Respuestas a Reviews:

Prysk: Lo siento.. DD: Hasta hoy actualizo porque no había podido subir el capítulo antes.. Me alegro que te guste y gracias por el review.. :DD

Whatsername-Sama: Jajaja, no por favor, no derrames tanta sangre.. XDD Y tienes toda la razón, Sebastián es un demonio cínico y pues, Ciel es Ciel ya todos sabemos como es.. XDD Muchas gracias por leer y me alegro tantooooo que te haya gustado. Gracias por el review.. :DD

Abse: Gracias por el review! :DD y qué bueno que te gustó.. :DD

AlexaSakurita- chan: (1) Síiii es que Ciel tiene como que mucha cólera contra Sebastián por haberlo dejado de lado.. DD: (2)Así es, esta historia también es nueva en cierta forma porque ya la había comenzado antes pero, hasta ahora la continué.. :DD Gracias por los reviews me alegro que te guste..

Laury Shinn: Jajajaja.. Es que esa es mi perspectiva obsesionada hacia Sebastián, XDD siento que siempre es sensual en todo lo que hace y Ciel pues, como dices tú, ukeable.. XDD Gracias por el review.. :DD

Plop: Has dicho la verdad jajaja.. XDD Ciel no quiere dejar de ser un aristócrata.. y pues, Sebastián es un amor- odio, si tu ves, acompañado del deseo profundo de ser igual a Ciel, de ahí que como rey algunas veces le verás queriéndole imitar.. XDD Gracias por el review y noooo.. no creo que seas como Misery.. XDD jajaja

Dix Love: Gracias! :DD Y bueno, es que Sebastián nunca confesó su verdadera personalidad por así decirlo, y, ahora a Ciel le toca ser el sirviente jajaja.. XD algo mala yo.. XDD Espero que te siga gustando y gracias por el review.. :DD


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El demonio entró a la habitación que antes asignara al ojiazul. ¿Qué esperaba encontrar? Una parte suya, la racional, decía que se acercaba ahí para comprobar que Ciel no se hubiera escapado; la otra, la ridícula e irracional, esperaba encontrarle justo como ahora, dormido. Profundamente dormido.

Tanto servir a ese niño le provocó desarrollar una atracción hacia él. Su memoria era excelente y pésima a la vez pues, cuando terminaba un contrato jamás recordaba lo que había sucedido con exactitud. Tenía trazas de recuerdos pero, nada concreto. Sin embargo, con Ciel recordaba desde el primer instante en que le vio hasta el día en que se convirtió en demonio. Ese día, el espejo de perfección se había roto. Sebastián se mostró con su verdadera forma ante el ojiazul y, éste se convirtió en una máquina devoradora de almas. Su vida ya no tenía otro propósito.

Adiós a los días en que Sebastián cocinaba un platillo delicioso para él, adiós también a los casos sin resolver de la Reina Victoria. Eran solo ellos dos y, aunque odiaba decirlo, seguían siendo ellos dos nada más; porque ninguno de sus súbditos o de sus sirvientes se interesaba en él. Le temían, pero nada más. Ninguno se habría enfrentado a él como lo hacía Ciel. Ahora agradecía el que se hubiera robado esa alma.

Le amaba por eso. También le odiaba. Mayor el odio que el amor, porque el menor despertaba en él cosas que en el inframundo no existían. Despertaba su cuerpo. Él que había tenido miles de amantes en su existencia y, ese fruto prohibido que representaba Ciel, le hacía saborearse. Se aproximó a su rostro e inhaló su aroma. También le odiaba por su orgullo. El mismo que nutría su alma y que la hacía única entre todas. Porque si el ojiazul se hubiera comportado distinto, él le habría dado una muestra. Una muestra de lo que era ser… Sebastián Michaelis. Una muestra de lo que él podía hacer. Ahora, simplemente le mostraría el infierno que podía crear.

-Despierta… - Susurró. No necesitaba hablar más fuerte de eso pues, el lugar estaba en completo silencio. Lástima que no hubiera oscuridad o todo habría sido perfecto. Sin embargo, eso era imposible en el inframundo.

El menor se giró y permaneció inmóvil cuando vio que quien le despertó fue Sebastián. - ¿Qué quie…? – Creyó ver la imagen del moreno levantando la mano para golpearle una vez más y su tono de voz cambió. - ¿Qué desea, su Majestad?

-Quiero que vengas conmigo. – El ojiazul aún traía puesto el traje negro que le gustaba a Sebastián, sus cintas al frente permitían ver parte del pecho del ojiazul y la cinta que sostenía la parte trasera simulaba un corsé, recordándole al demonio mayor mucho de lo que había vivido junto al ojiazul. – Necesito saber algo. – Deslizó sus uñas negras por el cuello del menor, dejando una ligerísima línea blanca en su piel lechosa.

-Claro. – Ciel se levantó, ni siquiera necesitó arreglarse. Ahora, siendo un demonio, jamás se movía al dormir. Su cuerpo no sentía calor o frío y tampoco soñaba nada.

El moreno intentó tomarle por la mano pero, el menor rechazó el contacto de inmediato, fingiendo que miraba hacia otra parte. – Sígueme. – Masculló el moreno.

-¿A dónde vamos? – Preguntó, recorriendo los pasillos interminables detrás del rey.

-Vamos al salón del espejo. – Musitó. Después de eso, permanecieron callados, Ciel sabía que al mayor no le gustaba que le hicieran preguntas y era mejor no tentarlo. - ¿Recuerdas aquella cámara que había en la mansión?

El ojiazul asintió. – Tanaka dijo que en la imagen se reflejaría algo que desearas ver en verdad.

-Bien. Eso es exactamente lo que haremos aquí. – Se detuvo frente a una puerta y la abrió lentamente. – Una bruja que mantuve cautiva en el palacio por muchos años lo conjuró para mí. Al principio creí que era una patraña lo que me había mostrado. Algún tiempo después lo comprendí. – Explicó el demonio mayor, paseándose frente a Ciel para descubrir su posesión. – Sin embargo, en esta ocasión le daré otro uso. Veremos qué tan humano eres aún.

Ciel retrocedió, su mente siempre había tenido claro su mayor deseo pero, ahora, no estaba seguro de lo que vería. – No quiero.

Sebastián apretó la mandíbula y anduvo hasta él. – No hemos aprendido nada sobre obedecer, ¿cierto? ¡Estoy harto de esa respuesta tuya! – El moreno le tomó por un brazo y el ojiazul se dejó caer de rodillas. - ¡Irás aunque no lo quieras! – Vociferó el demonio, arrastrándolo sobre el piso. Estaba frío, Ciel podía sentirlo en sus rodillas expuestas.

-¡No! ¡No me obligues! – Se retorció, intentando liberarse en vano pues, el moreno ya le tenía frente al enorme espejo.

-¡Levanta el rostro! – Gritó, sujetando la mandíbula de Ciel y obligándole a mirar hacia el cristal. – Míralo. – Susurró al ver que una imagen comenzaba a dibujarse en el espejo. – Es una orden.

Ciel sintió el llamado del contrato, hasta ahora había mantenido los ojos cerrados pero, la fuerza dentro de él le obligó a abrirlos. De inmediato, cedió en las fuerzas y dejó de luchar. Sebastián le soltó, dejándolo arrodillado en el suelo. Las siluetas comenzaban a tomar forma.

-Papá… Mamá… - Susurró el menor, mirando como las siluetas tomaban la forma de Vincent y Rachel Phantomhive respectivamente. El espejo en verdad le conocía. Eso era lo que más deseaba en ese momento. Habría cambiado cualquier cosa por un abrazo de su padre o de su madre.

Sebastián le observó con disgusto. ¿No era eso lo que esperaba que Ciel deseara ver? Ni siquiera él mismo lo sabía. Lo que sí llamaba su atención era la forma en que el ojiazul llamó a sus padres, no les había llamado así desde ese día en que regresó a casa y vio el pequeño cementerio familiar frente a la mansión.

No le dejaría. Estaba ahí para vengarse, no para tener compasión del menor.

Se aproximó, como si de un gato al acecho se tratara, y le tomó por la espalda, sujetando su mandíbula con una mano. – Dime amor, ¿qué sientes al verlos y saber que jamás estarás con ellos?

Los ojos de Ciel se llenaron de lágrimas, se sentía más humano que nunca antes pero, no se rebajaría a llorar para ese demonio. – Siento asco. – Masculló, luchando contra el agarre del moreno. – Asco de mí mismo por aferrarme a una vida que ya no me pertenecía. Asco de ti. – Sebastián aflojó el agarre al escuchar esas palabras. ¿Le habían herido?

-Yo diría que deberías sentir orgullo de ti mismo. Tus padres jamás habrían invocado a un demonio para salvarse. – Dijo el demonio mayor, sonriendo lascivamente y permitiendo al menor girarse para verle. – Y no cualquiera le habla así a su rey.

-¡No eres un rey! ¡Eres lo mismo que era yo! – Exclamó Ciel. – Eres lo que posees. – Musitó, como si lo dijera para él mismo. - ¿Acaso alguien ha venido a solicitar tu consejo alguna vez? ¿Tu compañía?

El moreno se mordió la lengua para no cambiar su aspecto tranquilo y seguro por uno alterado. – Ciel, esto es el inframundo, no Inglaterra. –Rió sonoramente. Aunque en su fuero interno se preguntó si era posible que él fuera completamente innecesario ahí. Respiró, intentando calmarse. - ¡Ah! Siempre sabes hacerme reír, amor mío. Sigues tan humano como antes.

Ciel le miró con resentimiento. - ¿Disfrutas burlándote de mí?

-No. Disfruto creando un infierno para ti. – El demonio se acercó más, hasta hacerlo retroceder y acorralarlo contra la pared. – Disfruto mostrándote que eres una criatura ínfima que no posee ni siquiera el menor atisbo de respeto por mi parte. – Resbaló su mano por el cuello del ojiazul. Los ojos de éste se tornaron rojizos, odiaba que le tocara en esa forma.

-Sebas… Su Majestad… déjeme ir, por favor. – Suplicó Ciel. Si quería librarse del demonio, tenía que timarlo. No hablarle con palabras rudas, tal vez, sino convencerlo.

-A mí no me engañas. – Susurró. – Llevó miles de años haciendo esto, no creas que serás el primero. He tenido muchos amantes. – Acortó el espacio entre sus rostros, separó los labios de Ciel con ayuda de su dedo pulgar y le besó rudamente.

-Mmm… - Protestó el ojiazul, luchando contra los brazos del moreno. - ¡Basta! – Le fastidiaba que lo besara pero, sobre todo, le fastidiaba saber que lo había hecho con tantos otros antes.

-Usted es mío, bocchan. – Murmuró contra sus labios, deslizando una mano entre los cabellos del ojiazul para hacer más profundo el beso. No quería admitirlo pero, el contacto era exquisito.

Ciel se perdió en la lucha. La textura de los labios del demonio era única. Debía admitirlo, era algo que deseaba probar desde hacía bastante tiempo pero, no a la fuerza. ¡No! Debía ser cuando él lo quisiera.

Sebastián fue quien rompió el beso. Se separó con una mueca de satisfacción, resbalando su mano por debajo de sus labios para limpiar la saliva del ojiazul. – Besas muy bien para ser un novato.

Sus miradas se retaron mutuamente pero, el menor emitió un suspiro. Fue casi inaudible. No obstante, el demonio mayor no perdería la oportunidad de aprovecharse de eso. Si alguna vez había querido vengarse, ahora conocía una mejor forma que atormentándolo con el recuerdo de sus padres.

"Ciel… Ciel… has firmado tu sentencia.", dijo el moreno en su fuero interno, sonriendo maliciosamente. "¿Sientes algo por mí? ¿Quieres que conquiste tu corazón demoníaco?" Esa última aseveración por poco y le hace reír.

El ojiazul se había quedado recostado en la pared, sin decir nada. - ¿Te ha gustado, amor? – Preguntó Sebastián, jugueteando con sus cabellos. – Si mal no recuerdo, jamás besaste a nadie en tu vida humana.

Ciel deseaba decirle que era porque siempre había querido besar a alguien especial pero, su vida estaba llena de bastardos e inútiles. – Sabes bien que jamás gusté de ese tipo de contacto.

-A mí me gustan mucho los besos… - Siseó, enrollando un brazo alrededor de la cintura del menor. – el sexo… la perversión… - Susurró en su oído. - ¿Sabes algo? Albus ha accedido a verte y permitirte que le ofrezcas una disculpa.

¿Disculparse? El demonio menor le devolvió una mueca de asco. – ¡No voy a disculparme con nadie! – Exclamó, alejándose de Sebastián.

-Tendrás que hacerlo. Además, - El moreno se pavoneó por la habitación. – tendrás que convencerme de hacerlo. – Ciel le miró boquiabierto. – Verás, Albus dijo que nos esperaría hoy mismo. Hasta entonces hay bastante tiempo y, no tengo ningún deseo de llevarte.

-¡Maldito demonio! – Gritó Ciel. - ¿Quieres deshacerte de mí? ¿Esperas que venga a buscarme para ordenarme quedarme frente a ti mientras me despedaza?

-Algo así. – Respondió Sebastián, meneando su cabello hacia un lado. – Claro, que si me dieras un poco de lo que me gusta, yo con gusto te llevaría.

-Prefiero morir en manos de ese demonio amigo tuyo. – Espetó.

-¿Y si no te asesinara? – El demonio mayor conocía a la perfección los temores del ojiazul. – Quizás simplemente te mantuviera como una más de sus… mascotas. – Sonrió. – Sin embargo, dejaré eso a tu elección. Yo iré a mi habitación y, si cambias de parecer, tomas un baño antes de llegar conmigo. Me gusta el olor de la piel húmeda y no me agrada la ropa, así que ve desnudo. – Y sin decir más, abandonó la habitación, dejando a un confundido demonio de ojos azules sin poder pronunciar palabra.


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Una parte suya se sentía estúpida por caer en las redes de Sebastián, la otra se sentía excitada. Sucia y excitada de imaginarse en la habitación del demonio sin llevar puesto algo más que una toalla enrollada en su cintura. Si bien había saboreado cada manjar del mundo en su mesa durante su vida humana, no había disfrutado de otro tipo de placeres. Era demasiado para un niño de su edad. No obstante, diez años pasaron desde entonces, si aún fuera humano, tendría veintitrés años y seguro, desearía experimentar tantas cosas que ni la sociedad ni el mundo lógico permiten.

No era que no le doliera en el orgullo tener que ceder ante "su Majestad" pero, era eso o convertirse en el juguete de Albus.

Sebastián sintió su presencia desde adentro de la habitación. Sonrió.

-Shibani. – Llamó a la diablesa, quien unos minutos antes había sido convocada por el moreno a la habitación. – Ven aquí, delicia. - La chica arqueó una ceja sensualmente y se dirigió al lado del rey.

-Como ordene, su Majestad. – Anduvo a gatas sobre la cama, haciendo que todo el cuerpo del demonio se tensara.

-Basta. – Le tomó por la barbilla, sonriendo mientras la atraía hacia él. – Mira que me estás tentando demasiado y, te he traído acá solo para provocar a mi pequeño amante.

-Lo sé. Es solo que me encanta seducirte… Sebastián… - Susurró la última palabra, recostándose sobre él y frotando sus senos redondos sobre el pecho del moreno.

-Eres una diabla… - Jadeó el demonio, tomando a la chica entre sus brazos. – Ya se acerca. Puedo sentirlo.

Ciel llamó a la puerta en ese instante. Hubiera podido intentar girar el pomo pero, sus manos estaban demasiado resbaladizas por la humedad y, peor todavía, Sebastián pensaría que estaba desesperado.

-Pasa, Ciel. – Respondió el moreno.

El ojiazul entró y no pudo evitar fruncir el ceño. – Veo que estás ocupado. Será mejor que…

-Nada, nada. – Le interrumpió Sebastián. – Shibani, - Se dirigió a la chica, quien tomó su cabelló suelto y lo echó hacia atrás, esperando las instrucciones de su amo. – vete. Ahora es el turno de Ciel.

-Sí, su Majestad. – Respondió Shibani, poniéndose de pie. Estaba completamente desnuda y el menor no pudo sino sentir un deseo inexplicable de golpearla. – Buena suerte, Ciel. – Dijo al ojiazul, guiñándole un ojo. Tomó su ropa del suelo y salió de la habitación.

Ciel giró la cabeza, viéndole marcharse. – No entiendo para qué me necesitas si la tienes a ella. – Cruzó los brazos con disgusto. ¿Y disgusto por qué? ¿Tenía celos?

-Ya te lo dije. – Se levantó de la cama. No vestía el mismo traje de siempre. Ahora, su pecho estaba descubierto y su pantalón de cuero ajustado parecía fusionarse con sus botas. – Me gusta tener muchos amantes. – Se inclinó para aspirar el aroma de Ciel. – En especial cuando son tan obedientes como tú.

-Cállate y dime, ¿qué quieres de mí? – Preguntó el ojiazul con molestia.

Sebastián tomó una copa, ignorando las palabras del demonio menor. -Bebe algo conmigo, mi amor. – Ofreció la copa, alta y transparente con un líquido espumoso que se desbordaba, similar a la champaña humana.

-¡No beberé contigo! – Exclamó el menor, tirando la copa de la mano del moreno. – ¡No es una orden y no tengo por qué cumplirla!

-¿Ah no? – El moreno dejó la otra copa que había cogido para él sobre la mesa y avanzó hasta donde se encontraba el ojiazul. – Tendré que castigarte para obtenerlo, ¿no?

Al no obtener respuesta, se paseó por la habitación. Ya tenía una idea de lo que le gustaría hacer. Tomó un pañuelo y se acercó al menor. – Déjame atarlo alrededor de tu cabeza, es una orden.

El ojiazul bufó y cerró los ojos, permitiendo al moreno atar el pañuelo, cubriendo sus ojos. – Listo. – Lo tomó por los hombros y lo lanzó al suelo. - ¿Quién es tu rey mi dulce amante? – Presionó su bota contra el pecho de Ciel.

-¡Nadie! – Gritó el menor, retorciéndose y sintiéndose inútil por no poder escapar del aprisionamiento del mayor.

-¿Seguro, mi amor? – Preguntó el demonio, pisando con mayor fuerza sobre el pecho del ojiazul, provocando que éste buscara el aire que en realidad no necesitaba para respirar.

-No… - Jadeó el menor. – Tú… ¡Ah! Tú eres… mi rey. – La presión cedió. El demonio sonreía complacido.

-¿Ves que fácil es? – Se alejó un par de pasos, observando ese espectáculo suculento. – Ponte de pie.

Ciel se levantó de mala manera. – Idiota. – Murmuró.

Sebastián dejó brillar a su mirada demoníaca y arrancó la toalla del cuerpo de Ciel de un tirón, al tiempo que le propinaba una nalgada a su redondo, pequeño y sabroso trasero. El ojiazul vibró y… jadeó. El demonio mayor conocía esos jadeos, no eran de temor sino de placer. Le sostuvo contra su cuerpo y le propinó otra nalgada más.

-¡Ah! – Le había sacudido de tal manera que si no lo hubiera estado sosteniendo habría caído al suelo. - ¡Déjame, Sebastián! – Gritó Ciel, recobrando la compostura por un instante.

-Es su Majestad… - Susurró el moreno, deslizando una mano suavemente y acariciando el trasero del ojiazul. Su cuerpo, como un imán, emanando el aroma de la lujuria y tentando al menor. Sebastián sabía que ésa era su mejor arma pero, rara vez la utilizaba en uno de su especie.

Ciel, comportándose como un animalito dócil, buscó acercarse más a ese aroma que le hipnotizaba. – Tu pecho… huele… diferente. – Murmuró, separando los labios y jugueteando con ellos en el pecho de Sebastián.

Fríos, al demonio mayor le provocaron una sensación agradable. - ¿Ves? Es mucho mejor cuando te comportas.

-Mmm… - Gimió el menor. Sebastián llevó su mano hasta la entrepierna de Ciel y la acarició. Estaba húmeda y no era agua exactamente. El ojiazul estaba excitado de sus golpes.

-Eres patético. – Musitó el moreno, riendo. Ciel deseaba alejarse pero, ese magnetismo enfermizo le hacía restregarse contra la mano que lo acariciaba.

-Maldito… - Murmuró. Sudoroso, jadeante. – Sigue, demonio… Sigue…

Sebastián sonrió, feliz con su cometido. – No. Ya me cansé de ti. – Y se desvaneció de inmediato, haciendo que Ciel cayera sobre sus rodillas, deseando sentir más de ese demonio, humillado porque todo era un truco de Sebastián.

Jadeó y dobló sus piernas. Tendría que tomar una ducha fría para eliminar ese efecto.