Tuyo, mía, nuestros...

POV Edward


–Por favor lleve mi equipaje a la habitación– le pedí amablemente al hombre que vestía un traje de botones azul.

El hombre asintió de manera educada y entonces esperé en el hotel griego mientras la recepcionista hacía los cargos a mi tarjeta de crédito.

–¿Piensa quedarse mucho tiempo, señor Cullen? – preguntó de manera formal mientras miraba la pantalla del ordenador.

–No lo sé– contesté de manera seca –espero poder descansar del bullicio. Le agradecería que no me molestara con nada – y me puse rígido – aunque no creo recibir llamadas.

La mujer se tensó por mi tono de voz, sabía ciertamente cual era la infalible intención de ella pero no me importaba. Estaba cansado y bastante asqueado de mis propios pensamientos y emociones. Hacía más de tres días que mantenía mi teléfono celular apagado, no quería escuchar la voz de nadie. En ese punto no tenía tampoco la más mínima idea de cómo estarían las cosas en casa y en la empresa.

–Que se joda el mundo, no me importa nada – dije caminando hacia el elevador con las manos en mis bolsillos. Cuando llegue al piso de mi habitación, el empleado ya había entrado a la pieza y había metido mi equipaje, le di una jugosa propina y se marchó sonriendo. Mientras me desnudaba del torso y dejaba algunos botones al aire, me quedé mirando por la ventana hacia el mar. No me sentía con el suficiente humor como para salir o hacer algo más.

–Mentí una y otra vez – dije para mí solo – le dije a Bella que estaría en otro lugar que no fuese Grecia pero no siquiera sé si quiero irme más lejos ¿qué estoy haciendo? ¿Qué e estoy haciendo a Esme? Todo esto es una mierda– y golpeé la rígida roca de la pared blanca.

La noche llegó e nuevo, trayendo consigo pesados recuerdos y amargas alegrías.

–Por fin– dije cerrando los ojos.

Encendí el Ipod y Richie Valents se escuchó levemente como música de fondo. Sleepwalk, la canción que describía aquel insomnio que daba por pensar en la mujer que amabas. El sueño pasional de hacerle… El amor, a la dama que te robaba el sueño. No era más que el canto del bajo en una armonía romántica y muchos ayeres mezclados.

Un fuerte golpe irrumpió mi puerta aunados a los constantes gritos de una mujer y un hombre que impedían el paso.

–¡No puede pasar! – vociferaba.

–No me importa– decía una voz conocida.

–Llamaré a la policía – amenazó la mujer.

Me quedé en silencio mientras llegaba hacia la puerta para abrirla. El ruido me parecía irritante y había dado explícitamente las instrucciones de no ser molestado con nada. Cuando giré el picaporte me quedé estático ante lo que mis ojos veían. Emmet McCarthy estaba echando chispas para soltarse del agarre que le hacían dos hombres que no proferían ningún sonido y una mujer que se mostraba extrañamente asustada y a la vez firme en su paso. Los ojos del hombre de cabello oscuro me miraron con desaprobación mientras me quedaba seriamente postrado en el umbral.

–Discúlpeme, señor Cullen – dijo la mujer apenada – este hombre ha entrada a la fuerza y no hemos podido detenerlo.

–No se preocupe – dije casi leyéndole el pensamiento– déjenlo, yo me encargo.

La sonrisa de Emmet se ensancho en cuanto dije esas palabras y pude jurar como extasiado gritaba internamente por la victoria que según él ya tenía ganada. Los dos hombres de piel morena que lo sujetaban me veían indecisos y sin decir nada asentí mientras estos lo soltaban suavemente. McCarthy hizo un gesto como limpiándose la suciedad inexistente de sus ropas y se quedó quieto mientras me devoraba con la mirada.

–Pueden retirarse – les ordene– yo no necesita ayuda.

–Está bien, señor Cullen – respondió y les ordenó a los hombres que abandonaran el lugar. Para la buena suerte, el piso donde estaba yo, no había demasiada gente. La mayoría de las personas estaban en sus casas, quizás porque el tiempo de turismo en Grecia no era el más indicado de todos. Abrí la puerta de par en par para invitarlo a que entrara a la habitación y así, poder intentar hablar con Emmet.

–¿Quieres entrar?

–Pensé que nunca lo dirías – respondió de manera seca pasando a mi lado y golpeándome el hombro derecho con el suyo.

Cuando entramos a la pieza miró de arriba abajo el lugar casi como buscando una desaprobación en él. Me quedé estático y decidí mejor caminar rumbo al mini bar para servirme un trago, presentía que ese sería una larga noche.

–¿Quieres un trago?

–No vine a charlar Cullen– respondió.

–Viniste a matarme – comenté sirviendo los cubos de hielo con tanta indiferencia que le molestó.

–¿Cómo sabe eso?

–No sabes cuánto me enferma verte ahí… Sin sufrir.

–Mátame Emmet… Me haría un enorme favor…– dije bebiendo mi trago.

Abrió los ojos completamente y se encaminó hacia mi lugar, me tiró el trago de las manos con un sonoro manotazo y me tomó de las solapas con fuerza alzando mis pies en las puntas. Me miró con rabia, la vena de su frente y cuello se hincharon con saña y sus pupilas se dilataron. Su respiración quemaba y noté levemente como de su nariz se contraía.

–¡¿POR QUÉ ELLA, EDWARD?! ¿POR QUÉ?

–¿Qué quieres que te diga, Emmet?

–¡La verdad!

–No lo sé… – contesté al fin.

Me colocó de nuevo en el piso y me dio un sonoro golpe en la quijada. Sentí como aquella parte de mi cara se me entumecía y sus potentes puños me reventaban la boca por dentro. Me tiró al suelo y de nuevo me tomó de las solapas. Sentí como el ferroso sabor a sangre me bañaba la lengua e intenté escupir un poco.

–¡DIME! – ordenó de nuevo.

Lo miré de reojo tratando de limpiarme la sangre, no le daría pelea porque sabía que me lo merecía. Sus ojos no mostraban lucidez humana y yo estaba listo para morir a manos de mi amigo.

–No tengo…– respondí sangrando – las palabras exactas para… decirte lo que pasó por mi cabeza aquel día…

–Yo la amaba – dijo jaloneando mi ropa – ¿sabes lo que es amar al menos?

–Lo sé ahora – respondí.

Emmet me miró desconcertado y me dejó en el suelo mientas caminaba por la habitación con la mano en la barbilla. Su puño izquierdo se mantenía apretado y literalmente blanco por la presión que ofrecía en su palma y que le quitaba el tono a sus nudillos. Me paré de la manera que pude y me recargué en la pared tratando de mantener el equilibrio. No sabía cuánto tiempo le quedaría de paciencia pero debía ser consciente de que en cualquier momento volvería a atacarme. Me miró con sorpresa y a la vez mucho odio, decepción y una pizca de culpa.

–Ojala pudiera quitarte algo tan importante para ti como lo fue para mí… Así – dije con lágrimas en los ojos – sentirías lo que me está consumiendo por dentro.

–Perdóname –le pedí– me siento como un imbécil.

–Eres un hijo de puta – corrigió sentándose en la cama.

–Sí – dije sonriendo mientras me limpiaba los restos de la sangre y me senté a su lado– un hijo de puta mal nacido que no se merece estar vivo.

–Oye imbécil – comentó sonriendo – no es para que de verdad quisiera matarte –y lo pensó un poco – bueno pero si te merecías el puñetazo.

–¿Soy afortunado entonces?

–No tientes tu suerte, Cullen.

Sonreí con la boca rota. Era verdad, Emmet estaba mostrando una lado misericordioso que no debía tentar y aunque me había confirmado que no me mataría a golpes, esa idea no me había hecho feliz. Ya no quería estar sufriendo, no más. La idea de no tener a Bella conmigo era como si una maldita sierra me partiese en dos y siguiese haciéndolo consecutivamente aun maldiciendo a cada instante. McCarthy estaba casi en lo cierto, yo en parte ya había experimentado aquella perdida de lo que más anhelaba y más de una vez. La primera había ocurrido cuando ella se había marchado, la segunda cuando me enteré que estaba con el imbécil de Adam y que al final resultó un desastre el simple hecho de acercármele y la tercera inclusive más dolorosa de todas: Cuando había dejado a Bella por voluntad propia. Ningún dolor físico tenía comparación con el simple de hecho de haberme alejado para hacerla feliz, ni siquiera estaba consciente de que estaba haciendo lo correcto.

–Me siento un imbécil – dije al fin.

Emmet se paró y comenzó a servirse un trago me miró un poco más sereno y entendí que aquel golpe lo había hecho sentirse más tranquilo. Trajo el trago que había dejado a medio servir y me miró pensativo, levantó una ceja y me ofreció un brindis en silencio.

Por ella– pensé y bebí mientras el alcohol me hacía arder la piel rota por dentro.

–¿Cómo me encontraste? – pregunté al fin.

–Eres un idiota– dijo bebiendo – ¿sabes que puedo localizar tus malditas llamadas?

–Pero mi celular está apagado – comenté alzándolo y agitándolo en el aire– no puedes localizar un teléfono así.

–No me subestimes, Edward – dijo sonriendo– el celular no estaba apagado los primeros minutos después de tu última llamada.

–Claro – expresé bajando la vista mientras vertía el último trago de alcohol en mi boca.

–¿Y qué demonios haces en Grecia?

–No lo sé. No se me ocurrió otro lugar.

–¿Volverás?

–Eso depende – comenté viéndolo de soslayo.

–¿De qué?

–De si tengo el perdón que merezco.

–Esa está difícil – respondió parándose de la cama y viendo hacia la ventana – yo… Creo que puedo perdonarte paulatinamente, así que creo que es un comienzo… Eso si – se puso rígido y serio – no te quiero cerca de Rose. No al menos hasta que las aguas se calmen.

–Gracias, Emmet.

–No me hagas querer matarte de nuevo– amenazó de nuevo.

–No te preocupes.

–Entonces ¿Cuándo vas a volver?

–No lo sé… Allá no hay nada para mí– y mi voz se quebró en la última palabra.

Mi acompañante se quedó sorprendido, lo sabía, jamás me había visto del todo roto y diferente. Hubo un día, en que Edward Anthony Cullen jamás se había doblegado por nadie. Ni siquiera mi familia me había hecho doblegarme en los peores momentos de la vida y ahí sin inmutarse, supo que yo estaba derrotado. No tenía la menor idea de lo que cruzaba por mi mente pero yo no tenía ya nada más que perder. Y quizás no fuese lógico pero yo no podía volver a verla a la cara. Era inútil poder sentirme mejor, todo lo que tenía se había quedado en New York.

–¡Mierda! – Expresó Emmet gesticulando alzando una ceja – en mis peores días hubiese pagado por verte de esta forma pero ¡Qué rayos! No soy tan hijo de puta.

–¿Eso debe alegrarme? ¿Mi miseria te hace feliz?

–Un poco – respondió sonriendo, quizás esperando que yo también sonriera. Pero no lo logró.

Fijé mi vista en el suelo y de nuevo toqué mi boca rota, me dolía pero me lo merecía. Nunca en mi vida me había sentido tan miserable.

–Estar enamorado duele – dije tan bajo que pensé que McCarthy no me había escuchado.

Al contrario de lo que había pensado se quedó en silencio con la respiración pendiente, no supo que decir más y yo alcé la mirada.

–¿Qué?

–No importa, olvídalo.

–¿Cómo quieres que deje de lado esto que acabas de decir? ¿Quién es ella, Cullen?

–Isabella Swan –confesé.

–¿Y por qué…?

–¿Me rendí? Porque solo la he lastimado y le hago bien solo cuando estoy lejos.

–Y ¿al menos lo sabes con certeza? Digo – y se tocó la barbilla – la señorita Swan es una persona bastante fuerte pero no sé hasta qué punto lo sea. Quizás no esté en mejor posición que tú.

No dije nada y comencé a caminar hasta el pasillo, ahí caminé hasta el balcón que daba hacia el mar. Como presentí Emmet me siguió hasta ahí y se posó a mi lado en silencio, lo miré de reojo y noté que llevaba mi teléfono celular en mi mano.

–Toma – y me ofreció el aparato – llámala y no seas imbécil. Si ella te ama, vale la pena todo.

–Emmet…

–No seas testarudo– me comentó medio exasperado – detesto que seas así. O al menos llama a tu madre – ordenó – a estas alturas debe estar llena de angustia.

Esme, me había olvidado por un momento de ella y aquello me hizo removerme en mi lugar incómodo. Esa mujer era tan delicada que aquella carta que le había enviado debía haberla afectado mucho. En cuanto me di cuenta, mi amigo ya se había marchado. Me quedé con el móvil en las manos y lo encendí sin más. La pantalla de bienvenida se vislumbró y un sinfín de mensajes de texto, correos, y llamadas perdidas se vieron en la pantalla. La mayoría eran de mis padres y la empresa, muchos de ellos preguntándome en dónde estaba pero ninguno era relativamente importante. Solo encontré varios mensajes de voz y me dispuse a escucharlos.

Edward soy yo… Tu padre.

–Carlisle– dije.

¿Dónde estás? Te he dejado miles de mensajes y ninguno los contestas. Al menos llama para decir que estás bien– y se detuvo– tu madre está un poco enferma desde que te fuiste, sabes cómo es Esme. No sé qué haré Edward… Por favor, vuelve. Te amaos, hijo– y el mensaje terminó.

Escucho otros más de Carlisle, la mayoría en igualdad de expresivos y la mayoría me hizo sentir mucho más miserable de lo que ya en si estaba. Cuando estaba a punto de devolver la llamada a la casa de mis padres, la contestadora me enunció que tenía un último mensaje de voz. Presioné el botón para escucharlo y esa dulce voz hizo que mi cuerpo se estremeciera.

Hola… Soy yo, Bella. Recién recibí tu carta. Yo – dijo tartamudeando – no entiendo ¿A dónde te fuiste? Me di cuenta al fin que, lo que me dijiste aquella vez era cierto… De verdad te estabas despidiendo de mí – y comenzó a sollozar con mucho sentimiento – no quiero que te vayas, nunca quise que te marcharas. Yo te quiero a mi lado, no deseaba que te despidieras, no deseaba sentirme así de mal ni que tú tampoco lo estuvieses, Edward. Yo… Te amo.

Y el tiempo del mensaje se había terminado. Me quedé petrificado por sus últimas cuatro palabras y ahí, en la poca resolución de mi mente, volví a reproducir su mensaje, escuchando sus sentimientos y aquella respiración suya que la hacía escucharse más desesperada, casi como estuviese frente de mí.

¿En verdad no me quería a su lado? Entonces ¿Qué había sido todo aquello que había en Bella? Esa fuerza implacable de ser la dura el día en que me había despedido… ¿De verdad estaba fingiendo? ¡Que idiota había sido! Swan siempre se había mostrado fuerte frente a mí pero realmente estaba destrozada… Me amaba. Y también estaba Esme, mi dulce madre… Tenía que volver y verlos… Ellas me necesitaban, mi padre me necesitaba… La vida tenía dulzor ahora.

Tomé mi teléfono celular y llamé a la recepción, la voz de la chica sonaba sorprendida.

Parthenon Hotel ¿quién habla?

–Habla Edward Cullen, señorita.

Señor Cullen ¿puedo ayudarlo en algo?

–Eso me agradaría, ¿puede reservarme un vuelo a París a primera hora, por favor?

Emmm eso creo.

–Se lo agradecería mucho– dije sonriendo.

Lo llamaré en cuanto tenga la información, señor – y colgó.

Caminé hacia mi habitación y comencé a empacar mis pocas pertenencias, me metí a duchar y una estúpida sonrisa surco mi cara a pesar del mal trago que atravesaba mi madre… Primero en definitiva iría con Esme… Después volaría hacia New York para buscar a Bella… Ella… Mi Bella. Cuando menos me lo pensé, el teléfono sonaba y contesté de inmediato.

Señor, disculpe. Tengo la información que me pidió.

–La escucho.

Hay un vuelo en una hora, si sale ahora podrá llegar a París en la tarde.

–Muchas gracias – dije y colgué caminando rígidamente hacia el lobby.

Hice los pagos correspondientes y salí del hotel tan rápido como pude, incluso llamé a Emmet quien sorprendentemente me respondió muy animado, le agradecí por todo y por haberme prácticamente obligado a encender el móvil y eso le causo gracia. También le dije del mensaje de Bella y la situación de mi madre, me sentía como aquellos tiempos en la universidad en que él había sido mi único amigo y nadie más me había apoyado. Me deseo buena suerte, el general se escuchaba sincero, Emmet me comentó que viajaría a EUA a ver a su esposa y que se perderían un tiempo para solucionar las cosas, yo no quise comentar nada puesto que eso era un tema realmente delicado para los dos. Cuando llegué al aeropuerto – afortunadamente– no encontré problemas con el equipaje y las largas esperas, me dije a mi mismo que todo estaría bien en cuanto bajase del avión y me dirigiese con Esme y Carlisle y después de eso… Buscaría mi propia felicidad o al menos intentarlo.

Eran 7:54 pm cuando yo había despegado de Grecia, su enorme y vieja cultura me decían adiós con la esperanza de que algún día volvería pero no solo. Era el simple hecho de volver a ver a Bella lo que me motivaba a volver, fuera de eso no había nada más. Cuando arribé y no sé por qué pude aguantar tanto tiempo en no tirarme del avión, salí literalmente volando hacia el estacionamiento en donde había dejado el auto. La azafata apenas pudo despedirse de todos cuando yo estaba corriendo ansioso esperando mi equipaje. Tan maldito lentamente casi de modo destrozando mis nervios, sentí como la maleta se desplazaba a una velocidad medianamente lenta. La tomé y esta vez tratando de controlar mis nervios. Quería llegar sereno a casa, no sin antes ducharme y ponerme presentable para mis padres, quería que Esme me viese sano y completamente cuidado, como si mi viaje hubiese tenido un fructuoso intento de mantenerme o hacerme mejor persona aunque en realidad eso era malditamente cierto. Las ruedas del auto se movían sobre la carretera con libertad, estaba fresco el clima pero no me importó.

–Tan pronto como esto terminé… Iré contigo.

Conduje por la carretera casi a 210km/h. Agradecido de que el lugar estuviese prácticamente desierto, pisé el acelerador a tal grado que el aire se colaba con violencia por las ventanas pero no me importó. Coloqué el celular encima de la guantera y ahí, como tan malditamente maniático era solo, escuché un sinfín de veces más el mensaje de Bella… El mismo que me había hecho volver.

Edward… Te amo – se repetía en mi cabeza con su dulce voz una y otra vez.

Era un hombre que pocas veces mostraba el lado dulce o amable pero ese día me sentía como el joven de 18 años que alguna vez tuvo una novia que jamás lo traicionó y que siempre lo amó.

When a man loves a whoman de Michael Bolton sonaba en el reproductor. Iba con mi cara inexpresiva y los ojos saliéndome de los orbes, mis manos aferradas ansiosamente en el volante y la fija vista en la carretera… Todo mi pensamiento estaba con Bella.

Llegué justo cuando atardecía y el sol se oponía. La torre resplandecía con fulgor mientras el característico tintineo de luces se encendía en su esplendor. No puse demasiada atención, iba directamente hacia la casa de mis padres pero detecté o más bien recordé que mi atuendo no era el mejor.

–Debo pasar a asearme primero– me dije solo acercándome poco a poco a la residencia donde antes vivía con Bella.

Deje mi Aston Martin estacionado en la entrada de la puerta. Bajé buscando las llaves en uno de los escondites de la pared y me quedé tocándola con la yema de los dedos como si aquella puerta me fuese a transportar a un lugar remoto en el pasado. Coloqué la llave en la entrada y ahí, di paso hacia la residencia abandonada.

En cuanto me di cuenta, la tenebrosa soledad se adueñó de mí. Me di cuenta en realidad que la única persona que le daba vida el lugar era ella, solo ella. Cerré la puerta principal solo con un empujón y entre a la sala principal, la cual estaba cubierta de sábanas blancas llenas con un poco de polvo.

–Esto está tan solo, como yo – dije con tristeza.

La melancólica y ausente alegría de la sonrisa de Bella vagaba ahuyentada por los rincones de la pieza, que burlonas se marchaban por el balcón que estaba frente a la torre Eiffel. No pude más y ahogue un molesto gruñido contra mí, uno que me recordaba que por mi culpa, ella se había marchado. En realidad, por mi propia causa, yo había decidido marcharme. Entré a mi despacho, justo enfrente de la sala y noté que el lugar estaba técnicamente intacto. Los muebles bajo las mismas sábanas y todos aquellos libros y licores en el mismo sitio en que los había dejado. Caminé hacia el Whisky e impotente, le serví un trago tratando de ahogar mis tristezas. Pero simplemente no pude, lo dejé ahí y caminé hacia la habitación. Las escaleras fueron recorridas de manera lenta mientras miraba firmemente hacia enfrente.

Cuando me adentré al cuarto era como si cientos de kilos me cayesen por la espalda. El simple hecho de querer caminar hacia la cama principal era una proeza, mis sentidos se agudizaron en el mismo instante en que me coloqué cerca de la ventana donde una silla tenía sobre si, un blusón azul de Bella. Coloqué una pequeña caja de cristal en el tocador, había sido mi compañera por todos esos meses y que desde el primer momento, estaba destinada para Bella.

Tomé la prenda y la estruje entre mis manos, era tan suave que no pude evitar cerrar los ojos de la impresión que me daba y como un maldito enfermo que era, posé mi nariz entre la tela para respirar su esencia y dulzón olor vainilla y fresas.

–Que delicioso hueles – dije para mí solo.

En ese instante una erección poco perceptible se asomó por mis pantalones, demonios el olor de Bella me excitaba mucho en realidad. Me mordí la boca y sentí los latidos de mi corazón colocados justamente detrás de mis oídos. Escuché como el sonido de una puerta se cerraba ¿acaso no estaba solo? No lo sabía no le presté más atención, estaba tan sumido en mis propios pensamientos que deseaba solo quedarme ahí.

El aire frío se coló por la ventana con fuerza y mi piel se erizó de manera que apreté con fuerza la prenda y me coloqué de espaldas a la puerta. Solo quería quedarme un segundo más y después partiría con mis padres, solo eso necesitaba…

La puerta ahora de la pieza donde me encontraba se abrió sordamente pero aun así, percibí el sonido hueco de la misma por la entrada de una corriente que me congeló la espalda.

–Edward ¿eres tú? – preguntó esa dulce voz.

Me quedé estático, no quise girarme por miedo a romper mis fantasías, mis dulces sueños y ¿si solo era parte de mi estúpida imaginación? Sería como el simple hecho de torturarme por gusto. No quise pensar en siquiera si me estaba volviendo realmente loco pero la curiosidad me ganó. Conté hasta tres mentalmente y sobre la punta de mis talones me giré con deliberada lentitud.

Los ojos más hermosos que jamás había visto en mi vida me miraban atónitos y asombrados en la lejanía del umbral. Tragué saliva, ahí estaba Bella.

–¿Eres tú? – pregunté para cerciorarme que no estaba delirando.

Peor no contestó nada. Su rostro pálido como la luna mostraba una sorpresa y una alegría mezcladas de manera que no sabía cuál era la que más predominaba. Tomé la tela entre mis manos y me acerqué lentamente hasta donde estaba. Demonios estaba tan hermosa, las heridas de sus manos habían sanado ya y su nacarada piel se veía tan suave y frágil.

–Creo que estoy soñando Bella– dije para me escuchase y me quedé justo frente a ella, cara a cara.

–Creo que yo estoy soñando – dijo al fin con la boca mordida.

Acerqué mi mano hasta su cara y por un momento Bella creyó que la tocaría, cerró los ojos y se quedó quieta pero yo no me atreví. ¿Y si de verdad estaba soñando?

–No puedo tocarte, siento que desaparecerás…

–Estoy aquí, Edward…

–Perdóname, Bella… Perdóname fui un estúpido…

–Por favor – me pidió – no digas más. Ambos fuimos unos tontos.

–Yo fui un idiota hijo de…

–No sigas – me reprimió– me haces sentir como que estoy delirando y esto no es real. Creo que sigo en casa dormida y después de haber llorado tanto por ti y duele – y la voz se le quebró.

–Shh – la tranquilicé – no llores por favor, no quiero que llores más. Tú no te mereces esto… Mereces a alguien mejor.

–¿Cómo sabes eso? – Preguntó con rabia – ¡YO TE AMO! ¡No puedes decirle eso a alguien que te ama!

Sentí como su respiración se hacía más agitada y como sus brazos temblaban de la rabia. Su dulce enojo y débil ser me hacían sentir como el peor de los villanos.

–Pero – dijo interrumpiendo mis pensamientos – ¿cómo es posible que me digas eso después de lo que me escribiste ¿cómo te atreves?

–Nunca te había visto tan molesta – comenté a media sonrisa, ella se veía tan hermosa.

–¿Te estás burlado de mí? – Y golpeó fieramente la suela de sus zapato contra el piso fino– estoy cansada ¡Tan cansada! – Y se giró sobre su pie colocando ambas manos a sus costados.

Las lágrimas comenzaron a resbalarse por sus mejillas y más furiosa aún me miro con sus chocolates orbes desentonando su bella cara.

–Si no quieres estar más conmigo lo entiendo– espetó – pero yo te amo Edward Anthony Cullen Masen y si tú a mí no es mejor que…

Y no pude más. La tomé entre mis brazos y coloqué su cara entre mis palmas para que me mirase fijamente.

–No digas más, niña preciosa– dije con mi boca pegada a la suya – no digas nada… Solo déjame amarte, solo permíteme eso pero con una condición.

Swan asintió sin dar crédito y respiró entrecortadamente.

–¿Cuál?

–Que sea para toda la vida.

Tomé sus labios con los míos, mi lengua urgentemente mojó los suyos y un respingo tomó por sorpresa su cuerpo. Coloqué ambas manos alrededor de su cara, no quería que escapara de mi lado, no quería que se alejara ni un centímetro de mí. Su lejanía era como el vivo fuego que me consumía enloquecedoramente por dentro.

–¿Qué deseas Bella? – Le pregunté mientras los sonidos de los besos resonaban en la habitación – ¿qué quieres de mí?

–Edward…– jadeo e hizo que mis músculos se contrajeran–. Te quiero a ti, siempre te he querido a ti.

La miré a los ojos y pasé saliva. No podía resistirme más y la tomé entre mis brazos. Sus piernas se engancharon a mi cintura hábilmente y sus brazos se entornaron alrededor de mi cuello, no podíamos respirar más que nuestras meras respiraciones y opté mejor por colocarla sobre la cama.

–En verdad ¿me quieres solo a mí? – pregunté tocándole la cintura y la espalda.

–Sí – contestó– siempre.

–Entonces – y me despegué de ella mientras notaba que una puchero se hacía en su cara – déjame hacer las cosas de una manera correcta.

Su cara era de perplejidad nata, no podía entender en lo más mínimo mis palabras pero sabía que sería paciente, al fin y al cabo lo había hecho por tanto tiempo. Me paré de donde estaba y caminé hacia el tocador para tomar la caja de cristal que había dejado en el tocador y que estaba bajo llave, en ella, saqué otra más pequeña de color oscuro y color rojo que me había dado a guardar mi madre hacía mucho tiempo. Me volví hacia Bella quien se mordía los labios de manera ansiosa y alzó una ceja expectante sin saber lo que ocurría.

La tomé de las manos y las besé con ternura.

–¿Pasa algo? – preguntó con tono alarmante.

Negué con la cabeza, para Bella era realmente desconcertante verme tan callado y pensativo pero no tenía las palabras exactas para poder describirle lo que realmente sentía en ese momento.

–Estás tan hermosa esta noche – dije en voz baja – tan hermosa que opacas todo a tu alrededor, Isabella.

Sentí como su cuerpo se tensaba pero acaricié de nuevo sus manos y las volví a besar de forma tranquilizadora.

–Yo…

–Shh... Solo déjame hablar por ahora– le pedí– quiero hacer esto de la manera más perfecta posible.

Me paré de la cama y ella se acomodó en la orilla pensativa. Le sonreí y lentamente me arrodillé frente a Bella y su cara se iluminó al verme con la rodilla pegada al piso y mis ojos sobre los suyos.

–Desde que te conocí, no he dejado de pensar y quiero decirte que has atrapado mi corazón desde el momento en que te vi con ese lindo vestido azul – sonreí recordado ese día-. Nunca antes hubiese pensado que esto que ahora siento por ti, sobrepasa mis límites, mi cuerpo y mi corazón. Te amo – y le tendí la pequeña cajita abriéndola sobre su mano y posando la mía, y su rostro se iluminó-. Solo quiero que sepas que deseo más que nada tu felicidad y hoy, Isabella Marie Swan, te pido a ti, que me hagas el extraordinario honor de casarte conmigo, ¿me harías el hombre más feliz del mundo?

Las lágrimas corrieron por su mejilla y tomó la alianza de Esme sobre sus manos.

–Sí, sí quiero casarme contigo, Edward– dijo.

–¡Oh Bella! – Y se lanzó a mis brazos con alegría, llenándome el rostro de besos y cerrando sus brazos entorno a mi cuello.

–Te amo – me dijo – te amo, Edward.

–Yo también te amo, mi amor… Demasiado – le contesté.

Nos despegamos un poco y coloqué la alianza en su dedo corazón. Una sortija con un diamante blanco que resplandecía a la luz de la luna, tallado en miles de detalles y una encriptación por dentro que decía: Más que mi propia vida, te amo futura señora Cullen.

Lo recordaba perfectamente, había mandado a grabar ese anillo para Bella incluso antes de volver. Quería pedirle matrimonio desde que había estado en Italia, ¿Cuántas veces me había quedado observando ese anillo? ¡Horas! ¡Días quizás! En realidad no lo sabía, pero hubo un momento en el que había decidido en volver por ella pero una parte de mí, me decía que era mi deber dejarla libre y feliz, fue ese momento en el que le había escrito la carta y se la había enviado y desde ese momento, había llevado conmigo ese anillo a todas partes. Ahora estaba realmente con su verdadera dueña, la misma que era de mi corazón: Isabella.

–Quiero casarme contigo, lo antes posible – le dije llenándola besos.

–Casémonos entonces – me respondió.

–¿Estás segura de lo que dices? – pregunté alzando una ceja.

–Solo quiero ser feliz, tuya, Edward… El tiempo solo es una medida.

–¿Mía? – y mi boca mordió la suya.

–Tuya ¿cómo quieres que te lo demuestre?

–No es necesario – respondí– el haberme dicho sí, me lo demuestra– y la alcé entre mis brazos.

Ella sonrió y su mirada se tornó diferente, el chocolate de sus ojos de fundió con el verde de los míos y mordiéndose la boca, pegó su frente a la mía.

–Hazme el amor, Edward – me pidió con devoción cerrando los ojos– por favor.

–Bella… – respondí cerrándolos también– yo no sé… Yo… No sé si sea buena idea.

–Por favor – me imploró – por favor…

–Quiero que me lo hagas, amor – y sus palabras me excitaron – hazme tuya – y besó el lóbulo de mi oreja lanzando miles de sensaciones en mi sexo.

–Nena – y apreté los ojos tratando de controlarme– yo… – jadee – no sé hacer el amor… Yo… No sé, Bella.

–Entonces – y me miró a los ojos – aprende conmigo.

No hubo siquiera el suficiente tiempo para poder centrar mis pensamientos. La tomé de las caderas y comencé a caminar en dirección a la cama con lentitud al principio. Se entregó a mis besos primero de manera suave y después de forma receptiva, como si comenzara a tener un poco más de confianza. Tomó los botones de mi camisa con lentitud y los comenzó a abrir con habilidad. Su mano pequeña se colocó por encima de mi pecho y recorrió el mismo arañándome levemente. Gruñí por aquellas sensaciones y le mordí los labios en respuesta.

Ella es diferente – me dije para mí mismo–. A ella la amas, a Bella tienes que hacerle el amor.

Cuando por fin el último botón de mi camisa se abrió, comenzó a bajármela lentamente por los brazos y su boca los recorrió lentamente. Su aliento caliente me hizo jadear, no podía entender cuan poderosas eran sus caricias para mí. La despegué un poco para poder besarle la boca. Nuestras lenguas comenzaron a mojarse una con la otra, una sensual batalla entre las dos comenzó y el olor dulzón de fresas con vainilla inundó mi nariz casi haciéndome perder los estribos. Tomé sus manos y las apreté en señal de que estaba desesperado por hacerla mía, sentí el anillo en su dedo corazón al par del mío mientras se enlazaban los dedos. Alcé la vista y nos miramos fijamente, volví a tomar su mano y la besé en dorso con devoción.

Jet' aime, Bella.

Jet' aime, Edward– contestó sosteniéndome la mirada.

Le besé el cuello lentamente. Me comí su piel suave mientras rodeaba con la lengua y depositaba besos en ese camino, Bella se estremeció e hizo la cabeza hacia atrás lo que me permitió llegar más dentro provocándole más placer.

–Mmm – gimió tomándome del cabello.

Abrí su blusa al completo y la dejé en sostén. Besé sus pechos perfectos por encima de la copa del mismo y con los dientes, comencé a bajarlo lentamente. Mi chica abría la boca lentamente mientras yo subía y bajaba cerca de sus pezones. Con mis dos manos comencé a abrir la hebilla de su pantalón y después su botón, me separé de ella lentamente y comencé a bajárselos con mi lengua dentro de su boca, danzando una contra la otra, mojándose de nuevo y descubriendo lugares placenteros para ambos. Su saliva dulce mojaba mis labios y cuando su pantalón quedó fuera, apreté mis manos contra su estrecha cintura con un poco de violencia, haciéndola gemir contra mi sexo duro que se encajaba en sus caderas.

–Desnúdame – le pedí – desnúdame como nunca antes nadie lo ha hecho.

Se mordió los labios lentamente y asintió sonriendo.

Bajó con las manos temblorosas hasta mi pantalón y lo comenzó a desabrochar lentamente.

–Tranquila, nena – dije respirando entrecortadamente y la besé – tómate tu tiempo. Soy tuyo, todo tuyo.

No sé qué pasó por su cabeza en realidad pero creo que esas palabras la armaron de valor y de un tirón, mis pantalones cayeron al suelo. La besé con una sonrisa, estaba tan feliz y su lengua me distrajo. Mis músculos se tensaron como nunca y sentí la piel su espalda erizarse. Bajé hasta sus pechos y tomé con mi boca sus pezones, ahí comencé a mojarlos lentamente con la lengua haciendo pequeños círculos alrededor. El pecho de bella se infló lentamente por las respiraciones y suaves gemidos salieron de su garganta, me tomó del cabello e hizo que mi cabeza se pegará más a su cuerpo. Jugueteé con ellos con la lengua, quería que Bella estuviese cada vez más excitada y segura de lo que haríamos.

Bajé lentamente mis boxers y me quedé desnudo ante su mirada, ella no temió y me sonrió besándome de nuevo. La acosté sobre la cama y lentamente le quité las bragas tirándolas en alguna parte de la habitación.

–Oh Bella, tienes la piel más perfecta del mundo. Quiero besar cada centímetro de tu cuerpo.

Comenzó a jadear mientras me rosaba contra sus piernas y abrió sutilmente sus labios para después esbozar una sonrisa.

–Hazme el amor – me pidió – házmelo Edward.

–Realmente ¿eso quieres? Sabes que podemos parar si no estás lista, nena.

–No – contestó – estoy lista para ti, mi amor. Siempre lo he estado.

Sonreí por sus palabras, esa mujer me volvía totalmente loco y yo era su maldito esclavo. Si estar cerca del paraíso era solo besarla no me imaginaba como debía ser estar dentro de Bella. Me paré y saqué un preservativo, lo desgarré y lo coloqué en la punta de mi pene y lo deslice suavemente. La mirada de Bella se clavaba en mi rostro y se recostó por si sola sobre el colchón, me deslicé sobre su cuerpo y la comencé a besar suavemente.

–Te amo, amor de mi vida– le dije besando su boca.

–Yo también te amo.

–¿Estás lista?

Mi niña asintió suavemente y me sonrió. Tomé sus manos entre las mías y las apreté con suave fuerza y me cerní sobre ella.

–Mírame – le pedí.

Fijó sus ojos sobre los míos y me coloqué entre sus piernas para poder posicionarme en su entrada.

–Mírame – le pedí de nuevo mientras su respiración se aceleraba y apuñaba la mirada.

Bella me obedeció al fin y jadeo por la cercanía de nuestros sexos.

–Te amo.

–Te amo.

Y entré lentamente en su interior, centímetro a centímetro me deslicé dentro de Bella.

–¡Argg! – gritó levemente por la invasión y me quedé quieto.

Me moví un poco más hacia adentro y su deliciosa sensación me comenzó a inundar los sentidos, sentí como su virginidad era desgarrada por mi propio cuerpo y aquel éxtasis infinito comenzó a apoderarse de mí. Todavía no estaba al completo dentro de mi mujer así que empujé un poco más mis caderas dentro de ella y al fin, en plenitud la llene.

Sus ojos comenzaron a vidriarse, quizás por el dolor que sentía, coloqué ambos manos al lado de su cabeza y comencé a besarla lentamente.

–¿Estás bien? – le pregunté.

–Sí – contestó – lo estoy.

–Eres tan hermosa mi vida, tan perfecta. Voy a moverme ¿de acuerdo?

–Sí – respondió besándome la punta de los labios.

Comencé a mover las caderas en dirección norte hacia mi y sentí como miembro salía y se metía en el sexo de mi Bella. Arañó mi espalda por cada estocada suave que le daba y de vez en cuando abría los labios ahogando gemidos.

–Edward… – Gemía.

–Dime amor– y una ligera capa de sudor me comenzó a cubrir el rostro.

–Má-as.

Sonreí.

Abrí sus piernas un poco más y me quedé de rodillas en la cama. Su hermoso sexo conectado con el mío era la imagen que jamás pude haber visto jamás. Me salí de ella provocándome un doloroso vació y me acomodé mejor. Me cerní y entré de golpe con más fuerza de lo que había sido la última vez.

Cara mia– dije gruñendo.

–Aa mmm– gemía mi hermosa flor.

Sus sonidos comenzaron a desquiciarme y una tras otra estocada comenzó a ser más fuerte que la otra. Apreté con ambas manos sus senos para masajearlos, llenándola aun más de placer, me bajé un poco y noté que se mordía los labios una y otra vez.

–Mmmm sí, Ed-ward-d – jadeaba sin control.

–Bella, nena… Eres tan estrecha – y la comencé a penetrar lentamente.

Un pequeño baile de danzas lentas y desesperantes que la hicieron llenar mucho más de deseo y placer.

–Por favor… –me pidió – más…

La tomé de la cintura y me senté al completo en la cama. Bella se paró sobre sus codos y la tomé de la mano para que se sentara sobre mis muslos.

–Ven hermosa – dije jadeando con mi erección al máximo– siéntate sobre mí.

Su sonrisa se mostró tímida pero no se negó. Abrió las piernas ligeramente y comenzó a descender sobre mi miembro con lentitud, dejando sus pechos a la altura de mi boca.

–Ahh – dijo cuándo la colmé al completo y me miró a los ojos momentáneamente.

–Agg Bella– gruñí– muévete hermosa.

Ella obedeció gustosa y un vaivén de sus caderas comenzó en el subir y bajar de mi sexo. Comencé a sentirla más, mucho más de lo que hubiese imaginado. Su exquisito cuerpo era mi droga, era su maldito ciervo de ahora en adelante, lo sabía y aquella excitación y hambre por la mujer que amaba me hacía sentir el placer más grande que nunca antes había experimentado. Colocó sus manos sobre su nuca levantando su largo cabello pardo de su desnuda espalda y dándome ña mejor vista de sus gloriosos y perfectos pechos.

–Oh nena – dije moviéndome dentro – eres una diosa.

–Mmm Edward – susurró – bésame.

–¿Dónde? –jadee.

–Donde quieras.

¡Mierda! – pensé mientras mi libido se elevaba mucho más.

Ataqué sus senos con mi boca. La punta se sus pezones erguidos los mojé con la lengua de diferentes maneras, de arriba abajo y en círculos. Sentí como su cuerpo se convulsionaba por pequeños temblores.

–Aguanta hermosa – le dije– aun no.

–Mmm Edward… Ya no puedo más…

–Te amo Bella…. Te amo Bella…– dije con devoción – casémonos cuanto antes… – y gruñí sintiendo sus paredes contraerse…– sé mi mujer… ¡Oh mierda!

Volví a atacar sus senos. Cuanto los amaba en verdad, eran tan hermosos y me parecía que quería beberme de ellos toda la miel. Podía vivir solo de ellos y del sexo de Bella toda la vida.

–¡Oh Edward! – Gritó – te amo, mi amor – y se mordió la boca.

–Te amo Bella ¡Ragazza! – grité.

La habitación se llenó de nuestros gemidos llegando al éxtasis total de un bombardeo de orgasmos. Mi cuerpo estaba bañado en sudor y apreté el de Bella por la cintura con ambas manos, colocando mi cara sobre su pecho. Me quedé dentro de ella por unos segundos, sintiendo como sus paredes se contraían por las culminaciones que la violentaban. La escuchaba jadear y gemir, ella era tan preciosa, su piel sudaba era tan suave que hacía que mis dedos se deslizaran con facilidad por su cuerpo. La recosté suavemente y me salí de ella con sumo cuidado, me quité el preservativo y lo tiré. Nos quedamos ahí, frente a frente, tranquilizando nuestras respiraciones y dándonos pequeños besos y caricias, las palabras sobraban para decirnos lo que sentíamos en realidad.

–Eres tan perfecta…

–Te amo – contestó – tú eres quien me hace así.

–No – respondí quitando los mechones de su cara – tú así naciste, mi amor… Perfecta.

Ella sonrió y se apegó a mi cuerpo para que le diese calor, tapé su desnudez con las sábanas blancas de la cama y entrelazamos nuestras piernas. Besé el tope de su cabeza y la apreté entre mis brazos y sentí como su cuerpo caía rendido en el sueño.

–Duerme, mi hermosa y futura esposa, duerme… Yo te estaré cuidando.


COMENTARIOS, DEJENLOS YA SABEN.

Su opinión es tan importante y bueno, las cosas parecen mejorar awww SU PRIMERA VEZ

¿NO CREEN QUE FUE HERMOSO?

Las adoro, lo saben, esperen el siguiente :D

Ya falta poco para culminar este fic :D