Bienvenidos. Los personajes del siguiente mini fic no me pertenecen, son de Stephenie Meyer, solo la historia es completamente mía.
Como este Shotfic está saliendo muy musical, les dejo los nombres y el link de las canciones que recomiendo escuchen mientras leen :3 Solo deben aumentar el youtube al inicio :3
Te extraño ― Marta Gomez: /watch?v=DWjDZ-uyfF4
Till I find you ― Yiruma: /watch?v=oaFpQuQKrz8
I'll follow you into the dark: /watch?v=dv9EqK1T48o
Sueña Corazón ― Benny Ibarra: /watch?v=DEUFdGOmBMQ
Pedazos ― Christian Chavez: /watch?v=ZCRAglmRDxM
Morning Montage: /watch?v=J6TWlG3uymI
No digas no ― Laura Pausini: /watch?v=be0Emqv2dVY
¡DISFRÚTENLO!
NO DIGAS NO
Bella cerró temprano la librería, y no tiene la seguridad de cómo llegó a casa, solo es consciente de cuando se encontraba aovillada, en posición fetal, bajo la colcha de su cama, llorando desconsolada por la pérdida. Eso era todo, había cometido un enorme error, y ahora comprobaba que seguía amando a Edward, después de tanto tiempo se dio cuenta que él siempre fue el amor de su vida y ahora era demasiado tarde.
Los días siguieron pasando y se empezaron a desfigurar con el tiempo, era una autómata que se levantaba temprano y se alistaba para ir a trabajar, para mantener a su mente distraída hasta que no podía tener más tiempo abierto su negocio. Intentaba mantenerse ocupada para no recordarlo, porque sabía que no le hacía bien, pero las noches eran otra cosa, siempre soñaba con Edward, momentos que pasaron, cosas que su herido corazón quería que pasara y finalmente, incontables veces se reproducía en su inconciencia ese día, el brillo y la felicidad de los ojos de Edward cuando abrazó a esa mujer. Se despertaba jadeante y ya no podía conciliar el sueño.
No tenía idea de cuándo fue la última vez que comió ¿anoche? ¿La semana pasada? Pero su cuerpo es el encargado de recordarle eso, un fuerte dolor abdominal, un ardor insoportable la hace retorcerse entre las mantas, la sensación de nauseas eran demasiado molestas, hasta que ya no soportó más y decidió ir a urgencias. Bella suspiró aliviada cuando finalmente le aplacaron el dolor.
―Señorita, tiene gastritis. Le voy a recetar unas pastas y le recuerdo que la alimentación es importante, debe comer a sus horas, si eso no sucede se le puede complicar y puede causarle una úlcera. Evite la cafeína… ―Las recomendaciones del médico quedaron a un lado cuando un fuerte bullicio se produjo a su alrededor, llamando la atención de todos los presentes.
―Doctor, necesitamos de su ayuda, una mujer embarazada acaba de ser ingresada, sufrió un accidente automovilístico cuando su marido iba conduciendo hacia acá, entró en labor de parto y sus signos vitales, como los del bebé, están bajos.
―Discúlpeme señorita, tengo que irme, la enfermera se encargará de darle el resto de indicaciones ―Bella solo asintió y vio como el doctor se alejaba apresurado.
La enfermera encargada le tendió una hoja con las recomendaciones y le dijo que podía irse.
―Permiso señorita, permiso ―le advirtieron a sus espaldas antes siquiera de abrir la puerta de emergencias. Se hizo a un lado y casi como un borrón vio que dos enfermeras empujaban una camilla en la cual iba la mujer que vio con Edward hace tanto, su esposa. Por mucho tiempo se quedó paralizada en su sitio hasta que su cerebro reaccionó y el único pensamiento que acudió a su mente fue: Edward.
Corrió lo más rápido que pudo hacia la sala de espera, un enorme presentimiento le decía que él iba a estar ahí, no podía estar hospitalizado, su corazón no lo soportaría. Y no se equivocó. Edward caminaba de un lado para otro, no sabía si sentarse o mantenerse de pié, lo único que quería era tener noticias de su esposa y de su bebé.
.
.
.
Un día agotador en la oficina hizo que condujera lo más rápido que pudo para llegar a casa, ver a su esposa y descansar; pero enorme fue su sorpresa cuando encontró a María arrodillada al lado de la cama mientras con la mano acariciaba su vientre y se retorcía de dolor. Dejó caer el saco que se había quitado y corrió hasta ella.
―Amor, ¿Qué pasa?
―No lo sé, creo que ya es hora ―respondió la aludida entre jadeos contenidos.
―¿Hace cuánto tienes contracciones?
―Desde la tarde.
―Pero falta tiempo, aún no...
―Calla, Edward. Ve por las cosas, están listas en el closet. Menos mal que estuvimos prevenidos ―María se rió con nerviosismo. Edward solo sonrió y besó su frente, ayudándola seguidamente a pararse y a sentarse en la cama mientras él iba por las cosas y sacaba el carro del garaje.
Llegaron con esfuerzo hasta el vehículo y la hizo acostar en la parte trasera.
―Edward, me duele mucho ―se quejó, y Edward extendió la mano como pudo para sostener la de ella mientras con la otra conducía.
―No te preocupes, amor, todo va a ir bien, ese dolor va a pasar ―la alentó.
La mano de María se apretó en torno a la de Edward al sentir que otra contracción se apoderaba de su vientre. Edward agradecía al cielo que todos los semáforos estuvieran en verde, no quería que su bebé naciera en la parte trasera del carro.
Escasamente un minuto más tarde, varias cosas sucedieron a la vez, María se asustó mucho al ver que había roto fuente y, cuando se lo comunicó a Edward, este volteó a ver qué pasaba, por lo cual, no se fijó en que otro vehículo venía a toda velocidad en contravía, directo hacia donde ellos estaban.
―¡Edward! ―gritó María, mirando asustada hacia el frente. Edward frenó y giró la dirección de inmediato, tratando de esquivar al carro, pero en el intento se fue contra un poste de luz.
Edward quedó inconsciente por un rato y cuando despertó los gritos se alzaban a su alrededor, bajó apresurado del auto y abrió la puerta trasera donde María estaba desmayada, sangrando intensamente en la cabeza.
―¡Ayuda! ―gritó.
La ambulancia tardó escasos tres minutos, pero para Edward fueron eternos. A María le colocaron un collarín y la subieron inmediatamente a la ambulancia, los paramédicos querían hacer lo mismo con Edward pero este se negó rotundamente, alegando que estaba bien y que quería ir con su mujer. Nadie discutió ante su determinación.
.
.
.
Y ahora, ahí estaba él, con las lágrimas de preocupación desbordantes, el corazón latiéndole a mil por hora, temiendo lo peor.
―Edward ―murmuró Bella cerca de él. Este se giró y no dudó en envolverla con sus brazos, buscando un alivio, un consuelo―. Ella va a estar bien, Edward, todo va a salir bien ―decía Bella, abrazándolo con todas sus fuerzas, e intentando contener las lágrimas. Verlo en ese estado le partía el corazón.
―María…, mi bebé. Bella, por favor, por favor, no me dejes, no puedo soportar esto solo.
―Aquí estoy ―susurró Bella antes de que Edward se desplomara entre sus brazos.
.
.
.
Edward permaneció inconsciente por varias horas, en las que el mundo no se detuvo, los médicos lo revisaron y le informaron que había sufrido una contusión en la cabeza, nada de riesgo, pero que eso, sumado a la angustia y cansancio, causó su desmayo. Bella se mantuvo a su lado por todo el tiempo que le fue concedido, acariciando su rostro mientras dormía, llorando por el dolor de él y rogando al cielo por tener alguna forma de decirle lo que había pasado con María y su hija. Bella, en medio de la preocupación, le había mentido al médico, diciéndole que era la hermana de María para que le dijera como estaba, pero no sabía si había hecho bien o no, pues la noticia fue desgarradora. No conocía de nada a María, pero le dolía, por ella y por Edward.
―María… ―murmuraba Edward entre sueños. Tantas veces ella había escuchado que la llamaba es sueños, ahora era bastante doloroso escuchar el nombre de otra salir de sus labios.
Poco después, Edward empezó a despertar, se quejaba levemente mientras abría poco a poco los ojos. Bella de manera autómata le acarició las mejillas y sonrió.
―¿Bella? ―La aludida asintió―. ¿En dónde está María? ―Bella suspiró profundamente.
―Edward, María… ―se le atoraron las palabras, se sentía tan cruel, ahora no se sentía capaz de dar semejante noticia.
―¿Bella, en dónde está María y mi hija? ―la voz de Edward salió desesperada y severa, Bella no sabía que contestarle, la situación simplemente la rebasaba.
―Ellas… se han ido.
―¿A dónde, a casa? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ―Edward, por su parte, se sentía tan impotente, quería pensar en todo, menos en que algo malo les había pasado. Quizá María decidió ir a casa para descansar con la niña, seguramente la labor de parto fue larga… todo, pensar en todo menos en lo peor.
―Edward, María y la bebé murieron, no resistieron. Lo siento tanto ―termina de decir lo último en apenas un murmullo ahogado.
Edward cierra los ojos lentamente mientras siente como la mano pequeña de Bella se cola entre la suya y la aprieta. Poco después un grito desesperado y cargado de dolor retumba por todo el hospital, un grito agónico que hace estremecer a todo aquel que lo escucha.
.
.
.
La espera para que le dejaran ver los cuerpos de María y la niña fue larga, Edward seguía en un estado casi catatónico, las lágrimas eran las únicas que se movían por sus mejillas mientras se aferraba de manera casi inconsciente a Bella; esta le pasaba la mano lentamente por la espalda y lloraba silenciosamente a su lado. ¿Por qué tenía que pasarle esto a él?
El médico que atendió a María fue el encargado de llevar a Edward hasta donde esta estaba, y Bella no fue capaz de moverse ni decir una sola palabra; quería acompañarlo, sentirse cerca de él para hacerle entender que no estaba solo, pero también entendía que Edward necesitaba de ese tiempo a solas.
Verla tendida en esa fría sala, con sus dulces ojos cerrados, labios resecos y extremadamente pálida, le dolió profundamente, aún más al desviar los ojos hacia su vientre, donde solo una pequeña protuberancia era visible, dentro la cual ya no había nada. Con lentitud se acercó un poco más y le tomó con delicadeza la mano, fría al tacto, dejando un beso casto sobre ella.
―Amor… perdóname. Perdón por no haber cumplido con mi promesa, perdón por no haberte cuidado, por no haber sabido cómo proteger a nuestra hija… Perdón. ―En la última palabra a Edward se le quebró la voz, agachó la cabeza y se refugió en el pecho duro y helado de María―. Siempre te llevaré conmigo, en mi alma, tú y nuestra hija llenaron mi vida de alegría. Al final de todo, no fui yo quien te protegió, amor, fuiste tú quien me salvó, en el día a día, me rescataste de la desesperación y de la oscuridad, dándome el mejor regalo del mundo, a mi hija, mi Annie. Sé que está contigo, cuídala, y dile que la amo. Te amo.
El día del funeral llegó y Edward le rogó a Bella que lo acompañara, era la única persona con la que se sentía seguro en estos momentos, la que sabía le daría un apoyo, independientemente de lo que había pasado, el cual ya no importaba en ese momento lleno de dolor. En el cementerio se respiraba un aire tenso, los familiares de María y los de Edward estuvieron presentes. Bella no veía hace ya bastantes años a Esme y Carlisle, los padres de él, así que cuando los vio se puso muy nerviosa, quizá ellos no querían que estuviera ahí después de lo que había pasado, pero ese sentimiento se fue de su pecho cuando ellos fueron los que se acercaron y la abrazaron con fuerza.
―Cariño, hace tanto que no te veíamos. Gracias por estar en estos momentos al lado de mi hijo ―murmuró Esme, entrecortadamente, con una sonrisa sincera, aunque triste.
―Fue una casualidad encontrarme con Edward, pero creo que pasó en el momento adecuado, para apoyarlo ahora que más lo necesita. ―Se abrazaron una vez más y acudieron para el inicio del entierro.
El acto fue muy doloroso para todos los presentes. Madre e hija fueron puestas una al lado de la otra. Cientos de flores, en su mayoría blancas, se colocaron en sus ataúdes antes de que el sepulturero empezara a echar tierra sobre ellas.
Edward murmuraba seguidamente el nombre de su esposa e hija, mientras se aferraba fuertemente al cuerpo menudo de Bella y le rogaba que no lo dejase solo; ella solo lo abrazaba y le prometía que iba a estar cerca, aunque interiormente el alma se le estuviera haciendo trizas.
.
.
.
Las horas pasan y la noche cae sobre New York, todo ha acabado, el funeral, las personas acompañantes se han marchado después de dar sus sentidos abrazos de pésame, para Edward ya no existe motivaciones para seguir viviendo; de su pecho ha sido arrancado un enorme trozo, dejando solo el necesario para seguir existiendo, pero sin motivación.
No quiere regresar a su casa, no siente que sea capaz de soportar el vacío que hay en su interior, así que conduce hasta un lujoso hotel, y cuando llega al interior de la amplia habitación es cuando se da cuenta que Bella ha estado con él, lo ha seguido todo este tiempo sin decir una sola palabra, aferrada a su mano, tan fuertemente que no se explica cómo no la notó antes ¿En qué momento dejó de fijarse en su alrededor y lo desfiguró por completo? Y sobre todo a ella, que ha estado tan presente, tan preocupada, acompañándolo ahora que más necesita de un apoyo.
―Bella ―susurra mientras le acaricia la mejilla con delicadeza, dándose cuenta de la tristeza habitante en sus ojos―. No estés triste, no por mí. Yo ya no merezco compasión, he matado a mi esposa y a mi hija, merezco morir, no ellas; yo debería de estar en su lugar.
Bella entierra su rostro en el pecho de Edward y le acaricia lentamente la espalda.
―No Edward, no fue tu culpa, lo sabes.
―Claro que sí, iba conduciendo, debí haberme fijado en el carro que venía de frente y haber hecho algo para evitarlo. Pero no, mis nervios me pudieron más, no estuve concentrado como se debía…
―Shh, no digas más. No tienes la culpa de que ese maldito conductor ebrio fuera en contravía, no eres culpable de nada.
―Y ya que más da, Bella, ya no las tengo… ―Nuevamente el llanto se apodera de él, soltando todos los sollozos que se guardó en público.
Dentro de la habitación Bella lo guió hasta la cama donde lo abrazó con fuerza y lo consoló hasta que se quedó dormido. Ella no podía cerrar los ojos, estaba frente a frente con Edward, mientras este no era consciente de su escrutinio minucioso. Se veía tan cansado, ni en sueños parecía estar en paz, se removía constantemente, fruncía el ceño y el dolor volvía a su rostro.
Bella quiso moverse un poco, pero los fuertes brazos de Edward se lo impedían, así que se dedicó a admirarlo y, cuando menos se dio cuenta, su mano estaba ya sobre sus ojos, nariz, pómulos, para finalmente dedicarse a sus labios.
Suspiró profundamente y sin pensarlo unió su boca a la de él; solo un rose, suave y electrizante, el cual logró que Edward despertara. El gesto no pasó desapercibido para él, pero Bella se separó y empezó a actuar como si nada hubiera pasado. Deseaba realmente que Edward no se haya dado cuenta de lo que había acabado de hacer.
―Hola ―saludó ella con una media sonrisa.
Edward la miró por un buen rato, planteándose la posibilidad de que todo lo ocurrido haya sido un sueño, pero cuando recordó, el dolor lo envolvió con más fuerza. Aun así no pudo dejar de devolverle la sonrisa a aquel ángel que había vuelto del pasado para consolarlo.
―Hola ―respondió antes de pegar completamente la espalda al colchón y llevar consigo a Bella, donde la abrazó con fuerza, sin dejar de ser un gesto delicado―. Gracias por quedarte, por estar conmigo.
Se quedaron en esa posición por un tiempo interminable, en silencio, hasta que este fue roto por las palabras de Bella.
―Perdón, Edward.
―No te entiendo, ¿perdón por qué? ―Bella suspiró profundamente antes de continuar.
―Por lo que pasó hace años.
―Ya no es tiempo para arrepentirse, lo sabes. Lo que pasó fue por algo.
Otro tiempo de silencio le siguió a las palabras de Edward, y cuando Bella sintió que su corazón no podía más se alejó y fue hasta el balcón, dejando a un Edward perplejo, siguiéndole los pasos con los ojos mientras se recostaba contra el cabecero de la gran cama.
―Todo este tiempo me sentí muy sola ¿sabes? Mucho a decir vedad. Puede que haya querido aparentar felicidad, y hasta a todos haya engañado en eso. Pero la realidad es tan distinta, Edward. Cometí un pecado garrafal: avaricia. ―Bella aleja la vista de la ciudad y enfrenta a Edward, quien ve la triste expresión de Bella mientras habla―. Sí, desee mucho más de lo que ya tenía. Tu amor por mí, Edward, desee algo millonésima vez mejor, de un amor que era infinitamente hermoso, único, de un sentimiento irrepetible. ―Vuelve la vista, ahora al cielo lleno de estrellas, suspirando y tragándose el llanto que ruega por salir―. Y sé que no es momento de este tipo de confesiones, pero no puedo dejarlo para después. ―Recuesta cansinamente la cabeza en el marco y suspira antes de continuar―. Fui tan tonta, ¿pero alguna vez no dije que me podía arrepentir? Como lo compruebo ahora, me duele darme cuenta que pude haberte tenido por siempre y te perdí.
«Edward, todo este tiempo me pregunté ¿el qué hubiera pasado si aún te tuviera a mi lado? ¿Hubieras soportado mi temperamento? Me conoces desde hace tanto... pero no podía dejar de atormentarme la forma como me evitabas, me ignorabas de la peor manera, y eso se me hacía tan cruel. La incertidumbre de ya no saber tus sentimientos era más difícil de asumir que cuando vivías diciéndomelos, recordando a todo momento que me amabas. No supe qué hacer con esas confesiones. ¿Y después de eso? solo silencio. Escuchando tú nombre en todas partes y a la vez en ninguna, porque siempre estabas en mi mente. Y después te vi con ella…
Se calló porque el solo recordar el día en que Edward la abrazó y la besó con tanta devoción la rompía aún más.
―El amor no es solamente una vana idea, Bella, no es algo que se dé por obra y gracia del Espíritu Santo, el amor es una decisión; el amor romántico, según los científicos, solo dura dos años; eso quiere decir que tú decides seguir enamorado eternamente de una persona, tú haces que una relación funcione a pesar de los obstáculos, a pesar de que con el paso del tiempo ya no somos las mismas personas, porque no solo pasa la edad, también maduramos, nos llenamos de defectos, no solo físicos; nos volvemos malhumorados, caprichosos, que ya no nos gusta esto, aquello, pero la vida está compuesta por eso. Aceptar y amar a la otra persona con todo, con sus cambios, con sus actitudes, todo viene en el paquete, y a ese paquete tú decides si seguirlo queriendo o no. ―Fue imposible que las lágrimas no se le derramaran de nuevo al recordar a su esposa, remembrar todo lo que vivieron y los obstáculos que sortearon para poder estar juntos.
Bella se dio cuenta de cómo la voz de Edward se quebró y cuando lo vio llorando no pudo dejar de caminar hasta él, arrodillarse a su lado en la cama y sostenerle la mano
―Lo sé, ahora lo sé, Edward. Lo aprendí de la peor forma, lo aprendí perdiéndote. ―Un silencio sepulcral se instaló por un momento, Edward se sentó debidamente en la cama y dándole la espalda a Bella enterró por un momento el rostro entre sus manos, limpiando sus llorosos ojos antes de mirar fijamente a Bella y hablar:
―Bella, ¿sabes de cuántas maneras distintas me rompiste cuando te marchaste? ―Ella no tuvo el valor de seguir sosteniendo la mirada directa y penetrante de Edward; se limitó a llevar las manos a su regazo y mirar persistentemente el juego nervioso que hacían sus dedos para después cerrar los ojos y tratar de contener los inmensos mares de lágrimas. Edward, al ver que lo evitó con la mirada simplemente suspiro y continuó sacando todo lo que sentía, y que quiso decirlo hace tanto―. Me destrozaste. Te amaba, Bella, tanto que dolía. Quise correr tras de ti, buscarte, pero inmediatamente me arrepentí, no podía ser tan egoísta, te quería para mí, siempre, pero el amor… ―No pudo evitar colar los dedos bajo su mentón, y la obligó a alzar el rostro, pero ella se mostraba reacia y permanecía con los ojos cerrados, aun así Edward continuó―. Mi amor por ti no era de ese tipo, era totalmente entregado. Te dejé ir porque quería que fueras feliz. Mírame, Bella ―ordenó mientras limpiaba delicadamente las lágrimas que ya rodaban por las mejillas de ella―. Bella, abre tus ojos ―volvió a ordenar, y esta vez obedeció. Sus cristalinos orbes estaban cargados de dolor―. ¿Sabes? Me retracto, si fui egoísta, porque quería que me recuerdes, y recuerdes todo lo que vivimos; deseaba que en tu memoria estén presentes todos los gestos, los besos. Te di total y absoluto poder sobre mí y me destrozaste; y aun así nunca guardé rencores. Ni antes, ni ahora, ni nunca.
―Perdón ―fue el único murmullo que salió de sus labios antes de lanzarse al regazo de Edward. Él en un principio no supo cómo reaccionar, pero poco a poco fue envolviendo los brazos alrededor del menudo cuerpo de la mujer que tanto amó.
―Y entonces María llegó a mi vida, en el momento en que rogaba por un salvavidas. Mi vida sin ti no era vida, simplemente una existencia vacía; y ella apareció, con su entrega total, con su corazón también roto… juntos aprendimos a sanar, juntos reunimos los trozos de nuestras vidas, las unimos y reconstruimos algo de las cenizas, algo hermoso, algo… ―a Edward se le quebró la voz y apretó más su abrazo, Bella se estremeció e hizo lo propio con sus brazos, enterrando su nariz en el cuello de Edward, aspirando el aroma que por tanto tiempo deseó volver a sentir, aferrándose, confortándolo…, confortándose. Edward tocó con su frente el tope de la cabeza de Bella para contener los lastimeros y agudos sollozos que rogaba por salir de su pecho―. Junto a María descubrí que podía volver a vivir, Bella, y ahora ella me dejó, se marchó y me dejó a la deriva, se marchó junto con nuestra pequeña hija, con mi Annie y eso… eso duele tanto.
Bella soltó un sollozo suave y suspiró profundo, le lastimaba en el alma verlo así, se sintió tan impotente.
¿De cuántas maneras se puede destrozar un corazón y esperar de él que siga latiendo?
No lo sabía, ninguno de los dos, así que lo único que Bella hizo es pegar su cuerpo completamente al de él y abrazarlo con todas sus fuerzas, para prestarle su hombro y consolarlo, apaciguar el dolor de las profundas heridas que dejó la mujer que curó las heridas que dejó ella. Era tan irónica la situación.
―Estoy aquí, Edward, contigo. Ahora estoy aquí, para ti, por siempre.
No sabían si era correcto, pero lo siguiente que vino lo hicieron por puro instinto. Bella se separó un poco mientras Edward la tomó delicadamente por el rostro, con los ojos ya cerrados, desbordantes de lágrimas, y con los sentimientos a flor de piel; así unieron sus bocas, para besarse lentamente, por un espacio de tiempo que pareció eterno.
Edward se dejó llevar por el deseo de sentir a alguien a quien amar, saber que no estaba solo aunque en el fondo una punzada de dolor le atravesó el corazón al sentir que mancillaba la memoria de su amada María. Para Bella, hubieron muchos sentimientos encontrados, estaba la necesidad de sentirlo cerca, de saber que no lo había perdido, las ganas de saborear su aliento, como tantas veces lo soñó y lo creyó perdido para siempre, todo eso se mezclaba con el instinto protector. El ligero sentimiento de culpa también estaba presente en Bella, en el fondo creía que se estaba aprovechando de la situación, pero dejó de pensar en eso para disfrutar del momento.
Edward la recostó y se abrió paso entre sus piernas. Bella se aferraba a su cuello, acercándolo un poco más, mientras con la otra mano se perdía en la textura de su cabello. Las caricias avanzaban y sus cuerpos ansiaban cada vez más, Bella se deshizo de la camisa de Edward, y este la despojó de su vestido. Pronto el pantalón de Edward le hizo compañía a la demás ropa.
El calor que reinaba el cuarto era casi insoportable, y los sentimientos de culpabilidad se hicieron presentes.
―Esto no puede pasar, Bella. ―Edward se alejó abruptamente, dejándola tendida y jadeante sobre el lecho.
Bella quería llorar una vez más, no creyó que su rechazo le dolería tanto. Se arrodilló tras él y lo abrazó por la espalda, acariciando y besando con suavidad la piel desnuda de su cuerpo.
―Shh, no me lo niegues, Edward, no te lo niegues, lo queremos. Por favor, hazme el amor. ―Se sentía una cualquiera, rogándole que la hiciera suya, pero necesitaba sentirlo.
Edward se debatía profundamente, quería detenerse, quería ser más fuerte pero en ese momento no se sentía así.
Entonces se rindió al deseo, a la pura e ínfima necesidad de su cuerpo. Se deshizo velozmente de su ropa interior y de la de ella, quería tomarla con rapidez y dureza, pero cuando abrió los ojos y la vio bajo su cuerpo, sonrojada, jadeante, indefensa y hermosa, detuvo a sus impulsos más bajos y la besó con bondad y abandono, rosándola, acariciándola, sintiendo sus estremecimientos.
La calidez de su cuerpo la sentía familiar bajo sus manos, creyó haber olvidado esa sensación después del paso de tanto tiempo, pero comprobó que no era así. Las yemas de sus dedos la recorrieron con lentitud desde los pómulos, pasando por los endurecidos pezones hasta llegar a su abdomen, que subía y bajaba incesante.
―Tranquila ―le susurró mientras absorbía el lóbulo de su oreja y besaba su cuello.
―Extrañé tanto esto, Edward ―murmuró entrecortadamente, alzando su cadera para ir al encuentro de la de él, sintiendo que desfallecía cuando lo sintió tan duro. Edward se empezó a mover entre sus pliegues, sin penetrarla, solo provocando, absorbiendo con sus besos el aliento desesperado de Bella.
Sus cuerpos ansiosos se mezclaron; Bella lo recibió con un pequeño gemido, con el corazón a millas por segundo, con las palabras: te amo, atascadas en su garganta, y la piel cada vez más sensible a su toque. Edward, por su parte, cerró con firmeza los ojos y se adentró en la estrecha cavidad de Bella; queriendo sentirla, solo eso, pero su mente viajó a otro tiempo, a otro lugar, con otra persona, y se encontró recordando la primera vez que tuvo intimidad con María, el cómo su piel se enchinaba cada que sus manos la acariciaban, y cómo sus gemidos le hincharon el corazón de dicha. Fue esa la primera vez que ambos se dijeron: te amo.
Edward aceleró un poco sus movimientos y Bella lo sentía cada vez más adentro, sus sudorosos cuerpos rogaban por más. Ella se aferró fuertemente a la espalda de él mientras clavaba los talones en cada una de sus nalgas, rogando por más. Edward no pudo negárselo y juntos emprendieron un camino hacia la explosión de sus sentidos.
―María ―gritó Edward entre gruñidos antes de que las lágrimas mojaran en un segundo sus mejillas y se desplomara sobre el cuerpo palpitante de Bella, la cual no pudo evitar decir te amo y rendirse también al llanto agónico. Su corazón estaba totalmente destrozado, pero no tuvo el valor de moverse de ese sitio, pues Edward, después de haberla dejado vacía, se abrazó a su cintura y lloró desconsolado contra su piel desnuda. Bella lo consoló, acarició su cabello con delicadeza, en pequeños círculos y, eventualmente, se alzó para besar el tope de su cabeza.
La noche transcurrió y las lágrimas no paraban. Edward, que de vez en vez lograba dormir un rato, se despertaba sobresaltado y buscaba desesperadamente los labios de la mujer que no solo compartía su cama, sino la que le entregó su corazón; volvía a tomarla y, finalmente, regresaba a la misma posición, refugiado en el vientre de Bella.
Ella no sabía si estaba bien pensarlo, pero deseaba que Edward la usara como quisiera, para que desahogara su dolor. Quería pagar con creces todo el sufrimiento que le causó en el pasado, y oír el nombre de otra mujer cuando llegaba al éxtasis le desgarra el alma a cada segundo; era como si la quemaran viva infinidad de veces, pero su cuerpo no se calcinaba con la suficiente rapidez para que el dolor se vaya de una vez por todas y el fuego terminara con su existencia; era como si le cortaran la respiración, y cuando Edward volvía a buscar su cuerpo, le devolvían el aire, pero al final se daba cuenta que lo que inspiraba no era nada, solo una ilusión de su mente.
Continuará…
Esto continúa, sé que dije solo dos capítulos pero ya ven, creo que me saldrá una parte más, pero no estoy segura.
¿Qué les pareció?, ¿cómo ven la historia hasta aquí? Espero con ansias sus opiniones.
Millones de gracias por leer, por sus favoritos, alertas, reviews, me emociono mucho cuando recibo las alertas 3
Nos leemos pronto.
Beijos
Merce
