Domus
-Regular-
Camus se movió a un costado para dejarte pasar y después se colocó a un lado de ti para guiarte hacia dentro de la casa.
La casa era bellísima por dentro, estaba acondicionada como un loft: con pocas divisiones y mucha luz entraba por los grandes ventanales. El piso era duela, las paredes tenían diseño de tabique, el techo estaba sujeto, de lado a lado, por grandes vigas de madera. Primero estaba la sala, con grandes sillones de color terracota, después un gran comedor de madera clara, casi amarilla. Al fondo, pegado a la pared, un enorme librero que llegaba del piso hasta el techo.
A un lado del librero, se veía una pequeña puerta, que sospechabas daba a la cocina, y del otro lado del librero, el inicio de las escaleras.
Camus te guió hacia el comedor de madera, donde la mesa ya estaba puesta. La vajilla era de un impecable color blanco, con unas copas de cristal con un ligero tinte azul cielo. No sabías si vendría más gente a cenar, ya que todos los lugares estaban colocados.
Una chica salió del espacio donde sospechabas estaba la cocina.
—Señor Krest, la cena está… —cortó sus palabras al verlos, quizá le sorprendió tu presencia—, lista.
—Gracias, Marín. Ven, el señor Antares quiere conocerte.
Diste un paso hacia ella con una sonrisa y dijiste:
—Hola. Soy Milo. Sólo quería agradecerte en persona las galletas que preparaste para mí.
—De nada, Señor Antares. El Señor Krest me las encargó mucho, me dijo que era un envío especial.
Escuchaste a Camus limpiar su garganta, conque un envío especial…
—Llámame Milo. Son las mejores galletas que he probado en mucho tiempo.
—Gracias, Milo —dijo Marín y su tono fue un poco tímido—. Espero que la cena sea de su agrado.
—¿Nos podrías servir ya, Marín? —intervino Camus.
Marín asintió con la cabeza y regresó a la cocina, contenta.
Regresaste tu mirada a Camus, quien te indicó que tomaras asiento. Te sentaste en la silla a un lado de la cabecera de la mesa, pensando que Camus se sentaría ahí, pero se sentó del otro lado tuyo, quedando también en el costado de la mesa.
—Espero no haber interrumpido tu noche —comenzó Camus, una vez que los dos tomaron sus lugares—. Sé que fue de último aviso.
—No, en realidad no tenía ningún plan para hoy. —Quisiste agregar que no tenías plan ni para mañana, ni para pasado mañana, ni para este mes, en realidad.
—Qué bien. No quisiera que tu novia o esposa se molestara.
Resoplaste y contestaste:
—Soy soltero. Nada de novias o esposas. —Claro que no pasó desapercibido el cometido real del comentario. Camus iba rápido, tú también te morías de curiosidad por saber su estado civil, así que agregaste—: Espero tampoco importunar tu cena o a las personas que vendrán. —Miraste alrededor, refiriéndote a la vajilla puesta en todos los lugares.
—No viene nadie más. Olvidé decirle a Marín cuántas personas venían. Tuve un día conflictivo y no le aclaré que seríamos sólo dos. —Camus también miró la vajilla—. Pero soy soltero también.
Tuviste unas ganas tremendas de sonreír, Camus era soltero, vaya, pero contuviste la sonrisa. Las cosas se estaban poniendo mejor y mejor.
—¿Día conflictivo? —repetiste sus palabras para continuar la conversación.
—Demasiado. Tenía una junta a las nueve de la mañana muy importante, pero el coche se descompuso y por más que quise conseguir un taxi, todos iban ocupados. Así que por eso tuve que tomar el tren.
Bendito coche que decidió descomponerse. Bendita suerte que tomaste el tren a la misma hora que Camus. Benditas revistas de cocina que hicieron que él se acercara a ti.
—¿Y sí llegaste a la junta? —preguntaste.
—Sí, llegué cinco minutos tarde, pero nadie dijo nada.
Claro, nadie iba a decir nada, si él era el presidente de la condenada compañía.
En ese momento salió Marín con una cazuela en sus manos. En silencio les sirvió lo que parecía como espagueti a la boloñesa, se veía exquisito. Regresó a la cocina al terminar de servir.
—Espero no sea una cena muy fuerte para la hora —comentó Camus.
Si tan sólo supiera que vivías de comidas congeladas la mayoría del tiempo, esto era como estar en el cielo, tenía mucho que no comías comida casera.
—No, está perfecto.
Marín regresó con una botella y les sirvió un poco de vino en las copas.
—¿Algo más, señor Krest?
—¿Tu número telefónico está en tu currículo, cierto? —preguntó Camus. Ella asintió con la cabeza. —Muy bien, sería todo por el momento, Marín. En unas horas te aviso si obtuviste el empleo.
Marín sonrió, ¿por qué estaba tan contenta? Quizá porque estaba a punto de conseguir un trabajo donde sí le iban a pagar muy bien, según comentario de Camus en el tren.
Ella se retiró no sin antes decirte buenas noches, a lo cual tu le respondiste con un 'mucho gusto, hasta luego'. Ella salió de la casa.
Camus te indicó con la mano que podías empezar a comer y lo hiciste, él continuó:
—¿Y tú?, ¿día pesado? —pronunció antes de ingerir el primer bocado.
Pasé todo el día esperando saber de ti, quisiste decir, pero sólo comentaste:
—Lo normal. Un día más en la oficina.
Camus asintió con la cabeza.
Tenías miedo de preguntar por su trabajo, no querías que él supiera que lo estuviste buscando en google y que, de hecho, ya sabías que era el CEO de Gelum.
—¿Te está gustando la comida? —preguntó.
—Marín es estupenda. Definitivamente yo la contrataría. —Ni tu madre había preparado un espagueti tan delicioso en su vida. Quizá para Camus ésta era una comida ordinaria, te lo imaginaste cenando en los mejores restaurantes de la ciudad.
—¿Qué calificación le das? —preguntó Camus.
—Aprobada. —Quizá no era la mejor chef del mundo, pero sentiste que tu opinión le ayudaría a ella a conseguir un buen trabajo, y no lo hacía mal.
Siguieron comiendo. Comentaron cosas sobre el clima, sobre los trenes, sobre los coches descompuestos y cuando menos lo notaste, tu plato ya estaba vacío al igual que el de él.
—Te ayudo a limpiar la mesa —sugeriste.
—No te molestes. Tengo personal de limpieza, vienen por la mañana a recoger. ¿Quieres otra copa de vino? La podemos tomar en la sala.
Afirmaste con la cabeza y los dos se levantaron de sus asientos.
Camus fue a la cocina y regresó con la botella que había utilizado Marín. Tú extendiste tu copa para que te sirviera y después tomaste la copa de Camus de la mesa y se la acercaste para que de una vez la llenara también.
Al terminar de llenar las copas, Camus alzó la mirada y te perdiste en sus ojos. Era terriblemente hermoso. No supiste si fue el efecto del vino, la cercanía a él que habías sentido mientras cenaban o esos ojos azules, lo que hicieron que acortaras la poca distancia entre los dos y besaras sus labios.
Cerraste los ojos al contacto con sus labios y él no retrocedió, al contrario, sostuvo tus labios por unos cinco segundos. No era la primera vez que besabas a alguien en el mismo día de haberlo conocido, pero esto se sentía como un logro importante: una conquista distinta. Se sentía irreal que alguien como él se hubiera fijado en ti.
Te separaste y no podías disminuir la sonrisa que se explayaba por tu boca. Él tenía una diminuta sonrisa también.
—Vamos a la sala —indicó y dejó la botella que aún tenía en las manos sobre la mesa.
o-x-o
Se sentaron en uno de los sillones, estaban casi viéndose de frente, cada uno con su copa en la mano.
Hubo un momento de silencio. Morías por volver a acercarte y besarlo, sus labios eran desgarradoramente suaves.
—Milo. Voy a ser muy directo contigo.
Su voz te sacó de tus pensamientos, te dispusiste a ponerle atención, pero era complicado: verlo era un espectáculo, ¿en serio podía alguien verse así de bien?
—Dime —dijiste, decidido a prestar atención.
—Esta cena fue por dos motivos: uno, para agradecerte el préstamo de tus revistas; y dos, creo que estoy en lo correcto al pensar que sentiste una atracción física por mí y por eso decidiste abordarme en el tren.
Llevaste la copa a tus labios y tomaste lentamente un poco de vino. Te sorprendió que iniciara el tema así de rápido, aunque obvio tú habías dado el primer paso al besarlo, también te habías apresurado.
Camus prosiguió:
—Obviamente la atracción es mutua. Estás aquí para que nos conozcamos y quizá se pueda dar algo más.
De nuevo llevaste la copa a tus labios, pero esta vez pasaste el vino con dificultad. Palabras directas, como había dicho él. Entonces ibas a responder con la misma sinceridad:
—Me encantaría que se diera algo más. Te vi en el tren y… sí, me gustas —hiciste una pequeña pausa—, mucho.
Camus te observó con detenimiento y hasta ese momento dio un sorbo a su copa.
—Tengo una forma muy específica de empezar mis relaciones —confesó—, así que quiero ser directo, plantear las bases en este momento y si no es lo que tú estás buscando, eres libre de ir a casa, saldamos el préstamo que me hiciste y puedes marcharte.
Un giro drástico en la plática y un poco en su actitud, te lo dijo con más formalidad y hasta un poco de frialdad. Sentiste curiosidad.
—¿A qué forma específica te refieres? —Por fortuna, tú también le habías gustado a él, haberlo escuchado se había sentido bien, así que querías escuchar lo que te quería decir.
—Me es difícil etiquetarlo porque no encuentro el concepto que lo defina por completo —explicó Camus—, pero lo que sí puedo decirte es que para que se pueda dar algo más, quiero que firmemos un contrato.
¿Mhn?
—¿Qué tipo de contrato? —Frunciste el ceño en confusión.
—Un acuerdo, en el que quede asentado que estás dispuesto a cooperar conmigo.
No entendías nada. Hubo un silencio que se extendió unos minutos.
—¿Cooperar contigo? —preguntaste.
—Sí. Tiene que quedar asentado que mi voluntad será cumplida.
Te quedaste callado otro instante.
—¿En qué forma?
—Te daré instrucciones y espero que las cumplas.
Otra vez el silencio se extendió. ¿A qué se refería este sujeto?, ¿no estaba hablando en serio o sí? Habló de cumplir su voluntad, de seguir instrucciones, de un contrato. Comenzaste a sentirte un poco incómodo. Se estaba refiriendo a…
—¿Sadomasoquismo? —finalmente lo dijiste.
Él sonrió, se veía divertido con tu confusión.
—No. No me atraen los golpes ni la violencia, no voy a herirte ni nada semejante. No habrá dolor físico —respondió.
—¿Entonces?
—Sólo quiero tenerte a ti. Por completo.
Sus palabras te agitaron. Quería tenerte a ti por completo, ¿a qué se refería exactamente con eso?
—No entiendo —dijiste.
—El contrato me da derecho a ser el dueño de tu cuerpo y tu mente por siete días.
El tiempo pareció detenerse y la idea se infiltró con lentitud por tus oídos, subió por tus sienes y se incrustó en tu cerebro; la idea se deshizo en partículas y se quedó impregnada en tu mente. ¿Ser el dueño de tu cuerpo y tu mente? Era una propuesta intensa, algo que jamás te había dicho nadie más.
Sin embargo, seguías sin entender, ¿cómo para qué querría él hacer eso?
—¿Para qué querrías ser mi dueño?
—Es un asunto de confianza. Quiero saber qué tan dispuesto estás a entregarte a mí.
Consideraste lo que acababa de decirte.
—¿Y yo qué sacaría de todo esto? —preguntaste.
—Lo mismo, poner tu confianza en mí al cien por ciento. Una relación no puede existir sin la confianza, sin la entrega. Quiero tener esas dos cosas por completo, desde el día uno, sin vacilaciones.
—¿Pero a qué te refieres exactamente?, ¿qué tendría que hacer?
—Te pediré que hagas cosas y tendrías que hacerlas sin titubeos, sin cuestionamientos. Te repito, no me gusta la violencia ni te voy a exponer a situaciones de dolor, no se trata de eso.
—Se trata de sumisión —concluiste.
—Se trata de entrega, de confianza y el placer que desarrolles al complacerme en lo que te pida —corrigió.
Te sentiste un poco enfermo al escuchar lo que Camus decía, sonaba loco, desquiciado, pero a la vez, te intrigaba las palabras al fondo, él hablaba de entrega, confianza, placer, y ésos eran conceptos con los que siempre habías comulgado e incluso añorado.
Camus agregó:
—Te repito, son mis condiciones, puedes aceptarlas o no, eres libre de irte esta noche y no volveríamos a vernos como si nada hubiera ocurrido.
Te sentías confundido, abrumado, sobre todo. No sabías qué responder, no sabías si querías tener 'un dueño'. Suspiraste.
—No sé qué decirte —hablaste con la verdad.
—No me contestes ahora. Te daré el contrato, léelo, piénsalo esta noche y me avisas mañana a primera hora.
Eso ya sonaba como una instrucción o una orden. Afirmaste con la cabeza, las palabras se te habían escapado.
Camus se levantó del sillón y fue al fondo de la habitación, donde estaba el gran librero. Tú aprovechaste para dejar tu copa en la mesita de cristal que adornaba la sala.
Regresó y te entregó un sobre amarillo.
—Adentro viene el contrato —te informó.
Tomaste el sobre y te levantaste de tu lugar para despedirte. Te sentías fuera de lugar, sumamente extraño.
—Gracias por las galletas y la cena. —Sin embargo, te invadió en ese segundo un sentimiento de tristeza, quizá sería la última vez que verías esos ojos y a este hombre tallado a la perfección en algún lugar del cielo.
—Gracias por las revistas.
Extendió su mano y la estrechaste.
Empezaste a caminar hacia la salida para irte, él iba detrás de ti. Al llegar a la puerta, él se adelantó un paso y te abrió la puerta para que pudieras salir, hasta ese momento notaste que tenía su teléfono celular en su mano.
—Shura te llevará de regreso —dijo, seguramente tenía comunicación directa con su chofer o le mandó un mensaje mientras caminaban hacia la puerta porque el coche y Shura ya estaban ahí cuando miraste hacia la reja.
No querías decir adiós, pero era inevitable.
—Buenas noches —dijiste en un murmullo.
—Buenas noches —contestó.
Saliste de su casa y tenías un inmenso nudo en la garganta.
o-x-o
Cuando llegaste a tu casa eran casi las diez de la noche. El recorrido hacia tu casa fue silencioso, se te escaparon tres suspiros en el trayecto. Llegaste y fuiste directo a tu recámara y, sin quitarte o cambiarte la ropa, te recostaste en la cama. Abriste el sobre amarillo.
CONTRATO QUE CELEBRAN, POR UNA PARTE, CAMUS KREST, A QUIEN EN LO SUCESIVO SE DENOMINARÁ "EL AMO", Y POR LA OTRA, _, A QUIEN EN LO SUCESIVO SE DENOMINARÁ "EL SUMISO", AL TENOR DE LAS SIGUIENTES CLÁUSULAS:
CLAÚSULAS FUNDAMENTALES
1. Este contrato y lo aquí descrito es confidencial.
2. El sumiso acepta cumplir y someterse a las órdenes del amo por un lapso de siete días.
3. El sumiso deberá estar disponible las veinticuatro horas del día durante el tiempo estipulado en este contrato, sin límites de lugar, tiempo o situación.
4. Durante el transcurso del día, el sumiso recibirá instrucciones del amo ya sea por vía correo, correo electrónico o mensaje de texto, las cuales deberán ser cumplidas al pie de la letra sin cuestionamiento.
5. El sumiso comprende que todo lo que tiene y hace, pasará de derecho a privilegio, otorgado sólo cuando el amo lo desee y sólo hasta el punto que él indique.
6. El sumiso amoldará su apariencia, hábitos y actitudes conforme a los deseos del amo.
7. El sumiso responderá sincera y completamente, todas y cada una de las preguntas que el amo le cuestione. El sumiso dará voluntariamente cualquier información que el amo deba conocer sobre su condición física y emocional.
8. El amo cuidará y respetará al sumiso, se encargará de su bienestar, no exponiéndolo a situaciones peligrosas o que pudieran lastimar al sumiso de alguna forma.
9. El amo cubrirá los gastos del sumiso, para lo cual se le entregará al sumiso una tarjeta y se le depositará una cantidad diaria para uso del sumiso en gastos personales y para cumplir con las órdenes que se le consignen.
10. En caso de conflicto de intereses, el sumiso y el amo pueden dar por terminado este contrato cuando lo consideren necesario.
Firma:
Fecha:
Al terminar de leer los diez puntos, sentías náuseas. Amo, sumiso, reglas, cumplir. No sabías si ibas a poder acatar lo que acababas de leer. ¿A qué extremo tenías que entregarte a Camus?, ¿por qué necesitaba él ser tu dueño para que pudieran entablar una relación? Entendías que toda relación estaba basada en la confianza, pero ¿por qué ser tan extremista al respecto?
¿Y qué ganabas tú?, ¿obedecerlo no iba a traerte a ti algún beneficio o sí? Te dijo que encontrarías placer al seguir las instrucciones, aún no estabas seguro que eso fuera posible, más que nada sentías miedo de sentirte esclavizado, atrapado.
Tu teléfono vibró en tu pantalón.
Un mensaje de número desconocido. Lo abriste para leerlo:
'Espero hayas llegado sin contratiempo. Que descanses. Camus. P.D. Di que sí.'
Tu corazón empezó a latir más rápido. Dejaste el celular en la cama y llevaste tu mano a tus labios. Lo habías besado y había sido un momento perfecto, como para guardarlo en cristal. Lo que darías por volver a besarlo de nuevo…
Darías todo. Ese fue tu primer impulso, darías todo por poder mirar esos ojos y besarlo otra vez.
Un pensamiento atravesó tu mente, si pudieras dar todo, ¿no sería lo mismo que darle tu cuerpo y tu mente? Cosas que él te había pedido.
¿Podías renunciar a tu propia soberanía por él?
Cerraste los ojos, te sentías tan confundido. En algún momento te tenías que quedar dormido, así que ya no abriste los ojos de nuevo, rogando pudieras dormir pronto.
Soñaste con trenes, correos y besos de algodón de azúcar.
o-x-o
Despertaste con un sentimiento de opresión en el pecho. Agradeciste que fuera sábado y no tendrías que ir a trabajar, no tenías cabeza para nada.
Al meterte a bañar, te sentías demasiado inquieto. Sabías que tu vida no iba a ser igual después de ayer: jamás podrías olvidarlo, querías verlo otra vez, en verdad tenías mucho tiempo sin sentir una atracción tan poderosa por otro ser humano.
Ya te había quitado Camus algo ayer, o más bien tú le habías otorgado algo igual de importante: tu tranquilidad.
Ya no había marcha atrás, sólo el olvido y, definitivamente, ése no era el camino que querías o podías tomar. No había otra salida, ya estabas sentenciado desde el momento en que él se acercó y te habló en el tren.
Al salir del baño, tomaste tu celular y escribiste un mensaje de texto:
'La respuesta es sí.'
