Domus

-Someter-

Te despertó la alarma de tu despertador. Tallaste tus ojos y te quitaste las sábanas y cobijas de encima. Lunes. Día tres. Trabajabas medio día.

Tomaste tu celular del buró, ya había un mensaje en la bandeja de entrada.

'Buenos días.'

¿A qué hora mandaba esos mensajes? Revisaste y te lo había enviado a las 6:45 de nuevo. ¿Por qué se levantaba tan temprano? Ibas a seguir las instrucciones que te había dado: un mensaje diario al despertar, un aviso de lo que ibas a desayunar y un hielo cada hora.

Te levantaste y caminaste hacia tu cocina, abriste la nevera y comiste un hielo. Tuviste un flashback de lo que había pasado en tu sala y ayer en su recámara... tu cuerpo se sentía avivado con las imágenes, esperando que sucediera de nuevo, disfrutaste lo helado del hielo en tu boca.

'Buenos días, señor Krest. 7:02. Hielo en boca, listo.'

La respuesta llegó casi al instante:

'Muy bien. ¿Cómo dormiste?, ¿cómo estás?'

'Bien, gracias. Me siento bien. ¿Y mis instrucciones?'

Sí te sentías bien, ayer habías sufrido una mini crisis estando en su casa, pero al final, abrazarlo y dormir en su cama te había hecho bien. Te había reconfortado que él hubiera permitido que lo abrazaras y le demostraras algo del afecto monumental que ya sentías hacia él. Sentías que iban avanzando en buen camino. Estabas más que listo para enfrentar otro día, otras instrucciones.

'En un momento te las llevará Shura. Llega en una hora para llevarte al trabajo.'

¿Shura iba a llevarte al trabajo? Tú podías hacerlo, te daba pena molestar tanto a Shura. Si tú fueras él, ya te odiarías, estar transportando al nuevo amiguito de tu jefe a todos lados seguramente era un fastidio.

Respondiste:

'No es necesario que Shura me lleve, en serio.'

Esperaste que te respondiera con un: no es pregunta, hazlo, pero la respuesta fue distinta:

'De todas maneras tiene que ir a darte las instrucciones.'

Mhn, cierto. ¿Y por qué no te las escaneaba o mandaba por correo electrónico? Ibas a poner eso en un mensaje, pero decidiste no hacerlo, no querías contrariarlo más. Si ya había decidido que Shura viniera, estaba bien, te convenía.

'Entonces aquí lo espero. Voy a desayunar un pan tostado y huevo.'

Ahora sí estabas cumpliendo las instrucciones, te sentías orgulloso de ti mismo. Empezaste a moverte por tu cocina para preparar el desayuno.

'Falta la verdura o fruta, señor Antares.'

Sonreíste, amabas que te dijera señor Antares, era su pequeño juego, te gustaba. Él había dicho que también le gustaba que lo llamaras señor Krest.

'¿Un jugo de naranja está bien para mi desayuno?'

'Excelente.'

o-x-o

Justo cuando estabas saliendo de bañar, sonó el timbre de tu departamento. El portero seguramente había dejado subir a Shura. Te pusiste una bata de baño y fuiste a la puerta.

—Buenos días, señor Antares —dijo Shura, contento.

—Hola, Shura, pasa, llegaste antes de lo que esperaba.

—De hecho, el señor Krest me pidió que le entregara esto y lo esperara abajo. —Te ofreció una caja de cartón pequeña.

No ibas a dejar esperándolo abajo.

—No, no. Pasa.

Shura dudó qué hacer y finalmente pasó a tu departamento. Lo guiaste hacia la sala y le diste el control de la televisión.

—No tardaré en estar listo. Gracias, Shura.

—A usted, señor Milo.

o-x-o

Fuiste a tu recámara y abriste la caja de cartón, sacaste primero una hoja de papel que venía dentro de un sobre amarillo. Era una carta escrita a mano, ¿a qué hora había escrito esto? Camus tenía una letra muy linda… sí, eras cursi y qué.

Estimado Milo:

Para el día tres, éstas son las indicaciones:

1. Usarás el pantalón caqui y el suéter de manga larga color rojo que compramos. Si el vestuario no cumple con las reglas laborales del lugar donde trabajas, modifícalo para que no tengas problemas.

2. Avísame cuando llegues a tu trabajo.

3. Un hielo cada hora. NO LO OLVIDES.

4. En esta caja encontrarás una hielera para que puedas llevarte varios hielos al trabajo.

5. En el sobre pequeño, está la tarjeta especificada en el contrato, para que la uses para gastos personales o lo que necesites. No tiene límite de crédito.

Buen día.

Camus

¿Eso era todo? El día empezaba tranquilo.

Sacaste la hielera de la caja, que medía unos 20 por 15 cm, de forma rectangular, donde bien cabía un vaso, y se podía conectar a la corriente eléctrica. Después sacaste la tarjeta de crédito y la pusiste en tu cartera; obviamente, no pensabas usarla, pero la llevarías contigo por cualquier emergencia. Y finalmente, abriste un refractario, del cual no habías leído ninguna indicación: tenía cinco galletas con chispas de chocolate dentro. Tus galletas, las famosas galletas de chocolate que le habías recomendado al conocerlo.

Tu sonrisa era enorme. Tomaste de nuevo tu celular y escribiste:

'¡Galletas! Bonita sorpresa. Gracias.'

Sin embargo, no recibiste respuesta de inmediato, así que continuaste arreglándote para irte.

o-x-o

Le diste la dirección de tu trabajo a Shura, te dijo que sí conocía el lugar, así que sin más indicaciones, arrancaron.

Al ir avanzado por las calles, notaste las casas decoradas con adornos navideños. Con lo que había pasado este fin de semana, habías olvidado por completo que estaban en plena época navideña y que, de hecho, hoy era Noche Buena. Los días anteriores no habías prestado atención a tu alrededor, a que hoy era Noche Buena y mañana, Navidad.

—Shura, ¿puedo preguntarte algo?

Shura bajó un poco el volumen del radio, que llenaba el interior del coche.

—Por supuesto, señor Milo.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para Camus?

Shura miraba atento el camino, pero al responderte, te observaba por el retrovisor.

—Tres años aproximadamente.

—¿Y cómo acostumbran celebrar Navidad?

—El señor Krest nos da permiso de retirarnos el día de hoy a las tres de la tarde y nos da el día libre mañana. Yo voy a casa de mis padres, pero… según yo, el señor Krest no celebra la Navidad.

—¿Cómo?, ¿no viene su familia a verlo?, ¿sus amigos?

—El señor Krest es muy reservado, pero ayer en la noche Marín le preguntó para cuántas personas prepararía la cena de Navidad, pero escuché al señor Krest decirle a Marín que él no festeja estas fechas. Marín le preguntó que si nunca festejaba, y el señor Krest le dijo que no. Yo en estos tres años no he sabido de ninguna reunión familiar en Navidad.

Dato curioso. ¿Por qué? Tendrías que preguntarle a Camus. Seguiste platicando con Shura sobre su familia y cómo festejaba él el día de Navidad.

o-x-o

Le diste las gracias a Shura, no sin antes preguntarle si sabía cómo regresar, a lo que contestó que sí sabía el camino de vuelta. Entraste a tu lugar de trabajo e inmediatamente sacaste tu celular.

'Ya en el trabajo. No puedo dejar de pensar en ti.'

Era cierto, tenías destellos mentales de lo que había sucedido desde el tren, tu casa, los mensajes, su casa, las bicicletas, los mensajes, no podías sacarlo de tu cabeza.

Te sentaste en tu lugar de trabajo y acomodaste tus cosas. Llevabas en una bolsa la hielera, antes de salir de casa habías llenado un vaso con diez hielos más o menos y lo habías puesto dentro de la hielera, esperabas que no estuvieran deshechos todos y, efectivamente, seguían vivos unos seis hielos. Conectaste la hielera a la corriente.

Comiste un hielo en lugar de tu respectivo café de las mañanas. Cerraste un momento tus ojos, disfrutando su sensación que cada vez te era más familiar. Jamás podrías deshacer esta nueva conexión: ahora cada vez que comías un hielo, estaba sin remedio la imagen de Camus en tu mente.

o-x-o

Eran casi las diez de la mañana cuando por fin sonó tu celular, una llamada, gracias a todos los cielos.

—¿Hola?

—Lo siento, tuve que atender una emergencia. Hay un problema grave en el trabajo.

Su voz, su voz fina del otro lado de la línea. Qué bueno que todo estaba bien, ya estabas preocupado, no habías dejado de mirar el reloj, preguntándote si se encontraba bien.

—No te preocupes, Camus, lo importante es que estás bien. —No podías hablar muy fuerte, tenías compañeros alrededor y no querías que escucharan tu conversación. Era extraño que alguien te marcara al trabajo, seguro estarían tratando de escuchar lo que decías.

—Tengo que entrar a otro junta, pero ya no podía más, Milo. —Se escuchaba frustrado, cansado—. Tenía que escucharte.

Tu respiración se cortó, así que él también había estado pensado en ti, ¿te extrañaba? Respondiste:

—Entiendo. Espero todo se resuelva… gracias por marcar.

—Estaré atento al teléfono, la siguiente junta es menos intensa, te escribiré mensajes.

Sonreíste, mucho, sí, querías estar mensajeándote con él, ¿no podían entender eso en Gelum por todos los dioses?

—Perfecto.

—Estamos en contacto, señor Antares.

—Hasta luego, señor Krest.

o-x-o

El primer mensaje vino a los quince minutos.

'¿Te llevaste la hielera?'

Miraste la hielera conectada y sonreíste.

'La tengo aquí frente a mí, conectada y enfriando. Gracias por las galletas, en serio. Estoy por comer la primera, qué delicia. Gracias.'

Su mensaje tardó unos cinco minutos en llegar:

'Dile a tu estómago que de nada. ¿A qué hora sales?'

'A la una. ¿Cuáles son las siguientes instrucciones?, ¿cómo vamos a festejar Noche Buena?'

Tenías que preguntarle directamente si celebraba este día o no, estabas dando por hecho que ibas a pasar el día completo con él, así que tenías que saber qué plan maléfico tenía entre manos.

'No acostumbro celebrar Navidad.'

Así que Shura estaba en lo correcto. Escribiste:

'¿Por qué, Grinch?'

'Ja. No es lo mío.'

¿Cómo podía ser que no celebrara Navidad? Todos festejaban Noche Buena y Navidad.

'Quisiera que no pasara desapercibido. Vamos, festejemos.' Presionaste el botón de Enviar.

'¿Cómo quieres festejar?'

Al menos no te había dicho un rotundo no. Una idea llegó a tu cabeza. Tecleaste:

'Déjalo en mis manos. Yo me encargaré de todo.'

Tardó en llegar una respuesta como diez minutos. Leíste:

'Tendrías que decirme qué vamos a hacer para preparar las cosas.'

'No te preocupes. Aparte tienes mucho trabajo, déjalo en mis manos.'

Sabías que ésa era un arma que estaba a tu favor, él tenía que resolver su problema en el trabajo, no podía decirte que no. Llegó otro mensaje:

'Pero ¿qué tienes planeado?, ¿qué tengo que hacer?'

'Nada. Sólo necesito su presencia en mi casa, señor Krest.'

'No creo salir temprano, estos imbéciles cometieron un error y estamos reparando el problema a marchas forzadas.'

Mejor para ti, así tendrías tiempo de preparar todo. Tecleaste de nuevo:

'A la hora que salgas está bien.'

Otros quince minutos en que te respondiera.

'¿Necesitas que Shura te ayude? También está Kiki o Marin. Ya tienes la tarjeta, úsala.'

'No, gracias. Me dijo Shura que los ibas a dejar salir a las tres, mejor dales el día libre desde este momento, yo me encargo.'

Leíste su respuesta:

'Se está poniendo muy mandón, señor Antares.'

Reíste en voz alta y tus compañeros te voltearon a ver, limpiaste tu garganta, poniéndote serio otra vez. Respondiste:

'Jaja. Aprendí del mejor.'

'Está bien… adelante. Avísame cuando llegues a tu casa.'

Una batalla ganada, al fin. Tomaste tu galleta de chocolate y le diste la primera mordida con alegría.

o-x-o

Saliste de tu trabajo a la una de la tarde y fuiste a una gran tienda en el centro a conseguir todo lo que necesitabas para tu plan. Por ser Noche Buena, la tienda estaba llena de gente, tardaste unas dos horas en salir.

Al llegar a tu casa, le mandaste un mensaje avisándole que ya estabas en casa, te pusiste a preparar todo, no sin antes comer otro hielo de la nevera.

o-x-o

A las 3:30, tu celular vibró.

'Instrucciones en tu correo.'

Dejaste los utensilios que estabas utilizando en la cocina y fuiste hacia tu computadora.

De: Camus Krest [mailto:ckrest[arroba]gelum[punto]com]

Enviado el: lunes, 24 de diciembre de 2012 15:28

Para: Milo Antares [mailto:milo08[arroba] ]

Asunto: Más instrucciones

Estimado Milo:

Como estoy en medio de una teleconferencia, no puedo marcarte, pero tengo nuevas instrucciones para ti.

1. Quiero que marques a mi celular, no podré hablarte después de contestar, pero dejaré la línea abierta para escucharte.

2. Quiero que te masturbes. Quiero escucharte por el teléfono. Tengo el auricular inalámbrico en el oído, nadie podrá escuchar lo que digas o hagas.

3. Punto muy importante: NO quiero que termines por ningún motivo, ¿queda claro?

Saludos.

Camus Krest

CEO Gelum Inc.

Sacaste aire de tus pulmones cuando terminaste de leer su correo. Estaba él en una junta importante y quería escucharte. Antes cuestionabas cada una de sus instrucciones, ahora no querías cuestionar, más bien pensaste en… complacerlo. ¿Eso necesitaba él para sentirse bien? Ibas a dárselo. Si es que tú tenías ese poder, ¿por qué no hacerlo? Pensaste entonces en que él te daba instrucciones, pero hacerlas o no era tu decisión, así que a final de cuentas quien tenía el control eras tú.

Dejaste por completo las actividades de la cocina, sólo regresaste para poner cinco hielos en un vaso, fuiste al baño a lavarte las manos y después a tu recámara.

o-x-o

Marcaste su número telefónico, ya estabas recostado en la cama, el vaso con hielos sobre el buró. El timbre de tono del teléfono sonó dos veces, antes de que escucharas su voz del otro lado de la línea:

—Krest.

Escuchabas a lo lejos una voz, alguien hablando, seguramente la persona que estaba dirigiendo la reunión o la junta. ¿Cuánta gente habría con él?

—Reportándome a su llamado, señor Krest —dijiste.

Él ya no te contestó, pero seguías escuchando la voz lejana de alguien, te había dicho que no iba a poder hablar, pero que tampoco iba a colgar.

No sabías bien cómo comenzar con lo que te había pedido, así que hiciste lo que tu sentido común te indicó: con tu mano izquierda sostuviste el teléfono cerca de tu oído y la derecha la dejaste libre para realizar movimientos.

Tomaste un hielo del buró y lo comiste. Cerraste los ojos, enseguida se desencadenó en la nubosidad de tu mente las imágenes de Camus y tú de los días anteriores. Inmediatamente tu cuerpo despertó al deseo.

Empezaste a tocarte.

Tu respiración empezó a aumentar la velocidad, seguramente él podía oír lo agitado de tu respiración. Se sentía bien el toque de tu mano. En cinco minutos ya estabas completamente erecto. Seguías escuchando la voz a lo lejos, Camus estaba en una reunión escuchándote, jamás habías hecho algo como esto, se sentía prohibido, ¿estaría él excitado?

Recordaste la imagen de su cuerpo del día de ayer, cómo estaba observándote y tú habías podido ver el efecto que tenías sobre él. Tu mano viajó de arriba a abajo más rápido.

Continuaste otros cinco minutos y empezaste a sentir la tensión en tu cuerpo, no iba a faltar mucho. No pudiste evitar que un gemido abandonara tus labios.

—Es suficiente —dijo Camus por el teléfono en voz baja.

Su voz te sacó del trance y detuviste tu mano de inmediato. Te había dicho que no terminaras… cierto. Sacaste aire por la boca para intentar calmar tu respiración. Abriste los ojos.

—Me detuve —le informaste.

—Bien. Debo irme —dijo y cortó la llamada.

Tomaste una enorme bocanada de aire, tratando de recuperarte y componer tu cuerpo y tu mente. ¿Sabrían en la junta lo que había estado haciendo su jefe estos últimos diez minutos?, ¿tenían idea de lo que le gustaba hacer al director en privado para empezar?

Tu celular vibró, un mensaje de texto:

'Señor Antares, me ha dejado… conmocionado. No puedo esperar para verlo.'

Sonreíste. Te gustaba complacerlo, alterarlo, excitarlo.

Misión cumplida.

o-x-o

Una hora y media más tarde, habías terminado las actividades pendientes. Habías pensando mucho en este tiempo que no habías sabido nada de Camus ya que no te mandó otro mensaje. Te sentías en un estado de… dicha, que no podías describir. Habías cumplido sus indicaciones al pie de la letra, como a él le gustaba, y te sentías bien. Hasta te podía poner una estrellita en la frente de lo bien que habías cumplido sus órdenes.

Confiabas absolutamente en que lo que te pedía tenía una razón de ser, te habías puesto en sus manos y había resultado una experiencia buena para ti al final del día. Eso sin mencionar que con las cosas que te pedía, tú también lo complacías a él. Era un buen ciclo, un buen equipo. ¿Cuál sería la prueba más difícil de este proceso? Porque justo en ese momento sentiste que eras capaz de cumplir cualquier cosa que él te pidiera.

Tu celular empezó a sonar.

—¿Hola?

—Señor Antares, las juntas del infierno terminaron por hoy. Voy hacia su casa.

Benditos dioses, estuviste a punto de decir, pero la avasalladora sonrisa en tus labios no te lo permitió.

—Aquí te espero.

—¿Qué llevo? —preguntó.

—Nada. Todo está listo.

Era cierto, tenías todo bajo control.

—Nos vemos en veinte.

—Sí, adiós.

—Adiós.

Irradiabas emoción, al fin ibas a poder verlo. Recordaste otra vez cómo lo habías abrazado ayer en su casa cuando te pusiste mal, él te dejó abrazarlo por un largo rato. Querías verlo ya y poder abrazarlo de nuevo, sentir su calidez, ver sus ojos… en verdad, harías cualquier cosa por este chico.

o-x-o

La puerta de tu departamento sonó: Camus había llegado. Saliste de la cocina y caminaste hacia la puerta. Abriste.

—Hola. —Sonreías, sí, como un niño pequeño en una dulcería. Camus se veía espectacular. Estaba vestido con un traje azul y corbata del mismo color, la corbata había sido removida un poco en el área del nudo, te lo imaginaste saliendo del trabajo y deshaciendo la corbata para descansar. Atuendo laboral. Así lo habías conocido en el tren, vestido formalmente. Te ibas a derretir, no podías soportar lo bien parecido que era.

Otra sonrisa te recibió.

—Hola. —Se acercó y dejó un beso en tus labios—. Disculpa la tardanza.

—No te preocupes. —No ibas a poder aguantarte, generalmente lo abrazabas al despedirte, pero era demasiado profundo el sentimiento en tu pecho, diste un paso y lo abrazaste unos diez segundos—. Pasa. —Te moviste a un lado para dejarlo entrar.

Sin embargo, Camus se quedó estupefacto en la puerta. Habías adornado todo tu departamento con detalles navideños: compraste flores de noche buena, un mantel rojo con estampado de esferas para la mesa, habías puesto un árbol de Navidad pequeño entre la sala y el comedor, incluso había regalos debajo del árbol, pusiste velas rojas y doradas por distintos lugares, sí se veía muy navideño tu departamento.

—¿Y esto? —preguntó.

—Decoré un poco para sentir el espíritu navideño, espero te guste.

Camus pasó finalmente a tu departamento, su rostro incrédulo. Fueron hacia la sala y tomaron asiento.

—Muy… festivo —opinó, impresionado.

—Algo —respondiste—. ¿Tuviste un día pesado? —preguntaste, empezando la conversación.

—Demasiado. Estoy tan… cansado. No me gusta despedir gente, pero a veces es necesario. —Recargó su cabeza hacia atrás en el respaldo del sillón, mirando al techo.

Podías percibir el cansancio en su voz, en su postura. Te había dicho que había un problema grande en la empresa, seguramente tuvo que despedir a los responsables del incidente.

—¿Qué necesitas? —preguntaste. La pregunta que él te había dicho estos días cuando tú te habías sentido mal. ¿No eran así las cosas? Él te daba lo que necesitabas para sentirte bien, querías corresponder.

Camus dejó de observar el techo y giró su cabeza para mirarte, se quedó en silencio un momento. Respondió:

—Verte. Necesitaba verte como no te imaginas. Me urgía llegar aquí.

Trataste de no sonreír mucho, pero era imposible después de escuchar esas palabras.

—¿Quieres descansar un rato, comer, abrir tus regalos, ver tele, dormir?, ¿qué necesitas?

—¿Cuáles regalos? —preguntó, alzando una ceja.

—Santa vino temprano, antes de hacer las entregas a todos los niños.

—Milo… —dijo en advertencia.

—A pesar de que eres un niño travieso, eres un niño bueno, así que Santa te trajo unas cosas.

Camus sonrió, amabas verlo sonreír. Con esa señal te levantaste del sillón y fuiste al árbol para traer los regalos que le habías comprado, eran tres cajas. Se las entregaste y te sentaste a un lado de él.

—Feliz Noche Buena, Camus.

Camus abrió las cajas que le entregaste: en la primera venía un recetario con más de cincuenta recetas distintas de galletas, a lo que Camus comentó que le daría el libro a Marín para que le prepara de inmediato cinco recetas que vio al hojear rápido el libro; en la segunda caja venía un casco de protección para usar con la bicicleta, le explicaste que ayer que fueron al club deportivo, les habían prestado todo el equipo, así que pensaste que era buena idea que Camus tuviera su casco personal y no el de uso común; la tercera caja eran charolas para hacer hielo en forma de corazones, a lo cual Camus rió al verlas, te dio mucha alegría, le comentaste que tú eras el que comía los hielos a cada hora para recordarlo a él, pero querías que él tuviera en su casa unos hielos que le recordaran a ti.

—Milo, en serio, no tenías que hacer esto —dijo, su sonrisa era deslumbrante.

Te sentías igual de contento, no podías comprarle muchas cosas a un millonario, así que te fuiste más por el detalle y el significado de las cosas, qué alivio que le hubieran gustado.

—¿Mejor? —le preguntaste, usando otra de sus frases típicas.

Asintió con la cabeza.

—¿Tienes hambre? —dijiste.

—¿Tú ya comiste? —Negaste con la cabeza—. Yo tampoco he comido nada.

—Entonces vamos, comamos.

Cualquier cosa para que Camus estuviera bien.

o-x-o

—Jamás pensé que harías pavo. —Camus estaba atónito.

Ya estaban sentados cada quien en su lugar en la mesa. Él frente a ti.

—Puse receta de navidad exprés en internet y me salió este menú: medallones de pavo y ensalada frutal. En realidad no fue nada complicado —explicaste.

—Delicioso. —Camus comentó al probar el primer bocado.

—Es un placer complacerte —respondiste en automático y la frase quedó volando en el aire entre ustedes.

Era cierto, todo este asunto de ser dominado y obedecerlo se había resumido a encontrar el gusto en seguir sus órdenes, en seguir pasos para lograr su satisfacción, incluso esta cena que habías preparado y el adornar el departamento habían sido para lograr que él se sintiera bien, contento.

Camus también reflexionó en tus palabras porque comentó:

—¿Un placer?

—Sí —respondiste sin dudar. Comer hielos, verlo, alimentarte bien, sus mensajes, todo, todo en general era un placer. En este punto de la relación, cualquier cosa que él te pidiera, ibas a hacerla.

Los dos se quedaron en silencio y siguieron comiendo, cada quien pensando en sus propias cuestiones.

Casi al terminar de comer, decidiste darle voz a la idea que había estado rondando tu cabeza todo el día. Querías comentarlo con él y ver qué decía.

—¿Puedo preguntarte algo, Camus?

—Dime.

Dejaste tus cubiertos sobre la mesa y dijiste:

—¿Qué pasaría si nos saltamos al séptimo día? Sé que el contrato no es negociable, pero… hoy siento que estoy listo para hacer cualquier cosa que me pidas, cualquiera.

Camus dejó de comer también, dejando los cubiertos.

—¿A qué te refieres exactamente?

—Me refiero a que siento que podríamos ir directamente al séptimo día y podría cumplir con lo que me pidieras. Hemos avanzado en la relación, he encontrado, como te decía, un placer… inigualable en realizar las indicaciones. Hoy me desperté contento y con emoción de leer tu correo. No sentí ningún conflicto interno en cumplir tus órdenes.

Camus se quedó en silencio, pensando en tus palabras y contestó:

—No creo que sea buena idea, Milo.

—¿Por qué?

—Es un proceso.

—Pero estoy listo, ponme a prueba.

—No.

—¿Por qué no, Camus? —insististe.

—Son mis reglas, no las tuyas. Y menos después de esto… —señaló alrededor.

—¿De qué?

—Milo, preparaste todo esto para mí, creaste una fiesta navideña en dos o tres horas, nadie lo había hecho antes por mí… compraste un árbol de navidad, cocinaste pavo…

Lo interrumpiste:

—Haría cualquier cosa para complacerte, estoy seguro. Tú me estás poniendo a prueba constantemente, confía en que puedo realizar cualquier orden que me des.

A Camus no le estaba gustando esta conversación ni tus palabras. No querías hacerlo enfadar, no era la intención de esta plática, pero no entendías su negatividad al respecto. ¿No sentía él que estabas cumpliendo?, ¿no sentía tu entrega a partir de que lo habías conocido?, ¿no eras suficiente para él?

—¿Y si no acepto? —preguntó.

Estabas confundido. ¿Por qué su actitud cambió de pronto?, ¿cuál era la prueba del séptimo día que no podrías cumplir?, ¿no te creía capaz? Miraste sus ojos y tu corazón se cubrió de decepción. No estabas siendo la persona que él quería. Contestaste, pero tu tono fue apagado, de desilusión:

— Si no aceptas mi propuesta, es porque después de tres días no confías en mí, así que no hemos avanzado nada, estamos perdiendo los dos el tiempo y claramente me dijiste que no querías perder el tiempo conmigo. Esta relación seguramente no va a funcionar.

Camus suspiró. Tardó varios minutos en contestar:

—¿Quieres el séptimo día? —Te miraba intensamente.

—Sí. —No ibas a vacilar en tus respuestas.

—Bien. ¿Estás listo? —preguntó.

—Sí.

—Vamos a tu recámara —ordenó. Al levantarse, tomó la copa donde le habías servido agua y la llevó consigo.

o-x-o

Al entrar a tu recámara, no encendió la luz, la única luz era la proveniente de la ventana en la pared, ya era de noche afuera, no sabías si eran las siete o un poco más tarde. Cerró la puerta de tu recámara detrás de él y colocó la copa con agua en el piso, cerca de la puerta.

—Quítate la ropa.

Lo habías hecho antes, ya no te incomodaba esa orden. Quitaste tu playera roja y tu pantalón caqui sin problema, después tu ropa interior.

—Listo —dijiste.

—Arrodíllate —ordenó.

Tomaste aire en una inhalación rápida, su instrucción te asustó. ¿Arrodillarte ante él? Jamás te habías arrodillado ante nadie, era un signo de… sumisión que no pensaste que te pediría en ningún momento, de hecho. Recordaste las palabras del contrato donde se hablaba de un amo y un sumiso, tú eras el sumiso, cierto, pero en estos tres días no te habías puesto la etiqueta de sumiso como tal, obedecías sus órdenes, sí, pero no sentías que estuvieras doblegándote ante él.

Sostuviste tu mirada. ¿Qué placer podría traerle a él verte de rodillas?, ¿sí era placentero para él dominarte de esta manera?, ¿ibas a poder arrodillarte ante él?

Sacaste aire de tus pulmones lentamente. Le habías dicho que te pusiera la prueba más difícil y, vaya, era realmente difícil lo que te había pedido, en verdad que sí, pero podías hacerlo, ¿cierto? Le habías dicho que confiara en ti, no ibas a fallarle.

Con lentitud, inclinaste tu cuerpo hacia adelante y bajaste una rodilla al piso, después la siguiente.

Los ojos de Camus se oscurecieron, notaste que apretaba la mandíbula. Agregó:

—Las dos rodillas al piso, cabeza hacia abajo, manos por detrás de tu espalda.

Ya tenías las rodillas en el piso, recargaste la parte posterior de tus muslos sobre tus talones, llevaste tus manos detrás de tu cuerpo y… dejando de mirarlo, bajaste la cabeza.

Veías sólo la punta de sus zapatos frente a ti. Sentiste que se movió y tomó la copa que estaba cerca de la puerta, regresó hacia donde tú estabas y se puso de cuclillas frente a ti. No veías su rostro, pero ya tenías en tu campo de visión sus piernas, su torso y su cuello.

—¿Puedes con esto? —preguntó, su voz rasposa.

Tu corazón latía en tus oídos, tus manos empezaron a sudar, sentías un nudo en la garganta. Te sentías tan extraño: nunca habías estado en una posición tan vulnerable ante nadie. Mordiste tu labio, no ibas a rendirte, no ahora.

—Si es lo que necesitas, puedo hacerlo. —Tu voz fue baja, pero firme.

—Abre las piernas —indicó, su voz suave, casi tierna, un contraste con la escena tan ruda que estaban viviendo.

Abriste el ángulo de tus piernas, formando un triángulo más amplio.

Remojó su mano derecha en la copa de agua. Él tomó tu miembro en su mano y empezó a moverla de arriba a abajo.

Cerraste los ojos. ¿Qué pretendía?, ¿que acabaras en esta posición?, ¿eso lo excitaba? Ibas a dárselo. Una sensación de incredulidad y coraje te invadió. ¿Quería esto? Se lo ibas a dar. Tu cuerpo reaccionó sin problema al estímulo, en unos minutos ya estabas erecto.

—Dime cuando estés a punto de terminar. —La instrucción de estos días volvía a entrar por tus oídos.

No ibas a tardar mucho. Se acumuló el deseo en tu vientre con lo que ya había sucedido hacía unas horas cuando te dijo que le hablaras al trabajo. Pasaron otros minutos y te sentiste al borde, ya estabas llegando…

—Pronto —advertiste, tu respiración estaba agitada, tu cabeza seguía mirando el piso.

Y Camus te soltó.

Tu corazón latía rápidamente sobre tu pecho, ¿por qué se había detenido?, ¿por qué te soltaba?

Él se levantó de la posición en la que estaba, viste sus pies moverse y se sentó sobre el borde de tu cama, quedando a unos centímetros de distancia de ti. ¿No iba a decirte nada?, ¿por qué no te había dejado terminar?

—¿Qué pasa? —preguntaste.

—No hables. —Su voz era suave, muy suave, no sonaba a una orden, era una simple petición, incluso rastreaste un poco de tristeza en sus palabras, ¿por qué?—. Haremos esto toda la noche, prepárate.

No podías hablar. Trataste de calmar tu respiración, tu cuerpo. Estabas muy confundido.

Pasaron dos minutos de silencio, querías alzar la cabeza y verlo, pero no podías, no te había dado la instrucción. Tu erección desapareció con la frustración que sentías en el pecho.

Él se levantó de la cama y volvió a ponerse de cuclillas frente a ti. Remojó su mano en el agua y volvió a tomarte en su mano. El proceso empezó otra vez. Sí, iba a volver a hacerte lo mismo… ¿o sería distinto en esta ocasión?

—Avísame cuando estés por terminar. —De nuevo la misma instrucción.

Esta vez tardaste más tiempo en llegar al límite, tu cuerpo seguía respondiendo a su toque.

—Pronto —repetiste.

Y volvió a soltarte.

Mordiste tu labio. ¿Ibas a poder con esto toda la noche?, ¿en verdad ibas a poder? Camus se levantó y se sentó en la cama otra vez. No ibas a poder con esto. Te empezaste a sentir mal, frustrado, usado… no ibas a lograrlo. De inmediato tu erección perdió su fuerza.

No ibas a poder con esta prueba. Te dolían las rodillas, la espalda, el alma.

Al notar tu repentina flacidez, regresó hacia la misma posición frente a ti. Remojó su mano y te tomó entre sus dedos. El movimiento de su mano era rápido, pero esta vez tardaste bastante tiempo en lograr una erección, por lo que volvió a mojar su mano y retomó sus movimientos.

—Avísame —indicó.

Tu cuerpo seguía respondiendo a pesar de que tu corazón estaba desconectado de lo que estaba sucediendo. Sentiste la contracción de nuevo debajo de tu ombligo, estabas cerca.

—Camus… —Apenas pudiste pronunciar su nombre, avisándole, suplicándole, no sabías cuál de las dos.

Te soltó, se levantó y se sentó en la cama.

No podías más.

Ibas a perderlo, no volverías a verlo jamás… el pensamiento te atravesó como un rayo las entrañas, te cubrió una capa de desolación de pies a cabeza. Tus ojos se llenaron de lágrimas como ayer, pero esta vez llegaron con fuerza a tus pupilas y no fuiste capaz de evitar que descendieran por tus mejillas.

Él se puso de cuclillas de nuevo frente a ti y quizá fueron tus lágrimas que pudo percibir en la obscuridad pero, esta ocasión, tomó tu brazo derecho y te jaló hacia arriba, levantándote del piso con él. Con el mismo brazo que te tenía sujetado, te empujó con suavidad hacia atrás hasta que tus piernas tocaron el borde de la cama y te sentaste sobre el colchón.

—Debo irme —susurró, apenas pudiste escucharlo, ¿estaba llorando? No estabas seguro, pero su voz había sonado… rota.

Escuchar sus palabras te dolió físicamente, un dolor intenso en el pecho.

Seguías con tus manos detrás de tu cuerpo y tu cabeza ligeramente hacia abajo, mirando el piso. No tenías el valor de mirarlo a los ojos.

No hubo beso de despedida, ni abrazo… ni más palabras. Él salió de tu habitación y se marchó.

…no lo volverías a ver nunca.

o-x-o

Esa noche no recibiste ningún mensaje de su parte como los otros días, no sabías si había llegado bien a su casa.

Esa noche no soñaste nada, de hecho, las lágrimas no te dejaron dormir.