Respuestas a Reviews:

Abse: Agradezco muchísimo tus palabras! :DD Créeme que ha sido un fic que siento que he vivido con él jajajaja porque me ha costado escribirlo y como que en medio de todo ahí va y no quiere dejar de ser escrito.. jajaja.. Gracias por el review! :DD

Prysk: Aww gracias! :DD Espero que te guste este nuevo capítulo.. :DD Gracias por el review!


.

.

.


Conocía esa voz a la perfección. Cuando la escuchó pronunciar el acostumbrado "Su Majestad", no hizo más que girarse sonriente hacia la dueña de aquellas palabras.

-Shibani. – Susurró. La diablesa le devolvió la sonrisa, acercándose hasta su trono con elegantes pasos. Su vestido negro cubriendo solamente lo esencial de su anatomía pero permitiendo a la tela convertirse en una cola enorme y elegante en la parte trasera.

-La misma, Sebastián. – Y la mujer no pudo decir más pues, su cuerpo ya se encontraba contra la pared. - ¡Ah! – Chilló. - ¿Qué sucede?

-¡No quiero que vuelvas a repetir ese nombre! – La tenía sujeta por las muñecas y, en ese momento, cerró aún más sus manos en torno a ellas. - ¿De acuerdo?

Shibani asintió. – Como diga, su Majestad. – Sebastián la liberó y la diablesa se quedó quieta. – Pero, ¿podría saber por qué? Hace tan poco nos decía que no debíamos llamarle bajo ningún otro nombre.

El moreno se sentó en su trono y apretó el puño. – Lo sé. Entonces no imaginaba siquiera que iba a sobrevivir en el infierno.

-Eso quiere decir que ha vuelto. – Musitó. – Ciel ha conseguido encontrarlo.

-Así es. Ciel está en las mazmorras. – Sonrió lascivamente. – Ha rechazado cualquier otro tipo de castigo.

-¿Lo que indica que no dejará de disfrutar de mis caricias, su Majestad? – Shibani avanzó hacia uno de los costados del trono, se inclinó y mordió suavemente la oreja del moreno, provocándole un estremecimiento.

-No aún. – Respondió Sebastián, empujándole con sutileza. – Todavía es hora de desayunar. Debo ir a ver a Ciel. Hace dos semanas que le tengo ahí. Me pregunto si habrá cambiado siquiera un poco. – Se giró para enfrentar el rostro pálido y perfecto de la diablesa, enmarcado con su cabello negro azabache que no pasaba de su hombro. - ¿Qué crees que debería hacer? ¿Perdonarle?

-No. – Su voz fue clara y la respuesta directa. – Si mal no le recuerdo, señor. Ese mocoso se ha burlado de usted en todas las formas posibles. Le obligó a limpiarle el trasero por años y luego se arrepintió de darle su alma, se la entregó a Hannah Annafellows; sin mencionar que le utilizaba como a un perro. – El demonio mayor cerró la mano en un puño. – Imagino que habrán otras cosas que usted no me ha querido decir.

-Solo algunas que son demasiado vergonzosas para el rey del inframundo, Shibani. – Masculló el moreno, recordando una ocasión en particular, en la que Ciel había reído hasta cansarse.

"Joven amo, no debería abusar de las prerrogativas que tiene como Perro Guardián de la Reina.", le decía Sebastián.

Ciel se había girado para encararle con una sonrisa ladeada. "El día en que eso no me ayude. Tú lo harás, prostituta demoníaca." El demonio le había observado, claramente ofendido. "Porque si yo quisiera que te acostaras con diez asquerosos humanos a la vez, tú tendrías que obedecerme…"

Sebastián se odió a sí mismo en ese instante. Nunca un humano le trató antes en esa forma y, ese mocoso, ¡ése le trataba como a un animal callejero!

No continuó hablando con la diablesa. Esa memoria lo superaba pero, sabía exactamente como vengarse.

Caminó hasta la mesa del comedor, el cual se encontraba bastante alejado del salón del trono, y tomó un plato. La mesa que se cernía frente a él podría ser motivo de pelea entre dos demonios sin la menor duda.

Cualquiera pensaría que en una mesa de ese tipo, únicamente se encuentras platillos viscosos o las simples canicas rojas y azules en que se convertían las almas pero, no en esta mesa. Sebastián no gustaba de tomar las almas como si fueran vulgares píldoras. Por el contrario, ordenaba a sus sirvientes cocinar platillos deliciosos, tan humanos como fuera posible y, cuyo ingrediente principal fuera un alma de exquisito sabor.

Su elección de esa mañana fueron dos hot cakes. Con solo darle una ligera olisqueada supo de quien exactamente era el alma contenida en ellos.

"Anna Bolena", susurró con la mirada fija en el candelabro resplandeciente que colgaba en el centro del techo. Pensaba en lo exquisito de aquella mujer que en vida fuera una de las víctimas de un rey déspota como lo fuera Enrique VIII. "Elegante y sofisticada.", esas eran sus almas favoritas. Era increíble que la de un niño fuera capaz de superar a todas ellas, incluso a la que saboreaba ahora con tanta pasión.

"Mmm…", gimió suavemente, llevando un trozo a su boca y degustando aquel manjar magnífico, luego sonrió. "Ciel… ¿qué pensarás de esto después de dos semanas sin comer?"

Sirvió otros dos hot cakes en el plato e incluso los roció con una especie de miel blanquecina que se parecía mucho a la miel de abeja. Orgulloso, tomó el plato y avanzó pasillo tras pasillo, observando la magnificencia de su palacio y cada decoración que en él había.

Su forma, lentamente fue cambiando mientras andaba. Sus pantalones negros se ajustaban, como si quisieran volverse parte de su ser; una coraza de cuero negro se cernió sobre su pecho en el espacio donde antes estuviera la camisa y la chaqueta. Los cuernos se agrandaron, sus dientes se afilaron y lo único que podía escucharse era el pisar de los tacones en sus botas. El rey del inframundo no se permitía ser visto en su forma "humana" por mucho tiempo, sobre todo en ese lugar de castigo.

Finalmente, llegó a la puerta del verdadero infierno. La abrió y los gritos incesantes hicieron eco en sus oídos. No cesaban ni un instante. Las voces se enronquecían, se apagaban por el dolor pero, siempre quedaban otros que no se detenían. El demonio sonrió. No había sentenciado al ojiazul a una cosa como ser desmembrado, aún cuando sabía que lo merecía y los seres de su clase se recuperaban muy pronto. ¿Y por qué no lo hacía? Era algo que no se preguntaba en realidad. Lástima, tal vez. No obstante, el castigo que le había dado tampoco era misericordioso.

Los demonios de las celdas le miraban, algunos gritaban y suplicaban que les dejase marchar. Sebastián no se detenía. La única que llamó su atención por un momento fue una pequeña. Había muerto por posesión demoníaca, un alma contaminada por uno de sus allegados. A él lo había asesinado, a ella no porque le gustaba el brillo en sus ojos.

-Ven. – Susurró, inclinándose al lado de la celda en la que le mantenía. Cortó un trozo de los panqueques con sus dedos y lo llevó a la boca de la niña. Sus ojos se tornaron violáceos por un instante, saboreando el bocadillo. – Bien hecho, Emily.

Continuó su camino hasta llegar a la celda que asignó al menor. Desconfiaba tanto de su poder de convencimiento que él mismo había guardado la llave de la celda. La colgó a su cuello y no se la quitó en todo ese tiempo.

Abrió el cerrojo, posando sus ojos en la momia viviente que yacía acostada e inmóvil. Dejó el plato en el suelo y procedió a remover la venda de los ojos. – Buenos días, Ciel… - Su sonrisa socarrona se iluminó aún más cuando vio el odio irradiando de los ojos del menor.

Retiró la venda de la mordaza de su boca y observó con gracia las mordidas en ella. - ¿Cuántas veces intentaste liberarte? – Preguntó con sorna.

Ciel escupió su rostro. - ¡Demonio asqueroso!

-Te agradezco el cumplido. – Respondió Sebastián, fingiendo una sonrisa inocente. - ¿No piensas ahora que hubieras estado mucho mejor en mi cama?

-¡Nunca! – Gritó, luchando contra los vendajes de su cuerpo.

-Ni siquiera los mejores demonios pueden escapar de ellos, así que no luches. – Dijo el moreno, posando su mano sobre las vendas, las cuales cayeron alrededor del cuerpo de Ciel cuales suaves tiras de seda. El menor juntó las piernas, intentando ocultar su masculinidad. Sebastián hubo de girarse, porque la desnudez de Ciel, su cuerpo ligeramente sucio y el aroma que emanaba de su sexo le estaban encendiendo. No podía rebajarse a eso. Quería tentarlo sí, fastidiarlo y amenazarlo pero, no follarlo porque eso sería tentar una parte suya que odiaba. Una que casi le había destruido.

-Maldito. – Murmuró por lo bajo.

-Mira lo que he traído para ti. – El moreno dobló una rodilla ante el ojiazul y los demonios menores que se encontraban en las otras celdas, se aproximaron para contemplar mejor la escena. "Su Majestad" estaba de rodillas frente a un demonio cualquiera. Sebastián ofreció a Ciel el plato.

-No lo quiero. – Susurró el ojiazul, cruzando los brazos y mirando hacia otra parte.

-Por favor, acéptalo como una tregua. Sé que tienes hambre. – Sonrió. – Y si no comes, tendré que castigarte por desobedecerme.

Ciel no dijo nada, simplemente tomó el plato, enrolló una de las tortitas y comenzó a comerla a mordidas. Sebastián le observaba, un deje de burla y gracia se leía en sus ojos mientras observaba al menor comer. Al principio, el ojiazul le había dado una mordida pequeña, ahora, estaba devorando los "hot cakes" sin emitir ni una queja.

-Muy bien, Ciel. – Se burló el moreno cuando acabó. – Ahora dime, ¿qué harías con tal de salir de aquí? – La sonrisa desapareció por completo. Sebastián estaba estudiándole.

-Sabes bien que no tengo nada que darte. – Musitó el menor. – Ya no tengo mi alma.

-Ofréceme entonces tus servicios. – Sugirió el demonio. – Solo así podría yo librarte de Albus, quien me ha pedido que te ejecute frente a él.

Ciel le miró con rabia contenida. - ¡No seré tu prostituta personal!

-No te pediré "eso". Al menos, no por ahora. – La sonrisa volvió a su rostro. – Solamente di, "yo le ofrezco mis servicios, su Majestad."

-Estúpido demonio. – Masculló. - ¡No te daré nada!

-Mira, te lo explicaré mejor. Si haces un contrato conmigo y te conviertes en mi sirviente puedes vivir sino, te entregaré a Albus y será él quien acabe contigo. – Sebastián sabía bien que Ciel tendría miedo del otro demonio, por muy orgulloso que deseara comportarse.

El ojiazul lo pensó un momento y luego musitó. – Yo le ofrezco mis servicios, su Majestad.

El demonio mayor sonrió, llevando su mano al ojo de Ciel y presionándolo fuertemente con su palma. – Y yo acepto tus servicios, demonio. Te liberaré de esta condena a cambio de una eternidad como mi sirviente.

El menor sofocó un gemido de dolor al sentir una vez más el calor del sello al quemar su córnea derecha. – Te serviré lealmente cada día, Sebastián.

-No dudo que así será, amor mío. – Sebastián sonrió lascivamente, obligando al menor a separar las piernas y acariciando su sexo con sus uñas largas y afiladas. – Todo tú eres mío ahora.

El ojiazul quería propinarle una cachetada pero se detuvo. Era mejor no provocar más al demonio, por ahora. Ya tendría tiempo de vengarse de sus humillaciones luego, por ahora lo único que le interesaba era salir de ese pútrido lugar. El moreno se levantó y ordenó a Ciel hacer lo mismo. El menor se enrolló algunas de las vendas, intentando cubrir de su cintura hacia abajo. Luego, ambos abandonaron las mazmorras y entraron al palacio de Sebastián.

-Ahora, te mostraré tu habitación. – Dijo el moreno, tranquilo, como quien regresa a casa luego de un paseo. – Aunque no será tu habitación por demasiado tiempo, ya que luego subiremos a la superficie y me ayudarás a cazar algunas almas de calidad porque las que tengo aquí se están agotando.

-¿Y qué te hace pensar que no escaparé cuando salga de aquí? – Preguntó el menor con sarcasmo.

-El contrato. Estás atado a mí. Si desobedeces, el dolor te va a recordar cómo debes comportarte, amor. – Comentó el demonio, mientras su traje lentamente se volvía más holgado, sus botas perdían ese detalle puntiagudo en sus extremos y su cuerpo comenzaba a vestirse tal y como cuando le volvió a ver.

El moreno continuó avanzando por el pasillo. Ciel le seguía desde atrás con curiosidad y ¿por qué no? Con algo de gusto también porque Sebastián era muy diferente ahí. Su forma de ser, tan cínica e irreverente, que terminaban llamando su atención y haciéndole desear conocer más a fondo al dichoso demonio. Ahora que lo pensaba, probablemente fuera efecto del contrato, ¿no?

-Ciel... - Le llamó, haciéndolo regresar de sus pensamientos. Ya habían llegado a la habitación y el ojiazul ni siquiera lo había notado. - ponte este traje. - Ordenó, sacando un conjunto negro del armario. - Éste me gusta para ti.

El menor no se movía de su lugar, simplemente lo miraba con una sonrisa forzada. - No quiero.

-Es una orden. - Espetó el moreno, tomando asiento en la enorme cama de doseles que ocupaba el centro de atención en la enorme habitación. Quería disfrutar en primera fila de lo que sucedería.

-¡No lo haré! - Gritó el menor. De inmediato, el ojo en el que llevaba la marca del contrato comenzó a sangrar. -¡Ah! - Ciel gimió. Le dolía tanto que le obligó a arrodillarse. - ¡Basta! ¡Deja de hacerlo!

-Yo no estoy haciendo nada. - Dijo el moreno, sonriendo con autosuficiencia. - Obedece y el dolor se irá.

Ciel anduvo a gatas hasta el borde de la cama, se inclinó y tomó el traje. - ¡Desgracia de demonio! - Gritó, tomando la camisa y comenzando a ponérsela. La sangre se detuvo de inmediato. - ¡Yo nunca te hice esto! - Protestó, mientras continuaba vistiéndose.

-Yo jamás le desobedecí, bocchan. - Respondió el demonio mayor, poniéndose de pie y mirando al menor con fingida lástima. - En cambio mírese. Es un demonio tan patético. - El ojiazul terminó de abotonarse la ropa y se puso de pie. Sebastián le miró, lucía bien. Demasiado bien para su gusto.

-¡Cállate, Sebastián! - Vociferó y la palma del moreno resonó en su mejilla, haciéndole caer sobre la cama.

-Mejor compórtate, amor mío. - Musitó. Sus palabras estaban incluso teñidas de falsa ternura. - Prepárate, porque pueda que una de estas noches te pida que abras las piernitas. - Rió. Ciel se sonrojó, a pesar de su condición demoníaca. - Y no podrás negarte. - Se giró hacia la puerta. - Ahora me voy. Te dejaré meditar sobre tu comportamiento.

Ciel tragó en seco. ¿Qué había hecho al aceptar el contrato con Sebastián en esa forma?