Capitulo 12:
Potter encontró a Ginny en el salón, durmiendo con el cuerpo hecho un ovillo en el sofá de cuero. La había dejado sola mientras respondía algunos e-mails y hacía algunas llamadas, pero había apagado el ordenador sin leer todos los correos y había ignorado una llamada importante de Japón para ir a ver qué estaba haciendo Ginny.
Se había convertido en una poderosa adicción. No sólo hacer el amor con ella, sino estar con ella.
Por primera vez en su vida, consideraba la posibilidad de estar enamorado. De una mujer comprometida con otro hombre… ¿Cómo podía ser tan insensato?
Salvo que Ginny no consideraba que estuviera comprometida con otro hombre, y por tanto, él tampoco lo creía. El primer día que llegaron al chalet, ella le había dicho que era igual que su padre. Tal vez tuviera algunos rasgos en común con el rey de Eversley, pero nunca llegaría al extremo de obligar a su princesa a casarse con quien no quería.
Había sido un idiota al creer otra cosa. Por muchas cosas que le hubiera dicho, se había dado cuenta de que, en el fondo, había accedido a ir a buscarla sólo para poder estar con ella y protegerla. Incluso de su familia si fuera necesario. ¿Cómo era posible que hubiera estado tan ciego? Siempre había sido un hombre muy testarudo, y se había repetido mil veces que nunca caería presa del amor.
Pero así Le había ocurrido.
Y tenía que admitir que no le desagradaba en absoluto.
Ojalá tuviera la certeza de que la familia de Ginny, o incluso ella misma, responderían a sus sentimientos con la misma aprobación. Ginny le había dicho que nunca podría amarlo porque se parecía demasiado a su padre, pero él confiaba en hacerla cambiar de opinión. Por desgracia, ella seguía refiriéndose a sus juegos eróticos como sexo, y consecuentemente seguía negándole a Potter una parte esencial de sí misma. Él lo sentía y estaba loco por alcanzarla, y el único modo que tenía para conseguirlo era haciendo el amor.
No habían practicado el coito, pero sí habían hecho todo lo demás. Potter le había dicho que esperaría a que ella hubiera sanado un poco sus heridas vaginales antes de intentar penetrarla. No quería que la primera vez que sus cuerpos se unieran se echara a perder por la irritación que había provocado la ruptura del himen.
Estaba decidido a que fuera su primera vez, pero no la última. Y ocurriría aquella noche, cuando expiraba el plazo acordado en su pacto.
Pero de momento sólo quería estar con ella. Tal vez fuera un sentimental, pero también era lo bastante maduro, por fin, para reconocerlo. Naturalmente, que fuera ciudadana de Estados Unidos lo había ayudado a aclarar sus sentimientos. Y si su padre no tuviera ningún control legal sobre ella, era perfectamente posible que Ginny y Potter pudieran tener un futuro en común.
Se sentó junto a sus pies y ella abrió los ojos y le sonrió. Su rostro reflejaba un amor radiante y sincero, pero al cabo de unos segundos su expresión se apagó.
Potter reprimió un suspiro de frustración. Era culpa suya, y él iba a arreglarlo. Ocho años atrás había cometido un error al marcharse, y cuatro días antes había cometido otro error cuando fue en su busca para devolverla a su familia.
Su intención era enmendar ambos errores de una vez y para siempre.
—Dijiste que no podía entender por qué habías huido. Me gustaría que me lo explicaras ahora.
—¿Por qué? —preguntó ella con la voz todavía adormilada.
Él alargó una mano y le acarició el pelo.
—Porque quiero conocerte mejor… porque quiero entenderlo todo sobre ti.
Ginny se echó a reír.
—Las mujeres son difíciles de entender… Te podría llevar toda la vida.
—Tal vez. ¿Y eso sería tan horrible?
Los ojos marrones de Ginny se abrieron como platos.
—Debes de estar bromeando.
—Si tú lo dices —dijo él, parafraseando una de las frases favoritas de Ginny.
Ella frunció el ceño y él le alisó las arrugas del entrecejo con la punta del dedo.
—Dime por qué huiste.
—Estaba asustada.
—¿Por qué? Eres ciudadana norteamericana.
—Y mi padre es un rey. Temía lo que pudiera hacer para obligarme a acatar su voluntad… y lo que pudiera hacer yo en un esfuerzo desesperado por ganarme su aprobación.
—Así que huiste por precaución.
—Y para obligarlo a que enviara a alguien en mí busca. Alguien que no tuviera inmunidad diplomática.
«Muy inteligente», pensó Potter. «Y eficaz».
—Tu plan funcionó.
—Del modo más inesperado.
—¿Inesperado? Tenías que saber que tu padre no recurriría a la empresa de seguridad que te había perdido el rastro.
Ella se incorporó en el sofá, de modo que sus cuerpos se tocaron.
—Tienes razón. Creo que mi esperanza era que recurriera a ti. Después de todo, ya habías demostrado tu experiencia en el pasado.
—Pero aun así te sorprendió volver a verme.
—Creo que siempre tendrás la capacidad de sorprenderme, Harry.
—Y tú siempre tendrás la capacidad de distraerme.
Ella le sonrió.
—¿Ahora es cuando empiezan los besos?
—En realidad, ahora es cuando te recuerdo que esta noche vamos a salir y que tienes que vestirte.
—Ya salimos anoche —se mordió el labio inferior, algo que siempre hacía cuando estaba pensando o intentando reunir el valor para algo—. Preferiría quedarme contigo…
—El lugar al que quiero llevarte es muy especial.
—Nada puede ser tan especial como pasar tiempo los dos solos.
—Me alegra saberlo, pero esto es muy importante para mí. Por favor, princesa.
—No tengo nada que ponerme.
—Si subes a la habitación, verás tu ropa en la cama.
—¿Han traído un pedido mientras estaba durmiendo?
—Sí.
—¿De verdad quieres hacerlo?
—Más que nada en mi vida.
—Parece que es algo serio.
—Lo es, Ginny. Es muy serio.
—Muy bien. Iré a vestirme, pero tienes que dejar que lo haga sola o no saldremos nunca de la casa.
Tenía razón, pero él ya había previsto ese detalle y había llevado su esmoquin al otro dormitorio, donde Ginny había dormido la segunda noche, para cambiarse allí.
Ginny había pasado tres días enamorándose de nuevo, o reconociendo que el amor que sentía por Harry cuando tenía diecinueve años nunca había muerto del todo. También se había pasado tres días obligándose a no albergar fantasías. Lo único que Harry quería de ella era sexo, y sería una estúpida si creyera otra cosa.
Pero él no sólo parecía querer una amante ocasional. Le había hecho más preguntas personales de las que ella podía recordar y se había pasado horas intentando conocerla a fondo. Igual que ocho años antes, sólo que ya no tenía que representar ningún papel ni tenía razón alguna para fingir que quería una profunda amistad con ella.
Ginny había sido consciente en todo momento de que Harry planeaba entregarla a su familia para que la casaran con otro hombre. O al menos eso había creído. Pero tenía que admitir que Harry no se comportaba como si quisiera compartirla con nadie más. De hecho, los comentarios que había hecho sobre el futuro insinuaban que podrían pasarlo juntos.
Ginny se había mantenido firme y tajante a la hora de ignorar esos comentarios, pero ahora se preguntaba si no se habría equivocado en sus percepciones… y si el hombre al que amaba no quería dejarla marchar.
Aquella clase de preguntas sólo podía conducir al sufrimiento y la desesperación, pero no parecía que la intención de Harry fuera hacerle daño de ningún tipo. Todo lo contrario.
Sacó el vestido de su envoltorio y ahogó un gemido. Ocho años atrás, en una de las muchas conversaciones que habían mantenido en la cafetería de State Street, ella le había dicho a Harry que el día de su boda querría llevar el traje de novia de su tía. Un vestido blanco, ceñido y bordado con abalorios, que podría haber lucido cualquier joven estrella de los años cuarenta.
Y el vestido yacía ahora en su cama, junto a unos zapatos blancos de tacón y una diadema. No era la clase de adornos que pudiera llevar en Eversley. Su padre era un rey del desierto e imponía un código de etiqueta muy distinto. Era más bien un regalo que Harry le haría a… su princesa.
Los ojos se le llenaron de lágrimas al preguntarse si tendría el valor necesario para intentarlo con el hombre al que estaba destinada a amar el resto de su vida. Y entonces supo, con sorprendente claridad, que no tendría el valor para… no intentarlo.
Pero antes necesitaba preguntarle una cosa a Harry.
Lo encontró en el otro dormitorio, peleándose con la pajarita y con un aspecto mucho más nervioso del que Ginny le había visto jamás.
—¿No te gusta? —le preguntó al verla entrar. Tenía la voz tensa y a Ginny no le costó descifrar la emoción que oprimía la garganta de Potter.
Era miedo.
—Me encanta. Y lo sabes. Él tragó saliva.
—Tenía la esperanza de que así fuera.
—Tengo que hacerte una pregunta.
—Lo que sea, princesa.
—Soy tu princesa, ¿verdad?
—Sí.
—Ésa no es la pregunta.
—Lo imaginaba.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué te fuiste hace ocho años? ¿Por qué has estado a punto de volver a irte esta vez? ¿Por qué la proposición? De eso se trata, ¿no? —señaló el vestido que llevaba colgado al brazo.
—Son muchas preguntas.
Ella no dijo nada y esperó su respuesta. Harry desistió de atarse la pajarita y se la quitó.
—Tendré que ponerme otra cosa.
—Te ayudaré si respondes a mis preguntas —le propuso ella.
—Hace ocho años creía que tu padre podía controlar tu vida por completo. Sabía… creía… que no podíamos tener ningún futuro en común. Y, sinceramente, era un alivio más que una desgracia.
—¿Por qué?
—Ya te he hablado de mi madre.
—Sí.
—No fue la única mujer en mi vida que me enseñó que el amor es una debilidad que mi orgullo no se puede permitir.
—¿Lo sigues creyendo?
—No.
—¿Qué ocurrió para que pensaras de esa manera?
—Sólo he tenido dos relaciones serias. La primera intentó demandarme por una pensión después de que rompiéramos al descubrir que estaba viendo a otro hombre. Y la segunda me abandonó por alguien más rico.
—¿Y llegaste a pensar que todas las mujeres eran iguales?
—Puede que no todas, pero sí las mujeres por las que los hombres de mi familia se sentían atraídos. Mi padre y mi abuelo tuvieron un gusto horrible.
—Pero tú no.
La sonrisa de Harry fue tan brillante y sincera que a Ginny se le volvieron a llenarlos ojos de lágrimas.
—No, yo tengo un gusto exquisito… —sus ojos destellaron fugazmente de dolor—. Ojalá me hubiera dado cuenta hace ocho años.
—Pero hace ocho años estabas convencido de que mi padre haría cualquier cosa por separarnos.
—Y con razón. Pero, por muy mal padre que haya sido, es un hombre de honor y no puede infringir la ley. Ya no eres ciudadana de su país, por lo que legalmente no puede hacer ni deshacer nada.
Ginny lo comprendió todo. Harry no sólo había respetado la posición de su padre como rey, sino como un peligro potencial para ella. Lo único que había hecho, a su manera, era intentar salvarla.
Intentaste hablar conmigo en dos ocasiones.
—No podía dejarte marchar sin más —respondió él.
—Yo a ti tampoco.
—Me alegro.
—Di lo.
Él puso una mueca.
—Si quieres que me ponga este vestido… tendrás que decirlo.
—¿Es otro trato?
—No. Esta vez es puro chantaje.
Él caminó hacia ella, la tomó en sus brazos y Ginny se sorprendió al descubrir que estaba temblando. Sus ojos se encontraron y él le puso la mano en la mejilla.
—Te quiero, princesa. Hoy y hasta el fin de mis días. Eres todo y más de lo que siempre soñé en una mujer.
Ella quiso burlarse de él por ser tan cursi, pero se lo impedían las lágrimas de felicidad. Finalmente, consiguió contenerlas lo suficiente para decirle lo que más deseaba decirle.
—Yo también te quiero.
—¿Te casarás conmigo?
—Sí.
Harry esperaba en el altar de la capilla a que Ginny recorriera el pasillo del brazo de su tío. Se había arriesgado mucho al ponerse en contacto con la pareja que había educado a Ginny en Estados Unidos, pues cabía la posibilidad de que avisaran a su padre y que éste intentara detenerlos.
Pero también sabía que para su princesa significaría mucho tener a sus tíos en su boda, de modo que confió en el amor que le profesaban a Ginny y los llamó.
Y ellos habían aceptado la invitación encantados.
Parecía salida de un sueño, demasiado bonita para ser cierto. Se había recogido su largo pelo rojizo en lo alto de la cabeza y llevaba la diadema impecablemente colocada. El vestido realzaba sus maravillosas curvas, y los tacones le imprimían un sensual contoneo al andar que elevaba peligrosamente la temperatura corporal de Harry.
Cuando su tío puso la mano de Ginny en la suya, sintió que por fin estaba donde tenía que estar.
Ella le sonrió y a Harry se le encogió el corazón.
—Gracias —dijo con exagerada vehemencia.
El reverendo carraspeó y los tíos de Ginny se rieron entre dientes, pero ella miró a Harry con unos ojos llenos de amor y adoración.
—¿Por qué?
—Por amarme lo suficiente para no rendirte.
—No hay de qué. Gracias a ti por amarme lo suficiente para venir a por mí.
—Ha sido un placer.
El resto de la ceremonia se desarrolló en una nube de emociones y promesas que quedaron grabadas en lo más profundo de su alma.
Y esa felicidad sublime se transformó en una pasión salvaje cuando volvieron a la casa.
Estaban desnudos en la cama. Él había llevado a su esposa a la plenitud sexual, y sus cuerpos volvían a pedirlo a gritos.
Se colocó sobre ella y presionó la erección contra la zona más íntima de Ginny.
—Hasta la muerte.
—Hasta la muerte —repitió ella, y levantó las caderas para recibirlo.
—Te quiero —fue la exclamación de Harry al alcanzar el orgasmo—. Ginny, eres mi vida.
—Te quiero, te quiero, te quiero… —gritaba ella una y otra vez hasta completar el círculo de pasión.
Eran uno. Inseparables. Por siempre unidos en el amor y el placer.
