Autor: Framba

Título: Domus

Tipo: Drama

Resumen: Milo y Camus se enfrascan en una relación en donde el control es el sentimiento más importante

Clasificación: D/s

Advertencia: AU

Pareja principal: Camus y Milo

Comentario adicional: Este nuevo capítulo es básicamente un capricho mío, releí la historia y decidí seguir escribiendo al respecto; más explicación y comentarios sobre este capítulo lo pueden encontrar en mi blog ( frambaficker[punto]blogspot[punto]mx/). ¡Felices fiestas! Por cierto, la canción que se menciona en este fic en cierta parte de la historia es Experience de Ludovico Einaudi.

¡No olviden dejarme sus comentarios!

Estado: completo

Domus

-Solidificación-

POV: Milo

Abriste los ojos lentamente, el sonido de la alarma del despertador retumbaba por el espacio de tu recámara. Con la misma lentitud, moviste tu cuerpo un poco para alcanzar el reloj y apagarlo.

Cuando regresaste a tu posición en la cama, tus ojos aterrizaron en la silueta frente a ti. Por fortuna, el sonido de la alarma no había despertado a Camus, probablemente estaba muy cansado con todo lo que había sucedido los últimos días.

Se trazó en tus labios una diminuta sonrisa. Pusiste una mano debajo de tu rostro y te acomodaste en una mejor posición en la cama: ibas a verlo dormir por un buen rato, así, en la penumbra de la habitación, ibas a ser su espectador hasta que decidiera despertar. El día de ayer, el día seis, había sido tu día de dominación, habías sido tú el que había dado las órdenes por primera vez, y se había sentido bien… más que bien. Sentiste que lograste enseñarle algo a Camus así como él te había enseñado a ti: le enseñaste que podía confiar en ti y que podías hacerte cargo de la situación, podías cuidarlo tú también a él.

Hoy era su día siete, pero en realidad ya no importaba qué día era, Camus había roto el contrato ayer en la noche así que prácticamente ya no estaban en ningún día en particular ni tenían que seguir ninguno tipo de cláusula…

Tus pensamientos fueron interrumpidos por otro sonido que apareció de pronto a un lado de la cama: un timbre de llamada del teléfono celular. Cerraste un ojo en un guiño, ese sonido seguro iba a despertar a Camus y, sí, efectivamente, Camus comenzó a pestañear con dificultad y abrió los ojos, con un movimiento rápido giró sobre la cama, se estiró para tomar su pantalón del suelo y con otro movimiento logró poner el celular sobre su oído.

–Krest. –Gloriosa y rasposa voz. Su voz grave te dio escalofríos. Hasta ese momento giró su rostro de vuelta para enfocarte y verte. Sonrió levemente. Tú sonreíste de inmediato en respuesta, salió como un reflejo a la sonrisa tan bonita que te mostró–. Buenos días, Pandora. –Hizo otra pausa. ¿Quién era Pandora?–. Uhm… no sabía que era tan tarde. No te preocupes, diles que llego en media hora, máximo. –Otra pausa–. Sí, todo bien. Los veo en treinta. –Colgó el teléfono, lo dejó sobre el buró del lado correspondiente de la cama y giró para acercarse a ti y darte un fugaz beso de buenos días–. Buenos días, señor Antares. Disculpa que el teléfono sonara y nos despertara.

–Ya estaba despierto, señor Krest.

Se separó un poco de tu cuerpo y alzó una ceja en interrogación.

–¿Ya estabas despierto? –preguntó.

–No escuchaste mi alarma, ¿cierto? –Frunció el ceño y negó con la cabeza–. Estaba mirándote dormir, señor mandón, te veías absolutamente indefenso e inocente.

Camus rió, su risa preciosa, armónica, querías que se hiciera sólida y pudieras comerla en el desayuno.

–¿Inocente? No esté tan seguro de mi inocencia, señor Antares.

–¿A qué te refieres? –preguntaste. Ahora fuiste tú el que alzó una ceja en cuestionamiento.

–No tienes idea de las imágenes mentales que tengo en mi cabeza sobre ti. No tienen nada de inocentes, Milo.

–¿Qué estás pensando, Camus? –Su respuesta te intrigó de inmediato.

–Nada. –Sonrió, una sonrisa nueva, no pudiste leer que quería decir esa sonrisa.

–Dime.

–No, nada, olvídalo.

Sin pensarlo, te moviste de tu posición y te colocaste sobre su estómago, con cada una de tus rodillas a cado lado de su cintura, sentándote en él prácticamente. Un movimiento audaz de tu parte porque esta posición no la habían compartido en el pasado. Tomaste sus brazos y los llevaste a la parte de arriba de su cabeza, como si lo estuvieras atando imaginariamente.

–Dime o sufrirás un ataque de cosquillas en este preciso momento –amenazaste.

–No quieres entrar en mi cabeza, créeme –contestó, juguetón, aceptando y dándole la bienvenida a esta nueva dinámica entre ustedes: un ambiente más íntimo, más cálido, más… juguetón.

–Tú lo pediste –dijiste y empezaste a sujetar sus muñecas en una sola mano para dejar tu otra mano libre.

Camus empezó a moverse debajo de ti, tratando de zafarse del agarre. Tú comenzaste a reír y Camus también lo estaba haciendo. Encajaste más tu peso sobre su estómago para evitar que se moviera.

–Está bien, está bien, te lo diré –dijo Camus en medio de risas cuando tu mano derecha tuvo el primer contacto con sus costillas.

Soltaste sus brazos y acomodaste tu posición sobre su estómago. Éste, habías decidido, sería tu nuevo lugar favorito en toda la faz de la tierra.

–¿Qué imagen impura tenías en tu cabeza? –Seguías sonriendo, te dolían las mejillas.

Camus se quedó en silencio un momento, los dos recuperando la respiración y mirándose a los ojos.

Y el teléfono celular de Camus volvió a sonar en el buró. Resoplaste. Camus se movió de su posición para tomar el teléfono y, como consecuencia, tuviste que moverte de su estómago para dejar que él se estirara por completo y pudiera tomar la llamada.

–¿Qué sucede? –dijo al teléfono, molesto. Cambió de actitud en menos de medio segundo, quien estuviera del otro lado de la línea estaba en problemas–. ¿Quién?, ¿el alcalde? –Hubo una larga pausa, al parecer le estaban explicando algo. Llevó una mano a su frente, sus facciones mostraban de pronto una profunda preocupación, como si hubiera olvidado algo importante–. No, dile que por favor espere. Es más, en cinco minutos le llamaré a su número, no, mejor enlázame con él en cinco minutos exactamente. Voy en camino.

Terminó la llamada.

–¿Todo bien? –preguntaste igual de consternado. La atmósfera de la habitación había cambiado por completo.

Se movió en la cama para acercarse al borde, empezó a levantarse. Tu corazón se oprimió un poco.

–Olvidé que tenía que entregarle un documento al alcalde. Quedé de recibirlo hoy a primera hora. Lo siento, Milo, tengo que irme.

–Lo siento… –empezaste a decir.

Camus ya estaba de pie recogiendo sus pantalones del piso.

–No, no es tu culpa –te interrumpió–. Nada de esto es tu culpa, yo lo olvidé. –Se puso sus pantalones, su camisa y se reclinó sobre el colchón para acercase a ti–. Lo siento, debo irme. –Dejó un beso fugaz sobre tus labios y, en esta ocasión, cuando sentiste que se iba a separar de ti, te acercaste de nuevo a él, tomando sus labios entre los tuyos, no querías dejarlo ir, al diablo el aliento mañanero, al diablo el alcalde, al diablo Gelum, al diablo todo, necesitabas besarlo, tenerlo.

Él no se separó de ti, se dejó besar y sólo eso bastó para que te levantaras un poco más de tu posición en la cama y lo jalaras hacia ti con una mano detrás de su cuello, querías besarlo más, besarlo hasta que cada planta del planeta se secara; el beso se transformó en un beso voraz, no querías que se fuera ni se separara de ti por ningún motivo.

Empezaste a quitarle la camisa y a desabrochar su pantalón.

–Quédate –murmuraste en medio de sus labios. De nuevo atrapaste sus labios y ahora sí lo jalaste para que su rodilla se recargara sobre el colchón y todo tu cuerpo se abalanzó sobre él, haciéndolo girar hasta que su espalda quedó de nuevo en la cama.

No podías parar de besarlo, simplemente no podías, te sobrepasaba el sentimiento, era abrumador, desquiciado. No sabías de dónde había venido esta fuerza interior para primero, sentarse sobre él y hacerle cosquillas, y ahora, obligarlo a estar de nuevo sobre la cama para que pudieras probar sus labios hasta cansarte. El sabor de sus labios estaba impregnándose sobre los tuyos, la calidez de su cuerpo estaba reconfortando tu piel, la textura de su boca era compleja y delicada, adictiva.

El teléfono empezó a sonar de nueva cuenta. Demonios. Rompiste el beso, sus respiraciones eran agitadas. Ahora fuiste tú quien se estiró por el teléfono y se lo pasaste, pero estabas molesto, frustrado. Te moviste de nuevo de posición y quedaste acostado en la cama, mirando el techo.

Camus tomó una gran bocanada de aire y contestó el teléfono.

–Alcalde, buen día. Le agradezco infinitamente que tome mi llamada. ¿Cómo ha estado? –Camus giró su cabeza para verte–. Me da gusto escuchar eso. Una disculpa por no estar presente, estoy en camino para entregarle el documento que solicitó. –Otra larga pausa–. Por supuesto, veinte minutos, máximo. Qué amable. Lo veo pronto.

Ver a Camus hablar te hizo sentir mal de pronto. Era claro que tenía asuntos que atender y tú estabas entreteniéndolo.

Camus colgó el teléfono.

–Debes irte, lo siento. Ve –dijiste con algo de culpa. Tenías que ubicar que estabas con el director de la compañía Gelum, no con cualquier empleado que podía faltar o no responder al llamado de su jefe.

Camus suspiró y dijo:

–¿Podemos dejar esto en pausa y seguir después del trabajo?

Asentiste con la cabeza. Te sentías mal, odiabas que se fuera. El maldito alcalde no lo necesitaba tanto como tú.

–Bien –dijo Camus. Se acercó y dejó un beso pequeño sobre tus labios, quedándose cerca un momento de tu rostro para ver tus ojos y ver que estuvieras bien–. ¿Todo bien? –preguntó.

–No, pero entiendo, tienes que irte. Anda, ve –repetiste. Ya no querías entretenerlo más–. Entiendo, en serio, todo bien.

No lo viste muy convencido tampoco con tu respuesta, pero el teléfono volvió a sonar y eso fue lo que logró que se separara de ti, contestó la llamada, le dio instrucciones a Pandora, quien supusiste era su asistente, que lo esperara en la puerta del edificio en veinte minutos mientras se acomodada de nuevo la ropa para irse. Ya en la puerta de tu recámara y después de terminar la llamada, volteó para decirte:

–Te conocí hace justamente una semana. Esto apenas empieza. Sonríe.

Y sí, en efecto, levemente sonreíste.

o-x-o

Las palabras de Camus siguieron retumbando en tu mente mientras te arreglabas para ir a trabajar: hacía una semana que habías conocido a Camus. Tenías de pronto unas ganas inmensas de tomar de nuevo el tren. ¿Qué hubiera pasado si no hubieras tomado el vagón que Camus había abordado ese día? Jamás se hubieran conocido, su mundo y tu mundo estaban lejos de colapsar, no hubiera sucedido en ningún tipo de escenario, él tan importante y tú tan… común.

Bendito tren. Benditas revistas. Bendita suerte.

Esto apenas empieza, había dicho Camus antes de marcharse. Las primeras hojas de su historia estaban ya talladas para la posteridad, pero el resto de la historia se formaría a partir de este día, nada de contratos de por medio, sólo tú y él aceptando estar juntos. ¿Cómo iba a ser su relación? Habían derrumbado grandes muros en una sola semana, sólo podías esperar cosas buenas de aquí en adelante.

Tu celular vibró, lo escuchaste a la distancia, fuiste hacia él en tu recámara y leíste:

'Ya en la oficina. Shura saldrá hacia tu casa en cinco. No olvides desayunar.'

Sonreíste, podías notar en su mensaje que estaba ocupado, pero aun así se había tomado el tiempo de escribirte.

Respondiste:

'¿Podrías decirle a Shura que no venga? Tengo ganas de viajar en el tren, revivir cierto momento del viernes pasado.'

Seguiste con tus actividades, en las que estuvo incluido comer un hielo (querías empezar bien tu día), y recibiste la respuesta de Camus casi diez minutos después:

'Cuidado con toparte con algún director de alguna compañía en el tren, cuenta la leyenda que son vulnerables a tu encanto y se enamoran de ti al instante.'

Reíste a su mensaje antes de tomar tu chamarra y salir de tu departamento.

o-x-o

Al llegar a la estación de tren y pagar tu boleto, ibas sonriendo como un idiota. No podías controlar tus labios, estabas radiante; volver a tomar el tren y estar sentado en el vagón se sentía diferente, especial, éste había sido el lugar donde había llegado él a cambiar todo. La mañana afuera de la ventana se veía más brillosa, más bonita, cálida. Sacaste tu teléfono celular y tomaste una foto del vagón: se veía la gente, los asientos, el interior del tren; se la mandaste a Camus por mensaje y agregaste:

'Nuestro tren.'

o-x-o

Llegaste a tu trabajo de buen humor, saludando a tus compañeros, haciendo pequeña charla, te sentías bien. Haber viajado en el tren había sido una bonita experiencia, te gustó, incluso ibas a hacer el esfuerzo de viajar los viernes así a tu trabajo en lugar de molestar a Shura.

Después de instalarte en tu lugar y checar la agenda laboral, llegó un mensaje a tu teléfono: también era una foto de unas galletas de chocolate, debajo de la foto decía: 'Nuestras galletas'. Se veía en la foto parte de la oficina de Camus, se veía que las galletas descansaban sobre una bolsa de estraza de Starbucks, seguramente había mandado a alguien a que las comprara.

Sonreíste y suspiraste. Así se debía sentir estar enamorado hasta la última célula y rincón del cuerpo, así justo como te sentías en ese momento. Camus era… no tenías palabras concretas, Camus era tuyo, era ese chico que tenía reglas muy específicas sobre el amor, la entrega, la confianza, pero que estaba dispuesto a dejarlas a un lado un momento e experimentar contigo una mezcla de ambos mundos. En la mañana no habías podido parar de besarlo, lo cual te recordaba que no te había dicho qué era lo que tenía en mente que no era tan inocente…

Tecleaste en el celular:

'No creas que se me olvida que nunca me mencionaste tus pensamientos impuros mañaneros.'

¿Qué pudiera haber estado pensando él?, ¿qué imagen tenía de ti en su mente? Te intrigó conocer la respuesta. Estos días Camus te había puesto en situaciones al límite, te había visto contento, feliz, pero también necesitado, urgido, sediento de él. ¿Qué más podría tener en mente?, ¿era algo bueno o algo más inclinado al lado malo?, había dicho que no eran pensamientos precisamente inocentes… ¿alguna fantasía en especial?

Miraste el celular esperando respuesta, pero no recibiste nada. Tu jefe llamó tu nombre desde su oficina y de ahí te pusiste a trabajar el resto del día.

o-x-o

Tuviste oportunidad de revisar tu teléfono hasta la hora de la comida. No había mensaje de Camus todavía. Imaginaste que el asunto con el alcalde se había extendido, que tenía mucho trabajo.

Te acercaste a tu grupo de compañeros de trabajo y decidiste ir a comer con ellos, tenías varios días sin tiempo de vinculación laboral.

o-x-o

A mitad de la comida, surgió el comentario de uno de tus compañeros:

–Milo, estás muy sospechosito últimamente. Llegas deslumbrando con una gran sonrisa, te vas despavorido a las seis en punto…

–No comes con nosotros, los constantes mensajes de texto en el trabajo y las llamadas en horas de oficina… –agregó otro compañero.

–Te esperan a las afueras de la empresa hombres guapísimos… ¿de dónde conseguiste ese modelo? –preguntó una compañera, emocionada.

Pasaste el bocado de comida y sentiste que tus mejillas ardían, ¿por qué la conversación se había tornado hacia ti de pronto?

–Uhm. –Limpiaste tu garganta–. Sí, respecto a eso… uhm…

–¿Es tu novio? –insistió tu compañera. Ellos tres eran tus compañeros en el trabajo desde hacía… bastante tiempo, desde que habías entrado a trabajar a ese lugar prácticamente. Desde la semana pasada no habías tenido oportunidad de platicar con ellos y contarles de Camus.

¿Camus era tu novio? Ibas a saltarte las peculiaridades de tu relación con tu… novio, sí, podías llamarlo así porque Camus en la noche había roto el contrato, había dicho que quería que fueras su pareja, así que sí lo era, ¿cierto?

Tu teléfono empezó a sonar antes de que pudieras contestar. Tus compañeros sonrieron maliciosamente y tú agradeciste que pudieras separarte un poco de la mesa para contestar.

–Vuelvo enseguida –dijiste y te levantaste para caminar hacia la terraza del pequeño restaurante. Salvado por la campana–. ¿Hola? –dijiste en el teléfono.

Escuchaste un suspiro del otro lado, un suspiro cansado, pero apresurado.

–Milo, lo siento, estoy ahogado en trabajo por la visita del alcalde. Tengo diez segundos para esta llamada. Tengo una sesión de fotos en la noche, saldré tarde, ¿dónde nos vemos?, ¿tu casa?, ¿mi casa?

Camus se escuchaba estresado. Muy estresado. Trataste de seguir su conversación y comprender lo que dijo a esa velocidad.

¿Tu casa?, ¿su casa?

–¿Tienes algo planeado? –preguntaste. No sabías qué tenía él en mente para esta noche. Habían quedado en pausa en su sesión matutina de besos, había dicho que seguirían con la sesión en la noche, no sabías tampoco si los pensamientos impuros que tenía sobre ti modificaban el plan de esta noche... ¿no había visto tu mensaje? Y más importante, ¿por qué no podías dejar de pensar en eso? Morías de curiosidad por saber qué había pensado en la mañana. Sabías que tenías poco tiempo para hablar con él, pero no pudiste contenerte y agregaste–: ¿Algo que tenga que ver con lo que dijiste en la mañana?

Ya habían pasado los diez segundos que había dicho que duraría esta llamada.

Se escuchó un momento de silencio.

–Soy una persona muy extraña, Milo.

¿Mhn? Entrecerraste los ojos. ¿Qué había querido decir con eso? Tu corazón empezó a latir más rápido, ¿qué quería hacerte?

–¿De qué se trata? –insististe, muriendo, literal, de curiosidad.

–No puedo hablar en este momento.

Claro, estaba en la oficina, había gente con él, lo sabías, pero… demonios, ahora más que nunca querías saber.

–¿Puedes enviármelo en un mensaje? –preguntaste, dudoso–. Sé que estás ultra ocupado, pero… quisiera saber, quisiera hacerlo.

No sabías ni por qué habías dicho la última frase, pero había salido de tu boca sin pensarlo. Tu subconsciente estaba listo para lo que Camus quisiera hacer contigo. Quizá querías seguir tirando obstáculos, tu confianza en él era así de grande, en tan sólo siete días habías logrado ponerte en sus manos al cien por ciento. Querías cumplir con cada fantasía recóndita escondida en su mente, cada plan o idea que tuviera que ver contigo.

Otro momento de silencio, pero esta vez escuchaste que alguien le estaba diciendo algo a Camus, le estaban hablando de una exposición y unas gráficas. Miraste tu mano libre, te sentiste mal de estarlo entreteniendo con tus curiosidades cuando él estaba tan ocupado.

–¿Quieres hacerlo? –dijo Camus de pronto, su voz se escuchaba… extraña, se escuchó más grave, más rasposa. Lo imaginaste con esa mirada obscura que de pronto llegaba a la superficie de sus pupilas.

–Sí, lo que sea –respondiste inmediatamente, después mordiste tu labio, te invadió una excitación instantánea por complacerlo. Querías complacerlo, eso no cambiaba incluso con el contrato roto en un bote de basura en tu recámara. Tu parte sumisa resucitó dentro de ti y palpitó con fuerza.

–Bien. –Camus suspiró en la línea. Este suspiro fue diferente: más profundo, más largo, ¿pensativo? Escuchaste también movimiento del otro lado de la línea, como si Camus estuviera alejándose del ruido, como si estuviera caminando a un lugar más silencioso–. Tendré que organizar ciertas cosas para que suceda y me temo que… no podré estar en contacto contigo por el resto del día. Estoy realmente ocupado hoy, Milo, te ofrezco disculpas de antemano, sólo pude mandarte la imagen de las galletas y ya no pude contestar tu otro mensaje.

Así que así lo había leído. Sabía de tu urgencia por indagar en sus pensamientos, ¿quizá por eso había cedido en hacerlo?, ¿quizá llevaba toda el día considerándolo también?

–Y llevas como cincuenta segundos hablando conmigo, lo siento también, no quiero causar problemas, Camus –añadiste, porque en verdad sabías que estabas interrumpiendo algo importante.

–No, al contario, lo único que no me hace perder la cordura eres tú, pero ahora que quieres hacer esto, me haces perder de nuevo toda la sanidad que me quedaba.

–Quiero complacerte, Camus –dijiste, dándole voz a tus pensamientos previos. Él necesitaba oírlo y tú decirlo, curiosamente. Tu parte sumisa jamás iba a morir; él la había traído a la vida y no iba a desaparecer nunca, al parecer.

Hubo otro pequeño momento de silencio.

–Organizaré todo y Shura pasará por ti a tu trabajo, ¿está bien? Sólo… ve a casa y después veré la manera de… –Consideró los planes y cambió de parecer–: Shura te dará indicaciones.

Ya no querías abrumarlo con más cosas que hacer, con organizar todo en ese preciso momento, pero no podías negar lo mucho que saboreaste la palabra 'indicaciones' saliendo de su boca de nuevo.

–Lo haré, no te preocupes. Gracias por marcarme, quería escucharte, Camus. –Empezaste a despedirte para ya no entretenerlo más.

–Y yo a ti, Milo. Cualquier cosa, márcame o mándame mensaje.

–Lo haré.

Escuchaste que alguien llamó su nombre en el trabajo.

–Nos vemos en un rato –dijo como despedida.

–Sí, cuídate, adiós.

Colgaste el teléfono y regresaste a tu mesa.

–Ahora sí platícanos de tu novio –dijo tu compañera cuando te sentaste.

Sonreíste un poco, ¿cómo evitarlo?

o-x-o

Las últimas horas de tu trabajo pasaron rápido, también tenías cosas que hacer que te había encargado tu jefe antes de salir al fin de semana, así que la jornada laboral del día pasó con velocidad. En el transcurso de esas últimas horas le enviaste un mensaje a Camus que decía: 'Ansioso por conocer esa mente enigmática. Tu Milo.'

o-x-o

Al salir de tu trabajo, Shura estaba esperándote con la puerta trasera del coche abierta.

–Hola, Shura.

–Señor, Milo, buenas tardes. Suba, por favor.

Lo hiciste y cuando Shura también estuvo en el asiento del chofer, preguntaste:

–¿Planes? –Te inclinaste hacia el frente para escucharlo con claridad.

–El señor Krest me pidió que lo llevara a su departamento para que pudiera darse un baño y cambiarse de ropa por algo más cómodo. Después lo llevaré a Gelum, señor Milo.

¿Iban a ir a Gelum?

Tomaste aire y asentiste con la cabeza. La aventura estaba por comenzar.

o-x-o

Revisaste tu celular constantemente, pero no hubo noticias de Camus; ya estabas bañado, cambiado, perfumado y en camino a Gelum con Shura manejando el coche. Traías un cubo de hielo en tu boca mientras mirabas por la ventana el camino que recorrían. Debía faltar poco para que dieran las ocho de la noche.

o-x-o

En la recepción de Gelum te estaba esperando nada más y nada menos que Aioros.

–Hola, Milo –dijo, una sonrisa bailaba en sus labios.

–Hola, Aioros. –Contrario a lo que se pudiera pensar, te daba gusto verlo. Te acercaste a él y compartieron un abrazo cordial.

–Te preguntarás qué hago aquí y qué haces tú aquí –dijo, cuando se separaron del abrazo. Continuó–: No sé mucho, pero tengo que seguir ciertas instrucciones, ya sabes cómo es tu novio. –Alzó los ojos como en señal de fastidio. Tú sonreíste más–. Mi primera misión es llevarte al quinto piso para arreglarte y después llevarte al piso donde está el estudio.

Mhn. ¿Qué era lo que iba a suceder?

Empezaron a caminar hacia el elevador. Por la hora, no se veía mucha gente en Gelum, pocos iban saliendo por la puerta, el oficial de vigilancia ya no te pidió tu identificación para entrar, supusiste que Camus seguía aquí y había dado órdenes de dejarte pasar, o no sabías si Aioros se había encargado de tu acceso.

–Mencionaste que van a arreglarme…

Aioros oprimió el botón del elevador.

–Camus quiere verte de cierta manera y, por fortuna de ambos, soy el encargado del departamento artístico de esta empresa –Aioros te informó.

o-x-o

Aioros te guió hacia una gran sección donde había una hilera de sillas con grandes espejos frente a ellas; dichos espejos tenían luces alrededor, bulbos de luz, todo se veía muy profesional. Aioros te indicó que tenías que cambiarte de atuendo: te entregó una bata blanca y un short de material de licra negra, después te señaló un biombo que estaba en la esquina del lugar. Fuiste hacia allá, te quitaste toda tu ropa y te colocaste el short que Aioros había indicado, el short te quedaba justo, se adhería a tu piel como una segunda piel. Saliste de nuevo con la bata blanca puesta. Una parte de ti se sentía con nerviosismo al cambiarte, pero otra parte estaba disfrutando todo este acertijo.

Había una persona más en el gran cuarto y, después de que te indicaron que te sentaras en una de las sillas, esta persona acercó una maleta negra hacia ti y empezó a sacar productos de maquillaje que se veían sumamente costosos.

–¿Alguna duda del concepto que te pedimos trabajar en él? –Aioros se dirigió a esta persona que, asumiste, era un maquillista profesional.

El maquillista contestó que no tenía duda. El teléfono de Aioros comenzó a sonar, ¿sería Camus? Aioros se alejó un poco de ustedes hacia la puerta del lugar para contestar.

–¿Cuánto tiempo llevas modelando? –preguntó el maquillista de piel obscura. Lo miraste a los ojos. No eras modelo. Recordaste que Camus dijo que hoy tendrían una sesión de fotos, a lo mejor este sujeto pensaba que eras parte de la sesión. Ibas a responder cuando el sujeto prosiguió–: Aioros me pidió que tu maquillaje fuera espectacular, me dijo que el presidente de la compañía tiene mucho interés en que te haga lucir fenomenal.

Mhn, ¿qué tenía planeado Camus con todo esto?

–¿Cómo vas a maquillarme? –preguntaste, ¿podría darte él más información para armar el rompecabezas?

–Voy a escarcharte, corazón –respondió el maquillista con una sonrisa.

o-x-o

Como lo había dicho el maquillista, después de casi media hora, estabas listo. Aioros aplaudió cuando se acercó a ti a ver el resultado final.

No podías dejar de mirarte al espejo, el trabajo que había realizado el maquillista era… de otro mundo. Entendiste entonces el concepto del escarchado que había mencionado: algo había aplicado en tu cabello que lucía más claro, como si tu cabello fuera azul cielo en lugar de azul obscuro; la textura de tu cabello había cambiado también: se veía más tieso, más agresivo, más intenso; había maquillado levemente tus sienes y la parte exterior de tus pómulos con algo de maquillaje azul marino y tus ojos tenían una leve capa de sombra azul cielo, casi no se podía percibir; los tonos azules cerca de tus ojos hacían que el azul de tus ojos explotara y reluciera como jamás los habías visto; lo verdaderamente extraordinario estaba en lo que había hecho con tu piel, no entendiste qué proceso utilizó, pero tu piel se veía un tono más blanco de lo normal y parecía como si te hubiera sumergido en una tina de nieve, tu piel brillaba sutilmente como si tuvieras centenares de diminutos copos de nieve por toda la piel, incluso él había hecho que te descubrieras el pecho y había maquillado tanto tu cuello, tu torso y parte de tus brazos.

No concebías cómo te veías tan absolutamente… ¿resplandeciente? Esta versión de ti, tenías que reconocer, lucía espectacular.

o-x-o

Se despidieron del maquillista y Aioros te guió al elevador. Subieron un piso y cuando las puertas se abrieron, te dijo:

–Mi trabajo termina aquí. La siguiente indicación es que yo me asegure de que las cámaras de vigilancia de este piso estén apagadas y que tú esperes a Camus en el estudio que está detrás de esa puerta. Deja la bata en la entrada. –Señaló enfrente de ustedes donde se veía la puerta que decía STUDIO.

Cuando volteaste a ver a Aioros, te bañó una extraña intranquilidad, de pronto no querías que Aioros se fuera, te turbó lo que estabas por encontrar en el estudio.

–Diviértanse –dijo Aioros.

Sacaste el aire de tus pulmones. Cierto. Estabas aquí para ver a Camus y complacerlo, divertirte, cambiaste el interruptor dentro de ti, y todo el temor decidiste sacarlo de tu sistema.

–Gracias por todo, Aioros. –Fue lo único que pudiste decir antes de que las puertas del elevador se cerrara y Aioros se marchara.

Era el momento de ver qué había en la mente de Camus. Te dirigiste a la puerta y la abriste lentamente.

o-x-o

Tus labios se abrieron un poco en sorpresa cuando entraste al estudio: el lugar y el diseño de la decoración era hermoso. Las paredes y techo negros tenían pequeñas luces blancas que parecían alumbrar como estrellas. El piso donde estabas parado empezaba a tener los primeros detalles de una especie de arena blanca que obviamente simulaba la presencia de nieve, la cual iba incrementando en cantidad mientras más se acercaba al escenario colocado en la pared del fondo del estudio.

El escenario estaba conformado por grandes árboles con ramas secas, todos pintados de pintura blanca; estos mismos árboles estaban alumbrados por luces de color azul marino, turquesa, morado, violeta, y rosa muy claro; imaginaste que los reflectores estaban escondidos en el perímetro del estudio.

Te quitó el aliento la belleza del paisaje simulado. ¿Qué lugar era éste? Si en verdad existía en el planeta tierra, querías ir; si había salido de la imaginación de alguien, querías conocer a esa persona e invitarle un trago por tan delicada y extraordinaria creación. ¿Sería idea de Camus?

Recordaste que tenías que seguir respirando y, con una gran bocanada de aire, aprovechaste para quitarte la bata como Camus lo había solicitado; la colocaste en una mesa negra que había a un lado de la puerta.

Comenzaste a caminar hacia el escenario, hipnotizado por acercarte a los colores que se conjuntaban en las ramas de los árboles, en los troncos de los mismos, en la nieve que reflejaba tímidamente las luces también.

Dejaste de caminar hasta que tocaste uno de los troncos, parecía sumamente real…

La puerta del estudio se abrió, giraste tu cabeza hacia ella.

La silueta de Camus hacía contraluz, sólo pudiste apreciar su figura en la obscuridad. Pasaste saliva y giraste por completo tu cuerpo para estar de frente a él. Camus cerró la puerta tras él y dio unos pasos hacia dentro del estudio. Poco a poco la luz fue iluminando su rostro. Notaste al fin su atuendo: pantalones negros, camisa negra, chaleco negro, corbata negra. Elegancia avasalladora. Su cabello largo enmarcando la delicadeza de su rostro. Notaste que traía puesta una mochila negra sobre sus hombros.

Llevó sus manos detrás de su cuerpo y de pronto se quedó ahí, sin moverse, observándote sin decir una palabra.

Tu cuerpo se tensó al instante. Tuviste dificultad para inhalar aire. ¿Qué estaría pensando?, ¿así era como quería verte?, ¿esto era lo que quería ver? No sabías qué hacer o si debías decir algo. Trataste de enfocar sus ojos, pero la distancia entre ustedes todavía era considerable, así que no podías distinguir bien sus facciones. Entrelazaste los dedos de tus manos y los dejaste reposando frente a ti. Esperarías a que él te diera alguna indicación.

Pasaron algunos minutos y Camus seguía observándote en silencio. Después notaste que al fin movía su cuerpo, uno de sus brazos se movía y sacaba algo de la bolsa de su pantalón. Era alguna especie de control pequeño porque, después de que apretó ciertos botones de dicho control, empezó a sonar una canción por todo el estudio y también empezaron a descender del techo partículas de algún material que replicaban casi con exactitud a copos de nieve.

Con la música y la simulación de nieve, te transportaste a este lugar al que Camus quería llevarte, no sabías dónde era y si el lugar existía en realidad, pero este escenario invernal, este paisaje tan etéreo, frío y desgarradoramente hermosa era, sin duda, Camus. Gritaba Camus con toda su fuerza; ahora lo corroborabas. Lo sentiste de pronto invadirte por cada poro, así se sentía él, Camus parecía ser este lugar.

Seguías respirando con dificultad, tanto, que tomaste una gran bocanada de aire. Cerraste un momento los ojos para centrarte de nuevo en ti, en seguir aquí de pie, en respirar, en dejar que la invasión de todos tus sentidos se calmara y se sintiera cada vez como una adaptación en lugar de una agresión.

Cuando abriste de nuevo los ojos, notaste que Camus estaba caminando hacia ti con pasos lentos, una cadencia sin prisa, pero podías sentir su mirada en tus ojos.

Al fin lo tuviste cerca porque ya podías apreciar el azul de sus ojos con claridad, la textura de porcelana de sus mejillas, la finura del contorno de sus labios, y lo mejor de todo, esos mismos labios se levantaron un poco en las comisuras en el fantasma de una sonrisa. Se quedó parado a cinco pasos de distancia de ti. Notaste que suspiraba.

Pensaste que diría algo, pero no fue así, se mantuvo en silencio de nuevo. Mordiste la parte interior de tu labio inferior. Quisiste dar un paso y acercarte a él, pero Camus pareció leer tu mente porque él caminó hacia ti, recorriendo los últimos pasos de distancia que los separaban.

Al fin llegó a ti y te sorprendió lo que sucedió: lo habías visto sostener tu mirada en todo su trayecto hacia ti, sus pasos habían sido seguros y firmes, pero ahora que estaba frente a ti, bajó su mirada, no enfrentó tus ojos.

–Camus… –dijiste suavemente, extrañado, confundido, tu voz sonó extraña también, diminuta. Llevaste tu mano a su barbilla y levantaste su rostro con cautela.

Finalmente pudiste ver sus ojos y sus facciones: la expresión de su rostro lucía afectada, desencajada.

–¿Qué sucede?, ¿estás bien? –preguntaste, consternado.

Camus cerró un momento sus ojos y después, al abrirlos, él fue quien llevó una mano al costado de tu cara, acariciando tu mejilla.

–Es sólo que… –Su voz fue casi inaudible, estaba totalmente desarticulado. Limpió su garganta y continuó–: Verte transformado en hielo supera cualquier imagen que yo…

Camus no podía hablar, sentías la emoción en sus palabras, en su pecho al borde de estallar. Y algo en ti se destensó un poco. Habías cumplido y sobrepasado al parecer su expectativa de este momento. Te sentiste triunfante, triunfante por existir incluso, por embonar con él, orgulloso de poder deslumbrarlo, de ser suyo. Camus también era mucho más de lo que tú esperabas, él superaba cualquier expectativa que hubieras podido haber tenido de una buena relación, lo que estabas construyendo con él era fuerte y real, extraordinario y mágico, desde el día que lo viste en el tren, desde el primer momento que sus mundos se cruzaron.

–¿En dónde estamos? –preguntaste. No necesitabas que él terminara la frase que había dejado inconclusa, tú sabías lo que él había querido decir, estabas más que seguro lo que él sentía porque tú te sentías igual.

Camus sacó el aire de sus pulmones, pareció también soltar la tensión del momento, reponerse de alguna manera. Respondió:

–En Siberia.

¿Siberia? Entonces sí era real este lugar. Sí existía. Asentiste con la cabeza. Siberia, el ambiente invernal, Gelum, todo tenía que ver con el hielo con Camus.

–Es… este lugar es bellísimo. –Miraste alrededor de nuevo–. Es impresionante lo que lograron hacer con los troncos…

No pudiste seguir hablando porque Camus comenzó a besarte, te besó tomando tus labios en un primer impulso, pero después se separó un instante de ti y volvió acomodar su postura, esta vez poniendo su mano derecha detrás de tu cuello y acercándote a él, su cuerpo junto al tuyo, sus labios besándote con más intensidad y profundidad.

No tenías nada más que agregar, estabas listo para entregarte a él, para seguir experimentando esta fantasía. Estabas trasformado en hielo, había dicho él, te gustaba ser hielo, sabías que Camus tenía cierta conexión con ese elemento y ahora comprobabas que era un instrumento vital en su vida. ¿La combinación del hielo y tú lo excitaban?

El beso continuó y sentías a Camus presionarte más hacia él, sus respiraciones eran agitadas, sentías cómo intentaba besarte más, incluso sus dientes empezaban a raspar tus labios, tu lengua, el interior de tu boca. No querías despegarte de él ni para tomar aire, lo necesitabas más que al mismo oxígeno.

–Milo –dijo de pronto, separándose de ti, tomando aire al mismo tiempo en una gran bocanada de aire.

Tú estabas prácticamente jadeando cuando abriste tus ojos y lo miraste.

–Milo –volvió a repetir, pero esta vez su tono fue más gentil, como si estuviera reconociendo tu presencia en el estudio–. Estás hecho de hielo… –murmuró, como si fuera el fenómeno más impactante ocurrido en la faz de la tierra desde que ésta se había inventado–. Eres de hielo –concluyó, fascinado.

Con un movimiento quitó la mochila de sus hombros y la dejó en el piso, a un costado de su pie derecho. Se enderezó y llevó entonces sus manos a cada lado de su cintura, bajó su mirada de nuevo y negó ligeramente la cabeza. Pensaste que iba a mencionar algo más, pero no, se quedó en silencio. Algo sucedía dentro de Camus… ¿qué estaba pensando?

–Camus… –llamaste su nombre para que alzara su rostro y te mirara, pero no lo hacía–. ¿Qué sucede? –preguntaste y, al no recibir respuesta, volviste a tomar su barbilla con tu mano y alzaste su rostro por segunda vez.

Sus ojos estaban cerrados en esta ocasión.

–No me hagas mirarte, Milo –respondió, pero su tono y el ceño en su frente te inquietó. Se veía molesto, alterado, casi preocupado como hace apenas unos instantes.

–¿Por qué no quieres mirarme?

–Porque no voy a poder controlarme.

Soltaste su rostro y te quedaste inmóvil. Algo estaba sucediendo aquí, él estaba conteniéndose con todas sus fuerzas, lo sentías, sentías una especie de presión contenida en su interior, algo que no quería dejar salir. La fantasía no era sólo verte vestido de hielo y estar en este lugar, sus pensamientos no se detenían ahí, había algo más…

Pasaste saliva y preguntaste:

–¿Qué es lo que quieres hacerme, Camus? –Él había dicho en la mañana que sus planes eran todo menos inocentes, ¿era esto a lo que se refería?, ¿había algo tenebroso que no quería mostrarte? Quisiste saber la respuesta con toda tu fuerza y al mismo tiempo te sentiste aterrado de que él dijera algo, querías que hablara, pero al mismo tiempo, querías salir corriendo del lugar. Tomaste aire lentamente y dijiste–: Mírame, por favor. –Dejaste que la curiosidad venciera al miedo, querías conocer a este chico en todos aspectos, ¿no era así?

Camus abrió sus ojos y te miró al fin. Ahí estaba la mirada más obscura y misteriosa que había descansado en esas pupilas azules desde que lo habías conocido. Era imposible leer algo ahí, sólo sentiste que la parte trasera de tu cuello y tus hombros se contrayeron. ¿Qué había en su cabeza?, ¿qué tenía planeado?

–Dime, puedo hacerlo –concediste, con seguridad esta vez. Decirlo en voz alta te daba seguridad a ti mismo, necesitabas escucharlo tú mismo primero para empezar a creerlo.

Su mirada pareció agudizarse, como si estuvieras retándolo a decirte, como si lo estuvieras provocando.

Se agachó entonces a tomar algo de la mochila negra que traía consigo. Notaste que había algo, dentro de la mochila, que tenía una estructura cuadrada, como una caja, y de esa estructura sacaba algo: una copa con hielos.

¿Una copa con hielos?, ¿empezaría su petición con… un brindis?

Se incorporó de nuevo y se acercó con cautela a tu oído, pensaste que iba a decirte algo, pero no dijo nada. Seguía dudoso al parecer. Moviste un poco tu posición y atrapaste sus labios con los tuyos en un beso certero; querías absorber sus dudas, querías saber qué quería hacerte. El beso duró un momento más y al separarte de él, juntaste todos los recuerdos de su historia que habían parecido fuertes y de los cuales habías salido victorioso, y con esa seguridad le dijiste:

–Estoy listo para ti, siempre lo estaré.

Camus te miró un momento en silencio y se volvió a acercar a ti a besarte, pero esta vez él fue quien empezó a profundizar el beso, a besar tus labios cada vez con más fuerza, a introducir su lengua en tu boca para probar cada rincón. Llevó su mano con la copa detrás de tu cuello, su pecho se presionó contra el tuyo.

Y, de pronto, se separó de ti por un momento y recargó su pómulo derecho sobre tu pómulo: sus labios de nuevo cerca de tu oído. Escuchabas lo rápido que respiraba, sentías también el movimiento de su agitación sobre tu pecho. En voz muy baja, susurró, sólo para que tú pudieras escucharlo, murmuró:

–Quiero convertir tu semen en hielo.

Cerraste tus ojos cuando la última palabra entró a tu mente. La petición había sido hecha, la fantasía revelada, el secreto compartido. Camus se quedó cerca de ti, no se separó después de decir las palabras, ¿podía él sentir o escuchar tu corazón latir con rapidez?

No hubo más intercambio de palabras, no sabías qué decir, pero tampoco hubo tiempo de que lo hicieras. Camus seguía en la misma posición y sólo sentiste que su mano derecha de pronto se acercó a tu estómago y rozó tu piel con el dorso de su mano; el toque de su mano era frío, como todo el ambiente en el estudio a pesar de la calidez de sus cuerpos juntos.

Tú transformado en hielo, había dicho él, el exterior estaba ambientado, pero faltaba el interior, tú interior. No pudiste seguir pensando en nada más porque su mano derecha se deslizó hacia la orilla de tu short y empezó a moverlo para que éste descendiera sobre tus piernas, dejándote desnudo frente a él.

Seguías sin abrir los ojos, sólo podías sentir la anticipación de lo que estaba por ocurrir.

Camus finalmente tomó tu miembro en su mano con un toque suave y solo te sostuvo. Y abriste los ojos. Te separaste un poco para poder verlo a los ojos. Querías verlo, esta petición suya era extraña, sí, pero desde que lo habías conocido todo con él había sido distinto, al límite.

–¿Camus? –llamaste su nombre. Notaste que él suspiró, pero no abrió sus ojos. –Quiero hacerlo. Lo que pidas, puedo dártelo. Quiero hacerlo, Camus –dijiste en voz baja, pero con seguridad. –Me has enseñado a complacerte, he aprendido a disfrutar estos momentos. Quiero hacerlo –repetiste la misma frase porque ahora sí era completamente cierta, quitarte la ropa, arrodillarte frente a él, hacerlo en un baño de un lujoso salón, abrazarse media hora o hacerse cosquillas por la mañana, todo era parte de lo mismo, de la entrega entre ambos. –Será un placer complacerte –concluiste.

Camus por fin abrió sus ojos y seguía ahí esa mirada cubierta por el misterio y lo que parecía un absoluto deseo, esa mirada te quemaba el alma, las entrañas. Quizá el vio en tus ojos la autorización para llevar a cabo lo que su mente tenía planeado. Es más, moviste su brazo que descansaba sobre tu hombro y tomaste la copa que él tenía en su mano, tú ibas a sostener la copa en señal de aprobación.

Sin dejar de mirarte, ahora sí Camus empezó la cadencia de arriba a abajo con su mano, lentamente. Tú tomaste aire y dejaste que la sensación de placer comenzara a surgir de tu vientre hacia cada parte de tu cuerpo.

Bastaron pocos minutos para que tu respiración empezara a aumentar de velocidad, poco tiempo para estar erecto entre sus dedos y con tu corazón latiendo rápidamente en las cavidades de tus costillas.

Llegó un momento que fue inevitable cerrar los ojos, dejar de verlo, la sensación de estar a punto de terminar era inminente.

–Pronto…– indicaste y luchaste por abrir de nuevo tus ojos, estar presente en todo momento de este momento. En verdad luchaste por ver su rostro o sus facciones, pero la pequeña explosión en tu cuerpo no te permitió, llegó finalmente, recorrió todo tu cuerpo y finalmente fue liberada en ligeras convulsiones. Sólo sentiste que la mano libre de Camus tomaba tu mano en la que sostenías la copa y la inclinaba para que algo del líquido blanco cayera en ella.

Abriste los ojos después del último espasmo y viste cómo la mayoría de tu semen se había quedado en los dedos de la mano de Camus. Él soltó tu miembro y de tu mano retiró la copa para él sostenerla.

Tu respiración era agitada por tu reciente orgasmo, pero intentaste recuperarte lo antes posible y observar lo que Camus hacía.

El ceño de Camus estaba fruncido en absoluta concentración, sus facciones serias, como si estuviera absorto en ese pequeño instante, como si no estuvieran en el estudio de su gran compañía, como si nada más existiera más que la sustancia entre sus manos.

Camus vació dos hielos de la copa sobre su mano ya de por sí llena del líquido blanco y los sostuvo sobre su palma. Notaste que su respiración era profunda, como si le costara trabajo respirar. Y hubo algo que te sedujo al verlo tener tu semen en su mano con los hielos, había algo sumamente erótico en la combinación de imágenes entrando a tus pupilas: cuando tu cuerpo y su cuerpo se unían era sumamente sexual, juntar sus labios y los tuyos era intenso, tanto tierno como pasional, pero esto, ver tu semen y el hielo era un orgasmo visual, un choque tremendo de esencias, una penetración no carnal en ningún sentido, al contrario, una unión de espíritus o almas, una fusión entre tú y él como no la habías experimentado antes.

Entraste en trance también, todo a tu alrededor desapareció, la galaxia entera desapareció, sólo estaban rodeados por obscuridad y lo único con luz y distinguible eran tú y él, su mano con tu semen y hielos alimentándose entre sí.

Estiraste tu mano totalmente intrigado por experimentar este encuentro sin nombre que hacía que tu mente se expandiera a su mayor límite. La yema de tus dedos se acercó a su palma, que hasta ese momento notaste que temblaba ligeramente, y sentiste la viscosidad de tu semen, pero… el líquido se sentía frío. Completamente foráneo y extravagante. Un líquido que jamás habías sentido a esta temperatura… te dolía la cabeza un poco al tratar de absorber la idea y saborearla.

Tu mano entonces viajó a los labios de Camus. Tus yemas rozaron su labio inferior, haciéndolo sentir el semen frío sobre su labio. Y entonces sucedió: Camus cerró sus ojos al contacto y sus facciones se suavizaron, pero notaste que apretaba la quijada, jamás habías visto sus facciones así, era difícil de describir, se veía en éxtasis, total y completo éxtasis. El contacto fue casi eléctrico. La fantasía de Camus más íntima y secreta estaba cobrando vida entre los dos, sucediendo entre ambos, y se sentía… orgásmico. Se sentía celestial, etéreo, divino. No había la necesidad de fluidos para saber que éste era un momento de clímax, de completa y absoluta satisfacción para Camus, de penetración, de conjugación, de unión en el sentido más íntimo. Un encuentro entre tú y él más armónico que juntar cuerpos.

Sentías un cosquilleo en tu vientre, sentías escalofríos en los brazos, sentías nervios y paz al mismo tiempo, ¿Camus se sentiría igual? Sospechaste que se sentía mucho mejor que tú, ésta era su fantasía a final de cuentas.

Notaste que Camus suspiraba y eso te trajo de nuevo a él, a observarlo. El momento había pasado, las facciones de Camus habían cambiado y Camus abrió los ojos lentamente, no pudiste describir su mirada con certeza: sus ojos se veían vivos, demasiado vivos, muy azules, intensos, el contorno se veía rojo, como si estuviera a punto de llorar, estaba totalmente perturbado, pero a la vez satisfecho, complacido.

–¿Estás bien? –dijiste en voz muy baja, tratando tú también de componerte, no muy seguro de qué hacer o decir.

Camus separó sus labios un poco como para decir algo, pero su voz no emitió ningún sonido, sólo jaló un poco de aire como si le costara trabajo respirar, como si estuviera recordando como aspirar y exhalar.

Te acercaste a él, quitaste la copa de su mano para dejarla en el piso y lo abrazaste, llevaste tus brazos alrededor de su cuello, como queriendo armarlo de nuevo, como integrándolo de nuevo a su ser, reconstruyéndolo.

–Está bien… todo está bien –murmuraste con un poco más de fuerza.

Sentiste que soltó los hielos que tenía aún en la mano al piso y te abrazó por la cintura. Su abrazo se sintió desesperado, como si hubiera estado perdido o como si lo hubieras rescatado de un naufragio. Estuvieron unos minutos en esa posición, hasta que volviste a preguntar:

–¿Estás bien?

Y esta vez sentiste que asintió con la cabeza dentro del abrazo, señal que aprovechaste para separarte de él un poco y mirarlo.

-¿Estás bien? –reiteraste, consternado.

–Sí –dijo, finalmente, su voz suave, afectada, preciosa. Volvió a asentir con la cabeza–. Sólo un poco… desorientado.

Ahora tú asentiste, comprendías lo que él había dicho porque tú te sentías un poco sedado también.

–¿Vamos a casa? –preguntaste. Y con casa no te referiste a su casa o tu casa, solamente a cualquier lugar donde pudieran estar juntos.

Él asintió una vez, se veía totalmente drenado. Tomaste su mano, lo condujiste hacia la puerta, te pusiste la bata que te habían prestado y salieron del estudio.

o-x-o

Al momento de llegar por el coche al estacionamiento, no preguntaste, sólo le extendiste la mano para que te diera las llaves y fuiste tú quien los condujo hacia tu departamento. No sabías si en su casa estaría Kiki o Marín, o incluso Shura, así que optaste por conducirlos hacia tu departamento, donde no tendrían que lidiar con nadie.

No dijeron nada en el camino.

o-x-o

Al llegar a tu departamento, abriste la puerta y lo dejaste entrar. No fue mucha tu sorpresa cuando viste a Camus caminar hacia tu recámara.

o-x-o

Camus se había recostado en la cama y había movido la colcha de tu lado para que te recostaras. Te quitaste también los zapatos y te metiste a la cama con él, lo único iluminándolos era la luz proveniente de la ventana.

–No estoy muy seguro de qué fue todo eso, señor Krest, pero fue… intenso –dijiste en tono cómico porque no sabías de qué otra manera abordar lo que acababa de suceder.

Camus negó ligeramente con la cabeza.

–Fue mucho más… jamás imaginé que sentiría algo así –confesó Camus. Su voz al fin más compuesta, más tranquila, más normal.

–¿Qué sentiste? –preguntaste. ¿Había sentido él la mitad o lo doble de lo que tú habías sentido?

–Sentí… el placer más intenso que he sentido en mi vida. Fue algo aterrador y magnífico al mismo tiempo. Me tienes… –Camus hizo una pausa, sonrió,– absurdamente dominado.

Reíste un poco.

–Y ni siquiera tuve que tocarte –dijiste en broma, contento.

Regresó a ti ese sentimiento que había empezado con esta historia, habían encontrado un balance entre su mundo y tu mundo, ya no había necesidad de ver quién estaba en control, sólo había un ánimo de seguir descubriendo sentimientos, lugares y situaciones juntos, de dar y recibir, y seguir adelante en esta nueva aventura, pero juntos, siempre juntos. No agregaste nada porque no había nada más que decir, las palabras ya no eran necesarias después de lo que acababa de ocurrir.

–Gracias, Milo… tú me enseñaste a dar las gracias. Así que gracias por hoy, por lo que sucedió –dijo Camus.

Sonreíste levemente y cerraste los ojos. ¿Qué día era hoy? El día siete en su relación… hoy terminarían los primeros siete días pactados, y algo en ti supo que lo habían logrado, que habían derribado todas las barreras en todos sentidos para ambos y ahora sólo te quedaba esperar y ver lo que los demás días les depararían… no podías esperar a averiguarlo.

FIN