Disclaimer: Dos palabras típicas: Hajime Isayama.
OK, admito que ahora sí que me merezco una buena linchada por la demora, pero no se imaginan, todo este mes he estado en época de exámenes y los mil malditos proyectos del cole que no me dejaban tiempo para nada. Pero ¡por fin se terminó! Así que ahora les debo este capítulo, que espero que les guste a pesar de… ¡No, no puedo decírselo!
Vulnerable
Capítulo 14
Samantha y yo saltamos a un lado para evadir la embestida y entramos al tercer piso de una casa, rompiendo la ventana para salvar nuestras vidas. Rodamos por el suelo (por algún milagro no nos cortamos con los pedazos de vidrio) y al cabo de unos instantes oímos el espantoso ruido de una estructura derrumbándose. Temiendo lo peor y francamente deseando estar equivocada, me levanté y miré por la ventana rota, sólo para confirmar mi suposición: el titán había destrozado la puerta interna. E incluso desde nos encontrábamos, podíamos oír perfectamente cómo estaba la situación allí.
– ¿Kayla? ¿Qué…? – preguntó Samantha cuando se levantó y notó el espanto en mi cara y el estupor que no me dejaba moverme. Ella caminó hasta tener la misma vista que yo y ahogó un grito ante el panorama.
Apenas podía procesar lo que estaba pasando. Ahora la humanidad había perdido todo un muro. No había manera de sellar la brecha – y para empezar, nadie ni siquiera sabía de qué estaban hechas las paredes (gracias, gobierno) – e impedir que los titanes invadieran todo el territorio de la Muralla María. No podíamos hacer más que retroceder hasta la Muralla Rose. Quería golpear algo o gritar y llorar de la impotencia de saber que era incapaz de hacer nada por evitarlo. Pero en este instante, tras oír la señal de retirada que admitía nuestra derrota abiertamente y que nos devolvió al mundo, nuestra principal preocupación era encontrar a Dita, Breck, Will, Judson y Maia y salir de allí.
– Tenemos que volver con los demás – dije con dificultad en cuanto mi cerebro consiguió formar palabras –. Lo más probable es que ya hayan iniciado la retirada. Si nos reagrupamos, aún tenemos una oportunidad de sobrevivir.
Ella asintió y nos elevamos por el aire, manteniéndonos cerca la una a la otra para protegernos mutuamente. Pero no veíamos a nuestro equipo, sobre todo mientras los titanes no dejaban de entrar por la puerta externa derribada por el Titán Colosal y cada vez avanzaban más hacia la entrada a la Muralla María. Aun así, yo estaba convencida de que trabajando juntas y con un poco de suerte podíamos hacer cualquier cosa, incluyendo reunirnos con el resto de la tropa, regresar al interior y evacuar todo el cuartel hacia el castillo provisional en la Muralla Rose. Sin embargo, la suerte no era algo que estuviera del lado de la humanidad ese día.
No estábamos muy lejos de la brecha, pero ésa era la zona más peligrosa debido a que era un cuello de botella por donde los titanes invadían territorio humano por primera vez en más de un siglo. Vimos cómo varios soldados de las Tropas Estacionarias y algunos de nuestros compañeros, presas del pánico hasta el punto de no poder pensar con racionalidad, eran masacrados al intentar llegar a la puerta a través de la marea de titanes.
– Si huimos por ahí, además solas, es casi seguro que terminaremos como vómito de titán, por no decir seguro – le dije a mi amiga –. ¿Todavía tienes suficiente gas?
– Sí, lo recargué poco antes de la aparición del titán que derribó la puerta interna.
– Yo también. Escucha, tengo una idea: debemos librar una batalla rápida para no malgastar gas y luego encontrar a Dita y al resto del equipo. Esta área ya está más que perdida, así que cuando escapemos, nos desviaremos por un costado por donde no haya tantos titanes y luego cruzaremos al interior por encima del muro. Usaremos mucho gas al escalarlo, pero es la opción menos riesgosa que se me ocurre.
– Tú serías una excelente líder, Kayla. Siempre tienes ideas brillantes – dijo Samantha, con una sonrisa y un dejo esperanzado –. ¡Podemos hacer esto!
Habíamos estado buscando a nuestros compañeros por varios minutos que me parecieron tan largos y desesperantes como años enteros, cuando por fin reconocí a Dita Ness al divisar a un soldado en el aire con una capa verde y un pañuelo blanco en la cabeza. A su lado estaba una chica con el mismo uniforme y largo cabello color zanahoria recogido en una cola de caballo: Maia, sin duda alguna.
– Ya los veo, Sam. ¡Vamos allá! – exclamé, haciéndole una señal.
Nos desplazamos por el aire evitando los titanes, y ya estábamos cerca. Tan cerca, que esto aún me parece indignantemente absurdo.
Yo estaba por llamar a Dita para que él y nuestros amigos vinieran en nuestra ayuda, cuando de repente una enorme figura humanoide se lanzó hacia nosotras por un costado. Ninguna de las dos lo vio. No teníamos manera de verlo. Ambas nos dimos cuenta demasiado tarde de que un titán anormal dio un salto de varios metros en esa dirección y prácticamente nos rozó. O al menos a mí.
El salto del titán me desvió y me lanzó sobre un tejado. Al no ver a Samantha junto a mí, me levanté, la busqué con la mirada y la llamé frenéticamente. Lo que vi cuando miré debajo de donde había aterrizado me heló la sangre e hizo que se me revolvieran las tripas de terror.
La maldita bestia estaba en medio de la calle, agazapada en los cuartos traseros como una rana – si no hubiera sido una característica letal, habría sido casi gracioso. Y de su enorme mandíbula sobresalía la mitad superior del cuerpo de mi mejor amiga.
Por una fracción de segundo no pude moverme, paralizada por una mezcla de horror, furia e incredulidad. Luego la segunda me dominó por completo.
Sin nada de prudencia y dando un alarido de rabia, le disparé uno de los ganchos del equipo de maniobras a la nuca y me precipité hacia él a toda la velocidad que el gas me permitía.
Sin embargo, con demasiada frecuencia la ira ciega no te permite pensar con claridad. Y eso fue precisamente lo que me pasó a mí. Cuando corté la nuca de mi enemigo – con tanta fuerza que hizo que me dolieran ambos brazos – éste no soltó a Samantha como el que intentó devorarla en la segunda expedición, sino que además se desplomó de cara sobre el suelo con ella todavía entre sus fauces.
Ni bien toqué tierra, corrí hacia ella, la arrastré para liberarla del cadáver humeante que había caído sobre ella y me arrodillé a su lado. Seguía viva, pero apenas podía respirar y sangraba de profundas heridas en el abdomen. Por no mencionar que era imposible que el peso del titán no le hubiera roto algunos huesos, al igual que a mí hacía unos meses; en su caso, era probable que incluso le hubiera partido la columna.
Aunque en el entrenamiento habíamos aprendido sobre emergencias médicas y sabía que una vida está perdida con lesiones de esa magnitud, yo no dejaba de repetirme: "No está muerta. No se va a morir. Puedo salvarla". De nuevo, mi orgullo no me dejaba ver la obvia realidad. O simplemente no quería aceptarla.
– Samantha… Sam, mírame. Estoy aquí. Concéntrate en mí. Por favor, no te atrevas a irte de esta manera. ¡Te lo prohíbo, Samantha! – grité de desesperación, mientras trataba inútilmente de detener la hemorragia con su capa y sentía que las lágrimas inundaban mis ojos.
Ella tosió débilmente y escupió un poco de sangre. Era increíblemente fuerte; se aferraba a la vida a pesar del dolor y su condición física. Sin embargo, nadie podía sobrevivir a algo así.
– Samantha… por favor, no me hagas esto – supliqué, aún más alterada –. Lo siento tanto. ¡Perdóname! ¡Haré lo que sea si resistes un poco más hasta que pueda conseguir ayuda! ¡Por favor, no me dejes, maldita sea! – repetía sin dejar de llorar.
Con sus últimas fuerzas, ella tomó mi mano y me miró con sus extraordinarios ojos de color verde azulado y una pequeña sonrisa, como diciendo: "No te tortures por esto, no fue tu culpa". Después de conocerla por 21 años, sabía muy bien cómo interpretar sus gestos.
Un instante después, sus ojos se quedaron vidriosos y vacíos de toda vida, en contraste con su brillo y vitalidad habitual, y su mano se deslizó de la mía. No hacía falta tomarle el pulso para saberlo. Estaba muerta.
No podía creerlo. Me negaba a creerlo. No quería que fuera cierto, pero lo era. Estaba sosteniendo en brazos el cuerpo sin vida de mi mejor amiga, la chica a la que había considerado una hermana desde que tenía memoria. Y yo no había podido hacer nada para evitarlo.
No lograba moverme, ni siquiera sollozar debido a la conmoción. Las lágrimas corrían por mi rostro como ríos y me temblaban las manos. Y entonces noté fuertes pisadas y una gigantesca sombra frente a mí. Levanté la vista y allí estaba un titán de unos nueve metros, mirándome fijamente con su distintiva expresión de imbécil y la clara intención de devorarme.
Dejé de llorar en el acto. La rabia reemplazó todo: la tristeza, el dolor, el miedo y el sentimiento de vacío dentro de mí. Olvidé todo a mi alrededor, incluyendo mi objetivo original de volver con mi equipo y salir de ese infierno en el que acababa de perder a mi mejor amiga. Lo único que me importaba era vengar a Samantha y aniquilar a cada jodido titán sobre la faz de la Tierra.
– ¡LOS ODIO! ¡JURO POR MI VIDA QUE LOS MATARÉ A TODOS, BESTIAS INMUNDAS! – grité a todo pulmón antes de subir a un tejado y lanzarme hacia ellos.
No sé cómo sobreviví en ese frenesí. No recuerdo muchos detalles; sólo que conseguí asesinar a un par de titanes antes de que otro soldado me derribara de un empujón sobre el tejado desde el que me disponía a atacar a otro sin ninguna prudencia, lo cual seguramente me habría matado a mí también de no ser por la intervención del soldado.
Cuando estaba por gritarle más o menos lo mismo que les había gritado a los titanes (en este caso, que me dejara en paz o lo mataría), enfoqué la vista y vi quién me había detenido. Fue uno de los pocos momentos en toda mi vida en que me quedé sin palabras.
Era Levi. Acababa de salvarme por tercera vez.
– Hasta donde sé, para vengarte tienes que estar viva en primer lugar, Kayla Nakamura – me dijo levantando un poco la voz y con el mismo tono de genuino enojo que había utilizado conmigo después de los eventos de la sexta expedición –. Si insistes en suicidarte por cada cosa que te molesta o te pone nerviosa, tanto tú como tu amiga habrán muerto por nada.
En circunstancias normales, le habría contestado con una frase mordaz y sarcástica, pero además de sentir que mi cabeza iba a estallar a causa de todas las emociones que me abrumaban – la adrenalina que corría por mis venas como nunca antes, mi amor por Levi, mi disgusto con él por haberme impedido luchar y mi furia y desolación por la muerte de Samantha –, me di cuenta de que tenía razón. No haría ningún bien a nadie, incluyéndola a ella, si moría sólo por no poder mantener la calma.
Respiré hondo y me tranquilicé un poco. El tercer comandante me dirigió una mirada que no supe interpretar y luego regresó a la batalla, asesinando un titán tras otro sin inmutarse, como siempre.
Por irónico que resulte, aunque hacía poco tiempo Levi me había causado el mayor dilema y la más grande confusión de mi existencia, esta vez verlo y oír su gélida voz me hizo recuperar parte de la compostura. Tenía que encontrar a mi grupo y retirarnos.
Pero ante todo, primero fui por Samantha. A pesar de que de sólo ver su cuerpo destrozado me dolía físicamente, al menos iba a darle una sepultura digna. Le cerré los ojos por respeto y me estaba preparando (sobre todo mentalmente) para cargarla cuando una mano se posó en mi hombro. Me volteé y vi a mi líder, quien se veía agotado y compungido por la vista del cadáver de su subordinada.
– Kayla… Samantha… Lo siento tanto… – fue lo único que Dita consiguió pronunciar. Por un segundo estuve furiosa con él por decir lo evidente y por no haberlo evitado; sin embargo, incluso con todas las emociones que bloqueaban mis sentidos y mi mente, pronto recapacité. Se notaba que a él también le dolía haber perdido a alguien bajo su cargo, y lo comprendí sinceramente. De hecho, hasta lamenté su carga emocional por haber sido responsable de la seguridad de su equipo en esos momentos.
– ¿Kayla, qué…? – preguntó Maia, aterrizando con Judson cerca de Dita. Entonces ambos se pararon en seco y sus ojos se ensancharon al ver el cuerpo inerte que yacía detrás de mí.
– No. No puede ser – murmuró Judson, negando con la cabeza. Era obvio que al igual que yo, se negaba a aceptarlo –. ¡No ella también, maldición!
– ¿A qué te refieres con eso? – pregunté con un mal presentimiento, preocupada por los amigos que me quedaban y a quienes no veía por ninguna parte: Breck, Will, Bess y Terry.
– No hay tiempo que perder, Kayla. No tendría caso explicártelo aquí – lo interrumpió Dita –. Tenemos que salir de aquí.
– ¡No nos vamos sin Samantha! – exclamé, cargándola sobre un hombro. Me costaba moverme con ella a cuestas y una mancha de sangre ajena se expandía sobre mi uniforme, pero no me importaba; debía sacarla de allí como fuera.
En cuanto logré pensar con la razón una vez más, les expliqué mi idea de cruzar al interior subiendo el muro. Dita lo aprobó (de hecho, algunos ya habían pasado a salvo de esa forma) y nos dirigimos allí.
Apenas pasamos al otro lado, mientras cargábamos las carretas para darles alcance a quienes habían huido antes, busqué con la mirada al resto de mis amigos. Los primeros que vi fueron Bess y Terry, quienes se encontraban bien a excepción de varios moretones, rasguños, y un corte en la pierna derecha y un par de costillas rotas respectivamente; y cuyas reacciones frente a las noticias que yo traía fueron similares. Pero con ellos presentí lo mismo: estaban ocultando algo. Y lo que sea que fuera, no podía ser nada bueno.
– ¿Dónde están Breck y Will? – Me inquieté al no ver a mis otros dos amigos de la infancia. Bess y Terry se dieron una mirada incómoda y no me contestaron.
– ¡KAYLA! – oí una voz conocida cuando estaba a punto de preguntar de nuevo. Un joven de cabello rubio oscuro salió de entre la multitud, corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.
– ¡Will! – Me alegré igualmente de verlo y saber que estaba con vida, aunque su actitud en general era diferente. Me preocupé un poco.
– Demonios, Kayla, no te veíamos ni a ti ni a Samantha, y temíamos que… Oh, no. Por favor, dime que no… – El alivio de Will se desvaneció cuando vio la sangre en mi hombro y el cadáver que yo acababa de colocar en una carreta. Mi amigo se acercó y empezó a sollozar mientras abrazaba el cuerpo sin vida de Samantha y Maia intentaba en vano consolarlo o al menos calmarlo. Pero noté que los ojos color avellana de Will ya estaban húmedos antes de eso.
– ¿Y Breck? – articulé con un hilo de voz, temiendo lo peor. Bess se veía incómoda y me llevó hacia otra carreta, donde casi grité cuando vi lo que había dentro. Hasta hoy esa vista me causa pesadillas.
Allí yacía Breck, pero en un estado muy lejos de la definición general del tan ambiguo término "bien", por decir lo mínimo. Se podían notar las múltiples fracturas en todo su cuerpo, su cabello castaño oscuro se había vuelto rojizo y estaba húmedo y pegajoso, y él estaba temblando y tosiendo sangre. Eso último me dio la señal de que todavía no se dejaba vencer; típico de Breck. Sin embargo, yo presentía que por más que él se negara a irse, la muerte encontraría la manera de llevárselo. Me arrodillé junto a él y le tomé la mano, sintiendo que mis ojos se humedecían de nuevo y que una fuerza invisible me estaba estrujando el corazón.
– Kayla… después de la embestida del titán con la piel endurecida, el resto de nosotros nos topamos con un grupo concentrado de titanes – explicó Bess entre lágrimas –. Uno de 6 metros había atrapado a Will y estaba a punto de devorarlo. Breck consiguió matarlo, pero… en su empeño por liberar a Will de la mano del titán y ponerlo a salvo… la maldita bestia se desplomó sobre él. De no ser porque trató de protegerse con sus cuchillas, habría muerto al instante. No llegamos a tiempo para apartarlo de ahí. Lo siento tanto, Kayla…
Mientras escuchaba la horrible explicación, Will también había corrido junto a Breck y le había cogido la mano, sollozando.
– ¡Breck, por favor! ¡No puedes hacernos esto! Samantha, ella… ¡no puedes morir tú también! ¡Tú no, maldita sea! – suplicaba Will con una desesperación impropia de él.
Yo le rogaba lo mismo en silencio, porque no lograba formar palabras inteligibles, al igual que el mismo Breck. Sin embargo, la mirada en sus ojos azules nos decía que se alegraba de que pronto iría a encontrarse con Samantha y de morir con nosotros a su lado, y que de hecho era por eso que había resistido tanto; que nos quería a los tres como hermanos y que nos pedía perdón por adelantado. Considero esas "palabras" como las últimas que oí de uno de mis mejores amigos, el que había sido un hermano más para mí por más de dos décadas a pesar de que yo ya tenía cuatro.
Cuando esa mirada se apagó, Will y yo supimos que su alma ya había partido de este mundo. En cierta forma, Breck parecía tranquilo y en paz a juzgar por su expresión, lo que confirmó que lo que nos había "dicho" era verdad.
Sin embargo, en ese momento, aquello sabía amargo y yo sentía que mi mundo colapsaba. No sólo había perdido a Samantha, sino también a Breck. Breck, con su determinación y su carácter fuerte, impulsivo y testarudo. Breck, el muchacho que me llamaba su hermana. Y yo ni siquiera había estado allí para al menos intentar hacer algo. Dos de mis mejores amigos acababan de morir. Se habían ido para siempre.
Esta vez ya ni siquiera tenía energía para enojarme. Sólo me quedé allí, paralizada y con lágrimas silenciosas surcándome las mejillas, completamente consternada e incapaz de procesarlo. De alguna forma y por culpa de mi orgullo, en el fondo yo siempre había creído que podía proteger a todos mis seres queridos. Creía que por ser la 2° mejor (y también la más insolente) de mi tropa de reclutas, era capaz de evitar esas bajas tan temidas.
Ese día también fue el día que aprendí que no siempre se puede arreglarlo todo.
Por favor, no me odien. Una amiga ya estuvo a punto de agarrarme a latigazos cuando le di de leer este capítulo. Créanme, yo también sufrí escribiéndolo. Pero, ¡vamos, este manga/anime es de Isayama! Si me salió más o menos decente, ¡por favor déjenme un review!
Los quiere,
Audrey-chan
