Respuestas a Reviews:

Lia-tan: Me alegro que te haya gustado la historia y que te amarrara lo suficiente como para leerla de un solo.. XDD Y sí, los publico seguido (o eso intento porque estas últimas semanas no ha sido así.. DD: ) Es verdad que Ciel se enamoró mucho de Sebastián, quizás porque fue la primera "persona" que se acercó a él y el único que le ha cuidado y pues eso derivó a que él se enamorara.. Ahora Sebastián quizás fue porque encontró a alguien muchas veces "más cruel" que él mismo.. XDD Muchas gracias por el review! :DD

Whatsername-Sama: Hola! Y nooo.. perdóname por provocar tal cosa jajaja! XDD Lo sé, Claude es lo peor que puede haber en esta historia.. DD: Me alegro que te haya gustado lo que le sucedió a Ciel humano con su Sebastián.. :DD Gracias por el review! :DD

Sakurita-chan03897: La verdad es que yo también sentí mucha tristeza cuando escribí que Sebastián lo rechazaba, pero bueno.. es que por ser demonio no se pueden poner sentimientos claros a la primera.. DD: Me alegro que te haya gustado y gracias por el review.. :DD

SabyAngel7: Aquí está ya la continuación! :DD Me alegro mucho que te esté gustando y bueno, son maneras de escribir simplemente eso.. Ya pronto tendrás un Sebastián en tu vida ya verás.. XDD Creo que todos podemos tenerlo si sabemos encontrarlo. En este caso, Sebastián ama mucho a Ciel, aunque le molesten demasiado algunas cosas que él hace.. Tú encontrarás una persona así, que te ame a pesar de cualquier cosa.. :DD Gracias por el review y besos también! :DD

PerlhaHale: Sí, se murío.. DD: Lo siento.. Sebastián se portó como un tonto en algún momento, lo sé.. Fue muy triste.. Debo confesar que me divertí escribiendo esa escena de las galletas jajajaja.. Lo siento en verdad quería hacer sufrir a Sebastián.. XDD Y síii! Book of Circus es un golpe a todos los sentimientos.. XDD Gracias por el review! :DD


.

.

.


Tomó la botella por el cuello y le dio otro trago. El calor del vino se deslizó por su garganta, dejándole una sensación embriagante. Miró hacia la mano que tenía libre. Sus uñas eran tan oscuras como las del demonio del que se había enamorado hacía más de diez años. Y ahora que lo pensaba, entendía el porqué Sebastián le había abandonado. ¡Hasta mucho hizo por él!

El demonio soportó ser su mayordomo, aún sabiendo que nunca recibiría nada a cambio de sus servicios. Ciel recordaba que al principio, el moreno intentaba ser delicado con él. Le trataba como si le tuviera afecto y, ahora se daba cuenta la razón. Sebastián había esperado que él volviera a ser quien era y, que su afecto por él regresara. Pero nunca lo hizo, lo que hizo que el demonio mayor se tornara cada vez más rencoroso hacia su persona. Lo único de lo que podía culpar a Sebastián era de permitir que Hanna lo convirtiera en demonio y, luego, decir a todos que había sido el mismo Ciel quien le entregó su alma.

Se levantó de la cama. Tenía que verlo. Aunque fuera solo un momento, tenía que escapar del Palacio Real y hablarle. Debía decirle lo mucho que lo amaba y que le era infiel solamente en cuerpo, porque su espíritu solo le pertenecía a él.

Se sentía ligeramente mareado. Muy poco porque sus órganos ahora eran los de un demonio, muy distante del chico que bebió el mismo vino tiempo atrás.

Dejó la botella vacía debajo de la cama y, anduvo hasta la puerta de su habitación. Se apeó del marco de la puerta, asomándose para comprobar que ningún guardia estuviera vigilándole. Si Claude le sorprendía, podía ser el fin de ambos. Sin embargo, en ese momento, se sentía tan envalentonado que nada le importaba. Finalmente, su existencia demoníaca tenía una razón de ser. Una razón que tenía nombre y apellido.

Nunca antes lo había hecho pero, siempre existe una primera vez para gozar de lo que te ha sido dado. Ciel se concentró. Sus piernas se comenzaron a ver envueltas por una especie de tela negra que fácilmente podía compararse con el cuero pero, éste no llegaba nunca a tener la flexibilidad de la extraña tela demoníaca. Sus pies se vieron cubiertos por unas botas cuyo tacón era relativamente pequeño en comparación a los de Sebastián. Era simple, Ciel no tenía el rango del moreno. Sus ojos se tornaron violetas y su tórax se atavió con un chaleco negro de la misma fibra.

El demonio menor se escurrió entonces entre columnas y cortinas hasta llegar a la salida. Nadie había aparecido para detenerle pero, no podía confiarse a su buena suerte. En cuanto se vio fuera, echó a correr. Él que en su vida humana se quejaba de no poder hacer ni un esfuerzo, ahora le era tan sencillo y delicioso correr que entendía el gozo de Sebastián cuando él le encargaba una misión, o la ocasión en que el moreno persiguió a un auto solo para dar con su paradero en casa de un narcotraficante.

Tenía vana idea de dónde se encontraba la casa de Albus pero, no era una visión exacta. Su memoria no podía con tanto, especialmente porque apenas había ido allá dos veces pero, su instinto le era suficiente. Ahora que tenía su verdadera forma, podía sentir el aroma de Sebastián como si lo tuviese enfrente suyo.

Corrió sin cesar, atravesando lugares que le parecían conocidos, mirando distintos seres y encontrándose torturas que eran impensables en la tierra pero, que ocurrían todo el tiempo en el inframundo. Su nuevo hogar.

Llegó a la puerta de la casa del ministro. No podía llamar y pedir ver a Sebastián. Eso hubiese sido estúpido de su parte. Recorrió la casa en derredor, buscando una puerta o una ventana que le ayudara pero, al parecer, Alois se había encargado de hacer de su mansión una fortaleza.

-¿Qué buscas, Ciel? – Dijo repentinamente la voz del rubio, quien al parecer, había estado vigilándole todo el tiempo.

El demonio menor se giró. – Quiero ver a Sebastián. – Espetó secamente.

-No creo que él quiera verte. – Respondió con una sonrisa de superioridad. – Pero, yo podría dejarte entrar y, tú te encargas que él te reciba o no.

-Gracias. – Respondió, sin mayor adorno.

Alois le miró y sonrió. Ciel era toda una caja de pandora para él. - ¡Raymond! – Llamó, sin quitarle la vista de encima. Un demonio con traje de mayordomo llegó y se detuvo al lado del rubio. – Lleva a Ciel adentro y déjale andar por la mansión a su gusto. Tiene algo que buscar.

El demonio mayordomo asintió, haciendo una reverencia a su amo para luego, guiar al menor al interior de la mansión. – Por aquí, joven.

Ciel dio una última ojeada al rubio, quien ahora volvía a la forma del ministro y, se encaminó al interior de la morada de éste. El mayordomo le llevó al recibidor y, cuando el menor volteó para agradecerle, éste ya se había marchado. Los ojos de Ciel se volvieron a tornar azules, su ropa perdió la oscuridad y volvió a ser la que llevaba hasta el momento de su transformación.

Comenzó a caminar a través del enorme pasillo central de la mansión. El pasillo donde recordaba haber visto el cuarto de Alois y donde se había encontrado por última vez con el moreno. Tenía deseos de verle pero, a la vez, tenía miedo porque no sabía cómo reaccionaría el mayor.

Llegó a la habitación y llamó dos veces. Nadie respondió. Haló la manija con suma delicadeza y se asomó al interior. ¿Era acaso la misma habitación? Lo era, porque el olor de Sebastián la delataba pero, estaba muy cambiada. Ahora, la cama estaba adoselada con cortinajes color borgoña. Al fondo, había un sillón que el menor no recordaba y la ventana también tenía cortinas. - ¿Sebastián? – Musitó, entrando en la recámara.

Parecía como si de una estatua se tratara. El moreno estaba sentado en el sillón del fondo, mirando hacia la ventana, completamente estático.

-Sebastián… tenemos que hablar… - Dijo en un hilillo de voz.

-¿Hablar? – Lanzó una risa ahogada. – No tengo nada que hablar contigo.

-Seb… - Sabía que así no llegaría a ninguna parte. – Su Majestad, usted sabe que yo no le sería infiel ni en el pensamiento pero, mi existencia y la suya dependen en gran parte del comportamiento que tenga con el rey Garret.

El moreno no hizo además de voltearse o de ponerse de pie para verle y, Ciel, tampoco intentó pararse frente a él. Se conformaba con estar detrás del sillón, aspirando el aroma maderoso de la piel del que fuera su demonio.

-Existe acaso disculpa para que seas una zorra. – Dijo entre dientes. Pero sus deseos crecían a cada momento, quería verlo, aunque fuese para golpearlo.

Se puso de pie. Llevaba una camisa blanca y un pantalón negro que se le ajustaba al cuerpo. Algo impropio según el ojiazul pero, no podía negar que lucía muy bien en el moreno. Sus cabellos se movieron ligeramente con la acción.

-Yo te amo, Sebastián.

-¿Me amas? – El moreno sonrió y sus ojos se tornaron violáceos. - ¿Qué tanto? – Se aproximó peligrosamente al ojiazul, el cual retrocedió un par de pasos. – ¿Sabes lo que sentí cuando te vi en la tina del palacio revolcándote con Claude? – Tomó el rostro del ojiazul con una mano, enterrando la punta de sus uñas en las mejillas aterciopeladas del menor.

-Sebastián, yo te lo puedo explicar. – Jadeó, ante el ligero dolor que le provocaba el agarre del moreno.

-Sentí deseos de matarte. – Hizo una pausa. – Aún siento esos deseos. Traidor. – Sonrió una vez más. - ¿Sabes a cuántos traidores hice pagar? ¿Sabes como les hacía pagar?

Ciel tragó en seco y negó con la cabeza. El moreno soltó su rostro, sus gestos demoníacos aflorando nuevamente.

-Los torturaba. – Respondió. – Y eso fue exactamente lo que deseé hacer cuando te vi con él, mi mayor enemigo. Tan dulce y cálido que estabas.

-¡Por favor! ¡Créeme! ¡Yo solo lo hago por ti! – Las lágrimas comenzaron a fluir, rodando por su rostro.

-¡Mentira! – Gritó el moreno. - ¡Te gusta que te folle! Solo yo tengo ese derecho. Soy tu dueño.

-Lo es, su Majestad.

-¡Falso! – Exclamó el demonio mayor, levantándolo del suelo y lanzándolo a la cama. Ciel jadeó, asustado de lo que podía ocurrir, inevitablemente recordando lo que le había sucedido en su vida humana. Sebastián cayó encima suyo, atrapándolo con su cuerpo, besando sus labios con lujuria. - ¿Te gusta que te follen duro?

-Sebastián, ¡basta! ¡No quiero! – Gritó el menor, retorciéndose, besando al moreno a la fuerza.

-Tú no pero, yo si quiero y mucho… - Sus labios se aproximaron al cuello del menor y lo besaron con ferocidad. Las manos de Sebastián se movían a la parte superior de la cama donde tenía unos grilletes con los que apresó las manos del ojiazul por encima de su cabeza.

-¡Detente! – Exclamó el ojiazul. -¡Ah! – Los dientes del moreno se ensartaron en su nívea piel.

El demonio mayor arrancó su ropa de un tirón, partiéndola en mil pedazos y dejándolo completamente desnudo en un instante. – Ah… pero, yo creía que te gustaba que fueran rudos contigo. Además, veniste a buscarme hasta mi habitación, ¿no? – Bajó las manos por las caderas del ojiazul, apretándolas tan fuertemente que las marcas de sus dedos quedaron en su piel. - ¿Quieres gemir, mi pequeña prostituta?

-Yo… ¡Ah! – Su entrepierna fue atrapada por la boca del moreno. Dobló los dedos de sus pies. Se sentía asqueroso pero, el cuerpo de Sebastián encima del suyo le excitaba en demasía. Sus mejillas se tornaron rosadas y no pudo evitar gemir ante la lengua del mayor que tanto le gustaba sentir. La nariz del moreno contra su pubis, mientras su miembro alcanzaba casi la garganta del demonio.

Sebastián sentía que la sangre dentro de su ser hervía. Quería hacerle pagar, en su infierno personal, lo que le había hecho. – Disfrútalo, amor mío. Voy a hacerte gemir muchas más veces.

-¡No! – Jadeó, sintiendo como su entrepierna se endurecía en la boca del moreno.

La visión del moreno se nublaba con tanto que deseaba hacerle. Succionó el falo del ojiazul, entregándole una felación perfecta. Sus ojos gatunos se encontraron con los azules atemorizados. - ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? – Mordió el miembro del menor con fuerza, obligándolo a emitir un gemido, provocando que el endurecimiento en su parte fuese más fuerte. Y su propia masculinidad, atrapada contra la tela de sus pantalones haciéndole sufrir.

Arrancó sus propias prendas de un tirón y abrió las piernas del menor con brusquedad. - ¿Quieres gritar y gemir como lo haces con Claude?

-¡No, Sebastián! Yo… solo quiero gemir para ti. – Susurró el menor, moviendo sus manos atadas, tomando su rostro con ambas manos, intentando tranquilizarlo. – Déjame, por favor.

-¡Muérete, Ciel! – Exclamó, irguiéndose en la cama y tomándolo por las caderas para penetrarlo de una sola estocada.

-¡Ah! – Gritó el ojiazul. No estaba preparado para eso. Su cuerpo tenía miedo y no quería sentir ningún tipo de contacto. - ¡Ya! - Las lágrimas comenzaron a fluir nuevamente. - ¡Tú no, Sebastián! ¡Tú no!

Las embestidas del moreno eran fuertes y rápidas. El demonio se sujetó de su cintura, clavando sus uñas en él y haciédole sangrar. Tenía que acabar con esa belleza, esa que todos querían robarle. Estaba obsesionado con Ciel, loco por él. Desde que le conoció le había deseado y, primero perdió su alma, ahora había perdido su cuerpo. – Eso… Grita… - Jadeó Sebastián, gruñendo mientras le embestía con una fuerza brutal.

-¡Ah! ¡Ahhh! – Gritaba Ciel, incapaz de complacerlo y sentir placer de lo que experimentaba. Le dolía. Tanto que sentía que su cuerpo se partiría por la mitad. - ¡Ya Sebastián! ¡Basta! – Se aferró a los grilletes.

Sebastián mordió su cuello con ferocidad haciendo que su sangre brotara, sintiendo el aroma de su alma y deseando comerla, acabarla de una vez. Sus instintos demoníacos no habían estado a flote durante años y, justo ahora, sentía que quería acabar con el único ser al que amaba. – Lo siento pero, este es tu castigo por engañarme.

-¡Ahhh! – Ciel empezó a llorar con fuerza. – Te lo ruego… - Musitó con dolor. – Detente. ¡Raum detente! – Gritó y Sebastián se quedó inmóvil al escuchar ese nombre de sus labios. Hacía siglos que nadie le llamaba así. Sus súbditos ni siquiera sabían que ese era su verdadero nombre porque él se había presentado siempre como el Cuervo. Solo quería decir una cosa, Ciel lo recordaba.

De inmediato abandonó su interior, retrocediendo en la cama hasta llegar casi a los pies de ésta. Contempló con pesar el hilillo de sangre que fluía de la entrada del menor. Ciel intentó juntar las piernas pero, éstas estaban temblando con tanta fuerza que era demasiado difícil. Se aferró de los grilletes y siguió llorando, intentando esconder su rostro del del moreno.

-¿Cómo sabes ese nombre? – Preguntó Sebastián, impresionado aún, sosteniéndose en sus palmas para no caer de espaldas en la cama. Sus piernas estaban ligeramente separadas. No sentía vergüenza alguna a pesar de encontrarse completamente desnudo.

-Tú me lo dijiste antes de morir. – Respondió entre sollozos. – Yo quería decírtelo. Quería pedirte que me perdonaras por faltarte y, también quería darte razones.

-Ciel… ¡Ciel, perdóname! – Dijo el moreno, moviéndose hasta donde se encontraba el menor y abriendo los grilletes de inmediato.

El ojiazul no respondió, simplemente se rodó en su costado, apretando las rodillas contra su pecho. El cuerpo entero le dolía. – Ahora soy yo quien no quiere saber nada de ti. – Susurró.

-Compréndeme, por favor. Me hería terriblemente el pensar que nos disfrutabas a Claude y a mí por igual. Me mataba el creer que no me recordabas, que yo solo era otro demonio con el que disfrutabas.

-No te recordaba pero, ya te quería. – Murmuró, sentándose con dificultad en la cama.

-¿Me querías? – Preguntó el moreno, con dolor ante eso.

-Sí. Has terminado con eso. – Se abrazó el cuerpo, contemplando con tristeza los rasguños y los moretones que el moreno había dejado en él. – Te odio. – Susurró. Aunque sabía que sus sentimientos por el demonio mayor no desaparecerían tan fácilmente.

Sebastián se movió y le abrazó por la espalda. El ojiazul estaba agotado y simplemente le dejó hacer. - ¿Me odias tanto como para decirle a Garret que estoy aquí?

-No. – Respondió secamente.

-Entonces no me odias. – Se jactó Sebastián.

-Te odio pero, no soy desleal. – Apartó sus brazos y sin voltearle a ver, se encaminó a la puerta de la habitación. La abrió de golpe y, jadeó al ver quien se encontraba detrás de ella. Si existía un infierno para cada demonio o ser humano, definitivamente el de Sebastián se estaba cirniendo ahí mismo. – Su… Su Majestad. – Musitó el ojiazul con los ojos abiertos al máximo, horrorizado.

-El mismo, Ciel. Veo que viniste a visitar a tu amante y, por lo que veo… te trató bastante mal. – Su rostro amable cambió de inmediato a uno furioso y le agarró por los cabellos, tironéandolos y lanzándolo hacia afuera.

-¡Ah! – Chilló el ojiazul, al estrellarse contra el suelo. - ¡Deja a Sebastián! – Exclamó, había terminado al final del corredor.

-¡Qué dulzura! Aún lo defiendes. – Claude le miró con desprecio. Luego se giró hacia Sebastián, quien se encontraba ya de pie frente a él, completamente vestido. - ¿Viniste a buscarme? Espero que traigas algo mejor que tus guardias y un par de grilletes. – Le ponía ansioso el pensar que le podía hacer el rey a Ciel más que a su misma persona. Él estaba listo para lo que fuera. Después de todo, dudaba que la respuesta que traería Nemuro de vuelta fuera negativa.

-Esta vez te enfrentas a mí como rey, Michaelis. ¿No te atemoriza siquiera un poco? - Garret le miró con diversión. – Ahora voy a llevarte a la Plaza Central y… - Lo pensó por un momento. – podría desmembrarte pero, voy a hacer algo mucho mejor. – Castigaré la única parte de tu cuerpo que te importa realmente. – Murmuró, no quería que Ciel escuchara aún. Eso haría sufrir al demonio meno. Le entregó una sonrisa ladeada. – Tendrás que consumir bastantes almas para dejar de ser un eunuco. – Se echó a reír. Luego, hizó una señal a sus guardias. – Señores, llévenselo y aprésenlo en el Palacio Real. – Cuando vio que el moreno le daría pelea, gritó. - ¡Atrapen al mocoso también!

Lo pensó durante un instante y luego, sonrió al rey. -Me entregaré con una sola condición. - Sebastián extendió las manos, para que los guardias le colocaran los grilletes.

-Dime.

-Quiero que el Consejo del Primer Orden me escuche antes de la penitencia.

-Hecho. – Arqueó una ceja. – Me pregunto qué tendrás para nosotros.


.

.

.


Ciel y Sebastián eran llevados de regreso al palacio en un carruaje. Los guardias se apiadaron del ojiazul y le dieron un pedazo de tela para que cubriera la parte baja de su cuerpo.

-Perdóname, Ciel. – Repitió el moreno.

El ojiazul llevaba la vista al frente y no se molestaba en girarse. – Cállate. – Masculló. - ¿Qué planeas?

-Necesito que seas mis ojos. – Susurró. – Claude intentará hacer algo para ganar.

-¿Ganar? ¿En qué? – Ahora sí tenía la completa atención de Ciel.

El moreno se inclinó y susurró algo al oído del ojiazul.

-¿Eso puede hacerse? – Los ojos de Ciel se abrieron en demasía.

-Puede. Pero yo no estaba en condiciones antes porque no lo sabía. Ahora que he estado en la mansión de Albus, me tope con un libro en el que estaba escrita esa ley. Una ley que el Consejo ha ocultado por muchos siglos. Y más ahora, cuando sabían que de descubrirla, yo podría aprovecharme de ella.

-¿Alois lo sabe? – El rechinar de las ruedas del carruaje les advirtió que habían llegado a su destino.

-Lo dudo. Albus es el Primer Ministro pero, en realidad, solo es un demonio de once años de edad. Es inteligente, no lo niego pero, necesitaría mucha más experiencia. – Los guardias abrieron la puerta del carruaje en ese momento, tomando al moreno y al ojiazul por la cadena de los grilletes para hacerles descender más rápidamente.

El menor le miró fijamente, sonriendo maliciosamente por un instante. Sebastián comprendió lo que eso significaba. Ciel estaba dispuesto a ayudarle.


.

.

.


La sala del trono se vio ocupada unas horas después. La escena parecía sacada de un libro de aristocracia demoníaca. "Completamente ridículo pero, terriblemente útil", se repetía Sebastián. Estaba de pie, en medio de la habitación, enfrente del que había sido su trono durante más de mil años y, ahora tenía que arrodillarse para un nuevo rey.

Claude estaba sentado en el trono. Vestía un traje negro, camisa blanca y guantes azules. Aquel era el color que dictaba, debía ser utilizado al reunirse con el Consejo para juzgar a un criminal. Se hacía porque de esa forma, las manos del rey no se ensuciaban y, se castigaba al culpable con el color del mundo opuesto al suyo, el Cielo.

El Consejo de Primer Orden compuesto por Dimitri, Damián, Leonardo, Andre y su Primer Ministro, Albus, se encontraban de pie al lado de las gradas del trono. Claude le había alegado a éste último el motivo de tener a Michaelis en su mansión, a lo que el ministro dijo que había sido obligado pero, el rey pareció no creerlo del todo.

Frente a ellos se encontraba Ciel, quien estaba apresado por dos guardias y, otros cinco guardias que mantenían a Sebastián en su lugar.

-Por orden del Rey Garret, – Dijo Albus, rompiendo el silencio del lugar. – se ha acordado que volveremos a juzgar al rey abdicado Sebastián Michaelis, mejor conocido en nuestro mundo como el demonio Cuervo.

-Se le acusa de desacato a la palabra de su Majestad, el Rey Garret, escapando del Abismo, la prisión a la que le fue sentenciado por la eternidad. – Leonardo leía su pergamino con gusto. Desde siempre había odiado a Sebastián. – A la vez, se le acusa de apropio de las posesiones del rey al hacer uso del demonio Ciel Phantomhive.

Ciel apretó los puños. Él no era un objeto y, Sebastián nunca le había utilizado.

-La sentencia es muy clara. – Continuó Leonardo. – El rey abdicado será sometido a la humillación pública, de manos de nuestro rey, quien le proporcionará el castigo que considere adecuado a su irrespeto.

Claude se puso de pie en ese momento. – Señores del Consejo. El único castigo que encuentro apropiado para el irrespeto de este demonio, es privarle de volver a hacer daño a mi sirviente.

-¿Qué medida sugiera para lograr eso, su Majestad? – Preguntó Andrei.

-Le daré la sentencia que se usaba en la Antigua Roma. La castración. – El rey hinchó el pecho, sintiendo orgullo de su propia creatividad. – Ésta será hecha en la Plaza Pública, para mostrar a los demás demonios que ninguno debe enfrentarse a mí. – Sonrió. – Además, Sebastián Michaelis será mi esclavo de ahora en adelante. Yo supervisaré las almas que consuma para asegurarme de mantenerle en esta condición.

-¡Esto es asqueroso! – Gritó Ciel. Sebastián le miró con sorpresa. No esperaba que el menor le defendiese de algo así después de lo que él le había hecho.

-¿Dónde cree que está, Conde Phantomhive? – Preguntó Damián, riendo. – Esto es el infierno.

El ojiazul cerró los ojos, incrédulo de lo que escuchaba. No quería que nadie dañara a Sebastián, mucho menos de esa forma. Tampoco quería que terminara sus días como sirviente. Suficiente había tenido el demonio con el tiempo que le sirvió en la tierra.

Sebastián miró al ojiazul, esperó a que abriera los ojos y le sonrió ligeramente. Ciel le miró confundido. – Y yo aceptaré el castigo sin protestar cosa alguna. Una eternidad de esclavitud, privado hasta del más mínimo de los placeres de mi cuerpo. A cambio, pido una única cosa que como rey abdicado estoy en posición de exigir.

-Hablé, Cuervo. – Dijo Dimitri secamente.

-Quiero un duelo con su Majestad, el rey Garret. Un duelo de espadas por mi reino. – Sonrió, mirando a los ojos a Claude.

-¡Eso no puede ser! – Exclamó Claude, horrorizado ante la idea de pelear contra Sebastián.

Andrei miró hacia abajo. – Mucho me temo, su Majestad, que él está en toda su posición de pedirlo. La ley lo manda.

Albus sonrió brevemente, tenía que hacer algo por Sebastián. – Es verdad. La ley es muy clara. – Dijo con severidad. – El rey abdicado tiene el derecho de demostrar sus habilidades para gobernar el inframundo a través de un duelo de espadas. – Acababa de inventar eso pero, esperaba fuese lo suficientemente convincente para los demás ministros.

-Una ley que me fue oculta durante mi reinado y que recién he descubierto. – Agregó Sebastián.

-Debe aceptar el duelo, su Majestad. – Dijo Damián, mirando al rey.

Claude bufó por lo bajo. – Acepto el duelo, Cuervo. Mañana a primera hora nos batiremos a duelo. Si ganas, te devolveré el reino tal como lo dicta la ley pero, si pierdes, mi castigo será el que te recuerde lo que has apostado.

-Entendido. – Respondió Sebastián.