Domus 7
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Amanecer, el sol estaba despertando al horizonte, había empezado un nuevo día. ¿El día cuatro? No, ya no era el día cuatro. Todo se había arruinado ayer en la noche. Sentiste el impulso de revisar de nuevo tu celular. En el transcurso de la madrugada estuviste revisando la pantalla constantemente, esperando recibir un mensaje, una señal de él, pero nada llegó.
También tenías el impulso de ver el reloj y mandarle un mensaje indicándole la hora que era, como él te había pedido en las instrucciones. Cerraste los ojos con rudeza cuando el impulso de comer un hielo sacudió tu cuerpo; necesitabas un hielo, lo necesitabas físicamente, extrañabas con demencia la sensación helada en tu boca, lo que ese hielo te hacía sentir.
¿Cómo ibas a luchar contra todos estos impulsos ahora?, ¿qué ibas a hacer sin él en tu vida?
Lo habías perdido por una táctica estúpida de tu parte, por exigirle que te pusiera a prueba, y habías fallado la prueba miserablemente. En la noche, cuando estuviste a punto de marcarle y decirle que te diera otra oportunidad, te detuviste, porque la realidad era que no sabías si podías soportar esa prueba de nuevo. ¿Para qué quería él tenerte de rodillas?, ¿por qué no te dejaba terminar?, ¿por qué el sufrimiento y la crueldad?, ¿querrías someterte a esa prueba otra vez hoy o algún otro día?
La verdad era que no querías y él no iba a aceptarte si no cumplías lo que decía el contrato.
Pero entonces… no ibas a ver esos ojos de nuevo… era tan difícil no llorar.
¿Qué quedaba de ti después de esta experiencia?, ¿qué quedaba de ti después de él?, ¿cómo demonios ibas a superarlo, a olvidarlo? Te sentías perdido, necesitabas que te mandara instrucciones de qué hacer, de qué sentir, de cómo continuar tu vida.
Ni siquiera se había despedido de ti.
¿Por qué tenían que ser así las cosas?, ¿por qué te había pedido eso?, ¿por qué? Sólo por una última ocasión, en medio de este relajo, tenías que hablar con él y preguntarle el por qué.
Por primera vez desde que él se había ido, agarraste valor, tomaste tu celular y marcaste su número.
…te mandó directamente al buzón. Había apagado su celular para no hablar contigo.
Estabas deshecho. Rascaste tu frente con furia. ¿Para él era tan fácil?, ¿habías sido otro más en su lista de sumisos del cual se aburrió? Te había dicho al principio que no había querido renovar el contrato de ningún sumiso, ¿eras otro más para sumar a la cuenta?
Estabas enojado, con él, contigo, por caer en este juego, por entregar todo desde el maldito primer segundo. Te había parecido lógico su argumento de entregarse por completo desde el inicio y ahora aquí estabas, sintiéndote nada, con un vacío interior que no sabías si podría repararse en algún momento.
Querías verlo y reclamarle, decirle que tú le habías dicho que tenías miedo de que te dejara, que te usara y se fuera… y así lo había hecho cuando te había dicho que no sucedería. Tenías que verlo y pedir respuestas, tenías que verlo y decirle que era el mayor de los mentirosos.
Te levantaste de la cama dispuesto a encontrarlo.
o-x-o
Sin lavarte la cara ni los dientes, te paraste frente al closet unos tres minutos, él había escogido tu ropa los días anteriores y de pronto te sentiste inseguro de escoger tu propio atuendo, necesitabas que él te dijera qué usar. Tomaste una playera gris de tu closet y unos jeans negros.
Atravesaste tu departamento y notaste los regalos que le habías dado aún en el sillón de tu sala, ahí seguía todo lo que habías hecho ayer por él para darle una cena de navidad especial, más lágrimas amenazaron con nublar tu vista, pero tomaste una gran bocanada de aire y caminaste hacia la puerta sin mirar atrás.
o-x-o
Le pediste al taxista que te llevara a la zona residencial de la ciudad, a mitad del camino estuviste a punto de decirle al chofer que parara en una tienda, tenías una desgarrante necesidad de comer un hielo, pero al pensar que te quitaría tiempo para llegar, desististe de decir algo.
o-x-o
Llegaste a la zona donde vivía Camus. Al ser un fraccionamiento privado, el taxi no pudo ingresar, así que te dejó en la caseta de vigilancia y caminaste hacia la casa correspondiente.
Tocaste el timbre dos veces y esperaste. Nadie abrió la puerta. Volviste a tocar el timbre. Las luces de la casa estaban apagadas, no se veía movimiento. ¿Estaría dormido?, ¿estaría negándose a salir? No tenías el número telefónico de la casa, no tenías el teléfono de nadie del personal, después recordaste que Camus les daría el día libre, así que no hubiera tenido mucho caso tener sus números…
Marcaste de nuevo su número celular. Directo al buzón otra vez. Demonios, ¿qué ibas a hacer?
Solamente en su trabajo tendrían los datos de su casa. ¿Estaría en su trabajo acaso? Era muy temprano para estar trabajando, pero quizá alguien del trabajo te podría decir en dónde estaba o podrías dejarle algún recado.
Regresaste a la caseta de vigilancia para pedir otro taxi, mientras esperabas, buscaste en tu celular la dirección del corporativo de Gelum en internet.
o-x-o
Gelum era un edificio de diez pisos. No sabías cuánta gente estaría trabajando en el día de Navidad, pero esperaste que hubiera alguien o que él estuviera aquí.
Entraste por unas enormes puertas de vidrio y te topaste con la recepción. Había un hombre vestido de policía en medio del escritorio, al menos alguien de vigilancia sí había venido a trabajar.
—Buen día, señor. ¿En qué puedo ayudarle?
¿Ya eran las siete de la mañana, las ocho? No sabías, seguramente serías la única persona que se pararía en las oficinas en todo el día. Era momento de actuar y llevar a cabo el plan que se te había ocurrido en el taxi de camino hacia acá.
—Buenos días. Estoy buscando a mi primo, el señor Krest.
El oficial frunció el ceño.
—¿Para qué asunto?
—Es personal.
El oficial te miró de arriba a abajo.
—¿Su primo? —Era evidente que no te creía nada, pero ibas a luchar hasta obtener respuestas.
—Así es. Me dijo que viniera a verlo aquí a su oficina. Vine por las fiestas decembrinas.
—¿Tiene alguna identificación?
Sacaste tu cartera del bolsillo de tu pantalón. No traías nada, sólo tu credencial del trabajo.
—Sólo tengo mi identificación del trabajo, pero con gusto enséñesela a mi primo y él le confirmará la información. —Le entregaste tu credencial sin titubear.
El oficial miró tu credencial y después te volvió a mirar, regresó a ver la credencial y tomó el teléfono que tenía a la izquierda y marcó un número.
¿Iba a marcarle a Camus?, ¿él estaba aquí? Tragaste saliva.
—Buen día, señor. Disculpe la molestia. Está aquí en la recepción el señor… Antares. Milo Antares. Se presentó como parte de la familia Krest. Dice que lo citaron aquí en la empresa a esta hora.
Tu corazón palpitaba sin control, entonces estaba aquí… ¿te dejaría entrar?
El oficial se quedó callado, escuchando lo que decían con atención. Después colgó el teléfono.
—Adelante, bienvenido, señor Antares. Elevador, décimo piso, lo están esperando.
Inclinaste tu cabeza en agradecimiento, te devolvió tu credencial y caminaste hacia los elevadores de lado izquierdo.
o-x-o
Las puertas del elevador se abrieron después de subir diez pisos. Sentías la boca y los labios secos, si tan sólo pudieras comer un hielo.
Frente a ti, se desplegó una nueva recepción, pero ésta era de tamaño más pequeño. No había nadie en la silla de la recepción así que caminaste hacia las puertas de vidrio estampadas de blanco al fondo del pasillo. Había un letrero muy elegante que decía: PRESIDENCIA.
Se escuchaba música del otro lado de las puertas. Te quedaste escuchando la música por un instante, no reconocías qué grupo o qué canción era. Tomaste aire y abriste las puertas de cristal.
Te quedaste inmóvil en la entrada a la oficina. Te recibieron un par de ojos marrones.
—¿Señor Antares? —te preguntó. El tipo estaba en medio de la oficina, parado, mirándote.
¿Quién era este sujeto?, ¿y Camus?
—Estoy buscando al señor Krest.
—Camus no está aquí —respondió—. Salió de viaje, pero no debe tardar en regresar. ¿Gustas esperarlo?
¿Por qué sabía él dónde estaba Camus?, ¿quién demonios era?
—Sí, lo esperaré, gracias.
No te ibas a rendir a estas alturas, dijo que estaba por llegar. El sujeto te señaló una silla del escritorio de vidrio de la oficina, imaginaste que Camus se sentaba ahí a trabajar, había una computadora sobre el escritorio. Caminaste hacia la silla y te sentaste.
El sujeto se movió del centro de la oficina y caminó hacia el escritorio también, se sentó enfrente de ti, en el lugar y silla de Camus. ¿Cómo se atrevía a sentarse en el lugar del director?
Miró algo en la computadora, dejándote ahí, esperando. Notaste que la canción se volvía a repetir, ¿la había puesto este sujeto en repetición? Era imposible no prestar atención a las letras: 'me deseas, me amas, me odias… no me importa'. Así decía la canción una y otra vez. ¿Por qué no le bajaba al volumen?
—Milo Antares —repitió tu nombre y dejó de mirar la computadora.
—¿Podrías bajarle un poco a la música? No te escucho bien —dijiste fastidiado, te molestó que se sentara en esa silla y, además, te perturbaba la música a un volumen alto, te ponía más nervioso, era una falta de respeto hacia ti que no le bajara.
—¿No te gusta la canción favorita de Camus? —Bajó el volumen un poco con la computadora, apretando un botón del teclado.
—Jamás había escuchado esa canción.
—Kazaky es el grupo, la canción es Love. Me sorprende que no la conozcas a estas alturas. ¿En qué día vas del contrato?
Dejaste de respirar. Todo tu cuerpo se tensó. ¿Qué? Pero… ¿cómo?
—¿Quién eres? —preguntaste.
El chico se cruzó de brazos sobre el escritorio.
—Mi nombre es Aioros. Soy el mejor amigo de Camus. Me sorprendió que te presentaras como familiar de él, nadie de su familia viene a verlo nunca, así que le dije al oficial que te dejara subir para ver quién era el que se atrevía a usurpar el nombre de uno de los Krest. Mientras subías por el elevador, recordé que había escuchado tu nombre en algún lado… y entonces, llegó a mí, eres el chico del que Camus me habló, el chico al que conoció el viernes pasado.
Las piezas empezaban a embonar lentamente…
—¿Qué te dijo Camus de mí?
—No mucho. El viernes me habló a altas horas de la madrugada y me dijo que te había conocido y que ya te había entregado el contrato, él quería que firmaras. Que estés aquí quiere decir que firmaste y que eres el siguiente sumiso.
Bajaste la mirada, te sentías expuesto de pronto, estabas con el mejor amigo de Camus, quien sabía del contrato y la dominación.
Aioros agregó:
—No te sientas mal, estás hablando con otro sumiso, no tienes nada de qué avergonzarte.
Alzaste la mirada, tu boca estaba un poco abierta en sorpresa. ¿Otro? No entendías nada.
—¿Fuiste sumiso de Camus?
Aioros afirmó con la cabeza, prosiguió:
—No empecemos mal, no tienes que estar a la defensiva conmigo. Desconozco el motivo de que estés aquí, ningún sumiso había venido a la oficina de Camus antes, pero no pretendo atacarte ni juzgarte, no soy el enemigo. Soy igual que tú.
—Pero… ¿cómo puedes ser su mejor amigo si fuiste…? Camus me dijo que no había renovado ningún contrato.
—No renovamos el contrato, sólo nos dimos cuenta que él y yo funcionamos juntos, sí, pero en el plano amistoso. Toda la confianza, apertura, y entrega lograda en esos siete días, nos dio la amistad más fuerte que he conocido en mi vida.
Te empezó a doler la cabeza. Toda esta nueva información, tenerlo a él enfrente, conocer otro sumiso… tu cabeza daba vueltas.
—Me siento un poco mal —confesaste, sentías náuseas.
Aioros miró alrededor como buscando algo para darte, preocupado.
—No hay nadie más en el edificio. —Hizo una pausa—. ¿Te sentirías mejor con un poco de hielo? —preguntó.
¿Sabía él lo del hielo?, ¿le había dado hielo a él también? El hielo iba a ponerte mal, iba a hacerte recordar cosas que no querías en este momento.
—No, sólo dame un minuto para… procesar —dijiste. Te hiciste para adelante en la silla, recargaste tu frente en la palma de tu mano y tu codo descansó sobre tu rodilla. Tenías tantas preguntas, te sentías confundido, cansado.
Después de dos minutos, Aioros preguntó:
—¿Estás bien?
Te sentaste bien en el asiento de nuevo.
—Sí, es sólo que es difícil estar frente al mejor amigo de Camus, quien resulta que también se acostó con él. Es todo.
—No me acosté con él —respondió.
Frunciste el ceño.
—Dijiste que eras un sumiso.
—Lo fui, pero Camus jamás se ha acostado con ninguno de sus sumisos.
Empezaste a respirar más rápido. ¿Cómo que no se había acostado con ninguno de ellos?, ¿entonces?, es decir, ¿no había estado con ellos? Aioros pareció leer tu mente y notar tu agitación porque te preguntó sorprendido:
—¿Te has acostado con él?
—Sí. — Desde el día uno, ibas a agregar, pero te quedaste callado.
—¿Relaciones sexuales completas? —Su tono fue dudoso.
—Sí —repetiste, pero tú también estabas anonadado, ¿con los demás no había sido así?
—¿Estamos hablando de penetración?
—Sí —aseguraste.
—¿Y él terminó?
Afirmaste con la cabeza.
Se hizo para atrás en su silla, totalmente asombrado de tu respuesta.
Estabas más inquieto que nunca, desde el día uno había sucedido, y el día dos también, y ayer había sido un fiasco, pero sí, sí había estado en ti desde el primer momento. ¿Qué significaba que hubiera sucedido?, ¿por qué sólo contigo?
—¿En dónde está? Necesito verlo —dijiste. Ahora más que nunca, necesitabas verlo, con urgencia.
—Ha estado volando —contestó Aioros, su voz ausente.
—¿Cómo? —No entendiste su respuesta.
Aioros se quedó un momento en silencio, acabando de asimilar lo que habías dicho y volvió a decir:
—Ayer hubo un problema en la empresa y casi a media noche tuvo que volar al norte a firmar ciertos papeles.
Así que después de estar contigo, tuvo que volar para atender negocios.
—¿Cuándo regresa?
—No debe tardar. Tenía que ir a varias plantas de producción de Gelum, ha estado volando casi toda la noche.
Lo que significaba que Camus tampoco había dormido, estaría fatigado al llegar, pero tenías que verlo.
Un celular empezó a sonar, Aioros sacó un teléfono de su pantalón, miró su celular y volteó a verte.
—Ya está aquí.
o-x-o
Aioros te pidió que te levantaras de tu lugar y te explicó que había un helipuerto en la parte superior de Gelum, justo arriba de ustedes. Te dijo que te llevaría a la pista de aterrizaje para que pudieras hablar con Camus.
—¿Vas a ayudarme? —preguntaste cuando subieron al elevador.
—Veo que eres alguien… especial… para Camus. Me pidió que viniera a recogerlo, pero quizá sea más importante que se vean primero.
Subieron hacia el helipuerto.
El elevador se abrió y salieron a un cuarto pequeño donde había dos sillones, nada de decoración, sólo un cuarto blanco, una sala de espera.
—Esperaremos aquí —indicó Aioros.
Enfrente de ustedes, había una puerta de vidrio, que dejaba ver cómo un helicóptero había aterrizado y las alas estaban perdiendo velocidad.
Sacaste aire de tus pulmones, estabas a punto de verlo pero, sobre todo, él estaba a punto de verte a ti, aquí en su trabajo, a lado de su mejor amigo, ¿qué pensaría?, ¿cómo reaccionaría?
Viste que el piloto descendía y rodeaba el frente del helicóptero hasta llegar a la puerta de los pasajeros. El piloto abrió la puerta y viste descender una elegante figura. Su silueta hacía contraste con los primeros rayos del sol que se asomaban en el horizonte. Te dieron ganas de llorar al observar la belleza que formaban el amanecer y el recorte de su cuerpo.
Camus se inclinó un poco hacia adelante y estrechó la mano del piloto, después empezó a caminar hacia su dirección, su mirada atenta en el piso por el que caminaba, nunca alzó la vista hasta que jaló la puerta de vidrio del pequeño cuarto hacia él y dio un paso para entrar.
No podías respirar bien, nada bien.
Sus ojos se enfocaron en Aioros y luego en tus ojos… sus ojos azules… sus ojos abriéndose en sorpresa, confundidos, perdidos, sumamente cansados.
El tiempo pareció congelarse por tres eternidades.
—Hola, Camus. Sé que me pediste que viniera por ti, pero creo que tienes asuntos pendientes que resolver —dijo Aioros, rompiendo el momento de tensión y silencio.
Los ojos de Camus se despegaron de ti sólo por el instante que Aioros habló.
Seguían sucediendo las cosas en cámara lenta: Camus asintió con la cabeza a las palabras de Aioros, después Aioros se acercó a él, estrechó su mano y le dio un ligero abrazo de bienvenida o despido, no sabías bien, escuchaste que se despedía de Camus y le pedía que se cuidara, Camus volvía a asentir pero no decía nada y, por fin, Aioros se retiraba por el elevador.
Los ojos azules volvieron a enfocarte, tus piernas temblaban.
—Hola —dijo Camus finalmente, su voz suave, igual que el día de ayer.
Te costaba trabajo hablarle a esos ojos, ¿cómo reclamarles algo?, ¿cómo dejar de ahogarse en ellos?
—Hola —finalmente pudiste decir—. Tenía que encontrarte… te marqué y… tenía que verte. Te fuiste y… tengo tantas cosas que saber. —Estabas tan mal que no podías hablar con coherencia, te alteraba tenerlo de nuevo de frente, se sentían como siglos desde que se había ido de tu departamento.
Sin embargo, él pareció entender lo que querías decir.
—Estuve en el helicóptero casi toda la madrugada, no tenía recepción, pero sí, hablemos. No sé cómo es que estás aquí, pero… sí, quiero hablar. —Llevó una mano a su frente, pensando, después la volvió a bajar a un costado de su cuerpo—. El coche está en el estacionamiento.
Afirmaste una vez con la cabeza.
o-x-o
Descendieron hacia el sótano del edificio donde estaba estacionado el Camaro. Sacó la llave de su pantalón y abrió el coche. Subieron al auto.
—¿Puedes manejar? Te ves… cansado —comentaste, preocupado.
—Ha sido uno de los peores días de mi vida, pero aún puedo manejar. No te pondría en riesgo, créeme.
¿Cómo podías evitar sentir calidez interior al escucharlo?, ¿en verdad se preocupaba por ti?
—¿Muchos problemas en el trabajo? —preguntaste.
—Demasiados, pero eso se resolverá tarde o temprano, me preocupan… otras cosas.
Salieron del estacionamiento hacia la mañana del día. Entrecerraste un poco los ojos al cambio de luz.
—¿Cuáles cosas? —preguntaste.
—Tú, principalmente. Tú y yo.
Agarraste con fuerza el brazo de apoyo de la puerta.
—Camus, yo…
Te interrumpió:
—Espera. Antes de que empecemos a hablar, ¿ya comiste algo?
—No tengo hambre, sólo quiero… agua. —Estuviste a punto de decir que querías un hielo, pero cambiaste la palabra en el último instante.
—Tienes que comer. Hay un lugar aquí cerca donde podemos comer algo y platicar sin que nos molesten.
No tenías fuerza para alegar sobre la comida, ibas a guardar la poca energía que tenías para la conversación que estaba pendiente. Siguieron en el auto en silencio.
o-x-o
Llegaron a un restaurante que más bien era una mansión estilo Tudor y descendieron del automóvil. Entraron al lugar e inmediatamente la hostess saludó a Camus con un fingido y exagerado 'buenos días, señor Krest'. ¿Otro lugar en el que Camus era socio distinguido? Ella los condujo a una mesa alejada de las demás personas, no sabías si era la zona VIP, pero al menos era una zona privada.
La mesa era pequeña, se sentaron uno frente al otro. El lugar era divino. La hostess les entregó sus respectivos menús y se retiró. Viste la carta con rapidez, los precios eran un poco altos para tu gusto, era un simple desayuno.
—¿Qué vas a pedir? —preguntó Camus.
—En realidad no tengo hambre, un vaso de agua. —Cerraste el menú y lo dejaste sobre tu mesa.
—Tienes que comer algo.
Te encogiste de hombros, no tenías antojo de nada.
—Hot cakes —dijiste lo primero que se te vino a la mente, no estabas seguro que estuviera en el menú, de hecho.
Camus miró un momento más el menú y cuando lo cerró, una chica se acercó de inmediato para tomar la orden, no sin antes presentarse con su nombre y saludando a Camus con un ameno y fingido 'qué gusto verlo de nuevo, señor Krest'.
Camus dijo:
—Buenos días. Quisiera ordenar, para el señor, un plato de sandía, una orden de hot cakes, un vaso de jugo de naranja, un vaso de leche y un vaso de agua. Para mí, lo mismo, pero en lugar de leche, té hibiscus, por favor.
No sabías si odiar que no te dejara pedir tu propio desayuno o amarlo por ordenar un desayuno completo y preocuparse de que comieras bien. La mesera se retiró, dejándolos solos al fin.
—Te propongo algo, comamos y después platicamos.
No dijiste nada, sólo asentiste con la cabeza, querías ya hablar con él, pero no habías comido nada, y lo más importante, él tampoco.
Permanecieron en silencio en lo que la comida llegó, evitaste mirar sus ojos, veías alrededor, a la gente, todo menos a él. Con el rabillo del ojo, notaste que aún tenía puesto el mismo traje de ayer, con el que había llegado a tu casa, no se había cambiado. Sentiste curiosidad de saber si él te estaba mirando, pero no lo viste en ningún instante.
Luego de unos ochos minutos, la comida llegó, te preguntaste si el servicio había llegado tan rápido porque Camus era un cliente importante. Habías dicho que no tenías hambre, pero al tener la comida enfrente, tu estómago gruñó, esperaste que él no lo hubiera escuchado.
Comenzaron a desayunar en silencio.
Habías recibido nueva información de Aioros, no sabías cómo sentirte al respecto, estabas confundido, pero definitivamente, tenerlo enfrente, incluso sin decir nada, te calmaba, te hacía sentir bien, te completaba.
o-x-o
Diste el último bocado a tu desayuno, a Camus todavía le faltaban unos cuatro bocados más para terminar.
—Estabas en Gelum, ¿por qué? —preguntó Camus, iniciando la conversación. No había recriminación en sus palabras, sólo curiosidad. Hizo su plato a un lado, sin terminar lo que faltaba y entrelazó sus manos sobre la mesa.
Así que ya iba a comenzar la plática pendiente.
—Te marqué y no contestaste, después fui a tu casa y no te encontré, fui a tu trabajo pensando que me darían información. Mentí que era tu primo, Aioros me dio acceso y… llegaste. —Ése fue el resumen de toda tu aventura.
Camus tardó un momento en procesar tus palabras y después te explicó:
—Volé toda la noche, no tenía señal. Fui a varios sitios de fabricación de la empresa, pero sólo a firmar papeles, me llevaban los documentos al helipuerto, no estuve en los lugares más de cinco minutos.
—Ahora entiendo por qué me mandaba directo al buzón, pero… pudiste haberme avisado que ibas a viajar antes de subir al helicóptero, Camus.
—¿Después de cómo estabas cuando me fui? Creí que no querías volver a saber de mí.
Tenía un punto válido, en la noche habías debatido entre verlo o no de nuevo, de hecho, en continuar con esto o no.
—Quería verte para… decirte que no cumpliste lo que dijiste, Camus, me habías dicho que no ibas a usarme y botarme.
La mesera se acercó y retiró los platos vacíos. Cuando se marchó, Camus dijo:
—Me exigiste que nos saltáramos al séptimo día, me amenazaste con terminar la relación si no lo hacía, dijiste que no iba a funcionar si no confiaba en ti, no me dejaste opción. Hice lo que me pediste y obviamente no funcionó… estabas muy mal.
—¿Cómo no iba a estar mal?, ¿te gusta que la gente se arrodille frente a ti? —respondiste un poco alterado, aunque la voz de ambos seguía en su volumen normal. Miraste alrededor y agradeciste que nadie los estuviera mirando, nadie te había escuchado.
—Milo, es un proceso, ayer te lo dije. Al llegar al séptimo día, el arrodillarte es sumamente fácil, es casi un juego. Todo este asunto de la dominación es relativo. En este proceso, llegas a un punto que no tienes tapujos, limites, estorbos, tabús; la entrega es total y acciones como arrodillarte, bailar, pararte de manos, son un simple juego, son diversión. Llegas a un punto en el que pedirte que te comas un plato de verduras o te arrodilles frente a mí es exactamente lo mismo.
¿Podría ser cierto?, ¿sería divertido arrodillarte ante él? Ahora no lo sabrías porque no habías esperado los siete días y no habías vivido el proceso como él lo había planteado. Ayer fue todo menos divertido, arrodillarte fue complicado, muy complicado, pero lo habías hecho a final de cuentas. Te había causado más conflicto lo que había pasado después de arrodillarte.
—¿Y por qué no me dejabas terminar?
—Te lo había dicho, se llama anticipación. El séptimo día se trata de aguantar el mayor tiempo posible sin liberación, y en la última hora de ese séptimo día, estás en tal estado, que cuando finalmente llega, es… glorioso para ti y para mí.
—Pero, ¿resistir toda la noche? —preguntaste, incrédulo.
—Toda la noche es un decir. Yo voy midiendo al sumiso y cuando veo que están listos, les otorgo su liberación. Eso no quiere decir que tarde las doce horas que componen la noche. Es un juego de unas horas, sí, pero tú, en cada ocasión, progresivamente, ibas poniéndote peor.
—Es que fue demasiado… intenso —confesaste. La espera, lo que sentías hacia él, lo que te había pedido, lo que habías organizado y hecho para darle una cena especial... todo se juntó en ese instante.
—Claro, fue muy pronto. Si siete días es un lapso de tiempo corto, tres días es… nada.
La mesera regresó para retirar los últimos platos y vasos sucios, limpió un poco la mesa, les ofreció algo más y ante la negativa de los dos, se marchó.
—Accediste muy rápido a mi petición de ir al séptimo día —continuaste.
—Milo, amenazaste con terminar la relación, ¿qué iba a hacer? No puedo obligarte a que te quedes conmigo, tenía que ceder o iba a perderte. ¿Qué más tenía que pensar al respecto?
—Lo pedí porque sentí que podía hacer cualquier cosa para ti, para complacerte. Y cuando sucedió, me asusté, sentí que estabas abusando de mí.
—Lo noté… por eso me detuve, si me quedaba y continuaba, ibas a odiarme, por eso me fui. Si hubieras sido alguien más, quizá hubiera esperado a que me dijeras que me marchara, pero… contigo todo ha sido distinto.
—¿A qué te refieres?
Camus suspiró, un suspiro largo, de cansancio, de reflexión. Dijo:
—Desde el día uno no tuve claro quién le estaba enseñando cosas a quién. Te lo dije antes. La enseñanza contigo ha sido distinta, yo estoy aprendiendo de ti, me has cambiado mis planes, has cambiado mi forma de pensar en ciertas cosas, contigo ha habido situaciones distintas que con los demás no ha habido.
Esto era justamente lo que querías saber, qué había cambiado y sobre todo por qué. ¿Por qué contigo?, ¿en verdad eras diferente a los demás?
—Aioros me dijo que con ninguno tuviste relaciones. —Tenías que preguntarle, saber.
—¿Platicaste con Aioros?, ¿qué te dijo? —Camus estaba confundido, había asombro en su voz, consternación.
—Que solía ser tu sumiso, pero ya no más, que ahora es tu mejor amigo.
Camus consideró lo que le habías dicho y contestó:
—Es cierto.
—¿Cuántos más ha habido? —preguntaste.
—¿En verdad quieres saber?
—Me gustaría saber, sí, quiero conocerte también.
Camus se tomó unos segundos en responder:
—Eres el quinto, Milo.
¿El quinto?, era un número considerable.
—¿Y qué ha pasado con los demás?
—Nadie ha sido de relevancia. Han servido un propósito específico y ya.
—Aioros fue de relevancia —dijiste.
—Aioros fue distinto, pasamos siete días juntos e hizo todo lo que pedí, pero al final, nos dimos cuenta que se formó un lazo muy fuerte, pero de amistad.
—¿Soportó el séptimo día?
—Fue el mejor día. Le causaba risa mis órdenes, yo lo retaba a cumplir, pero él disfrutaba cumplir las instrucciones, no hubo trabas, ni conflictos, sólo diversión. Con Aioros funcionó porque cuando yo le pedía cosas, él me decía cómo se sentía después de hacerlas sin que yo le preguntara, aún así yo lo escuchaba, me intrigaba, hubo tanta apertura y comunicación que al final nos dimos cuenta que queríamos conservar ese lazo de camadería, de hermandad.
—¿Nunca te acostaste con él?
—No.
—¿Por qué? —Te parecía tan difícil de creer, ¿cómo lo había Aioros o los otros soportado?
—Porque no se los permití, porque son mis órdenes, porque son mis reglas, porque no me interesaba.
—¿Y por qué conmigo sí? —La pregunta del millón de dólares.
Camus te miró, sus ojos azules llenos de respuestas, respondió:
—Le sigo dando vueltas en mi cabeza, pero creo que es simple: quería hacerlo, desde el momento en que te vi en el tren.
Entonces contigo sí había sido diferente, desde el principio. ¿Por qué? Porque Camus así lo decidió desde el día uno. Había querido estar contigo y ya, tan sencillo y tan complicado como eso. Sin más razones, sin buscarle más motivos, sólo así. Algo dentro de ti descansó y se relajó.
—¿No quieres que sólo sea tu amigo, como Aioros? —dijiste con un poco de temor y esperanza a la vez.
—Definitivamente no eres Aioros.
—¿Soy un sumiso más?
—No.
—¿Entonces?
El azul de sus ojos no te dejaba mirar a otro lado, estabas atrapado, el azul te penetró hasta lo más hondo de tu alma.
—No lo sé, Milo, quiero descifrarlo. Ayer me aterró el hecho que no quisieras continuar o verme de nuevo, por eso me fui, tuve miedo de lo que me dirías, de que decidieras que no querías seguir.
—Me gusta complacerte, pero las pruebas, no lo sé, no sé si podré verlo como un juego. Ayer me encantó cumplir, servirte, obedecerte, pero después… sentí que mis necesidades no eran atendidas. —¿Cómo podías explicarle?—. A veces quisiera más cosas aparte de tus órdenes, a veces quisiera que lo siento fuera atendido en el momento.
Camus no dejaba de mirarte, no podías leer su mirada, lo que pensaba o sentía. Se hizo para adelante sobre su silla y dijo:
—Te propongo algo. Llévate el contrato, modifícalo, cámbialo a tus necesidades, a lo que necesites… me lo entregas y lo adecuamos al punto en el que estamos ahora.
—¿Y cuál es ese punto?
Camus tomó aire y dijo:
—El punto en que no quiero que te vayas, en que estoy dispuesto a cambiar lo que sea necesario para que te quedes.
Una diminuta sonrisa nació en la comisura de tus labios. ¿Habías escuchado bien?, ¿quería seguir a tu lado?, ¿estaba dispuesto a cambiar el contrato por ti? Querías pellizcarte para comprobar que no estabas soñando.
—Dijiste que el contrato no era negociable. —Tu tono cambió por completo, lo dijiste en broma un poco, después de todo lo que había sucedido en la noche, y ahora escuchar sus palabras, estabas emocionado, muy emocionado.
—También dije que jamás me acostaría con un sumiso y lo hice desde el día uno.
—Nada ha salido como lo planeaste, Camus.
—No con usted, señor Antares.
Recargaste tu rostro en la palma de tu mano.
—¿Entonces haremos un nuevo contrato?
—Si es lo que se necesita para que te quedes, estoy dispuesto.
Ahora sí sonreíste con descaro.
La mesera volvió a acercarse para ofrecerles algo y volvieron a negarse, pero en esta ocasión Camus le dijo a la mesera que cargaran el total de la cuenta a su tarjeta.
—¿Te parece si seguimos la plática en el coche? —preguntó.
—Mueres de sueño, ¿verdad?
—Un poco, sí. Aunque puedo apostar que tampoco dormiste mucho.
—Nada, de hecho.
—Vamos, entonces. Te llevaré a tu casa para que duermas.
Afirmaste con la cabeza, dormir sonaba como el mejor plan en ese momento.
o-x-o
Llegaron a tu departamento como a las diez de la mañana, todo seguía como ayer en la noche cuando él se fue: los platos con la cena de navidad en la mesa, sus regalos sobre el sillón, el árbol de navidad, todo igual.
—Por favor, descansa —dijo Camus en la puerta de tu departamento.
Saboreaste la palabra 'por favor' saliendo de sus labios y entrando a tus oídos, estos últimos días todo habían sido órdenes, se sentía bien que te pidiera algo de esa manera. Suspiraste. No querías que Camus se fuera, era cierto que había mucho que pensar, que ninguno había dormido, pero no querías que se fuera de nuevo.
—Quédate conmigo. —Salió de tu boca abruptamente, sin tu consentimiento, pero en plena consciencia de que era lo que querías. ¿Era lo correcto?, ¿invitarlo a pasar?
Camus pareció que iba a decirte algo, pero desistió de la idea y sólo asintió una vez con la cabeza.
o-x-o
Fueron directo a tu recámara, tu cama estaba hecha, ayer no habías dormido nada, ni siquiera te tomaste la molestia de mover la colcha de su lugar.
Cada uno caminó a uno de los lados de la cama y se sentaron sobre el colchón. Giraste en tu posición, tu cama no era muy grande, así que sin problema pudiste alcanzar a Camus, llevar tus manos a su cuello y empezar a desabrochar los botones de su camisa. Tu movimiento lo tomó por sorpresa, pero no hizo ningún gesto de que te detuvieras. Lo ayudaste a quitarse la ropa, se quedó sólo en ropa interior.
Después moviste las cobijas para que él pudiera recostarse; acto seguido, tú también te quitaste la ropa y te metiste a las cobijas.
Los dos estaban sobre su costado, enfrentándose.
—También puedo cuidar de ti —dijiste en voz baja.
Camus suspiró, ¿cuántos suspiros le habías causado hoy? Cerró sus ojos sin decir nada y tú hiciste lo mismo. Tardaste pocos minutos en caer dormido.
Soñaste con helicópteros, hot cakes y unos preciosos ojos azules.
