Respuestas a Reviews:
Fernanda: Sí, Sebastián puede! :DD Y que Claude sufra también es bueno pero, ummm.. pueda que no suceda tan rápido.. Ese demonio todavía va a fastidiar bastante.. XDD Gracias por el review.. :DD
Whatsername-Sama: Lo sé! Sebastián salió bien librado por poco y, sí, él es uno de los demonios más fuertes del inframundo pero, creo que diseñó los grilletes del inframundo con su persona jajaja porque ni él puede vencerlos.. XDD Claude corrompe a Ciel, poco a poco lo convierte en un ser más parecido a él.. DD: Lamento hacerte enloquecer, agradezco el amor y no puedo evitar quererte también solo por leer esto y emocionarte así como hago yo al escribirlo.. XDD Gracias por el review.. :D
PerlhaHale: Verdad.. Yo tampoco encuentro forma de castigar a Claude porque todo pareciera causarle placer! Ugh que disgusto! XDD Su odio por Sebastián va más que todo por no haberle dejado quedarse con el alma de Ciel.. u_u Como dices tú, es despecho. Además, él quisiera que un ser como Ciel sintiera algo por él más allá de disgusto.. Y Alois es eso, el segundo en la fila, Claude no le tomó en serio nunca porque él quería un alma "más condimentada" jajaja.. :DD Ciel sigue sufriendo, es verdad, y lo lamento porque siento que en ocasiones es el personaje que más sufre en todo pero, bah.. al final prometo que le irá bien.. ;) Por lo menos en este capítulo te adelanto que tendrá su momento.. XDD Fiesta y que mueran los del Consejo! XDD Espero que te guste este nuevo capítulo y gracias por el review.. :DD
Lau: Me imagino a Sebastián igual que tú, jajaja. Bueno, es que llevaba tres semanas ahí, no? Un lugar que no llegaba ni a ducha.. jajaja.. Alois me parece la mejor opción para vengarse de Claude pero, hay una parte en mí que aún no puede definirse qué sería lo mejor para él..DD: Y sí, Ciel hace lo que sea por Sebastián, "el demonio al que no quiere" XDD Gracias por el review.. :DD
Guest: Perdón.. DD: El pobre de Ciel sigue sufriendo lo sé pero, prometo que algo bueno va a sucederle y, sí! Sebastián escapó y ahora, tendrá que preparar su venganza para Claude.. muahaha.. xDD Gracias por el review.. :DD
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Sebastián se escurrió entre las columnas enormes y blanquecinas del que antes fuera su palacio. Y lo sentía ajeno. Completamente ajeno ahora que Faustus lo había tomado. Toda la sobriedad se fue al diablo. Los muros estaban llenos de pinturas grotescas. Humanos que se aferraban a una tela de araña, suplicantes, pideindo que les diese aunque fuera un atisbo de ayuda. El moreno se sintió asqueado, odiaba que le suplicaran. Él prefería un alma fuerte que se enfrenta a lo que sea que una cobarde que se doblega ante cualquiera.
Y engarces de oro. Hermosos pero, tan brillantes que llegaban a caer en lo vulgar. Sebastián se decía que jamás hubiera colocado algo así ahí pero, ahora eso era lo de menos. Lo importante era escapar del Palacio Real y, mezclarse con los demás demonios inferiores en tanto, consiguiera planear su venganza.
Suspiró.
-Si tan solo pudiera ver a Ciel antes de irme. – Musitó para sí pero, eso era imposible. El ojiazul formaba parte de las propiedades del nuevo rey. Bufó. Deseaba llevarse siquiera una de sus pertenencias pero, su Alteza seguro notaría la falta. ¿Y desde cuándo él le tenía miedo a alguien como Claude? No era miedo pero, no podía confiarse a su suerte.
Se deslizó entre los cortinajes de seda color de champaña, ámbar como los ojos de su dueño. Solo se aprovechó de un armario que tenía a su paso para robar un abrigo. – Robar un abrigo. Ahora resulta que soy yo quien debe robarse sus propias cosas. – Masculló, tomando la prenda y cubriéndose con ella.
Sus tacones resonaron ligeramente en el suelo mientras abandonaba el lugar por la puerta. Era curioso como los guardias vigilaban tan poco ahora. ¿Acaso al rey Garret no le importaba quién entrara al lugar?
Salió del castillo y miró hacia sus botas. Aquel, por extraño que pareciera, era parte de su atuendo real. Los pies del Rey del Inframundo no debían tocar el suelo porque éste estaba contaminado por la sangre humana y la suciedad de los demonios inferiores. Por tanto, sus tacones pasaban a ser el símbolo de su realeza. Sería un hecho difícil de ocultar de los demonios en las calles pero, formaban parte de su constitución casi. Eran parte de su ser. A menos, claro, que tomase su forma humana pero, eso aún no era posible.
El abrigo le cubría por debajo de las rodillas, ocultando su pecho semidesnudo. Contrario a sus botas, la coraza de su pecho se había perdido casi por completo al debilitarse y, ahora era reemplazada por una especie de chaleco negro de tela suave, la cual facilmente podría confundirse con la seda humana. Desdobló el cuello del abrigo hacia arriba para que cubriera parte de su rostro.
Él, Sebastián Michaelis, el Cuervo, casi fue derrotado pero, no se dejaría vencer.
Anduvo sin rumbo fijo, recorriendo las calles polvorientas y sombrías del inframundo. Algunos seres vagando y buscando almas, otros simplemente mirando hacia el infinito como quien espera algo. El orden que alguna vez había infrigindo se mantenía pero, las fuerzas del inframundo comenzaban a menguar gracias a Claude.
Sebastián miró a unos chicos en un callejón jugando unas almas azules en una partida de dados. Sonrió y se aproximó a ellos. Probablemente se trataba de una pandilla de niños que en su vida humana fueron asesinados. Ellos también llegaban al inframundo y, podían convertirse en los mejores demonios cuando crecían.
-¿Puedo jugar también? – Preguntó doblando una rodilla para acercarse más a los jóvenes demonios, quienes con sus ojillos rojo brillante le devolvieron la mirada.
-¿Qué tienes para apostar? – Le cuestionó uno de ellos, dejando los dados a un lado.
Sebastián desdobló el cuello del abrigo, dejándoles ver su rostro. – Mis servicios. – Musitó con una sonrisa ladeada.
-¡Su Majestad! – Exclamaron los tres chicos al unísono.
El moreno llevó un dedo a sus labios. – Silencio… Nadie puede saber que soy yo. – El hecho realmente le divertía. Los habitantes del inframundo aún le recordaban.
-¿Qué servicios puedes darnos a cambio? – Preguntó uno de los chicos. Tenía el cabello rubio y despeinado y, vestía con solo una camisa blanca y unos pantalones cortos, dejando ver sus uñas negras tanto de los pies como de las manos.
-Yo podría llevarlos al mundo de los humanos. – Susurró Sebastián. - ¿No les gustaría ser cazadores de almas?
-¿Demonios mayordomos? – Cuestionó otro de los chicos. Éste tenía el cabello castaño y lacio, tan largo que le llegaba casi a los hombros.
-Así es. – Respondió el moreno, llevando uno de los mechones de su cabello hacia atrás de su oreja. – Pero, a cambio deberán dejarme jugar a los dados con ustedes.
-Está bien. – Dijo el tercer chico. – Puedes jugar. – Tomó los dados. – El juego es simple, quien obtenga el mayor número en tres tiros se quedará con ellas.
Sebastián asintió. – De acuerdo. ¿Tienen nombre?
-Somos Nemuro. – Habló el tercer chico, de cabellos negros, señalándose a sí mismo. – Tsuki. – Señaló al chico de cabello rubio. – Y Mandrago. – Apuntó hacia el niño de cabellos castaños.
-Yo…
-Usted es su Majestad, Sebastián Michaelis. – Le interrumpió Nemuro. – Nosotros no creemos en el rey Garret. – Los otros dos asintieron.
-Gracias. – Musitó Sebastián secamente. – Ahora, juguemos. – Los chicos asintieron, tomaron los dados y lanzaron el primer tiro.
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Alois se tomaba un momento de descanso ese día. Por hoy no sería Albus y, había mandado cerrar con cadena y candado cada puerta de su mansión. Solo para después entrar en su despacho y hundirse en la butaca acojinada que ahí había.
Bufó. – Debo admitirlo Sebastián. – Dijo para sí. – Te hecho de menos. ¡Mucho! – Apoyó el rostro en una de sus manos. – Pero Claude debe continuar donde está ahora. Ahí es más fácil de alcanzar.
Se mordió el labio inferior y cerró los ojos. Se sentía tan apesadumbrado cuando pensaba en él. No importaba cuánto tiempo pasara, Claude siempre sería el único capaz de llenar su corazón. Su soledad.
¡Cuánto había deseado decirle que lo amaba! Y nunca se atrevió. Sin embargo, el moreno sí se había atrevido a lanzarle al suelo en aquel bosque y asesinarle. Fue entonces cuando su alma tocó el inframundo. El sonido de los tacones de su Majestad le había despertado del estado catatónico en que se encontraba.
"Alois Trancy."
El rubio alzó la mirada y se encontró con los cabellos negros y lacios que enmarcaban el rostro pálido de Sebastián.
"Sebastián." Se arrastró hasta que pudo sujetarse de las piernas del Cuervo. "¡Ayúdame! ¡Te daré lo que sea!"
"No hay nada que pueda querer de ti." Respondió Sebastián secamente pero, Alois había insistido. "Te sería leal en todo momento."
"Eso sí me sirve." Había dicho el moreno, doblando la rodilla y situándose junto al rubio. "Te convertirás en mi primer ministro y, serás mis ojos ante el Consejo del Primer Orden. Pero, nunca… Nunca habrás de traicionarme porque, entonces, yo mismo acabaré contigo…"
Alois no podía evitar sentirse culpable al recordar esas palabras. En cierta forma había traicionado al moreno.
-¡Ay Sebastián! – Se revolvió los cabellos nerviosamente.
-Dicen que no debes llamar al demonio tres veces… porque puede aparecerse. – Susurró la voz del moreno en su oído, al tiempo que unas manos le oprimían los hombros.
-¡Ah! – El rubio se giró con brusquedad, levantándose de la butaca mientras lo hacía. - ¡Sebastián! – Exclamó, incrédulo de lo que veía. – Pe-pero, ¿cómo…?
-Digamos que… no fácilmente. – Dijo el moreno, inclinando la cabeza hacia un lado, haciendo una mueca de autosatisfacción. – Además, tengo tres huéspedes para tu mansión, querido… Albus. – Remarcó la palabra, mirando al rubio detenidamente. – Tres ayudantes que me dieron las almas que necesitaba comer para llegar hasta aquí y que no van a traicionarme como lo has hecho tú. – Se acercó a Alois lentamente, como un león que acecha a su presa.
-Sebastián, ¡tú no entiendes! Yo… no pude hacer nada. – Se defendió el rubio, retrocediendo hasta que su espalda chocó con la pared.
El moreno le acorraló. Ya había ganado la suficiente energía y, ahora volvía a lucir su figura humana, vistiendo su traje negro con el pañuelo al cuello. – Vamos a fingir que estoy creyéndote. ¡Demuéstrame de lo que eres capaz por ganar mi confianza nuevamente!
-¡De lo que sea! ¡Soy capaz de cualquier cosa por ti! ¡Haré que te devuelvan tu cargo! ¡Lo juro! – Sebastián había tomado al rubio por el cuello y lo apretaba con la suficiente fuerza para hacerlo sufrir. Alois comenzó a toser, mientras luchaba por liberarse del agarre del moreno.
-¿Sabes lo que fue pasar casi un mes en ese infierno? – El rubio negó con la cabeza, horrorizado del brillo que emitían los ojos carmesí de Sebastián. – Preferirías estar muerto. – Masculló, soltando su cuello y alejándose unos cuantos pasos.
-Ciel. – Dijo el rubio, recuperando la compostura y, masajeando su cuello un poco.
-¿Qué con él? – Sebastián se giró para enfrentarlo, aunque el escuchar el nombre del menor le provocó un vuelco en el corazón.
-¿Lo has visto? – Preguntó el rubio, tan lascivo como siempre, acercándose al moreno sensualmente.
-No. – Masculló secamente.
-¿Hay posibilidades de obtener un voto de tu confianza si te ayudo a estar con él, aunque sea un momento? – Alois arqueó una ceja, mirando de cerca a Sebastián.
-¿Harías eso? – La mirada de Sebastián se estrechó en el rostro de Alois.
-Claude lo mantiene con él como si fuese una mascota. Lo lleva a donde quiera que va. – Explicó el rubio. – Yo soy el Presidente del Consejo y, fácilmente podría invitarlo a una cena especial aquí… en mi mansión. – Sonrió. – Así, podrías verle.
-Hecho. – Respondió el moreno. – Pero si esta vez me traicionas, Alois… No te daré otra oportunidad.
-Confíe en mí, su Majestad. – El rubio sonriente le hizo una reverencia. – No va a arrepentirse.
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Deslizó los dedos sobre la perilla de la puerta, miró hacia todas partes y, finalmente se decidió a hacerla girar. El Salón de Los Espejos, el mismo que Sebastián le mostró antes por fastidiarlo. Si tan solo supiera que ahora mismo él se hallaba ahí nuevamente. Buscando…
Metió los dedos entre el collar que llevaba y su propia piel. Recordó cómo Claude gozaba halándolo de la cadena que pendía de éste hasta que hacía que Ciel se arrodillara. Entonces, le ponía un pie encima de la espalda y le preguntaba "¿Quién es tu rey, Ciel Phantomhive?"
Al principio, el ojiazul no respondía pero, el hambre y el cansancio le habían llevado a hacerlo. "Usted es mi rey, su Majestad."
Anduvo hasta toparse con uno de los espejos y, ya sabía de antemano lo que vería. Lo que más deseaba era verlo a él. Y ahí estaba su figura. La piel blanquecina, los cabellos azabaches rebeldes en torno a su rostro, los ojos borgoña, su sonrisa cínica.
"¿Qué desea esta mañana, bocchan?" Preguntó el reflejo al demonio menor.
-A ti. – Musitó Ciel, acariciando el espejo como si pudiera sacar al moreno de ahí. – Sebastián, ¡ya no puedo más! – Gruñó, golpeando el cristal con los puños. – ¡Prometiste volver! ¿Dónde estás?
Tomó una bocanada de aire y visualizó mentalmente la puerta del Abismo. – Ni siquiera puedo acercarme ahí.
Se mordió los labios y, entonces, a puerta del salón se abrió de golpe, provocando que Ciel se asustara y la visión del moreno se borrara.
-Imaginé que aquí estarías. – Dijo Garret, con sus ojos ámbar y esa sonrisa que le provocaba náuseas. – Vístete. Saldremos. – Luego mordió su labio inferior. – Cuando regresemos quiero que le pidas a Marjorie que prepare una tina caliente para ambos. Esta noche, quiero tu compañía.
-Como ordene, su Majestad. – Respondió el ojiazul, entrecerrando los ojos. Internamente la rabia lo carcomía por ceder tan fácilmente a un ser tan bajo como Claude. Un demonio que ni siquiera tenía principios.
Sin embargo, no le quedaba mucho por hacer. Salió del salón y se apresuró al pasillo que conducía a su habitación. Debía cambiarse lo más rápido que le era posible. Era increíble, diez años como demonio y aún tenía problemas con los estúpidos botones.
Estaba a mitad del pasillo cuando lo abordó uno de los guardias reales. – Presta acá. – Espetó el demonio, tomando una llave y abriendo el cerrojo de su cuello. – Su Majestad dice que esta noche necesita de ti como el noble que alguna vez fuiste.
-¿Noble? – Preguntó el ojiazul.
-Así es, Ciel. Olvidé decirlo. – Respondió el moreno, quien se acercaba a ellos. – Las personas con las que cenaremos son muy importantes y, no puedo llevar como acompañante a una de mis mucamas porque son simples y vulgares.
-¿El Consejo? – Cuestionó el menor.
-Exactamente. – Dijo Claude.
-¿Por qué a ellos no les importa que yo vaya contigo pero, destituyeron a Sebastián por estar conmigo? – Apretó los puños, había ocasiones en las que le era imposible controlar su temperamento.
El moreno lo cogió por la barbilla y susurró. – Porque yo no digo que eres mi único amante como el estúpido de Michaelis. – Ciel le empujó la mano para quitarlo y el rey echó a reír. – Tiene media hora, Conde Phantomhive.
Y se alejó nuevamente.
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En menos de una hora se hallaba sentado al lado de Claude, viajando en uno de los carruajes reales. Bien pudiese haber sido el que utilizaron Sebastián y él alguna vez. No pudo evitar bajar la mirada y sonreír. Por mucha que fuera su desgracia, ese recuerdo como muchos otros, eran únicos.
-Su Alteza. – Saludó Albus, quitándose el sombrero de copa que llevaba y haciendo una reverencia al moreno. Al parecer, la residencia del ministro era el destino de su viaje. – Es un honor recibirlo en mi casa.
-Gracias, señor Presidente del Consejo. – Respondió Claude, descendiendo del carruaje con ayuda de uno de los sirvientes del ministro. – Agradezco su invitación.
-¿Qué cosas dice? – Bromeó Albus. – Soy yo quien debe agradecerle por venir. Los demás ministros ya han llegado y, suplican por su presencia. – Volteó a mirar a Ciel y le guiñó un ojo. – Veo que ha traído consigo a Ciel.
-Sí. En momentos como estos no deseo ser perturbado por una fémina y, considero mejor su compañía. – Dijo el moreno, caminando estilizadamente mientras el ojiazul le seguía detrás.
-Ya veo. – El ministro sonrió y acompañó al rey hasta la mesa, en donde lo ubicó a la cabecera de ésta. – Su Majestad ha llegado. – Anunció a los ministros. Dimitri, Andrei, Leonardo y Damián se pusieron de pie y le reverenciaron.
-Su Alteza, luce usted increíblemente bien. – Elogió Andrei al moreno.
Claude sonrió. – Gracias. – Aquella noche, el rey vestía un traje negro y una camisa azul que combinaban muy bien con el color de sus ojos. – Sin embargo, agradecería me patrocinaran del motivo de esta repentina reunión. – Tomó asiento y los otros le siguieron.
-Verá Su Majestad… - Comenzó a hablar Leonardo pero, Dimitri le hizo un gesto para que se detuviera.
-Creo que sus sirvientes no deberían escuchar nuestra conversación, rey Garret. – Interrumpió el demonio, lanzando una mirada de reojo al ojiazul.
-Por lo menos no se trata de la señorita Shibani. – Arqueó una ceja Damián, hablando en tono burlesco.
Claude se maldijo por lo bajo. No importaba a quién llevara nunca se quedaba bien con los malditos viejos. – Tienen toda la razón, señores. – Se dirijió al menor. – Ciel, anda a la cocina y quédate ahí hasta que yo te lo ordene.
El ojiazul asintió.
-No. – Interumpió Albus. – Le dejaremos en mi habitación. Así estaremos seguros que no nos escucha.
-De acuerdo. – Masculló Claude, quien no gustaba de alejarse demasiado del ojiazul. Le lanzó una mirada. Ciel sabía que de no comportarse pagaría las consecuencias en esa "velada nocturna" que le esperaba. – Ven, Ciel.
El ojiazul obedeció, dejándose llevar por el ministro a través de los corredores hasta la que decía era su habitación. – Alois, ¿sabes algo de Sebastián? – Aprovechó para preguntar.
Alois se mordió el labio inferior. – Digamos que sí sé algo pero, te lo diré luego. – Sonrió. – Lo que sí puedo adelantarte, es que no estaba nada contento conmigo pero, yo espero que su enojo pronto se disipará.
-Pero, ¿él está bien? – Por más que Ciel intentara ocultarlo, la pena se salía por sus ojos.
-Mmmm… Sí. Va a estar bien. – Entonces, Alois abrió una puerta. – Llegamos. – Musitó. – Ahora quédate aquí, ¿de acuerdo?
Ciel asintió y vio como el "antes conde" le cerraba la puerta casi en las narices. Apoyó las manos contra la madera. A veces creía que en el libro de su existencia se había escrito: "Eternamente atrapado.", porque así era como se sentía.
-Si continúa de pie va a cansarse, bocchan. – Musitó una voz en su oído. Aterciopelada y perfecta.
El ojiazul se giró de inmediato, esperando encontrarse con la nada. Seguro su mente lo estaba traicionando.
Pero no.
-Sebastián. – Dijo, casi incrédulo del nombre que sus labios decían. El demonio mayor estaba justo frente a él. Tan hermoso como el último día que le vio, tal vez más incluso.
El moreno simplemente se arrodilló frente a él, deslizó los dedos por debajo de su mentón y lo besó. Esta vez, tan diferente de cualquiera de las otras, su beso estaba cargado de sensaciones y no solo de lujuria.
-Perdóneme por tardarme tanto, joven amo. – Susurró, sonriendo contra sus labios.
Ciel le rodeó el cuello con ambos brazos, profundizando el beso. – Cállate. – Sonrió. – No debes hablar cuando tu amo te besa. – Una lágrima rodó por la mejilla del ojiazul. Nunca en su vida humana sintió ese calor en el pecho, entre el cuerpo. Ese deseo de pertenecerle para siempre a alguien. – Lo extrañé demasiado, su Majestad.
-Tu Majestad tuvo algunos problemas para escapar. – Respondió pero, luego, su única entretención fue continuar ese beso. No le importaba nada más. – Ciel, voy a liberarte de ese contrato que te obligué a hacer conmigo.
-No. No me hagas eso. Yo quiero estar contigo siempre. – Cerró los ojos, aspirando el dulce aroma del aliento de Sebastián. – Daría todo lo que queda de mí para no perderte nunca.
El moreno le colocó un dedo en los labios y, lo abrazó. – Ciel. Creí que no volvería a verte.
-Yo creí lo mismo. Pero, ¿estás bien? –Preguntó, preocupado por el gesto que había en el rostro del demonio mayor.
-Ciel, yo no sé que siento por ti pero, creo que es algo que no debería sentir un demonio como yo.
El ojiazul tragó en seco. - ¿Amor?
Sebastián separó los labios del menor con sus dedos y lo besó una vez más. – Sí, Ciel. Creo que me gustaría llamarlo así.
