Comentario adicional: muchísimas gracias a todas las personas que leyeron esta historia y dejaron un comentario, hemos llegado al capítulo final, espero sea de su agrado. Escribí una especie de 'detrás de cámaras' sobre Domus, por si les interesa, la pueden encontrar en mi facebook.

Domus

-Dominar-

Cuando miraste el reloj, ya era media noche, el día seis había llegado a tu vida. No habías podido dormir en lo que iba de la noche, tenías tu cabeza inundada de pensamientos. Al principio pensaste en un sinfín de actividades que te gustaría que Camus hiciera, pero cada actividad que querías que él realizara, te diste cuenta que era más para cumplir un capricho tuyo y no un propósito.

¿Qué significaba ser el dominante en el día seis?

Las actividades que Camus te había pedido habían tenido un propósito detrás de ellas: estaban encaminadas para lograr tu confianza y tu entrega hacia él. Decidiste hacía una hora que querías explorar tu parte dominante, pero con un objetivo en mente, no abusando del poder que te estaba dando Camus por un día, tenías que pensar en actividades que lograran que Camus se abriera y se entregara a ti, un proceso similar.

Estos días habías sentido que ciertas necesidades tuyas no habían sido correspondidas o atendidas en el momento que lo deseabas, y sabías bien que esas necesidades tenían que ver con expresar lo que estabas sintiendo por él, por lo que querías enseñarle algo más aparte del control, querías enseñarle… afecto.

Querías que él se dejara guiar, cuidar, consentir, que te dejara quererlo, en pocas palabras. Siempre estaba al pendiente de ti, de lo que necesitabas para funcionar correctamente, pero necesitabas un poco más, necesitabas sentir que también podías hacerte cargo de él y que él podía confiar plenamente en ti.

Tenían que encontrar un equilibrio entre ambos mundos. No querías ser el dominante y tratarlo como a un objeto, querías ser el dominante para que él también aprendiera de ti, como tú lo habías hecho.

Tenías tantas ganas de verlo, era casi insoportable, tenías su imagen en tu mente: Camus vestido de esmoquin esperándote en la entrada del salón. Querías que estuviera ahí contigo de nuevo, verlo dormir, tenerlo contigo y resguardarlo del mundo para que nadie pudiera hacerle daño.

Un suspiro abandonó tus labios.

Ya había empezado el día seis, tu día de dominación. ¿Podrías marcarle y pedirle que viniera a verte? Sabías que él quería que durmieras ocho horas, pero no ibas a poder dormir hasta no verlo de nuevo.

Tu corazón empezó a latir más rápido. ¿Y si le marcabas? Tu objetivo de este día sería mostrarle que tú también podías cuidarlo, como una vez se lo dijiste, así que una buena forma sería demostrarle que podías velar sus sueños.

Tomaste tu celular y marcaste su número sin pensarlo más. El tono de llamada sonó dos veces.

—¿Hola? —Su preciosa voz.

—Hola. ¿Te desperté? —preguntaste, casi sintiéndote mal repentinamente por haberle marcado.

—No. Estaba revisando unos papeles del trabajo. ¿Todo bien?

Hiciste una mueca de desapruebo, no te gustaba que estuviera trabajando tan tarde, con más razón tenías que sacarlo de su casa para que descansara.

—Sí, todo bien. Te marcaba para darte tu primera instrucción. —Te sentiste raro diciendo esas palabras.

Hubo un momento de silencio, lo que hubieras dado por ver la expresión en su rostro en ese instante.

—Te escucho —dijo, finalmente.

—Quiero que dejes de trabajar y vengas a mi departamento. —Consideraste hasta ese momento que ibas a hacerlo manejar en la madrugada a tu casa después de un día pesado, eso sin mencionar que había estado en tu departamento apenas unas horas atrás y no había dormido nada—. ¿Hay posibilidad de que Shura te traiga?

Otro momento de silencio. ¿Qué estaría pensando?, ¿se negaría a tu petición?

—Sí, puede llevarme a tu departamento. Voy para allá.

—Aquí te espero.

—Sí, adiós.

—Adiós.

Colgaste el teléfono, agitado, estabas nervioso, muy nervioso. Habías interrumpido su trabajo, ¿estaría haciendo algo importante o vital para Gelum?, aparte ibas a incomodar a Shura, seguro iba a despertarlo, e ibas a hacerlo manejar en la madrugada, con un alto grado de riesgo.

No era tan fácil pedirle algo después de todo, tenías que tomar muchas cosas en cuenta. Tenías que considerar su bienestar como él lo había hecho. Era una situación de poder, sí, pero ese mismo poder llevaba una gran responsabilidad consigo.

o-x-o

La puerta de tu departamento sonó a la media hora, estabas sentado en la sala, viendo la televisión, bueno, viendo la televisión era un decir, no estabas prestando atención, sólo mirabas las imágenes como medio de distracción, pero eras incapaz de concentrarte.

Te levantaste y fuiste a la puerta con velocidad, te urgía ver a Camus. Abriste la puerta y no te esperaste a decir nada, sólo te lanzaste a sus brazos con desesperación, lo abrazaste como si no lo hubieras visto en años, cuando sólo habían pasado escasas horas desde que había estado ahí contigo. Querías fusionarte con él, integrarlo a tu cuerpo.

—Gracias por venir —dijiste dentro del abrazo. No querías soltarlo, sentías que si lo hacías, se iba a desvanecer.

Acarició tu espalda, tranquilizándote. Estaba aquí y era real.

—Hola —dijo, abrazándote aún, escuchaste la sonrisa en su voz.

Cerraste tus ojos un momento, no estaba molesto, pensaste que lo estaría por la hora que era, por hacerlo venir. Al fin te separaste de él, estabas aliviado y contento por tenerlo de vuelta. Camus estaba vestido en sudadera y pantalones de ejercicio.

—Ven, vamos a la cama. —Tomaste su mano y lo llevaste hacia tu recámara, apagaste la televisión al caminar hacia allá.

Apagaste la luz de tu recámara al entrar. Pusiste a Camus frente a ti y empezaste a quitarle toda la ropa, dejando pequeños besos sobre su piel cuando ésta era expuesta ante tu vista. Tomaste de nuevo su mano y lo llevaste a la cama, ayudándole a recostarse sobre el colchón y tapándolo con las cobijas. Estabas tan emocionado, ibas a pasar toda la noche con él y a despertar a su lado.

Fuiste a tu lado de la cama y te recostaste, ya tenías tu piyama puesta, giraste sobre tu costado para verlo, él ya estaba sobre su costado también, mirándote.

—Qué bonito eres —dijiste en voz baja, llevaste una mano a su mejilla, acariciándolo. No ibas a callarte nada de lo que sintieras este día, nada.

Camus sonrió, giró un poco su rostro y besó la palma de la mano que tenías sobre su mejilla.

—Ahora quiero que olvides todo lo que tenga que ver con Gelum y descanses —dijiste en el mismo tono bajo de voz—. A dormir, señor Krest. Yo cuidaré sus sueños. Buenas noches.

—Buenas noches, Milo —contestó, su voz suave, serena.

Camus cerró sus ojos y te quedaste contemplándolo. Después de un rato, notaste que sus labios se separaban unos milímetros, y su respiración era más profunda y lenta, ya estaba dormido.

Era la primera vez que lo veías dormir, te había cedido el control de la situación por primera ocasión. Se sentía bien ser su guardián nocturno, no dejarías que nada le pasara.

Te quedaste dormido viéndolo dormir.

o-x-o

Despertaron al sonido de tu alarma, las siete de la mañana, hora de ir a trabajar. No supiste qué había pasado en el transcurso de la noche, pero amaneciste con el cuerpo de Camus entre tus brazos, estabas abrazándolo por detrás, tu pecho pegado a su espalda, una de tus piernas entrelazada con las de él.

No querías moverte de tu posición, pero la alarma seguía sonando en tu buró. Tuviste que despegarte un momento de su cuerpo, pero volviste a abrazarlo después de apretar el botón de silencio del despertador.

El sonido despertó también a Camus, giró su cabeza para tratar de verte, pero no giró completamente, conservando la posición en la que estaban.

—Buenos días, solesito —dijiste en tono juguetón, provocando una risa de Camus.

Nada mejor que despertar al sonido de su risa.

—¿No se dice rayito de sol? —preguntó, su voz mañanera era sexy.

Te encogiste de hombros.

—Lo que sea —respondiste, contento. Dejaste un beso sobre su hombro—. ¿Descansaste?

Afirmó con la cabeza y esta vez sí giró su cuerpo para poder verte de frente, dijo:

—Siento que dormí tres días completos. ¿Tú?

Afirmaste también con la cabeza, sonreías como un idiota, no podías evitarlo, habían pasado la noche juntos y estaba aquí, despertando contigo, empezando el día a tu lado.

—Descansé muy bien también. ¿Tienes hambre, Camus?

—Mucha. No sabía que estar enamorado me daría tanta hambre, no tienes idea de cómo he comido estos días.

¿Había dicho que estaba enamorado de ti? Esta mañana no se podía poner mejor.

—Desayunemos entonces.

o-x-o

Prepararon el desayuno juntos, prendiste la televisión y estuvieron viendo un programa de noticias mientras comían.

—¿Cuáles son los planes para hoy? —preguntó Camus, de pronto.

Pasaste el bocado que tenías en la boca y dijiste:

—Necesitas cambiarte para el trabajo. ¿Crees que Shura pueda llevarte a tu casa?

—No tienes que preguntarme, Shura está disponible para lo que necesites. Al igual que Marin y Kiki, como te había dicho. Puedes disponer de ellos sin problema, no tienes que preguntarme, Milo. Incluso conmigo, me adaptaré a lo que tengas pensado.

Muy bien, entonces preguntaste:

— ¿Podrías hablarle a Shura para que viniera por nosotros?

—¿Es una pregunta o una orden? —dijo, bromeando con el tema.

Mhn, ¿quería que te pusieras mandón? Que no te retara porque iba a arrepentirse. Camus estaba sonriendo, sí, en efecto, te estaba retando.

—Correcto. —¿Quería que te pusieras mandón? Ibas a darle mandón, dijiste con seriedad—: Quiero que Shura pase por nosotros, nos lleve a mi trabajo, y después te lleve a tu casa para que puedas alistarte para el trabajo. Arregla todo para que esté aquí en media hora.

Camus te miró por un instante, sorprendido por tus palabras, sin embargo, veías la sonrisa en sus ojos.

— Entendido, señor Antares.

—¿Mejor? —preguntaste.

—Mucho mejor.

Camus se te quedó mirando de nuevo y empezó a reír… tú también no pudiste aguantar la risa. Sé escuchaba tan extraño viniendo de ti, pero más le valía que se empezara a acostumbrar, agregaste:

—Ahora acaba de desayunar porque falta que te bañes y tenemos el tiempo medido.

Alzó una ceja, cuestionándote quizá que le dieras otra orden. Seguiste desayunando sin decir nada.

o-x-o

Al terminar de desayunar, dejaron los trastes sucios en el fregadero. Tomaste su mano y lo llevaste al baño.

—Quítate la ropa y abre el agua caliente. En un minuto regreso —dijiste y saliste del baño.

Cuando regresaste al baño, Camus estaba desnudo frente a ti. Te detuviste en seco, su cuerpo era perfecto, él era perfecto. Acomodaste el banco que traías entre las manos a un lado de la regadera.

—Adelante —dijiste, señalando la regadera.

—¿Quieres que me bañe? —preguntó, confundido—. ¿Y tú?

—Yo voy a estar aquí, viéndote —dijiste, triunfante. Dulce venganza.

Camus entrecerró los ojos, captó de inmediato que ibas a desquitarte por aquella vez del centro deportivo que tú querías verlo y él te tapó los ojos. Sonreíste mucho, abiertamente.

Camus negó con la cabeza, pero estaba sonriendo también. Se metió a la ducha, dejando la puerta corrediza abierta para que pudieras verlo.

Era como estar viendo una película en el cine, la mejor de las películas: se veía tan atractivo cubierto de agua, su cabello se veía más obscuro por la humedad, su rostro pareció definirse más, su cuerpo parecía brillar por el efecto de la luz sobre las gotas de agua.

En cierto momento te sorprendiste mirándolo con la boca abierta y la cerraste al instante. Te encantaba, cada centímetro de él, te fascinaba. Observaste a detalle cómo tomaba el champú, cómo frotaba su cabello, cómo tomaba el jabón, cómo enjabonaba su cuerpo… era un deleite desplegándose ante ti para tu admiración.

Te levantaste de tu lugar cuando Camus cerró la llave del agua. Tomaste una toalla y lo envolviste con ella cuando se acercó a ti.

—Mi turno, no tardaré en salir, espérame afuera —indicaste.

Camus resopló en desacuerdo, pero no dijo nada. Era tu manera de castigarlo por haberte retado a ser más autoritario. No era la intención hacerlo sufrir, pero una pequeña represalia no le hacía daño.

o-x-o

Shura ya estaba ahí cuando saliste de bañarte. Camus y él platicaban en la sala, Camus ya estaba vestido en su sudadera y pantalones deportivos. Te alistaste para el trabajo y los tres dejaron tu departamento.

Shura iba manejando en el asiento frontal, tú ibas en la parte trasera del auto con Camus. Después de esta semana, seguramente Shura ya sabía que tú y su jefe eran más que amigos, incluso los había visto saludarse de beso en el club deportivo, así que no lo pensaste mucho cuando tomaste la mano de Camus entre la tuya a mitad del camino.

Camus te miró y sonrió.

—Voy a conocer el lugar donde trabajas —dijo Camus emocionado, ¿por qué estaba emocionado?, tu trabajo no tenía nada que ver con Gelum, la tuya era una empresa pequeña, aburrida.

—No es nada impresionante, créeme.

—No tiene que ser impresionante… me gusta conocer tu mundo.

¿Tu mundo? Tu mundo había cambiado drásticamente el viernes pasado al conocerlo.

o-x-o

No ibas a darle órdenes a Camus enfrente de su chofer, así que al llegar a tu trabajo, dejaste un beso en sus labios de despedida y dijiste:

—¿Me puedes avisar cuando estés en casa, por favor?

—Lo haré.

—Gracias, Shura. —Te inclinaste al frente para agradecerle—. Que tengas bonito día —le dijiste después a Camus.

—Igualmente, señor Antares —contestó.

Bajaste del coche.

o-x-o

Estabas apenas encendiendo tu computadora cuando recibiste un mensaje de texto en el celular. Leíste:

'Me haces falta.'

Suspiraste, un suspiro largo, profundo, qué reconfortante era saber que él estaba sintiendo cosas por ti. Acababan de estar juntos y ya querías volverlo a ver, estabas enajenado con él. Respondiste:

'Y tú a mí.'

No ibas a poder esperar hasta las seis de la tarde para verlo, ¿qué podrías hacer para verlo otra vez? Sólo tenías libre la hora de la comida... una idea llegó a tu cabeza.

o-x-o

Camus te avisó que ya estaba en su casa media hora después. Le marcaste de inmediato:

—¿Hola?

—Hola, Camus. ¿Cómo llegaste?

—Bien, gracias. Voy a apurarme para estar en la oficina en una hora.

—¿Tendrás un día ocupado?

—No creo que tanto, las cosas ya están más tranquilas.

Te dio alegría escuchar que las cosas iban mejor en Gelum, no te gustaba verlo atareado y estresado. También te daba gusto que no estuviera ocupado, porque así no te sentías tan culpable para pedirle lo siguiente:

—Tengo otra instrucción para ti. Te veo a la hora de la comida afuera de mi trabajo, quiero que comamos juntos.

o-x-o

Afortunadamente, la hora de la comida llegó rápido. A un costado del edificio de tu trabajo, había una pequeña plaza donde acostumbrabas ir a comer. Cuando saliste por la puerta, Camus estaba ya esperándote en la acera, vestido con un traje formal y lentes negros para cubrirse del sol, no había ser humano mejor vestido y más bien parecido que él, no lo había, en serio.

Lo abrazaste al llegar a él.

—¿Listo para comer? —preguntaste.

—Sí, ya tengo hambre. Vamos.

Lo llevaste caminando a la plaza pequeña y fueron hacia el área de comida.

—Hoy vas a romper la dieta. Nada de verduras, Camus, ni de balance en las comidas, hoy quiero que pruebes comida de verdad.

Camus te miró como si te hubiera salido un tercer ojo. Agregaste:

—¿Qué te parece una hamburguesa doble, con papas fritas y malteada?, ¿y un helado de postre?

—¿Eso quieres que coma? —dijo, asustado.

—Sí, por un día no vas a subir cinco kilos, quiero que hoy disfrutes cada bocado grasoso de la comida.

Camus no se veía muy convencido, tardó en darte una respuesta:

—¿Puedo pedir aunque sea una hamburguesa de pollo?

—Obviamente no—respondiste, y ya no esperaste a que te dijera algo más, caminaste hacia el local de hamburguesas.

Al pedir las órdenes en el mostrador, Camus se acercó a ti, lo notaste sacar su billetera a un lado tuyo.

—No, yo voy a pagar —le informaste.

Camus rió como si estuvieras bromeando, pero al notar tu seriedad, se quedó inmóvil con la cartera en la mano. Notaste la confusión y un poco de frustración que surgió en su rostro. Podías apostar que era la primera vez que alguien le invitaba la comida y le estaba costando trabajo aceptar esa idea.

—Pagaré mi parte, Milo.

—No. Yo voy a invitarte, fin de la discusión. —Tu tono fue tajante, conciso.

Podías notar su total desaprobación ante tu declaración, se veía incómodo, algo enojado. Podías invitarle una comida aunque él fuera un millonario. Agregaste:

—Y nada de pucheros.

Con el comentario, rompiste su enojo y el puchero que se había formado en sus labios, lo hiciste sonreír, pareció relajarse y aceptar que ibas a pagar la comida por él.

o-x-o

En la comida estuvieron platicando sobre la cena del día de ayer, Camus te platicó de las personas que estaban sentadas con ustedes, a qué se dedicaban, qué puestos ocupaban, en qué empresas trabajaban. La hora de la comida se pasó muy rápido.

—Voy a irme caminando al trabajo para quemar todas las calorías que acabo de ingerir —dijo Camus, frotando su estómago.

—Y aún falta la cena.

—No, nada de carbohidratos después de las siete —advirtió.

—No te estoy preguntando, Camus.

Negó con la cabeza, dándose por vencido.

—¿Cuáles son los planes para al rato?

Te quedaste callado un momento y dijiste:

—Pasa por mí a las seis, iremos a mi casa.

—Bien, aquí estaré puntual.

Recogieron las envolturas y restos de comida, y se levantaron para llevarlos al bote de basura. Te regresó a la puerta de tu trabajo y fue casi doloroso verlo partir.

o-x-o

Las seis de la tarde se volvió una hora anhelada, ansiada, no dejabas de ver el reloj, rogando que las manecillas se convirtieran en pequeños humanos y pudieras pedirles que se apuraran en su recorrido.

Cuando finalmente la manecilla llegó a su destino, ya tenías tus cosas guardadas en los cajones respectivos de tu escritorio. Saliste casi corriendo de tu lugar de trabajo.

Al salir por la puerta, el camaro negro estaba estacionado en la calle, y una figura alta y esbelta estaba recargada en la puerta del copiloto, esperándote. Quisiste tener un ramo de rosas, una caja de chocolates, algo para venerar la belleza de ese rostro, de ese cuerpo, hacerle una ofrenda al hombre más bello jamás creado.

Llegaste hasta él y quisiste pasar tu mano por su mejilla, te daba envidia el aire por poder acariciarlo en todo momento, quisiste tener más que nunca el mapa o manual con que habían elaborado esas facciones. Se saludaron con un abrazo, sería el único momento en que podías sustituir al aire y pegar tu piel a la suya.

Te abrió la puerta del copiloto para que subieras al auto.

o-x-o

Camus empezó a manejar hacia tu departamento. La noche empezaba a asomarse tímidamente a lo lejos, pintando el cielo de naranja obscuro, el ambiente se sentía cálido antes de dar la bienvenida a la noche. Aún había en las calles adornos de Navidad, había series de luces aún en los bordes de las casas, e incluso en algunos aparadores y ventanas se alcanzaban a vislumbrar árboles de Navidad, tendrías que quitar el tuyo pronto.

En cierta parte del camino le preguntaste si quería pasar a cenar algo, pero te dijo que no tenía hambre aún y que dudaba tener hambre el resto de la noche, tú tampoco tenías ganas de comer algo, así que no harían escalas en ningún lado.

Ya había pasado más de la mitad del día, te restaban sólo unas horas en el papel del dominante.

o-x-o

Llegaron a tu departamento y al entrar, le dijiste:

—Sólo tengo dos peticiones antes de que acabe el día.

—Dime.

Sacaste tu cartera de tu bolsillo y la dejaste en la mesa del comedor, Camus se quitó su saco y lo colgó en una de las sillas, dejó las llaves del camaro sobre tu mesa.

—Te digo en mi recámara, ven. —Caminaron hacia tu recámara y al entrar encendiste la luz, dejaste que él pasara y se quedó en medio de la habitación, te pusiste a un paso de distancia de él. Continuaste—: La siguiente hora quiero dividirla en dos. En la primera media hora quiero solamente abrazarte, no voy a soltarte en treinta minutos. La segunda media hora, voy a empezar a besarte y no voy a detenerme hasta que pasen esos treinta minutos. Pondré dos alarmas en mi celular para marcar el tiempo. ¿Alguna pregunta?

Negó con la cabeza.

Sacaste tu celular de tu bolsillo y pusiste dos alarmas para la siguiente hora. Después volviste a mirarlo, y dijiste:

—¿Listo?, ¿quieres algo de tomar o ir al baño antes de comenzar?

—No, estoy listo.

Camus dio un paso para adelante para llegar a ti y rodeó tu cintura con sus brazos. Guardaste tu celular en tu pantalón y rodeaste su cuello con tus brazos, dejando tu barbilla recargada sobre su hombro. Sentiste su rostro acomodarse en la comisura de tu cuello.

Cerraste los ojos, sintiendo su cuerpo cálido junto al tuyo, sentías cómo su pecho se inflaba con cada respiración, sentías un pequeño roce del aire que salía de su nariz y acariciaba con débil sutileza tu cuello. Era reconfortarte sentir cómo te abrazaba con suavidad, su toque se sentía liviano, dulce, hecho de algodón de azúcar. Te gustaba sostener su cuerpo, sentirlo llenar tu espacio vital, encajar y embonar juntos. Era la primera vez que percibías con tanta claridad su fragancia, su olor, era delicado, masculino, te recordaba extrañamente a una playa, olía como a coco, era embriagante.

Después de un rato, sentiste que movió sus manos de su posición y acarició tu espalda por unos instantes, para volverse a quedar inmóvil pero ahora en otra posición. Tú también moviste tus manos de vez en cuando, acariciando su espalda alta, su cuello.

Rogaste que esos treinta minutos se extendieran por toda la eternidad.

¿Qué habría sido de tu vida si no hubieras llevado esas revistas el viernes pasado en el tren?, ¿qué tal si no se hubiera descompuesto su coche y nunca hubiera tomado el tren para empezar? No estarías aquí, atrapado entre los brazos de la persona que siempre habías esperado que llegara. Todo lo que habías deseado, se conjugaba en el ser que tenías enfrente, entre tus brazos.

No querías abrir los ojos, tenías miedo de estar en un sueño, no querías despertar, morirías de la tristeza.

La alarma sonó en tu bolsillo, te despegaste dos centímetros de él para poder sacar el celular de tu bolsillo, paraste la alarma. Guardaste el celular de nuevo y cuando ibas a decirle a Camus si estaba listo, él tomó tus labios entre los suyos con suavidad. No te dio tiempo de decir nada, simplemente comenzó a besarte con lentitud.

Se sentía como si violines imaginarios sonaran alrededor de ustedes, como si hubiera fuegos artificiales alumbrando el interior de tu cuarto, era mágico poder acariciar sus labios. El beso no subió de intensidad, al contrario, siguió siendo lento, cuidadoso, tierno. Perdiste cualquier línea coherente de pensamientos, no podías pensar más, sólo sentir, sentir esos labios tomando los tuyos una y otra vez. Recargaste tus manos sobre su pecho, su cuello, sus mejillas, no podías tener suficiente de él, de su sabor. El beso siguió por treinta minutos y querías morir en ese momento, si tu vida se detenía, estaba bien, ibas a morir en el mejor momento de todos.

La alarma volvió a sonar, haciendo que por fin se separaran uno del otro. Tomaste una gran bocanada de aire, reponiéndote, volviendo a tus cinco sentidos, ubicándote en esta dimensión.

Viste a Camus, tus ojos enfocando el azul de los suyos, y ahí estaba en su mirada: algo en sus pupilas se conectó directo con tu corazón, así que sin cuestionártelo siquiera o esperar un momento más, Camus tomó tu hombro derecho y giró tu cuerpo, lo tenías detrás de ti, bajando tus pantalones y ropa interior, entró a ti con urgencia, como si el mundo fuera a terminarse al minuto siguiente, era justo lo que necesitabas y él lo había sentido.

Quizá fue lo que había sucedido la hora previa, pero los cuerpos de ambos estaban más allá del límite, alterados al cien por ciento, listos para explotar. Terminaste después de unos minutos y Camus también, unos instantes después dentro de ti.

o-x-o

Se habían recostado sobre tu cama, te sentías satisfecho, contento, un velo de sueño envolvió tu mente, en cualquier momento te quedarías dormido. No habías dormido tus acostumbradas ocho horas, por eso te sentías así.

—¿Milo? —dijo Camus a un lado de ti, su voz en tono bajo, ya calmada después de lo que había sucedido.

Volteaste a verlo y aprovechaste para girar sobre tu costado.

—¿Mhn? —Te sentías sedado, pero causado por una relajación profunda.

—Quiero devolverte el contrato —dijo Camus.

El contrato, cierto, él tenía el contrato y tenía que firmarlo para estar de acuerdo con las modificaciones que le habías hecho.

—¿Ya lo firmaste? —preguntaste.

—No.

Frunciste el ceño, ¿no?, ¿no iba a aceptar tus modificaciones? Camus agregó:

—No quiero un contrato de por medio entre tú y yo, ya no.

No entendías nada, ¿no quería un contrato?

—¿Entonces?

Volviste a sentirte despierto, atento, tu relajación se convirtió en agudeza, algo de tensión. Camus dijo:

—No quiero renovar el contrato, quiero empezar algo nuevo. No quiero más reglas, ni cláusulas, ni fechas de expiración.

No quería renovar el contrato contigo, ¿quería decir que seguirían juntos, pero de distinta forma?

—¿Como sucedió con Aioros? —preguntaste. Recordaste que él había cumplido los siete días y después habían comenzado su amistad.

—A Aioros le propuse que fuera mi mejor amigo después de los siete días. A ti quiero proponerte que seas algo más.

Tu garganta se cerró, la emoción se convirtió en dos grandes compuertas que sellaron el tracto de tu garganta, no podías hablar de pronto. ¿Quería que fueras algo más?

Camus agregó:

—Nada de etiquetas de ahora en adelante, ya no seré tu amo, tú no serás mi sumiso, y si tuviera que usar alguna, me gustaría que fueras mi pareja.

El mundo se congeló afuera de tu ventana, quizá el tiempo también había decidido detenerse, el aire se quedó suspendido, lo único vivo en el universo era tu corazón, que latía y causaba un eco que podía escucharse por todo el planeta. Mordiste tu labio, una emoción intensa se desbordó y revolcó por cada rincón de tu cuerpo.

—¿Me está pidiendo que sea su novio, señor Krest? —murmuraste.

Camus sonrió, ¿cómo negarle algo a esa sonrisa?

—Quisiera que fueras mi novio, por favor.

El por favor mejor utilizado de la historia, no era una orden o una instrucción, era una petición real.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

— Quiero que vuelva a pasar lo que sucedió hoy, fue… increíble, Milo, despertar aquí, tu trato hacia los demás, comer contigo, que me hicieras comer hamburguesas, esta hora especial que planeaste, quiero más, más de esto, de ti. Me gusta que tengas el control, me haces sentir libre, quiero compartir los siguientes cien, doscientos, mil días, toda la vida, contigo.

Tú también querías más de él, muchísimo más.

—¿No tengo que firmar nada? —dijiste, bromeando.

— Nada, no más contratos. No más órdenes, lo que suceda entre tú y yo será de mutuo acuerdo, todo el tiempo.

—Pero me gusta cuando te pones mandón.

Camus sonrió y dijo:

—Puedo ser tu príncipe azul mandón. —Hizo una pausa, poniéndose serio de nuevo—. Puedo seguir siéndolo, pero sólo de broma, como te lo decía en algún momento, las instrucciones son un juego solamente. Cuando no estés de acuerdo con algo, dímelo, y se modificará para que ambos estemos satisfechos. Es importante para mí que tú estés bien en esta relación. Tienes mi cien por ciento de confianza, de entrega. Quiero poder darte todo lo que necesites, no como una imposición, sino como una opción.

Suspiraste, habías pasado la prueba, habían encontrado un equilibrio entre tu mundo y su mundo, habías aprendido mucho en estos días desde que lo habías conocido, y al parecer él había aprendido algo de ti también.

¿Qué más había que pensar? Estabas seguro de tu respuesta.

—Acepto —dijiste, feliz.

Se sentía liberador no decir trato hecho por primera vez. Había valido la pena estos días de reto para estar con él, para llegar a este punto y a este momento. Camus sacó una hoja de su pantalón, el contrato, lo tomó entre sus manos y lo rompió en dos partes.

Al fin podías decir que Camus era tuyo, simplemente tuyo.

FIN