Comentario adicional: gracias por tomarse la molestia de dejar un comentario. Son muy valiosas sus opiniones, tanto así que éste capítulo se reescribió en cierta parte debido a una opinión que leí. ¡Gracias!

Música para este fic: Without you I'm Nothing de Placebo. La melodía de esa canción es perfecta para el fic de Domus, me encanta.

Domus

Exhibir-

Abriste los ojos y tu corazón latía rápidamente, estabas alterado, como si te faltara oxígeno, buscaste tu celular en el buró a lado de tu cama; ya había un mensaje esperándote, volviste a respirar.

'Buenos días, Señor Antares. Revise su correo.'

El mensaje fue enviado a las 7:00 am. Eran 7:32. Camus se había levantado temprano, al igual que tú. Era domingo y nunca te levantabas a esta hora. Corriste a tu computadora, literal. No tardaba mucho en encender, pero se te hizo el tiempo eterno hasta que pudiste entrar a tu correo.

De: Camus Krest [mailto:ckrest[arroba]gelum[punto]com]

Enviado el: domingo, 23 de diciembre de 2012 06:45 am

Para: Milo Antares [mailto:milo08[arroba]gmai [punto]com]

Asunto: Instrucciones Día 2

Estimado Milo:

Espero hayas descansado en las ocho horas más largas de tu vida. Después de un día número uno tan provechoso, pasaremos a las instrucciones del día dos.

A continuación te las describo a detalle:

1. Al momento de leer esto, me enviarás un mensaje con la hora a la que te levantaste, con hora y minuto exactos. Quiero que me envíes un mensaje similar cada día.

2. Para el día de hoy quiero que uses ropa cómoda, compramos ropa deportiva ayer, úsala; en una maleta quiero que pongas otro cambio de ropa completo para las actividades posteriores: usarás jeans azules y una playera negra.

Nota: ayer te veías fenomenal, me urge volver a verte así.

3. Shura pasará por ti dos horas después de que me envíes el primer mensaje (punto uno).

Nota: no es necesario que te bañes, después te explicaré por qué.

4. Desayuna antes que Shura llegue.

5. Mándame un mensaje con lo que vas a desayunar.

De más está mencionar que cada una de estas instrucciones tiene que ser cumplida al pie de la letra.

P.D. Ayer te di indicaciones sobre los hielos: uno cada hora, sin falta.

Saludos.

Camus Krest

CEO Gelum Inc.

Al terminar de leer su correo estabas sonriendo de oreja a oreja. Fuiste por tu celular y escribiste:

'Buenos días, Señor Krest. 7:32. Instrucciones entendidas. Nota: en verdad, no puedo esperar para verlo.'

Te entró una especie de añoranza, tenías muchísimas ganas de verlo ya, de estar con él, de escucharlo. Dos horas parecían tan lejanas todavía.

Tu celular vibró.

'Ya falta menos. ¿Cómo dormiste? ¿Cómo te sientes? ¿Qué vas a desayunar?'

De inmediato contestaste:

'Dormí bien aunque me levanté sintiéndome alterado. No acostumbro desayunar tan temprano, pero quizá coma algo de cereal.'

Te levantaste de la computadora y fuiste al baño para lavarte la cara. En el transcurso hacia el baño tu teléfono empezó a sonar, era una llamada esta vez. Contestaste:

—Hola.

—Milo, ¿a qué te refieres con que quizá comas algo? Te di la orden de que desayunaras, no está a discusión.

Su voz, su linda, masculina y mañanera voz, se escuchaba diferente por el teléfono, más aguda, más sexy.

—Hola —repetiste, sonriendo, lo cual se transmitió en tu tono. Estabas tan feliz de escucharlo. El sentimiento de añoranza en tu pecho disminuyó.

Hubo un momento de silencio.

—Quiero que desayunes, Milo. —Podías escuchar en su voz que también había empezado a sonreír.

—Sí, señor Krest. Desayunaré, lo prometo —concediste.

Otro momento de silencio, pero esta vez se extendió más, incluso pensaste que se había cortado la llamada.

—Cada que me llamas señor Krest, yo… —dijo, su voz más grave, no completó la oración. Se comprimió la parte baja de tu estómago, ibas a decirle señor Krest de aquí a que te murieras si te lo pedía. Camus limpió su garganta y continuó: —Desayuna, me mandas mensaje cuando vayas a hacerlo. Tengo que irme, nos vemos al rato.

Y sin más, terminó la llamada. No supiste si se había enojado o qué había pasado o por qué había cortado tan pronto, tú querías seguir escuchando su voz.

Después de la llamada ya no recibiste otro mensaje, así que seguiste haciendo tus cosas.

o-x-o

Ibas a desayunar, más bien tenías que desayunar y mandarle mensaje. Tecleaste:

'Desayunaré cereal, tengo el plato enfrente.'

Enviaste el mensaje esperando que te respondiera, ¿estaría enojado?, querías ver cómo estaba de humor. La respuesta vino de inmediato:

'¿Sólo cereal?'

Miraste tu plato, mhm, pues sí, sólo cereal con leche. Respondiste:

'Con leche.'

Otro mensaje de él:

'Acompáñalo con algo de fruta. ¿Comiste tu respectivo hielo?'

Maldición, el hielo, se te había olvidado por completo. Caminaste hacia la cocina mientras escribías:

'Lo acompañaré con fruta. Estoy abriendo la nevera en este momento para comer un hielo.'

El teléfono sonó. Demonios.

—¿Hola? —preguntaste con miedo.

—Se te olvidó el hielo —dijo, regañándote, sin saludar, sólo así.

Te metiste el hielo a la boca.

—Ya. Ya… mmlo… toy comie…do —dijiste con el hielo ya en la boca, el contacto frío y tener el objeto en la lengua, te hizo hablar de una forma extraña, casi no se te entendió.

Hubo un pequeño segundo de silencio y escuchaste algo como un sonido de risa.

—Bien. — Sí, definitivamente Camus estaba sonriendo.

—¿Ya no …tás eno…jado? —dijiste en la misma forma rara, el hielo no te dejaba hablar bien.

—No estoy enojado.

—¿Entonces… por qué me colgaste… tan feo? —Ya se te entendía más claro lo que estabas diciendo.

Hizo una larga pausa.

—Porque… me haces sentir cosas inesperadas, cambiar planes y no me gusta perder el control —confesó en voz baja—, y porque en verdad tenía que irme.

Mhn, información interesante, él también estaba sintiendo cosas por ti.

—Me gusta que pierdas el control, Camus.

—No. En estos siete días no puedo perder el control —contestó, más serio.

—¿Por qué?

—Porque quiero ser tu dueño, quiero que te pongas en mis manos, no quiero que olvides las reglas acordadas y quiero que sigas las instrucciones.

Y lo estabas haciendo, ayer te habías puesto en sus manos y había sido una experiencia increíble. Te estaban costando un poco de trabajo las instrucciones de hoy, pero era por la falta de costumbre. Dijiste:

—No te preocupes, está bien que pierdas el control. Recuerda que habrá un octavo día y ahí tendrás que cederme todo el control, está en el contrato.

Camus resopló por el teléfono.

Sonreíste. Ese octavo iba a ser glorioso.

—De acuerdo, pero aún estamos lejos, muy lejos del octavo día, Milo. Así que come tu hielo, desayuna y sigue las instrucciones.

—Mandón —murmuraste.

—Te voy a castigar si sigues con esa actitud —dijo, su tono no sonó a advertencia, más bien a pura diversión.

—Sí, señor Krest —dijiste en cansancio, pero también en tono de broma.

—Adiós, Milo.

—Adiós.

Colgó el teléfono.

o-x-o

Ya habías desayunado y lavado tus dientes. Estabas preparando la maleta con la ropa que te había indicado, cuando tu teléfono vibró.

'Hielo.'

Viste el reloj, eran las nueve en punto. Fuiste a la nevera por otro hielo y lo metiste a tu boca. Contestaste:

'Deshaciéndose en mi boca.'

'Buen chico. Ahora recuerda lo que te dije ayer.'

Y el recuerdo de sus palabras llegó de inmediato a tu mente: el hielo es mi forma de penetrarte a lo largo del día.

Cerraste tus ojos y vino como una ráfaga lo que habías sentido ayer. Saboreaste lo frío del hielo por primera vez desde que él te había dado el primer hielo, sentiste el cubo deslizarse por tu boca y una ola de placer descendió por cada poro de tu cuerpo. Entraste en trance, te habías entregado a él por completo, sin titubear, había sido muy intensa la experiencia. Empezaste a recordar cada segundo del momento que compartieron y fue instantáneo sentirte en ese estado de nuevo: completamente excitado,

Abriste los ojos, ubicándote de nuevo en el aquí y ahora.

Media hora más, faltaban treinta minutos para que Shura llegara.

o-x-o

El timbre sonó por fin.

Te levantaste del sillón de tu sala, tomaste tu maleta y fuiste hacia la puerta. Abriste y Shura estaba ahí acompañado de un chico joven.

—Buenos días, señor Antares.

—Llámame Milo. Buenos días, Shura.

El chico hizo una reverencia y tú extendiste tu mano para saludarlos a los dos.

—Le presento a Kiki. El señor Krest dejó órdenes que Kiki se quedaría en su departamento para ayudarle a acomodar ropa y hacer algo de limpieza. No tiene de qué preocuparse, señor Anta… digo, señor Milo, le aseguro que Kiki es de mucha confianza.

Te sentías incómodo con tener a alguien haciendo cosas que tú deberías hacer, nunca habías tenido servidumbre.

—Te agradezco mucho la ayuda, Kiki.

—Es un placer, señor Antares —dijo Kiki, sonriendo, ¿por qué todo su personal estaba contento siempre?—. Espero se divierta el día de hoy.

—El señor Krest ya le ha dado instrucciones a Kiki —dijo Shura.

Te sentiste un poco aliviado, no sabías qué más decirle al chico.

—¿Necesitas que te muestre dónde está el closet? —preguntaste.

Shura intervino de nuevo:

—No se preocupe, señor Milo, el señor Krest ya se encargó de todo.

Alzaste una ceja, ¿qué le habría dicho Camus a este chico?

—¿Listo para irnos? —Shura preguntó.

Asentiste con la cabeza.

o-x-o

No sabías hacia dónde iban, el trayecto que habían tomado te era desconocido. Después de unos cuarenta minutos, al fin se adentraron en un estacionamiento. Shura te abrió la puerta del coche y caminaron hacia un elevador.

Salieron del elevador y frente a ti había una gigantesca recepción con un enorme letrero de aluminio que decía: Sportica.

¿Un club deportivo?

Se acercaron a la recepción, donde había una pecera sobre la pared.

—Señor Antares, buen día. Bienvenido a Sportica, un gusto conocerlo. En un momento el señor Krest estará con usted, ¿puedo ofrecerle algo de tomar? —dijo la chica del mostrador.

¿Cómo sabía ella tu nombre?

—No, muchas gracias.

—Muy bien, el señor Krest no tardará. Tome asiento, por favor. —Te indicó con su mano hacia unos sillones que se encontraban de lado derecho de la recepción.

Caminaste hacia los sillones, Shura se quedó de pie cerca del elevador. Notaste a la chica tomar el teléfono y avisarle a alguien de tu llegada.

o-x-o

Una puerta de cristal se abrió del lado izquierdo de la recepción.

Camus.

Tu corazón empezó a bombear como si hubieras corrido una carrera de diez kilómetros a toda velocidad. Se veía magnífico: ropa deportiva en color blanco, cabello sujeto en una cola detrás de su nuca. ¿Cómo era posible que se viera tan bien para hacer ejercicio? Un ángel celestial.

Estaba sonriendo.

Te levantaste del sillón y él llegó hacia donde tú estabas. Dejó un pequeño beso sobre tus labios sin importar que Shura o la recepcionista fueran testigos.

—Buenos días, señor Antares. —Su sonrisa era lo más bonito que habías visto en muchos años, lustros.

—Hola, señor Krest. —Querías abrazarlo, besarlo, algo. Nadie había tenido un efecto tan fuerte sobre ti.

—¿Cómo te sientes para hacer ejercicio? —preguntó.

—¿Qué tipo de ejercicio?

—Lo que usted guste, señor Antares. Correr, nadar, ciclismo, jugar basquetbol, volibol, lo que tenga en mente.

—¿Puedo escoger? —preguntaste porque con esto del contrato y las instrucciones, no sabías si él iba a elegir el plan del día por completo.

—Yo elegí el lugar, escoge la actividad.

—Mhn… —Pensaste un momento y dijiste—: Bicicleta.

—Buena elección. Vamos.

o-x-o

El centro deportivo era grande, no grande, colosal: había cancha de tenis, cancha de basquetbol, cancha de vóleibol, una pista para correr, sección de caminadoras, sección de gimnasio, sauna, albercas, sección para tomar clases de spinning, zumba, etc. Ustedes caminaron hacia las pistas y ahí estaba la entrada al velódromo.

Antes de entrar al velódromo techado, había una cabaña donde te prestaban toallas y vendían equipo para hacer ciclismo. Se acercaron al lugar y el chico de la tienda saludó a Camus con la mano, después le entregó dos toallas, pero no las tomó de la enorme pila de toallas amarillas que al parecer le daban a todos, le entregó dos toallas blancas que tenía en un cesto en una de las orillas. Camus te entregó una toalla y notaste las iniciales CK bordadas en una esquina. Le entregaste tu maleta al chico para que la guardara. Camus después pidió dos bicicletas y le otorgaron dos vales.

Por ser domingo no había mucha gente en el velódromo, o no sabías si cobraban por la entrada, ya que sólo había dos ciclistas en la pista.

o-x-o

Estuvieron en el velódromo aproximadamente una hora, tenía un buen rato que no hacías ejercicio a consciencia y te había sentado bien, las endorfinas secretadas te hacían sentir revitalizado.

Al terminar devolvieron las bicicletas y te entregaron tu maleta de vuelta.

—¿Cómo te sientes, Milo? —preguntó Camus mientras caminaban fuera del velódromo.

—Un poco cansado, pero bien. Muy bien. ¿Vienes seguido?

—Dos veces por semana y los domingos generalmente me gusta venir para desestresarme, después me encierro en casa a ver películas y descansar.

—Suena como un plan.

—Lo es. Iremos a casa, pero primero necesitamos una ducha.

Caminaron hacia los vestidores.

o-x-o

En los vestidores, pasaron una sección de hileras e hileras de casilleros y después atravesaron una puerta, que daba a otra gran sección con las duchas. Inmediatamente escuchaste el sonido de las regaderas. Caminaron por otro pasillo que daba acceso a todas las duchas; sin embargo, caminaron hasta el final del pasillo y llegaron a la puerta de una ducha que sí tenía cerradura, las demás no estaban cerradas.

Camus sacó una llave de la bolsa de su pantalón y abrió esa puerta.

—¿Tienes tu propio baño? —preguntaste al entrar.

Asintió con la cabeza.

Mordiste tu labio. La ducha era el triple de tamaño que las de uso común. Había una regadera en lo alto y esa sección estaba protegida por una pared de cristal. Del otro lado, había una banca de mármol blanco para dejar pertenencias, y sobre ella, una canasta con más toallas blancas; en la esquina del lugar, un casillero.

Camus se acercó al casillero y sacó champú y jabones. Después abrió la pared de cristal y dejó los artículos sobre una repisa que colgaba del tubo de la regadera, abrió la llave de la regadera.

—Quítate la ropa —dijo, girando hacia ti.

Pasaste saliva, aún con lo que había sucedido ayer, y que prácticamente él ya te había visto desnudo, te daba pena quitarte la ropa de la nada.

Dejaste tu maleta sobre la banca, tomaste aire y empezaste a quitarte lo que traías puesto. Quedaste desnudo frente a él.

—Entra —te indicó y él se movió para dejarte pasar.

—¿Vas a entrar conmigo? —preguntaste.

—No, sólo voy a verte.

¿Cómo?

Lo viste sentarse en la banca de mármol y cruzar sus brazos sobre su pecho.

—Empieza —indicó.

Lo miraste un segundo más antes de dar un paso hacia el agua caliente. En dos minutos, estabas totalmente mojado por el agua. Se sentía bien. Regresaste tu mirada a él y no podías ubicar muy bien qué veías en sus facciones, te veía atento, concentrado, pensativo. ¿Quería verte bañándote?

Ayer él te había pedido que te quitaras la ropa también y habían tenido relaciones después, pero habían estado haciendo algo, no tenías toda su atención como en este momento. Te sentiste más expuesto, más desnudo, si es que era posible decirlo.

Giraste y tomaste el champú que él había sacado del casillero. Tomaste un poco y llevaste tus manos a tu cabeza. Al alzar los brazos sentiste que quedaste aún más al descubierto. Lavaste tu cabello y, cuando por fin pudiste abrir los ojos, viste que su mirada había dejado de ver tu rostro y veía tu cuerpo con descaro.

Tomaste uno de los jabones y empezaste a enjabonar tu cuerpo, creando un poco de espuma, volteaste a ver esos ojos azules y su mirada tan profunda te hizo sentir… atractivo. A pesar del vapor que empezó a producir el agua caliente, podías ver que te veía con intensidad.

Enjuagaste tu cuerpo, pero te empezaste a sentir diferente, te gustaba que te viera así con tal despojo.

Te quedaste bajo el chorro del agua con los ojos cerrados otros tres minutos, disfrutando saber que él te veía.

Cuando abriste tus ojos y lo miraste, él se levantó de su lugar y tomó una toalla del cesto. Caminó hacia la regadera y tú cerraste la llave del agua. Abriste la puerta de cristal y él tenía la toalla extendida ya para recibirte en ella. Te arropó con la toalla.

—¿Mejor? —preguntó.

—Mucho mejor. —Después de una sesión de ejercicio, nada como sentirse limpio.

—¿Trajiste la ropa que te pedí? —Afirmaste con la cabeza—. Póntela.

Fuiste hacia tu maleta y empezaste a sacar el otro juego de ropa que traías. Secaste bien tu cuerpo y comenzaste a vestirte. Por el rabillo de tu ojo, notaste que Camus sacaba algo del casillero.

Cuando finalmente acabaste, te sentaste sobre la banca de mármol, dispuesto a disfrutar del espectáculo, pero cuál fue tu sorpresa cuando Camus caminó hacia ti con una playera blanca enrollada.

—Cierra los ojos —ordenó con suavidad.

¿Iba a vendarte?

—¿Vas a vendarme? —Frunciste el ceño, pero… tú querías… tú querías verlo.

—Correcto.

—¿Por qué? —reclamaste, confundido, ¿por qué iba a taparte?—. Quiero verte —admitiste—, ahora es mi turno.

Negó con la cabeza.

—Sin cuestionamientos, Milo.

Suspiraste en cansancio. No… pero querías verlo, querías observarlo así como él lo había hecho. Querías también admirar su cuerpo, conocerlo; ayer también habías estado vendado y no te había dejado verlo, sólo sentirlo. ¿Por qué?

—No es justo —dijiste, estabas enojado de pronto—. Yo también quiero verte.

—¿Confías en mí? —cuestionó, pero no estaba alterado—. Todo tiene un motivo de ser, aún no es el momento.

Hiciste la cabeza hacia arriba, sacando aire de tu boca. Te sentías tan frustrado.

—Cierra los ojos —repitió.

¿Cuándo sería el momento?, ¿podías ceder de nuevo?, ¿podías darle el control de nuevo?

Podías levantarte e irte y terminar con este juego de una vez por todas... cerraste los ojos cuando llegó el pensamiento a tu cabeza que, si te marchabas, no lo volverías a ver más.

Él te vendó de nuevo.

Cuando te quitó la playera del rostro unos diez minutos más tarde, ya estaba bañado y vestido otra vez.

o-x-o

Estabas molesto, salieron del club deportivo en silencio. Shura estaba esperándolos en el estacionamiento. Subieron al auto y en el trayecto no dijiste nada.

Shura los condujo hasta la casa de Camus.

o-x-o

Entraron a la casa y Marín estaba saliendo de la cocina.

—Buenas tardes, señor Krest. Qué gusto volver a verlo, señor Milo.

Susurraste un pequeño saludo.

—Marín, déjanos solos, por favor. Te llamaré si necesito algo.

Marín inclinó la cabeza hacia adelante y salió de la casa.

Camus caminó y se sentó sobre uno de los brazos del sillón más grande, te indicó que te sentaras, pero negaste con la cabeza.

—¿Qué pasa?, ¿por qué estás molesto? —dijo.

Te encogiste de hombros y cruzaste los brazos sobre tu pecho.

—No tengo nada —dijiste. ¿No entendía él nada?, ¿tu frustración?, ¿tu deseo truncado? —¿Tampoco puedo estar callado?

Ahora fue Camus quien suspiró.

—Debes de confiar en que…

—Sí —lo interrumpiste, tu tono un poco burlón—, en que sabes lo que haces, ya lo sé.

—Milo, se llama anticipación. Vas a aprender a trabajar el deseo, a construirlo, a acumularlo, quiero que estés en ese estado todo el día, esperando por mí. —Camus se levantó del sillón y caminó en tu dirección, acercándose peligrosamente hacia ti hasta que su boca estuvo a tres centímetros de la suya—. Así cuando el momento sea el adecuado, será una bomba de tiempo, explotarás de una manera que no lo hacías antes, te lo garantizo.

Estabas paralizado con lo que te había dicho. No sabías qué decir. Anticipación. ¿Por qué no podías refutar sus palabras? Pensaste en esos momentos en que habías tenido mucha hambre y cuando podías finalmente comer, te sabía exquisito. ¿A eso se refería? Aunque en este caso tenías que aprender a controlar tu hambre… de él.

Camus se separó de ti y dijo:

—Vamos a ver películas y a descansar. Sube por esas escaleras hacia mi recámara, en un momento te alcanzo.

El enojo se había escapado, estabas más bien como perturbado, en alerta, aún procesando lo que había dicho. Caminaste hacia el fondo de su casa y subiste las escaleras, sin agregar nada más.

o-x-o

El segundo piso era una habitación, inmensa habitación, sólo había una puerta pequeña del lado opuesto y supusiste que conducía al baño. La habitación era muy acogedora, predominaba la madera cerezo, por lo que el ambiente tenía un aspecto rojizo y naranjesco precioso. En el centro del espacio había una cama, había dos burós y dos lámparas a cada lado de ésta. Frente a la cama había un televisor de ochenta pulgadas más o menos. A lado de la televisión, en una de las esquinas, había dos grandes sillas de madera y, en medio de ellas, una pequeña mesita circular, con un florero encima con tres flores.

Caminaste hacia el centro de la habitación no sabiendo qué hacer, dejaste tu maleta en el piso, a un lado de la cama, escuchaste a Camus subir los escalones. Traía una taza en la mano.

—Acuéstate.

Te acercaste a la cama y él hizo lo mismo. Te sentaste y recostaste de lado izquierdo y él rodeó la cama y se recostó de lado derecho. Tomó el control remoto que descansaba sobre el colchón y encendió la gran pantalla frente a ustedes.

—Abre.

Las mismas palabras de ayer, un escalofrío recorrió tu cuerpo al recuerdo. De la taza, que había dejado sobre el buró, sacó un hielo y lo depositó en tu boca.

Cerraste los ojos, recordando, era inevitable no recordar lo que había pasado ayer en tu sala al tener el hielo en la boca, recordabas el sabor de Camus, la sensación contrastante del líquido tibio cuando terminó en tu boca.

Al volver a abrir los ojos, miraste la pantalla frente a ustedes, pero tu corazón estaba latiendo rápido, tenías a Camus a un lado tuyo, los recuerdos de ayer te cegaban, saber que él estaba ahí a lado, que podías estirar tu mano y tocarlo… pero no podías, no te había dado la orden.

Construir el deseo, había dicho él.

Trataste de calmar tu respiración que empezó a agitarse, estaba aquí a tu lado y era una tortura no poder tocarlo y repetir lo del día de ayer. Le rogaste a los dioses que pudieras aguantar y no moverte de tu sitio.

o-x-o

Pasó más de una hora porque había una película en la televisión cuando llegaron y en la pantalla estaban ya los créditos.

Camus te dio otro hielo y lo aceptaste sin decir nada. Te preguntaste vagamente si la taza con la que había subido era una hielera o tenía algún mecanismo enfriador por dentro, ya que el hielo seguía intacto.

Seguías conteniendo la contracción en la zona de tu vientre, como él había dicho, ahí estaba apretado el deseo, no disminuía, incluso con el nuevo hielo en tu boca, creció más, pero no ibas a moverte, no podías.

o-x-o

Otra película entera terminó, de nuevo estaban los créditos en la pantalla.

Sentiste que Camus giró en la cama sobre su costado, enfrentándote.

—Mírame. —Su voz suave, un murmullo.

Tenías la mandíbula tensa, los hombros tensos, el cuerpo tenso, el corazón estrujado; giraste también sobre tu costado para verlo de frente.

—¿Cómo estás? —preguntó, su voz era muy suave, delicada.

Suspiraste.

—Me está consumiendo —admitiste—. Siento que está acabando conmigo. No tienes idea, Camus.

—¿Puedes aguantar unas horas más?

Se te hizo un nudo en la garganta, ¿era en serio?, ¿no escuchó lo que acabas de decir?, ¿cuánto tiempo iba a durar este martirio? Nunca te habías sentido tan vulnerable. Mordiste tu labio, pero no pudiste evitar que tus ojos se llenaran de humedad, la presión dentro de ti iba a estallar, no querías que fuera con lágrimas, pero te sentías tan… no sabías cómo describirlo, tan deteriorado.

Bajaste la mirada, no querías que él te viera llorar. Eran todas las sensaciones que tenías a flor de piel, era tenerlo a él cerca, era la espera, era la antelación, era lo que estabas sintiendo tan fuerte por alguien que acababas de conocer apenas el viernes, era la añoranza de lo que había sucedido en tu sala…

Negaste con la cabeza a su pregunta. Imploraste para que ninguna lágrima se deslizara por tus mejillas.

—Milo —pronunció tu nombre, pero no sonó a orden, sólo a un simple llamado, incluso había algo de preocupación en su voz.

Alzaste la mirada y él vio tus ojos, te perdías en el azul de esos ojos, veías un mundo ahí: era la belleza, elegancia y profundidad de su mirada la que te había atrapado desde el primer momento en que lo conociste.

—¿Todo bien? —preguntó.

No supiste qué responder a su pregunta, no estabas bien, nada bien. Negaste con la cabeza.

—¿Qué pasa?, ¿qué necesitas?

¿No era obvio? Necesitabas liberación, pero también lo necesitabas a él, pero esta vez no era sólo lo físico, le habías dado ayer todo y hoy esperabas volverte a sentir así, todo el día estuviste conteniendo tus ganas, pero era también algo más: no sólo lo sexual, también eran las ganas de abrazarlo, besarlo, protegerlo. Eras hombre, tenías la necesidad de… apoyar, mandar, proveer, salvaguardar, abrigar y se te había negado tan tajantemente, que estabas descontrolado, estabas en una zona desconocida. Sentías que lo necesitabas a él, pero no sólo en la cama, lo necesitabas a él en todos aspectos.

Tus ojos se humedecieron de nuevo. ¿Podías pedirle esas cosas?

Él no dijo nada, sólo giró y se levantó con un movimiento del colchón y rodeó la cama hasta quedar en la parte frontal del colchón. Tú giraste en la cama para estar de nuevo con la espalda sobre el colchón, viéndolo. Él se quedó ahí parado, al centro de la cama, mirándote.

Camus se quitó la playera con un movimiento, sin dejar de mirarte. Después desabrochó sus pantalones, y bajó su pantalón y su ropa interior al mismo tiempo.

Estabas paralizado en el colchón, sin poder moverte de la impresión, desde el día de ayer que habían empezado con esta… relación, había surgido la curiosidad de verlo de esta manera, pero te sorprendía que al fin decidiera presentarse así ante ti. Su cuerpo era más de lo que imaginabas, obviamente veías un cuerpo delgado cada que lo veías, pero no habías alcanzado a vislumbrar que tendría un cuerpo tan trabajado y fuerte. Cada músculo de su abdomen estaba definido, al igual que sus hombros y brazos; incluso sus piernas se veían torneadas. Una obra de arte, literal. ¿En qué parte del universo hacían humanos con este grado de perfección? Era ilógico que fuera él terrenal. Jamás ibas a ver a alguien más con los mismos ojos, los ibas a comparar con este semidios que estaba frente a ti.

—Querías verme… —dijo. Su tono de voz fue tan provocativo que tu cuerpo reaccionó de inmediato—. Quítate la ropa. —No podías soportar la sensualidad en su voz.

Estabas hipnotizado, todo lo demás se había ido a segundo plano, estabas listo para él, para seguir las órdenes, listo para lo que él quisiera hacer contigo. Retiraste toda tu ropa, descubriendo ante él tu erección; ojalá no fuera tan notorio su efecto sobre ti. Él te seguía mirando, no podías descifrar lo que decían sus facciones.

—Quiero que te masturbes —dijo.

Tus manos se cerraron en un puño involuntariamente, tomando la colcha de la cama. ¿Habías escuchado bien? ¿Te había pedido eso…? La orden viajó por tu mente, pero no lograbas aceptarla del todo. Quizá él notó tu duda.

—¿Quieres complacerme? —preguntó.

Sí, emanó la respuesta con furia de tus entrañas, pero no logró salir de tus labios. Claro que querías complacerlo, deseabas con locura hacerlo sentir bien. Camus agregó:

—Sólo enfócate en eso, no pienses más allá.

Era cierto, te estaba inundando la pena, el miedo, los prejuicios, pero no era eso lo que querías compartir con él. Querías despertar el mismo deseo que él te estaba generando. Enfocaste sus ojos y sin dejar de verlo, moviste tu mano derecha hacia tu abdomen y, con lentitud, descendió hasta tu erección.

La mirada de Camus fue directo hacia tu mano. Había algo muy erótico en sentir su mirada en ti, despertaba cada rincón de tu ser con algo parecido a la pasión. Tu mano empezó a subir y a bajar y tu respiración aumentó.

Dejaste de ver su rostro y viste su cuerpo desnudo frente a ti. Lo tenías frente a ti, viéndote, sentías su poder sobre ti, te ponía mal su presencia, te alteraba cada partícula. Ibas a llegar muy rápido. Seguías tocándote mientras lo mirabas. La velocidad de tu mano incrementó.

—Dime cuando estés por terminar —ordenó.

La misma petición del día de ayer. Tu mirada volvió a recorrer su cuerpo, pero en esta ocasión se detuvo en su erección. Fue violento, como entrar en un torbellino, todo tu cuerpo se prendió en llamas al verlo, al notar que sí tenías un efecto sobre él: Camus estaba excitado viéndote… era irreal.

Verlo te empujó al límite.

—Pronto —dijiste en voz baja.

Camus se movió de su posición y fue hacia ti. Se sentó en la cama y tomó tu erección con su mano. Fue demasiado: sentir sus dedos rodeándote, hicieron que terminaras al instante. Explotaste como pocas veces en tu vida, como él había dicho. La explosión te hizo gemir, fue fuerte, agresiva. El líquido blanco brotó por lo que se sintieron horas.

Cuando tu cuerpo dejó de tener espasmos, Camus se recostó en la cama y empujó tu cuerpo para que giraras y le dieras la espalda. Él se colocó detrás de ti. Escuchaste que se movió para abrir un cajón. Sacó lubricante y se untó un poco. Después entró lentamente a ti y cerraste los ojos.

Te llenaba con delicadeza, como si fueras a romperte, era exquisito. Después de tres minutos, sentiste su cuerpo tensarse y terminar dentro de ti.

o-x-o

—¿Mejor?

Asentiste con la cabeza, un poco mareado. Seguían acostados en la cama, aún respirando rápido. Sí te sentías mejor, tu cuerpo estaba relajado, pero había aún un sentimiento en tu pecho que seguía congestionado. No sabías qué hora era, las cuatro, las cinco…

Giraste la cabeza para verlo, él miraba hacia el techo, pero volteó cuando sintió tu mirada.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Era ahora o nunca, quizá sólo tenías que conformarte con recibir órdenes, pero… querías algo más. Giraste sobre tu costado y extendiste tu mano hacia su cintura, la descansaste ahí mientras mirabas sus ojos, esperando su reacción.

Él te miró un par de segundos, leyendo tus ojos, esperaste que tu toque le dejara sentir lo que pasaba dentro de ti, ¿no lo podía él sentir? Las ganas aterradoras de fundirte en él.

—Ven —susurró, extendió su mano también y te tomó del brazo, jalándote hacia él.

Te arrimaste al costado de su cuerpo, pegaste tu frente sobre su pómulo, tu estómago sobre su brazo, una de tus piernas subió un poco sobre su muslo, lo abrazaste de lado.

Suspiraste, sacando esa congestión que tenías en el pecho, expulsando todas las emociones del día de hoy. Estar con él era como estar en una montaña rusa, aunque justo en ese momento te sentiste en paz.

Cerraste los ojos, disfrutando la cercanía.

—¿Mejor? —Volvió a preguntar.

Asentiste con la cabeza, sí, esto era justo lo que necesitabas.

Estuvieron un buen rato en silencio, agradeciste que él no se moviera tampoco de la posición que compartían.

—Kiki hará un buen trabajo en tu departamento. —Camus rompió el silencio finalmente.

No abriste los ojos ni te moviste para contestar.

—Gracias por mandarlo.

—Le di instrucciones de qué hacer, hará un buen trabajo —comentó.

—¿Otro sumiso? —dijiste con humor.

Sentiste la sonrisa de Camus tocar tu piel.

—No tiene tanta suerte —respondió.

—¿Puedo preguntarte algo, Camus? —dijiste.

—Dime.

—¿Eres dueño del club al que fuimos hoy?

—No, sólo soy dueño de Gelum. Del club solamente soy socio distinguido. ¿Por?

—Curiosidad —respondiste aunque ya sabías que era el CEO de Gelum, te gustaba escucharlo hablar.

—¿Te gustó ir?

—Mucho. —Hiciste una pausa—. Sólo el momento de bañarnos, no.

Hizo un sonido de risa.

—Pero eso ya lo solucionamos.

Sonreíste. Vaya que lo habían solucionado. Volvió a reinar el silencio entre ambos, pero te sentías bien, tranquilo.

En la calidez de su cuerpo junto al tuyo, te quedaste dormido.

o-x-o

Cuando despertaste, tardaste unos segundos en ubicar en dónde estabas, después tus ojos se toparon con otro par de ojos azules. Camus había acercado a la cama una de las sillas de la esquina de la habitación y estaba sentado, observándote.

Te levantaste un poco, recargándote sobre tu codo.

—¿Qué hora es? —preguntaste.

—Las ocho —contestó.

Abriste los ojos en rudeza.

— ¿Por qué no me despertaste, Camus?, ¿cuánto tiempo llevas ahí?

—No mucho. ¿A qué hora te levantas para ir a trabajar?

— A las siete. —Trabajar, cierto, lo habías olvidado. Mañana regresabas al trabajo. —Lo había olvidado por completo.

Se levantó de la silla y fue por tu ropa que estaba sobre el borde de la cama. Te sentaste sobre la cama.

—Milo, le pedí a Marín que te prepara algo de comer para que puedas llevártelo. —Se sentó sobre la cama, tomó tu playera y se acercó a ti, te puso la playera sobre la cabeza, después tomó uno de tus brazos y lo pasó por la manga, vistiéndote como si fueras niño pequeño—. No quiero que te desveles o vayas cansado al trabajo, a prepararse y descansar para trabajar mañana.

Era domingo en la noche y quizá el también necesitaba organizarse para el trabajo. Tú le habías quitado todo el día a él y más quedándote dormido, incluso recordaste que él te había mandado el correo con las instrucciones a las 6:45 de la mañana, se había levantado muy temprano.

Te recorriste hacia el borde de la cama y te pusiste la ropa que faltaba.

—Esperaré las instrucciones —dijiste, poniéndote de pie al fin. Tomaste tu maleta del piso.

—Te acompaño a la puerta.

o-x-o

Marin había dejado otra canasta sobre el comedor, la cual Camus te dio cuando descendieron las escaleras. Caminaste hacia la salida.

—¿Puedo preguntarte algo más? —dijiste después de abrir la puerta.

—Dime.

—En la mañana por teléfono me dijiste que había cambiado tus planes… ¿qué ha cambiado?

Te miró y un suspiro abandonó sus labios.

—La enseñanza —contestó.

No entendías a qué se refería, pero presentiste que te diría una respuesta más elaborada cuando fuera adecuado, no querías presionar. Lo abrazaste como lo habías hecho ayer, lanzándote prácticamente a sus brazos y abrazándolo muy fuerte.

—Hasta mañana, señor Krest.

—Que descanse, señor Antares.

Besaste sus labios de despido.

Shura estaba ya esperándote.

o-x-o

No supiste cuánto tiempo estuvo Kiki en tu departamento, pero había hecho un trabajo formidable, todo estaba limpio. Fuiste a tu closet y no supiste cómo le hizo, pero tu ropa nueva estaba ya acomodada sobre y a un lado de la ropa vieja. Qué maravilla.

Tu celular vibró. Un mensaje.

'Le faltan más horas a mis días. Descansa. Hasta mañana.'

Su mensaje había sido muy diferente al de la noche anterior, sonaba pensativo. Te sorprendió lo que decía el mensaje: ¿le faltaban horas a su día para estar contigo?

Te quedaste mirando el celular, no sabías si estaba bien lo que ibas a hacer, pero el tono de su mensaje, te empujó a hacerlo. Marcaste su número. Contestó al segundo timbre.

—¿Hola?

—Hola, Camus. No quiero quitarte más el tiempo, sé que mañana trabajamos y hay que dormir.

—No te preocupes, no me quitas el tiempo.

—Sólo quería decirte… —Hiciste una pausa, dudando lo que ibas a decir, pero decidiendo que tenías que hacerlo —. Gracias por este fin de semana. Ha sido de los más intensos y mejores de mi vida, sin duda.

Hubo un largo momento de silencio.

—Gracias a ti —dijo suavemente.

Sonreíste.

—De nada, señor Krest. Buenas noches.

—Buenas noches.

Colgaste la llamada.

Regresaste al comedor, donde habías dejado la maleta y la canasta, para cenar lo que había cocinado Marín y dormir.

Soñaste con bicicletas, vapor y cuerpos etéreos.