Disclaimer: Hajime Isayama, este manga/anime no me pertenece, bla bla bla.
Debo hacerles una confesión primero: hoy no ha sido mi día, por decir lo mínimo. Pero no quiero martirizarme más y mucho menos que sea lo mismo para ninguno de ustedes (créanme que ustedes tampoco, se los juro de todo corazón T-T), así que para consolarme, he decidido colgar el cuarto capítulo que espero les guste.
Vulnerable
Capítulo 4
Dos meses después de nuestro regreso, partimos en nuestra segunda misión al exterior. Samantha y yo estuvimos de nuevo en el equipo de Dita Ness, junto con unos cuantos amigos más, como Maia, Hazel, Bess, Terry Burke y Judson Vilhelm. Breck y Will se habían quedado, ya que Will aún no estaba lo suficientemente bien como para luchar y Breck no iba a dejarlo solo. A pesar de que era consciente de que mis probabilidades de sobrevivir y las de mis amigos no eran mucho mayores que la última vez, volvía a sentirme absolutamente libre.
Mientras cabalgábamos fuera de las murallas por segunda – y quizá última – vez, yo no podía dejar de pensar en lo que Hanji me había dicho. Según ella, Levi era frío e inaccesible porque algo le había sucedido, pero ¿qué? Admito que soy bastante curiosa (de ahí mis ideas "suicidas") y me intrigaba cuál era el gran secreto, pero francamente comprendía por qué Levi no quería decírselo a nadie; y al fin y al cabo, no siempre se podía saber todo. Como la naturaleza de los malditos titanes, por ejemplo.
En las afueras del bosque, Mike comenzó a olfatear el aire. Inmediatamente intuí que no podía ser nada bueno.
– Viene un grupo grande – anunció –. Aproximadamente diez.
Maldije entre dientes ante la noticia y al ver que algunos empezaban a ponerse nerviosos. Si no podíamos mantener la calma, no teníamos ninguna oportunidad. Yo también estaba un poco inquieta, hasta que una frase resonó en mi mente.
"No les tengo miedo". Era algo que solía decir muy a menudo en mi infancia cuando mi adversario en mis frecuentes peleas eran chicos mayores que yo o que me superaban en número. Por supuesto, sabía que no era invencible, pero esas palabras me daban valor y confianza. Más que no tener miedo, querían decir que no me rendiría tan fácilmente, que al menos trataría de resistir. Eso era lo que iba a hacer ahora.
– ¿Recuerdan nuestra primera misión? – exclamé, intentando calmar a mis compañeros –. Sabíamos que era probable que no regresáramos, y aun así, no podría haber habido un ejército más valeroso. Sí, perdimos a muchos, pero no podemos cambiar las cosas, y mucho menos quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que vivir y luchar por ellos y por toda la humanidad. ¡Es algo que vale la pena!
Suspiré de alivio al ver que la mayoría se tranquilizaban al oírme. Todos me aplaudieron de nuevo y Breck me dijo que a este ritmo, acabaría siendo líder. Me lo tomé muy bien, hasta que me di cuenta de la realidad. Ahora todos esperaban que yo los liderara. No era un privilegio, era una carga, porque oficialmente, estábamos a cargo de Dita Ness, pero yo me estaba convirtiendo en la verdadera líder. Lo cual significaba que en mí recaía la culpa por cada baja en mi grupo. Me pregunté cómo Irvin, Hanji, Levi, Mike, Dita, Darius y todos nuestros superiores lograban vivir con ese sentimiento, e hizo que los respetara aún más. Supuse que cuando tuviera más experiencia, lo entendería mejor.
Tras mi arenga, se produjo una especie de calma y silencio que me pareció tan larga y agobiante como varias horas, hasta que en el bosque encontramos al grupo de titanes que Mike había rastreado. Eran trece y de todos los tamaños, desde 3 a 15 metros, y con la misma expresión estúpida, que me habría parecido graciosa de no ser porque el único objetivo en la primitiva mente de esas criaturas era devorarnos.
Los escuadrones de élite, como los de Hanji, Levi y Mike inmediatamente se posicionaron al frente, desvainaron sus sables y se lanzaron por el aire, mientras que los principiantes nos mantuvimos detrás, aunque tuvimos que intervenir en la batalla más de una vez, ya que el ruido iba atrayendo a más titanes. No sé exactamente cuántos cayeron, porque vi a muchos morir ese día. Entre ellos, mis amigos Hazel y Rover y un chico llamado Max. A veces todavía tengo pesadillas sobre cómo eran devorados delante de nosotros y no podíamos hacer nada para salvarlos.
De alguna forma, logré acabar con los titanes con los que me crucé, o fui lo suficientemente afortunada como para que alguien más interviniera a tiempo. En esta ocasión no fue Levi, quien se encontraba al lado de su escuadrón, matando a cada titán que se le ponía por delante con una velocidad sorprendente. Sin alardear, yo también salvé a varios de mis compañeros.
Por algunas horas logré mantener la compostura y la sensatez, hasta que oí la voz de Samantha, gritando por ayuda. Horrorizada, me volteé y la vi entre las manos de un titán de quince metros, los más grandes y peligrosos, que yo nunca había enfrentado antes, con además al menos cinco más interponiéndose entre ella y yo. Tuve una visión de un momento muy frecuente en mi niñez, cuando un grupo de matones molestaba a Samantha y yo la defendía; sólo que esta vez era realmente una cuestión de vida o muerte para ambas. No obstante, el terror de perder a mi mejor amiga me hizo olvidar toda prudencia.
– ¡NO LES TENGO MIEDO! – grité a todo pulmón, y volé lo más rápido que pude hacia el titán que la había atrapado, milagrosamente saliendo ilesa incluso al desplazarme peligrosamente cerca de los otros titanes, pero eso no me importaba en ese momento. La maldita bestia estaba tan ocupada en comérsela que apenas notó mi presencia. Aproveché su distracción para rodearlo y cortarle la nuca con tanta fuerza que los brazos me dolieron hasta el día siguiente.
Había matado al titán, pero Samantha no estaba a salvo, ni mucho menos; cuando la gigantesca mano la soltó, ella se precipitó al suelo, evidentemente inconsciente. Solté una palabrota en voz alta. En el entrenamiento, nos habían dicho que si alguien se desmayaba durante un combate, sus posibilidades de sobrevivir se reducían prácticamente a cero. Pero no la iba a abandonar. Me arrojé hacia ella para evitar que se desplomara desde una altura de quince metros, lo cual sin duda alguna la mataría. Sin embargo, no estaba segura de ser lo suficientemente fuerte como para cargarla mientras caía. En efecto, logré atrapar su cuerpo inerte, pero no mantenernos en el aire, sólo amortiguar la caída.
Aterrizamos penosa y forzosamente y rodamos por el suelo. Yo estaba algo maltrecha y los titanes se habían ido por ahora, pero no podía importarme menos. Lo único que me preocupaba era mi amiga, quien seguía inconsciente y no se movía.
– ¡Samantha, por favor, reacciona! ¡No te atrevas a dejarme! – suplicaba con desesperación mientras la sacudía, intentando despertarla. Finalmente, sus ojos se abrieron y el alma me regresó al cuerpo.
– Kayla… – gimió.
– No te muevas. ¿Estás bien? – pregunté.
– Santo cielo… Kayla, estás sangrando – musitó.
Miré hacia abajo y noté que tenía un largo desgarrón en la blusa y un corte poco profundo que me cruzaba el abdomen de lado a lado. Al ver que una de las hojas estaba manchada de sangre que no se evaporaba, me di cuenta de que debía haberme cortado a mí misma al aterrizar, porque no había tenido tiempo de envainar los sables.
– Es sólo un rasguño. He tenido heridas peores. No te preocupes por mí. Debes haber recibido un duro impacto.
Ella asintió, pero de repente se asustó.
– ¡No puedo mover el brazo! – exclamó, alarmada.
– Tranquila, se repondrá. Quizá se rompió en la caída. Lo siento.
– No, Kayla. Ahora que recuerdo… el titán… me atrapó cogiéndome del brazo. Sentí claramente cómo se…
Dislocaba. Además de intentar devorarla, le había dislocado el brazo. Probablemente ella se había desmayado por eso y por el miedo. Odié a los titanes aún más.
– Les daremos su merecido, tarde o temprano – le aseguré mientras la ayudaba a incorporarse y sentarse.
– Tal vez tú lo hagas, pero yo… – la voz le tembló y se echó a llorar. La abracé, tratando de consolarla, y ella me rodeó la espalda con su brazo bueno, sollozando. Conocía a Samantha demasiado bien como para no saber que era por su experiencia cercana a la muerte y porque se sentía una inútil por el incidente.
– Sam, no fuiste la mitad de imprudente de lo que yo fui en la primera expedición. Casi muero por simple orgullo. A ti sólo te pasó algo que les pasa a muchos miembros. Fue pura mala suerte. Ni siquiera te acercas a ser una inútil.
– Nos retiramos – nos interrumpió Irvin Smith –. Ya se está poniendo el sol y podrían llegar más titanes en cualquier momento.
Ayudé a Samantha a ponerse de pie y llegar hasta una carreta, donde se tendió sobre su capa doblada. Yo también me quedé allí para acompañarla, no tanto por mi herida, aunque Maia (la enfermera del grupo) insistió en limpiarla y vendarla.
Mientras me sentaba junto a mi amiga, estaba echando un vistazo alrededor, temiendo que vinieran más titanes, cuando me encontré con un par de fríos ojos grises fijos en los míos: los inconfundibles ojos de Levi. No pude identificar el sentimiento en ellos. ¿Era respeto? ¿Era neutralidad? ¿Era desprecio? ¿De nuevo pensaba que era una idiota suicida? ¿O creía que había hecho algo heroico?
Acabé por rendirme y desvié la vista hacia mi amiga herida. Opté por no darle importancia. A lo mejor era sólo otro simple detalle de su inaccesible personalidad.
Por supuesto, y, como siempre, me equivocaba.
Apenas regresamos al castillo, me bajé del caballo, entré y me abrí paso a empujones hasta llegar a los médicos para hacer que atendieran a Samantha. Cuando por fin lo conseguí, me mantuve a su lado todo el tiempo mientras la atendían. Me dolió en el alma oírla gritar de dolor cuando volvieron a encajarle el brazo en su lugar. Era como cuando me rompí una pierna al caer de un árbol a los trece años, aunque ahora se habían invertido las posiciones. Tenía que devolverle el favor. Ése y muchos otros que ella me había hecho a lo largo de 20 años.
Breck, Will, Maia, Bess, Terry y Judson también la acompañaron por el resto de la tarde, y Breck, Will y yo nos quedamos por toda la noche. El médico me hizo quedarme a mí también por mi herida en el estómago, aunque apenas llegaba a ser un rasguño y pronto estuvo completamente repuesta.
– Kayla – musitó Samantha cuando ya nos habían tratado a las dos –, gracias.
– ¿Por qué me agradeces? – dije sonriendo –. Sólo hice lo que cualquiera hubiera hecho. Tú hubieras hecho exactamente lo mismo por mí, o por los chicos.
– ¡Fue una estupidez, muchacha! – gruñó la vieja enfermera, quien estaba por jubilarse y de un humor de perros. Era una de las pocas personas que se ponía histérica si no la tratábamos de "usted", y Hanji me había contado que nunca había sido particularmente amistosa ni había salido en una misión –. Podrías haberte matado por salvar a esta idiota – señaló a Samantha –, que fue lo bastante tonta como para dejarse atrapar y casi arrancarse el brazo de cuajo.
Rechiné los dientes. No iba a permitir que esa vieja antipática y malhumorada insultara a Samantha. Ella no tenía la culpa de haberse lastimado. No era justo.
– ¿Qué sabe usted para hablarnos así, señora? – dije levantándome de la cama y mirándola fijamente –. Usted no estuvo allí, no vio cómo los titanes se comían a nuestros compañeros. Mi amiga no es una inútil ni mucho menos; de hecho, nosotros cuatro quedamos entre los diez primeros de nuestra tropa de reclutas. Ella sólo sufrió un accidente de los tantos que ocurren en todas las misiones. Me hubiera gustado verla a usted en la misma situación. Apostaría a que usted ni siquiera ha visto a un titán en primer lugar. No hable sin saber. Eso la hace ver ignorante.
La enfermera se puso morada de ira. Me dirigió una mirada de odio absoluto, terminó de escribir sus notas en una libreta y se fue, mascullando y maldiciendo para sí misma. No me importó en lo más mínimo.
– Madre mía, Kayla. En serio, ¿cómo lo haces? – dijo Breck, admirado.
– ¿Cómo hago qué? – dije sonriendo.
– ¡Eso! ¿Cómo nunca te dejas intimidar por nadie? ¿Cómo siempre tienes una respuesta ingeniosa para todo?
– Bueno, lo heredé de mi padre, y asumo que también son cosas que una aprende al crecer con Mason, Jules, Cedric y Finn, más otras dos docenas de niños que se burlaban de mí. Por suerte, los tenía a ustedes tres.
– Y nosotros a ti. Cuando alguien me molestaba, tú siempre estabas allí. Como lo estás ahora – dijo Samantha, con sus hermosos ojos brillando.
– En Dauper decían que yo era incluso más terca y franca que mi padre, lo cual ya es mucho decir. Aunque no niego que me ha causado problemas. Como en el entrenamiento – Sonreí al recordar el incidente de mi primer día.
– Amiga mía, te convertiste en la leyenda de la Tropa de Reclutas Nº 98 por eso. Desearía haber podido hacer lo mismo – dijo Breck.
– Estoy seguro que el instructor te tenía más miedo a ti que los titanes – bromeó Will –, porque estos últimos no pueden decir nada, mientras que a ti no podía simplemente matarte y tampoco logró hacerte callar nunca. Tenía que dejarte en paz por su propio bien.
Los cuatro reímos. Ésos eran los momentos que más valoraba con mis mejores amigos. Me hacían sentir que viviríamos para siempre. Ése era y seguirían siendo mi soporte para seguir en pie. Incluso si todo el mundo se caía a pedazos, ellos siempre me darían fuerza para seguir adelante.
Dos días después y la mañana siguiente de mi última noche en la enfermería, de nuevo me levanté temprano. Como el médico había dicho que ya podía hacer actividad física con normalidad, le dejé una nota a mis amigos diciéndoles que estaría en el patio interno (donde se practicaban técnicas marciales). Eso siempre había sido mi especialidad, y me había dado muchos puntos en el entrenamiento.
Estuve allí un largo tiempo, practicando, sin que lo que quedaba de la herida ni siquiera me molestara. Samantha, en cambio, no podría usar su brazo en semanas.
– Debo admitir – oí una fría voz detrás de mí que ya conocía – que no esperaba verte recuperada tan pronto, mocosa.
Incluso antes de voltear, ya sabía de quién se trataba: Levi.
– Era sólo un corte superficial. Curó casi al instante – contesté en tono neutral –. Y tengo 20 años y además sabes mi nombre, así que no me llames mocosa.
– Pareces menor.
– Y hay que ver quién lo dice – contradije mordazmente. Habíamos hecho las paces, pero eso no significaba que iba a dejar que me tratara mal –. Tú mides lo mismo que yo, así que ninguno de los dos tiene palabra en asunto de estatura o de aparentar edad. De hecho, creo que ambos parecemos menores que mi hermano de 18 años.
Hubo una larga pausa. Levi me miró fríamente. Sentí que sus ojos grises me perforaban la cabeza, pero no aparté la mirada. No me rendiría tan fácilmente. El día de mi primera expedición, me había quedado sin palabras simplemente por todas las emociones que me abrumaban en ese momento. Esta vez no pasaría lo mismo.
– Para que lo sepas, no te tengo miedo – dije finalmente.
– ¿No es lo mismo que dijiste anteayer cuando arriesgaste tu vida por salvar a tu amiga? – inquirió él. Me sorprendió que lo recordara.
– Sí. Y antes de que preguntes nada o me llames idiota suicida, claro que tenía miedo. Todos le temen a algo más que a nada, hasta tú, estoy segura. Lo que de verdad quiero decir con ello es que al menos trataré de no ceder ante la amenaza. Es algo que decía con frecuencia de niña. Pero contigo no es sólo una forma de hablar: tú no me intimidas. Así que interprétalo como que no voy a dejar que me insultes.
Levi alzó una ceja – lo cual, según Hanji, significaba que estaba impresionado. Hubo un suspenso atroz por unos momentos más, hasta que yo rompí el silencio:
– Escucha, no podemos seguir así, porque ya tengo un círculo vicioso bastante similar y no quiero otro, y te aseguro que tú tampoco. Hagamos un trato: tú no me tratas como basura y yo no le faltaré el respeto a un superior. ¿De acuerdo? – Extendí la mano.
– Trato hecho, Kayla Nakamura – respondió el mejor soldado de la humanidad, y nos estrechamos las manos, pactando definitivamente la paz –. ¿Mencionaste algo sobre un círculo vicioso parecido? – preguntó tras una pausa. Me sorprendió que se interesara así. A juzgar por lo que había visto, Levi era más bien distante de casi todos, por no decir todos.
– Apenas te conozco. Ninguno de los dos va a hablar de su vida privada – dije, aunque enseguida lo reconsideré. Por alguna razón, yo también quería conocerlo mejor y entender su razón de ser como era –. ¿Qué tal combate cuerpo a cuerpo? Si gano, no digo nada. Si pierdo, te lo confieso todo.
Pensé en decirle que si yo ganaba, él me tendría que contar sobre su propia historia, pero pronto recapacité. Ese secreto tenía que ser algo realmente importante, personal y delicado, y Hanji había dicho que Levi no se lo había dicho ni se lo diría a nadie. Mucho menos a mí, razoné. En cambio, lo mío no era de tal magnitud.
– Bien – replicó llanamente para lanzarse al ataque al instante.
Fue la pelea más reñida de mi vida. Hasta hoy, Levi es el oponente más duro que jamás he enfrentado. Igual que durante una batalla contra titanes, era veloz, ágil y de rápidos reflejos, por lo cual resultaba increíblemente difícil asestarle un golpe, sobre todo mientras yo también evadía los suyos. Por varios minutos ninguno pudo realmente golpear al otro, hasta que me descuidé por una fracción de segundo y acto seguido recibí una fuerte patada en el lado izquierdo del torso, que casi me hizo caer. A pesar de su pequeño tamaño, Levi tenía – tiene – una extraordinaria fuerza física.
Pero yo también. Mis amigos y familia decían que era fuerte incluso para una campesina y cazadora; además, no había perfeccionado mis habilidades físicas por 20 años para nada. Aproveché su propio momento de distracción para devolverle el golpe con un puñetazo en las costillas, en un intento de dejarlo sin aire. Otra patada. Y una de parte mía.
Se prolongó por un buen rato, hasta que finalmente, cuando ambos ya nos estábamos cansando, él logró tirarme al suelo cogiéndome de la muñeca y pateándome la pierna derecha con un rápido movimiento, y antes de que me diera cuenta, mi oponente ya me había inmovilizado en el suelo. Nos miramos a los ojos inmutablemente por unos segundos, tras los cuales Levi me soltó, se levantó y se sacudió el polvo de la ropa.
– Qué suciedad – se quejó, aunque apenas tenía unas cuantas pelusas encima. Hanji tenía razón, era un maniático de la limpieza.
Me hubiera gustado ver mi propia cara, porque Levi me echó un vistazo y preguntó:
– ¿Te lastimé, Kayla Nakamura?
– Sólo en el orgullo – respondí lánguidamente. Había perdido, y ahora tenía que enfrentarlo, como mi padre siempre decía –. No había perdido una pelea en once años.
– ¿Once años? – dijo Levi. Podría haber jurado que su voz contenía un ligero tono de sorpresa. Sutil, pero estaba allí.
– Me he metido en riñas desde que tengo memoria – aclaré mientras me sentaba en el suelo. Levi hizo lo mismo –. Primero, tengo cuatro hermanos: Mason, de 23 años, los mellizos Jules y Cedric, de 21, y Finn, de 18, el favorito de mi madre, y yo soy la única chica. Y segundo, siempre fui la oveja negra de mi aldea porque no quería vivir encerrada en las murallas. Tenía que aprender a luchar para mantener mi dignidad.
– Si te hace sentir mejor, fuiste una adversaria difícil y se nota a un kilómetro de distancia que no eres una lamebotas.
– Gracias. Puedo decir orgullosamente que no le he lamido los zapatos a nadie en 20 años y no pienso hacerlo jamás – declaré firmemente. Hice una pausa –. Aunque reconozco que me ha traído problemas.
– Un ejemplo.
Dudé un momento si contarle el incidente de mi primer día en el entrenamiento; al fin y al cabo, no iba a ganar nada con ello. Pero un trato es un trato.
– ¿Tienes tiempo para una historia larga? – pregunté. Levi asintió. Y se lo conté.
Lamento haberlos dejado con la expectativa, pero si lo incluyera ya sería un capítulo demasiado largo, como me han dicho algunos de mis amigos, así que tengo que conformarme con esto… u.u. Pero no se preocupen, apenas tenga tiempo (y me dejen reviews xD) colgaré el quinto capítulo.
Los quiere,
Audrey-chan
