Respuestas a reviews:
LadyRavenCrow: Lo siento es que es por el trabajo que a veces me pierdo por bastante tiempo.. DD: Ahora trataré de venir más seguido y sobre todo de terminar todos los fics.. Aunque sea de uno en uno jajaja.. XDD Gracias por el review.. :DD
SabyAngel7: Vivo! :DD Y ahora espero volver por más tiempo.. XDD La verdad es que si no escribes siento raro porque extraño tus reviews.. :DD Lo sé, es tan diferente ver a Claude como un stripper amigable y sensual a verlo como el violador de Sebastián... DD: Cómo me molesté conmigo misma cuando escribí esa parte jajaja pero, sentía que era necesaria.. Y bueno, te diré que este fic tiene 18 capítulos así que todavía le quedan cinco.. XDD Tienes razón con lo de Shibani.. Es odiosa pero, no queda de otra más que confiar en que ella haga algo por Sebastián.. jajaja.. :DD Espero que te siga gustando y muchas gracias por el review.. :DD Besos! :DD
ZoeAlYce: Hola! :DD En verdad le ha gustado ha tu hermana? Me alegra mucho saber eso.. :DD y yo también odio a Claude jajaja.. Espero que te guste la continuación.. Subiré dos capítulos de una vez.. :DD Gracias por el review.. :DD
Abby: Muchas gracias por el review y me hace muy feliz que Red Velvet sea una de las primeras historias que lees.. :DD
Fernanda: Lo siento.. DD: Gracias por el review.. :DD
Xiao-senlin: Muchas gracias por leer estos trece capítulos.. Espero que te gusten los siguientes.. :DD Muchas gracias por el review.. :DD
3rica-chan: Gracias! Espero que te guste la continuación.. :DD Gracias por el review.. :DD
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Capítulo 14: Magenta
Albus tosió. Era un gesto más de repugnancia que de verdadera molestia en la garganta. Aquel lugar olía a carne quemada, a suciedad y a estiércol. Contrario a Shibani, Alois se había acostumbrado rápidamente a ese mundo, excepto a la peste del Abismo, tal vez porque le recordaba el orfanato donde estuvo cuando era un niño humano.
Se encaminó al "Horno". Unos momentos atrás, obligó a Garret a entregarle la llave de la celda en la que se encontraba Sebastián, alegando que ambos contrincantes tenían derecho a un tiempo para prepararse antes de la contienda. Abrió la puerta y, al moverla completamente, su sorpresa no fue minúscula. - ¡Sebastián! – Exclamó. - ¿Qué te ha sucedido?
-Tu mayordomo me folló. – Dijo Sebastián con desparpajo, echándose a reír sonoramente. Su control mental estaba tocando los límites. Una noche en ese espacio había sido suficiente para marcarle aún más.
Albus tragó en seco, inclinándose ante el moreno para abrir las cerraduras de los grilletes. – Nadie sobrevive acá, Sebastián. Lo sabes.
El moreno no respondió nada. Se dedicó a mirar sus muñecas y luego, se inclinó, apoyando los antebrazos en el suelo y escondiendo su rostro contra estos. – Despídete de Claude, Alois. ¡Voy a acabar con él! – Gruñó.
El ministro suspiró, mirando hacia abajo. Una lágrima amenazó con escapársele mientras se agachaba para ayudar al moreno a salir de la celda y levantarse. – Siempre he querido que Claude pague por todo lo que hizo pero, no por eso, deja de causarme un gran malestar.
Sebastián se puso de pie con dificultad. Las rodillas le dolían terriblemente. Tanto, que se vio obligado a sostenerse de los hombros de Albus. - ¡Ngh! – Se quejó por lo bajo, apretando los ojos un instante. Ahora que Alois podía verle un poco mejor, notaba que la piel de Sebastián no era tan blanca como de costumbre. El calor le había dado un ligero bronceado. – Quiero ver a Ciel antes del duelo. – Dijo.
-Es algo complicado. – Repuso el ministro. – Seguramente Claude lo tiene encerrado bajo siete candados. Y no creo que puedas transformarte en este estado.
El moreno bufó, continuando el camino hasta la salida. – ¿Siquiera puedes conseguirme un baño y algo que ponerme?
-Ya lo he hecho, Sebastián. – Respondió Alois, quien aún cuando estuviera con la forma de Albus no perdía ciertos gestos en ocasiones. Uno de ellos era la picardía que irradiaba de su sonrisa cuando conseguía algo que deseaba. – Te aguarda la habitación contigua a la de Claude. – Rió.
-¿Cómo has logrado semejante cosa? – Por primera vez en ese día, Sebastián se sentía con deseos de reír ante algo.
-Leyes. – Respondió el rubio muy seguro.
-Eres muy bueno en eso. – Reconoció el moreno. – Hice una buena elección al colocarte en ese cargo.
-No digas nada. Yo tengo mucho en deuda contigo.
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Cerró los ojos y se dejó deslizar dentro de la tina de agua tibia. Se recostó, apoyando su cabeza en el borde de la tina. Sus rodillas comenzaban a sentirse mejor. Llevó el estropajo hasta su pecho y comenzó a frotarlo levemente. No sentía el menor deseo de moverse. Su mayor deseo ahora era quedarse ahí postrado pero, tenía que levantarse y salir a pelear por lo suyo. Claro, que debía reconocer que sus fuerzas habían menguado desde hace mucho. Ese calor, ¡ese maldito calor que le había dejado agotado!
La puerta del baño se abrió con delicadeza en ese momento. Sebastián no se molestó en moverse, simplemente abrió un poco sus ojos borgoña y ladeó la cabeza. – Ah, eres tú. – Dijo secamente.
Shibani sonrió, arrodillándose justo al lado de la tina. La cola de su vestido negro se arrastró contra el suelo cuando lo hizo. Había recogido sus cabellos en un peinado alto y solo dos pequeños bucles caían a los lados de su rostro.
-¿Qué haces aquí? – Preguntó el moreno, mantieniendo la expresión cansada y fría que tuviese un momento atrás.
La diabla llevó un dedo a sus labios, indicándole que permaneciera en silencio, mientras ella se inclinaba. Retiró su dedo y lo cambió por su boca, fundiéndose con la de Sebastián en un beso.
El moreno no rechazó el contacto. Quería cualquier cosa que le hiciese sentir un poco vivo y, Shibani podría ser eso. Sin embargo, el ósculo se vio interrumpido por la sensación de la canica fría que la diabla pasó de su propia boca a la suya. Un alma. Sebastián jadeó. Ella se separó y colocó su mano en la boca del demonio, obligándole a tragar. – Gana. – Susurró, solo para ponerse de pie.
-Shibani. – Le llamó el moreno. Ella le miró. – Gracias.
-Olvídalo. – Respondió ella, saliendo de la habitación de inmediato. Sebastián hubiese querido preguntarle dónde estaba Ciel pero, no se atrevió. La diabla parecía demasiado nerviosa. Seguramente, porque temía que Claude notase la falta de lo que acababa de robar.
Cerró los ojos y dejó caer su brazo holgadamente fuera de la tina, degustando un poco más el regalo de Shibani. Hacía tiempo que un alma no le sabía tan bien. La diabla había conseguido robar un alma de canica roja para él. Sebastián sonrió ante tal cosa. Había más de uno que quería ayudarle a volver al poder y, eso era definitivamente satisfactorio.
Se sentó en la tina. Miró sus brazos, su piel volvía a ser tan blanca como siempre. Bajó la vista a sus rodillas, moviendo los pies ligeramente en el agua mientras lo hacía. Estaban bien, completamente sanas. Un mechón de cabello le hizo cosquillas en la nariz. Sebastián tomó el delgado mechón, sonriendo. Su cabello estaba completo también.
Salió del agua, irguiéndose. Su cuerpo se encontraba en excelentes condiciones. No creía poder sentirse mejor. Se encaminó a la habitación, dejando gotitas de agua en el piso marmóreo al andar. Echó un vistazo al traje que Alois había dejado para él. Era curioso como Ciel y Alois eran tan distintos y, no obstante, la nobleza salía a flote en cuestiones como ésta. Era un frac negro, confeccionado en el casimir más fino que Sebastián hubiese tocado. La camisa de seda negra a juego con un chaleco en tela negra con pequeños bordados, del que solo se admiraban las puntas al estar vestido. Para complentarlo, un pañuelo negro ajustado al cuello por un broche de plata.
Sebastián se admiró al espejo, peinando su cabello lacio con los dedos. No necesitaba de mucho pero, el orgullo no fallaba en ser una de sus características demoníacas.
Albus tocó a la puerta en ese momento pero, abrió antes que el moreno le pudiera decir algo. - ¿Está listo, su Majestad? – Sonrió al ver el aspecto del moreno, aferrándose aún más a la espada que llevaba para él. – Veo que después de todo, Shibani si cumplió lo que decía… por lo menos, la primera parte.
-¿Primera parte? – Preguntó el mayor con curiosidad. - ¿Existe algo más que vaya a hacer por nosotros?
-Por ti. – Enmarcó Alois. – Me ha dicho dónde se encuentra Ciel. – Hizo una pausa. – También me ha dicho que no cree que quiera verte.
-Eso era de esperarse. – El semblante de Sebastián se ensombreció ante eso. – De igual forma, quiero despedirme de él.
-¿Despedirte?
-Debo aceptar la realidad, Albus. Pueda que Claude sea la peor escoria que existe pero, no será un oponente sencillo. – Respondió el moreno. – Tengo tantas posibilidades de ganar como él. Sin embargo, debo aclararte que voy a ganar o moriré intentándolo. No me daré por vencido. – La mirad de Sebastián se tornó violeta y sus labios se curvaron en una sonrisa. – Claude jamás me tendrá en su poder.
Alois dobló una rodilla y le reverenció. – Ha sido un honor trabajar para usted, su Majestad.
-Agradezco tus palabras mas no creo demasiado en ninguna. – Se acercó al ministro, quien le entregó la espada por el mango. – Llévame a ver a Ciel. – Agregó, tomando el arma y encinchándola a su cintura.
-Como ordenes. – Respondió Albus, poniéndose de pie para guiarlo.
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Ciel se encontraba en su habitación, la cual estaba rodeada por otro séquito de guardias. Todos uniformados con una coraza, un casco negros y el arma en las manos. Al ver que se acercaban, los demonios les cerraron el paso, dejando a su capitán al frente.
-¿Qué desea, señor Primer Ministro? – Preguntó el demonio, sujetando su ballesta con ambas manos.
-Quiero ver a Ciel Phantomhive. – Dijo Albus, mostrando la cinta que Claude le entregara a Shibani en el Abismo la noche anterior. La diabla se la había dado para ayudarles a acceder a los aposentos del ojiazul. – Su Majestad nos lo ha permitido. – Añadió, señalando a Sebastián.
El guardia cogió la cinta y la examinó con desconfianza, buscando las iniciales del soberano grabadas en ella. – De acuerdo. – Espetó finalmente. – Tienen cinco minutos. Su Majestad no querrá que el duelo se retrace.
-Es lo que necesito. – Respondió el ministro, tomando de nuevo el objeto con mala gana.
Se abrieron paso entre los guardias y entraron a la recámara del ojiazul. El menor estaba, nuevamente, enrollado en la cama, debajo de las cobijas.
-Ciel. – Albus permaneció cerca de la puerta y Sebastián fue quien se acercó y sentó al lado del pequeño bulto. – Ciel, despierta.
El demonio menor se removió y abrió los ojos. No obstante, cuando se encontró con la mirada borgoña de Sebastián, su primera reacción fue retroceder en la cama. – Vete.
-Ciel, yo…
-¡Nada! ¡Quiero que te largues! – Exclamó el ojiazul, apretando las sábanas en puños a los lados de su cuerpo.
El moreno pensaba en qué podía decir pero, fue incapaz de articular algo y, simplemente le tomó por el rostro y le besó profundamente. Ciel rechazaba el ósculo al principio pero, era imposible para su cuerpo resistirse al ser que más amaba por más que su mente dictara otra cosa.
Sebastián se detuvo por un instante, mirándolo a los ojos solo para luego cerrarlos y apretar su frente contra la del menor. – Te amo, Ciel. Lo digo sin ninguna otra intención. Perdóname por todas las ocasiones en que te he fallado, por los dolores que tal vez enfrentes solo y por las veces que vas a desear que esté contigo y no podré hacerlo.
El ojiazul abrió los ojos. Se sentía como si estuviese en medio de una pesadilla. ¿Era aquél el mismo que le había torturado antes? Era su aroma, era su presencia pero, no quería creer que era él ya. – Seb- Sebastián… - Musitó el ojiazul, llevando sus manos a los cabellos del moreno, aún debatiéndose entre la realidad y lo que creía una fantasía. - ¿Estás muerto? – Preguntó, sin poder evitar provocarse un dolor en el pecho.
-No. Estoy vivo y, estoy aquí contigo. – Le besó una vez más. Había deseado tanto ese contacto la noche anterior. De alguna forma, buscaba callar todas las voces de sufrimiento que se habían convocado dentro de él.
-Sebastián, es hora del duelo. – Interrumpió Albus, contemplando con frialdad la escena que acontecía frente a él.
-¿Duelo? – Ciel estaba confundido ante eso. Por momentos creía que todo había sucedido ya.
-Sí. El duelo con Claude, ¿lo has olvidado? – Sebastián susurró las palabras, inhalando una última vez la esencia del menor.
Algo en los remanentes de la consciencia de Ciel se prendió en ese instante. ¿Debía decirle a Sebastián lo que Claude planeaba? Pero, entonces, ¿cómo le explicaría el saberlo? – Ten cuidado. – Fue lo más que se atrevió a decir.
El mayor le miró fijamente. Recordaba aún esas palabras de cuando estaba al servicio del ojiazul. – No debe preocuparse, bocchan. – Llevó una mano a su pecho y sonrió. No hubo respuesta por parte de Ciel y, él tampoco tenía tiempo de esperarla; por lo que se puso de pie e hizo un gesto a Albus para que se marcharan.
-¡Espera, Sebastián! – Exclamó el ojiazul, levantándose de la cama, medio vestido como estaba y, avanzando a trompicones hasta el moreno. – Te amo. – Susurró, poniéndose en puntillas para alcanzar a Sebastián y besarlo una última vez. El mayor suspiró, tomando de ese beso todo lo que podía necesitar. – Júrame que vas a ganar. – El ojo derecho de Ciel emitió un destello púrpura por el símbolo del contrato.
-No puedo jurártelo, Ciel. Ya no soy el mayordomo que recibía tus órdenes. Tampoco existe el poder que me dabas a través del contrato para fortalecerme aún más, ¿o es que acaso creías que tu alma no me alimentaba de cierta forma? – Sonrió con tristeza ante la expresión del menor. – Siempre voy a estar contigo.
-Eres un gran mentiroso. – Musitó el ojiazul, sintiendo que sus ojos no resistirían mucho más aquel dolor.
Sebastián asintió. – Todos mentimos a veces, Ciel. – Luego, abrió la puerta y se marchó junto con Albus, sin decir una palabra más. Ciel entonces se preguntó, ¿quién era más mentiroso? ¿El moreno por no admitir que creía que perdería o él por no decirle que Claude le había obligado a envenenar la espada y que él estuvo de acuerdo? ¿Debía decirle o aferrarse a ese hilo de araña que le quedaba en caso que el moreno no estuviera más?
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Se reunieron entonces, demonios de todas las clases enfrente del Palacio Real, en lo que era llamado la Plaza Central para presenciar aquello que todos deseaban ver. Se había corrido como un rumor de voz de un guardia del mismo rey hasta llegar a los callejones, a los demonios que no poseían más que los pocos harapos que traían puestos.
La penumbra era mayor que en otras ocasiones, como si el tiempo y el espacio supieran que allí se debatirían no solo dos demonios, sino dos existencias, dos caminos completamente distintos.
Sebastián y Claude se colocaron uno frente al otro, a una distancia exacta de veinte pasos. Las espadas estaban aún en sus cinturones y la decisión se veía marcada en el rostro de ambos. Claude lucía impecable con su traje blanco y camisa gris, Sebastián por el contrario, vestido con el color de la oscuridad que resaltaba cada una de sus facciones. Faltaba para el enfrentamiento unos momentos pero, sus miradas ya luchaban. Los nervios estaban controlados pero, la tensión no menguaba ni un instante.
Los ministros de Consejo del Primer Orden no podían faltar a semejante evento. Visitiendo sus túnicas de color blanco que comenzaba a verse amarillento por el paso del tiempo. Ese día se decidiría mucho de lo que vendría en su futuro. Por un lado, se encontraba un demonio que había gobernado por muchos años, demostrando sus altas capacidades pero, así también sus enormes vicios y sobre todo, esa pasión desenfrenada por ese niño de ojos azules. La lujuria. En el otro lado, estaba un demonio cuyo rango era insuperable más sus cualidades eran insuficientes para ser un buen rey; no obstante, les surtía de mejores almas y consentimientos al Consejo, quienes hacían con él lo que quisieran. La codicia.
-Su Majestad, el rey Garret y, el rey abdicado, Sebastián Michaelis, - Comenzó a leer Albus su pergamino en voz alta. – han acordado que en este lugar y esta fecha celebrarán un duelo por el trono del Inframundo. Las reglas son pocas pero, muy específicas. – Lanzó una mirada a Andrei, quien sostenía dos rosas negras. – A cada uno se le colocará una rosa en la solapa que marcará la vida de cada uno en esta contienda.
Andrei entregó una rosa a Leonardo y, ambos partieron. Uno le colocó la flor en la solapa a Sebastián y, el otro a Claude.
Albus miró a ambos y continuó. – La lucha puede entablarse a gusto de los contrincantes. No obstante, quien atraviese la rosa del opuesto primero, será el ganador. Quien conserve la rosa completa, así esté muerto, será el único vencedor. En ningún momento y bajo ninguna causa, podrán tocar con las manos la rosa del contrario. Únicamente el filo de la espada puede hacerlo.
-¡Espadas afuera! – Ordenó Damián, colocándose en medio de los demonios, levantando un brazo.
Ambos sacaron las armas y las empuñaron frente a su rostro. Los ojos entrecerrados, puestos en la mira, puestos en la meta. Dimitri se acercó, forzándoles a chocarlas en señal de saludo.
-¡Qué empiece el duelo! – Exclamó Albus.
El ruido de las espadas al chocarse marcó esas palabras. Tanto Sebastián como Claude habían esperado demasiado para desquitar aquellos instintos. - ¡Vamos, Michaelis! ¿Es lo mejor que tienes?
-¡Voy a hacerte callar de una maldita vez, Claude! – Masculló el moreno, sujetando con fuerza la espada, apuntando al hombro del rey, buscando golpear la flor.
Garret vio venir el ataque y sujetó la espada con ambas manos para enfrentar la del moreno, chocando el filo de la suya contra la de él. Sebastián entendió la maniobra y enfrentó su espada también. Los metales uno contra otro, apuntando al cielo, como una forma de medir la fuerza del otro.
Sebastián apretaba los dientes, mantieniendo la mirada fija en la de Claude mientras forcejeaba. – Yo soy el rey del Inframundo. - El otro demonio sonrió, torciendo la espada ligeramente, provocando que el moreno perdiera el control, desplazándose hacia adelante, casi cayendo. Debía admitirlo, en estos últimos años había perdido bastante la práctica del esgrima. - ¡Ah! – Jadeó por lo bajo.
-Muy equivocado estás. – El rey aprovechó la ventaja, tomándole por el brazo y empujándolo hacia el lado opuesto, dejándole de espaldas a su persona. - ¿Qué es lo que te hace pelear, Sebastián? – Preguntó.
El moreno se enderezó y se giró para atacarle nuevamente. - ¡No me conoces! ¡No sabes lo que es tenerlo todo! – Saltó, quedando de cabeza en el aire por un instante. Necesitaba una momento de ventaja para atacar mejor. Cayó al suelo con las piernas separadas, se impulsó, agachándose un poco para lanzar el ataque a las piernas de Claude.
-¡He saboreado el poder que tenías! – Exclamó el rey, esquivando el ataque de un salto. – He probado cada una de tus pertenencias. Hasta a ti te he probado… - Susurró.
Las llamas que rodeaban la arena de duelo se encendieron aún más, la ira de ambos las enardecía. Las espadas chocaron nuevamente. Ciel desde su habitación podía oírlos. Se había vestido pero, no se atrevía a intentar salir para ver lo que afuera sucedía. Finalmente, rechinó los dientes, retrocediendo hasta el fondo de su habitación, en línea perpendicular a la puerta y, corrió mientras tomaba su forma verdadera, impactándose con tal fuerza contra la puerta que los guardias no fueron capaces de detenerle.
-¡Atrápenlo! – Gritó el capitán, mientras Ciel volvía a su forma humana y corría por el palacio buscando la salida. Temía que le alcanzaran, que le detuvieran y no poder verlo. ¡Tenía que verlo así fuera lo último que hicera!
Se precipitó a la puerta y la abrió con todas sus fuerzas, esperanzado de encontrarla sin cerradura y, así fue. Afuera Sebastián y Claude volvían a la lucha de fuerzas, enfrentando las espadas una contra otra. Esta vez, fue Claude quien cedió un centímetro, ganándose un espadazo que casi le parte la rosa por la mitad.
-¡Me estás hartando Michaelis! – Gritó el rey, batiendo la espada frente a la rosa del moreno.
-Lamento hacerlo. – Dijo el moreno, esquivando grácilmente el ataque. – Comienzo a tomar el gusto por esta pelea.
El ojiazul veía el brillo en la mirada de Sebastián, aquel deseo de pelear hasta el final.
-Mira, mira. – Le retó el de ojos ámbar. – Tu prostituta ha llegado.
Sebastián miró al menor entre la multitud. -¡Cuida como llamas a Ciel! – Liberó el agarre en que se encontraban las espadas y se lanzó contra Claude, batiendo sus espada con tanta fuerza y precisión que Claude se miraba forzado a retroceder, luchando por encontrar la posición para el contraataque.
El moreno no pudo evitar pensar en Ciel en ese instante. Su piel, sus ojos, su cuerpo… El ser que alguna vez había estado debajo de su cuerpo amándolo y entregándose sin pedir a cambio nada. El imaginarlo en brazos de Claude, dándole todo lo que alguna vez había sido suyo. ¿Amándolo, tal vez?
-¿Quieres ser su héroe? – El soberano rió. - ¿Le darás un final feliz junto al rey en este mundo de fantasía? – Chocaron espadas nuevamente.
-¡No es un mundo de fantasía! – Gruñó, respondiendo a los ataques. – La única fantasía es la tuya, que has creído que lograrías ser el rey del Inframundo y, tomar todo lo que es mío.
El ojiazul apretó los puños, escondido en medio de los demonios que veían el encuentro. Se había conseguido ocultar pero, si se movía solo un poco los guardias le verían. Tenía que encontrar la manera de decirle a Sebastián la verdad, sin importar lo que le sucediera después.
El hilo de araña ya no existía. Era el todo por el todo. Y Sebastián era el todo.
-Vamos a acabar con esto. – Masculló Garret, girando la espada con su mano ágilmente y provocando que la de Sebastián saliera lanzada por los aires.
El moreno retrocedió y cayó sentado en el suelo. Se puso de pie de inmediato. – El que tenga la rosa en el pecho gana. – Murmuró para sí, llevando su mano a la solapa para cubrir la rosa, mientras Garret caía sobre él, decidido a clavar la espada en lo más profundo de las entrañas del Cuervo.
Sebastián rodó en el suelo, aún sosteniendo el brazo contra la flor. Claude gruñó, protestando por la patada que el moreno le propinara para liberarse. - ¡Voy a matarte, Sebastián!
El moreno levantó la vista al cielo, justo en el momento que su espada caía de regreso. La cogió por el filo, haciéndose daño en la mano pero, golpeando con el mango el rostro del rey. - ¡Nunca! – Profirió, corrigiendo la postura de la espada y, poniéndose de pie antes que Garret pudiera hacerlo. - ¡Esto se acabó, Claude Faustus! ¡Esta noche conocerás el verdadero infierno! – Gritó, lanzando el último ataque y partiendo la rosa de Claude por la mitad.
Los espectadores gritaron en ese momento, ante un Sebastián desaliñado que se erguía ante todos, por ser el único que merecía llamarse Rey del Inframundo. Las campanas redoblaron en su nombre. El moreno sonrió complacido con la victoria pero, Garret desde atrás lanzó un gruñido. - ¡No me vencerás! – Gritó, levantándose mientras sostenía la espada. - ¡No voy a convertirme en tu maldito esclavo!
-¡No! – Exclamó Ciel. - ¡Sebastián! – Intentó advertirle – ¡La espada! – Corrió tan rápido como pudo, colocándose en medio de ambos y atravesándose a la trayectoria de la espada. El arma se ensartó en su cuerpo, haciéndole proferir un gemido de dolor. - ¡Ah! – La sangre brotó de su cuerpo en forma copiosa.
-¡Ciel! – El mayor no entendía. – Claude, ¿qué has hecho? – Atrapó al ojiazul en sus brazos.
-Él no ha hecho nada anormal, Sebastián… Ah. – Gimió una vez más. – Pero, yo… Yo te he traicionado… - La sangre que emanaba de su cuerpo era demasiada. Tanta que horrorizaba al moreno, recordándole cuando Ciel era humano.
-¿Qué dices? – Sebastián no daba crédito a lo que escuchaba.
-Lástima. - Garret se echó a reír. – Ciel era exquisito pero, su consciencia fue mayor a su deseo. Mi plan ha funcionado mejor de lo que pensé porque, aunque no logré destruirte, he marcado tu existencia Sebastián. – Cogió la espada por el mango y la sacó del interior del menor de un tirón. Se lanzó a los demonios que observaban. - ¿Alguno osará detenerme? – Les retó, amenazando con el arma. Los demonios se arremolinaron, alejándose de su paso. Claude corría, riendo de lo que había logrado.
-¡Ciel! ¡Mientes! – Gritó el moreno, dejando de lado a Claude. El cuerpo tibio de Ciel, bañado en su sangre le empapaba el traje y le calaba hasta la piel.
-No… Sebastián. – Dijo temblando por el dolor en su cuerpo. – Yo caí en la trampa de Claude y, estaba dispuesto a dejar que te matara. ¡Per- Perdóname! ¡Te he fallado! – Sus ojos se cerraron entonces.
Sebastián gruñó descomunalmente, aferrándose al cuerpo del ojiazul. Recordando como él mismo había caído en su seducción antes. – ¡Resiste! – Pero el ojiazul no reaccionaba, ya no se movía. - ¡No! ¡Eres un demonio! – Decía con rabia, esperando que el demonio menor volviera en sí.
Sujetó el cuerpo de Ciel contra el suyo. - ¡Guardias! – Se puso de pie, cargando con el cuerpo que comenzaba a perder su vitalidad en sus brazos. – ¡Encuentren a Garret! ¡Atrápenlo! ¡Se los ordena su rey! – Exclamó.
Los guardias, de pie frente a él, hicieron una reverencia y salieron corriendo detrás de la última pista que tenían de él. El pueblo se dispersó, temerosos de lo que pudiera hacerles el moreno ahora que estaba furioso. Sus ojos centellaban y su cuerpo emitía un aura maligna.
El cuerpo de Ciel emanando el aroma del veneno, de la sangre, de la suciedad que Claude había puesto en él. El ojiazul se estaba convirtiendo en un pedazo del Abismo. A su alrededor, las voces difusas de los ministros decían. "Es un demonio joven. Su cuerpo asimilará el veneno y volverá."
"Sebastián, somos demonios. Seres eternos. Ciel no morirá pero, permanecerá así por… algún tiempo", decía Damián.
"Serán cinco, a lo mucho diez años."
Aquella era la condena más cruel que había escuchado. Cinco o diez años que él hubiese entregado en el Abismo mismo si Ciel volviese a la vida antes. Años que estaría sin él, años en los que le vería postrado en una cama como un espejismo de lo que más deseaba volver a tener en la vida. ¡Si tan solo se pudiese negociar con el destino!
"¡Largo!" Se escuchó a sí mismo gritar, mientras su cuerpo se movía mecánicamente hasta el interior del palacio. Le llevó hasta su habitación. Los sirvientes le miraron pero, ninguno se atrevió a decir palabra. Ni siquiera Shibani.
Sebastián se dejó caer de rodillas al lado de la cama donde le colocara.
Recordó la promesa que le había negado al menor. "Júrame que vas a ganar.", junto a ese beso que Ciel le entregó a última hora. Él había llegado a despedirse sin saber que sería él quien se quedaría solo.
-Gané. – Pronunció, incapaz de resistir el dolor. Colocó su frente contra el pecho del ojiazul. Hubiese deseado regresar por esa espada y encajarla en su propio cuerpo. Pero antes, se encargaría de encontrar a Claude y hacerle pagar por esto. – Pero volví a perderte… - Besó los labios del ojiazul con devoción, solo para luego quitarse la rosa negra y colocarla en su pecho.
Sus ropas estaban empapadas de sangre. Le vestía la sangre de Ciel, el triunfo que de alguna forma el menor había traido a él. Y gritó, gruñó. Lágrimas de rabia, de pérdida fluyeron de sus ojos. Había sido librado de una condena, solo para ser sentenciado a una más horrible. Así, arrodillado como estaba, llevó su rostro al suelo, sintiendo como su nariz se presionaba contra éste y la frialdad del mármol en sus labios. Allí era donde merecía estar. – Ciel…
Afuera del balcón los demonios le vitoreaban y gritaban por su presencia. Había ganado. Era el Rey del Inframundo una vez más. Le aguardaban la corona, el trono, la capa y el cetro. Le aguardaba la soledad disfrazada de gloria.
I'm a slave, and I am a master
No restraints and, unchecked collectors..
I exist through my need, to self oblige
She is something in me, that I despise..
(Soy un esclavo y soy un amo
Sin restricciones y, coleccionistas desenfrenados..
Existo a través de mi necesidad, por propia complacencia
Es algo en mí que desprecio..)
HE ISN'T REAL!
I CAN'T MAKE HIM REAL!
HE ISN'T REAL!
I CAN'T MAKE HIM REAL!
(¡Él no es real!
¡No puedo hacerlo real!)
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Capítulo 15: Ocre
Otra copa de vino, otra alma en sus labios y el beso de una más de sus doncellas. El moreno sonrió, tomando la botella de vino y dejándola derramarse sobre una de sus mucamas desnudas mientras las otras se arrodillaban para lamer los hilillos que goteaban del delicioso líquido.
-Más, su Majestad… - Gemían, mientras la otra se mordía el labio inferior al sentir la lengua de sus compañeras en su sexo.
-¿Quieren más? – Preguntó Sebastián, bajando de su trono para ponerse de pie frente a ellas. Sus ropas cayeron al suelo al chasquido de sus dedos. Una sonrisa demoniaca surcó su rostro cuando sujetó la botella por el cuello, echó la cabeza hacia atrás y dejó caer el líquido sobre su propia piel, desde la base de su cuello, experimentando el placer de la tibieza del vino en su cuerpo.
-Rey Sebastián… -Jadeaban ellas, en sus rodillas, con sus feminidades húmedas con el simple contacto de su boca con la piel húmeda del soberano. – Larga vida a su Majestad. – Decía una de las mujeres, masajeando el trasero del moreno mientras bebía el vino que goteaba por su hombro.
El moreno mordió la punta de su lengua con sus molares, extasiado por los besos de sus mucamas. Levantó la vista. Los miembros del Consejo, junto a él, convirtieron el Salón del Trono en una utopía demoniaca. Copones de bronce llenos de canicas rojas y azules, decenas de doncellas y todo el vino que se pudiese desear.
Sebastián sonrió, disfrutando de la visión de Leonardo follándose a una de las diablas. Shibani, llevando una copa en las manos y dejándola en una mesa. Luego, se acercó al demonio mayor, quien con su mirada borgoña estudiaba el espectáculo frente a él mientras sus ojos se tornaban violáceos. - ¿Le gustaría hacer lo mismo, su Majestad?
El moreno se giró, devolviéndose a su trono y halando a la diabla hacia él. – Me gustaría que te arrodillaras y me la chuparas. – Murmuró acercando sus labios a los de Shibani. Sus cabellos negros caían ligeramente despeinados a los lados de su rostro. Claramente, despeinados por la reciente actividad. Sus labios entreabiertos, Sebastián estaba jadeando por el calor que comenzaba a despertar en su cuerpo.
Ella sonrió ladeadamente, sujetando su vestido por los lados, arrodillándose como se lo indicaba su rey. – Lo que diga su Majestad es ley para mí. – Su mirada gatuna se enfocó en los ojos de su amo. Sus labios rojos se dirigieron a la entrepierna del moreno, quien abrió las piernas más para ella. – Eso. Quiero sentir esa lengua. – Dijo él.
Shibani introdujo el miembro del moreno en su boca, manchándolo con la tintura en sus labios, apoyando sus manos en los muslos de éste, succionando con devoción. Sebastián recorrió sus hombros con ambas manos y, las otras mucamas jadearon, observando la escena y deseando formar parte de ella. Su Majestad disfrutaba de encender sus cuerpos y no darles nada. De esa forma, eran mucho más agradecidas cuando finalmente obtenían algo.
La diabla mordía su miembro ligeramente, metiéndolo y sacándolo de su boca. Embistiéndolo. El demonio mayor no pudo evitar gemir sonoramente. Hacía días que no tenía un contacto de ese tipo. – Vengan. – Indicó a las otras mucamas, quienes corrieron a su lado. – Traten a su rey como se merece.
Ellas sonrieron y comenzaron a besar el resto de su cuerpo, el cual aún conservaba un ligero sabor al vino. Su piel brillante por la saliva de sus servidoras y, sus músculos relajándose ante el placer que obtenía de forma tan espontánea. Besaban sus labios, lamían su cuello y mordían sus pezones. Le hacían delirar, gemir y gruñir de excitación.
Shibani se levantó entonces y, tomó la copa de la pequeña mesa que se encontraba junto al trono. - ¿Un poco de sangre, su Majestad? Es de demonios sacrificados. – Dijo, dándole un trago antes de entregársela, volviendo a su faena en el miembro erecto de Sebastián. – Un manjar que me atrevo a probar solo para ponerlo en su falo, mi señor.
-Eres la peor de todas. – Respondió él, tomando un trago. Una de las doncellas le besó los labios, limpiando los restos de la sangre. Arqueó la espalda ante la mordida de respuesta que le entregó la diabla. – Grrr…
No obstante, todo eso no era más que una máscara a sus verdaderas emociones.
"Si usted lo desea, lo seguiré a todas partes… Incluso si su trono se desmorona y su corona brillante se oxida, aun si los cuerpos se apilan interminablemente sobre la montaña de cadáveres, yo estaré a su lado mientras usted yace recostado suavemente, hasta que escuche las palabras: Jaque mate. "
La noche se llevaba a la orgía y los placeres. Luego, otro día comenzaba.
Sus pasos eran un poco más lentos y su mirada un poco más severa de lo usual, aunque eso era algo que no dejaba a los demás notar. Solamente el sonido de sus tacones resonaba en todo el Palacio Real cuando las fiestas acababan y él se presentaba a cumplir con sus obligaciones como rey. Los sirvientes que se inclinaban a su paso sobre aquel suelo de mármol que se estremecía bajo sus pies. En esos momentos, todo lo sucedido la noche anterior se olvidaba.
"Su Majestad." "Su Majestad." Lo escuchaba una y otra vez, resonando como un eco en su mente. Él era el Rey del Inframundo, nadie más podía ocupar ese cargo. Ese cargo que ahora veía como una maldición porque le había arrancado lo más preciado que tenía en su existencia. Le había arrancado lo único sagrado que hubo para él. Ciel.
Subió los escalones al trono y se sentó en él. Albus hizo una reverencia al pie de éste y luego, subió para colocarle la corona en la cabeza. Leonardo y Dimitri dejaron caer la capa de terciopelo negro sobre sus hombros. Sebastián se sentía como si estuviera atrapado en una estúpida fantasía.
-Su Majestad, - Pronunció Albus en un susurro. – hay algo muy importante que debo hablar con usted luego. – Aquel día era definitivamente diferente de los anteriores.
-Ve a mi despacho y espérame ahí. – Respondió Sebastián secamente. El ministro asintió en silencio.
El demonio mayor esperó a que Albus se retirara y se puso de pie, dedicando un saludo a los presentes. – Señores, pueden dirigirse a sus actividades nuevamente. – Espetó, pasando en medio de los otros ministros que le miraban con disgusto. El moreno sabía cuánto deseaban verle caer nuevamente y, no porque quisieran que regresara Garret. No, simplemente porque aquellos cuatro demonios le odiaban.
-Su Majestad, - Dijo Damián, justo en el instante en que el moreno pasó frente a él. - ¿qué es eso tan importante que tiene que hablar con Albus?
El soberano sonrió, dejando caer un pañuelo a su lado. – Damián, ¿podrías limpiar el tacón de mi bota con eso? – El ministro le miró con odio, arrodillándose a su lado para limpiar como le indicaron. – Es que te veo tan ocupado en mis asuntos que pienso no tienes nada más por hacer. – Sonrió maliciosamente, pisando el pañuelo al continuar su camino.
Avanzó por el pasillo, hacia su despacho, perdiendo su forma verdadera y tomando la humana que ya se le hacía tan suya. Era increíble como extrañaba verse al espejo y ver ese cuerpo que había tomado en nombre de Ciel Phantomhive. Entró en la habitación, Alois era quien le esperaba, sentado cómodamente en la butaca frente a su escritorio.
-Sebastián, - Musitó el rubio, poniéndose de pie al escucharle entrar, girándose para no darle la espalda. Bajó la cabeza y llevó una mano a su pecho para reverenciarle. – finalmente te has librado de esos demonios. – Añadió, mirando al rostro del moreno ahora.
El demonio mayor fue a su asiento y se desplomó en la silla prácticamente. - No puedo más. – Masculló.
-Tranquilo, soberano. – Dijo el rubio en tono burlesco. – Tengo una noticia que puede apetecerte bastante. – Sebastián le hizo un gesto para invitarle a continuar. – Nemuro volvió y, trajo esta carta consigo. – Sacó un sobre de su chaqueta y lo entregó.
El moreno se lo arrebató. – Frederick Landers nos ha respondido. – El ministro le miró extrañado, la emoción del moreno era demasiada para el asunto.
-No. Le ha respondido a Claude. – Le recordó Alois.
-Es verdad. – Sebastián apretó el puño con fuerza. El solo recordar al demonio de ojos ámbar le provocaba rabia. Se sentía inepto y consideraba la peor escoria a sus guardias, ¡ni siquiera pudieron encontrarle!
Sacó la nota y la desdobló.
"A Garret:
Debo agradecer su misiva y, el hecho de astutamente infiltrar a uno de sus pequeños seres en nuestras tierras sagradas. No obstante, le mentiría si dijese que no estoy interesado en su propuesta. Ha sido una completa sopresa pero, la he considerado minuciosamente y, estoy dispuesto a pagar el precio acordado, incluso más. Por supuesto, todo depende de su generosidad al momento de determinar el diámetro de las tierras.
Estaré llegando a sus dominios en muy poco tiempo.
Atentamente,
Frederick Landers."
¿Debía tomar eso último como una amenaza o como un simple aviso? - ¿Cuándo regreso Nemuro? – Preguntó el moreno.
-No lo sé. Le encontré vagando en las tierras del Puente. ¿Por qué?
-Porque eso quiere decir que Frederick Landers está por llegar. – Espetó Sebastián. – Y no puede saber que yo soy el rey. Tendrá que ver a la persona con la que negociaba.
-Espera, Sebastián, ¿en verdad venderás las tierras del Puente a un ángel? – El moreno se puso de pie y, Alois le cogió por el brazo, obligándole a mirarle. – ¡No puedes hacer eso!
-No quiero hacerlo pero, lo veo como la única opción para obtener algo que regrese a Ciel a la vida. – Musitó, mirando al rubio, quien sintió un estremecimiento ante esa aseveración.
-Pero… Ciel no está muerto. Además, hemos preguntado a cada hechicero del Inframundo. ¡No hay nada aquí que pueda ayudarle! – Terminó gritando esa última frase. No podía creer la insensatez de Sebastián.
-¡Lo has dicho! ¡No hay nada aquí! Pero el Cielo es distinto. – Mordía las palabras, liberándose de su agarre con molestia. – Ciel era un humano. ¡No es igual a mí! Yo he sido un demonio desde siempre. – Apoyó las manos en un costado del escritorio, provocando que las venas en ellas se marcaran. – Si he de enfrentarme al Inframundo completo lo haré gustoso si así consigo sentirle conmigo una vez más.
Alois negó con un gesto. - ¡No puedo creerlo, Sebastián! – Exclamó, levantándose de la mesa. - ¡Esta vez no podré ayudarte! ¡Ni siquiera quiero que vengas a mí cuando los del Consejo quieran matarte! – Y lo siguiente que sintió fue un golpe sordo de su cabeza contra la madera del armario al fondo del despacho. - ¡Ngh! – Gruñó, sintiendo la fuerza del moreno. Su cuerpo contra el suyo, apresándolo. - ¡Basta!
-Me vas a ayudar porque tu rey te lo manda. – Musitó fríamente, sus ojos borgoña tomando un color violeta brillante. Sebastián se enceguecía si de hacer su voluntad se trataba. - ¿Qué dices?
Alois gritó, sintiendo como una de sus muñecas casi se quebraba por el agarre tan fuerte del moreno. – ¡Ahhh! Co…Como… Di… ¡Ah! Digas… Sebastián. – Articuló finalmente.
-Mejor así. – Sonrió y le soltó. Entonces, su rostro parecía tan apacible. Alois acarició su brazo, intentando borrar las marcas moradosas que había dejado el moreno en él. – Quiero que esperes a Frederick Landers al final del Puente. Recuerda que no puede pisar el suelo desnudo del Inframundo.
-¿Debo traerlo? – Preguntó el rubio.
-No. En lo absoluto. – Sebastián se colocó detrás del escritorio, su lugar inicial, inclinándose al frente para ver a Alois de cerca. – Llévalo a tu mansión y, yo llegaré allá.
-Como digas. – No se atrevió a hablar más. El moreno se había tornado más agresivo desde el día en que perdió a Ciel, era como si esa parte de su equilibrio mental que era sostenido por el ojiazul se hubiese desmoronado.
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"Yesterday I was dirty… Wanted to be pretty…
I know now that I'm forever dirt…
(Ayer era sucio… Quería ser bello…
Ahora sé que seré basura siempre…)"
Su Majestad se irguió de su trono, ante las palabras del pequeño Nemuro. "Está aquí. El señor Frederick Landers está en la mansión del señor Albus."
Había deseado el momento durante semanas y, ahora que estaba presente para él, era como si se avecinara una pesadilla y un sueño maravilloso a la vez. Cada noche, cuando llegaba a la habitación de Ciel, le encontraba en la cama, recostado como si de un muñeco se tratase. Los remanentes del alma, que no tenía, ardían y le provocaban la más profunda de las iras. Hasta en el último instante Claude había tenido el as bajo la manga y, caro… muy caro le hizo pagar su victoria.
La herida en el abdomen del menor no sanaba. El moreno había intentado con todo tipo de remedios pero, cada día, la carne alrededor de la herida lucía más putrefacta. Trató de inyectarle la esencia de un alma pero, su piel era impenetrable. Ciel estaba suspendido en la existencia. Su cuerpo envenenado no aceptaba ningún tipo de intromisión. Era por ello que los demonios mayores morían. Su cuerpo era más débil que el de un demonio joven y no resistían pasar tanto tiempo sin alimentarse y tampoco conseguían recuperarse. ¿Sería Ciel uno de los que se salvaran de ese cruel destino? El demonio mayor prefería no atormentarse contemplando una negativa como respuesta.
Y entonces, Sebastián como el más fiel de los mayordomos que alguna vez fue, tomaba un paño y un balde de agua tibia. Lo limpiaba, lo vestía, lo acariciaba, lo besaba y después, le volvía a dejar ahí, tal y como estaba hasta que él volvía para hacer lo mismo. "Ciel.", susurraba a su lado, esperando algún tipo de respuesta, un suspiro tal vez. Su piel perfecta al tacto, el alma que no escapaba de su cuerpo, ¿podría escucharle? El moreno se lo preguntaba continuamente. ¿De alguna forma el ojiazul estaba ahí dentro? Era eso, exactamente eso lo que le movía a ver a Frederick Landers.
-El señor Albus ha enviado esto para usted. – Musito Nemuro, haciéndolo regresar a la realidad. El moreno bajó la vista y se encontró con un trozo de cinta. ¿Se trataba acaso de la que Claude había utilizado?
Sebastián la tomó y sonrió. Alois no había perdido detalle de sus necesidades para tomar la forma de Garret. – Gracias. – Respondió.
Marcharon hacia uno de los carruajes del moreno. Los corceles negros relincharon, sosteniéndose en sus patas traseras. Era claro, en medio de la maldad del Inframundo, podían sentir la estúpida bondad que provenía del ángel. Sebastián les vio, reflejando un destello violeta en sus ojos y, los animales de inmediato se tranquilizaron, dejándoles abordar.
-No puedes repetir una sola palabra de lo que vas a contemplar, Nemuro. – Le amenazó el moreno, mirándolo fijamente. El demonio menor asintió, mostrando aún esa inocencia en sus ojos. ¡Cuánto le recordaba a Ciel cuando acababa de salvarle!
Sebastián sostuvo el trozo de cinta, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás. Su cuerpo comenzó a tomar entonces la forma de Claude. El menor le miró sorprendido, casi horrorizado. – Rey… Garret… - Susurró.
El moreno se enderezó y sonrió. – Exactamente. Pero, es un secreto. De ello depende nuestro futuro. – Sus ojos ámbar estaban brillando de excitación. Se sentía tan extraño en aquella forma. Asqueroso, vicioso, maligno. Si es verdad que él era uno de los demonios más poderosos de todo el Inframundo, Claude siempre había sido su rival, quizás el único que se atrevía a retarle abiertamente.
El carruaje se detuvo entonces, al chasquear de los dedos del moreno. Ya se encontraban frente a la mansión del ministro. Nemuro descendió primero, y luego, Sebastián. No le había dicho a nadie del palacio que le escoltara. No se atrevía a que nadie más conociera sus intenciones o al ser con el que se reuniría.
-Su Majestad. – Le saludó Albus, haciendo una reverencia para él. – Es tan grato el contar con su presencia en mi humilde morada. El señor Frederick Landers le espera dentro, yo mismo he ido a traerle al Puente para evitarle cualquier tipo de inconveniente.
-Excelente, Albus. Como siempre, has cumplido con mis órdenes al pie de la letra. – El moreno sonrió. Alois no había podido evitar sorprenderse, aunque fuera ligeramente, al ver a Garret en vez de la fachada usual de su rey.
-Déjeme guiarle, entonces. – Sonrió, escoltándolo al interior de la mansión y, luego, a la sala a la que llevara al ángel.
Sebastián no pudo evitar esa sensación de repugnancia al ver al ángel de cabellos rubios cenizos sentado en uno de los sillones, bebiendo una taza de un líquido parecido al té pero, de aspecto blancuzco. – Frederick Landers. – Pronunció finalmente, de pie en la entrada de la habitación.
-Garret. – El ángel dejó su taza en el platillo, lo colocó en la mesa y se puso de pie. Estaba ataviado por un traje blanco, su cuello rodeado por un pañuelo color violeta. – Finalmente nos conocemos. Sin embargo, no puedo evitar pecar de curioso al preguntarme, ¿qué sucedió con Sebastián Michaelis?
-Ha perdido su cargo. – Espetó secamente, tomando asiento en el sillón frente al del albino. – Ahora, todo el Inframundo está bajo mi dominio y, no quiero desaprovechar ningún tipo de negocio que pueda serme de beneficio.
-De beneficio a ambos. – Recalcó Frederick, con una sonrisa en los labios, cogiendo la taza y dando otro sorbo a su bebida. Era idéntico a su hermano Ash y, eso le provocaba arcadas al moreno. – Pero honestamente, pienso, Garret que debemos sernos honestos el uno al otro tan siquiera una vez.
-¿Honestos? – Sebastián rió. – No puedo entender a qué te refieres.
-Digamos que, en el camino al Inframundo me he enterado de dos cosas. – Respondió el ángel, degustando el último trago de su té. El moreno frunció el ceño, sin saber qué esperar. – La primera es que Garret o Claude Faustus como se le llama en el Cielo, ha perdido su poder y, el rey ahora es el demonio Cuervo. – Sebastián iba a interrumpirle pero, Frederick hizo un ademán con la mano. – Espera. Me enteré de algo mucho mejor que eso. Ciel Phantomhive fue envenenado y permanecerá, umm… digamos "inactivo" por algunos años.
El moreno bufó. – Sabes que soy yo.
-Siempre lo supe. – El ángel sonrió ufano. – Desde el momento en que recibí la carta. – Sus ojos se tornaron salvajes y, el violeta de sus iris refulgió. – Puedes cambiar tu forma pero, es imposible borrar por completo tu esencia, Sebastián Michaelis. ¿O has creído que yo podría olvidar el aroma del asesino de mi hermano?
Sebastián ya no vio la necesidad de continuar con la forma de Claude y, regresó a la suya, enfrentando al ángel con sus ojos borgoña, fijos en su mirada. – Entonces, ¿a qué has venido?
-A negociar, ¿qué no era esa tu intención? – Se echó a reír sonoramente. – ¡Vaya, vaya! ¿Acaso querías utilizarme para perjudicar al pobre de Garret? Porque he de compadecer a cualquiera que se atraviese en el camino de un ser tan despreciable como lo eres tú. – Ladeó la cabeza ligeramente, observando a su interlocutor con desprecio.
-¡Basta! – Masculló el moreno. – Hemos terminado nuestra reunión. ¡No haré ningún trato contigo!
-Muy mal. – Respondió Frederick. - ¿Ni siquiera por Ciel? – Sacando un pequeño frasco del interior de su chaqueta y una bolsa de terciopelo rojo atada con un cordel dorado.
La curiosidad se vio claramente escrita en su rostro. Aquella era una palabra que Sebastián no podía resistir. - ¿De qué hablas?
-Veo que te importa. – Añadió el ángel. – Bien, solo los ángeles poseemos este tipo de poder. – Frederick colocó el frasco y la bolsa en la mesa del centro, justo al lado de la taza y acarició el tapón de corcho del recipiente. – Es el poder de la vida, Sebastián. – El moreno miró el objeto y a él, sintiendo una presión en el pecho, incapaz hasta de respirar y con los ojos entrecerrados, esperando que todo aquello fuese una trampa. – Dentro de este cristal hay cinco gotas que devolvería a Ciel a la vida por una hora y, dentro de esta bolsa, hay seis almas de canica púrpura. Las mejores en todo el universo, superiores a las rojas por mucho.
-Mientes. – Murmuró el soberano, apretando los puños.
-Nunca. – Dijo antes de proseguir. – El único canal en tu mundo para la vida es el agua. Así que colocas estas cinco gotas en agua y sumerges a tu pequeño amante ahí. Después, le alimentas con las almas. – Frederick sonrió complacido. Tenía la atención del demonio. - ¿Qué harías, Sebastián? ¿Qué me darías por una hora con Ciel?
-¡Nada! ¡Eso es una maldita mentira tuya! – Exclamó el moreno, poniéndose de pie y dándole la espalda al ángel para mirar a la pared y apoyar los puños en ella.
-Te estás debilitando, Cuervo. – Espetó el albino. – Quiero las tierras del Puente y, voy a tenerlas. – Habló lentamente, dejando en claro que no se daría por vencido fácilmente. – Tus súbditos van a matarte pero, ¿qué no has estado destinado a morir desde hace mucho?
-Ya lo he dicho. – Sebastián se giró, sus ojos estaban brillando con fuerza. – No voy a darte nada. ¡Así que, lárgate de una vez! – Y aquellas palabras le estaban calcando en el interior porque, no sabía si con eso estaba sentenciando a Ciel.
Frederick sonrió. – Quizás nadie te lo ha dicho pero, tu pequeño demonio morirá de inanición al ser incapaz de alimentarse de un alma y, aunque quisieras dársela, no podrías. Su ser está suspendido. Lo sé porque he visto su Libro de Vida. – Sebastián le miró con odio. – Piénsalo. Te daría las almas que pediste y una infinidad de ese preciado líquido para traerle a la vida cada vez que gustes, hasta que se recupere. Todo a cambio de las tierras del Puente. – Al ver que el moreno no respondía se quedó en silencio. – Bien, me marcho. Estaré esperando tu respuesta.
Sebastián se desplomó en el sillón en cuanto Frederick abandonó la habitación. – Maldito ángel. – Masculló para sí. Entonces su mirada quedó en el pequeño frasco y la bolsa. El albino no se lo había llevado con él. Peor que cualquier demonio, le había dejado los objetos para tentarle.
"¿Qué harías, Sebastián? ¿Qué me darías por una hora con Ciel?"
Habían pasado tantos días y, cada uno se sentía enloquecer más que el anterior. Pero, ¿qué tal que fuese una mentira y acabara lastimando a Ciel aún más?
Tomó la bolsa y sacó las almas. Eran auténticas almas de canica púrpura. Su solo aroma era delicioso.
Su piel ardía, sus sentidos estaban nublados y se sentía invadido por la peor de las ansiedades. ¡Maldita sea! ¡Deseaba probar la pócima de Frederick con todo su ser! Sin pensarlo más, tomó el frasco de la mesa, se echó las canicas en la bolsa de las chaqueta y salió corriendo de la mansión de Albus. Ni siquiera buscó su carruaje. Era mejor así, él era aún más veloz que cualquier corcel.
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Anduvo hasta la habitación del ojiazul. Sus pasos fueron silenciosos, dirigiéndose a su lado e inclinándose para verle de cerca. El demonio menor yacía con aquella expresión vacía, con aquel agujero asqueroso en el cuerpo. Sebastián deslizó un dedo desde el puente de su nariz hasta sus labios. Seguía estando perfecta pero, Frederick no dejaba de tener razón en algo, Ciel moriría. Su cuerpo estaba completamente suspendido y no existía forma de alimentarle. Además, deseaba tanto el poderle ver moverse. Un beso suyo, una caricia, cualquier cosa.
El moreno lo desnudó. Después tomó en sus brazos aquel cuerpo del que había escapado la vida, que se amoldó a él porque estaba completamente vencido. Sus cabellos cayendo sobre sus párpados, cada ligero movimiento de su ser había desaparecido.
Y él estaba loco. Había perdido la razón completamente y, ahora, hasta creía en un ángel. ¡Vaya rey! Sin embargo, habría dado su vida por ese momento.
Se arrodilló junto a la tina y depositó el cuerpo del demonio menor en el agua, el cual quedó cubierto completamente. Respiró profundo, sacando el frasco y dejando caer el contenido en el agua.
Se afianzó del borde de la tina, los nudillos tornándose blancos y el corazón indeciso entre latir a toda velocidad o congelarse. Recordó ese primer vino que degustaron juntos el día de su cumpleaños, sus indecisiones, sus besos repentinos, sus caricias, sus encuentros fogosos… Su muerte… El primer encuentro como demonio, cuando le perdió y luego finalmente volvió a verle…
El tiempo que estuvo encerrado en el Abismo y, cuando regresó a la mansión de Albus y él llegó hasta ahí…
Ciel… Siempre Ciel…
-Ciel… -Musitó muy bajo, mientras las lágrimas aparecieron en sus ojos inevitablemente. Se estaba rompiendo algo dentro de él y, le era imposible detenerlo. ¡Era un estúpido por creerle a Landers!
Un estremecimiento hizo vibrar la habitación y una lágrima roja brotó de uno de los ojos del menor.
-Sebastián…
El moreno levantó la vista y su mirada se encontró con aquellos zafiros perfectos que no podía evitar adorar. Solo él. El único que conocía hasta sus más secretos pensamientos. Saltó dentro de la tina, horrorizado de sacarlo de ella y que el efecto desapareciera. Cogió su rostro con ambas manos.
-Nunca fallas en sorprenderme. – Susurró el ojiazul, sonriendo, rodeando su cuello con ambos brazos y besándolo profundamente.
Una hora que parecería un instante pero, eso a Sebastián no le importaba. Simplemente, cerró los ojos y se entregó al ósculo que tanto había deseado. – Bocchan… - Susurró.
-Perdóname. – Dijo el menor. – Daría lo que fuera porque me perdonaras.
-Ya lo he olvidado. Después de todo, me has salvado. – El demonio besó el cuello de Ciel. – El peor castigo que existe es estar sin ti. – Aspiró el aroma delicioso de su piel. – Te extraño.
-Yo también te extraño. Te escucho cada día cuando entras, siento tu perfume, tus caricias. – Besó nuevamente al moreno. - ¿Volveré a estar así?
-Mucho tiempo... – Musitó con pesar. – Ésta podría ser la última vez que te vea así en mucho tiempo. – No quería aceptar que podía ser la última vez en el resto de la eternidad si moría de hambre en el proceso. - Por eso quiero que te alimentes. – Llevó una canica púrpura a los labios del ojiazul. – Voy a suicidarme, si es necesario para estar contigo.
Ciel la tragó y lo haló hacia sí. – Basta de despedidas. Tu amo no va a morir. Su Majestad tampoco morirá. – Respondió, mientras Sebastián deslizaba otra canica en sus labios. El menor la tragó y luego, acarició el cuello del moreno. – Quiero sentir tu piel, Sebastián. Toda la dulzura y el dolor que encierras en tu ser.
El demonio mayor se deshizo de sus ropas, echándolas fuera de la tina y recostándose sobre el ojiazul con suavidad, temiendo lastimar su herida. Ciel sonrió y se acostó por completo en la tina. Sebastián se sorprendió, mirando como el agua le cubría por completo. – No podrás respirar. – Murmuró, hundiéndose en el agua para besarle.
-No necesito hacerlo. – Respondió Ciel. – Además, si muero, quiero que sea así. Sintiéndote, besándote, siendo tuyo.
-Te amo. – Musitó, llevando una mano al rostro de Ciel mientras la otra le recorría el costado, sintiendo sus caderas despiertas. Otra canica y la herida en el abdomen del menor estaba sanando. Aquel cuerpo perfecto que se replegaba a sus caricias y que enredaba las piernas alrededor de sus caderas.
-Yo también te amo. – Dijo, buscando el cuello de Sebastián con sus labios para morderlo. – Eres perfecto.
-¿Solo por eso me amas? – Rió ligeramente, cargando al ojiazul y colocándolo en su regazo mientras él se sentaba en la tina, acariciando la entrepierna del menor.
Ciel le besó apasionadamente, frotándose contra el abdomen del moreno. – Por todo lo demás también. – Su piel recién despierta rogaba por las caricias que había esperado mientras estaba suspendido. No más dolor, solo el amor del soberano.
Sebastián no resistía tales movimientos. Su miembro se endurecía, deseando ese contacto que por tantas noches le fue negado. Bajó la vista al lugar donde estuviera la herida de Ciel y, notó con satisfacción que solo quedaba una cicatriz de ésta, gracias a las almas que el menor había consumido.
Le atrajo hacia su cuerpo. – Finalmente voy a hacerte el amor. – Susurró, acariciando la entrada del menor con una mano mientras succionaba su lengua lenta y deliciosamente. El demonio menor gimió, moviendo sus caderas, invitando al moreno a introducir sus dedos en él
Sebastián le obedeció, pero solo por unos segundos, quería incitar aún más ese cuerpo delicado. Ciel jadeó, acariciando los cabellos del moreno, obligándolo a mirarlo para besarle una vez más. – He experimentado cada uno de tus sentimientos pero, creo que nunca he sentido tu amor como ahora. – Susurró.
-Perdóname, Ciel. – Murmuró Sebastián, correspondiendo el ósculo, embisitiendo el interior del menor con suavidad pero, tocando ese punto que le excitaba en demasía. El demonio menor lanzaba pequeños gemidos, mantieniendo el vaivén con sus caderas. – Nunca he sido el mejor en el momento de exponer un sentimiento.
-Silencio. – Dijo el ojiazul, alejándolo. – Déjame. – El moreno le observó sorprendido y, de inmediato, detuvo sus movimientos. – No lo haces porque nunca me dejas ser yo quien te proporcione el calor que necesitas. – Los ojos de Ciel se tornaron color rojo brillante, mientras se arrodillaba en la tina para apoyarse en sus manos y, dirigir su rostro a la entrepierna del moreno. – Dime, ¿qué sientes? – Deslizó su lengua por el miembro de su amante para después, apresar su masculinidad entre sus labios, succionándola.
-Siento que me gustaría pasar el resto de mi existencia aquí contigo. – Sebastián jadeó, sujetándose del borde de la tina. La sensación era muy distinta de la felación que le hiciera Shibani. Los labios de Ciel se conectaban de la misma forma en que lo hacía el resto de su cuerpo al suyo. La pasión, el pecado, el deseo, todo formaba un conjunto cuando ambos estaban entregándose mutuamente. –Pero mucho me temo que no te dejaré continuar. – Dijo, sonriendo maliciosamente.
-¿Ah no? – El demonio menor se dejó atrapar por las manos del moreno, deseando un poco más de ese sabor que llenaba su boca ahora.
-No, porque ahora mismo voy a amarte. – Se dejó caer delicadamente sobre el cuerpo del menor, quien se sujetó a él con ambas piernas, sintiendo cómo le penetraba lentamente.
Ciel inclinó la cabeza hacia atrás, sintiendo gustoso la intromisión del moreno, moviendo sus caderas lentamente, disfrutándolo. Gimió con fuerza, sintiendo las manos de Sebastián recorriendo sus costados, sus labios besando sus pezones y su lengua jugueteando en su cuello.
-Eres exquisito, demonio. – Jadeó, moviendo sus caderas con más velocidad, mientras Sebastián las sujetaba, imponiéndole un ritmo.
-Solo soy lo que mi amo quiere de mí. – Respondió, gimiendo ante aquel miembro que rozaba con su vientre y la sensación de ser apresado en el interior de Ciel. Le rodeó la cintura, haciendo las estocadas más profundas y certeras, convirtiéndose en uno con él, quien cerró los ojos y se aferró al cuerpo del moreno, disfrutando de aquel momento con todo su ser.
Culminaron, experimentando un placer intangible para cualquier humano. Era una posesión completa del uno en el otro.
Sebastián se recostó en la tina, abrazando al demonio menor contra su cuerpo con un brazo mientras con el otro, buscó las otras canicas púrpuras que traía en su chaqueta. – Cómelas. Cómelas todas. – Le dijo.
-¿Qué hay de ti? – Preguntó Ciel, mientras metía en su boca una a una. Sus ojos habían vuelto a ser azules.
-Luego. – Musitó el moreno, aferrándose al cuerpo de su amante, hundiendo el rostro en sus cabellos húmedos. ¡Ojalá nunca se tuviera que separar de él! - ¿Cómo te sientes?
-Estoy cansado. – Murmuró. – Tengo mucho sueño. – Sus manos, que se sujetaba a los hombros del moreno, liberaron el agarre lentamente.
La tristeza embargó nuevamente a Sebastián, quien suavemente le susurró: - Ve a dormir, sí así lo deseas. Yo voy a cuidar de ti.
Fue entonces cuando nuevamente el ojiazul dejó de moverse y, Sebastián, mirando al techo, incapaz de bajar la vista para contemplar el pequeño cuerpo inerte, se dio cuenta que estaba dispuesto a cualquier cosa por Ciel. Vendería las tierras del Puente o el Inframundo mismo con tal de volverle a tener con él.
