Epílogo.

Secrets I have held in my heart

Are harder to hide than I thought

Maybe I just wanna be yours

I wanna be yours, I wanna be yours

Wanna be yours, wanna be yours, wanna be yours

Wanna be yours, wanna be yours, wanna be yours...

Observas la casa de tus abuelos con el ceño fruncido mientras el tío Charlie te anima a seguir adelante. Tu cerebro, por más terco que sea, te anima a que le hagas caso porque no quieres terminar congelada un veinticuatro de Diciembre. Estás allí no porque quieras sino porque te obligaron, y no precisamente el tío Charlie, pues ya sabes reconocer las voces de tus padres bajo las órdenes de tu tío y mentor dragonolista. Entran a la vieja Madriguera y empieza el festival de besos, abrazos y preguntas que a ti no te da el cerebro para responder. Estás allí como un mero regalo para tus padres y mentalmente empiezas a contar los segundos para irte. Si ya las reuniones familiares eran detestables cuando no sabías qué hacer con tu vida, ahora son tres mil veces más detestables porque ahora que tu vida laboral está "resuelta", tus familiares lanzan preguntas sobre tu vida personal, ya que todos tus primos tienen pareja.

"Menos Hugo. Hugo no tiene pareja", te recuerdas a ti misma como si fueras una idiota masoquista, al tiempo que cumples la tarea casi imposible de alejar las últimas imágenes que tienes de él. Antes eran terriblemente encantadoras, pero ahora te debates entre besarlo o darle un golpe cerrado en la cara por haberse acostado contigo y haberte dicho que te ama. Tú no quieres celebrar la Navidad y ya eres mayor de edad como para quedarte sólo para complacer a tus padres. Simplemente te escabulles de la casa como has hecho miles de veces anteriores. Te robas una botella de whisky de fuego para el camino y te diriges a la moto de Hugo para huir de allí lo antes posible.

Habías hecho un trabajo casi perfecto ignorando a Lily. "Casi", te regañas a ti mismo mientras la sigues fuera de la casa. Esa enana pelirroja te tenía en la palma de su mano después de la noche que compartieron en Rumania, y por más que trataras de evitarlo, estás loco por ella y por eso te encuentras congelándote el culo mientras la ves caminar lejos de La Madriguera. En cuanto dejó la sala familiar, un vacío te llenó el cuerpo y fue allí cuando te diste cuenta de que su aroma a lirios y a cigarros ya no se encontraba cerca de ti, por ende tenías que buscarla. No puedes vivir sin ese olor. No puedes vivir sin ella.

La ves tratando de encender tu moto y ríes, dispuesto a ayudarla y ser su príncipe azul. No es que ella necesite uno, lo sabes. Te perfora con sus ojos chocolate cuando te acercas y tú le regalas una sonrisa para demostrarle que no te vas a dejar amedrentar. Por unos minutos el silencio los embarga y juras que puedes escuchar sus dientes castañeando por el frío, así que le das tu chaqueta y ella se la acomoda antes de sentarse en tu motocicleta, sin agradecerte. Es más, te sigue mirando todavía con algo de odio en sus ojos chocolate y supones que es porque le frustras los planes de escapada.

—¿Vas a algún lado, Potter? —Le susurras cerca de los labios, deseando comértela a besos— Porque puedo llevarte a donde quieras. —Le ofreces de manera tentadora, al tiempo que sus rostros quedan completamente juntos; estás completamente al merced de que ella decida besarte o morderte. Un miedo te recorre la espina dorsal porque, si bien te encanta que Lily sea una caja de Pandora, tienes miedo de su decisión. Tu pregunta va más allá de un simple paseo o escapada. Esperas que ella lo entienda y decida que, después de todo lo que le has hecho y se han hecho mutuamente, te bese y tú puedas llevártela de allí.

Durante unos segundos, durante los cuales ella te tortura con su silencio ensordecedor y con lengua que recorre sus labios, sientes el miedo gigante de que te muerda y se vaya con tu motocicleta. Sin embargo, ves cómo lentamente sus labios rozan tu mejilla hasta llegar a tu oreja y susurrar "Sácame de aquí, Hugo", con esa voz que te vuelve loco y que hace que casi te provoque responder que sus deseos son órdenes para ti. Te acomodas en la moto y la enciendes al tiempo que sus brazos pequeños envuelven tu ancha espalda. Sientes cómo sus labios se presionan contra tu lóbulo y arrancas con más fuerza de la que pretendías, esperando que para cuando todos se den cuenta de que no están, ustedes ya estén a pocos kilómetros de su destino.