Respuestas a Reviews:
Paloma-san: Pues sí! xDD Ash tiene un hermano y, no éste es un poco más normal y solo es hombre.. Conste que he dicho "solo un poco más normal" jajajaja.. Espero que te guste este nuevo capítulo y muchas gracias por el review.. :DD
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"Y cuando despertó el dinosaurio todavía estaba ahí."
Albus llamó a Nemuro y lo llevó con él a su despacho. El pequeño demonio, con la apariencia de un niño de ocho años, llamaba increíblemente la atención del ministro. Especialmente porque era realmente parecido a Sebastián, podía ser que él también lo propiciara peinándose con un estilo similar al del moreno.
-¿Me llamó, señor Albus? – Preguntó el niño, entrando en la habitación. Albus era conocido por los demonios inferiores por muchas razones pero, en particular, por ser un demonio que infringía la ley con todo su rigor. Habían más posibilidades de obtener el perdón del antes rey Sebastián que de él.
-Sí. – Respondió el ministro, sentado al frente de su escritorio y, sosteniendo en una mano el sobre que contenía la carta escrita por Sebastián. – Siéntate, Nemuro. Su Majestad quiere pedirte un favor muy especial.
-¿Su Majestad? ¿El rey Garret? – El niño hizo una mueca de disgusto, tan natural que Albus casi se echa a reír.
-No. – Dijo secamente. – Es para el rey Sebastián Michaelis… Tu rey. – Agregó.
Nemuro contuvo la respiración un instante, llevando una mano a su pecho. El ministro se sintió conmovido. De cierta forma le recordaba a cuando él era solo un niño y, alguien le pedía que hiciese algo por su madre o su padre. - ¿Yo? ¿Su Majestad me ha escogido a mí?
-Así es. Sebastián cree que eres el mejor para desempeñar esta labor. – Estiró la mano y entregó la carta al niño. – Quiere que lleves esta carta al cielo. A un ángel en particular llamado Frederick Landers.
-¿Al… al cielo? – Sus ojos se abrieron enormemente. – Pero…
-Tranquilo. Llegaste aquí siendo un niño, por tanto, los pecados que albergaste en la vida humana no son suficientes para negarte la entrada al cielo. Estás aquí porque tu alma aún no madura lo suficiente para definirse por un camino u otro. Tu estado demoníaco aún es prematuro. – Explicó el ministro, poniéndose de pie y colocando sus manos en los delgados hombros de Nemuro. - ¿Qué me dices? ¿Harás lo que te han confiado?
El pequeño demonio asintió. - ¿Cuándo debo ir?
-Ahora mismo de ser posible. Yo te llevaré al Puente y, después de eso, tú tendrás que encargarte del resto. – Indicó Albus. – También deberás traerme una prueba que me diga si entregaste la carta a Landers.
-¿Qué sería eso? – Inquirió asustado.
-Nada grande. Solamente una carta en respuesta con su firma y su sello. – Añadió el ministro y, Nemuro asintió nuevamente. – Bien, te daré unos minutos para prepararte y luego, partiremos. – Albus se puso de pie, dejando al menor solo en su estudio y fue a prepararse él también.
Ahora tenía que conformarse con una de las habitaciones para huéspedes pues, la principal había sido tomada por Sebastián. Constantemente, Alois pensaba que no era nada tonto ese dicho humano "De la calle vendrán y de tu casa te sacarán", porque eso era justamente lo que le pasaba a él. Claro que todo le había sido dado a través del moreno, lo cual le dejaba en desventaja de reclamar.
Una vez estuvo listo para partir, Alois se tomó un instante para ir a avisarle al moreno. - ¿Sebastián? – Llamó a la puerta dos veces.
-Adelante. – Respondió éste.
El ministro tomó su forma verdadera y, entró en la habitación. Sebastián estaba sentado frente a la ventana, inmóvil y con la vista clavada en el frente. Alois se acercó y, le miró con algo de preocupación. -¿Qué sucede?
-Nada. – Dijo el moreno, negando con la cabeza a la vez. Suspiró. – Los he visto. – Un mueca de rabia e impotencia se formó en su rostro.
-¿Qué has visto? ¿A quiénes?
-He visto a Ciel revolcarse con Claude, después de… - Alois le observaba con atención. Sebastián le miró y luego se cayó, percatándose del tipo de escena que estaba haciendo. Sin embargo, sus ojos entrecerrados indicaban que la furia no mitigaba en su interior.
-¿Después de estar contigo? – El rubio arqueó una ceja. - ¡No lo creo! ¿Estás celoso? – Preguntó, riendo al principio pero, cuando notó la seriedad en la cara del moreno, prefirió callar. – Sebastián, eso era obvio. Ciel le pertenece ahora a Claude.
-Lo sé. ¡No entiendo porqué me fastidia tanto el saberlo! – Somató el puño contra el brazo de la silla haciendo que ésta revibrara luchando por mantener sus fibras juntas.
-Quizás porque te recuerda los derechos que has perdido. – Respondió Alois, intentando no incurrir en cosas como el amor.
-Eso creo. – Masculló Sebastián. Sus cabellos cayendo suavemente sobre los costados de su rostro, concediéndole un aspecto minimalista. – De cualquier forma, ¿qué ha dicho Nemuro? – Cambió el tema solo para no continuar compadeciéndose a sí mismo.
-Ha aceptado. – Alois se mordió el labio inferior, con esa coquetería que era ya naturalmente suya. – Ahora voy a llevarlo al Puente.
-Entiendo.
-Paciencia, Sebastián. No lo conseguirás recuperar de otra manera. – Añadió el rubio, tomando nuevamente la forma del ministro Albus. – Ahora me retiro, su Majestad. – Dijo con ironía. Sebastián solo arqueó una ceja.
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Ciel fue a su habitación. Finalmente. Después de una noche que parecía eterna. Podía haberse comportado lo mejor con el rey Garret pero, seguía siendo el asqueroso de Claude y, él era aun más asqueroso por acostarse con él en esa forma.
Se dejó caer en la cama. Su cuerpo pesaba una tonelada y, lo único que deseaba era quedarse ahí echado por un buen rato. No era que sintiera cansancio pero, sentía una frustración increíble. Desde que se convirtió en demonio, había algo que estaba borrado de su mente. No sabía exactamente qué era pero, era una extraña ausencia la que le rodeaba.
Se giró en su costado, enrollándose casi como un gato, en la cama. Deslizo un mano debajo de la almohada para acomodarla y, sus dedos chocaron contra algo. Se sentó de inmediato, sorprendido y, levantó la almohada con velocidad. - ¿Una carta? – Se dijo en voz baja, mientras observaba el papel doblado que estaba debajo de ella.
Ciel se apresuró a tomarlo y leerlo.
"Tu comportamiento me muestra claramente que cuando te covertiste en demonio perdiste la mayor parte de tus memorias, o por lo menos, las que involucraban aquello que existía entre nosotros. Tenía dudas al respecto pero, mis ojos confirman lo que mi ser se niega a aceptar.
¿Alguna vez te tomaste el tiempo para preguntarte el porqué de mi odio hacia ti cuando te volviste un ser como yo? No. Ni siquiera vale la pena preocuparse de eso. Hay cosas que simplemente son imposibles y, como el pésimo mayordomo que resulté ser al perder tu alma, debo aceptar las consecuencias de mis actos.
Puedes revolcarte con Claude cuanto se te plazca. Pero te agradecería no volver a buscarme. Simplemente no existo más para ti, Ciel Phantomhive.
S. M. "
-¡No! ¡No puedes haberme visto! Yo… - Ciel releyó la nota, incrédulo de las palabras que habían en ella. Sí, la nota pertenecía a Sebastián sin duda alguna. Tragó en seco y miró hacia abajo, después de todo el demonio seguía siendo lo suficientemente astuto. Sebastián podía ser un simple demonio de la más baja categoría según Claude pero, su astucia e inteligencia estarían siempre por encima de las del nuevo soberano.
-Perdóname, Sebastián. – Murmuró, arrugando la nota con una mano mientras apretaba los ojos. ¿Qué sucedía? ¿Acaso quería llorar? No, nunca. Pero, el músculo en su estómago se había apretado en una forma casi humana. Esa presión que sientes solo cuando el dolor que experimentas es demasiado grande. Subió la vista y una ola de recuerdos invadió su mente al ver un objeto en particular.
Una botella de vino. Una botella de vino, negra por completo en su exterior.
Cerró los ojos y los abrió de nuevo de inmediato. Su mente en total confusión pero, a la vez, era como si todo estuviera aclarándose repentinamente.
Ciel había olvidado algo muy importante y, acababa de recordarlo. Sus ojos se abrieron en total sorpresa. Él que creía recordar perfectamente cada instante de su vida humana, resultaba haber dejado ir una parte de ella que le hubiera salvado a Sebastián de aquel infierno y, a él mismo.
Tomó la botella de vino y acarició la etiqueta con devoción. Sebastián la había dejado en su habitación, de eso estaba seguro.
-Tal como esa vez… - Musitó y su rostro se convirtió en una mueca de dolor. Abrazó la botella contra su cuerpo. – Sebastián me abandonaste porque olvidé nuestra promesa. – Las lágrimas no pudieron contenerse más y, deslizaron grácilmente por sus eternas mejillas de porcelana. De repente su expresión cambió, Ciel comenzó a reír sonoramente. – Y yo… - Decía entre risas y llanto. – que pensaba que eras un maldito y… el maldito soy yo. ¡Sebastián, perdóname!
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Londres, Inglaterra 1889
Los días de diciembre solían cernirse de forma dulce sobre toda Inglaterra y, especialmente en Londres. Los habitantes de dicho lugar solían disfrutar en general del invierno, a pesar de tener que llevar pesados abrigos con ellos, la época invitaba a la amistad, a compartir el té de la tarde una hora antes y, sobre todo, a prepararse para la Navidad.
En la mansión del Conde Phantomhive no era distinto. Ciel se encargaba de pedir a Sebastián que adornase cada rincón del lugar. Todo estaba permitido para que el demonio escogiera. Podía colocar guirnaldas, un árbol, coronas, lo que gustase. Lo único que le estaba prohibido en los días cercanos a la Navidad era una cosa: celebrar el cumpleaños del ojiazul, el cual era al día siguiente justamente.
"No quiero ni un regalo, ni ningún tipo de celebración, ¿de acuerdo, Sebastián?" Había ordenado el menor tácitamente.
"Sí, mi señor." Respondió el mayordomo haciendo una reverencia. Llevó una mano a su pecho. "No habrá ningún tipo de celebración."
"Ni siquiera de parte de Elizabeth, ¿me has escuchado?" Sebastián solo asintió ante eso.
Y Ciel había ido a su cama para dormir, tal y como lo hacía cada noche. El demonio le acompañó y asistió como siempre.
Desabotonó cuidadosamente la chaqueta de su traje, sus pantaloncillos y luego la camisa. Después, con toda devoción, vistió al ojiazul con su camisa para dormir, le recostó y cubrió con las sábanas. Se aseguró de colocarle una manta extra y encender el fuego, ya que hacía un clima terrible esa noche.
Al finalizar, el mayordomo musitó un suave. "Que descanse, bocchan." Y se retiró para continuar con sus quehaceres antes de ir a descansar un poco.
Sin embargo, mientras avanzaba por el pasillo, Sebastián se vio invadido por una sensación de impotencia. Ya le habían dicho más de una vez una frase que en este momento le resultaba muy adecuada: "Dos seres que irradian la misma luz acaban atrayéndose." Ciel tenía solo trece años, catorce a la mañana siguiente pero, aún así un joven. Un joven con la capacidad de hacerle sentir cosas que un demonio no podía permitirse, como bien decía él siempre.
Ciel, por su parte, se había hundido en las mantas esa noche. Una noche que de por sí, le resultaba increíblemente triste porque al día siguiente tenía razones para sentirse dichoso y, otras para ser infeliz. Su cumpleaños y el aniversario de la muerte de sus padres. Solo había algo, mejor dicho, alguien que le mantenía con vida. Un ser que arriesgaba su propia existencia solo para salvar su vida. Apretó los labios y se forzó a cerrar los ojos e intentar dormir.
Sebastián, justo en ese momento, tomaba un molde de metal de uno de los compartimientos de la cocina. – Dijo que no podíamos celebrarlo pero, nunca dijo que no pudiésemos hacer un pastel para él. – Pensó el mayordomo, mientras escogía los ingredientes más selectos de la despensa. Tenía que hacer algo que fuera completamente diferente. Algo que el ojiazul nunca hubiera probado y, sobre todo que tuviera la capacidad de hacerle saber que era especial para cada miembro de la mansión, en especial para… él. Se sonrojó ligeramente ante el mero pensamiento. ¿Qué cosas le estaban pasando? Él era un demonio y como tal, su condición carente de cualquier tipo de sentimiento. Una criatura instintiva e incapaz de cualquier sensibilidad diferente al dolor físico que le provocaban las heridas pero, las cuales eliminaba de inmediato en la mayoría de ocasiones.
Ajusto el nudo de su corbata. Su interior se sentía levemente alterado, ¿estaba acaso emocionado? Tonterías. Tomó un saco de harina, algunos huevos, chocolate, algo de levadura y otros ingredientes para confeccionar su obra de arte.
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"¡Feliz cumpleaños, bocchan!" Exclamaron al unísono Finny, Bard, MeyRin, Tanaka y el mismo Sebastián, quien estaba guiando a Ciel a la mesa del comedor para la cena. Se habían contenido todo el día pero, ahora era el momento de la sorpresa. Sebastián les había dicho que de felicitarle, tendrían que hacerlo cuando el ojiazul hubiese terminado con sus balances de Funtom porque de lo contrario no lograrían sacar algo más que un buen disgusto de su amo.
Ciel miró a todos y sonrió levemente. – Gracias. – Miró hacia el pastel. Era un bizcocho de chocolate, decorado con listones de dulce y un pequeño sombrero de copa hecho de masa de azúcar. Claramente era Sebastián el creador de semejante cosa. – Sebastián. – Dijo.
-¿Sí, bocchan? – Preguntó el mayordomo, intentando parecer inocente.
-No me mientas, sé que eres el creador de esto. – Se sentó a la cabecera de la mesa y le miró de reojo. El moreno nunca escapaba del escrutinio de su amo. - ¿No había dicho que no quería nada?
-Perdone mi atrevimiento, joven amo pero, todos estamos muy contentos de tenerle con nosotros un año más. – La voz aterciopelada del moreno chocó contra el oído de Ciel, suave, muy suave.
Ciel sonrió nuevamente. Aunque era una sonrisa muy breve, era algo que dejaba gran satisfacción en todos sus sirvientes. – Agradezco que hayas ignorado mis órdenes por una vez, Sebastián. – El mayordomo le hizo una reverencia.
-Es mucho lo que usted merece, señor. – Dijo, llevando una mano a su pecho.
-En lo absoluto. – Respondió Ciel secamente. Sin embargo, el semblante amable volvió a su rostro para cuando levantó la vista. – Parte el pastel, Sebastián. Quiero que todos tengan una rebanada.
Sebastián asitió y partió varios trozos de pastel, entregando sendas rebanadas a los sirvientes y, la más grande para el ojiazul. – El suyo es diferente. – Agregó. – Tiene ventajas por ser el cumpleañero.
-¡Ah! ¡Es usted muy generoso, bocchan! – Exclamó el jardinero, tomando un bocado de su porción.
-¡Sí que lo es! Además la torta te ha quedado deliciosa, Sebastián. – Halagó MeyRin y Bard asintió con una sonrisa.
El mayordomo también tomó un trozo y lo comió. – Debo admitir que quien cocinó este postre lo hizo muy bien. – Se dijo el moreno a sí mismo y, todos rieron.
-¡Vaya, vaya, Sebastián! ¡Eres un presumido! – Dijo Ciel, comiendo el pastel a grandes bocados, cosa que él no acostumbraba hacer pero, seguramente las emociones encontradas y la delicia de la torta preparada por Sebastián lo propiciaron.
La velada no duró mucho. Los sirvientes se retiraron para terminar con sus quehaceres antes de irse a dormir. Además, algo les decía que el joven amo no resistiría tanta celebración. Ciel era un persona naturalmente solitaria.
Sebastián recogió los platos, echando ligeros vistazos al conde, quien parecía ligeramente cansado pero, más que eso, parecía aburrido. ¿Sería que Ciel quería que la fiesta durara más tiempo? El mayordomo tragó en seco, tomó los platos y los apiló, cosa que él no se permitía por ser una terrible falta de educación pero, quería apresurarse y la razón lo ameritaba.
Ciel no le prestó mayor atención a lo que hacía su mayordomo. Sus pensamientos estaban perdidos en las cosas que no podía recuperar. Cosas que recordaba en días como ése. Y no era que el ojiazul viviera lamentándose pero, a veces, los motivos para vivir eran escasos y de poco valor. Se daba cuenta que sin Sebastián estaría muerto, aún cuando ahora tenía todo su poder y dinero con él; era el moreno quien provocaba que le respetaran y sobre todo, quien le ayudaba en el diario para poder salir adelante en diversas situaciones.
"Lo que se ha perdido nunca puede recuperarse."
-Bocchan. – La voz de Sebastián le interrumpió en ese momento. - ¿Está ocupado?
Ciel no pudo evitar sonrojarse ligeramente ante su completa falta de concentración. – No. No estoy ocupado. ¿Qué pasa Sebastián?
El mayordomo apretó sus labios ligeramente, seguramente dubitativo de lo que diría. – Me tomé el atrevimiento de traerle un regalo.
-Te dije que no quería regalos. – Masculló el ojiazul, secamente aunque en su interior, una nota de esperanza llenó su pecho. Miró al moreno una vez más. – Pero, bueno, ya lo has traido y quiero verlo.
-Está en su habitación. – Indicó Sebastián, ayudando a su amo a levantarse de la silla.
-Si es una trampa, Sebastián, te juro que te castigaré luego… - Dijo, mirando de reojo al moreno.
-Juro que no hay trampa en esto. Además es algo pequeño, casi insignificante. – Tomó dos copas de la mesa y fue tras de Ciel, quien no parecía querer esperar por su compañía para ver de qué se trataba todo el misterio que Sebastián estaba armando.
El conde entró en la habitación y vio que todo estaba exactamente igual. Todo, excepto por una botella negra que estaba en su mesa de noche. - ¿Qué es esto, Sebastián? – El ojiazul se acercó y la tomó en sus manos. - ¿Vino?
-Vino del inframundo, bocchan. – Musitó el demonio justo detrás de él.
Ciel observó la etiqueta. Solo había un número escrito en ella. – Ocho. – Dijo el menor observando el número dorado en la etiqueta que parecía estar hecha de latón.
-Es el número de almas que hay en ella. – Explicó Sebastián. – No es por presumirle pero, es una de las variedades de vino más difíciles de conseguir. Luego de ésta, la única que le supera es la de doce almas.
Ciel miró la botella maravillado. – Mientes. ¿En verdad hay ocho almas en esta botella?
-Joven amo, usted sabe que nunca le he mentido y, en efecto, dentro de esa botella hay ocho almas.
-Un humano como yo, ¿puede probar semejante cosa? – Preguntó, acariciando la botella. Tenía una temperatura particular, parecía casi como si tuviese algo removiéndose dentro de ella. ¿Sería esa la sensación de un alma?
-Por supuesto. – Asintió Sebastián. – Claro que debemos mantenerlo como un secreto pues, ningún otro demonio puede saber que usted ha probado semejante cosa. Es un placer único para los seres de mi clase.
-Los seres de tu clase. – Repitió Ciel, aún mirando la botella. – Destápala. – Miró hacia las dos copas que sostenía el moreno. – Imagino que quieres que hagamos un brindis.
-Si no fuese demasiado pedir. – Dijo el moreno. El ojiazul le indicó que prosiguiera y, Sebastián destapó la botella. Utilizó el sacacorchos y, entregó el trozo de fibra al ojiazul. – Vea esto. – Dijo, señalando las grietas que había en el corcho. – Esta hecho con fibras humanas.
Ciel lo observó, sorprendido de las cosas los demonios hacían. – Parece que los demonios son unos seres bastante complejos después de todo.
-Sí pero, somos más simples que los humanos en cuestión de aceptar las cosas como son. – Añadió el moreno, llenando las copas con el vino tinto hasta la mitad. Ciel hubiese podido decir que el vino era negro debido a lo oscuro que se veía pero, al moverse ligeramente, el borgoña de su esencia aparecía. Sebastián le entregó una copa y luego alzó la suya. – Brindo por usted, bocchan. Un amo que merece todas las reverencias que pueda darle.
-Gracias. – Respondió el ojiazul, chocando la copa ligeramente contra la del demonio. Luego, cerró los ojos, dejándose llevar por el aroma que emanaba del vino, similar a los que él había tomado pero, por el conocimiento que tenía en ello, éste era de una calidad que superaba a cualquier otro. Abrió los ojos, solo un poco, y miró a Sebastián darle un trago a la copa y saborearlo. Él hizo lo mismo y, sintió como si su ser completo se estremeciera ante la bebida. Era perfecto. Delicioso en cada aspecto.
Sebastián observó a su amo disfrutar de la bebida. - ¿Le ha gustado, bocchan? – Preguntó, tomando la botella para servirle un poco más si se lo indicaba.
-No tengo palabras para describirlo, Sebastián. – Ciel suspiró, bebiendo el último sorbo de su copa antes de entregársela al moreno para que volviera a llenarla. – Es increíble. Algún día tendrás que conseguir uno de doce para mí. – Bromeó, cosa que él nunca hacía.
El mayordomo se apresuró a llenar las copas y, entregarle la suya a Ciel. Éste la tomó y se dirigió a los sillones que tenía al fondo de su habitación, justo frente a la chimenea. – Ven, siéntate conmigo.
-Amo, usted sabe que yo… - Sebastián intentaba recordarle que él solo era el mayordomo y que no se permitía acercarse de esa forma, mucho menos sentarse junto a él.
-Siéntate. Es una orden. – Dijo el menor, renuente a aceptar un no por respuesta.
-Entendido. – Respondió el mayordomo, dirigiendo sus pasos hasta donde se encontraba Ciel.
Se sentó en el sillón, justo al lado de Ciel. No los separaba más que los brazos de ambos muebles. El moreno miró hacia el fuego, ése que siempre le recordaba de dónde venía y a dónde volvería.
-Sabes, Sebastián… - El ojiazul tenía la vista en el fuego también. – Siempre me han llamado la atención tus manos.
-¿Ah sí? – El demonio llevó la vista a sus manos enguatadas.
-Quítatelos. – Ordenó Ciel, sin mirarlo aún.
-Sí, mi señor. – Respondió el moreno, dejando la copa en la alfombra por un instante, mientras se retiraba ambos guantes y estiraba los dedos, mirando la negrura de sus uñas en medio de la penumbra que provocaba la chimenea al ser la única luz en la habitación.
-¿Por qué tus uñas son negras? – Ciel tomó la mano de Sebastián entre las suyas, acariciando cada línea. Era especial ver como el mayordomo realizaba cientos de tareas pesadas y sin embargo, sus manos permanecían tan suaves como siempre. Giró su mano suavemente para poder ver las líneas en su palma. Sus ojos se mostraron sorprendidos al ver la diferencia entre las líneas humanas y las de él.
-Mi vida como demonio es un poco distinta a la de los humanos. – Dijo Sebastián, adivinando la pregunta que cruzaba por la mente del conde. – Las líneas dicen la cantidad de veces que he vivido, que he sido humano pero, son incapaces de predecir mi final, como sucede con las de los humanos. – Sonrió, ante la mirada curiosa que Ciel le devolvió. – Además, mis uñas son negras porque a pesar de todos los años que llevo convirtiéndome en un humano, explorando esta máscara que he creado, aún así me es difícil mantenerla en ciertas ocasiones y, por tanto, mi cuerpo tiene la necesidad de reflejar mi verdadera naturaleza.
-Y lo hace a través de tus uñas. – El menor miró su rostro. – Y de tus ojos, según he visto. – El mayordomo asintió ante esa aseveración. - ¿Qué hay de tus pies? – Repuso de inmediato.
-Astuto como siempre, bocchan. – Musitó el moreno. – Mis pies son iguales.
Ciel arqueó una ceja. – Quiero verlos pero, antes sírveme otra copa de vino. – Agitó su copa ligeramente frente al moreno. – No voy a dejar que se desperdicie quedándose guardado para mañana.
-Creo que dos copas son suficientes para usted. – Él mismo se sentía ligeramente mareado. El grado de alcohol en ese vino era fuerte, casi tanto como beber un whiskey.
-Vamos, no me hagas ordenártelo. – Refunfuñó el conde.
-Como diga, joven amo. – Sebastián fue a por la botella y llenó la copa del ojiazul una vez más, también la suya. El vino se había reducido a menos de la mitad de la botella en un lapso verdaderamente corto de tiempo.
Ciel se sentía algo mareado pero, le gustaba la sensación, venía con deje de libertad y algo de atrevimiento. Definitivamente era bueno sentirse así. Tomó un sorbo y copió a Sebastián, dejando la copa en el suelo. – Ahora sí, muéstrame.
El mayordomo creyó que la idea estaba ya olvidada pero, era él quien olvidaba quién era su amo si creía que el menor dejaría pasar algo así. Se agachó, desamarró las correas de sus zapatos y se los quitó. Se sentía extraño de estar así frente al ojiazul. ¿Ligeramente avergonzado? Tal vez. No obstante, continuó con su labor, sacándose los calcetines y colocando los pies descalzos en la alfombra.
-Me gustan. – Musitó el ojiazul, quien raras veces se expresaba así pero, seguramente ya se hallaba algo elevado por el licor. - ¿Puedes colocarlo en mi regazo?
-Claro. – Sebastián alzó la pierna y colocó el pie en el regazo de su amo. Ciel acarició suavemente, notando la suavidad de su piel, al igual que en sus manos, pero sobre todo, la tibieza de su cuerpo. Él sabía que sus pies estaban helados debido a las temperaturas bajas, sin importar las medias que usara. Y el mayordomo, tenía aquella temperatura tan cálida.
-¿Alguna vez te pidió algo inusitado uno de tus contratistas? – Preguntó el ojiazul, dejando la pierna del moreno, a forma que éste pudiera bajarla y, concentrándose en sus ojos.
-Depende a qué se refiera con inusitado.
-Un beso. – Ciel tenía los labios separados ligeramente, como si la emoción dentro de su cuerpo no sintiera que el aire que entraba por su nariz era suficiente. - ¿Me darías un beso, Sebastián?
El mayordomo tragó en seco. - ¿Por qué no? Mi deber es hacerlo feliz. – Se inclinó ligeramente, tomando el rostro del menor con una de sus manos, mientras con la otra liberaba el parche que cubría su ojo.
El ojiazul mordió ligeramente su labio inferior, perdido en los ojos del moreno. – Me gustan tus ojos.
-A mí también me gustan mucho los suyos. Se parecen al cielo que no conozco. – Susurró el moreno, acercándose y besando suavemente los belfos de Ciel, los cuales se separaron permitiéndole profundizar más esa caricia. Los labios del ojiazul eran suaves y deliciosos. Sebastián se permitió, un lujo que no se concedía hace mucho, disfrutar del momento tal y como le estaba siendo dado.
Lo que no esperaba era la caricia por parte de Ciel, sus manos llegaron hasta sus cabellos, jugando con ellos ligeramente, tal vez, era algo que el conde siempre había querido hacer y, nunca antes se atrevió.
