Capítulo 16: Turquesa

Se removió. Su cuerpo se encontraba sobre una supericie dura y fría. Intentó moverse pero sus manos estaban sujetas. – Arg… - Gruñó por lo bajo y abrió los ojos. Estaba completamente oscuro. No alcanzaba siquiera a mirar las palmas de sus manos. Palpó a su alrededor, intentando ubicar dónde se encontraba pero, no tuvo otra respuesta que un suelo frío y húmedo. Alejó la mano de inmediato, y cuando la llevó a su rostro para olerla, el hedor era asqueroso. - ¿Dónde estoy? – Murmuró para sí mismo. Limpiando su mano en su ropa inconscientemente. - ¿El Abismo?

Un rayo de luz chocó contra su rostro repentinamente, alumbrando la estancia en la que se encontraba. Ahora podía ver, el agua que tocó pertenecía a un riachuelo de agua chocolatosa que cruzaba todo el suelo de cemento. Se trataba de una mezcla de orines y excremento. Miró sus manos, estaban engrilletadas y las cadenas gruesas que, atravesaban los orificios de éstos, estaban sujetas a la pared. Su cuerpo cubierto por una bata blanca que le cubría apenas las rodillas.

Comenzó a tirar de las cadenas, intentando ponerse de pie. - ¡Suéltenme! – Gritaba. - ¡Por favor! ¡Sebastián! – El nombre del demonio mayor llegó a su mente en ese momento como la única invocación que podía salvarle. - ¡Sebastián! – No quería llenarse de la porquería que había en ese lugar, no quería formar parte de ella tampoco.

Dos hombres vestidos con trajes blancos entraron en el lugar. El menor recordó esas noches que había estado secuestrado e instintivamente dobló sus piernas, abrazándolas con ambos brazos. Hablaban uno con el otro, mientras revisaban a los que se encontraban tirados. Ciel imaginó que se trataba de algún tipo de médicos. Aquél no era el Inframundo. Él conocía bien las características de éste y, sabía que no se trataba de ningún lugar de castigo sobrehumano. Ese lugar era mucho peor.

Las personas gritaban. Ahora lo notaba, era un quejido incesante el que le había despertado al fin de cuentas. Algunos solo se dejaban hacer en el suelo mientras, otros, estaban sentados balanceándose hacia adelante y hacia atrás en un ritmo desagradable.

Adelante y atrás. Adelante y atrás. ¿Estaban locos acaso?

Los doctores dejaron caer uno de los cuerpos que revisaban y, luego, comenzaron a avanzar hasta donde él se encontraba. – Veo que has despertado, Marco. – Dijo uno de ellos.

Ciel miró a su alrededor, intentando encontrar a la persona que se referían. – Ayúdenme. – Susurró. Mil imágenes de aquel mes en que estuvo "muerto" en su infancia llegaron a su mente.

-Es eso exactamente lo que hacemos, Marco. – Uno de ellos se acercó, hasta el punto en que la escasa luz iluminó su rostro.

-Ash… Ash Landers. – Murmuró Ciel en un hilillo de voz. Sentía como sus ojos se habían abierto por completo. ¡No! ¡Él no!

-Casi. – Respondió el albino, componiendo un mechón de su cabello con una mano enguatada. – Soy el doctor Frederick Landers, y mi ayudante el doctor Claude Faustus. – Dijo, señalando al moreno, quien se encontraba ahora a la misma distancia que Frederick, permitiendo a Ciel apreciar su rostro por completo, vistiendo esas ropas blancas también.

-¿Qué es lo que harán conmigo? – Preguntó el menor, retrocediendo su cuerpo por inercia y, sintiendo como su trasero estaba empapado por esa agua asquerosa.

-Estámos cuidándote, Marco. – Claude se puso en cuclillas y acarició el cabello de Ciel, quien se retorció, intentando liberarse del roce.

-¡Ése no es mi nombre! ¡Soy Ciel Phantomhive! – Exclamó. – Soy un demonio. ¡Quiero ver a su Majestad!

-Qué caso tan terrible, ¿no te lo parece Claude? – Prosiguió el albino al ver que otro más de los doctores del lugar se acercaba.

-Lo es. – Respondió el demonio con pesar. – Vamos a llevarle arriba. De esa forma el doctor Nicholas podrá verle.

-Estoy de acuerdo. – Respondió Frederick, sacando una llave de su bolsillo y liberando al menor de los grilletes. – Andando, Marco.

-¡Qué ese no es mi nombre! – Vociferó Ciel, luchando con todas sus fuerzas por liberarse. Debía desatar su forma verdadera para hacerlo más fácilmente.

-Pobre niño. – Dijo Claude, sujetándole las manos hacia atrás mientras Frederick le tomaba por los tobillos. – Se comporta como un animal salvaje.

Lo sacaron de la habitación y la luz de fuera casi le deja ciego por el contraste. Ciel gritaba y se retorcía pero, nadie parecía prestar atención a sus lamentos. El lugar parecía una sucursal del Abismo. Personas en celdas sucias y mohosas, vistiendo batas blancas similares a la que él llevaba.

-¡Sebastián! – Gemía, porque aquello ya no era un grito ni una orden. El menor solo deseaba que el demonio apareciera y le ayudara. Era una súplica en realidad.

Los dos hombres le llevaron hasta una habitación completamente cerrada, donde le arrancaron la bata que llevaba puesta, la reemplazaron por una limpia y le sujetaron con cinturones a la camilla en que le colocaron. ¿Cómo era que había perdido sus poderes demoníacos? ¿Por qué no podía tomar su forma verdadera y huir? Además, ¿cómo le habían logrado despertar ellos, si Sebastián no había conseguido hacerlo más que por un corto período de tiempo? Muchas más preguntas se formaron en su cabeza.

Entonces, entró en la habitación un hombre. Ciel vio su bata blanca. Era el traje de un médico, tal como el de Frederick, tal como el de Claude. Llevaba una tabla de madera frente a su rostro y, parecía anotar algo en las hojas blancas que sostenía sobre ella.

-Le hemos traído a Marco, doctor Nicholas. – Dijo Frederick. El menor sintió deseos de hacerle tragar cada palabra. Sentía tanta rabia contra ese sujeto.

-¿Marco? – Preguntó Nicholas, bajando la tabla que llevaba y dejándole ver finalmente su rostro.

-¿Sebastián? – Ciel sintió como su cuerpo completo temblaba. ¡El hombre que anotaba en la tabla era él! Pero, ¿por qué? Sus ojos pedían una respuesta a gritos sordos. ¿Sebastián estaba con ellos para hacerle daño?

-Lo ve. – Intrigó Claude, sacudiendo la cabeza con un gesto negativo. – Este niño está tan grave que hasta a usted le confunde con otra persona. Le hemos encontrado gritando en plena noche, diciendo que él es un tal Ciel Phantomhive y que un demonio es su mayordomo. Luego, gritaba que él era un demonio también.

-Bipolaridad. Tal vez esquizofrenia. – El aludido miró a Ciel de pies a cabeza y se giró hacia los otros dos. – Márchense. Quiero hablar a solas con él.

El menor se retorció. No podía mover ni sus brazos ni sus piernas debido a las ataduras. - ¿Por qué haces esto? – Preguntó, al ver que Claude y Frederick ya se habían marchado. Las lágrimas amenazaban con salírsele. - ¿Qué es este lugar?

El doctor haló una silla y se sentó al lado de la camilla, a forma de verle al rostro. Sus ojos, aunque tranquilos, denotaban que esa paciencia no era extensa en él. Tal como en el verdadero Sebastián. – Éste es el Bedlam Royal Hospital de Londres. Una casa para personas con problemas mentales, mejor dicho. – Comenzó a hablar el hombre, cuya apariencia era exactamente igual a la del demonio pero, ¿era en verdad él? – Estás aquí porque sufres de una terrible esquizofrenia, por lo que veo. – Retiró con sus dedos un mechón de cabello que caía sobre el rostro del menor. – Te daremos los tratamientos que requieres para mejorar y, estarás libre en algunos años.

-¡Eso es mentira! – Protestó. – Yo estoy sano. Soy el Conde Ciel Phantomhive. Yo… Yo trabajaba para la reina. – Sabía que lo siguiente que diría le hundiría más, si aquel hombre en verdad le quería hacer pasar por un loco. – Des- Después me convertí en un demonio y, me llevaste al inframundo, ¿lo has olvidado?

Nicholas miró hacia abajo, como pensando en la forma en qué debía continuar. – Tu no eres Ciel. Tu nombre es Marco. Marco Smith. Y no eres un demonio, yo tampoco soy uno.

-¡Soy Ciel! – Gritó. - ¡Y tú eres Sebastián, mi mayordomo!

-¡Basta! – Vociferó el hombre, plantándole una bofetada que resonó en la habitación. – Soy tu médico y vas a respetarme.

-¡Maldito demonio! ¡Traidor! – Exclamó Ciel, retorciéndose. El doctor le agarró por los cabellos y, con la otra mano liberó los cinturones que lo apresaban.

-Parece que no sabes mantenerte en silencio y, a mí no me gustan los niños ruidosos. –Rió. – Suficiente tengo con que estén locos.

-¡Yo no estoy loco! – Decía el menor. No obstante, Nicholas no detenía sus acciones. Ciel podía sentir como sus manos le tocaban. ¡Era él! ¡El doctor era Sebastián! Pero, ¿por qué le hacía esto?

-¡Lo estás! – El doctor lo sujetó contra la pared con una mano, mientras estiraba la otra para coger una paleta de metal que utilizaba para castigar a sus pacientes. – Por las noches gritas que eres un demonio. En otras ocasiones, llamas a un mayordomo que no existe y, buscas por un demonio que solo vive en tu imaginación. ¿Y ahora crees que yo soy ese mayordomo y demonio? Tú, niño, estás completamente loco.

-¡No! – Gritó Ciel, rompiendo en llanto, apoyando su frente en la pared contra la que se hallaba sujeto. La textura fría contra su piel, mentalmente preparándose para el castigo. Nicholas levantó la parte trasera de su bata, dejando su piel expuesta. - ¡Yo soy Ciel! – El impacto del golpe de la paleta de metal contra su trasero desnudo. - ¡Ah!

-¡Aprenderás a callar! – Vociferó el hombre, asestándole un segundo y un tercer golpe. – ¡Silencio!

El menor llevó las manos a la pared, rasguñándola al sentir nuevos golpes que le dejaban casi sin respiración. - ¡Ah!

-Di que tu nombre es Marco Smith.

Las lágrimas brotaban de sus ojos, aceptando el castigo. - ¡Nunca! ¡Soy Ciel! – Decía entre sollozos.

Nicholas le golpeó nuevamente. - ¿Sabes por qué es tan eficiente este castigo? Porque es capaz de doblegar la voluntad de cualquiera. – Asestó un último golpe, esta vez a su espalda baja, provocando que los riñones de Ciel se dieran por vencidos y se orinara en el acto. Lo tomó por el cabello una vez más y lo llevó a rastras hasta el otro lado de la habitación. – Si eres en verdad ese Ciel del que hablas. Dime de qué color son tus ojos.

El menor se sentía terriblemente humillado y asqueroso. – Azules. – Masculló.

El doctor le sujetó entonces frente a un espejo. Ciel se miró horrorizado porque… la persona que estaba ahí reflejada tenía el cabello castaño, los ojos verdes y un lunar en la comisura del labio.

No era él. Era Marco Smith.

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Y los gritos de Ciel no cesaron pero, nadie podía escucharlos. Solamente ellos, que se regocijaban en su sufrimiento. En el manicomio al que le habían llevado espiritualmente.

-Ya ves. – Decía Frederick, contemplando la sucesión de imágenes frente a su rostro. – Éste es el verdadero poder que las tierras alrededor del Puente tienen. Por supuesto, más allá de permitirnos a los ángeles un contacto directo con los demonios, nos permite castigar las almas de aquéllos que estaban destinados al Cielo y, fueron influenciados por ustedes hasta caer en el pecado mortal. – Sonreía. Su acompañante no podía creer que un ser de esa calaña pudiera ser tan feliz al extremo de reír y parecer casi un demente.

-El Purgatorio. – Musitó Claude. Su traje negro contrastando con el blanco que llevaba Landers. - ¿Es ése el Purgatorio personal de Ciel? – Preguntó, curioso ante el récord cinemático que tenía frente a sus ojos.

-Lo es. Cuando Sebastián le despertó durante esa hora. Yo pude tomar el alma de Ciel, justo antes que se desvaneciera nuevamente en el sueño… eterno. – La última palabra parecía casi una promesa esperanzadora para Frederick. – Y tú deberías agradecerme. Eras un demonio vagando por un lugar que ahora me pertenece. Solamente te dejo con vida porque vas a servirme. – Gruñó.

-¿Qué planeas hacerle? – La curiosidad del demonio estaba comenzando a molestar al ángel. Y Claude preguntaba porque eso era mejor que quedarse callado y aceptar que había tocado el límite al suplicar por la compasión de un ser como Landers.

-Voy a purificarle. – Respondió secamente. – Le convertiré en uno más para mis filas.

Claude tragó en seco, mirando a Frederick avanzar hasta el inicio del puente y comenzar a caminar por él. ¿Qué tan peligroso era ese ser? – Pero… Me dejarás gobernar el Inframundo, ¿verdad? – El eco de esas palabras en los oídos de Frederick le hicieron sonreír nuevamente. Sebastián era difícil de persuadir pero, Claude lo era mucho más. – Seguro.

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Sebastián tomó el pequeño cuerpo entre sus brazos, envuelto en una toalla. Acababa de bañarle. Su cuerpo también goteaba el agua, mientras avanzaba desnudo en la habitación del menor, colocándole en su cama. Se había dado el gusto de meterse en la tina con el menor. – Ciel… - Musitó suavemente, mientras le secaba cuidadosamente. - ¿Me escuchas?

El ojiazul había sido enfático al decirle que mientras "dormía", él podía escucharle pero, Sebastián le sentía completamente vacío. Era como si le faltara algo. Una parte de Ciel no estaba en su lugar. Por más cicatrizadas que estuvieran las heridas, por más sano que comenzara a verse. Ciel no era más Ciel.

Y el pensamiento mismo le provocó un dolor sordo en el pecho.

Ciel estaba muerto.

Miró al cuerpo al lado suyo. Si Ciel estaba muerto, Sebastián había enloquecido porque seguía cuidándole con la horrible esperanza de verle despertar. El enojo comenzaba a llenarle nuevamente. – Ciel. – Dijo secamente. Esta vez parecía más una orden. Una orden para que el ojiazul despertara. Después de todo, Ciel era su eterno esclavo. - ¡Ciel te ordeno despertar!

Y antes que pudiera percatarse, tenía una rodilla apoyada en la cama, el otro pie en el suelo y agitaba al menor como si se tratara de una marioneta. - ¡Ciel! ¡Ciel! ¡Ciel!

-¡Basta, Sebastián! – Le gritó una voz en ese instante. El moreno levantó la vista, encontrándose con un Alois que le miraba preocupado. - ¡Solo le harás daño!

-¡Es mío! – Gruñó el demonio, sus ojos relampagueando violáceos.

El rubio le miró nuevamente. Ahora había recelo en sus ojos. – Tranquilo, Sebastián. Nadie va a quitarte a Ciel. – Y en ese momento, a Sebastián le pareció que Alois le hablaba como a algún tipo extraño de psicótico. – Si estoy aquí, es porque no me he atrevido a confiarle a nadie más la tarea de avisarte que Frederick Landers ha regresado.

El moreno miró a Ciel y luego, fijó la vista en el suelo.

-¿Qué has decidido? – Inquirió Alois, tomando la forma de Albus. Sus ojos entrecerrados, esperando la peor de las respuestas.

El demonio mayor dedicó un último vistazo al menor que yacía en la cama, desnudo, entre la toalla y las sábanas. – No le voy a vender las tierras a Frederick. – Su propia desnudez le importó poco y, por primera vez, el ministro contempló a un Sebastián que se había dado por vencido. – No puedo hacerlo, Alois. – También era la primera vez que le llamaba por su nombre verdadero aún cuando estaba en la forma de Albus. – Lo he contemplado de todas las maneras posibles y, me doy cuenta que esto ha terminado.

-¿No lucharás más por Ciel?

Sebastián tomó sus ropas de los pies de la cama del menor y se vistió deprisa. – No puedo luchar más por él. Tú has estado en lo correcto todo el tiempo. El Inframundo fue confiado a mis manos y, no voy a verle destruirse por un mero capricho. – ¿Cuándo se había convertido el menor en un capricho? El demonio mayor conocía esa respuesta muy bien: Desde siempre.

Desde el día en que le encontró, indefenso en esa celda, Ciel se había convertido en la única razón de su existencia y, eso no le hacía sentir orgulloso en lo más mínimo.

Albus le miró con disgusto. – Reprobaba el hecho que quisieras venderle esas tierras a Frederick. Sin embargo, Sebastián, me sentía orgulloso de servir a alguien cuyos principios pudieran ser pisoteados por sí mismo con tal de mantener con vida al ser que ama. No obstante, has resultado ser una mofa de esas palabras. Al igual que Claude.

-¿Siquiera sabes lo que pasaría si Frederick tuviese el Puente bajo su dominio? – Le miró con ira contenida y, Alois dudaba que toda esa ira estuviera dirigida hacia él. Sabía que el moreno tenía mucha contra sí mismo también.

-No.

-Tendría la capacidad de llevarse a todos esos niños que mueren a edad temprana y son enviados aquí. ¡Eso sin contar las muchas otras cosas que probablemente desconozco de ese lugar al que me es casi prohibido acceder! ¿Imaginas cuánto disminuirían nuestros ejércitos? ¡No seríamos capaces siquiera de enfrentar a los ángeles en una batalla!

-¿Y cómo va a pelear el Inframundo si su rey ha muerto ya? – Preguntó el ministro, caminando hasta ser capaz de enfrentar el rostro del moreno.

-He sobrevivido miles de años. – Musitó. – Voy a continuar sin él. – Su rostro se ensombreció por completo ante esas palabras. – Seguiré, simplemente deseando que él sea capaz de sobrevivir también.

-Y aún así, ¿le agitas y gritas su nombre? – Dijo Albus. - ¿Qué esperas, Sebastián? ¿Algún tipo de milagro? Si por lo menos creyeras en ellos.

El demonio mayor bufó por lo bajo, abandonando la habitación, con el ministro detrás suyo.

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-Sabía que vendrías pronto. – Fue el saludo de Frederick Landers, quien se encontraba en el mismo sillón de la vez anterior. Nuevamente, bebiendo esa agua extraña que simulaba ser un poco de té. – No puedo negar que estoy ansioso por nuestro negocio.

-Es una pena, entonces, informarte que no haré ningún negocio contigo. – Respondió Sebastián, con una sonrisa perversa en su rostro, mientras tomaba asiento frente al ángel. Cruzó una pierna sobre otra. – Has desperdiciado el viaje.

-Lo sabía. – El albino pasó una mano por su cabello, sonriendo y terminando con su té. – Es por eso que quería mostrarte una última cosa. Algo que te convencerá… de corazón. – Sacó un libro del interior de su chaqueta.

-¿El Libro de Vida de Ciel? – Preguntó el moreno, arrebatándolo de las manos de Frederick. El libro que comenzaba a verse viejo y cuyas hojas estaban volviéndose amarillentas. Su pasta azul que una vez había sido tan dura, ahora tenía marcas y dobleces notorios. Ciel estaba desapareciendo.

-Lee las últimas páginas que han sido escritas. Estoy seguro que serán de tu entera importancia. – El ángel sonrió.

Sebastián le lanzó una mirada fulminante antes de entregarse a la lectura. Abrió el libro y, éste de inmediato se movió a la página que se estaba escribiendo en el curso de las acciones.

"-Sebastián, ¿dónde estás? – Repetía el ojiazul incesantemente en un murmuro. - ¡No soy Marco Smith! – Gritó. - ¡Soy Ciel Phantomhive! – Sus brazos fueron sujetados por dos hombres, quienes le amarraron contra una camilla.

-Continua con lo mismo. – Dijo uno de los hombres al otro. Sus trajes blancos les delataban. Eran médicos. Personas que intentaban ayudar a Ciel. No obstante, ya no se trataba ni de Frederick, ni de Claude.

-Pobre niño. En verdad cree que es ese Ciel Phantomhive. Y sigue repitiendo que su demonio vendrá a ayudarlo. – Ambos echaron a reír, colocando en la cabeza del menor un casco de metal, el cual aseguraron de la parte baja contra su mandíbula.

-¡No! – Exclamó Ciel, sabiendo lo que vendría a continuación pero, el golpe que comenzó en su cabeza y revibró en el resto de su cuerpo le hizo emitir un grito. La descarga eléctrica había hecho su trabajo, provocando que su cuerpo se sacudiera en una agonía infernal."

El demonio mayor cerró el libro. Ya ni siquiera consideraba el detenerse a pensarlo. Sus aura demoníaca afloró en ese instante. La habitación fue cubierta por la oscuridad y, su ropa comenzó a tornarse en la coraza que envolvía su forma verdadera. - ¿Dónde está Ciel? ¿Qué has hecho con él? – Sus botas puntiagudas, el tacón de aguja casi ensartándose en el suelo ante la rudeza de sus pasos.

Frederick Landers se echó a reír. Sus dientes blancos y perfectos eran la única fuente de luz en el cuarto. – Ciel está en el Purgatorio. Voy a llevarlo conmigo al Cielo. Y tú, Sebastián, ¿vas a matarme? Porque si lo haces, ¿cómo le librarás de ahí? – Rió nuevamente, seguro de sí mismo. – Dame lo que quiero y te devolveré su preciosa alma.

Las uñas del demonio se alargaron hasta parecer garras. No se resistió más. Se lanzó sobre el ángel, lanzando un sonido gutural que hubiese hecho volar hasta el último cuervo alrededor de la mansión de Alois. - ¡Quiero a Ciel! ¡Lo quiero ahora!

Sus manos apresaron el cuello del ángel, quien cayó de espaldas con todo y el sillón. Sebastián estaba sentado sobre su vientre. - ¡No te daré nada! – Gritó Frederick Landers, sus ojos tornándose brillantes mientras reía ahogadamente. - ¡Me llevaré a Ciel conmigo! Y no sé que sería mejor… Si verte suplicar a tus demonios para que no te maten o, ver al niño de ojos azules sufrir hasta ahogar la última caricia que le has dado. – Sebastián liberó el agarre ligeramente ante eso. ¿Acaso Ciel purgaría aún más de lo que debía por su causa? El ángel notó eso y lo usó contra el moreno. – Sí. Ciel estará mucho más tiempo del que debía por cada vez que cayó en tu seducción. Cada beso, cada caricia será pagada con creces.

El demonio aumentó la presión en su garganta nuevamente, dejando marcas. Frederick por su parte deslizó sus manos y apretó las caderas de Sebastián, ahogándose pero, sin deseos de defenderse. Sabía que Sebastián no le haría más daño del que debía. – ¡Libera a Ciel o morirás de la manera más asquerosa que mi mente ha sido capaz de concebir! – Le amenazó.

-¡Estampa entonces tu maldito sello en los documentos que he traido! – Exclamó el ángel, apretando el trasero de Sebastián. – Mira que comienzo a desesperarme y podría pedirte algo mejor que las tierras del Puente a cambio del niño. Además, me agrada demasiado la idea de usar tu cuerpo para muchos fines. – Su sonrisa ladeada apareció y, el demonio supo que no tenía otra opción. No podía entregar a Ciel ni a sí mismo. Eso sería entregar el Inframundo al ángel.

Así que, cuando Landers se apartó de él y se paró, dejando caer a sus pies los documentos que Sebastián tenía que sellar. – Quieto. Me gusta verte de rodillas. – El moreno, obedientemente, mordió su muñeca, dejando caer una gota de sangre en los documentos para luego presionar su sello.

El puño le tembló ligeramente. Sebastián sabía que firmaba su sentencia de muerte con esos documentos.

-Las almas y la poción que acordamos. – Masculló el ángel, inclinándose con una mueca de disgusto a recoger los papeles. – El alma de Ciel regresara a él en cuanto vuelvas a despertarle. - Dijo, extendiéndole el Libro de Vida del menor. – Si no me crees, puedes comprobarlo tú mismo. Su alma está suspendida nuevamente. – Sonrió. – Lástima que solo los seres superiores podamos hacer eso, ¿no? Un demonio nunca. No, un demonio nunca. – Ordenó los papeles, los dobló y los colocó en el interior de su chaqueta.

Sebastián se puso de pie, tomó el libro y notó los dos sacos que no se encontraban, sobre la mesa del centro, cuando entró en la habitación. – Largo. – Espetó, señalando la puerta. Se sentía humillado y eso era algo que su ego de rey no permitía. Su dignidad había sido pisoteada.

Frederick Landers rió una vez más. – No pasará demasiado tiempo sin que volvamos a vernos, Sebastián Michaelis. Y esta vez vendré a reclamar lo que por derecho me pertenece ahora.

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Una vez más tomó aquel frasco que parecía estar maldito y bendito a la vez. No sabía cuál era peor para él. Dejó caer unas gotas en el agua de la bañera. Justo encima de aquel cuerpo que yacía al fondo. Suavemente recostado. Dormido profundamente con aquella expresión dulce que podría pertenecer a cualquiera, menos a un demonio.

Sebastián le observó fijamente. Sus dedos comenzaron a moverse. El color regresó vagamente a sus mejillas y, el menor se sentó en medio del agua, con aquel aire de realeza que emanaba de nacimiento.

-Ciel… - Musitó el moreno, sonriendo ante aquellos ojos azules, brillantes aún cuando el contrato con su persona coloreaba de un violeta ligero uno de ellos. Había esperado mucho tiempo antes de volver a verle así. O por lo menos, así lo sentía Sebastián.

-Sebastián. – Respondió el menor. Le miraba con ese desprecio que él conocía tan bien. Durante dos años Ciel le había visto así cuando era humano. - ¿Has terminado con tu juego? – Preguntó. Las palabras lanzaban fuego.

-No he sido yo. – Sebastián espetó con la misma severidad. Su rostro se retractó de esa sonrisa prematura. – Ha sido Frederick Landers. El ángel del que te hablé.

-¿Me equivoco, entonces? ¡Porque en ese maldito lugar al que fui llevado estabas tú! También estaban Claude y ese ángel. – Protestó el menor, saliendo de la tina antes que el mayor pudiera detenerle y tomando la toalla que Sebastián dejara colgada a su lado. Para sorpresa del moreno, no cayó dormido nuevamente al abandonar el agua. – ¿Ves cómo callas? – Gritó Ciel. - ¡No preguntas nada porque sabes perfectamente lo que pasó!

- Lo he visto en tu Libro de Vida. – Argumentó el moreno, inseguro. Las palabras tambaleándose en sus labios porque la emoción de ver a Ciel despierto era grande, pero las acusaciones también lo eran, y no sabía a qué darle mayor atención.

-¡Eres un maldito enfermo! – Exclamó, alejándose cuando Sebastián intentó acercarse a él. – Sabía que tomarías venganza porque te había engañado. Ni siquiera puedo reprochártelo. – Se encaminó a la habitación y se trepó en la cama. Abrazó sus rodillas. Su cuerpo desnudo y apenas cubierto por la toalla, preguntándose mentalmente cómo había vuelto a la vida pero, preocupado de conocer la respuesta. En sus piernas aún tenía la sensación del calor de su propia orina corriendo. Una sensación asquerosa de algo que, como demonio que era, ya no estaba necesitado de sentir. Ciel ya no tenía necesidades fisiológicas que atender, tampoco alimenticias más allá de las almas. Otra cosa era que tanto él como Sebastián disfrutaran comiéndolas en platillos humanos.

El demonio mayor no dijo cosa alguna. El nudo que había colocado alrededor de su cuello no sería un buen tema de conversación para arrancar unas palabras del menor. – Juro que no le he tocado ni un solo cabello, bocchan. – Aquél tratamiento siempre hacía que Ciel se tranquilizara, que bajara la guardia y sintiera que era él quien tenía todo el control. – Usted fue llevado al Purgatorio. A uno que Landers construyó para usted.

-¿Y tú me has liberado?

-Sí.

El ojiazul giró la cabeza levemente, enfocando su mirada en el moreno. - ¿Quiere decir eso que de alguna forma yo podía entrar en el Cielo? – Preguntó, con toda la intención de lastimar a Sebastián. El demonio le miró, incrédulo. ¿No le preguntaba cómo había conseguido librarle, pero en cambio le importaba si podía ir al Cielo? – Hubiese sido mejor. – Soltó una de sus manos y la apoyó en la cama detrás de su espalda. – No habría vuelto a molestarte.

-¿Cómo dices algo así? - Sebastián le haló por el brazo, haciéndolo caer acostado en la cama. Sus ojos se tornaron violáceos por la ira. Ciel no conocía su propio sacrificio, ni parecía importarle el dolor que él experimentaba. Claro, la ausencia de su alma había provocado un mayor desgaste en la fuerza humana de ésta sobre su demoníaca maldad. – Sabes perfectamente que no puedo estar sin ti.

-¿Entrarías al Cielo para traerme contigo? – Preguntó, retando la mirada escarlata del moreno con la suya, acostado en la cama y tratando de cubrirse con la toalla que comenzaba a desenredarse de su cuerpo. Su pequeña y respingada nariz casi chocando con la del moreno, quien le veía de cabeza por estar sentado en los pies de la cama. Algo había cambiado en él pero, ese cambio no era del todo malo. No a los ojos de Sebastián quien, tal como en su vida de mayordomo, estaba dispuesto a enfrentar esos fantasmas que rodeaban la mente del ojiazul.

-No solo te traería conmigo. Me aseguraría de corromper cada hilo de moralidad. – Susurró el demonio mayor, tomando posición sobre el cuerpo del ojiazul, atrapándole con sus piernas. – Le volvería a convertir en un demonio y, en uno mucho peor del que es ahora.

Ciel le regaló una sonrisa ladeada, hundiéndose en el cobertor de la cama. – Maldito demonio. – Musitó. Su aliento mezclándose con el del moreno. Sujetó el cabello de éste entre sus puños, halándolo suavemente para encontrar sus labios con los suyos.

Sebastián se dejó hundir en ese beso que amenazaba con arrancarle la poca razón que le quedaba. – Ciel, eres mío. – Murmuró, acariciando la mejilla del ojiazul, quien giró su rostro para tomar el pulgar del moreno en su boca. – Y tú eres mío. – Dejó sus acciones y rodó en su costado, mirando al mayor ahora de frente.

Sus labios volvieron a encontrarse y esta vez, ya nada contuvo la pasión de ambos, dejándoles besarse desenfrenadamente. Nada en ese momento importaba, mientras la piel de ambos chocara una contra la otra y sus cuerpos volvieran a coordinarse en esa magnífica armonía.


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Capítulo 17: Plata

Deslizaba un dedo por su espalda, dibujando letras y símbolos en la espalda de su amante con su uña, marcando la piel que de inmediato volvía a ser blanca. – ¿Huirías conmigo? – Preguntó repentinamente, deteniendo el trazo, de lo que Ciel estaba seguro, era un corazón.

-Depende. – Respondió el demonio menor. Hacía varios días que estaban en esa habitación. Solo comiendo las almas de cánica púrpura y haciendo el amor, una y otra vez. La historia parecía monótona, pero el ojiazul no deseaba otra cosa. Tocar su piel era magnífico, al igual que estar en un lugar donde ambos pudieran dejar caer toda prenda, toda pretensión y ser únicamente el uno para el otro. - ¿Huir de qué?

-Del Inframundo. – Sebastián detuvo toda acción y se inclinó para mirar al ser que ahora le daba la espalda, con el abdomen contra la cama, dejándole seguir con su juego de figuras.

Ciel se giró, rodando en su costado. - ¿Por qué quieres huir del Inframundo? – Tragó en seco. La última vez que el moreno insinuó algo así había sido unos minutos antes de la llegada de Claude Faustus. - ¿Qué has hecho? – Su mirada se tornó sombría. La persona que Ciel fuese hace diez años hubiese tenido miedo de la dureza que mostraba ahora el menor.

-Mantenerte con vida… - Suspiró. – No ha sido una cosa fácil. Le debo mucho a alguien y, no le he pagado con algo que no vaya a perjudicarme… A perjudicarnos. – Y eso era verdad. El menor se había mantenido despierto desde hacía dos días, pero antes de eso, Sebastián había continuado con los habituales baños, con las malditas gotas, con las almas que Frederick le diera. Sebastián tenía miedo de decirle: "Le debo tu vida a Landers."

-Lo sé. – La dureza en la mirada cayó con ésta, cuando Ciel se dedicó a observar el cobertor de la cama como si fuese la cosa más interesante de todo el lugar. – No era mi intención.

-No importa. – Masculló el moreno. – De cualquier forma, lo que intento saber es qué tan dispuesto estás a dejar esto y marcharte conmigo al mundo humano. – Sus labios se habían separado ligeramente. El demonio menor sabía que él estaba respirando por la boca, un hábito humano que copiara de él, todo para tranquilizar sus nervios. - ¿Dejarías esto por mí?

-Si es importante para ti, yo voy. – Respondió el ojiazul, deslizando una mano hasta encontrar la del moreno y, entrelazar sus dedos con los de él. – Desde que te conocí no he querido otra cosa que no sea estar contigo… Aún cuando nunca lo dijese. – Tomó la mano de Sebastián y la llevó a la altura de su rostro. – Éste es mi reclamo sobre ti, Sebastián. – Hundió los dientes en la muñeca del mayor, mordiéndole con fuerza. Al principio, éste la tomó como una caricia pero, descartó la idea al ver le hilillo de sangre correr hasta su codo. – Y cada día entregaré a ti, cada segundo de mi existencia hasta la última de mis fuerzas.

Sebastián sonrió, maravillado por la tibieza en las manos de Ciel. La tibieza que había llegado a reemplazar ese frío desgarrador en la piel del menor. - ¿Significa eso que yo también tengo derecho a poner mi marca en ti? – La pregunta llegó acompañada de las acciones. Ciel asintió, y los brazos de Sebastián ya estaban alrededor de su cuerpo, enredándose en su tórax y recostándole en la cama. Llevó la boca al cuello del ojiazul y mordió sin cuidado alguno, disfrutando el sabor de la sangre del menor, quien lanzó un gemido y sintió un espasmo recorrer su delgada figura. – No me gusta esta calma. - Susurró contra su piel repentinamente.

-¿Calma? – El menor se sentó en la cama, mirando a Sebastián erguirse para luego, dirigirse al balcón. - ¿Por qué? ¿Qué es lo que puede suceder si nos quedamos? – Le siguió. Sus pasos indecisos y sus brazos temblorosos cuando le abrazó por la espalda.

-Nos matarían. – Masculló el moreno. Las manos en la corniza y la mirada fija en los demonios que pasaban unos cuantos metros debajo de donde ellos se encontraban. Sentía algo extraño. Una inquietud que no era naturalmente suya.

-¿Nos iremos? ¿Cuándo nos iremos? – Sus labios chocaron ligeramente con la espalda del moreno. - ¡No debemos marcharnos! A mí no me importa nada, pero esto es tuyo, ¡no puedes simplemente irte! Tienes que darles batalla.

-Tienes razón. - Apretó los labios. - ¡No nos iremos aún! ¡Tendrán que luchar contra nosotros antes! – Su mirada fija en el frente, apenas acariciando al demonio menor.

.-Estoy de acuerdo en ello pero, ¿cuánto tiempo crees que quede antes de su llegada? – Sentía un escalofrío en la espalda. Aquello no podía ser bueno. Durante su vida humana pudo ver los efectos de la guerra y no eran nada simples. Un pueblo en guerra siempre llevaba tanto las oportunidades de ganar como las de perder.

-No lo sé. – Y eso era verdad. Sebastián no sabía si les quedaba mucho o poco tiempo. Podrían ser semanas, meses, también podrían ser unas horas nada más. Frederick Landers iba a llegar por lo suyo.

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Estaba en el comedor y apenas era capaz de comer la cena. Lo mismo le había sucedido en el estudio unas horas atrás. Cada ruido, cada segundo, cada gota que escuchaba caer. Hasta lo más simple le provocaba un sobresalto, que si no mostraba, era solamente por no asustar al ojiazul.

Se había detenido por horas en silencio, sosteniendo una pluma fuente en la mano.

¿En qué momento? ¿Cuándo? ¿Qué hará cuando llegue?

El objeto aprisionado entre sus dedos, era ahora un tenedor. Sebastián lo llevaba rítmicamente a su boca, pero era incapaz de tragar el bocado sin sentir ese ardor en la boca del estómago.

¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?

Al otro lado de la mesa se encontraba Ciel, quien había cortado un trozo de una torta de chocolate y ahora lo saboreaba. Intentó comenzar a charlar con el moreno, pero éste estaba absorto en sus pensamientos.

Frederick Landers vendrá. Frederick Landers vendrá.

-Sebastián, ¿te encuentras bien? – Preguntó el ojiazul con el rostro manchado de chocolate en los labios, mancha que retiró rápidamente con una servilleta.

Otra vez esa sensación. Estaba demasiado nervioso. – S-sí. – Respondió. - ¿Por qué lo preguntas?

-Porque hace más un buen rato que intento hablarte, y no pareciera que me escuchas siquiera. – Su mirada se tornó sombría. Había bajado el rostro y subido únicamente ese par de balas azules que tenía por ojos. - ¿Qué es lo que va a pasar?

-Nada.

-Mentiroso.

"¡Bam!" La puerta del Palacio colapsó de un golpe. Ciel miró a Sebastián con los ojos abiertos de par en par, dejando caer el tenedor y causando un ruido en el plato. El moreno palideció momentáneamente. – Vienen por nosotros. – Afirmó el ojiazul, sin darle tiempo a Sebastián de decir palabra.

El demonio mayor cerró su mano en torno a los cuchillos que dejaba a su lado mientras comía. – Frederick Landers está aquí. – Susurró el moreno. – Ve y escóndete. – Dijo, parándose y poniéndose en guardia.

-¡No! – Gritó Ciel. - ¡No voy a dejarte esta vez! Te has metido en esto por mí y voy a enfrentarlo contigo. – Tomó todos los cuchillos que pudo y los empuñó, imitando al moreno.

Sebastián sonrió. – Nunca deja de sorprenderme, bocchan. – Musitó.

-Eso es porque tuve al mejor demonio como maestro.

Un grito interrumpió la charla. Era Shibani. Ambos conocían esa voz demasiado bien. - ¡Ah! – El sonido de la carrera que zampaban los pies de ésta. Muy atrás se habían quedado los zapatos de tacón seguramente. Todo sucedió en segundos, y aún así ellos tuvieron el tiempo de escuchar cada sonido que provenía del Salón Principal. El ruido de cristales rotos, el sonido de metales que chocaban.

-¡Su Majestad! – Gritó ella, entrando en la habitación. Llevaba la falda del vestido sujeta con ambas manos. Sus piernas de aquel blanco lechoso que se movían apresuradamente, descalza. - ¡Sebastián! – El moreno le sujetó contra su cuerpo en cuanto la tuvo enfrente. – Tranquila. – Susurró él, y ella aprisionándose contra su cuerpo.

-¡Sebastián Michaelis! ¡Ésta vez no te salva nadie! – Exclamó el dueño del horror de la diabla. – Aquí está damas y caballeros… Su Majestad, ¡el mismo que le vendió las tierras del Puente a un ángel, el que ahora recluta a nuestros demonios menores para convertirlos en sus semejantes! ¡Todo para salvar a ese demonio inútil que continua teniendo como amante! – Sonrió. – Si los matamos ahora, puedo prometerles que mi acuerdo con ese ángel será efectivo, y mañana cuando venga, ¡no tocará a ninguno de los nuestros!

La turba que había derrumbado todo a su paso, aniquilado a gran parte de sus sirvientes e incluso debilitado a la guardia del castillo, comenzó a gritar enardecida. "¡Mátenlos! ¡Mátenlos!"

-Si se rinden ahora, es posible que les dejemos con vida.

-Claude Faustus. – La voz de Ciel tembló ligeramente al escuchar esas palabras. Sin embargo, lo que le seguiría era una declaración de guerra. – ¡No saldremos de aquí por las buenas!

-Voy a luchar por lo que es mío, Garret. – Sebastián sonrió maliciosamente, tomando rasgos de su forma verdadera frente al otro demonio, quien hizo lo mismo.

Claude bufó por lo bajo. – Lo mismo digo, Cuervo. – Sonrió y gritó a la multitud. - ¡Atrápenlos! – Shibani oyó eso y retrocedió, escondiéndose detrás de Sebastián.

La multitud se lanzó sobre ellos, destruyendo el perfecto comedor a su paso. Sebastián se lanzó contra ellos, apuñalando a unos cuantos a su paso, masacrando a otros con sus cuchillos. Ciel saltó sobre la mesa, destrozando un emparedado con una de sus botas, mientras con la otra pierna pateaba a un demonio de cabellos rubios que intentaba acercarse a él.

El moreno se giró. Ciel le dedicó una sonrisa malvada, mientras sus ojos se tornaban violáceos. El pequeño finalmente se había transformado en un demonio verdadero. - ¡Arg! – Gruñó, ensartando uno de los cuchillos en el cuello de otro demonio que le apresaba.

Sebastián sonrió ante eso, mientras enfrentaba a otro demonio de dientes amarillentos que se lanzaba sobre él, intentando morder su cuello. - ¡Mal-dito! – Carraspeó el moreno, cuando otro le atrapó por la espalda, inmovilizándole un brazo. Sin embargo, rápidamente alzó las piernas, golpeando a los que le intentaban herir por el frente, para luego saltar y liberarse del que le agarraba.

Dio un giro en el aire, buscando a Claude con la mirada. Muerto el que comandaba aquello, todo se detendría. Además, el demonio de ojos ámbar le debía eso y mucho más.

Le localizó en medio de la multitud. Garret no era nada tonto y sabía que Sebastián tal vez no podría llegar hasta ahí si los otros demonios peleaban como él esperaba. -¡Claude! – Exclamó, lanzando uno de los cubiertos y clavándolo en la cabeza del demonio.

-¡Ngh! – Gruñó el herido, arrancando el instrumento de su cabeza y sangrando copiosamente.

Sebastián sonrió, cayendo sobre él y derribando a Garret con sus pies, dejándolo debajo suyo. - ¡Éste es tu rey, Claude Faustus!

Los demonios detuvieron sus acciones al ver a su líder en el suelo, tal como Sebastián lo había predicho.

-¡Ah! – Gritó Shibani, golpeando al demonio que le tenía apresada por el cabello, el cual se había distraído unos segundos mirando las acciones de sus compañeros.

-¡Yo soy el rey de ustedes también! – Exclamó, sujetando el cabello de Claude con una mano mientras le mantenía boca abajo en el suelo, uno de sus pies pisando fuertemente la espalda de éste. – ¡Lo que yo haga no debe ser cuestionado y no les permitiré hacerlo! Por el contrario, todos debemos unirnos. Los ángeles quieren tomar algo que yo no he negociado con ellos.

-Frederick Landers llega mañana al amanecer… - Gimió Claude. – No hay forma que puedas hacer nada para enfrentar a su ejército.

-Ya lo han escuchado. – Espetó el rey. – Si el ángel llega mañana, ¡nosotros estaremos preparados para la batalla!

-¡Imposible! – Gritó alguien.

-¡Debemos acabar con su Majestad, ahora!

-¡No! – Interrumpió Ciel, bajando de la mesa y avanzando con pasos seguros hasta donde se encontraba Sebastián. Su chaqueta negra, abierta hasta la altura de su corazón, dejando ver la blancura de su pecho desnudo. Sus pantalones escasamente en su lugar debido a las cortaduras que habían sufrido. Su mirada segura, la que hacía temblar al mismo Rey del Inframundo. Le habían herido una mano, la cual sangraba terriblemente, pero eso no parecía afectarle. – ¡Vamos a enfrentar al verdadero enemigo! ¡Frederick Landers y su ejército!

-¡Haremos que sientan el filo de nuestras espadas, la fuerza de nuestro poder! – Sebastián alzó un puño. - ¡Les juro que defenderé lo que les pertenece! ¿Hay alguien con quien pueda contar para pelear o deberemos hacerlo solos Ciel y yo? – Miró al ojiazul, quien extendió su mano ensangrentada para tomar la

Los demonios le miraron inseguros, pero fue uno de los líderes quien dejó caer la espada que llevaba, al momento en que se inclinaba para reverenciar al moreno. – Su Majestad. Yo quiero ayudarles en la batalla de mañana.

Los demás le vieron e imitaron sus acciones. – Su Majestad. – Dijeron al unísono, tras una lluvia de metales contra el suelo. Ninguno sostenía ya su arma.

-Bien. – Respondió el moreno, examinando la escena con frialdad. – Tendremos más oportunidad si utilizamos los corceles. De igual forma, quiero que todos y cada uno se preparen con lo que puedan. Piedras, mazos, espadas, ¡lo que sea! Solo tendremos una oportunidad para luchar contra los ángeles y no podemos desaprovecharla. ¡Perder no es una opción! ¡Tenemos que ganar!

"¡Sí! ¡Ganaremos!" Le respondieron todos, comenzando a tomar sus cosas y a marcharse. Ciel sonreía ante eso. Parecía sacado de un sueño el que se hubiesen doblegado tan fácilmente. No obstante, eso crecía el compromiso de ganar al día siguiente, o sus recientes "aliados" se voltearían contra ellos nuevamente.

Los guardias del Palacio que quedaban, se acercaron al moreno para hacerse cargo de Claude. Lo tomaron por los brazos y las piernas. - ¿Qué hacemos con él, su Majestad?

Sebastián le miró con desprecio. – Déjenlo en el Abismo. No quiero que me dé problemas mañana.

Le llevaron, arrastrando sus rodillas contra el suelo, y por más que el demonio forcejeaba, los otros eran más fuertes y no le dejaron liberarse. Entonces, entraron los ministros del Consejo, contemplando los daños que había sufrido el Palacio Real.

-¿Qué ha sucedido? – Preguntó Albus, colocándose al frente del grupo.

-Hemos visto demonios de la más baja categoría sentados adelante del castillo. – Interrumpió Leonardo. En su voz se notaba el desagrado que los demonios menores le causaban.

-Van a acampar aquí hasta mañana, seguramente. – Respondió el rey sin mayor énfasis. – Lo que sucede Albus, es que Frederick Landers se está aprovechando de las tierras del Puente para robar a los demonios menores y llevarlos al Cielo.

-Era de suponerse. Las verdaderas intenciones de Landers saldrían a la luz tarde o temprano. – Comentó Albus.