Respuestas a Reviews:

Prysk: Espero que hoy no sea diferente y leas este capítulo.. :DD Que quedó algo cortito pero, ya nos reponemos en el siguiente que es la ventana a la segunda parte.. ;) Gracias por el review! :DD Me alegro que te esté gustando la historia.

Plop: Nooooo.. pobre de ti, te entiendo porque yo vivo medio zombie todo el tiempo.. XDD Y yo sé, ni ellos se creen que están haciendo las cosas por odio pero, vale, dejémoslos que se den cuenta porque seguro se tendrán que dar cuenta de lo que perderían si estuvieran separados.. XDD *puff* espero que hayas ganado tus evaluaciones.. :DD Gracias por el review.. :DD

Fernanda: Sí! Ya verás como fue que llegó Alois ahí.. XDD Y pues, pronto tendremos otras escenas de "amor" entre este par que no quieren aceptar lo que sienten.. XDD Gracias por el review! :DD

Lau: Aquí está ya la continuación! :DD Besos para ti también y muchas gracias por seguir este fic.. :DD Espero que te siga gustando y gracias por el review! :DD


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Arrastró el carrito de té por un largo pasillo. Shibani le había dicho que su Majestad quería una taza de té y la mucama se apresuró para cumplir con la orden. Marjorie era su nombre y había estado al servicio de Sebastián desde que podía recordarlo. Sin embargo, como toda buena mucama real, sabía que no siempre se atiende al mismo rey.

Arregló su cabello rubio hacia un lado para poder servir sin problemas el té a su Majestad. Hizo una reverencia. – Espero sea de su agrado. Ha sido condimentado con esencia de almas exquisitas. – Subió la grada que separaba el trono del suelo y entregó la taza al moreno. - ¿Desea algo más?

-No. De momento estoy bien, Marjorie. – El moreno sonrió y dio un sorbo al té. Suspiró. ¡Cuánto le recordaba al menor! ¡Cuánto le recordaba a ese instante en que se sintió uno con el ojiazul! – Mi Ciel… - Musitó, mordiendo su labio inferior. Tenía ganas de ir a buscarle y decirle que se quedara con él para siempre porque a su lado se había sentido mejor que nunca antes. Sin embargo, algo le decía que no lo hiciera todavía, que dejase sufrir a Ciel un poco más. Claro que, no era como si fuera a decirle que lo amaba. Porque él no amaba a nadie.

Un par de ojos azul cobalto le observaban desde atrás de una columna. El aroma del té le había llamado pero, sobre todo el deseo de volver a ver a Sebastián. Comenzaba a creer que se estaba volviendo loco por causa de ese deseo. No era normal en él sentir deseos de estar con alguien.

El moreno se quedó perdido mirando el té moverse suavemente dentro de l a taza luego de beber otro sorbo. No le encontraba mayor gracia a esa agua color café pero, su aroma le estaba haciendo fantasear con el ojiazul y, eso sí que era bueno.

-No lo estás bebiendo como se debe. – Espetó el menor, caminando con pasos largos hasta donde se encontraba el rey.

-¿Ah no? – Sebastián le miró expectante. - ¿Podrías mostrarme entonces cómo se hace?

Ciel le miró fijamente, sin hacer ninguna reverencia. – Dame la taza. – Tomó el recipiente entre sus manos. – Debes aspirar su fragancia primero. – Hizo lo dicho. – Luego bebes un poco y le permites a tu paladar percibir el amargo que desprende la bebida por sí sola. – Cerró los ojos. – Solo entonces verás lo delicioso que es.

Sebastián sonrió, disfrutando de ver cómo el menor gozaba la bebida. – Podría pedir una taza para ti si lo deseas. – Interrumpió el moreno. Ciel abrió los ojos y le miró. El mayor se perdió en ese color azul que engañaba a sus sentidos y le apuñalaba algo en el interior.

-No. Nada bueno ha de venir de ti. – Musitó el ojiazul. – Has sido cruel conmigo desde que me has visto aquí. No lo entiendo. – Le regaló una mueca de disgusto. – Sé que no fui bueno contigo en muchas ocasiones pero, ¿qué los demonios no tienen sentimientos?

-No los tenemos. – Respondió Sebastián fríamente.

-Si es así, ¿por qué tu deseo de venganza? – El moreno se quedó perplejo. – ¡Responde, Sebastián! ¿Por qué? Si no puedes tener sentimientos, ¿por qué experimentas ira y rencor? ¿Rabia? ¡Esos son sentimientos también!

-Amor mío… - El demonio mayor estaba a punto de rebatir ese argumento.

-¿Por qué me llamas así? – Ciel enfrentó la mirada de su Majestad. – Podrías llamarme como a cualquiera de tus prostitutas… ¡Ah, perdona! Como a cualquiera de tus amantes.

El moreno se encogió de hombros. – Lo hago por diversión. – Se jactó, aunque en realidad no sabía explicarlo. Era algo que había comenzado a hacer por el simple hecho de saber que podía hacerlo. ¿Sería que antes lo había deseado?

-Mentira, Sebastián. – El demonio menor se acercó, entregando la taza en las manos de Sebastián. – Todo lo que dices ahora es mentira. – Suspiró. – Sin embargo, yo si tengo algo de verdad qué decirte.

-Habla.

-Se suponía que sería amable contigo solo para que no me vendieras a Albus. – Omitió la parte de saber acerca de la existencia de Alois, era mejor no decirlo todo. – No obstante, debo admitir que disfruté… - Sus mejillas ardieron y se sonrojaron ligeramente. – lo que hicimos.

El moreno tragó en seco. – Yo también lo he disfrutado. Eres una criatura muy apasionada.

-Me alegro. Aunque espero que me vendas lo más pronto posible. – Se giró. Lo que iba a decir le dolería a sí mismo. – Sería mejor para mí. – Comenzó a caminar hacia la salida del salón del trono.

You should be the one I'll always love…
(Tú deberías ser al único al que siempre amara…)

-Espera. – Masculló el moreno.

I'll be there as soon as I can…
(Estaré en eso tan pronto como pueda…)

-Dígame, su Majestad. – Respondió dando media vuelta.

But I'm busy mending broken pieces of the life I had…
(Pero estoy ocupado, reparando las piezas rotas de la vida que tuve…)

-No lo quiero beber así. – Se puso de pie y dejó la taza caer al suelo. El tiempo que tardó ésta en chocar contra el piso de mármol y hacerse añicos, fue el que Sebastián se demoró para estar frente a Ciel y tomar su rostro con ambas manos, besándole profundamente.

Before you…
(Antes de ti…)

Ciel cerró los ojos y se entregó por completo al beso sin pensarlo dos veces. Fuera lo que fuera, no lo dejaría pasar como había hecho siempre en su vida humana. Los labios del moreno sabían tan bien, tan prohibidos. Algo le decía que la mucama que trajo el té le estaba mirando, que Shibani también lo hacía pero, no le importaba.

Además, el moreno no le besaba como si él fuera un niño y eso le atraía aún más. – Sebastián…

El moreno no le dejó continuar hablando. Solamente susurró contra sus labios. – No estoy mintiendo. Te juro que en esto, no estoy mintiendo.

Ciel esbozó una media sonrisa. – Aún no acabo de creerte pero, lo intentaré, Sebastián.

El moreno acarició suavemente su mejilla. – Shh… - Mordió su oreja y jugueteó en ella con su lengua. – No te voy a dejar ir nunca. Con nadie.

El ojiazul retrocedió ligeramente para verle, sus ojos estaban encendidos en un color carmín oscuro. – No sé lo que siento por ti. – Murmuró. – Quizás si aún fuera humano.

-Si fueras humano, no creo que alguna vez te hubieras comportado así. – Sebastián miró fijamente los ojos del menor, dejando que el color centellante de los suyos aflorara.

Marjorie sonrió, estrujando el plumero que sostenía y, viéndolos desde la ventanita de la sala que daba al salón. Se restregó contra el hombre que le abrazaba por la espalda. Ambos escondidos detrás de una cortina.

-¿Ves? – Susurró el demonio, enrollando sus brazos alrededor de la cintura de ella. – Te dije que tarde o temprano caerían. Una vez probemos que el Cuervo tiene algún tipo de sentimiento por ese mocoso demoníaco, el Consejo no querrá volver a saber nada acerca de él.

-No le llames "el Cuervo". – Protestó ella. – Se llama Sebastián ahora.

El hombre buscó su rostro por un costado, intentando cerciorarse que la joven no estaba bromeando. - ¿No me digas que tú también has caído en las redes de ese demonio?

-Acéptalo. – Ella se giró y le encaró. – Sebastián siempre será mejor que tú. – El demonio le miró con ira. – Solo llegarás a rey porque acabarás con él, con su reputación o con lo que maldita-sea –te-dé-la-gana.

Le hubiera golpeado pero, el ruido habría provocado que el moreno supiera que le estaban espiando. – Calla… ¡estúpida zorra! Eres mucho peor que Shibani.

-Por lo menos no vivo alucinando con el fantasma de un niño rubio. – Le provocó ella, acariciando el mentón de él con su plumero. – Garrett, o debería decir…

-¡No te atrevas! – Exclamó en voz baja, aprisionando una de sus manos entre la suya con tanta fuerza que parecía que iba a quebrarse. – No creo que te interese quedar mal con tu nuevo rey y, la sentencia del Cuervo está escrita. – Sus ojos dorados brillaron a través de los cristales de sus lentes.

La mucama le miró con reserva. – No. No diré nada. – Masculló.- ¿Qué harás con Sebastián cuando le tengas?

-Voy a enviarle a un lugar del que nunca podrá salir. – Sonrió lascivamente, liberando a la chica de su agarre y dedicándose a prestarle atención a su objetivo, únicamente.


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Alois no había salido ese día de su mansión. No tenía deseos de transformarse en Albus y mucho menos de atender asuntos de demonios. Cuidar de esos demonios sucios y pobres que habitaban las calles del inframundo no le causaba demasiado placer. No obstante, estaba más que obligado por causa de los favores que debía a Sebastián.

El moreno le había rescatado de quedarse atrapado en el mundo humano por toda la eternidad. Lo convirtió en demonio sin pedirle a cambio nada más que el favor de convertirse en uno de sus ministros y, de preferencia, ser quien los dirigiera. Alois aceptó naturalmente, sobre todo porque eso significaba la posibilidad de buscar a Claude.

Varias veces el moreno mandatario se había burlado de esos sentimientos que ni siquiera la conversión de humano a demonio pudo borrar.

"Perdóname." Decía el rubio, intentando parecer despreocupado acerca del asunto. "Como sabrás, me quedé con las ganas de acostarme con él"

"Sí, claro." Sebastián no parecía creerle del todo. "No vayas a salirme con que eres el único demonio capaz de sentir amor."

"No. Nunca." Pero en el fondo, Alois se sentía desgraciado de saber que ni siquiera el cambio que sufrió su ser completo fue suficiente para borrarle la imagen de Claude de la mente.

"¡Estúpido demonio!"

Y no podía olvidarle. Día con día, el rubio luchaba con todas sus fuerzas por dejar atrás ese sentimiento que simplemente no debía existir. Además, Sebastián le había advertido que jamás debía revelar eso a nadie.

En fin, sentado en su sofá favorito y bebiendo un poco de vino estaba. Sin entrometerse con nadie más. Ya lo había dicho, ese día no quería ver a nadie.

-Amo Albus, - Llamó uno de sus sirvientes a la puerta de la sala en donde se encontraba. – el señor Andrei ha venido a verle. También los señores Damián, Dimitri y Leonardo.

Alois bufó. Todos los mencionados formaban parte del Consejo del Primer Orden, ministros de Sebastián pero, a la vez, quienes más duramente juzgaban cada una de sus decisiones y ¿por qué no? Los únicos con el poder de retirarle de su cargo como rey del inframundo. Pero, ¿qué querían ese montón de demonios con él? – Puedes recibirlos en el comedor y ofrecerles un aperitivo. Indícales que yo estaré con ellos en un momento.

Alois fue a su habitación, tomó la forma de Albus y se vistió con su acostumbrada sotana negra. Se miró al espejo por un momento. Nadie jamás creería que él era solo un niño de catorce años cuando eligió esa existencia, incluso sus sirvientes creían que ésa era su verdadera forma. Alisó unos cuantos pliegues en sus vestiduras y luego fue al comedor.

-Veo que hemos amanecido con deseos de tener una junta. – Espetó Albus sonriente, tomando su acostumbrado puesto a la cabeza de la mesa. – Díganme, ¿para qué soy bueno?

-Albus… - Fue Dimitri quien comenzó, sin saber exactamente cómo exponer el asunto. – hemos recibido una carta en la que se nos participa de la relación de su Majestad con un demonio de rango menor.

-Y de sexo masculino. – Arqueó una ceja Leonardo, quien, a juzgar por su comportamiento era el más conservador en lo que las reglas reales enmarcaban. – Su Majestad puede tener amantes pero, es importante que seleccione una fémina para compañera.

-Señores, señores. – Albus les intentó tranquilizar. – Todos debemos mantener la calma. Su Majestad siempre ha gustado de experimentar cosas diferentes. Ya vieron ustedes que incluso fue él mismo a servir a la tierra a un humano.

-Y ése es exactamente el problema. – Remarcó Damián. – El demonio de menor rango con el que está sosteniendo una relación es el mismo humano al que alguna vez sirvió.

Albus miró a todos sorprendido.

-Perdona, Albus. – Dijo Andrei. – Pero la actitud de nuestro rey no es la mejor. Todo pareciera apuntar a que su Majestad experimenta algún tipo de… sentimiento por ese chico.

-¡No! – Interrumpió el ministro. – Sebastián jamás…

-¿Sebastián? – Inquirió Leonardo, girándose hacia Albus. - ¿Es que acaso ahora tiene un nombre? ¿Es acaso el nombre que le dio ese niño?

-En lo absoluto. – Negó con la cabeza. – Es simplemente un nombre que ha querido tomar.

-Está decidido. – Espetó Andrei. – Elegiremos un nuevo rey. El Cuervo no es más un demonio digno de ser llamado "Majestad".

-Pero… él ha estado en el cargo desde hace miles de años. – Protestó Albus. – Además, como Presidente del Consejo puedo refutar su moción.

-Puedes refutarla todo lo que quieras. – Bufó Damián. – Pero somos mayoría así que nuestros votos cuentas en tu contra. "Sebastián" o cómo quieras llamarle, está acabado.

-¡Magnífico! – El ministro se puso de pie. – Vamos a suponer que ustedes han ganado esta batalla, ¿a quién le darán el cargo?

-A Garrett. – Dijo Dimitri secamente. – Es el más apropiado para el puesto.

-¿Quién es Garrett?

-Lo conocerás en su momento. – Señaló Andrei. – No existe nadie mejor que él para gobernar. Él sí merece un cargo real.

Albus bufó y llevó una mano a su sien. – Yo sabía que Ciel iba a ser tu desgracia, Sebastián. – Musitó para sí en un hilo de voz. – De acuerdo. Si ustedes ya han considerado todo, tengan mi apoyo. – No tenía otra opción. Miró hacia abajo, sabía lo que conllevaría la pérdida para Sebastián.

-¿Si sabes que él irá a la prisión del abismo? – Preguntó Leonardo, sonriendo lascivamente.

-Lo sé. – Masculló Albus. – Ahora concentrémonos en ese nuevo rey del que hablan. – E interiormente sintió pena de lo que aguardaba a Sebastián.