Respuestas a Reviews:
Prysk: Wiii.. me alegro que te haya gustado el capítulo y siii.. Sebas se aprovecha de Ciel.. XDD Gracias por el review.. :DD
Fernanda: Eso pienso yo! XDD Cuántas veces Ciel no hizo que Sebastián cumpliera sus caprichos? XDD Y no, poco a poco irán apareciendo otros personajes.. ya verás.. Gracias por el review.. :DD
DenniseM: Lo sé! XDD Pero bueno.. es que Sebastián es un demonio jajaja.. Espero que te guste este nuevo capítulo y abrazos para ti también.. XDD Y ya, ya leí el manga hasta el capítulo que va.. ahhh me mata lo que les está pasando.. Gracias por el review! :DD
Whatsername-Sama: Nooo no me acosas para nada y me encantan tus reviews.. :DD Siiii fijo Sebastián quiere estar con Ciel pero, el orgullo de ambos es grande, sobre todo ahora que Sebas se siente "en su terreno" por así decirlo jajaja.. :DD muchas gracias por seguir mis historias.. Un beso para ti también.. :DD Gracias por el review! :DD
Dix Love: Shibani! Creo que ella es un personaje que definitivamente tendrá protagonismo en esta historia porque me gusta mucho, es muy cínica y hermosa.. :DD Me alegro que te gustara el capítulo y, pues la historia gira algo lento en torno a ellos porque luego cambiará un poco.. :DD Gracias por el review..
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-¡Sáquenlo! – Mandó Sebastián a sus guardias, haciendo que los demonios entraran al baño y tomaran al menor por los cabellos. – El prisionero tiene que hacer una diligencia conmigo así que lo quiero vestido.
-¡Eres un maldito, Sebastián! – Gritó Ciel. Los demonios le miraban con deseo mientras un brillo lujurioso apareció en los ojos del moreno al verle así nuevamente, desnudo y vulnerable. - ¡Yo puedo hacerlo por mí mismo!
-Lo sé, amor mío, pero necesito que sea rápido. Además, después de tu patética actuación como amante, debo decir que ya me da exactamente igual si alguno de mis guardias aprovecha a desquitar sus impulsos contigo. – Acarició su mejilla. – Al fin del caso, solo les permito tener sexo una vez al mes. – Sonrió. –De otra forma, su energía se agotaría demasiado pronto.
Ciel tragó en seco y Sebastián se echó a reír. Claro que aquello era una dulce mentira de parte del moreno pero, amaba ver el rostro descompuesto del demonio menor. Los demonios arrastraron al menor hasta su habitación. El moreno se inclinó, recogiendo la toalla que Ciel había dejado en el suelo antes de entrar al baño.
Su aroma estaba impregnado en la prenda y el demonio se regodeaba en él. Sebastián no pudo evitar un ligero jadeo al experimentar esa cercanía nuevamente. El ojiazul no había perdido el "encanto" que poseían los humanos. Al menos no para él pues, aún podía percibir su alma a través de esa coraza demoníaca que ahora la envolvía.
Cerró los ojos. No era que no sintiera nada, era que se negaba a aceptarlo. Muchas veces durante sus años de servicio al menor, experimentó deseos que no se consentía a sí mismo.
Ciel tenía una manía, que solo pocos conocían. Siempre que alguien entraba en su oficina, giraba la silla para darle la espalda a la puerta. Nunca supo el motivo exacto pero, bien creía que se debía a que sentía miedo de quien entraría, o de su propia vista, engañándose y creyendo por un momento que era alguien más. Entonces, él, como todo buen mayordomo, llamaba a la puerta y cuando Ciel le indicaba, entraba con la carretilla del té, servía una taza, colocaba un pastelillo en el escritorio y tenía la oportunidad de hacerlo. Tenía la oportunidad de aspirar por un instante el aroma del cuello del ojiazul.
Suave, dulce, con un dejo del aroma del té y el chocolate que tanto le gustaban. – Joven amo, - Susurró, reviviendo ese momento mientras sujetaba la toalla entre sus manos y continuaba con los ojos cerrados. - ¿le gustaría almorzar en el jardín? – Esa siempre era su excusa perfecta para permanecer unos segundos más en esa posición.
Aspiró una vez más el aroma de la prenda y luego la lanzó al suelo. Miró hacia su entrepierna. Ciel había causado una emoción a su cuerpo y, eso no le agradaba demasiado. ¿Qué dirían de él si le vieran así? Poco le importaba. Después de todo, podía hacer lo que se le antojara con quienes se atrevieran a criticarle.
"Mira lo que me provocas, amor mío." Susurró para sí mismo, deslizando una mano en medio de sus piernas, deseando complacerse más que nada. Sin embargo, se detuvo. Jamás en su existencia había necesitado satisfacerse a sí mismo y ésta no sería la primera vez. Se puso de pie, intentando controlar ese deseo dentro de su persona. No era propio de él, aunque tampoco era del todo desagradable.
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Ciel se encontraba vestido y sentado en una butaca en la sala. "Todas las estupideces que dijo Sebastián sobre sus guardias eran mentira." Pensaba. Y, no porque él deseara que fueran verdad sino, porque el moreno nunca antes le había mentido.
Repasó una vez más los acontecimientos en la habitación de su Majestad. ¿Qué era lo que realmente le había provocado su presencia? No había sido solo el efecto de la lujuria que emanaba de su ser sino, de él mismo. Si lo consideraba detenidamente, hubiera deseado saber lo que se sentía en la piel cuando el demonio la besaba, tal como lo hacía con esa diablesa.
-Veo que estás aquí.
El ojiazul se giró. Era justamente ella, Shibani, la amante de Sebastián. Bueno, "una de las" si era verdad lo que él decía. – Sí, en caso que su Majestad me busque, puedes decirle que estoy aquí. – Murmuró, girándose hasta quedar en su posición inicial. Dándole la espalda a la chica.
-Mal por ti. Seguro eres el peor amante que su Majestad ha tenido. – Sonrió, sujetando con una mano la cola de pana de su vestido largo mientras caminaba alrededor de la sala. – Solo estuvo contigo media hora. – Levantó un hombro y recostó su mejilla levemente en él, mirando con burla al menor. – Conmigo puede pasar hasta cuatro horas. Ah. Me toma a su antojo y, ¿qué puede pedir una esclava simple como yo si su cuerpo es exquisito?
Ciel asintió, aparentando frialdad pero, un escalofrío recorrió su espalda. No pudo evitar imaginar lo que se sentiría estar bajo el cuerpo de Sebastián, percibir su aroma y su piel marmórea contra la suya. Jadeante.
Shibani continuó hablando pero, la mente del demonio menor se hallaba en algo distinto y muy lejano a esos días. Recordaba cuando Sebastián era su mayordomo y él, gustaba de ordenarle tareas complicadas en períodos cortos de tiempo.
La diablesa pareció comprender que su compañía no era requerida en cuanto notó al menor completamente absorto en sus pensamientos. Entonces, torció el rostro y se retiró de la habitación, dejando a Ciel completamente solo. Solo y pensando en cosas que no debería.
"Sebastián."
"¿Me llamó, bocchan?" Había preguntado el moreno, haciendo una ligera reverencia.
Arrogante, bostezó quitándole importancia al demonio. "Estoy aburrido. Voy a ponerte a prueba para entretenerme un poco." Sebastián le miró atento. Ciel ahogó una risa. "Quiero que cocines para mí un postre, cuyo ingrediente principal sean las fresas y que no sea ni blando ni firme." Entrecerró los ojos. "Tienes cinco minutos."
El mayordomo le devolvió una sonrisa ladeada. "Sí, mi señor."
Y se marchó. Siempre con su andar elegante y esa expresión que nunca se descomponía. Era claro, que Sebastián no arruinaría su figura por causa de una orden del ojiazul pero, en el fondo, Ciel sabía que una vez llegara a la cocina, toda esa compostura se iría al diablo.
Regresó en menos de lo dicho con una charola en la mano y un platillo en ella. "Flan de fresa." Dijo el mayordomo, presentando su platillo. "Tal como mi amo ha ordenado. No es completamente blando pero, tampoco es firme."
"Sírvelo." Había ordenado él. Sebastián se inclinó y, él pudo percibir ese olor. El moreno no transpiraba pero, su cuerpo si adquiría una temperatura mayor cuando hacía un esfuerzo, despidiendo una fragancia que iba de las notas maderosas a las frutales. Ciel pasó saliva. ¿Qué le sucedía? No lo sabía pero, repentinamente hubiera querido embarrar el flan sobre el cuerpo del demonio y comerlo.
Ahora que tanto tiempo había pasado de entonces, se daba cuenta que aún tenía ganas de hacer eso.
-Pensé que tardarías más. – La voz del demonio le interrumpió. – Tampoco mis guardias tuvieron mucha diversión contigo, ¿no? – Sonrió.
-Quizás los guardias son mejores que su Majestad. – Respondió el menor, poniéndose de pie.
Sebastián se acercó y le empujó de vuelta a la butaca sin mayor esfuerzo. Ciel cayó como si se tratara de un costal de papas. – No deberías retarme, Ciel. – Le tomó por la barbilla. – Te ordeno que te pongas de pie, ahora.
El ojiazul se puso de pie de mala gana, sintiendo como su córnea derecha dolía con tan solo pensar en desobedecer al demonio mayor. - ¿Tanto lo disfrutas, Sebastián? – Preguntó, mirándole fijamente.
-Mucho. – El moreno se inclinó y tomó el rostro de Ciel entre sus manos. – Ahora, eres un demonio igual a mí. – Y lo besó profundamente. El ojiazul intentó forcejear contra su agarre pero, el sabor de los labios del mayor era único. Era como si lo que quedaba de su alma chispeara solo cuando se veía estimulada por ese estúpido demonio.
-¡Déjame! – Masculló, empujándolo con todas sus fuerzas.
Sebastián retrocedió. El ojiazul era mucho más fuerte de lo que fue en su vida humana. Y eso lo provocaba. Tanto, que en ese momento le hubiera lanzado al suelo y lo habría tomado ahí mismo. No. Eso era debilidad. – Vamos. Debemos ir con Albus. – Musitó, girándose en sus talones y avanzando hacia la puerta.
Ciel le miró contrariado. Esperaba que el moreno le forzara a besarlo nuevamente pero, no. Simplemente se iba.
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Cuando se supo frente a la mansión de Albus se sintió mucho más seguro que en el carruaje del moreno. Por mucho que fuera demonio, viajar en un carruaje tirado por caballos y sin un cochero al frente aún le provocaba algo de miedo.
Sebastián, por su parte, no había podido dejar de pensar en el ojiazul durante todo el trayecto y eso le fastidiaba más que nada. "¿Por qué sigo deseándolo?" Era una frustración que yacía en el fondo de su ser. Ciel era su fruta prohibida. Lo que jamás podría tener. Empuñó una mano sin querer. Por mucho que fuera el rey del inframundo y probase miles de almas, nunca podría saborear la de Ciel.
-¿Qué te sucede, Sebastián? – Preguntó el ojiazul, observando al demonio mayor.
-Nada. – Masculló. – Apresúrate a bajar, amor mío. – Sonrió. – Albus nos espera.
Los sirvientes del ministro dejaron paso libre al moreno y a su pequeño acompañante, guiándoles a través de pasillos que parecían interminables pero, cuyas decoraciones no eran ni la mitad de impresionantes de las que habían en el palacio de Sebastián. Ciel las miraba atento, prestando la mayor atención que podía. Finalmente, llegaron a una sala. Los muebles en ella eran de una calidad exuberante. El ojiazul no podía evitar recordar el tiempo en que él poseía algo incluso mejor que eso. Ahora, no tenía nada. Ni siquiera lo que llevaba puesto era suyo.
Sebastián rodeó su cintura con un brazo y le aproximó hacia él. – He dicho a Albus que tú eres mi único amante y que es por ello que no voy a ejecutarte. – Ciel suspiró y recostó su rostro contra el cuerpo del moreno por unos instantes. Luego, recordó que él no debía comportarse así y volvió a erguirse, mostrándose levemente renuente al abrazo. – Quieto. Te lo ordeno.
Ciel bufó y volvió a recostar su rostro. El demonio, aprovechando la situación, dejó caer la mano y apretó uno de sus glúteos. El ojiazul gimió pero, no dijo nada. Sebastián buscó el cuello del ojiazul con su nariz y lo mordió suavemente, aprisionándolo contra el brazo del sofá en el que se hallaban.
-Vaya, vaya. – Albus apareció, sonriendo y vistiendo exactamente igual que la primera vez que Ciel le vio. – Su Majestad parece… entretenido.
-No puedo negarlo. – El moreno sonrió, extendiendo una mano al ministro. Éste se inclinó y la besó. – Aunque no he venido aquí para hacer gala de mi gozo sino, para que mi pequeño amante tenga la oportunidad de disculparse debidamente.
-Entiendo. – Albus miró a Ciel con recelo. El ojiazul se puso de pie y miró hacia abajo. Nunca antes se había disculpado y mucho menos con un asqueroso demonio.
-Lamento haber robado esa alma, señor Albus. Pero, estaba terriblemente hambriento y no medí la consecuencia de mis actos.
El ministro asintió. – Ya veo. – Luego miró a Sebastián, quien le alzó una ceja. – Lo que has hecho merece un castigo pero, no será por mi parte. Acepto tus disculpas y, dejaré todo este asunto en manos de su Majestad.
Ciel pasó saliva. Se sentía tan fastidiado como jodido. – Gracias.
-Ahora sal de aquí. – Ordenó Sebastián. – Albus y yo tenemos asuntos que discutir.
-Como ordene, su Majestad. – Masculló el menor.
El demonio mayor sonrió. – Excelente. Ya estás aprendiendo.
El ojiazul se encaminó a la puerta. La cerró tras de sí pero, permaneció cerca para escuchar lo que sucedía del otro lado.
Sebastián arqueó una ceja. No había escuchado los pasos de Ciel pero, parecía haberse alejado. – Así que Albus, ¿no?
-Sabes bien que no puedo permitirme el que Claude descubra fácilmente que se trata de mí. – Musitó el ministro, mientras su figura decrecía unos cuantos centímetros, su cabello tornándose rubio y sus ojos cambiando de un color violeta a uno azul cielo.
-Lo sé… Conde Trancy. – Enunció el demonio con burla. – Ciel tampoco ha de saber que eres tú.
Ciel observaba desde afuera, a través de la cerradura de la puerta y casi se le escapa un gemido cuando vio al rubio y casi tuvo que darse una bofetada para salir del asombro.
-¿Por qué? – Preguntó Alois con curiosidad. – ¿Es qué ahora le tienes miedo a Phantomhive? – Rió. – Su Majestad, le perderé el respeto sino es capaz de mantenerse firme frente a ese mocoso.
Sebastián sonrió y se puso de pie. – No olvides gracias a quién estás aquí.
-Por supuesto que no. – Alois bajó la vista ante la imponente figura del demonio mayor. – Aunque, ¿quién diría que me ibas a ser tan útil?
-Me alegro. Debo aceptar que en un primer momento ni siquiera yo reconocí a Ciel. – El rubio rió. – Lo mantienes como si fuera un perro.
Sebastián se giró. – Es que a veces le odio tanto. – Apretó la mandíbula. – Representa todo lo que nunca podré tener.
-No solo eso. También representa el peligro de perder tu posición como rey. – Espetó el rubio. El demonio le enfrentó con la mirada. - ¿Qué has dicho?
-Eso, Sebastián. Los demonios líderes comienzan a exigir que busques una compañera. – Alois peinó su cabello con los dedos. Ya no era como cuando Claude era su mayordomo, ahora se conformaba con poder alimentarse, la mansión y los pocos sirvientes que su Majestad le había dado. – Les preocupa que hayas elegido un hombre y no una mujer porque dicen que en esa forma no habrá un heredero al trono.
El moreno se echó a reír. - ¿Qué? ¿Acaso esta porquería se ha convertido en una sucursal del mundo humano? He reinado durante los últimos mil años y no pienso perder mi posición ni tampoco morir.
-Es tu problema. No pienso entrometerme más. Solo asegúrate de que joder con Phantomhive no sea tu final. – Alois se encogió de hombros. – Francamente, no entiendo cómo puedes preferirle por encima de Shibani.
-Venganza. – Musitó el rey. – Me juré a mí mismo hacer sufrir a Ciel hasta que ruegue porque le deje volver a la tierra, aunque sea a morir de hambre porque ni siquiera cazar un alma puede. Le cobraré a ese mocoso cada una de sus…
-¿Está seguro, su Majestad? – El rubio se detuvo justo detrás del moreno. – No sea que al final resulte que simplemente tienes ganas de follarlo.
-Me confundes. – Sebastián sonrió. – Mi cuerpo disfruta más no tiene la iniciativa de buscar por esos placeres humanos.
La conversación se detuvo ahí y, Ciel decidió que era mejor retroceder antes que ser visto por Sebastián. Fingió, que se encontraba a unos cuantos metros de la puerta, sentado en el suelo y observando el falso cielo que se cernía por sobre todo el inframundo. Ése cielo gris que jamás aclaraba.
-Levántate. – Ciel ignoró esa orden de Sebastián y el moreno le levantó bruscamente por el brazo. – ¡Te he dicho que te pongas de pie! – Estaba más ofuscado que antes porque las cosas se le estaban saliendo de control.
-Su Majestad, recuerde que la prudencia es necesaria. – Espetó Alois, transformado en Albus nuevamente. –Además, su pequeño amante es muy deseable. Si usted no lo cuida, quizás yo lo tome. – Sonrió.
-Lo sé, Albus. Y pronto me desharé de él. Te lo venderé a buen precio.
-¡Maldito! – Exclamó Ciel, luchando contra el agarre del moreno. - ¿Vas a venderme como a una mercancía?
-Mmm… No. Te venderé como el esclavo que eres. – Aclaró Sebastián, tomándole con más fuerza por el brazo y llevándolo con él hasta la salida.
Ciel se retorció mientras le llevaba hasta la salida. - ¿Por qué me haces esto, Sebastián?
El moreno le aventó dentro del carruaje y sonrió maliciosamente. – Porque puedo, Ciel. – Abordó el transporte también. Los caballos al sentir su presencia comenzaron a andar a todo galope.
El ojiazul sabía que no conseguiría que el moreno no le vendiera a Alois sino hacia algo verdaderamente radical. No era que quisiera quedarse con ese demonio con complejo de rey pero, seguro era mucho mejor que ser el esclavo de Alois Trancy.
Ambos permanecieron en silencio por unos instantes y luego, Ciel decidió romper con ese hielo. – ¿Existe alguna posibilidad de quedarme contigo? – Preguntó, deslizando su cuerpo en el asiento hasta quedar al lado del mayor.
-Tal vez. – Sebastián mantuvo la vista al frente, ignorando los vagos intentos de Ciel de llamar su atención.
-¿En verdad? – No podía permitirse el equivocarse. Si iba a fingir para el moreno, debía hacerlo a la perfección. – Yo he estado pensando que podría tomar una mejor actitud para contigo.
-¿Ah sí? ¿Cómo cuál? – Preguntó Sebastián, girando el rostro para ver al menor.
-Yo podría hacer las cosas que a ti te gustan. – Ciel se apoyó en una de sus rodillas y besó la oreja del demonio mayor. Su experiencia haciendo eso era nula pero, en sus diez años como demonio había visto suficientes personas besándose en esa forma.
El moreno cerró los ojos. Sus manos se deslizaron hacia la cintura de Ciel mecánicamente. Solo se permitiría unos segundos de cercanía con el menor y luego le haría volver a su asiento. Sí. – Te daré la oportunidad de hacerlas.
Los labios trémulos de Ciel resbalaron hasta su cuello y Sebastián no pudo contenerse más, movió su rostro y los belfos suaves del menor llegaron a los suyos. Entrometió su lengua en medio de los dientes del demonio de ojos azules y éste no se opuso. No podía, sino Sebastián le vendería y esa seguía siendo su mayor preocupación. Aunque, ¿no estaría igual de mal con su Majestad que con el rubio?
Sin embargo, no continuó haciéndose preguntas y por el contrario, profundizó el beso. Uniendo su lengua con la del moreno y colocando una de sus rodillas en medio de las piernas de éste.
No hubo más palabras. Ciel llevó una mano a la entrepierna de su Majestad y la acarició.
-Más fuerte. – Ordenó Sebastián. El ojiazul le concedió un apretón. Se sintió sucio pero, el gemido que lanzó el moreno ante su acción le encendió. Volvió a acariciar toda la extensión y apretó una vez más. – Mire lo que ha hecho conmigo, bocchan… - Murmuró el moreno. – Ahora no podré detenerme.
Ciel asintió. No quería hablar porque una parte suya despreciaba demasiado a Sebastián y podía equivocarse al decir algo. El demonio ordenó a los caballos detenerse y le recostó en el asiento del vehículo. – Te lo has buscado, Ciel…
Arrancó los pantalones del ojiazul y éste no pudo evitar un gemido cuando la mano del mayor le acarició en una forma que no conocía. Sus manos poseían un calor único y movía los dedos con una agilidad que no podía ser humana. – Alguien podría vernos. – Comentó el menor.
-¿Quién? – Sebastián le permitió enderezarse lo suficiente para ver que afuera no había más que bosque. Un bosque cuyos árboles parecían estar todos en la época de otoño, mas ninguno perdía ni una sola hoja. - ¿Has visto? No hay nadie que pueda socorrerte.
El demonio sonrió lascivamente y le empujó hacia el asiento nuevamente. Ciel desabotonó su chaqueta y su camisa, acariciando su pecho. Cada movimiento bien pensado y planeado. Lo único que no sabía, era lo mucho que habría de gustarle la textura de ese cuerpo.
Su aroma. – Mmm… - Arqueó la espalda, el demonio se había introducido en él de una sola estocada pero, su cuerpo no sintió dolor. Tal vez porque era su Majestad quien lo hacía. Le gustaba creer esa versión porque, en la otra, él estaba deseoso de ser penetrado por el moreno.
-Bocchan… - Jadeó Sebastián. Ciel le rodeó el cuello con ambos brazos, mordiendo su labio inferior, intentando controlar esa sensación de placer que le estaba nublando la razón. – Dime, Sebastián.
-Lo odio. – Gruñó el demonio, embistiendo con más fuerza, buscando el punto dulce del ojiazul. – Cada vez que le tengo cerca… Ah… Recuerdo que jamás podré saborear su alma.
-Y yo recuerdo que por tu causa… terminé siendo inmortal… - Movió las caderas, acompasando los impulsos del otro. – Yo… que de todos los mortales… era quizás el único que deseaba morir. - ¡Ah!
Sebastián enterró el rostro contra el cuello del menor, embistiendo con más fuerza. Si hubiese sido humano, Ciel habría sangrado por la fuerza con la que era poseído. El demonio mayor ya no se medía y el ojiazul gimió de dolor en medio de la corriente de placer. – Ve más despacio, por favor.
-Ya no eres mortal. No tengo por qué ser amable contigo. – Bufó por lo bajo.
-Lo sé… – Musitó, llevando una mano a su entrepierna para darse algo de consuelo. Además, de un distractor para su dolor. – Su Majestad.
Sebastián observó la escena y tomó las manos del menor con una de las suyas y las llevó hacia arriba de su cabeza. – Eres mío. Yo decido cuando tienes placer y cuando no. – Susurró, disfrutando de la erección del ojiazul que rozaba contra su vientre.
Sin embargo, la velocidad en las embestidas fue ligeramente moderada y el cuerpo de Ciel volvió a disfrutarlo. Él también. Porque entonces la entrada del demonio menor se estrechó contra él, aprisionándolo y haciéndole venirse dentro del ojiazul. Algo que nunca hubiera querido. Ciel encorvó los dedos y alcanzó el orgasmo, gimiendo de placer. Algo, que tampoco quería hacer.
Ambos concluyeron y se separaron porque ninguno quería enfrentar la verdad de lo que acababa de suceder. Se habían entregado uno al otro por placer y no por venganza como querían creer.
