Los personajes del siguiente capítulo no me pertenecen, son de Stephenie Meyer, solo la historia es completamente mía.
Canción del capítulo:
Cuando tú me amabas ― Siam
¡DISFRÚTENLO!
CUANDO TÚ ME AMABAS
Bella se siente confusa, su cuerpo está liviano, pero hay un nudo, un presentimiento que le oprime con fuerza el pecho. En esta ocasión sabe que está soñando, no es como si alguna vez lo supiera, pero ahora está segura, pues el brillo del lugar en donde se encuentra definitivamente no puede ser de este mundo; además, el hecho de que, después de empezar a caminar, se encuentre con María, vestida totalmente de blanco y sosteniendo entre sus brazos un pequeño bulto, al cual arrulla mientras le sonríe a ella, se lo confirma. Pero, ¿qué hace soñándola?
―No podemos decidir sobre nuestras vidas, Bella. No cuando el destino te tiene preparadas otras cosas. Hubiera querido vivir eternamente al lado de Edward, envejecer junto a él, amarlo, pero ese nunca fue mi lugar. El cruzarme en el camino de él tenía un propósito, no solo fue rescatarlo del profundo dolor en el que se sumergió cuando partiste, también fue hacerlo feliz mientras tu camino y el suyo se volvían a cruzar. Mi misión la cumplí, Bella, ahora es tu turno. Cuídalo, es un gran hombre y merece ser amado.
―Pero ahora te ama a ti; aunque ya no estés, te sigue amando.
―Lo sé, y también sé que ahora que has abierto los ojos parece demasiado tarde, pero no es así. Él me ama, no cabe la menor duda, pero no es el mismo amor que siente por ti, Bella. De su corazón nunca te ha sacado. Olvida el pasado, ya no importa, concéntrate en el futuro y date la oportunidad de amar en la realidad.
Bella se despierta sobresaltada, el cuarto está iluminado solo por la tenue luz matinal que se cola entre las cortinas. No sabe que acaba de pasar, es más, nunca creyó poder soñar cosas como esas. Suspira profundamente, con los ojos fijos en el techo, y se hace una promesa en ese momento: amar a Edward, incondicionalmente, aunque él ya no sienta lo mismo por ella.
Se da vuelta y al ver el espacio a su lado vacío se queda en blanco, no sabe que sentir realmente. Los segundos y los minutos pasan, no se atreve a mover un solo centímetro de su cuerpo. Está siendo la peor de las cobardes, no quiere levantarse y ver la habitación desolada y fría, solo con la esencia de Edward inundándola, anunciando que se ha marchado, recordándole que nada de lo que pasó fue un sueño, pero como siempre, como toda la vida, ha quedado sola.
Sigue en el mismo lugar, apuñando fuertemente la sábana que fue testigo de su entrega total, las lágrimas caen y poco a poco el sonido mudo de su corazón resquebrajado, cayendo en pedazos a un vacío oscuro y sin fondo, le confirma todo. La ha dejado, justo como ella lo dejó una vez.
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Edward estaba dormido y sus sueños, en su mayoría, eran recuerdos de cuando conoció a María: la primera vez que salieron a cenar, el día de su compromiso y su pronto matrimonio; pero con rapidez esos sueños se volvían anhelos, donde la veía a ella y a su hija juntas, jugando junto a él, pero muy pronto se encontraba solo, buscándolas en medio del parque, y más adelante encontraba a su esposa bañada en sangre, con un pequeño cuerpo desnudo entre sus manos. La pesadilla se volvía tan real que deseaba morir.
Abrió los ojos y por un momento que le pareció eterno no pudo moverse, ni siquiera respirar, sentía cómo todo su cuerpo se rebelaba a lo que le ordenaba hacer; las lágrimas se desbordaron por sus ojos y poco a poco recuperó la movilidad.
Se levantó y fue directo al baño, donde después de mojarse el rostro para despejar el sudor que perlaba su frente, se miró al espejo y no reconoció al hombre que estaba reflejado, era como haber entrado a una dimensión desconocida, al inframundo. La incipiente barba, las ojeras, ojos rojos, el dolor y la tortura escritos casi con fuego sobre cada una de sus facciones, revelaban el dolor de su alma.
Recuerda lo que sucedió la noche anterior y se siente una basura completa, ¿cómo pudo hacer eso con Bella? Se sentía el peor hombre del mundo, no se reconocía en absolutamente nada. Regresa al cuarto y se encuentra con que Bella está aovillada en la cama, temblando, con las mantas arrugadas entre sus manos, y con los ojos cerrados fuertemente.
―Bella ―se acerca apresuradamente y se da cuenta que está llorando.
―Dime que no estoy soñando, dime que eres real y no te has marchado. Perdón…, perdón ―murmura entrecortadamente, intentando tragarse el llanto.
―Abre los ojos, Bella, aquí estoy. ―Bella quiere creerle, pero su mente la ha ilusionado por tanto tiempo que no sabe qué hacer. Las suaves caricias de Edward sobre su rostro, limpiándole las lágrimas, parecen tan reales. Suelta una mano del firme puño a las sábanas y la coloca sobre la mano de Edward. Respira profundamente antes de abrir con temor los párpados y lanzarse a sus brazos para sostenerse de él como un salvavidas. Edward con lentitud la envuelve, reconfortándola, consolándola.
―Pensé que te habías ido, creí que me habías dejado como…
―Shhh ―la silencia y se recuesta sin despegarse de ella ni un solo centímetro.
Jugó con su cabello por largo tiempo hasta que la tranquilizó. Suspira profundo y las palabras de su boca salen casi sin pensarlo.
―Bella, lo que pasó…
―No lo digas, no me digas que fue un error. Te amo, Edward, y no puedo luchar contra este sentimiento, permíteme estar a tu lado, no te voy a pedir nada de lo que tú no puedas darme, solo déjame ser tu amiga, no me alejes, no te vayas.
La súplica de Bella lo desmoronó aún más, no era para nada correcto seguir con el plan de ella, pero no encontró más opción. Se sentía tan roto que no creía ser capaz de entregarse aún más a la soledad
―Bella… no me dejes ―imploró él.
―Nunca ―juró ella.
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Los días dieron paso a las semanas, y estas a los meses. Edward aún no podía superar la muerte de María, y menos la de su hija, pero Bella se mostraba amable y bondadosa, ayudándolo cuando más lo necesitaba, sosteniéndolo de la manera más amorosa; nunca actuó con segundas intenciones, cumpliendo su promesa. Después de la noche en la que se desahogaron y estuvieron juntos no volvió a pasar nada más allá de una amistad. Edward tenía claro los sentimientos de Bella, aunque ella nunca se los haya vuelto a mencionar, pero sus gestos lo demostraban, a veces quería alejarse y dejarla seguir su vida, pero aún no se sentía listo, ella era la única que lo había visto destrozado, y aún lo seguía viendo cuando la depresión lo vencía, ni siquiera sus padres eran testigos del enorme dolor que cargaba; así que decidió seguir siendo egoísta. Salían a comer, al cine, al parque por un helado, y por esos instantes junto a ella, Edward olvidaba por completo el mundo, sus problemas y sus crueldades, solo existían sus charlas amenas, su risa sincera cuando le contaba un chiste, aunque fuera malo y, se empezó a dar cuenta que, incluso su corazón sonreía y se aceleraba cuando veía la luz que los ojos de Bella irradiaban.
Un día, se encontró divagando en la posibilidad de volver a intentar una relación, pero su corazón se encogía; sí, la había perdonado, pero el dolor que había sentido, el que estaba sintiendo por la pérdida, lo quebraba cada vez más.
―Señor, tiene correspondencia ―su secretaria informó, sacándolo de sus pensamientos.
―Gracias, Ángela ―susurró distante mientras recibe el paquete de sobres y ve a la chica salir de su oficina, cerrando la puerta tras de sí.
Empieza a revisarlo distraídamente y se encuentra con una carta de Marcus Vulturi, un importante empresario textil, quien residía en Italia y solicitaba sus servicios como abogado. En la carta explicaba brevemente el caso: lo había estafado. Le habían hecho firmar cantidad de papeles, de los cuales ninguno leyó, y por supuesto, eso fue su perdición. Meses después lo acusaron de desfalcar a la empresa de su familia. En la carta le pedía aceptara su caso, que él mismo correría con gastos de traslado a su país, así como hospedaje y todo lo que se necesitara. Por último había dejado su número telefónico para que se comunicaran mejor.
Edward sonrió, pues Marcus era un empresario muy reconocido, las empresas Vulturi eran mundialmente conocidas, hoy en día eran las principales exportadoras de telas en el mundo, de la mejor calidad.
Llamó de inmediato al señor Marcus, quien contestó a los pocos segundos. Él le explico un poco más el caso, pero acordaron que Edward viajaría ese mismo fin de semana para poder empaparse más del tema. Edward estaba seguro de aceptar, pero le dijo que primero debía estar frente a frente con él para poder saber más del caso, esto era un tema complicado y no se podía charlar por teléfono.
―Bella, necesito contarte algo. ¿Nos encontramos en el café de siempre? ―llamó a Bella apenas colgó la llamada con Marcus.
―¡Oh, Edward! ¿Pasó algo malo? ―Ella se escuchaba realmente preocupada.
―Claro que no ¿o es que mi voz suena como si hubiera pasado algo malo? ―bromeó él antes de escuchar la suave risa de Bella, la cual le aceleró inmediatamente el corazón y sonrió aún más.
―Vale, vale. Está bien, dame media hora para poder cerrar la librería y ya estoy allá.
―Te quiero, Bella. Gracias. ―Y colgó de inmediato. Quería compartir esa maravillosa noticia con su mejor amiga, esa era una oportunidad gigante de trabajo.
Edward salió de la oficina media hora después, con una sonrisa en el rostro y se apresuró a cruzar la calle, pues el lugar en el que se habían puesto cita quedaba frente a su edificio.
Se sentó en la mesa de siempre, la que daba vista a un pequeño jardín trasero, y mientras esperaba pidió un capuchino. No pasaron ni cinco minutos, cuando por inercia volteó a ver hacia la entrada del lugar y ella venía entrando, caminando distraída, buscando algo en su bolso. Se veía realmente hermosa, con su aire despreocupado y sus mejillas sonrosadas. Sin darse cuenta Bella se tropezó con uno de los meseros que pasaba por ahí, ella casi cae si el mesero no la sostiene de la cintura y la ayuda a equilibrarse.
Edward, en ese momento, siente una opresión en el estómago, una rabia inmensa le empieza a recorrer todo el cuerpo. Su vista está fija en el contacto del tipo desconocido y ella, quien se ha sonrojado y se está disculpando con el joven muchacho por su torpeza.
¿Por qué no la suelta? ―se pregunta para sí, con fuego en cada una de sus palabras. Sin pensarlo dos veces, Edward se levanta de su asiento y camina rápidamente hasta donde el mesero coquetea descaradamente con Bella, quien se ve notablemente incómoda.
―Hola, amor ―dice, abrazando por la cintura a Bella, y depositando un beso en la comisura de su boca. Ella se queda estática en su sitio. No sabe cómo reaccionar, las palabras de Edward han quedado resonando en su cabeza y su corazón pega un brinco solo por el hecho de sentir ese pequeño gesto de Edward. Sus labios se sienten como la gloria. ¿Esperanza? ¿Sorpresa? No sabe realmente por qué su pulso empieza a alocarse.
―Hola ―responde dubitativa.
El muchacho frente a ellos baja la cabeza ante las dagas asesinas que Edward le manda con la mirada, y se reprende a sí mismo por su imprudencia.
―Te estaba esperando, cariño ¿vamos? ―Bella asiente en silencio y un cosquilleo bastante conocido recorre su mano cuando Edward la toma posesivamente de la mano y la conduce a la mesa de siempre, le aparta la silla caballerosamente.
―Gracias ―murmura. Edward se sienta frente a ella.
El mesero que había atendido anteriormente a Edward se acerca y toma la orden de Bella, quien pide un jugo natural de mango.
Un silencio incómodo se cierne entre ellos por mucho tiempo. Bella juega con sus manos, muy nerviosa, la actitud de Edward la ha dejado desconcertada. Quiere amarrar a su tonto corazón o darle un par de bofetadas por las inmensas esperanzas que empieza a albergar con esos pequeños gestos de parte de él, no es que Edward no haya sido caballeroso y amable todo este tiempo, es el hecho de que la llamó, como la llamó… y el beso. Ni siquiera se atrevía a volver a repetirse en la mente, solo por miedo, no quería sufrir.
Edward por su parte, ya más calmado, se da cuenta de lo que había acabado de hacer y se siente realmente raro, pues no tenía derecho alguno de portarse así con ella, de manera tan territorial, de todas maneras ella era solo su amiga.
―Perdón por… no quise…
―No pasa nada, Edward. ―Le sonrió Bella y le mostró una sonrisa cálida, aquella cargada de sinceridad y tantos sentimientos que ni siquiera se atrevía a enumerarlos, aquella que siempre le brindaba.
El mesero llega con el pedido de Bella
―¿Qué tal tu día? ―le pregunta él, casualmente.
―Bien, mucha gente ávida de lectura estos días ―Edward sonríe junto a ella, mientras esta recuerda la cantidad de jóvenes que entraron ese día, buscando libros que jamás creyó fueran populares entre los jóvenes―. Y que tal el tuyo, ¿divorcios, testamentos, tramites? ―Edward rió ante la familiaridad con la que le hablaba Bella.
―Pues no, hoy el día fue tranquilo, solo me llegó un caso, bastante importante, por cierto.
―¿Cómo es eso? Cuenta. ―A Bella le encantaba hablar con él de su trabajo, se notaba la pasión con la que se desenvolvía.
Fue entonces cuando Edward le contó lo de la carta, el caso en Italia y de su próximo viaje a Italia.
―Magnífico, Edward. ¿Y cuándo es el viaje, por cuánto tiempo? ―pregunta Bella con alegría, realmente feliz y orgullosa de él, pues su reconocimiento es mundial.
―Este fin de semana. Y el tiempo, realmente no lo sé, supongo que indefinido.
La sonrisa de Bella se desvanece inmediatamente y sus ojos se cristalizan. Pero inmediatamente coloca una sonrisa fingida en sus labios, no quiere mostrar su tristeza, ahora más que nunca Edward necesita de su apoyo. Pero Edward está tan sumido en su felicidad que no nota el pequeño detalle en los ojos de Bella, así que le empieza a relatar muchos más detalles de su viaje y hablarle sobre lo importante que es su cliente.
―Oh, Edward, me alegra tanto por ti ―murmura entrecortadamente, en su voz es notable la tristeza, el dolor que la consume ante la sola idea de separarse de él. Es en ese momento que Edward la ve y su sonrisa decae un poco ante la imagen de una triste Bella.
―¿Qué pasa? ―pregunta preocupado.
―Nada, solo que me hace muy feliz que te haya contactado una persona tan importante, me siento muy orgullosa.
Edward sonríe y estira una mano para acariciar la mejilla de Bella.
―Gracias. Eres la mejor, Bella, no sé qué haría sin ti. ―Le sonríe y después de un momento pide excusa para ir al baño.
―Ni yo sin ti―dice Bella, muy bajito, entrecortadamente por culpa de las lágrimas que han empezado a caer por sus mejillas. No puede permitir que Edward la vea así, es entonces cuando agarra su bolso y sale del lugar.
Cuando Edward regresa y encuentra la mesa vacía no puede evitar que su corazón se salte un latido, al principio cree que ha ido al tocador, pero cuando ya no regresa le marca a su celular, el cual se encuentra apagado, así que decide dejarle un mensaje de voz:
―Bella, ¿qué pasó? Me tienes preocupado, ¿a dónde fuiste, algún problema? Márcame por favor.
La tarde pasa y llega la noche, Edward sigue bastante preocupado, pues no ha recibido noticias absolutas de Bella, es cuando decide ir a su casa pero en ese momento su celular suena, anunciando una nueva llamada.
―¿Hola?
―Hola, Edward ―murmura Bella desde el otro lado, con la voz apagada
―¿Bella, que pasó? Me tenías bastante preocupado ―Edward botó todo el aire que había estado conteniendo―. Estaba a punto de salir a buscarte.
―No te preocupes, Ed. No me sentía bien y me vine a casa, perdón por dejarte.
―No te preocupes, no hay problema. ¿Pero te encuentras bien? Voy para allá. ¿Necesitas alguna medicina o que te lleva algo de camino?
―No. Estoy bien, no tienes que preocuparte ―respondió Bella inmediatamente, realmente no quería que Edward la viera en ese estado: ojos rojos, cabello enmarañado, su pijama más vieja, llena de agujeros.
―Está bien, pero si necesitas algo, lo que sea y a cualquier hora, no dudes en marcarme.
―Vale, no te preocupes. Buenas noches, Edward ―El llanto nuevamente se estaba apoderando de ella, así que antes que él se diera cuenta colgó.
―Buenas noches, Bella ―terminó de decir Edward, a la línea ya muerta.
La semana pasa rápidamente, Edward ya había organizado las cosas en su despacho para que todo marche perfectamente en su ausencia. No ha visto en todos esos días a Bella, solo ha hablado con ella por teléfono, lo que se le hace extraño, desde hace mucho no había pasado más de un día sin verla, ya la extrañaba y ahora se le hacía bastante duro la idea de irse ¿Si la extrañaba por unos días que no la vio, que pasaría con meses sin su presencia? Ya se había acostumbrado a tenerla, egoístamente la retenía a su lado para no sentirse solo y olvidar su dolor ¿pero ahora? Suspiró profundo y se valió de su fiel creencia de que las cosas pasan por algo. Bella no merecía que la utilice de esa manera, porque eso era lo que estaba haciendo; ella estaba cuando más la necesitaba, como su más fiel amiga, y ella merecía rehacer su vida.
Edward ya se encontraba en el aeropuerto, haciendo la fila correspondiente para abordar. Le había dicho a Bella la hora de su vuelo, quería despedirse, agradecerle por todo lo vivido, por todo lo que hizo por él, todo el tiempo a su lado. Había estado muy rara en los últimos días y al parecer no llegaría.
Estaba concentrado en revisar los mensajes en su celular cuando sintió una calidez envolverlo. Cerró los ojos y no tuvo que ver nada para saber de quién se trataba, su olor era inconfundible.
―Bella ―siseó. Se giró y la envolvió en sus protectores brazos, enterrando la nariz en su achocolatado cabello.
―Quisiera pedirte que no te vayas… no sé qué voy a hacer sin ti, Edward. No tenía el valor de venir y verte partir, pero mi corazón me obligó, no podía dejarte ir sin decirte por última vez que te amo.
―Bella… ―levanta el rostro de Bella con una mano y con la otra le limpia las lágrimas en sus mejillas, suavemente, logrando que se estremezca ante el contacto.
Edward es quien toma la iniciativa y la besa. Un rose al principio, para convertirse en un beso lento y profundo en el que Bella entrega todo de sí, lo que hace que Edward se sienta aún más egoísta.
Rompe con delicadeza el gesto y se atreve a perderse una vez más en sus inmensos ojos chocolate. Traza con su dedo una línea por su entrecejo hasta llegar a su mejilla.
―Lo lamento Bella, lamento no poder corresponderte. Perdóname por ser tan egoísta este tiempo.
―Edward, no…
―Shh, déjame terminar. Disculpa mi comportamiento, te utilicé para sanar unas heridas que quedarán por siempre en mí, no quería estar solo porque sentía que iba a morir, aún lo hago, pero creo que este viaje es por algo. No quiero que estés a mi lado creándote esperanzas que quizá nunca se cumplan.
―Edward…
―Bella, sé que me amas. Pero al parecer el destino nos tiene otras cosas, nuestros sentimientos no han coincidido. Lo lamento. Quiero que rehagas tu vida. ―Las lágrimas de Bella se volvieron aún más abundantes, cerró los ojos con fuerza e intentó mantenerse en pié.
―No me pidas eso, no, Edward. Perdóname, perdón por todo el daño que te causé, una sola vida no me será suficiente para decírtelo.
―Ya te perdoné, Bella.
―Asumo absolutamente todos los daños, sé que te herí primero, que esto es algo que tengo que pagar…
―No Bella, las cosas no son así.
―Es la verdad, Edward, me lo merezco. No me pidas que rehaga mi vida, porque me costó mucho tiempo darme cuenta que en realidad tu eres el amor de mi vida, no existe más, no hay nadie más. No importa el tiempo que pase, no me importa esperar, aquí estaré, para ser tu amiga, tu cómplice, tu amante, lo que tú quieras, te estaré esperando.
Bella deja por última vez un beso corto sobre los labios de Edward, suspira profundamente, guardando para sí su olor, no quiere olvidarlo jamás, y sale rápidamente del lugar, dejando a Edward con miles de palabras en la boca, y sentimientos abundantes en su pecho.
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Bella ya no tiene lágrimas que derramar, los días pasan sin mayor diferencia, aunque si se toma en cuenta que cada amanecer es un recordatorio de otro día que Edward no está con ella, de que ya no lo tiene a su lado y el dolor va en aumento, sí cambian.
La monotonía ha regresado a su vida: se despierta, se ducha, se arregla para salir al trabajo con lo primero que agarra del armario, abre la librería y se ocupa en lo que sea para no pensarlo, pero cada cosa es un recordatorio de él, cada paso, cada respiro. Cierra la librería y llega a su casa para comer algo y dormirse rápido, pero hasta los sueños la han vuelto a traicionar, siempre mostrándole cosas que ella desea alejar porque el dolor la consume.
Los días pasan, las semanas… y este es uno de los días en los que el dolor es tanto que tiene que desahogarlo de alguna manera, así que se encuentra acurrucada en su cama, no ha salido en todo el día, solo quiere sumirse en su dolor y perderse entre la inmensidad de mantas, para sentir algún tipo de calor, ese mismo que de su pecho se fue el día en el que vio a Edward partir.
Alguien llama a la puerta y Bella no quiere saber de nada, no quiere que nadie la vea así, quizá son Alice o Rose, con quienes no ha hablado desde hace dos días, realmente no ha querido contestar sus llamadas, no se siente con ánimos.
Pero el timbre es persistente, así que de mala gana se levanta y se limpia un poco el rostro, está decidida a mandar al diablo a quien quiera que esté del otro lado de ese pedazo de madera. Pero se queda en shock y con una serie de improperios atascados en la garganta, pues la persona que está del otro lado no es ni por asomo quien creía que era, pero si la más deseada.
―Edward ―susurra Bella entrecortadamente. Toma aire profundamente y las lágrimas vuelven a sus ojos―. Edward. ―Se repite, su nombre suena como un bálsamo para su alma.
Edward por su parte se acerca lentamente y acaricia el rostro de Bella, con cariño, con delicadeza, como si de una pompa de jabón se tratase. La extrañó tanto, es el momento en el que se siente un idiota, pues no se explica cómo fue capaz de dejarla. La ama, la ama profundamente y aceptarlo le llevó tres semanas, en las cuales no tenía realmente un motivo para seguir o despertar, porque ella se encontraba a kilómetros de distancia. Volver a tenerla lejos le dolió el triple que la primera vez. Así que dejó a otro abogado, por supuesto de confianza y también muy reconocido, a cargo del caso del señor Marcus, quien puso problema en un principio por la decisión de Edward, pero finalmente, al asegurarle que su caso en las manos de Jacob estaría bien, él se tranquilizó y aceptó. Tomó el primer vuelo con destino a la ciudad de New York, el corazón le palpitaba a mil por hora, ansioso por volver a verla. Y ahora que la tenía frente a frente, le pareció que era aún más hermosa de lo que su pérfida memoria la recordaba, y la amó aún más, ese sentimiento que se obligó a enterrar en lo profundo de su alma, en Italia explotó, interponiéndose a todo, obligándolo a regresar.
Edward besa las mejillas de Bella, limpiando en el acto las lágrimas, recorriendo suavemente los tristes caminos que estas han hecho sobre la piel de ella.
―¿Eres real? ―pregunta Bella dubitativa, sintiendo el aliento de Edward mezclarse con el propio, pues sus labios se han acercado, solo para rosarse.
―Perdón por irme, perdón ―susurra Edward, y Bella enreda sus dedos en el cabello de él, permitiéndose desfallecer ante su textura. Seguidamente atrae su rostro y lo besa, primero con devoción y después se convierte en necesidad.
Bella se sostiene de los hombros de Edward y este la eleva para hacerla envolver sus piernas a su cadera. La abraza fuertemente de la cintura y, por un momento, separa sus labios para absorber el aliento que tanta falta le hizo, y justo después vuelven a unirse, en un beso hambriento y famélico.
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Perdonar es de valientes, de corazones inmensos que están dispuestos a volver a creer y dar una segunda oportunidad, y que por supuesto, aquel otro corazón no la desaprovechará, pues ha sufrido la tortura de existir sin esa otra mitad que lo complementa. Somos seres humanos, pero no por eso vamos a excusarnos, pero pocos pueden darse cuenta y aprender de los errores; y no se trata de conseguir otra oportunidad para enmendarlos, ellos ya están hechos. A pesar de que queramos olvidar, la memoria humana para algunas cosas es un colador, pero para otras es de piedra, donde todo queda para siempre; se trata de seguir, trabajar en el presente y el futuro, dar vuelta a una página gris de la vida y seguir pintándola con colores resplandecientes.
Y aquí estaba yo, vil espectadora en una historia que nunca me perteneció. Hubiera querido ser ella, ser Bella, y pude haberlo hecho, pude haber interferido en su infinito amor, porque lo hubiera amado más, mucho más, y nunca lo hubiera dejado. Pero no soy Bella, así como pude haberlo sido y estar en su misma situación.
Lo amo y quiero acercarme, justo ahora que ha salido de casa y se ha sentado en las escaleras de entrada al pórtico, está furioso, pues ha discutido con Bella.
―¡Edward, si me vas a ayudar hazlo bien! Sabes que no me gusta que uses tanto jabón para lavar un triste plato, no es necesario. ―Se quedó callado y siguió con su labor, este día había ido como el infierno, en el trabajo le había tocado quedarse hasta más tarde por culpa de su secretaria, quien no había hecho lo que se le pidió. Y al llegar a casa se encuentra con una Bella furiosa, que le empezó a reclamar por la hora y hasta le gritó que la estaba engañando. Le explicó lo que pasaba y el porqué de su retraso, pero ella simplemente volteó el rostro y se fue a la cocina para seguir preparando la cena. Edward no quería seguir enojado, no quería discutir, así que se acercó y en silencio empezó a ayudar.
Habiendo terminado de arreglar la loza, se dispuso a ordenar la meza para servir la cena y el grito de Bella casi le hace tirar todo lo que llevaba en las manos.
―¡Maldita sea, Edward! El mantel de hoy debe ser azul.
―Y qué diferencia tiene el color, ¿qué importa? ―se estaba empezando a alterar.
―¿Cómo que qué diferencia Edward? Sabes muy bien que el martes siempre es azul, el miércoles es rojo…
―¡Ya, Bella!, es suficiente. Estoy cansado, no soporto que discutamos por tonterías. Te amo, pero realmente me cansa ―suspiró profundo y salió a grandes zancadas del lugar.
Se nota en su rostro, y sus inconfundibles manías de cuando está nervioso, la desesperación y la angustia que lo aquejan. No quiere estar enojado con ella, pero las cosas no han sido fáciles, sobre todo ahora, con los constantes cambios de humor de ella y con la cantidad de trabajo que tiene él. Pero bien lo sabe y lo supo desde siempre, nunca nada será fácil. Así que intenta calmarse, desordena una vez más su salvaje cabello y piensa en cómo la sola cercanía de Bella lo hace sentir, cómo sus ojos lo hipnotizan, cada día un poco más, y cómo su amor lo llena.
Sonríe y recuerda lo hermoso que es sentir el movimiento de la pequeña criatura que crece dentro de su vientre. Tiene miedo, por supuesto, los recuerdos nunca se irán de su psiquis, pero sabe de alguna manera que todo va a salir bien. Yo lo sé.
La niña se llamará Mariana (1), y crecerá en un hogar lleno de amor; adoptarán un perro y tendrán, en unos años más, un niño al que llamarán Anthony. Edward adorará jugar videojuegos con él. Su matrimonio estará lleno de piedrecillas, pero sabrán sortearlas y saldrán adelante, juntos.
Solo por eso soy aún más cuidadosa de no ser descubierta, me guardo mis sentimientos aunque tenga unos celos enormes, la ama a ella y ni siquiera sabe que existo. Sigo observando al que considero y siento es el gran amor de mi vida. Veo su felicidad desde lejos mientras está sumido en sus ensoñaciones con su futuro hijo, o hija, aún no lo sabe.
Soy feliz por él, pero no puedo evitar envidiar y desear la vida de ella, pues siempre lo tendrá, él será su compañía, su refugio, aquel con quien compartir tristezas, alegrías…, con quien compartirá una vida entera. Mientras yo solo tengo incertezas.
Es absurdo saber lo que va a pasar en la vida de otros, y no saber ni siquiera que va a suceder conmigo o lo que voy a hacer cuando llegue a casa y la encuentre vacía, con miles de sueños frustrados, otros utópicos y miles, millones más, en creación, mezclados con mi único salvavidas: un aparato electrónico y mis dedos que quieren correr a través de sus teclas para crear universos a los que quisiera pertenecer porque mi cobardía me impide vivir la realidad.
Sin embargo, esto no se trata de mí; así que después de que Edward se calmó, entró a casa, buscó a Bella y la encontró en su recámara, acurrucada, acariciando su pequeño vientre mientras las lágrimas bañaban sus mejillas. Edward se quedó un instante contemplándola, recostado contra el marco de la puerta. Odiaba verla llorar, pero ella tenía que desahogar de alguna manera su dolor. Y él estaba ahí para ser su pañuelo de lágrimas; así que se acercó y se recostó a su lado para abrazarla por la espalda y colocar una de sus manos sobre la mano de Bella, que subía y bajaba por su estómago desnudo. Ella se acercó más a él, refugiándose.
―Te amo ―le susurró él, dejando un pequeño beso en su sien.
―También te amo, te amamos ―secundó ella.
Interminables minutos pasaron, en un silencio cómodo y reconfortante, hasta que Bella suspiró y habló:
―Va a ser niña.
Edward se quedó en silencio por un momento antes de pronunciar palabra.
―¿Cómo lo sabes?
―No lo sé, llámalo sexto sentido o como prefieras, pero sé que será una nena, nuestra nena.
―Gracias. ―Edward sonrió y besó repetidas veces a Bella, por donde alcanzaba desde su posición, y ella no pudo evitar reír junto a él hasta que lágrimas de felicidad escaparon de sus ojos.
―¿Y cómo la llamaremos? ―Bella se mostró dubitativa antes de responder.
―Había pensado en María.
Edward se quedó nuevamente en silencio, él seguía guardando en su corazón la memoria de María, aquella mujer entregada que le dio todo de ella para que olvidara su dolor. Llegó un momento que creyó amarla, pues en ella veía a Bella, así se haya querido engañar a sí mismo; a María la siguió y la seguirá recordando por siempre con un inmenso afecto, pero Isabella es y será su amor, aquella chiquilla de ojos soñadores, que ven más allá de lo real, en lo eterno; con su cabello al viento que la hace ver más etérea, que lo hace sentir aún más vivo, pues ahora es diferente. Antes siempre se veía como la pequeña pluma que se dejaba llevar con el viento, a donde fuera, solo por el simple placer de sentirlo, de saber que es real; pero ahora, seguía siendo la misma pluma, con la diferencia de que Bella ya no era fugacidad, ahora iba de su mano, tangible y real, alcanzable y con él, siendo uno solo.
―Mariana ―susurró, más para sí.
―Mariana Cullen Swan ―ambos sonrieron y suspiraron, sintiéndose plenamente felices mientras por sus mentes pasaban imágenes del futuro que les esperaba como la pequeña familia que habían empezado a formar.
(1) Mariana: combinación entre María y Ana (Annie)
Esto ha sido todo. ¿Qué tal el final? ¿Les ha gustado? Espero que sí. Espero sus opiniones con grandes ansias :3
Infinitas gracias por apoyarme en este pequeño proyecto, infinitas gracias por sus reviews, alertas y favoritos, es un pago verdaderamente genial y único. Como les había contado, este fue un proyecto que lo tenía desde hace mucho tiempo, y me alegra poder concluirlo :3 SON GENIALES, nuevamente gracias.
Nos leemos en otra oportunidad. EN LUCKY :D la traducción, que ahora me voy a dedicar a ella, claro, si la universidad no me agarra del cuello ajjaja
Beijos
Merce
