Disclaimer: Hajime Isayama, este manga/anime no me pertenece, bla bla bla.

¡Hola a todo el mundo! Perdón por demorarme un poco, es que la semana pasada el trabajo del cole me tenía hasta la coronilla y no podía ni respirar, hasta tenía pesadillas con la maldita tarea… ToT… Pero bueno, aquí estoy de nuevo con el tercer capítulo que espero les guste.

Vulnerable

Capítulo 3

Ese mismo día, nuestros superiores nos reunieron a todos por la tarde para hablar de los resultados de la última expedición. Fue un poco tedioso, pero por suerte rápido. Irvin, Mike, Hanji, Dita Ness, Darius Baer-Varbrun y otros líderes hablaron de los caídos y los sobrevivientes por igual como valerosos y hábiles, sobre todo a los principiantes, pero yo no sentía que lo merecía tanto, porque yo había salido con vida sólo por un afortunado golpe de suerte, y de nuevo me avergoncé.

Luego de varios minutos, levanté la vista y reparé en Levi, apoyado en la pared, rodeado por los miembros de su escuadrón, y a pesar de que su rostro no había cambiado, ahora su semblante era más bien distante y pensativo, incluso triste. Intuí que estaba reflexionando, y bruscamente, la sensación de culpabilidad y vergüenza regresó. Me di cuenta de que tenía que disculparme con él y explicárselo todo, por más embarazoso y difícil que fuera.

Pareció una eternidad, pero al fin Irvin autorizó que los soldados rasos nos retiráramos. No me fui a la habitación que compartía con Samantha y mis amigas Maia Enn (la novia de Will) y Bess Fray, sino que me quedé afuera acerca de la puerta, esperando a que los superiores y los líderes de escuadrón y equipo salieran. Lo hicieron al cabo de una media hora, pero más tarde descubriría que valió la pena.

Levi se retrasó cuando salió, lo que fue ideal para que yo le diera alcance discretamente, sin hacerme notar por los demás.

– ¿Qué pasa ahora, Kayla Nakamura? – dijo el tercer comandante apenas me vio. Dejó de caminar y me miró a la cara por primera vez.

– Tengo que disculparme – contesté, mientras sentía que se me caía la cara de la vergüenza. Un gran contraste con la discusión de hacía poco. Tomé aliento. Era duro de admitir, pero tenía que hacerlo –. No sólo por lo de ayer. Cuando llegué aquí, te juzgué sin conocerte.

– ¿Qué quieres decir? – Advertí que su tono se había ablandado ligeramente.

– Bueno… te vi y creí que eras arrogante e insensible y que no te preocupabas por nosotros en absoluto. Honestamente, te admiraba como soldado, pero te despreciaba como persona. Y fui lo bastante tonta como para no reconocer mi error cuando me salvaste. Pero hoy por la mañana hablé con Hanji y ella me hizo darme cuenta de que me equivoqué sobre ti por completo.

– ¿Qué te dijo esa maldita cuatrojos que te hizo cambiar de opinión? – Noté dureza en su voz, incluso alarma. Tal vez de que ella podría haberme revelado su pasado.

– Nada sobre tu vida personal. Sólo que tienes una razón para ser como eres. Todo lo que somos y hacemos es por un motivo. Fui una imbécil al no pensarlo de esa manera antes – Levanté la vista y logré mirarlo a los ojos –. ¿Podrías perdonarme?

– Acepto tus disculpas – replicó Levi. Ahora su voz era sutil pero ciertamente diferente, casi con un tono de sorpresa –. Yo también te insulté.

– Viéndolo así, estamos iguales en ese sentido. ¿Podríamos simplemente hacer borrón y cuenta nueva? ¿Sin rencor? – propuse, extendiendo una mano.

– Sin rencor, Kayla Nakamura – accedió Levi, estrechándola.

Estaba empezando a irme cuando oí de nuevo la voz de Levi:

– Por cierto, sí conocí a tu padre.

– ¿En serio? – Me volteé sorprendida.

– Por poco tiempo, pero sí. Lamento su muerte. Brandon Nakamura dio su vida por las del resto de su equipo. Lo respeto por eso. Era un buen soldado.

– Y un buen padre. Para mí y mis hermanos.

– Sabía que me recordabas a alguien. Tú eres igual que él en todos los sentidos.

– Gracias – dije halagada, y me fui, feliz de haberme librado de la culpa y que alguien más recordara a mi padre. Concluí que este asunto terminaba bastante bien.


Los siguientes días transcurrieron con relativa normalidad, excepto por el hecho de que varios ya no estaban presentes y había hecho las paces con Levi. Me pasaba el día con mis amigos, disparando flechas para no perder la práctica del tiro con arco, perfeccionando las maniobras con el equipo, montando a caballo, leyendo y estudiando en la biblioteca, o simplemente conversando. Me encantaba usar el equipo, sobre todo durante la última misión, porque era como volar y me hacía entender por qué el emblema de la Legión de Reconocimiento eran las bien llamadas "alas de la libertad". En cierta forma, estaba bien.

Una semana después de nuestra primera misión, nos dieron unos días de vacaciones para visitar a nuestras familias. En parte me alegraba poder regresar a Dauper y ver a mi madre y mis hermanos, pero también me preocupaba, porque no sabía cómo explicarles todo lo que había vivido en las últimas semanas, las primeras que había pasado como soldado. Y sobre todo, me preocupaba mi cuñada, Gwen.

Gwen se había casado con mi hermano mayor, Mason, hacía casi un año – yo había tenido que pedir un par de días libres en la tropa para ir a su boda, y ahora estaban por tener un hijo. Digamos que ella y yo no nos llevábamos precisamente bien. Desde nuestra infancia, Gwen había sido una de los tantos que se reían de mi deseo de abandonar las murallas; es decir, yo siempre la había hecho callar, ya fuera por fuerza física o intelectual. Cuando ella se casó con Mason, le propuse olvidar nuestros rencores, ya que ahora éramos cuñadas, pero nuestra relación no había mejorado mucho. Sentía un nudo en el estómago mientras Samantha, Breck, Will y yo cabalgábamos hacia nuestro pueblo natal.

En cuanto mi madre me abrió la puerta de mi casa, lo único que logré decir fue "Estoy en casa" para luego abrazarla fuertemente. Ella también parecía feliz de verme, al igual que mis hermanos, que también me abrazaron, e incluso mi cuñada me saludó de buena manera, aunque era evidente que todavía no les hacía gracia que estuviera en el ejército. Afortunadamente – y por precaución – había dejado mi uniforme y llevaba una blusa blanca, un chaleco color verde oscuro, una larga falda negra, y unas cortas botas negras. Tenía el presentimiento de que si me presentaba vestida como soldado, la cosa no acabaría muy bien.

A pesar de que era bueno estar con mi familia y en mi hogar – Mason y Gwen aún no se mudaban, porque Dauper es una aldea pequeña – el ambiente era diferente. Mejor dicho, me sentía fuera de lugar.

– Bueno – dije durante la cena después de varios minutos de un silencio incómodo, que me parecieron tan largos como años, para romper el hielo – ¿qué tal van las cosas por aquí? ¿Alguna novedad?

– Bien. Todo va bastante bien. Para nada, no ha pasado nada importante – contestó Jules secamente. Era como si no quisiera o no pudiera hablar conmigo. De hecho, reparé en que todos apenas me habían mirado a la cara en todo el día.

– Allí las cosas también van bien. La semana pasada… – intenté empezar a contar de mis experiencias recientes para acabar con el silencio que me estaba matando.

– No me hables de tu vida en el ejército, Kayla – mi madre me interrumpió firmemente –. No quiero oírlo.

– Mamá, hemos hablado de esto – contesté, algo molesta, aunque siquiera la conversación ya tomaba algo de sentido –. Es mi decisión. Esta es mi vida y yo decido qué hacer con ella.

– ¡Eres igual que tu padre! – exclamó ella. No supe cómo tomarme eso –. Él decía exactamente lo mismo, dejó la seguridad de los muros para pelear contra un enemigo al que no podemos derrotar, y mira adónde lo llevó.

El enojo empezó a surgir dentro de mí.

– Por lo menos los soldados de Reconocimiento no estamos confinados – dije rechinando los dientes –. Miren a su alrededor. Vivimos atrapados por los titanes. Yo no quiero esconderme y vivir como ganado en estas paredes; quiero ver el mundo, ¡porque todos nacimos en este mundo!

– ¡En un mundo infestado de monstruos que comen humanos! – indicó Jules.

– Sí, así es. Y es eso por lo que peleamos – rebatí enérgicamente.

– Aún no veo qué de extraordinario tiene salir de los muros, aparte de arriesgarte a que te coman – masculló Finn.

– ¿Sabes lo que siente? – dije, haciendo énfasis en cada palabra –. ¿Poder correr, cabalgar y desplazarse por el aire sin ninguna muralla en frente? Es una sensación de la más absoluta libertad. No voy a renunciar a ello.

– Eres una egoísta – Cedric espetó súbitamente.

Mi irritación se transformó en rabia.

– ¿Una egoísta? – repetí en tono cínico, mientras me levantaba de la mesa lentamente. Era una advertencia que ya había hecho muchas veces para advertirles que les daría una tunda si no se callaban. Pero esta vez no lo captó.

– Sí, Kayla. Eres una egoísta. Te graduaste entre los diez mejores. Podrías haberte enlistado en la Policía Militar, y así todos viviríamos cómoda y seguramente en la Muralla Sina. O al menos en las Tropas Estacionarias, y salvarías tu vida. Pero no, escogiste la Legión de Reconocimiento, como si quisieras morir.

– Sabes lo que papá decía de la Policía Militar – ahora apenas podía contener mi ira y estaba acercándome cada vez más –. ¿Qué clase de hija sería si me uniera a ellos?

– Una sensata, porque…

No lo dejé terminar de hablar. Fui rápidamente hasta él y lo tiré al suelo sin esfuerzo con un puñetazo en la mandíbula. Yo era la mejor en combate cuerpo a cuerpo y defensa personal en toda mi tropa de reclutas. Cedric intentó levantarse, pero volví a derribarlo cogiéndolo del brazo y retorciéndolo, antes de inmovilizarlo apoyando un pie en sus costillas. Mi madre me ordenó que me detuviera.

– Soy más fuerte que tú, Cedric, así que no te molestes en forcejear – advertí fríamente, mientras visualizaba escenas retrospectivas de mi infancia –. En primer lugar, estás insultando la memoria de papá al decir que debería haberme unido a la Policía Militar, a la cual él claramente aborrecía. En segundo lugar, también estás despreciando a tu propio hogar si dices que quisieras residir con esos insoportablemente pretenciosos nobles en la Muralla Sina. Y en tercer lugar, los soldados de Reconocimiento luchamos por la libertad de toda la humanidad, incluyéndolos a ustedes. El egoísta aquí eres tú, además de hipócrita.

– ¡Kayla, basta! – gritó mi madre –. ¡Deja a tu hermano en este instante!

Retiré el pie y me volteé. Ella, Mason, Jules, Finn y Gwen estaban mirándome fijamente, asombrados y asustados al mismo tiempo.

– Me voy. Ya he tenido bastante – anuncié finalmente.


Cogí mi arco y carcaj y salí de mi casa hecha una furia, abrumada por la incomprensión y la frustración, dirigiéndome hacia el bosque sin rumbo fijo. Sabía que entrar en la Legión de Reconocimiento me traería problemas así, pero que Cedric me llamara egoísta por ello… era algo que simplemente no podía tolerar. Si le había pegado, era porque sus palabras me habían dolido. Y no era la primera vez que sucedía algo así entre nosotros, ni mucho menos.

Al ser la única mujer entre cinco hijos (además de mi sueño "suicida"), en 20 años mis hermanos me habían molestado en todas las formas posibles – a veces parecía que la misión en la vida de Finn era llamarme fea –, por lo cual yo siempre había tenido que ser más fuerte y más lista que ellos para hacerlos callar, y esto sólo se conseguía dejándoles muy claro que les daría una paliza o les diría cosas peores si no dejaban de fastidiarme. Sin embargo, en el fondo, no me gustaba en absoluto pelearme con ellos, y por muy pesados que fueran, de verdad los quería. Incluso discutir con Levi había sido mejor, porque luego habíamos hecho las paces y asunto zanjado. Pero no era lo mismo con Mason, Jules, Cedric y Finn. Con ellos, la historia se repetía una y otra vez, aun cuando éramos parientes. Solté unas cuantas lágrimas amargas y furiosas.

Disparé flechas a los árboles con la mente absorta en estos pensamientos por un buen rato, hasta que los brazos y los hombros me dolieron demasiado como para seguir haciéndolo y tuve que parar. Sin tener adónde ir – ya que mis amigos estaban con sus respectivas familias, y yo tendría que vérmelas con la mía si regresaba a mi casa –, decidí visitar a mi padre.

En Dauper, el cementerio está en el bosque, a casi medio kilómetro del pueblo, pues mucha gente cree que es un mal augurio enterrar a los muertos muy cerca de los vivos. Caminé hasta allí, me arrodillé ante una sencilla lápida de piedra, dejé un ramo de flores silvestres que había recogido por el camino sobre ella y leí su inscripción: "Brandon Nakamura, fallecido en 836. Amado esposo y padre". Nada más. Mi madre había prohibido estrictamente que su lápida dijera algo sobre su afiliación militar.

– Papá – conseguí decir después de varios minutos –. Tengo mucho que contarte. He salido y he regresado. Podría decir que mi sueño está cumplido. Pero tantos han muerto: Molly, Jesse, Rowan y tantos otros. Ya no puedo ni contarlos. Ahora entiendo por qué siempre estabas algo taciturno y apático cuando regresabas a casa durante un descanso. Y las miradas de odio y desdén de los civiles al regresar… son una tortura. Además, yo ni siquiera sobreviví por mi habilidad. El líder de escuadrón Levi en persona salvó mi vida, y eso hizo que lo detestara todavía más de lo que ya lo hacía, porque tenía una impresión muy equivocada de él, de lo que me di cuenta al día siguiente. Pero ahora se podría decir que ya está solucionado.

Seguí hablando por mucho más tiempo. Le "conté" todo lo que había vivido las últimas semanas, incluyendo el incidente que casi terminó con mi vida, mi discusión con Levi, mi conversación con Hanji y cómo acababa de escapar de mi madre, mis hermanos y mi cuñada. Pero no derramé una sola lágrima. Llorar no cambiaba el hecho de que estuviera muerto; además, yo ya lo había aceptado hacía mucho tiempo.

– ¿Sabes?, muchos de tus antiguos compañeros, como Hanji e incluso Levi, te recordaban, y estoy más que orgullosa de ser tu hija, papá. Pero… – la voz se me quebró – sólo me gustaría que mamá y los chicos al menos me aceptaran.

– Tus hermanos te aman, Kayla. Y yo también – oí la voz de mi madre, caminando hacia mí. Probablemente había estado escuchándome desde hacía más tiempo.

– ¿Cómo sabías que estaba aquí? – dije mirando al suelo.

– Instinto maternal. También eres mi hija, y lo siento. Cedric también.

Suspiré, todavía sin perdonarlos.

– ¿Crees que me gusta pelear con ustedes? Lo único que hago es defenderme, a mí y a mis principios.

– Sólo quiero que tengas una vida normal y…

– Define "normal". ¿Qué es "normal", mamá? Es un término tan ambiguo. ¿Papá era normal? ¿Lo soy yo? ¿Lo es Samantha, Breck o Will?

Mi madre suspiró y esbozó una sonrisa triste, mientras se sentaba a mi lado.

– Jamás pude dejarte sin palabras. Tampoco a tu padre. Era un hombre maravilloso, sensible e inteligente, aunque como bien sabes, yo no aprobaba que se transfiriera de las Tropas Estacionarias a la Legión de Reconocimiento poco después de que Finn naciera. Le rogué que no lo hiciera, pero no logré hacerlo dar marcha atrás. Lamento tanto haber dicho lo que te dije. Tú eres mi mayor recuerdo de él, porque heredaste absolutamente todo de él: su carácter, su inteligencia, sus habilidades, sus sueños y hasta sus rasgos. Eres mi única hija, Kayla, y aunque a veces seas algo complicada y yo no te entienda, te amo y no quiero perderte a ti también.

– Entiendo, créeme – dije tomando su mano y mirándola directamente –. Sé que el dolor puede hacernos hacer y decir cosas que no son verdad, pero uno no puede simplemente suprimirlo. Tienes que aceptarlo y dejarlo ir, mamá.

– Mírate. Hasta eres más sabia que yo – ella rió suavemente, dejando escapar algunas lágrimas.

– Escucha – dije –. Yo misma conozco el dolor, porque he perdido a papá, a Gemma y a varios amigos, y además me equivoqué al enamorarme de un muchacho que no quería tener nada que ver conmigo, pero he aprendido que para superarlo hay que aceptarlo. No espero que tú y los chicos apoyen mi decisión. Sólo te pido que no se repita lo de hoy. Y te prometo que yo no volveré a hacer lo mismo. ¿De acuerdo?

Gemma era una niña del pueblo, cuyos padres murieron cuando ella tenía tres años, tras lo cual mi familia la acogió. Yo tenía seis, y ella fue como una hermanita para mí por sólo dos años, hasta que sucumbió a una enfermedad. Fue entonces que entendí realmente el concepto de la muerte. No hacía que doliera menos ahora.

Mi madre asintió y nos abrazamos. A veces me sorprendía cómo yo no era en absoluto como ella: respetuosa con la autoridad y las reglas, tranquila, sensible y por lo general apenas levantaba la voz (aunque era capaz de enojarse mucho y muy protectora conmigo y mis hermanos) de rasgos finos, baja estatura, cabello rubio, ojos verdes y tez muy clara. Lo único que heredé de ella fue su complexión baja y delgada y su talento para cocinar. Estaba pensando en estas cosas mientras me repetía que tenía que encontrar una solución definitiva para ese asunto rápidamente, porque esto se estaba convirtiendo en un círculo vicioso de discusiones y arrepentimiento que quería terminar a toda costa.


– ¿Te reconciliaste con tu madre y Cedric? – me preguntó Breck.

– Algo así – respondí sin muchas ganas de conversar.

Los cuatro estábamos regresando al cuartel a caballo tras unos días de descanso. Durante el camino me enteré de que ellos también habían tenido problemas similares.

– Mis padres me ordenaron directamente a la cara que me retirara – confesó Breck.

– ¿Y renunciarás? – preguntó Samantha.

– No – contestó él con absoluta determinación –. Ninguno de nosotros lo hará.

– En eso tienes mucha razón – declaré firmemente –. Lo mismo le dije yo a mi familia. De todas formas, ahora que salimos, somos infelices dentro de los muros.

– Ya lo éramos antes de unirnos – dijo Will, medio en broma y medio en serio –. Y además, nos tenemos el uno al otro.

Era la pura verdad. En Dauper todos sabían que el grupo formado por Breck Finch, Will Dermot, Samantha Reid y Kayla Nakamura era inseparable. Nos habíamos conocido desde la infancia y unido por nuestro sueño en común, y desde siempre habíamos sido los cuatro contra el mundo y nada nos separaría.

Samantha era mi mejor amiga, prácticamente una hermana – lo cual me encantaba, pues siempre había querido tener una hermana. Ella era alegre y fuerte de corazón y espíritu, pero menos atrevida y mucho más carismática y linda que yo, incluso podría describirla como hermosa: menuda, delgada, de aspecto delicado (desmentido por sus habilidades como la 8º mejor), corto y ondulado cabello cobrizo, rasgos finos y ojos de un increíble color verde azulado, como el mar que esperábamos ver algún día. Como ella era más bien algo tímida, yo solía defendernos a ambas. Si alguien se metía con mi amiga, se metía conmigo; cosa nada conveniente tomando en cuenta que a los 15 años podía con Mason, Jules, Cedric y Finn al mismo tiempo yo sola.

Breck era el segundo más audaz e impulsivo del grupo, después de mí; él y yo éramos los que más andaban en riñas. Quinto lugar en la tropa de reclutas, 1.76 metros de altura, cabello castaño oscuro y ojos de color azul claro. Siempre dispuesto a defender sus ideales a cualquier costo, leal hasta la muerte hacia sus seres queridos y testarudo como una mula. Tendía a guardar rencor y deseos de venganza si lo ofendían (particularmente contra los titanes), pero era la persona más fiel y honrada que jamás he conocido. Se concentraba mucho y sabía analizar cada situación detalladamente, lo que le había dado muchos puntos en el entrenamiento, y cuando algo se le metía en la cabeza, no había quien lo hiciera cambiar de opinión.

Will era probablemente el más inteligente de los cuatro, y también el más despreocupado y entusiasta. Era alto y delgado – 1.72 metros –, de rostro alegre, cabello rubio oscuro y ojos color avellana, y el único que podía levantarnos el ánimo en los peores momentos. Su pasatiempo favorito era hacer bromas, aunque también sabía cuándo debía ponerse serio y cuándo podía divertirse. Cuando se proponía algo, nunca se rendía: había empezado mal en el entrenamiento, pero contra todo pronóstico, con mucho esfuerzo y cierta ayuda, había logrado llegar al 3º puesto y taparle la boca a muchos compañeros y al instructor, quien en el primer día lo llamó mocoso inútil y le dijo que sólo serviría como carnada para titanes.

Juntos habíamos pasado por tantas cosas, que los tres eran prácticamente una familia más, en la cual podía refugiarme en momentos de incomprensión como ésos. Eran como hermanos para mí; o más bien, como hermanos con los que realmente me entendía. Nunca lo dije en voz alta, pero los quería con el alma.


Bueno, aquí termina el capítulo 3. Espero que les haya gustado. El capítulo 4 estará colgado en una semana o dos. ¡Y porfa déjenme al menos un review! Si no, me desmotiva para actualizar.

Los quiere,

Audrey-chan