Respuestas a reviews:
Whatsername-Sama: Jajajaja lo sé.. XDD Es que todo pasó en el mismo capítulo.. Me alegro que te haya gustado y perdón por la tardanza.. Gracias por el review.. :DD
SabyAngel7: Yo hice todo porque Alois tuviese la personalidad que yo sentía debía tener en la historia verdadera, dependiente de Claude pero no tanto.. XDD Y será que se pone moe Sebas? :DD Me alegro que te haya gustado el capítulo y que te caiga mal Claude, así tenía que ser jajaja.. XDD Gracias por el review y besos para ti también.. :DD
Elizabel: Hoy.. XDD La verdad es que me volví súper lenta para actualizar últimamente.. XDD Todo por culpa de andar buscando empleo.. Gracias por el review.. :DD
Fernanda: Síii lo hicieron y luego se pelearon.. DD: Sabrás todo lo que sucedió.. Qué bueno que hayas vuelto a leer este fandom y muchas gracias por el review.. :DD
Lia-tan: Más o menos.. XDD Y estás en lo correcto, Claude nunca se dejaría enfrentar solo así, siempre tiene una carta debajo de la manga.. DD: Lo sé, Sebastián se portó de lo peor al violar a Ciel, hasta a mí me cayó mal cuando lo escribí jajaja.. XDD Y Ciel en Juegos de Verano es otra cooosa, por favor, no lo pienses así porque acabarás en su contra en esta historia jajaja.. XDD Gracias por el review.. :DD
Guest: Yo también amo el Sebastián x Ciel.. :DD Aquí está la continuación y muchas gracias por el review.. :DD
Shana: Awww! Muchas gracias por gustar de esta historia.. :DD Espero que te guste lo que falta y muchas gracias por el review.. :DD
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La diabla masajeó la espalda del soberano, acariciando sus hombros con lascivia, mientras su lengua tocaba el cuello de Garret, chocando de vez en cuando con la cinta que tenía atada alrededor de éste. Era tan única la sensación que experimentaba el demonio, que se permitió cerrar los ojos y disfrutarlo.
-Shibani… - Musitó. – Esta noche tengo planes para ti.
-¿Podría una mucama como yo saber qué tendré que hacer, su Majestad? – Preguntó la mujer, colocando su rostro muy cerca al de Claude para verle de reojo.
-Bien sabes que ésta podría ser mi última noche en el poder. Claro, si yo lo permito. – Sonrió maliciosamente. – Aunque todavía podemos hacerla terrible para Michaelis.
La diabla rió por lo bajo. - ¿También para ese pequeño demonio de ojos azules?
-¿Ciel? - Shibani interrumpió sus acciones y asintió, mirando al moreno a los ojos. – Seguro. Torturaremos lo que más quiere en este mundo.
-Sebastián. – Dijo ella.
-Ven acá. – Le invitó, halándola hacia él y sentándola en su regazo.
Shibani cayó ahí, con la parte trasera de las rodillas apoyada en el brazo del trono. Sacudió ligeramente sus piernas, agitando sus zapatos de tacón alto y puntiagudo. – Ordene, su Majestad.
Claude sacó una tijera que había escondido entre su espalda y el respaldo del trono. - ¿Ves esto? – Entregó la herramienta a la mujer y, ésta asintió nuevamente. – Quiero que cortes algo muy especial con ellas.
-¿Qué será? – Inquirió ella, mordiendo su labio inferior, susurrando contra los labios del soberano.
-Tengo ganas de hacer una travesura. – Besó a la diabla con lascivia, deslizando una mano en medio de sus piernas. – Quiero unos mechones del cabello de Sebastián. – Entregó entonces una caja de madera a la mujer.
Shibani rió. - ¿Puedo preguntar para qué quiere semejante cosa, su Majestad? – Jugueteó con la tijera entre sus manos, lamiendo la punta de ésta.
-Verás. Necesito utilizar a Ciel Phantomhive para una cosa y, considero, que la única manera de llevarle a donde quiero es haciéndole percibir el aroma de Sebastián. Si le imaginara solo, ¿no crees? – Le guiñó un ojo.
-Ahora comprendo. – Apretó los labios, moviendo la cabeza en un gesto de coquetería. – Puede contar con eso, su Majestad. Ahora mismo iré al Abismo y, le pediré a los guardias que lo sujeten para mí.
-No hará falta que pidas nada a los guardias. – Respondió Claude. – Esta vez le he dejado de rodillas, con los brazos sujetos… mmm… levemente. Le he puesto en "El Horno". – Llamaban de esa forma a un cubículo metálico rodeado de llamas que jamás se extinguían y mantenían la temperatura dentro del cubo a un nivel casi insoportable para el demonio que estaba dentro. – Además yo quiero ir contigo.
-Tenía que ser usted, su Majestad. Tanta maldad e inteligencia solo vienen de un demonio superior. – Añadió la diabla, poniéndose de pie. - ¿Vendrá conmigo entonces?
-Por supuesto. Una vez te hayas marchado, tengo algunas cosas que hablar con Michaelis. – Sonrió. – Necesito impregnarme de su esencia tanto como sea posible.
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Llegaron a las puertas del Abismo. Claude había mandado colocar un séquito de treinta guardias en las puertas para evitar que cualquiera de los dos pudiera escapar. Fuese Ciel o Sebastián, ésta vez no les dejaría las cosas tan fáciles.
Los guardias les hicieron una reverencia a ambos. Shibani descendió las escaleras primero, escoltando a su Majestad. El rey Garret sonrió mientras descendía. Si su plan salía como él quería, no tendría nada de qué preocuparse.
Anduvieron entre las celdas, esquivando a los demonios, quienes con sus dientes amarillentos, intentaban acercárseles y morderlos. Sus miradas desorbitadas en medio de esos rostros sedientos de almas. Shibani tragó en seco, mirando a su alrededor, horrorizada. Aquello era definitivamente traumatizante. – Su- su Majestad… - Susurró.
-Calla y camina. – Espetó Claude, secamente. Tomó a la diabla por el brazo y prácticamente la arrastró con él.
La mujer se sujetó de la mano del soberano con horror. Tal como Ciel, Shibani también había sido humana alguna vez y eso era algo que todavía le costaba vencer. Nunca había ido a esa parte del Abismo tampoco.
Continuaron adentrándose entre las celdas, las jaulas, el moho y la suciedad del lugar hasta llegar a un punto en el que, si Shibani se atrevía a retroceder, estaba segura de no poder saber cuál era el camino para regresar al exterior.
Claude soltó el agarre. – Cálmate. –Y no fue una sugerencia. Era una orden.
Shibani miró hacia el frente, delante suyo habían enormes llamas anaranjadas que jugueteaban con matices de azul y púrpura. Detrás de ellas se podía observar unos cubos de metal con una puerta en el frente y una pequeña rejilla en ellas. – Sebastián está… ¿ahí? – No podía creer semejante cosa por más que estuviese acostumbrada a la maldad.
-Lo está. – Repuso el rey. – Ven.
Garret chasqueó los dedos, obligando al fuego a ceder para permitirle el paso. Sacó una llave de entre sus ropas y la deslizó hasta la cerradura, abriéndola sin ninguna complicación. – Buenas noches, Sebastián. – Dijo, al abrir la puerta.
Shibani se asomó, incapaz de imaginar cómo se encontraba el moreno. Sebastián tenía el rostro inclinado hacia el frente y estaba completamente desnudo. Su cuerpo parecía como si le acabaran de lanzar un balde de agua, empapado de sudor. Los mechones de su cabello caían sobre su rostro sin ninguna objeción por parte de su dueño. El moreno jadeaba. La diabla bajó la vista a sus rodillas, estaban sangrando, la carne pegada al suelo por el calor.
-¡Anda! – Le gritó Claude, devolviéndola a la realidad. - ¡Haz lo que viniste a hacer!
La diabla ya no consideraba aquella "travesura" tan divertida como unos momentos atrás. El rey Garret estaba cocinando a Sebastián en aquella caja de metal.
Shibani se acercó, con las tijeras en una mano. Sus manos estaban temblando con la sola idea que Garret pudiera dejarla ahí abajo para sufrir el mismo destino que el rey abdicado. – Lo siento. – Susurró, en un arrebato de amabilidad de su parte.
El moreno levantó la cabeza, enfrentando con sus ojos borgoña los ámbar de Claude. - ¿Qué me harás ahora?
-Digamos que haré que te veas mejor para nuestro duelo de mañana. –El demonio sonrió. – Los del Consejo dijeron que tenía que pelear contigo pero, no fueron específicos sobre lo que podía o no hacer contigo hasta el momento del duelo.
-Mañana… - Masculló Sebastián, mientras Shibani cortaba el primer mechón. – Mañana te venceré, Claude Faustus. – Pronunció aquel nombre, como si fuera un mantra que él mismo necesitaba para poder ayudarse en la pelea.
La mujer cortó otros mechones del cabello del moreno, terminando con aquellos que caían en su rostro. Aquellos que alguna vez la tía de Ciel, Madame Frances había odiado y de los que el ojiazul se había sujetado cuando quería aproximarle para besarle con tanta pasión. ¡Cuánto quisiera un beso de Ciel ahora!
-Suficiente. – Indico Claude, al ver que Shibani casi había llenado la caja con los cabellos de Sebastián. – Puedes retirarte.
Shibani lo miró horrorizada. – Pe-pero… ¡No sé cómo regresar a la puerta!
El rey bufó por lo bajo, arrancándose la cinta que llevaba en el cuello. – Muestra esto al primer guardia que veas y te llevará a la salida.
La diabla echó un último vistazo a Sebastián antes de asentir y marcharse. Prefería no provocar el enojo del soberano pero, de alguna forma, le era imposible olvidar todo el tiempo que estuvo junto a Sebastián. Además, en algo sí tenía razón el ojiazul, y era que Claude no podía llegar a ser como él. El rey Cuervo sabía como arrancar lo más bajo de cualquier ser, como conducirlo a la misma locura de la lujuria.
Claude miró a la mujer salir, apaciguando las llamas alrededor de la celda del moreno hasta casi apagarlas por completo. – Bien, creo que estamos solos, Michaelis.
-¿Qué quieres de mí? – Preguntó el moreno, incorporándose ahora que el calor había disminuído.
-Quiero impregnarme de tu esencia. – Respondió el soberano, quitándose las ropas que llevaba y dejándolas caer al suelo una a una. El cuerpo del rey era ligeramente más ancho que el del moreno. – Quiero saborear a Ciel y, la única forma de tenerlo completamente a mis pies es siendo tú de cierta forma.
-¿Siendo yo? – Sebastián rió por lo bajo. – Jamás podrás tener a Ciel como yo lo he tenido. Él mismo me lo ha confirmado. – Dijo ufano.
-De igual forma, para mañana a esta hora, tú no tendrás nada para complacerle. – Garret anduvo hasta el fondo de la celda. No había más espacio que el que necesitaba el soberano para dar el paso pero, eso era suficiente para lo que haría. Se colocó detrás de Sebastián y acercó su cuerpo al suyo, arrodillándose detrás de él.
El moreno sonrió sintiendo la mano de Claude deslizarse por su cintura hasta su entrepierna, acariciándola lascivamente. - ¿Qué harás conmigo?
-Voy a darte el último placer de tu existencia. – Siseó Claude en su oído. – Además, conseguiré tu esencia y, cada día, haré a Ciel mío. La primera vez se regodeará en tu aroma pero, luego, preferirá el mío.
La esencia del cuerpo de Sebastián le atraía terriblemente aunque no quisiera aceptarlo. El aroma de su masculinidad sucia por el sudor que corría indescentemente sobre su cuerpo desnudo provocaba un deseo aún mayor. – Siempre queriendo ser igual a tu rey, ¿no, Claude?
-Quizás… Pero, ahora, yo soy el rey. – Apretó el miembro del moreno, provocando que éste gimiera de disgusto. Garret estaba decidido a disfrutarlo. Deslizó su mano en el falo del moreno, acariciándolo con rudeza, haciéndolo endurecerse solo para luego apretar sus testículos con fuerza. – Y yo decido cada pequeña sensación en ti.
-Si crees que gritaré por ayuda estás muy equivocado. – Respondió el moreno con sequedad. – Siempre he sido el tipo de rey que le da a cada uno lo que desea.
-Yo deseo tu cuerpo. – Jadeó Claude, sintiendo su propio falo sufrir una erección. Admitirlo era como una maldición pero, Sebastián era un deseo oculto, poseerle era algo que solo podía imaginar.
El moreno no respondió. Se limitó a sentir como Garret le tomaba por la cintura con un brazo, guiando su entrada a su propio falo, introduciéndolo de una sola estocada. Lenta y deliciosamente, porque así era como a Claude le gustaba. La entrada del moreno lubricada por el sudor y los fluídos de su cuerpo ocasionados por el calor al que se veía sometido. Él mismo estaba acalorado pero, le gustaba. - ¡Ah! – Jadeó, embisitiendo a Sebastián, obligando a las caderas del moreno a moverse a su antojo.
Sebastián jadeó entonces. No podía negar los instintos de su cuerpo pero, no le agradaba. Se sentía asqueroso por disfrutarlo. Ahora entendía lo que había experimentado Ciel unas horas antes cuando él abusó de su cuerpo. - ¡Ah! ¡Ah! – Gemía, sintiendo las estocadas de Claude en su interior, odiándolo con todo su ser porque aquello no era más que una muestra de la pérdida de su poder frente al de ojos ámbar.
Y Claude lo sabía, por eso lo disfrutaba más. Era su forma de decirle: "Soy más poderoso que tú. Tanto que vengo y te pongo de culo y te cojo cuanto yo quiera."
Sebastián no podía moverse. Sus manos estaban inmovilizadas por enormes grilletes que las mantenían contra el suelo y, tampoco estaba en posición de oponerse. No ahora que estaba tan cerca de conseguir ese duelo y de volver a su trono.
-¡Eres tan estrecho, Michaelis! – Gritó, masturbando el miembro de Sebastián mientras profundizaba en su cuerpo certeramente, chocando su pecho ligeramente húmedo con la espalda empapada de Sebastián.
-¡Ah! – El moreno se retorció, jadeando, frotándose sin quererlo contra la mano del rey. - ¡Fóllame todo lo que quieras hoy, porque mañana voy a ganarte! – Exclamó, cerrando los ojos y sonriendo. – Se va a sentir tan bien devolverte esto. – Jadeó.
-Y yo te juro que esto, será solo el principio de tu sentencia, Cuervo. – Murmuró Claude, embistiéndolo con más fuerza, haciendo que las rodillas lastimadas de Sebastián se deslizaran ligeramente sobre el suelo, provocando que el moreno gimiera de dolor por lo bajo. – Me gustas más así. – Agarró lo que quedaba de los cabellos del moreno. Shibani había sido bastante cruel al cortarlo. A Sebastián le tomaría tiempo recuperar sus cabellos largos. – Te verás mejor para ser otro más de mis amantes.
-Claude… - Musitó Sebastián en medio de un gemido, mientras su orgasmo se acercaba a medida que el mencionado aumentaba la velocidad de las embestidas, tocando ese punto dentro de él que muy pocas veces había sido utilizado pero, jamás de esta forma. Usualmente, su punto débil era protagonista en algun juego sexual con una de sus doncellas pero, nunca por otro demonio macho. – Voy a matarte…
-Mátame… - Respondió el rey, apretando los movimientos, haciéndolos más certeros y rudos. - ¡Ah! – Sus pezones se endurecieron al culminar dentro de aquel cuerpo prohibido. El cuerpo de su Majestad. ¿Qué no era esa la fantasía más oscura que cualquier demonio pudiese tener? Porque aunque Claude no lo dijera, todo el tiempo sabía que Sebastián era el verdadero rey del Inframundo.
Sebastián se corrió en silencio. No dejaría a Claude deleitarse con lo que acababa de hacerle. Solamente arqueó su espalda y se derramó en la mano de Garret, quien sonrió ampliamente.
Abandonó el cuerpo de Sebastián y se puso de pie. La esencia del moreno estaba en toda la celda. Era embriagante y único. El rey había conseguido todo lo que podía querer en ese instante. No solo su piel estaba impregnada de la esencia del moreno al igual que el resto de su ser, sino que había cumplido una fantasía suya.
Sebastián tuvo que permanecer en la posición que estaba, sin moverse ni un milímetro. Sus rodillas estaban más heridas, por la fricción, de lo que estuvieran antes. Además, la sensación de la viscosidad de la esencia de Claude era asquerosa y no podría juntar las piernas sin sentirse nauseabundo. Sobre todo porque él mismo se había entregado a eso.
-Nos vemos mañana, Michaelis. – Claude le guiñó un ojo, despidiéndose de un Sebastián que era incapaz de ocultar su rostro detrás de sus cabellos ahora. El moreno simplemente le miró con todo el odio que tenía dentro de su ser. Ah pero, ¡él sabía esperar!
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El ojiazul estaba tirado en mitad de la cama, abrazado a sus rodillas. Claude todavía no le había dirigido siquiera la palabra pero, algo le decía que preparaba algo terrible para Sebastián. Y él, se sentía maldito y culpable por eso. – Si tan solo no hubiera ido a buscarte. – Repetía una y otra vez en un susurro. – Sebastián, ¡no quiero que te conviertas en otro esclavo del maldito de Garret!
Shibani se acercó a la puerta en ese instante y tocó dos veces. Ciel se incorporó de inmediato, poniéndose de pie para abrir. Al hacerlo, encontró a la diabla del otro lado. – Tengo un recado de su Majestad. – Dijo secamente.
-Adelante. – Respondió el ojiazul, invitándola a pasar con un gesto de sus manos. – Dime.
-Su Majestad quiere verte en el Salón de los Espejos. – Shibani sonrió con suavidad. Un gesto poco común en ella, cuyos rasgos era tan grotescos. – Quiere que te lleve hasta ahí con los ojos cubiertos.
-¿Su Majestad? ¿El rey Garret? – Preguntó Ciel, confundido. Aquello no era algo que Claude haría.
-No. – La sonrisa de la diabla se pronunció. – Su Majestad, Sebastián Michaelis.
-¿Sebastián es el rey ahora? – Inquirió esperanzado.
-No oficialmente pero, todos sabemos que recuperará su cargo mañana. – Añadió la mujer.
Ciel no pudo evitar ese golpe dentro de su pecho que le decía lo mucho que ansiaba tener al moreno otra vez con él. – Yo voy. – Respondió, tomando el trozo de tela satinada negra que le ofrecía la diabla y, atándola alrededor de su cabeza, cubriendo sus ojos. Extendió una mano a la mujer, quien la tomó felizmente. – Llévame.
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Shibani llevó al ojiazul hasta el lugar acordado y lo sentó en una silla de madera. Luego, procedió a sujetarle con los grilletes, tal como Claude le había explicado.
-¡Suéltame! – Exclamó Ciel, al sentir como sus manos y piernas eran apresadas.
-Pero, su Majestad lo ha ordenado. – Dijo la diabla con diversión. – No querrás arruinar su sorpresa, ¿verdad?
-¡Sebastián no haría algo como esto! – Masculló, pensando en que el moreno sabía cuánto odiaba la oscuridad y el sentirse preso.
No obstante, la diabla no respondió y, el lugar se vio repentinamente invadido por el aroma de Sebastián. Ciel lo inhaló. Su corazón se aceleró levemente. ¡Le tenía frente a él! – Sebastián. – Musitó en un hilillo de voz, incrédulo de tenerle siquiera un momento cerca.
Claude, de pie delante suyo, sostenía la caja con el cabello del moreno, alejándolo y acercándolo al rostro del ojiazul. Los espejos comenzaron a percibir la energía de Ciel, tal como él lo hubiese previsto. Apareció una estela azul en ellos, desvaneciéndose rápidamente para dar paso al rostro de Sebastián, lo que más deseaba ver Ciel en ese momento.
El rey, con la esencia del moreno impregnada en su ser se acercó al ojiazul, sonriendo maliciosamente ante lo que aguardaba al demonio menor. Detrás de éste, se encontraba una tina de madera, enorme y llena de agua helada que él había mandado colocar ahí. Ya una vez le había torturado así y le había funcionado bien, claro que aún no era un demonio.
-Sebastián, ¿qué sucede? – Preguntó Ciel, al escuchar como el rey se agachaba y fijaba las cadenas que pendían del techo a las patas de la silla y al respaldo. Claude llevó un dedo a los labios del ojiazul, haciéndole un gesto para que callara y, permitiéndole embriagarse más de la esencia del moreno.
Cuando el ojiazul se quedó quieto nuevamente, se alejó y para tirar del otro extremo de las cadenas con todas sus fuerzas, viendo como el menor se elevaba con todo y silla unos cuántos metros en el aire.
-¡Ah! ¡Basta! – Gritó el ojiazul. El sonido de las cadenas y el movimiento le atormentaban.
-¡Basta, Sebastián! – Exclamó Claude desde abajo. – Deja a Ciel bajar. – Decía, sonriendo y sujetando las cadenas unos segundos más, antes de soltarlas y ver como la silla bajaba hasta caer dentro de la tina con el agua helada.
-¡Ah! – Gritó Ciel. Un grito ahogado porque el agua le cubrió por completo. – ¡Mmm… Seb! ¡Mmm! – Estaba más que claro, el menor todavía no se acostumbraba a ser un demonio por completo y, conservaba necesidades como respirar.
El rey subió la silla un poco, con ayuda de las cadenas para que el ojiazul tomara una bocanada de aire.
-¿Ves, Ciel? Sebastián solo quiere lastimarte.
-¡Mientes! – Espetó el ojiazul. Claude le permitió sentir el aroma de Sebastián una vez más y volvió a dejarle caer al agua. - ¡Ahhhh! ¡Ahhhh!
-Conviértete en mi más fiel súbdito y no dejaré que Sebastián te toque nunca más. – Dijo con serenidad.
-¡No, Sebastián! ¡Por favor! – Suplicó Ciel, al sentir la mitad de su cuerpo fuera de la tortura y, justo antes de ser sumergido una vez más.
Garret le sacó nuevamente. Ahora el ojiazul tiritaba, sus labios estaban ligeramente moradosos y, le costaba respirar. - ¿Cuándo te he tratado mal yo, Ciel? – Inquirió el demonio mayor, acercándose a los labios temblorosos de éste.
-N-Nunca. – Murmuró con dificultad por el frío. Sentía como si clavaran puñales en su cuerpo.
-En cambio, Sebastián, ¿no intentó abusar de ti? ¿No te envió al Abismo? – Sujetó las cadenas nuevamente y le dejó caer en el agua. Esta vez incluso se alejó de ellas, deleitándose con el ruido que hacía Ciel al ahogarse, la lucha de sus manos por liberarse de las ataduras y salir. Era sorprendente como después de tantos años, algunos de sus miedos aún continuaban ahí.
-¡Maldito! – Gritó el ojiazul, cuando el rey finalmente le hizo volver a subir. - ¿Por qué, Sebastián? ¿Por qué? – Se retorcía en la silla, incrédulo que el moreno ni siquiera le respondiera y, solo le dañara.
Las imágenes en los espejos comenzaban a hacerse borrosas. Claude le sumergió varias veces más, obligándolo a gritar desesperadamente. Sin embargo, cuando le sacó la última vez, el ojiazul reía esquizofrénico. - ¿Qué sucede, Ciel? ¿Te quedarás conmigo?
-Sí. ¡Ja,ja,ja! – Reía Ciel, retorciéndose en el asiento, en medio de una supuesta felicidad. – ¡Yo he perdido todo, Claude! ¡Ja,ja,ja! Dime, ¿qué quieres que haga?
Garret sonrió, haciendo que la silla descendiese sobre suelo firme. Las imágenes de los espejos habían cambiado ahora. Era él. Ciel quería solo verlo a él. Sebastián había sido erradicado de sus pensamientos y deseos.
Claude le ayudó a levantarse, quitándose su propia chaqueta y envolviendo al ojiazul con ella. – Vamos a recrear Hamlet. – Musitó, retirando la venda de los ojos del menor. – Vas a frotar el filo de mi espada con esto. – Sacó un frasco que llevaba entre la bolsa de su chaqueta y se lo entregó. – Pero deberás hacerlo con sumo cuidado, una cortada podría matarte.
Ciel lo sostuvo con dificultad, valiéndose de la textura del final de las mangas de la chaqueta para ayudarse. - ¿Qué es esto? – Articuló, aún temblando. Sus cabellos cayendo pesados en su frente, haciéndole sentir más frío.
-Esto es lo que le dará la victoria a tu rey. – Musitó con satisfacción.
El menor asintió. Garret tomó la espada, un paño y, los dejó caer frente al ojiazul, quien se arrodilló y comenzó a comenzó a tallar la espada con el líquido.
Claude se mordió el labio de emoción. Las horas de Sebastián estaban más que contadas.
