Respuestas a Reviews:
Dani: Muchas gracias por decirme que el capítulo estaba mal. Ahh.. cuando lo abrí jajaja, quería pegarle a esta computadora porque copió el formato de Word y era por eso que quedó así.. XDD Muchas gracias por el review y por leer esta historia.. :DD
Ninoska: Me alegro que hayas disfrutado la tortura.. jajaja.. yo disfruté escribiéndola.. XDD Espero que te guste el nuevo capítulo y muchas gracias por el review.. :DD
Lau: Tú puedes apurarme cuanto quieras.. XDD Y hoy sí terminé pronto el capítulo para poder actualizar. DD: Siento que la vez pasada me tardé mucho y, pues, me gusta haberte dejado en suspenso. Ciel y Sebastián están enamorados tal vez pero, muchas cosas van a sucederles antes de estar juntos. Gracias por el review.. :DD
Whatsername-sama: No, no eres la peor.. Claude es peor que tú, jajaja solo bromeo.. XDD No me hagas caso y pues, creo que todos lo odiamos a él.. XDD Es que es el clásico tipo que solo aparece para dar problemas y, pues, creo que los del Consejo quieren mantener una fachada que ni ellos mismos se creen y por eso, no quieren que Sebastián esté con Ciel, quizás no tanto porque sea hombre sino porque lo ama… DD: Gracias por el review.. :DD
PerlhaHale: Yo te apoyo! O te ayudo! Jajaja, no se cual sea mejor.. XDD La verdad es que Alois sí será de mucha ayuda para Sebastián y Ciel, aunque de momento tendrán algunos problemas.. Ya verás a qué me refiero.. DD: Y sí, tengo un fic donde Claude no es un idiota tan grande jajaja, es el de Juegos de Verano.. XDD Yo también odio a los del consejo, no sé si lo mencioné pero, muchos personajes aquí, son personas reales que he adaptado así que si los odias, te entiendo muy bien porqué.. XDD :DD Gracias por el review.. :DD
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Aclaraciones del capítulo: Creo que cuando uno describe la desesperación de Sebastián, con una canción de Metallica suceden cosas como este capítulo.. jajaja... Espero que les guste.
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Sus ojos se entreabrieron y, una vez más, se aferró a los anillos de acero a los que se hallaban sujetos sus brazos, dejándole en una posición por más incómoda porque debía permanecer todo el tiempo de pie y con los brazos alzados hacia los lados como si se preparara para recibir un abrazo.
El abrazo de la muerte sería el único que podía esperar en donde se encontraba.
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"¿Podrá ser acaso que se trate de ti?" Alois tomó una bocanada de aire y una lágrima amenazó con escapársele mientras observaba al nuevo y glorioso rey ser cononado. "Claude"
"Mi Claude."
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"¡Ahhh! ¡Ahhhh!" Sonidos, quejidos, gemidos que llegaban a parecer sacados de un manicomio. Aunque, él había estado varias veces en uno donde fue invocado, los lamentos no eran tan desgarradores. Y él ni siquiera eso podía hacer porque, aún tenía puesta esa máscara. Ese maldito bozal de perro que le habían puesto. – ¡Mmmhh… Aude! – Y el olor putrefacto del lugar le llegó como una respuesta a sus llamados. Ese asqueroso olor a sangre revuelta con sudor y, suciedad. Ése era el verdadero infierno.
Y él nunca antes estuvo ahí. Sabía que el día en que su padre, Daniel el demonio Gato, le había hecho heredero al trono se lo había advertido. Su padre había abdicado porque creía que los tiempos comenzaban a cambiar y el inframundo necesitaba de alguien nuevo para gobernarlo. Después de ser nombrado, Sebastián no volvió a verlo. Creía que se había marchado a la tierra para hacer lo que más le gustaba: cazar almas humanas.
Sebastián nunca se preocupó, ni siquiera pensó en qué le había sucedido. Creía que lo que le había sucedido a él no podía ser mejor. Se sentaba en su trono mientras las doncellas de su padre bailaban a su alrededor, sirviéndole todas las almas que él pudiera querer. Sabores, olores distintos. Eran almas que provenían lo mismo de Europa que del Nuevo Continente.
Sin embargo, el moreno no se conformaba. La forma en la que veía que sus colegas eran convocados por habitantes de la tierra lo sorprendía. Demonios mayordomos y diablas mucamas que se presentaban tan elegantemente vestidos, cada uno dependiendo del lugar y del amo que tuviesen. Preguntó a varios que sentían al momento de consumir el alma de su contratista y, todos tuvieron la misma reacción. Se retorcían como un gusano en la arena, recordando el placer de consumir un alma que estaba cultivada en el odio y el pecado por ellos mismos. No era lo mismo para él, quien podía obtenerlas en forma tan sencilla; por lo que comenzó a cocinarlas entre platillos humanos para mejorar su sabor y, sentir un poco de aquello que tanto añoraba.
Un día de tantos, había escuchado el llamado de un niño. Un chico que había negado cualquier otra existencia divina y, que suplicaba por ayuda y por venganza. Lo llamaba a él, Sebastián lo había sentido y, acudió. Nunca imaginó que sería el principio del final de su reinado. Había esperado siglos para hacerlo pero, nunca conocería la sensación de servir a un humano hasta que le conoció a él.
Ciel Phantomhive.
Se retorció nuevamente. Tenía que poder escapar de ahí.
"Ni siquiera los mejores demonios pueden contra esto." Esas habían sido sus palabras cuando atrapó a Ciel y le castigó con aquellos vendajes. Y ahora, él estaba igual de atrapado. Llevaba tres semanas así, quizás más, quizás menos. Su único consuelo para no perder la cordura había sido intentar contar el tiempo lo mejor que podía. Utilizaba un rayo de luz que entraba por una rendija de su celda. Se veía dos veces cada cierto tiempo, por lo que Sebastián dedujo que era dos veces al día y, ése era su único consuelo.
-Su Majestad… - Le decía una chica de ojos desorientados y cabello despeinado. Se parecía mucho a Emily pero, ésta aún conservaba parte de su alma humana.
El moreno se dedicaba a verla y, se retorcía cada vez que lo hacía. La chica, al igual que otros demonios que rodeaban su celda buscando comida tenían los dientes podridos, amarillentos. Su piel se escamaba y, sus manos ya no tenían uñas de tanto que habían rascado y escarbado intentando escapar. Era la falta de almas que les consumía la cordura poco a poco. Mordían los barrotes de su celda como lobos hambrientos.
Los barrotes de la celda eran delgados y de un metal gastado. Sebastián sabía que hasta ahora se habían mantenido alejados pero, pronto… muy pronto, lograrían desgastar esos barrotes finalmente y, lo sacarían de ahí. Se lo comerían porque en ese lugar lo que más había era hambre y, no existía demonio muerto o débil vivo que no fuera víctima de esa especie de canibalismo.
Se retorció como un loco, logrando aflojar ligeramente las cintas del bozal y, gritando lo más fuerte que podía. - ¡Ahhhhhh! ¡Ciel! – Se moría de hambre y ni siquiera podía desatarse. Maldita fuera esa inutilidad suya y esos artículos que había creado, porque con ellos mismos había sido apresado. Además, ¿qué estaría haciendo Faustus con el ojiazul?
Pateó el suelo con todas sus fuerzas. Y, entonces se dio cuenta de algo. Aún tenía puestos los zapatos que Ciel le había dado en el mundo humano. Zapatos que él mismo había clavado. Lo que significaba una sola cosa: Ese clavo aún seguía ahí.
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"Ciel. Ciel, te necesito." La voz seguía repitiéndose en su cabeza que le provocaba náuseas.
-¿Qué sucede, Ciel? – Preguntó Claude, tomando el rostro del ojiazul y, ensartándole las uñas negras en su piel blanquecina. – Pensando en Sebastián, ¿no?
-No desperdicie tiempo en él, su Majestad. – Dijo Albus, sentado frente a él, compartiendo la enorme mesa del comedor del Palacio Real. – Es solo una alimaña. – El ministro delizó una mano y acarició el cabello del ojiazul. – Termina por darme lástima.
-Es verdad. – El rey le lanzó una mirada con desdén. Ciel llevaba un anillo del cuello del que pendía una cadena, el otro extremo de ésta era sujetada por Claude, quien le mantenía prácticamente desnudo y muriendo de hambre. - ¿Qué hacía, el Cuervo contigo? – Le preguntó, sujetándolo por un brazo.
Los cabellos del menor se agitaron, dejando ver las manchas de suciedad en su rostro. Su cuerpo estaba hecho un desparpajo también, apenas cubierto con un pedazo de trapo en su parte inferior y, en sus pies, un par de botas toscas que apenas y eran capaces de mantenerse las partes unidas de lo viejas que estaban. – No hacía nada. – Gruñó Ciel por lo bajo.
-¿No? ¿No sería que te llevaba a su tina y la llenaba con agua de rosas para follarte ahí dentro? – Lo sacudió con violencia.
-No. – Claude levantó la mano y le propinó una bofetada que lo hubiera lanzado al suelo de no ser por el collar con el que le sujetaba el cuello.
-¡Es su Majestad! – Le gritó, tomándolo por el anillo del cuello y, golpeándolo nuevamente. - ¿Te hace falta que te folle tu Majestad? – El ojiazul negó con la cabeza. – Porque pareciera que extrañas al pobre diablo de Sebastián por eso.
Ciel se enderezó y le escupió el rostro. - ¿Cuál Majestad? ¡Solo eres el sirviente de Alois Trancy!
-¡Ya verás! – El moreno se enderezó pero, Albus le sujetó la mano, sonriendo ligeramente. – Tranquilo, su Majestad. Un demonio de tan baja categoría no debe verle alterado.
-Es verdad. – Masculló Claude.
-Déjeme. Lo llevaré a la cocina y le daré un par de sobras. – Indicó el ministro. – Claro, si usted su Alteza me lo permite.
-Por supuesto. – Murmuró el moreno. – Solo lo quiero fuera de mi vista. ¡Lo mataría si no supiera que así hago sufrir más a ese demonio!
Albus llevó al menor hasta la cocina y lo hizo sentar en una banca, la cual se encontraba pegada a la pared de la esquina de la habitación. – Ay Ciel, ¡en qué predicamentos te metes! – Sonrió, colocando un plato con unos pastelillos en sus manos. Esta vez había utilizado su vos real. La voz de Alois Trancy.
-Yo conozco esa voz. – Musitó el ojiazul, tentando al ministro.
-Se parece a la de un conde rubio del que quisiste deshacerte muchas veces, ¿no? – Tomó el rostro de Ciel por el mentón, obligándole a mirar como sus ojos cambiaban de la oscuridad a un color azul cielo y, su rostro, perdía las facciones marcadas de Albus para convertirse en la cara jovial y despreocupada de Alois.
-¿Alois Trancy? – Los ojos del menor se abrieron como platos, fingiendo sorpresa porque él ya sabía eso.
-Shhh… Si sabes quién soy, sabrás el porqué estoy aquí. – Colocó un dedo en los labios de Ciel, y éste de inmediato miró hacia todas partes, cerciorándose que no hubiera nadie más en la cocina que ellos.
-Quieres vengarte de Claude Faustus. – Musitó el menor. - ¡Pero tú mismo le has puesto de rey en este lugar!
-No creas eso, Ciel. Soy tan esclavo del Consejo como lo eres tú de él. Yo ni siquiera sabía que se trataba de él. – Alois arqueó una ceja, sonriendo. – Fortuita coincidencia, nada más. Debo procurar mantenerme lo más cerca de él que pueda.
-Tienes que ayudar a Sebastián. – Murmuró Ciel.
El rubio sonrió más ampliamente. - ¡No lo creo! ¿Sientes algo por él? ¡Lo sabía! – Exclamó, parecía emocionado por el descubrimiento. – Pero es imposible, Ciel. Tu preocupación ahora debe ser servir a su Majestad. Sebastián está acabado. Nadie sale del Abismo a menos que el rey Garret lo quiera así.
-¡Tiene que existir una forma! – Gruñó el ojiazul, mientras devoraba los bocadillos que se hallaban en el plato. – Sebastián morirá… de hambre o de locura.
-Es más posible que muera de la segunda forma. – Musitó Alois, quien se acercó a la mesa de la cocina y tomó uno de los emparedados de almas que había en ella. – Voy a intentar llevarle algo, ¿de acuerdo? Pero tú tendrás que distraer a Claude. – Dijo, mirando a Ciel fijamente.
-Haré lo que sea. – Asintió el ojiazul.
Alois tomó una bocanada de aire, luego apretó los labios. Lo que cruzaba por su mente parecía dolerle. – A Claude le gustan los juegos sadomasoquistas. Si logras complacerlo entonces, ganarás muchísima de su atención y quizás, hasta uno de sus favores.
-Ahora ven. – Alois volvió a transformarse en Albus y sacó a Ciel de la cocina sujetándolo por la cadena. – Listo. – Masculló, lanzándolo a los pies de Claude. – Ese demonio tiene algo que mostrarte. Hemos llegado a un acuerdo y, dice que a cambio de comida, cambiará sus maneras.
-Eso me agrada mucho, Phantomhive. – El rey mordió ligeramente su labio inferior. – En tu vida humana, pudiste haber conseguido mucho más conmigo. Si yo hubiera tenido un amo como tú y… no como mi estúpido contratista. – Rió. Albus rió también. – Ahora, dime, ¿cómo quieres pagar por tu alimento?
Ciel miró hacia sus piernas, desatando el pedazo de trapo que cubría su masculinidad y dejándolo caer al suelo. – Quiero complacerlo, su Majestad. – Murmuró.
El moreno abrió la boca, sorprendido. – Y yo voy a permitirte hacerlo. – Siseó Claude, contra el cuello del ojiazul. – Debo admitir que siempre has representado un manjar inalcanzable para mí.
El ojiazul contuvo la respiración un instante, incrédulo de lo que estaba a punto de hacer pero, todo fuera por Sebastián. Lanzó una mirada a Albus.
-Su Majestad. – Interrumpió el ministro, quien nuevamente se hallaba sentado frente al moreno. – Le recuerdo que hoy debe cumplir con su deber de bajar al Abismo e inspeccionarlo.
Ciel besó el cuello de Claude en ese momento, dándole pequeños mordiscos.
-Baja, Albus. Hoy no tengo tiempo de ver demonios asquerosos. – Gruñó el moreno, embelesado por la caricia. – Además, debo castigar a esta porquería de demonio.
-Como usted ordene, Su Majestad. – Respondió Alois, con un atisbo de tristeza. Había cosa que simplemente no eran para uno. Aunque, inmediato enmascaró esa tristeza con triunfo. – Será un orgullo ser quien lo represente en el Abismo por hoy. – Dijo el ministro, tomando un bastón para ayudarse a descender las escaleras.
El ojiazul tragó en seco, mientras Claude lo tomaba por las caderas y lo lanzaba al suelo. - ¿Sabes cuánto deseaba tenerte desde que estábamos en el mundo humano? – Carraspeó el moreno.
-No. Pero, para mí es un honor ser uno de sus amantes. – Murmuró, recostando la cabeza ligeramente en su hombro. No pudo evitar recordar cuando Sebastián lo llevó en ese carruaje y él, queriendo engañarse a sí mismo, dijo que lo único que pretendía era convencerlo de que no lo vendiese.
-Y lo callarás. No queremos que nadie sepa de nuestros pequeños deslices, ¿verdad? – Apretó la muñeca del ojiazul hasta que lo hizo lanzar un chillido. – Porque si alguien lo sabe, ¡te mato! – Sonrió maliciosamente. – Ahora dime, ¿qué tocaba Michaelis? ¿Aquí? – Llevó una mano a la entrada de Ciel y deslizó tres dedos dentro de ella de una sola estocada.
-¡Ah! – Gimió el menor.
Claude se fijó entonces en sus ojos. Uno tenía aún el contrato con Sebastián. –Puedes disfrutarlo. Él aún sigue vivo. – Susurró el moreno, sacando los dedos y, bajándose el cierre de los pantalones. Lo siguiente que Ciel sintió fue el dolor de ser penetrado por éste.
-¡Ah! ¿Có-cómo lo sabe, su Alteza? – Dijo entre pujidos, soportando el peso del moreno y, la presión entre su cuerpo.
-La... ¡Ah! – Jadeó Claude. – La marca de tu contrato con él… ¡Ah! Aún está ahí. – Abrió las piernas del ojiazul con rudeza, penetrándolo lo más profundo que podía y, embistiéndolo con violencia. – Eres delicioso, Ciel.
-¡Ah! ¡Ah! – Gemía el ojiazul. Llevó una mano a su boca para morderla y soportar el dolor pero, era realmente difícil. Aunque el saber que Sebastián estaba vivo lo aliviaba en cierta forma. Aún quedaba un hilo de araña al cual aferrarse.
Finalmente, cuando Ciel creía que sería partido por la mitad, sintió la esencia de Claude dentro de él. El moreno masturbó con rudeza su miembro, obligándolo a correrse en su mano.
El rey sonrió, mientras besaba su cuello, dando mordiscos que casi arrancaban la piel del ojiazul. – Poderoso Conde Phantomhive. – Se echó a reír. – ¡No eres más que una prostituta cualquiera! – Se enderezó, subiendo sus pantalones y dejando al menor ahí, desnudo y acostado en el piso. - ¡Arréglate! No quiero que ninguno de los otros sirvientes te vaya a encontrar así. – Tomó el extremo de la cadena y lo hizo levantar de un tirón.
Lo llevó hasta su habitación y lo lanzó al piso nuevamente. –Para que veas que no soy desagradecido con mis amantes, te dejaré aquí solo para que puedas asearte y vestirte con algo más decente.
Ciel había caído de rodillas al suelo, dándole la espalda al moreno. – Como ordene, su Majestad. – Masculló,en el tono más amable que pudo pero, le odiaba con toda el alma. Su único consuelo era creer que Alois había conseguido llegar hasta Sebastián.
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Sebastián se había quitado uno de los zapatos y comenzó a pisarlo con el otro pie con todas sus fuerzas. Una y otra vez. El cuero, tanto de la suela como del zapato en sí, comenzaron a desprenderse. El moreno se agarró de los aros que lo sujetaban, sus muñecas estaban comenzando a sangrar por el esfuerzo. Saltó nuevamente sobre el zapato, tenía que partir la base del tacón porque ahí estaba el clavo.
Sus sentidos completamente alerta. Se quedó quieto por unos instantes. Alguien estaba caminando por los pasillos y, no eran pasos que se entrechocaran o algo que le indicara que se trataba de uno de los demonios del Abismo. Lentamente dejó lo que hacía e intentó ponerse lo que quedaba del zapato.
-Sebastián. – Le llamó una voz en un susurro. Era Albus.
El moreno giró la cabeza, fingiendo estar adormitado. - ¿Mmmhh? – La verdad, le era difícil distinguir con claridad su rostro pero, su voz era casi imposible de perderse. Entonces, recordó que la firma del ministro estaba en el documento con el que le habían removido de su cargo. Comenzó a moverse, luchando por soltarse para poder vengarse de lo que le hizo.
-No hay mucho que pueda hacer por ti. Al menos no de momento. – Alois tomó su forma verdadera, creyendo que Sebastián estaba comenzando a enloquecer. – Tranquilo. Yo ni siquiera tengo nada que ver en esto. ¡Yo pedí que te dejaran conservar tu cargo pero, ellos no quisieron!
Sebastián miró al rubio y, se convenció que no estaba mintiendo. Alois sacó el emparedado de sus ropas, lo ensartó en el bastón y lo dejó en el medio de la celda. – Esto es lo que le prometí a Ciel hacer por ti. No puedo intentar nada más porque Claude me mataría.
-Ci… el… - Fingió Sebastián que articulaba con dificultad debido al bozal. No quería que Alois viera que el artículo se había aflojado un poco o podía decir algo a Faustus.
-Ciel está… bien. – Respondió Alois con falsa calma.
-Me… en… mmmhhh… tira. – Masculló el moreno.
-Digamos que el rey Garret no lo trata como lo hacías tú. – El rubio arqueó una ceja. – De igual forma, quiero que sepas que haré lo que esté a mi alcance para vengarme de Claude y, ambos sabemos lo que más le dolería perder. – Alois suspiró, tomando una vez más la forma de Albus. – Sobrevive, Sebastián. – Musitó, marchándose del lugar.
El moreno se quedó quieto, observando el pan que se encontraba a sus pies. Estaba al lado de un charco de agua turbia y, a juzgar por como había sido transportado, no estaba tan aplastado como se hubiese podido. Era quizás lo más asqueroso pero, en este instante, le parecía el manjar más delicioso.
Volvió a quitarse el zapato y comenzó a patearlo una vez más. - ¡Nhgh! – Farfulló. Nunca le duró ni uno solo de esos calzados en Londres pero, éste parecía estar hecho a prueba de demonios.
Una vez más lo pisoteó y, finalmente el tacón se partió a la mitad, dejando expuesto el clavo. Ahora solo tenía que insertarlo en algo. Miró hacia abajo. ¿Cómo llevaría un clavo del suelo a su mano y con los brazos atados?
Bien podría intentar sostenerlo con los dedos de los pies y balancearse de sus brazos para soltarlo y que cayese en su mano pero, no lo veía como un plan seguro. Lo más probable es que fallara por lo débil que se encontraba y acabara con una mano quebrada. Y eso era lo último que podía sucederle porque, entonces sí, tardaría años en salir de ahí. No tenía la suficiente energía dentro de sí para recuperarse de algo como eso.
Tomó el clavo con los dedos de sus pies y lo insertó en su tobillo. Apretó los labios. Estaba tan débil que le dolía casi tanto como dolería a un humano. Tomó una bocanada de aire, escuchó que no hubiera ningún extraño y, se aferró a las argollas. Lo más importante era mantener el equilibrio.
Entonces, elevó la pierna, como si de una bailarina de ballet se tratara, llevando su pie a la altura de su cabeza casi. Estiró los dedos de su mano y, con dificultad, alcanzó el clavo de su pierna y lo tiró con fuerza.
-¡Ah! – Ahogó un gritó. Orgulloso vio lo que había conseguido.
Lo sostuvo con la punta de los dedos, casi horrorizado de que pudiera caer pero, no debía perder los nervios en ese momento. Tenía que concentrarse y hacerlo bien. Su mano cesó de temblar y, cuidadosamente deslizó el clavo por su mano hasta encontrar el agujero de la cerradura en los grilletes que lo ataban al aro.
-Apretó los labios y, bajó la mirada. No se dejaría vencer.
Chask.
La cerradura se abrió y Sebastián vio su mano libre. Se apresuró a abrir la cerradura de su otro brazo y, arrancó con ambas manos el arnés de su rostro. – Finalmente. – Susurró. El dolor de la espalda le fastidiaba pero, ya remitiría.
Se dejó caer al suelo y devoró el emparedado. No creía nunca haber saboreado algo que le supiera tan bien. Luego, cogió el clavo y lo miró, sonriendo maliciosamente. Aún le quedaba hambre y, un pequeño trozo del emparedado.
Se arrastró por la celda, buscando el rostro de la chiquilla que mordía los barrotes. – Mira. – Su voz era tan aterciopelada como cuando estaba con Ciel. – Ven.
La niña se acercó, con los ojos desorbitados, gateando lo más próximo del moreno que podía. – Lo he guardado para ti. – Susurró.
La chica tomó el trozo de comida y lo devoró en un segundo. Sebastián empuñó el clavo entre sus dedos y la haló hacia sí, insertándoselo en la frente. – Perdóname, cariño. – Le dijo al oído, mientras se acercaba a sus labios y comía la parte de su alma humana que aún sobrevivía. La niña lanzó un grito pero, Sebastián cayó su boca con sus labios. – No te preocupes. No te hará falta.
Sonrió picarescamente. La chica lo miró y se alejó horrorizada en cuanto pudo. Entonces, Sebastián se puso de pie. Miró hacia abajo y descubrió que había tomado su forma verdadera. Le sería difícil regresar a la humana en ese estado aún débil. Se estiró e irguió, hermoso.
-Ahora sí, Claude. Tendremos mucho que conversar. – Musitó, echando el clavo dentro de sus botas, mientras se encaminaba a la salida de esa celda y del mismo Abismo.
