Respuestas a Reviews:

Lau: Lamento haberme tardado un poco más esta vez.. u_u Y sí, jajajaja.. Sebastián está ahí enamorado de Ciel por más que lo quiera negar.. XDD Gracias por el review.. y espero te guste el nuevo capítulo.. :DD

Prysk: Así es.. DD: Sebastián y su "romance" no están siendo muy bien recibidos.. Me alegro que te gustara el capítulo.. :DD Gracias por el review.. :DD

Fernanda: A mí también me gusta Alois, suspirando eternamente por su Claude.. XDD Y ya verás lo que le sucede a Sebastián en este capítulo.. :DD Gracias por el review.. :DD

Dix Love: (4)Cuando escribí a Shibani creo que estaba en mis momentos de cinismo jajaja, exactamente es así, misteriosa e intrigante.. XDD Me alegro muchísimo que te esté gustando el fic y pues, sí, Sebastián le lleva muchas ganas al inocente demonio de Ciel.. XDD (5) jajaja, a mí no me importaría que el inframundo se acabara con tal de ver a Sebas y Ciel juntos jajaja pero, bueno ya ves.. los demonios del Consejo tienen sus preferencias a la hora de sus superiores.. XDD Y creo que Albus es del tipo que llevan y traen a su gusto los demás.. DD: Espero que te guste el nuevo capítulo y muchas gracias por los reviews.. :DD

Perlha Hale: No sé porque me encanta tener el poder de dejarte así.. XDD Y exactamente son así, Sebastián dominante y Ciel que no se quiere dejar dominar ni quiere aceptar que ya perdió, no solo sus posesiones, sino su corazón.. neeee.. XDD Y en serio quieres que Claude y Alois acaben juntos? jajajaj de cierta forma yo también.. XDD Y la gente del Consejo se olvidó de los "derechos demoníacos" jajaja y pues ni modo, no quieren dejar a Sebastián gozarse a Ciel.. XDD Gracias por el review.. :DD


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Leonardo redactó entonces el documento en el que concedían poder al demonio Garret para ser el sucesor de su actual Majestad. Dimitri, Andrei y Damián firmaron al pie del escrito, justo después de Leonardo.

-Es tu turno, Albus. – Dijo Damián, colocando el documento frente a él.

-No hemos hablado sobre esto lo suficiente. – Musitó el demonio aludido. – Pero ya ustedes han firmado de cualquier forma. – Agregó al ver los rostros disgustados de los otros ministros. – Así que mi firma está de más. – Tomó el documento y lo firmó de mala gana. Algo le decía que se arrepentirían de esa decisión pero, más que nada, le preocupaba lo que le sucedería a Sebastián. Se puso de pie, para dar por terminada la sesión.

-Listo, señores. – Habló Andrei. – Esta reunión ha terminado. Debemos poner nuestro plan en marcha.

Todos se levantaron de la mesa, arrastrando las sillas sobre el piso de piedra del comedor y, dejando a Alois solo, de pie junto a la mesa.

-Amo, ¿desea que le sirva ya el almuerzo? – Se acercó a preguntarle uno de sus sirvientes y éste solo bufó por lo bajo.

-No quiero nada. Prepara un banquete. – Tomó una enorme bocanada de aire. – Esta tarde o más tardar mañana, estaremos recibiendo a su nueva Majestad.

El sirviente intentó ocultar su horror. Cada vez que se hablaba de un nuevo rey, las leyes cambiaban pero, sobre todo, los que habían servido al anterior y no se doblegaban al nuevo régimen eran enviados al Abismo.


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Un demonio poderoso de ojos color ámbar se encontraba recostado en una silla estilo griego. En ese momento no tenía por qué hacer algo, se podía dar el lujo de sentarse y esperar. Algo realmente bueno estaba por sucederle. Su venganza estaba a punto de comenzar.

-Amo Garret, - Una de sus mucamas, Amelia, se acercó a él, mientras estrujaba nerviosamente un paño con una de sus manos. – los ministros del Consejo del Primer Orden están aquí para hablar con usted.

Garret sonrió ampliamente, eso era exactamente lo que estaba esperando. Tomó a la chica por el brazo y la haló hacia él, haciéndola lanzar un quejido. – Mira, pedazo de diabla, quiero que los atiendas como se merecen mientras yo me arreglo para la ocasión, ¿me escuchaste? – La lanzó contra el suelo. – Pides una botanas en la cocina y luego, te encargas que los señores disfruten de la velada.

-Sí, señor. – Asintió la diabla, poniéndose de pie. Su voz trémula por el miedo que le ocasionaba el demonio mayor. Salió corriendo, disparada hacia la puerta para cumplir la voluntad de su amo.

El moreno sonrió una vez más, sus ojos destellaron un color rojo brillante en ese momento. – Finalmente, Michaelis. Tu reino está a punto de desplomarse.


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Los ministros fueron llevados a la mejor sala de la mansión de Garret y, la misma Amelia, quien era una de las mucamas más hermosas de todo el inframundo, quizás incluso más hermosa que la propia Shibani; se dedicó a servir aperitivos a los señores.

Aperitivos en los que estaba incluída su compañía.

-¡Esto es lo que un demonio de nuestra categoría debe tener! – Exclamó Dimitri, tomando a la joven diablesa por la cintura y sentándola en sus piernas. La chica, quien vestía una falda negra y larga por la parte trasera, pero corta por el frente, abrió las piernas ligeramente, dejando que el demonio deslizara una mano en medio de ellas y la acariciara lascivamente.

-Nuestra futura Majestad tiene un gusto exquisito. – Agregó Andrei.

-Y yo agradezco infinitamente el cumplido. – Respondió Garret, descendiendo las escaleras para encontrarse con sus invitados finalmente. - ¿Habéis sido bien atendidos?

-Maravillosamente. – Espetó Leonardo.

-Pero, señor Garret, no podemos distraernos más de nuestros deberes. – Prosiguió Damián. – Esta misma noche debe tomar el cargo como Rey del Inframundo. No podemos posponerlo más.

-Entiendo. – Respondió el moreno, haciendo una reverencia de humildad al Consejo. – Nuestras tierras no pueden estar sin un líder, expuestas a que los ángeles vengan y tengan alguna oportunidad en ellas.

-Exactamente. – Respondió Dimitri. – Es por eso, que le pedimos estar preparado para esta noche. Las tropas ya han sido enviadas y, para nuestra llegada, el palacio del reino estará ya controlado. Sin embargo, como primera orden vuestra, mi señor, ¿qué desea que hagamos con el rey abdicado?

-¿Deberíamos desmembrarlo en la Plaza Pública? – Preguntó Leonardo con interés.

-No. Eso sería un leve castigo para la vergüenza que hoy nos hace pasar. – Garret se irguió completamente, mirando al Consejo con desdén. – Quiero que sea llevado al Abismo y, encerrado en la celda más terrible y recóndita que exista en él. Vamos a hacerlo arrancarse hasta las uñas en la desesperación por escapar de ese lugar. En cuanto al demonio menor, deberán dejármelo como parte de las posesiones del castillo. Un demonio joven me será de gran utilidad.

-No esperábamos menos de usted, señor. – Los cuatro ministros doblaron la rodilla frente a Garret, haciéndole una reverencia. - ¡Larga vida a su nueva Majestad!


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Sebastián estaba en su despacho, aquella como muy pocas tardes, estaba visitando ese lugar. Ese día había decidido dejar a Ciel en paz por un rato. Aunque ese beso que le dio en la mañana le seguía royendo el espíritu.

El demonio ojiazul llamó entonces a la puerta.

-Adelante. – Respondió el moreno. Ya sabía quien era, podía sentir el aroma del demonio menor a través de la puerta.

Ciel llevaba en sus manos una copa de vino. Uno que había pedido especialmente a uno de los cocineros de su Majestad para deleitar al moreno. - ¿Desea una copa de vino, amo?

Sebastián levantó la vista y se recostó ligeramente en su asiento. - ¿Lo has envenenado para mí? – Preguntó, con una sonrisa ladeada. – Podría ordenarte que lo probaras.

-Puede ordenarme lo que quiera, su Alteza. – El ojiazul alzó la copa para que el moreno la tomara.

Sebastián cogió la copa y le dio un trago. - ¿No quieres probarlo? – Ofreció al menor.

-No voy a decir que no. – Ciel se aproximó, tomando el rostro de Sebastián entre sus manos. Por primera vez, el moreno estaba a una altura menor que él. – Quiero probarlo de tus labios. – Susurró el menor, besando a Sebastián profundamente.

El moreno podría, debería haberse resistido pero, no. Rodeó la cintura del ojiazul con sus brazos y correspondió el beso con toda la pasión que había guardado en su cuerpo por años. – No quiero que le pertenezca a nadie más, bocchan.

-Me gusta cuando me llamas así. – El menor acarició el cabello de Sebastián. – Sebastián Michaelis, te ordeno que nunca te apartes de mi lado.

-Creo que me ordenaste eso cuando eras humano. – Susurró el moreno, sonriendo contra los labios de Ciel.

-Sí, pero entonces, solo quería tenerte porque temía estar solo. Ahora… es diferente. Yo te necesito, Sebastián. Te necesito más que a cualquier alma para sobrevivir. – El menor cerró los ojos y, el moreno se aprovechó para besarlo una vez más.

-Sí, mi señor. – Respondió, colocando la mano sobre el ojo en el que Ciel tenía ahora el contrato con su persona. – Yo te ordeno, Ciel Phantomhive, que no me mientas nunca. – Y observó al menor, esperando a ver si se retorcía o algo pero, el ojiazul siguió igual, tan cálido entre sus brazos como hacía un instante.

-Yo no miento, Sebastián. – Musitó el menor, rodeando el cuello del moreno con sus brazos.

Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe. La madera emitió un crujido al partirse por la mitad.

-¡Aprisiónenlos a ambos! – Gritaron las voces de los guardias del Consejo.

-Su Majestad, se le acusa de traición a nuestras tierras y, por ello, se le ha enviado a detener. – Dijo el guardia que encabezaba la tropa.

Sebastián se puso de pie, colocando a Ciel detrás suyo. - ¿Qué es esto? – Bramó el moreno. - ¿Quién les ha dado semejantes órdenes?

-Nosotros, su Majestad. – Dijo Leonardo, presentándose al frente con sus otros tres ministros. – El Consejo del Primer Orden lo ha decidido. Y nuestro presidente, Albus, ha firmado el documento también.

-¡Maldito Albus! – Masculló Sebastián. - Y según el Consejo, ¿de qué se me acusa?

-Ha traicionado a nuestras tierras, señor. – Habló Dimitri. – Nos traicionó al escoger a éste. – Señaló a Ciel. – Un demonio macho que ni siquiera es completamente demonio. Hemos sabido por voz de otros demonios de la realeza que usted lo ha tomado como su único amante y, que no planea desposar a una fémina, evitando la descendencia en nuestra especie.

-¡Ya lo he dicho! ¡No pienso morir! – Exclamó el moreno. – Y si un heredero es lo que quieren, yo puedo dárselos.

-Eso ya no podrá ser, señor. – Dijo Andrei, dando paso a los guardias. – Deténganlo, señores.

Sebastián sacó tres de sus cuchillos del bolsillo interior de su chaqueta y los empuñó. – Atrévanse a dar un paso, señores guardias y, recordarán quién es su rey. – Los ojos del moreno se tornaron rojo brillante.

-Solo haría eso si no le importara su amante, señor. – Musitó con voz tranquila y malvada, Damián.

Sebastián se giró, Ciel había sido apresado por los guardias y, éstos, le apuntaban con una de sus ballestas a la cabeza. – Sobrevivirá pero, pasará muchos días de dolor antes que su cerebro vuelva a completarse. – Le dijo Andrei. – Entrégate por las buenas, Cuervo. – Hacía mucho que nadie se atrevía a llamarlo así. – Tu reinado terminó.

El moreno se quedó quieto por un instante. Ciel lo veía desde atrás, casí podía ver los nervios de sus manos de lo tensas que estaban, una sosteniendo los cuchillos y la otra, agarrándose del escritorio, como si necesitara de un soporte extra para no caer.

Sebastián abrió entonces la mano en la que sostenía los cuchillos y los dejó caer al suelo. - ¡No, Sebastián! ¡No lo hagas!

Los guardias se lanzaron encima de él, al igual que los del Consejo, arrancándole las joyas de la corona y aprisonándolo. Ciel comenzó a toser, sentía que no podía respirar. - ¡Suéltenlo! ¡Malditos perros! – Gritó. Porque eso era lo que parecían después de todo. Una manada de perros salvajes atacando y arrancando la carne de su presa.

Uno de los guardias haló a Sebastián por el cabello, dejando su rostro completamente al descubierto. – Ciel… voy a volver por ti. – Dijo el moreno, justo antes que le colocarán una máscara que cubría solo la mitad de su rostro. Parecía un arnés para perro de pelea. El ojiazul sintió una punzada en el pecho al ver esto.

-¡Yo te esperaré, Sebastián! – Las lágrimas amenazaban con salírsele. No quería llorar. Recordaba cuando Sebastián había fingido estar muerto para uno de sus tantos casos.

Verle tirado en el suelo le había hecho sentir tan miserable. Tocar su rostro y, aunque fuera de mentira, saber que Sebastián había dado su vida por él. Después, verlo ser enterrado y, sentir aquel terror de nunca más volverlo a ver a su lado.

Ahora era exactamente igual. - ¿Qué sucede pequeño? – Preguntó uno de los hombres del Consejo, Ciel no conocía a ninguno, solamente podía decir que el hombre tenía los cabellos largos y lacios, rubios y una pequeña coleta unía los dos mechones del frente en la parte trasera de su cabeza. - ¿Tienes miedo por cómo terminó tu rey?

-Déjalo, Leonardo. – Dijo Dimitri. – Esa asquerosa alimaña también recibirá su merecido pero, solamente nuestro rey se lo dará.

El aludido se encogió de hombros. – Es una pena. Creo que en parte veo el porqué de sus gustos, Cuervo. – Añadió Leonardo, tomando el rostro por el mentón ahora enmascarado de Sebastián.

-¡Llévenlo al Abismo! Su Majestad ha ordenado que sea llevado a la peor celda. La más recóndita y putrefacta para que esté ahí por el resto de la eternidad. – Exclamó Damián. Sonrió. – No creo que viva mucho, no podrá siquiera beber un sorbo de vino.

-Mmmhhh… - Gruñó Sebastián, quien fue forzado a arrodillarse, mientras sus brazos continuaban aprisionados.

-La chaqueta. – Dijo Andrei. – Dejádmela. A donde va no necesitará ningún tipo de etiqueta. - Los guardias le arrancaron la chaqueta y, abrieron su camisa de un tirón para comprobar que no tenía ningún arma oculta. Arrodillado como estaba, le separaron las piernas y revisaron en medio de ellas también.

Los guardias entonces lo sostuvieron, para que leyeran la sentencia final. – Ya que Albus no se encuentra con nosotros. – Habló Leonardo. Ciel se quedó en silencio, paralizado por lo que podría venir a continuación. – Tendré que ser yo quien lea la sentencia final. El demonio Cuervo, mejor conocido como Sebastián Michaelis, queda sentenciado a una eternidad en el Abismo. No tendrá derecho a comer ni a beber el néctar de ninguna otra alma por el resto de su existencia. Su reinado ha terminado esta noche.

-¡Noooo! – Gritó Ciel nuevamente y, esta vez, ya no fue capaz de retener las lágrimas. Buscó la mirada de Sebastián y, éste solo le hizo un gesto negativo con la cabeza, como si le quisiera decir que no lamentara lo que le sucedía porque, ése era un riesgo que él había adquirido desde el primer instante en el que se hizo llamar Rey del Inframundo.

Pero Ciel no podía creerlo, él había estado dos semanas en ese lugar y, creyó que moriría de solo estar ahí. Los gritos incesantes, los quejidos, el olor a la sangre y la mugre. Era asqueroso, le había recordado tanto al sitio en donde estuvo secuestrado cuando era niño. Sebastián no podía ir allá. Aunque le hubiera enviado ahí. Después de todo, él lo merecía pero, ¡Sebastián no! Sentía la misma impotencia que en esos momentos, cuando rogaba a su madre, a su padre que le salvaran de las garras de la maldad y, solo Sebastián había acudido a él. Pero, ahora, el moreno ya no podría hacer nada, ni siquiera por sí mismo.

-La sentencia ha sido dictada… - Decía Leonardo.

-Por mí. – Interrumpió Garret, llegando al lugar. Sonriente y triunfante. Desde su posición, Ciel no podía verle el rostro. – Yo he dado la orden, señor Michaelis. – Aunque la voz le era conocida.

Sebastián se retorció en el lugar donde lo tenían aprisionado. – Mmhhh.. Aghh..

-Tranquilo, demonio Cuervo. Ya no tendrás que preocuparte por tus molestos súbditos nunca más. – Susurró el otro demonio. – Te deseo muy buena suerte a donde vas. Vas a necesitarla. Rió.

Tenía el cabello negro como el de Sebastián pero, era ligeramente ondulado. Ciel podía sentir su aroma desde donde se encontraba. Emanaba una esencia extraña, como si de veneno se tratara.

¿Veneno de araña?

Entonces, los guardias colocaron a Sebastián de rodillas y con la frente contra el piso, obligándole a reverenciar al nuevo rey. Los ministros doblaron la rodilla ante su nuevo mandatario también, al igual que los guardias, y, el ojiazul, obligado por uno de ellos.

-Señores, su Alteza, el rey Garret. .- La nueva Majestad se dio la vuelta y, el demonio menor se quedó petrificado.

-Claude Faustus. – Musitó con los ojos abiertos como platos.

-¿Cómo estás Ciel? – Dijo el moreno, con una sonrisa maliciosa en el rostro. – Creo que tenemos mucho que hablar.