DISCLAIMER: Ni Bleach, ni la historia de "The Academy", me pertenecen, todos los personajes así como la historia original son propiedad de sus creadores, Emmaline Andrews y Tite Kubo. Yo solo los utilizo sin ánimo de lucro.

Hola yo aquí de nuevo después de quinimil quinicientos de años x3 Yo sé que muchos deben estar molestos, pero tengo mis razones que se los diré a continuación:

SE ME DAÑO EL DISCO DURO DE MI LAP! x3 Ya esta –w-

Desgraciadamente perdí todo, mis libros, imágenes, música, TODO TT-TT Y tuve que volverme a descargarme algunos de mis libros y otros los tuve que pedir u.u También me costó comprar el disco y mas que ahora están re caros e.e Luego me tarde entregar el disco a quien me estaba arreglando la lap ya que esa persona estaba de viaje y luego para que me la entregaran fue otro problema e.e

Sé que debí ponerles un aviso o algo así, pero fui muy floja y después ya no quise hacerlo, me sentía desanimada u.u Haber perdido tantas cosas que me habían costado (en especial los libros y la música) me desanime mucho u.u

Pero bueno, dejando lo malo, estoy de vuelta y dispuesta a terminar esta historia para ustedes ^^ y no solo está, en cuanto a "Una Luz en la Oscuridad" eh decidido re escribirla y cambiarles algunas cosas que no me gustaron de cómo llevaba la historia, aun no tengo fecha de cuando lo voy hacer, pero de que voy a terminar el fic, lo voy a terminar ^^ También estoy escribiendo otro fic, pero no diré mas, porque aun no decido nada en cuanto a ese otro fic, así que por ahora seguimos con "The Academy" ^^

Bueno, nos leemos abajo, que disfruten de la lectura ^^

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Capítulo 27

El chocolate caliente, algo que nunca había visto, al menos no en casa, era la cosa más deliciosa que había probado y se lo dije a Kurosaki con entusiasmo.

Puso los ojos en blanco.

—Como si no lo hubiera adivinado después de la tercera taza.

Pero parecía contento de que lo disfrutara tanto. Para cuando terminé mi última taza, sus padres se habían ido a la cama hace mucho y teníamos la casa para nosotros. Se estaba haciendo tarde cuando por fin Kurosaki sugirió que era el momento de ir a dormir. Aún estaba nerviosa por la idea de dormir en la misma cama con él, pero sabía que no podía decir nada al respecto, así que simplemente asentí.

Si bien cambiarme al pijama era más fresco, me debatí sobre si quitarme las vendas de mis pechos o no. Las que había estado usando en el mar estaban mojadas, claro, pero tenía unas de repuesto por si acaso. Al final, la comodidad ganó. Estaba bastante segura de que incluso si Kurosaki accidentalmente rozara contra mí durante la noche, no sentiría nada por mi pijama. Era una de las ventajas de tener el pecho plano. Escurrí los vendajes mojados y los puse en la pequeña unidad de secado rápido antes de enrollarlos y esconderlos entre mi ropa.

Cuando llegué a la habitación, Kurosaki ya había apagado las luces y ocupaba el lado izquierdo de la cama. La única luz era el débil resplandor plateado de la Luna a través de la ventana. No pude evitar notar que algunas de las estrellas del Cinturón de Orión estaban en una posición diferente en el cielo de Italia de lo que había sido cuando estábamos en Inglaterra donde se situaba la Academia.

Dejé caer mi bulto de ropa, cuidadosamente doblada, sobre una silla y me subí al lado contrario de Kurosaki. Tuve cuidado de permanecer en el lado derecho, cerca del borde.

—Oye, camarón, no tienes por qué irte hasta allá —murmuró, volviéndose hacia mí—. No muerdo, ¿sabes?

—Lo sé —dije a regañadientes, arrastrándome hacia el centro.

—Bien. Ponte cómodo. Incluso puedes patearme si ronco.

—No roncas —dije.

—Bueno, sí —rió por mi mirada indignada—. Es broma. Sólo te he oído roncar una vez y creo que fue cuando estabas muy cansado.

—Está bien. —Algo más calmada, me acomodé, colocando la almohada con mayor comodidad bajo mi cabeza.

—¿Sabes quién solía roncar? —preguntó en voz baja, justo cuando estaba empezando a sentir sueño—. Hanatarō.

Al instante me puse alerta. ¿Finalmente iba a dar algunas respuestas a mis muchas preguntas internas?

—¿En serio? —pregunté neutral, dándome la vuelta para mirarlo de frente—. ¿Tenía, um, algo que ver con su condición médica?

—Para nada. —En la penumbra, vi a Kurosaki sacudir la cabeza—. Generalmente era ruidoso en todo lo que hacía. Quiero decir, estuvo enfermo toda su vida, pero nunca dejó que eso lo detuviera, ¿sabes? Golpeaba y gritaba y volvía a golpear donde estuviera y con lo que estuviera haciendo. —Suspiró—. La casa parece tan tranquila ahora que no está él. Justo ahora, cuando yo estuviera tratando de irme a dormir, empezaría a poner su música. Solía molestarme tanto... —Suspiró de nuevo—. Pero ahora lo echo de menos. ¿No es estúpido?

—No es estúpido extrañar a tu hermano —dije en voz baja. Pensé en lo mucho que extrañaba a mi propio hermano, en cómo él estaba a miles de kilómetros de distancia ahora, en un país totalmente diferente. La idea hizo que mis ojos se llenarán de lágrimas, pero parpadeé para quitarlas.

—También echas de menos a alguien, ¿verdad? —preguntó Kurosaki suavemente.

Vacilante, asentí.

—No puedo hablar mucho sobre ello, pero... sí.

—¿Es la misma persona por la que lloraste la primera noche en el dormitorio? ¿La misma persona por la que te escapaste de la escuela para llamarle?

Asentí con la cabeza otra vez.

—Sí. La misma persona ambas veces. Pero realmente no puedo decir nada más sobre ello.

—Sólo dime una cosa más —dijo Kurosaki—. ¿Es una chica? ¿Hay alguien especial, una novia con quien esperas volver?

—¿Qué? —Casi me reí con sorpresa—. ¡No! No, por supuesto que no. No tengo una novia.

—Eso pensé. —Kurosaki sonaba satisfecho por algo—. Para ser claros, ¿esta persona no es alguien con quien estés, um, románticamente involucrado?

No podía entender por qué me preguntaba eso, pero supuse que no sería malo contestar.

—No, nada de eso —le aseguré—. Amo mucho a esta persona pero no de esa manera. Lo que siento por él es la misma forma como sentías por tu hermano — añadí, esperando no haber ido demasiado lejos.

—Está bien, es bueno saberlo. Tenía que cerciorarme antes de...

—¿Antes de qué? —pregunté.

—Antes... antes... —Parecía estar luchando consigo mismo—. Antes de pedirte que seas mi... mi... hermano de juramento —estalló al fin.

—¿Hermano de juramento? ¿Qué es eso? —Tuve la extraña sensación de que había querido preguntarme algo diferente pero no tenía ni idea de qué.

—Es una cosa que tenemos aquí en Italia. —Kurosaki se inclinó más cerca, tan cerca que podía sentir su cálido aliento en mi mejilla.

—Una amistad tan fuerte que trasciende todas las demás relaciones en tu vida. —Me miró con atención—. ¿Podrías... crees que podrías sentir eso por mí?

Mi corazón empezó a ir deprisa y por alguna razón me pareció difícil respirar profundamente.

—Sí —le aseguré en voz baja, sentándome también—. Oh sí, Kurosaki. Yo... yo podría sentir eso por ti. —Eso y mucho más, susurró mi corazón pero traté de ignorarlo. Después de todo, Kurosaki sólo me ofrecía su amistad, ¿cierto?

—Bien. —Sonaba aliviado y emocionado al mismo tiempo—. Entonces tenemos que sellar nuestra hermandad.

—¿Cómo hacemos eso? —pregunté.

—Un pacto de sangre. —Kurosaki encendió la lámpara de noche y me miró fijamente—. Y un símbolo. Algo que llevemos ambos para mostrar lo que significamos el uno para el otro.

—¿Un pacto de sangre? —pregunté con incertidumbre—. ¿Cómo...?

—No es tan aterrador como suena, camarón —me prometió—. Espera, voy a buscar un poco de desinfectante y una aguja.

Se levantó y rebuscó en los cajones de su escritorio antes de extraer algunas toallitas impregnadas con alcohol y una pequeña caja roja.

—Kit de coser —explicó, llevándola a la cama—. Mamá siempre dice que los chicos también deben saber cómo coser, al menos lo suficiente como para arreglar su propia ropa.

—¿En serio? —dije, sorprendida—. ¿Sabes coser?

—Bueno, no podría hacer un suéter o algo así, pero si alguna vez tienes un agujero en los pantalones de tu uniforme y te preocupas por molestar a Kyuraku para pedir unos nuevos, yo soy tu hombre.

No era nada mala con una aguja, costura y bordado eran unas de las artes femeninas que no había sido capaz de evitar aprender en Japón. Pero por supuesto, no se lo dije a Kurosaki.

—Eso es increíble —dije, en lugar de eso—. Tu madre está llena de sorpresas.

—Hizo que Hanatarō y yo aprendiéramos a cocinar y limpiar también. —Kurosaki rió—. Dice que algún día nuestras futuras esposas le darán las gracias.

De repente se puso serio.

—Um, eso es lo que solía decir, antes de... —se interrumpió, negando con la cabeza y se inclinó para estudiar el contenido de la pequeña caja roja con atención.

—Kurosaki... —empecé a decir, pero él ya estaba abriendo las pequeñas almohadillas con alcohol.

De inmediato, el fuerte olor que yo asociaba con inyecciones asaltó mi nariz. Kurosaki se frotó la punta del dedo y luego me pasó la almohadilla. Me froté el mío también. Trabajamos en silencio y yo pensaba en preguntarle cómo exactamente había muerto Hanatarō cuando él sacó una larga aguja de plata.

—Extiende tu dedo —dijo.

Vacilante, le tendí mi dedo índice derecho, el que había limpiado.

—¿Vas a...?

—Lo haré rápido —dijo, y apretó la punta de la aguja contra mi dedo.

Dejé escapar un grito de sobresalto y estuve a punto de poner el dedo lastimado en mi boca, pero Kurosaki sacudió la cabeza.

—No, no lo hagas. Necesitamos la sangre. —Entonces punzó su propio dedo y dejó la aguja a un lado.

—¿Para qué?

—Para esto. —Vi como una gota carmesí brillante brotó de la punta de su dedo y luego Kurosaki presionó su herida contra la mía, mezclando la sangre.

—Ahora —dijo—, repite después de mí: Tú eres el hermano de mi corazón, el hermano de mi alma. Juro aquí y ahora serte fiel, estar siempre a tu lado en tiempos de paz y tiempos de peligro. No dejaré que nada se interponga entre nosotros. Ni la guerra, ni las mujeres, ni el vino. Voy a vivir a tu lado y morir a tu lado, fiel hasta la muerte. Así juro este pacto sagrado que por sangre ahora compartimos.

—Guau —susurré, tomando un momento para absorber las palabras. Era un juramento fuerte, aunque no pensaba echarme atrás. Quería todo lo que Kurosaki me estaba ofreciendo, lo quería desesperadamente. Deseaba poder ofrecerme a él de todo corazón y sin reservas como él se estaba ofreciendo a mí. Pero por ahora, esto era lo mejor que podía hacer.

—No lo digas si no lo dices en serio. Si no lo sientes —murmuró Kurosaki, estudiándome con atención—. No es algo para tomarse a la ligera. Estas palabras nos unirán. Para siempre.

Me di cuenta de que había tardado demasiado en repetir el juramento.

—Lo sé —le aseguré—. Y quiero todo eso, quiero que estemos unidos. Sólo estoy... tratando de asimilarlo. —Le miré a los ojos—. Pero quiero decírtelo, Kurosaki. De verdad que sí.

—Me alegro. —En la tenue luz de la lámpara de noche, sus pálidos ojos mieles parecían no tener fondo. Me di cuenta de que podía sentarme allí mirándolo fijamente toda la noche, era tan perfecto. Tan hermoso. Por un momento tuve una punzada de remordimiento. Aquí estaba prometiéndole fidelidad absoluta y él todavía no sabía mi secreto más profundo. Pero no podía echarme para atrás.

Sólo es amistad lo que me está ofreciendo, me recordé a mí misma inquieta. Una muy fuerte y comprometida amistad, pero no es como si me ofreciera su corazón o su amor.

Tomando una respiración profunda, repetí las palabras del solemne juramento, mirándolo a la cara mientras lo hacía. Sólo me trabé con las palabras una o dos veces y él me ayudó, murmurando las palabras correctas para que pudiera terminar de tomar el juramento. Cuando terminé, él asintió.

—Bien. Ahora, el símbolo.

—¿Qué clase de símbolo? —pregunté, tomando mi dedo y frotándolo con la manga de mi pijama. Ni siquiera sacó una mancha, la pequeña herida ya estaba casi cerrada.

—Te lo dije, tiene que ser algo que llevemos los dos. Hmm... —Kurosaki miró alrededor de su habitación, con el ceño fruncido por la concentración.

—Cuando solían hacer esto como una ceremonia más formal, tenían preparados anillos especiales. O a veces una cadena de oro con el símbolo de la hermandad estampado en ella... —Me sonrió—. Ya lo tengo.

—¿Qué? —pregunté, pensando en lo que vendría.

—Esto. —Estirándose, desabrochó uno de los pernos de platino y ónice que llevaba siempre. Eran tan parte de él que la oreja derecha se veía desnuda sin el pequeño pero precioso adorno.

Mi corazón saltó a mi garganta. Aunque era común en los hombres tener las orejas perforadas, ninguna dama en mi provincia natal de mi pais lo consideraría nunca. Poner un agujero en su cuerpo, no importa cuán pequeño sea, era una señal de tu voluntad siendo penetrada en otro lugar. En otras palabras, sólo las prostitutas se agujereaban los oídos.

—Oh no, Kurosaki —protesté mientras sostenía el pequeño metal negro y plata hacia mí—. No podría.

—Claro que sí —dijo ásperamente—. Quiero que lo tengas.

—Pero... pero deben ser especiales para ti —señalé, tratando de pensar en otra razón para negarme que no hiriera sus sentimientos—. Nunca, nunca te los quitas.

—Fueron el último regalo de Hanatarō para mí —admitió—. Por eso nunca me los quito. Pero también es por eso que quiero que tengas uno.

Empecé a protestar de nuevo, pero él puso el arete en mi palma y cerró mis dedos alrededor de él.

—Esto es importante —murmuró, mirándome a los ojos—. A Hanatarō... no le importaría. Él estaría contento de que hubiera encontrado a alguien tan... tan importante para mí. Otro hermano.

—Otro hermano —repetí en voz baja. Esas palabras, así como la mirada de sus mieles ojos perforándome, derritió el resto de mi resistencia. No había manera de que pudiera negarme a lo que me ofrecía.

—Está bien, Kurosaki —susurré—. Estaría orgulloso de llevar tu símbolo. Pero vas a tener que ponérmelo, por lo menos la primera vez.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque, mis orejas no están perforadas. —Incliné mi barbilla, mostrando mis lóbulos de las orejas sin marcar—. ¿Ves?

—Es verdad. No lo sabía. —Frunció el ceño—. ¿De verdad quieres que lo haga, que te perfore el oído?

Tomé una respiración profunda.

—Si es la única manera en la que puedo usar tu símbolo, entonces sí, quiero que lo hagas.

—Va a doler —advirtió, mientras abría otro algodón con alcohol.

Pensé en la paliza que había tomado en mi lugar, en la intensa angustia física que había sufrido por mí.

—No me importa —dije, levantando mi barbilla. Y no me importa lo que alguien en casa pudiera pensar tampoco, me dije desafiante. El gesto que Kurosaki estaba haciendo cuando me ofreció su símbolo era más importante que cualquier dolor o censura que podría tener a causa de él.

—Sólo hazlo —dije, cerrando los ojos—. Hazlo y hazlo rápido.

—Tan rápido como pueda —prometió. Di un grito ahogado cuando sentí algo frío tocar mi oreja y Kurosaki se rió—. Eso es sólo el alcohol, enano.

—No me llames así —protesté—. Sabes que no me gus…

Pero mis palabras fueron cortadas cuando Kurosaki me agarró del lóbulo de la oreja derecha firmemente entre el pulgar y su dedo y me atravesó la carne con la larga aguja plateada.

Di un grito ahogado de nuevo y tiré, pero para entonces ya se había terminado.

—Tranquilo, no pasa nada —murmuró Kurosaki. Rápidamente quitó la aguja y la reemplazó con el arete de plata y ónix que había limpiado a fondo con la tercera y última almohadilla con alcohol.

—Ya. —Se sentó de nuevo y me estudió críticamente, admirando su obra—. Hecho. Y el trabajo no está mal, teniendo en cuenta la forma en la que saltaste.

—No fue mi intención. —Subí mi mano y me toqué el palpitante lóbulo de la oreja con cautela, siguiendo la forma exterior del arete ahora fijo en mi carne.

Sostuve mi mano delante de mis ojos y estudié yemas de mis dedos con sospecha pero no había ninguna señal delatora carmesí que demostrara que había sido perforada—. Ni siquiera estoy sangrando —dije, sorprendida.

—Estos hisopos contienen un coagulante —dijo Kurosaki, recogiendo los hisopos usados y limpiando la aguja antes de volver a colocarla en el kit de coser.

—Por eso recubrí el aro con esos antes de ponértelo en la oreja. Vas a estar bien. —Me dio una palmada en la espalda y sonrió—. Te sientes bien, ¿no?

—Sí... —susurré un poco insegura. Se sentía extraño tener algo extraño perforando mi cuerpo. Extraño y un poco inquietante. También estaba el hecho de que cualquiera de mi ciudad creería que me estaba vendiendo si me vieran con el pequeño y simple adorno en mi oído. Pero hice lo mejor que pude para no pensar en eso.

—Oye... —Kurosaki puso una mano sobre mi hombro y bajó la cabeza, mirándome a los ojos—. ¿Te arrepientes? ¿Quiere que te lo quite? —Su voz tensa, pero mantuvo su rostro bajo control. Sólo sus ojos, resplandecientes a la luz tenue mostraban sus emociones.

—Nunca —le aseguré, queriendo aliviar la incertidumbre que vi en sus ojos—. Quiero esto, Kurosaki. Quiero ser este, ser un... un hermano para ti. Y me conmueve que quieras ser un hermano para mí.

—Un hermano. Cierto. —Me miró por un tiempo tan largo que comencé a sentirme incómoda otra vez.

—Eso es lo que dijiste, ¿no? —pregunté—. Dijiste que seríamos hermanos de juramento.

—Por supuesto —suspiró Kurosaki—. Vamos, mequetrefe, vamos a la cama. Tenemos mucho que hacer mañana.

Asenti, acomodándome en la cama.

—Hace un rato dijiste que no te gustaba que te dijera enano. —susuro dudoso.

Asenti de nuevo.

—Bueno, podría llamarte por tu nombre, solo si tú me llamas por el mío —Me miro esperando por mi respuesta. ¿Llamarlo por su nombre de pila? ¿Podría hacer eso?

—¿Quieres que te llame por tu nombre? —quede perpleja ¿tanta confianza había entre nosotros para llamarlo I.. Ichigo?

El asintió.

—Vamos hazlo, no te preocupes, ahora somos hermanos ¿cierto? — Me miro emocionado. Pero no lo entendía, primero estaba raro al llamarlo hermano y ahora sonreía de oreja a oreja.

—De… de acuerdo I… —esto era raro para mi, por primera vez llamaría a Kurosaki por su nombre—. Ichigo

El sonrió satisfecho y feliz mientras yo dejaba escapar un suspiro y le devolvía la sonrisa.

—Ahora si, a dormir, tenemos mucho que hacer mañana — volvió a repetir.

Me acurruqué a su lado en la cama, lo suficientemente cerca esta vez como para sentir el calor de su cuerpo irradiando a través de la estrecha franja de sábana que nos separaba. Al principio pensé que el sordo sonido palpitante de mi oído recién perforado y lo extraño de la situación me mantendría despierta. Pero había sido un largo día en todo el sentido de la palabra. El ejercicio que había hecho durante mi primera lección de la natación y las emociones exaltadas que había experimentado se combinaron para hacer que me sintiera repentinamente agotada.

—Buenas noches, Ichigo —murmuré, con dificulta llamándolo por su nombre de pila y más cuando el sueño empezó a alcanzarme.

—Buenas noches, Ruki —respondió y su voz profunda en la oscuridad era muy relajante. Pensé que había dicho algo más, pero estaba demasiado cansada como para entenderlo. Con un suspiro de satisfacción, me quedé dormida.

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Claro Ichigo, hermanos de sangre ¬-¬ Ya quisieras ¬-¬ además si tan preocupado estabas de que ella(el) extrañase a una chica porque se puso tan preocupado? Xd Bueno, lo bueno es que estos dos han hecho ese "pacto" que los une mas e Ichigo le pidió a Rukia que lo llamara por su nombre *w* Esto cada vez se pone mejor :3

Bueno, nuevamente mil disculpas por el retraso y por haberme perdido todo este tiempo, no tienen idea de lo mal que me sentía por dejarlos esperando tanto tiempo u.u Espero me perdonen x3

En fin, no leemos hasta el próximo domingo, que tengan un buen inicio de semana y que estén pasando un feliz domingo. Jane!