oficina del señor Cullen hace un par de días.
–¿Qué? – pregunté nerviosa.
–Parecía que su hijo había emprendido un viaje pero lo curioso era que ni los padres sabían en realidad a donde había llegado. La señora Esme está no lo sé… extraña.
–¿Por qué? – mi tono de voz se elevó de manera preocupante.
–Oye ¿estás bien?
–Por favor, Alice. Respóndeme– comenté apuñando las manos – necesito saber qué pasa en ese lugar.
–Está bien, creo que… – dijo deteniéndose haciendo más dramática la espera – Edward Cullen no piensa volver más a París. He escuchado que les dejó una carta a sus padres, yo misma se la entregué al señor Carlisle, el remitente era él y venía de Grecia.
Madre mía.
–¿Grecia? ¿Qué demonios hace allá? – pregunté exaltada, aún más de lo que ya estaba y de lo normal.
–¡No lo sé mujer! ¿Sabes que la señora Esme es muy cercana a su esposo? ¡Prácticamente está con él todo el día!
Claro que lo sabía, esa mujer era más dulce que el azúcar, la miel y mermelada de frutas juntas. Amaba a su esposo profundamente y nunca hubo necesidad de que nadie me lo contara, el amor entre los dos era absolutamente palpable y aquel querer de ensueño en algún momento había sido un ideal perfecto para mí.
–Sí ¿qué ocurre con eso?
–Al principio creía que era broma de mal gusto pero, cuando entré con la correspondencia, la señora Esme estaba sentada bebiendo un té. Aparentemente mantenían una charla de lo más normal posible. Cuando me quedé auxiliando al patriarca, este comenzó a leer la carta en silencio y para sí. Colocó una mano en su boca en expresión de horror y su esposa, intuitivamente comenzó a sospechar que algo ocurría. Yo – dijo de manera seria – me quería apartar pero el jefe no me lo había ordenado así que me quedé en la oficina.
Yo escuchaba atentamente la conversación de Alice con un nudo en la garganta.
–La señora – continuó – se paró enseguida al lado del marido y le preguntó qué era lo que ocurría y entonces lo escuché decir "Es Edward" le dio la carta y la mujer abrió los ojos alarmada. La comenzó a leer igualmente en silencio y minutos después, imitó el mismo gesto que su esposo y las piernas se le doblaron estrepitosamente. Yo me alarmé y corrí en su auxilio, el señor Cullen la cargó y ordenó que llamara a emergencia… Y ahí supe que las cosas pintaban mal.
–¿Sabes lo que decía en la carta? – pregunté horrorizada.
–Solo sé lo que te dije, Bella. Edward Cullen no va a volver a París nunca más.
–No, no, no, no – pensé – ¿Dónde estás Edward? Por Dios ¿qué decía esa carta para que tu madre se haya puesto así?
–Alice… Sé que esto es una locura pero – dije temblando de los labios – ¿podrías conseguir ese papel?
–¿Estás loca Bella? ¡Eso sería una maldita barbaridad para la pobre pareja! – vociferó horrorizada.
–Te lo ruego, por favor – le imploré – necesito saber qué decía esa carta.
–¿Por qué Bella?¿Por qué te importa tanto él? ¿No lo odiabas por lo maldito idiota que siempre se comportó?
Alice, así como muchas personas más, no estaba enterada de lo más mínimo de nuestros choques o los encuentros que habíamos tenido. Quizás, al principio de todo esto, ella pudo haberse dado la idea de ello, como el día en que me había encontrado durmiendo en la casa del jefe. Ese mismo día, me había enterado que ellos dos habían sido amantes. Genial– mascullé para mis adentros. Mis dos mejores amigas –ahora que hacía memoria– se habían revolcado con él pero extrañamente ¿por qué no me importaba? Quizás porque todo aquello había sucedido mucho antes de que yo hubiese arribado a París, en algún punto de la historia donde yo ni siquiera estaba colocada en el mapa. Pero ese momento y su repentina desaparición me hacían perder la cordura ¿dónde demonios estaba? Entonces, recordé la parte de su carta, la que había escrito para mí.
"Me he alejado de todos para encontrarme a mí solo, me iré aún más lejos de aquí por un tiempo más largo, Italia, Francia o cualquier parte del mundo, no está lo suficientemente lejos de ti para no hacerte daño. Creo que, cuando recibas esto ni siquiera estaré llegando a mi destino, mismo que mantengo en secreto"
Moví la cabeza para despejarme y entenderlo, tenía que decírselo o explotaría.
–Porque lo amo, Alice.
La chica a través del auricular se quedó enmudecida y escuché como la respiración se le iba conforme trataba de hablar.
–¿Qué tú qué?
–Lo amo – repetí con orgullo – siempre ha sido así. Me fui de su lado para olvidarlo, porque mi amor por él me sobrepasaba y sentí que la mejor manera de estar en paz era estando lejos de su presencia, pero me equivoqué y no sabes cuánto me arrepiento.
–Pero Adam y… ¿Qué fue todo eso?
–Un estúpido intento de olvidarlo y mira – dije riendo con tristeza – como terminaron las cosas.
–¡Oh Bella! – Dijo con melancólica alegría – estás enamorada de él.
–Absolutamente– respondí – por eso te pido que me ayudes.
–Me has metido en un aprieto – contestó seriamente – pero… ¡Maldita sea! Te ayudaré… Espérame una hora o menos, te enviaré la carta escaneada a tu correo electrónico pero – comentó risueña – me debes un tarde de compras ¿eh?
–¡Las que quieras hermosa! – vociferé con alegría.
–¡Oh! Nos divertiremos, te lo aseguro, bien en una hora te lo mando, hermosa.
–Gracias, preciosa– dije con felicidad.
–De nada, adiós Bella – y colgó.
La idea de pasar una tarde junto a Alice en el centro comercial me hizo sentir un escalofrío, esa mujer me aniquilaría. Tomando pequeños tragos de las copas que una y otra vez me bebía ansiosamente, pase la hora que Alice me había indicado. Caminé una y otra vez por el departamento sin humor suficiente como para seguir escuchando música, demonios que ansiedad hasta que por fin el teléfono sonó de nuevo rompiendo aquel frustrante silencio que solo irrumpía la tranquilidad de mi cabeza.
–Te lo envié ya – dijo con voz cantarina – vaya que eres un caos mujercita – continuo – si me despiden serás la culpable.
–Te amo lo sabes – contesté agradecida – gracias, Alice.
–Sí, sí. Agradécemelo cuando vayamos de compras.
–No lo dudes, hermosa, adiós.
–Chao, Bella.
Abrí la laptop y la encendí, esperé como el maldito cacharro se conectara a Internet y desesperantemente comencé a escribir mi dirección de correo electrónico para así acceder. Tan pronto como entré, en la bandeja de entrada me apareció un mensaje con el asunto de: Tardes de compras, no lo olvides. Alice era tan original para los títulos. Le di un clic a la pestaña y automáticamente comenzó la descarga del archivo, cuando lo abrí, la carta se apareció en la pantalla de mi ordenador y aquella hermosa letra frente a mí.
Madre y padre:
Esto que escribo ahora es muy difícil de entender quizás para algunos pero para mí es importante que ustedes me apoyen en la decisión que he tomado: me voy. No sé cuánto tiempo me tome esto, no sé si es un capricho mío esto que he decidido porque realmente me siento confundido, es necesario para mí y perdónenme que insista tanto en que me apoyen. Mi vida ha tomado un giro inesperado después de mi estancia en New York, el accidente y todo lo que pasé, no sé de qué manera implicaron en este decreto.
Tengo que olvidarme de todo, dejar ser feliz a las personas que amo, soy una mala persona ahora lo sé y me arrepiento. Mucho en verdad. Solo quería darles las gracias por todo aquello que siempre hicieron por mí, por favor no se preocupen, no causaré ningún daño donde merezco estar.
Pero si ya no decido volver y por alguna razón encuentro la paz que anhelo, les pido que siempre recuerden que los amo y que son los mejores padres que la vida pudo haberme dado. Padre, madre cuídense en mi ausencia...
Ustedes fueron mis confidentes y supieron de mi amor por Isabella, por favor, no la impliquen, ella no sabe dónde estoy y por supuesto que no es culpable. Le hice mucho daño y merece estar tranquila así que, les pido que no la disturben con esto, por favor.
En algún sitio velaré por ustedes y por todos aquellos que de verdad me importan… Por ella.
Los amo.
Su hijo, Edward Cullen.
–Esto no es cierto – me dije sola – no es verdad Edward.
Coloqué mi mano sobre mi frente con desesperación y moví mi cabello.
–¿Te vas para hacer feliz? ¿Qué demonios significa esto?
Entré a la habitación con furia, la maldita cabeza me latía a mil por hora. Abrí el pequeño closet que tenía y de ahí, tomé un par de vaqueros y unas cuantas blusas, dos chamarras y un par de zapatos cómodos. Elegí de mi baño los neceseres de limpieza indispensables y tomé la tarjeta de crédito dónde tenía gran parte de la fortuna que me habían heredado mis padres, mi pasaporte y unos lentes de sol, ridículamente aunque fuese de noche. Tomé el teléfono celular y llamé a Alfred, aunque sabía que era malditamente tarde, tenía la necesidad de hacerlo. Una voz adormilada me contestó.
–¿Hola?
–Alfred, soy yo, Isabella.
–Bella ¿Qué ocurre? ¿Pasa algo?
–Sí, pero – dijo tratando de ser tranquila – no es nada necesariamente de mi persona, más bien algo que forma parte de mi círculo personal.
–¿Todo está bien?
–No del todo, tendré que ausentarme por un tiempo. Sé que… – dijo apenada – apenas y he vuelto pero de verdad necesito salir.
–De la ciudad, supongo…
–Del país – corregí.
–¡¿Del país?! Madre mía ¿Tan imprescindible es que vayas?
–Me temo que si – contesté metiendo mis últimas pertenencias – ¿me puedes apoyar en eso?
Su respiración parecía molesta pero al final suspiró.
–Lo siento, Isabella. Eres un empleado y no puedo recibirte ni dejarte ir a tu gana. Es un trabajo niña, ¿lo entiendes?
–Lo entiendo – respondí decepcionada – no me queda más remedio que decirte adiós.
–Lo siento Bella, buena suerte.
–Gracias, Alfred. Pasaré por mis cosas cuando vuelva.
El hombre no contestó nada e inmediatamente colgó. Ahora solo me quedaban Charlie y Renée.
–Demonios ¿qué les diré? – me dije sola.
Me sentía una niña de 15 años pidiéndoles permiso a sus padres para salir de fiesta. No quería preocuparlos de nuevo así que, sentí la necesidad de enfrentarlos. Pero tenía una idea mejor, ahora contaba con mi hermano, mi aliado de toda la vida. Apenas unos timbrazos más y Jacob, contestó.
–¿Estás segura de lo que haces?
–Absolutamente– respondí.
–Pues qué remedio, ve y búscalo. Yo te cubro, hermana – dijo con voz cómplice.
–¡Oh Jake! Gracias, en verdad es bueno que seas mi aliado.
–De nada – contestó sonriente – sigue tus sueños, Bella.
–Lo haré, hasta luego, Jake.
–Adiós Bells.
Salí corriendo en medio de la noche rumbo a la carretera. No tenía la más mínima idea de a dónde debía dirigirme, ¿Grecia?, ¿Italia? ¿Francia? Edward me había escrito, que cuando llegase la carta a manos mías quizás ni siquiera él estuviese llegando al lugar donde se dirigiría. Pero estaba sola así que debía primero llenarme de aliados.
–¡Con una mierda! Vuelvo a Francia– vociferé mientras presionaba el acelerador y los kilómetros se desvanecían sobre las ruedas, haciendo que mi exasperación por llegar junto a Edward se acortaran. Una parte de mí me decía que él no estaba ahí, que era mejor que desistiera, pero debía encontrarme con Alice, ella conocía mejor la ciudad que yo y eso me debía proporcionar alguna ayuda.
–¿Qué demonios piensas Bella? ¿Buscarlo por todo el país? – pensé para mis adentros.
¡Oh sí! Eso y más estaba dispuesta a hacer. Llegue al aeropuerto, era bastante tarde así que con toda la intención del mundo, aparqué el auto en el estacionamiento para entrar y dirigirme hacia la empleada encargada. En la puerta me topé con un guardia, un hombre que tenía serios problemas por mantenerse en pie y que las piernas no le respondían de manera correcta para hacer su trabajo, se veía somnoliento.
–Disculpe – comenté despertándolo– ¿dónde puedo comprar un boleto a París?
El hombre parpadeo un par de veces y bostezó, cuando por fin fue consciente de que le hablaba me miró de pies a cabeza, cosa que me pareció atrevida y molesta.
–Vaya a la 3491, ahí encontrará a la empleada indicada para la venta del ticket.
–Gracias – contesté pasando de largo mientras notaba que el hombre se sonreía coquetamente.
Pasé por decenas de salas hasta que por fin llegué a la indicada. Localicé el tablero de viajes, donde me mostraba dónde y en qué lugar despegaban los aviones, para mi suerte, encontré un vuelo que salía en menos de 30 minutos a París y eso casi me hizo saltar de alegría.
–Buena noche, me gustaría un boleto para París.
–Claro que sí, permítame un momento, señorita.
La mujer comenzó a teclear apresuradamente y revisó la pantalla con ceño fruncido.
–Dígame, señorita…
–Isabella Swan.
–Swan… ¿Qué clase desea? Porque solo cuento con primera, las demás están repletas, ¿le parece bien?
–Primera clase, no suena mal – pensé.
–Claro, no hay problema.
–De acuerdo –contestó.
Comenzó a hacer los procesos de pago e inmediatamente le entregué mi tarjeta de crédito, firme el recibo y la mujer me entregó el boleto. Caminé hacia la escasa fila de pasajeros de primera clase que iba hacia Paris, ahí, apenas tuve tiempo de documentar mi maleta, enseñar el pasaporte y caminar hacia la línea que daba dentro del avión. Cuando entré me di cuenta que el asiento que había comprado era bastante refinado. Lo único raro de la situación, era que todos iban vestidos elegantemente y yo, solo parecía una chiquilla que no cuidaba la etiqueta. Muchas mujeres iban vestidas formalmente, otras con ropas caras de diseñador, la tela se veía tan fina y sedosa a comparación de mis raídos pantalones, mi blusa de algodón y mis converse. Cuando había salido de casa, no hubo literalmente tiempo para cambiarme o vestirme formalmente.
–A la mierda – pensé – iré a París a verlo a él, no aun desfile de modas.
Pero entonces un sombrío pensamiento se cruzó por mi mente ¿y si no estaba ahí? ¿Y si él seguía en Grecia? ¿O en Italia? Había perdido mi trabajo y sorprendentemente no me importó, pude antes haber estado histérica de solo pensar que en algún momento, mientras era Isabella Marie Swan el robot, que yo, vivía para trabajar y no trabajaba para vivir.
–Bienvenidos al vuelo número 5678, –dijo la azafata – con destino a París, les suplicamos que abrochen sus cinturones y disfruten del viaje, South Airlines les desea un buen viaje.
–Aquí vamos – comenté ajustándome el cinturón.
No sé cuántas horas en realidad después, llegamos al aeropuerto de París, un poco más allá de las 11:00 am. Me bajé con mi escasa maleta esperando que ese día– como el primero al que había llegado– no lloviese. Las azafatas nos despidieron de manera muy amable, me bajé del avión tan rápido como pude y salí hacia las salas para llegar a la salida y tomar un taxi, uno que me llevase hacia International. Caminé entre la multitud hasta que me encontré un hombre de cabellos castaños y traje elegante, estaba vigilando quizás el trabajo de sus empleados y muy profesionalmente, apuntó en una tabletilla electrónica todo lo que ocurría.
–Disculpe… – lo interrumpí tocándole el hombro ¿habla usted Inglés?
El hombre me miró un poco extrañado a los ojos y un brillo de fascinación apareció en su cara, se acomodó la corbata galantemente y me sonrió, con una de esas sonrisas de comercial de pasta de dientes.
–Sí – respondió con un quisquilloso acento francés.
Me coloqué una mano sobre el pecho y casi salto de la alegría. Que buena suerte.
–Gracias a Dios – dije aliviada – ¿usted trabaja en aquí?
–Oui– respondió – soy supervisor, ¿en qué puedo ayudarle?
–No quisiera abusar de su amabilidad pero, ¿cómo puedo conseguir un taxi que me lleve hasta una empresa?
–En la salida – indicó con el brazo fuertemente extendido – están las taxis que la llevarán hasta donde desee, señorita.
–Ya– contesté apenada –lo que pasa es que mi Francés, digamos que… No es muy bueno.
–¡Ah! – Exclamó – bueno, pergmítame ayudarle.
Tomó mis escasas pertenecías, cosa a lo que yo me había opuesto rotundamente, pero el hombre tomó la delantera y me llevo hacia la salida, donde otro, de aspecto gracioso por su pequeña boina y su amplio bigote, me abría la puerta para de manera educada. Intercambiaron un par de frases, hasta que el hombre de cabello castaño se acercó a mí educadamente.
–Disculpe ¿a qué empresa va, señorita?
–International CO.
–¡Oh! No hay problema – respondió sonriendo – él la llevará inmediatamente– esa empresa es muy conocida aquí.
–Eso me han dicho – respondí sonriendo.
–Tome – dijo tendiéndome una tarjera donde venía escrito de manera cursiva el nombre de Louis C., el número telefónico y su dirección, eso creí yo– por si necesita ayuda.
–Gracias Louis.
–De nada…
–Isabella – comenté tendiéndole la mano – pero llámeme Bella.
–Bella – repitió besándome los nudillos – que tenga buen viaje.
–Gracias, Louis.
Entré al auto, me despedí con la mano y le sonreí de la manera más amable posible. El chofer me miró de manera amable, mientras veía de vez en cuando en el retrovisor. Por mi parte, comencé a buscar el número telefónico de Alice. Quería decirle que estaba en París y que iría para la empresa en cualquier momento, pero sabía que arruinaría la pequeña sorpresa que le tenía, además no quería entretenerme demasiado con el hecho de que me entretendría con compras, zapatos, maquillaje y aquel sermón enorme que me esperaba debido a mi desaliñado pero repentino atuendo de colegiala. Bueno, en realidad, me sentía bastante cómoda, era como una de las muchas veces que había ido a la universidad, cuando los chicos de mi clase se burlaban de mis despintados pantalones, mi tenis viejo y aquellos característicos y enormes lentes de bibliotecaria vieja.
Reí al recordar que, a solo a las mujeres mayores les caía bien, era como la muchachona del club de las solteronas de la escuela. Era muy tímida, siempre me sentía opacada por la belleza nata de Rosalie Hale, ella siempre se veía hermosa incluso si hubiese llevado un costal de papas como vestido de graduación, de igual modo hubiera ganado la corona. Recuerdo que ese día, hacía frío. Ningún chico me había invitado a ser su cita, pero Jake me pidió que saliéramos. Gustosa acepté y Renée tramó una enorme treta en donde, al final él y yo llegamos a la fiesta de graduación. Me compró un lindo vestido color azul entallado, unos zapatos altos y me mando al mejor salón de belleza de la ciudad, cuando salí, no había ni una pizca de la vieja y raída Isabella Marie Swan.
Muchos chicos ni siquiera me reconocieron, orgullosa del brazo de mi hermano, quise poder pavonearme toda la noche frente todos los que alguna vez me habían hecho menos de lo que en realidad era. Rosalie estaba orgullosa de mí, aunque técnicamente, yo no había hecho nada por todo aquel atuendo. Al final, comprendí que la belleza que por fuera tenía, en algún punto de la vida se acabaría, que algún muchacho guapo quizás esa noche podría enamorarse de la hermanastra fea que se había convirtió en princesa por una noche y que al día siguiente, cuando volviese a mi atuendo habitual, la magia se acabaría. Por eso había emprendido ese viaje, a decir verdad muchos de los viajes buscando trabajo. Mis padres por supuesto que me apoyaron en todo pero se sentían tristes, Jake bueno, siempre se había sentido herido cuando me iba y ahora sabía la verdadera razón. Pero en el fondo, aquella sociedad perfeccionista me había hecho creer que yo, Isabella Marie "Patito feo" Swan no merecía el cariño de nadie que no fuese mi familia. Pero ¿qué había hecho bien en algún punto de la vida? Llevaba en la parte trasera de mi mochila la carta que Edward me había escrito, demonios ese hombre me había llamado la atención desde que nos vimos en la boda de Rose, cuando Emmet nos había presentado.
Por mi parte había hecho todo lo posible por ni siquiera volver a verlo, refiriéndome a que ni siquiera voltearía a su lugar, porque simplemente su cercanía era como una campo minado que definitivamente me llevaría a la perdición. Y lo irónico de todo es que, el hombre más guapo que jamás había visto en mi vida, se había fijado en mí. ¡En mí! Y ahora yo lo estaba buscando ahora él, ¿era alguna clase de juego de la cretina vida? Mientras el taxi se paraba frente al enorme monstruo de concreto, el hombre me indicaba el pago de euros que eran por llevarme hasta el lugar. Inmediatamente y bajé del auto.
–Mercy.
El hombre me sonrió y se quitó la boina con ademán cortes y partió. Me quedé fuera del edificio, demonios que enorme es este imperio para mí, es demasiado gigantesco para alguien tan pequeño como yo. Recordaba la primera vez que esta cosa enorme me atemorizo, cuando la chica estudiosa se enfrentó a un frío mundo donde fue lastimada, aprendió de la manera cruel que es en realidad la vida y como había muchas manera de casi morir, una de ellas… Enamorarse. Entré decidida, miré a la misma mujer que estaba en la recepción, la misma que a lo largo de los meses saludé de la manera más amable y ella ni siquiera me miró.
–Hola, busco a Alice, la secretaria presidencial, por favor.
La empleada me miró debajo de sus lentes, se creía de aspecto profesional y vio de arriba abajo mi atuendo, casi haciendo una estúpida comparación entre su atuendo y el mío. Moví el tenis con impaciencia mientras ella me miraba ceñuda.
–Oye – dije acercándome la mesa – ¿no escuchaste?
Me volvió a ignorar la hija de la gran puta, ya estaba cansada, de todo, de sus malos tratos hacia a mí, que jamás me había portada mal con ella y siempre se portaba como toda una perra. Siempre creí que su actitud hacia mí se debía a que, estaba celosa de que estaba cerca de Edward, aunque él nunca me confirmó nada.
Marqué el número telefónico de Alice y enseguida se conectó la llamada, se merecía una buena zurra por esto, puesto que mi amiga siendo una de las allegadas al presidente de International, tenía cierto tipo de mando y responsabilidad.
–¡Bella! ¿Cómo estás?
–Bien, hermosa. Pero un poco molesta. Hace un rato que estoy en la recepción de la empresa y la empleada no me comunica contigo e incluso me ignora – dije mirando fijamente a la mujer quien ahora me veía con nerviosismo.
–¡Oh! Esa desgraciada– comentó enojada– permíteme un momento.
–Claro.
Me colgó y a los pocos minutos el teléfono de la recepcionista comenzó a sonar y contestó. Una pequeña voz gritona se escuchó a través del auricular y aun moviendo los pies con malicia, una sonrisa apareció en mi rostro. La chica comenzó a tartamudear en francés y regañada, colgó y suspiró.
–Discúlpeme– dijo ladina– aquí tiene su pase de visitante – y me entregó una gafete y me estiró una pluma y un directorio para firmar mi llegada.
–Muchas gracias – contesté sonriendo – firmé, tomé las cosas y entré por el elevador hacia el piso presidencial.
La idiota me sonrió con hipócrita cortesía y al cerrar apenas las puertas del elevador, su cara volvió a aquella mascara incrustada de resentimiento. Cuando por fin salí, me encontré antes de llegar a mi amiga boicoteando de un pie a otro por la enorme alegría de verme ahí. Corrió hacía mí y casi me carga en el proceso haciéndome soltar la pequeña maleta al piso.
–Tranquila, Alice. ¿Me quieres matar?
–¡¿Cuándo planeaste venir?! – preguntó sonriendo.
–Hace unas horas – contesté sonriendo.
–¡Me alegro de que estés aquí, de verdad Bella! – comentó casi llorando de la alegría.
–Yo también me alegro de volver – respondí –pero parece que no a todos les agradó verme– dije recordando la actitud de la empleada.
–No le hagas caso a Clarise, está celosa de que tú hayas llegado de la nada y hayas trabajado con Cullen.
Ya no me podía resistir más, tenía que preguntarle por él.
–¿Qué has sabido, Alice?
–Bella – dijo con tristeza– no hay nada más que saber de él. Solo su madre está delicada, desde que recibió su carta no está nada bien. El señor Cullen viene desanimado a trabajar y parece que no sale el sol para ninguno de los dos. Es su único hijo, no es para menos.
–Entiendo – dije decepcionada.
–Alice ¿podría venir a mi oficina? – mandó a llamar al patriarca por medio del auricular, justo como Edward lo hacía. Una leve nostalgia me entró al corazón.
–Enseguida señor.
–No– cambió de parecer repentinamente– no venga.
Antes de que mi amiga contestara, el hombre ensombrecido salió de la oficina mientras se acomodaba su saco. Cuando giró la vista me vio con dulzura y una pequeña sonrisa se divisó en su rostro de mármol.
–Isabella – saludó –que gusto de verla – y me tendió la mano –¿cómo está?
–Bien, señor Cullen – respondí el saludo – ¿y usted?
–Bien – dijo con la mentira saliéndole por los orbes claros.
–¿Y su esposa? – pregunté curiosa.
El hombre bajó la vista y enseguida me arrepentí de aquella pregunta estúpida, definitivamente yo le hice daño. Idiota.
–Esme está enferma, por Edward… – comentó con melancolía– es su niño, su mundo y él se fue.
La cara de Alice se quedó en un sordo puchero por la situación de su jefe, se sentía impotente, como yo.
–¿Sabe dónde está él?
Negó con la cabeza.
–Tenía la esperanza de que tú lo supieses, Isabella.
–Bella – corregí sonriendo amablemente– y no, tampoco sé– respondí, señor Cullen.
–Carlisle– corrigió él ahora– pero dime ¿tienes dónde quedarte?
–No por el momento– contesté.
–Te podrías quedar conmigo y con Peter– intervino Alice.
–Gracias, hermosa pero, me sentiría incómoda entre ustedes, son una pareja – comenté apenada.
–Eres muy amable, Bella– intervino Carlisle – me gustaría ofrecerte mi ayuda, quédate por favor en la antigua casa que ocupabas cuando trabajabas y después, ven a cenar con nosotros. Esme estará feliz de verte.
Carlisle evidentemente no sabía que yo había vivido con Edward, eso me hizo suspirar agradecida.
–Oh, yo no sé buena idea– respondí.
–Vamos– insistió mi amiga– acepta su ayuda, Bella. No te vendría nada mal – puntualizó sonriendo.
Poniendo las cosas con honestidad, realmente no tenía a donde ir. La idea de estar con Alice me agradaba pero ahora con su pareja, sería bastante incómoda para mí, ¿qué iba a ser de mí al escuchar sonidos sexuales a media noche? Aquella idea me hizo reír, me sentía una puritana pero ¿qué esperaban de una mujer virgen? Sí, virgen y no me avergonzaba.
–Está bien– acepté al fin un poco apenada – acepto.
–Bueno, yo ya me voy a ver a mi esposa, quizás quieras que te pase a dejar – comentó el patriarca con dulce voz.
–Eso me gustaría, pero si no te molesta, Carlisle, quisiera verla antes.
–Eso le encantaría– contestó sonriendo.
–Bueno, Bella – intervino Alice – yo te dejo, tengo que volver a trabajar.
–Carpe Diem– dijo el jefe– hoy no tiene caso que estés aquí, Alice.
–Gracias, señor. Entonces aprovecharé para hacer unas compras para Peter – contestó entusiasmada.
Los tres caminamos hacia el ascensor y comenzamos pequeñas charlas. Carlisle comenzó a preguntar por mi familia y cómo había pasado mis días después de los malos momentos. Le conté cosas muy pequeñas, aún me sentía un poco sensible sobre el tema, en realidad no estaba muy cómoda a pesar de que él era doctor. Por su parte, él me contó – no sé por qué– la situación por la que estaba atravesando, decía o bueno, al menos dio a entender, que estaba triste porque no podía volver al hospital. Ni Emmet había vuelto y bueno yo sabía la razón del por qué, también escuché que estaba más que preocupado por su adorada esposa, siempre acostumbrado a verla sonreír y ahora, se sentía en la oscuridad, temía por ella. Alice me miraba con un pequeño puchero en los labios, como un payaso triste que al igual que yo, no sabía qué hacer.
El hombre estaba destrozado, quizás no en su totalidad pero era como la hebra de una manta que se estaba rompiendo poco a poco y todo por Edward. Desde el día de su repentina desaparición, la empresa estaba hecha un caos, realmente no uno preocupante pero no estaba en la medida que hubiese estado en su mando. Carlisle era un doctor no un ejecutivo, evidentemente él hacía falta, a su familia, a la empresa y a mí.
Cada quien tomó su camino. Acordé con Alice que la llamaría en cuanto pudiese y que no se preocupara por mí. Subí al auto junto con Carlisle y el camino estuvo lleno de pequeñas charlas, pequeñas sonrisas que lograba sacarle, pero no hablaba de Edward, al menos no abiertamente. Tal parecía que aquello lo lastimaba mucho. Cuando llegamos a la residencia de los Cullen, me quedé literalmente impactada. El lugar era enorme. No, enorme se quedaba pequeño en comparación de lo que en realidad era, podía tener la comparación de un palacio real. Las monumentales murallas que la apartaban de la calle, la hacían ver parte del bosque de Francia. Las puertas tenían una enorme 'C' en cursiva unida con una 'M' de igual forma. Tenía pequeños ángeles tallados en los ventanales, madera forjada en la entrada de colores oscuros que contrastaban el lugar.
–Bienvenida…
Formé un 'O' en mis labios, asombrada era poco. Cuando llegamos a la entrada una enorme fuente con otro ángel vertía agua con un cántaro enorme. Un mayordomo de aspecto lúgubre nos dio la bienvenida y amablemente, cargó mis pertenencias, aun cuando al principio me opuse. Entré atrás de Carlisle, tanta riqueza intimidaba, en verdad que sí. La sala estaba repleta de colores alegres y pasteles, pero algo sombrío en el ambiente no lo hacía lucirse en su esplendor y sabía perfectamente que aquel taciturno lugar se debía a que la dueña de la casa, estaba enferma.
–Esme, mi amor – saludó el hombre – acercándose delicadamente al regazo de su esposa.
Esme Masen, la antítesis de lo que siempre había sido en toda su vida. Tenía pequeñas pero visibles marcas purpuras debajo de sus ojos por no dormir, la piel pálida le deslucía y su cabello estaba opaco y descuidado, una tímida sonrisa se asomó por su rostro en cuanto su marido le besó los labios con ternura y se sentó a su lado. Yo me acerqué con un poco de vergüenza, que mala situación para conocernos así.
–Mira, ella es Bella – le indicó– ella sabes quién es…
La mujer asintió sonriendo.
–Mucho gusto, Bella. Yo soy Esmeralda Masen, la madre de Edward. Llámame Esme.
–Mucho gusto – dije tendiéndole la mano – Bella Swan.
–Vino a cenar con nosotros – reiteró Carlisle sonriendo.
–Me gustan las visitas – informó la mujer de piel blanca con una sonrisa.
Al poco tiempo, los tres estábamos ocupando la mesa principal. Carlisle por supuesto que estaba en la cabecera de la misma, Esme ocupaba su lado derecho con una diminuta sonrisa y yo, estaba en el lugar donde solía comer Edward. La mujer me miraba con mucha atención, como si esperara que de mí, saliera su preciado hijo y la tensión era palpable. No me incomodaba pero, estaba segura que de mí deseaba que fuese real, que a mi lado estuviese él y en un momento también lo desee. Comimos en medianamente silencio, Carlisle trataba por todos los medios de hacer sonreír a su esposa y que comiera un poco más, pero ella apenas y tocaba el plato y se perdía mirando hacia mi dirección. Cuando terminamos, tomamos una café y la señora de la casa se quedó inmediatamente dormida, por el cansancio quizás. El patriarca se ofreció a llevarme a la casa, todo el camino sabía que estaba tratando de ocultar su tristeza pero yo no quise hacerlo sentir incómodo.
La torre Eiffel se notaba a lo lejos y una pequeña melancolía se instaló en mi pecho. Las lágrimas comenzaron a amenazar a salir y tuve que aguantarme lo más que pude frente al padre de Edward. Suspiré cuando llegamos y me tendió las llaves.
–¿Quieres que te acompañe? – preguntó estacionado frente a la casa.
Noté un auto, un Aston Martín frente a la entrada y mi concentración se perdió, por un segundo, volví la vista de nuevo a Carlisle y le sonreí, él parecía exasperado por volver con su esposa y no era necesario que me acompañase.
–No gracias, Carlisle. Estoy bien – respondí apretando las llaves– vuelve con Esme.
–Gracias por entender, Bella. Espero la casa sea de tu agrado, hace tiempo que nadie la habita.
Volví a girar mi cabeza hacia al auto de color negro que estaba enfrente y eso me pareció sospechoso.
–De nada– respondí.
–Aquí tienes mi número telefónico por si deseas algo.
–Trataré de no ser una molestia – respondí tratando de ser divertida.
–Por supuesto que no lo eres, Bella. A mi esposa le agrada tener a alguien a quien Edward quería mucho– dijo con voz serena– él te ama, lo sabes ¿verdad?
La respiración se me agitó, pero no dije nada.
–Eres el recuerdo más fresco de mi hijo, hace meses que no lo vemos y Esme, al verte lo ve a él. Recuerda sus palabras, cuando te perdiste, Edward estaba tan decidido a encontrarte y lo hizo – puntualizó– si eso no es amor, no sé qué más sería.
–Edward es… alguien importante para mí.
–Lo sé, y aunque no me lo has dicho, sé que vienes a buscarlo, como él lo hizo.
–Sí. Bueno me retiro, que pases buenas noches, Carlisle.
–Igualmente, Bella.
Salí del auto y tomé mis pertenencias, abrí la llave de la puerta que sorprendentemente no tenía seguro, eso me intimidó un poco. Giré hacia la calle y Carlisle me veía con una sonrisa y se despedía con la mano, encendió el carro y aceleró en la carretera. Volví de nuevo a mi concentración, miré el auto desde adentro de la casa, el Aston Martín se me hacía tan conocido. Caminé las pequeñas escaleras hacia el interior y pasé saliva en cuanto la puerta cedió a abrir sin el peculiar candado que se le añade cuando nadie la habita. Entré la pieza principal de la sala que alguna vez había pisado estaba repleta de sábanas blancas que cubría los muebles. Caminé con la pequeña maleta a mi costado y miré rumbo hacia la cocina.
–Mierda, creo que no estoy sola – dije bajito.
No tenía caso caminar hacia el balcón que daba hacia la torre y entonces decidida entré al despacho de Edward, abría la puerta lentamente y encontré para mi alivio que estaba vacía. Pero algo de ahí no concordaba. Caminé en dirección de la mesa del estudio y encontré un trago de Whisky fresco, estaba recién servido pero no estaba siquiera comenzado.
–¿Será posible? – me pregunté.
Dejé tiradas mis pertenencias y aun en oscuras, corrí hacia la habitación principal, las aletas se me ensancharon y los pies casi se me tropezaban uno con otro. Subí las escaleras apresuradamente y me quedé quieta frente a la puerta.
–No seas cobarde, hazlo – me dije a mi misma.
Entonces la abrí con los ojos cerrados, el sordo sonido de la puerta se escuchó ante mis oídos y abrí mi vista lentamente. Una gruesa figura ante mí vista, sin cara y sin nombre, estaba frente a mí con la respiración agitada por el frío, en la mano derecha sostenía una prenda delicada y ¿azul? ¿Era acaso un camisón mío? Me quedé estática en el umbral de la puerta y aquella misma presencia se quedó estancada también. Mi corazón casi se me detuvo y di un paso hacia el frente, el mismo que él retrocedió. Mis labios se curvearon con una sonrisa y los ojos me comenzaron a llorar.
–Edward ¿eres tú?
Hola ¿qué tal a todas? Resulta que no tengo Internet en casa, ahora mismo
estoy en un ciber café donde venden todo menos café xD
Tengo problemillas con eso del Internet :c me parece que no tengo fecha para cuando estaré
un poco más cercana a ustedes por lo tanto, trataré de actualizar cada Miércoles
ya que también estos días son los últimos de mis vacaciones :c
BUENO ¿QUÉ LES PARECIÓ?
Yo espero realmente que haya valido la pena la espera, ustedes me dicen y yo sigo escribiendo.
También les recuerdo que ya son los últimos capítulos de esta historia, tanteo que serían como 2 capítulos más
y uno especial :D
LAS ADORO
NO OLVIDEN REVIEW :D
