HeyEstoy de vuelta! No pensaba que me iba a tardar tanto y estuve casi todo el tiempo sin una computadora y escribi todo es cap en el telefono y cuando queria ver si podia subirlo por ahi ,que paso? no pude *inserte llanto* Pero lo que importa es que lo subi ,¿cierto? ¡Bajen las antorchas que aqui esta el cap!
Capítulo 6: La vida sigue
Colocó su mano en su cara al sentir los cálidos rayos de sol calentado su nívea piel y arrugó la frente al percibir que no cambiaba nada. Abrió los ojos lentamente y lo primero que vio fue la madera de un techo, apoyó sus manos en el suelo y se sentó pausadamente mientras que algo caía de su frente, miró detenidamente la pequeña cabaña y paró su vista en la ventana al escuchar ruido.
—¿A-acaso todo fue una pesadilla? —murmuró suavemente y luego bajo su vista a su cuerpo para darse cuenta que nada había sido un sueño. Sus ropajes de sacerdotisa habian sido cambiados por un lindo kimono amarillo con pequeñas flores naranjas al final de la falda.
—Ya voy mamá, solo no te... — la pequeña niña se calló al ver a la muchacha despierta.
— Hola. — saludó Kagome con un sonrisa amigable, la niña sonrió de vuelta y movió su mano en forma de saludo. — ¿Cómo te llamas?
— Misuki ¿y tú?— preguntó acercándose a ella para luego sentarse a su lado.
— Me llamo Kagome, ¿Sabes cómo llegue a aquí?
— Bueno, yo no sé, cuando desperté ya estabas aquí. ¿no crees que es un poco tarde para levantarse?—preguntó la niña inocentemente.— ya es pasado el mediodía, creo que debes tener hambre.
La joven miró con ojos abiertos a la niña y al sentir sus estómago rugir le contestó. — sí, ahora que lo mencionas, si tengo hambre.
— Espera, no te muevas ya te traere algo del almuerzo.— Misuki la miró sonriente y se levantó, caminó hasta una olla, tomó uno de los tazones que estaban en el piso y con un cucharón sirvió sopa en el plato. Sus tripas gruñeron al oler el aroma salado y de vegetales de la sopa. — aquí.
— Muchas gracias.— tomó el plato con ambas manos y lo acercó a sus labios, soltó un suspiro de placer al sentir el liquido tibio recorrer su garganta y terminar en su vacio estómago.
La niña la miró soprendida por lo rápido que se acabó el líquido y una vez hubo terminado de tomar la sopa, con la mano agarró los pequeños trozos de vegetales y los comió con todo el gusto que podía.
Dos platos de sopa después, Kagome estaba mas que satisfecha. Ya ahora con el estómago lleno y descansada podía pensar con claridad. Empezó a dar vueltas en el asunto de como había llegado hasta allí y lo único que recordaba era las cabañas ardiendo en llamas y a los bandidos por todos lados.
— Muchísimas gracias por la comida, estaba delicioso.
— Bueno, gracias a usted por el cumplido. — dijo una mujer parada en la entrada. Kagome se levantó rápidamente e hizo una reverencia.— veo que ya ha despertado... me alegro.
— ¡Ah! Mamá, lo siento, me olvide de ti. — musito Misuki sonrojada y con la cabeza agachada.
— No te preocupes. — la mujer sonrió maternalmente, se sentó junto a su hija y miró a la sacerdotisa. — ¿se siente mejor? ¿le duele el brazo?
— ¿Uh?— se miró ambos brazos y vio que en el izquierdo tenia un vendaje.— ah... muchas gracias por esto, lamento haberle causado molestias.
— No se preocupes, señorita. Creo que la herida ya debería de haber cicatrizado, era grande pero solo era un corte superficial.
— ¿Tú tienes un caballo, Kagome? ¿muy grande, marrón y blanco?
Ella se llevó ambas manos a la cabeza y se dio pequeños golpes sintiéndose una desconsiderada con la yegua. Asintió efusivamente, tomó la mano que Misuki ofrecía y salieron de la pequeña cabaña. Caminaron unos pocos segundos hasta llegar a un establo de donde se podían percibir los cacareos de las gallinas. Ella abrió la puerta de madera y de pronto algo duro le golpeó la mejilla suavemente.
— Hola, chica. — murmuró Kagome con una gran sonrisa y acariciando el hocico del equino. La niña miró emocionada al gran animal y una gran sonrisa adornó su rostro.
— Es muy bonita, Kagome. — dijo Misuki acercándose hasta quedar detrás de la muchacha solo mostrando su cabeza, estaba asustada por el tamaño del animal frente a ella. Es tan grande como una montaña, pensó.
Saya al notar la presencia de la niña movió la cabeza olvidando las caricias de su dueña para mirar detras de ella, Misuki al verse descubierta por la yegua solo se alejó de ella siendo igualmente seguida por el curioso equino.
— No te preocupes, Misuki, ella no te hará nada. — musito calmando a la niña aunque por dentro ella estuviera sorprendida. Sabía que Saya adoraba que la acariciaran pero desde la tarde pasada, al parecer, su yegua preferia cualquier cosa que tuviera manos antes de ser acariciada por ella por más de 2 minutos. Arrugó las cejas sintiendo celos estúpidos. — yegua mal agradecida. — murmuró sin ser escuchada por la niña ni por el animal que estaban perdidas la una en la otra.
Y de repente la incertidumbre de cómo había llegado a ahí le dio un fuerte golpe en la cara sabiendo que la única que podía responder eso era la madre de Misuki.
— ¿Puedes quedarte un rato con ella? — preguntó para solo recibir un leve asentimiento por parte de la pequeña.
Caminó por los alrededores tratando de encontrar alguna cara conocida o algún aspecto que ella recordara. Soltó un sonoro suspiro al no reconocer la aldea. Solo pudo regresar en sus pasos e ir a la cabaña de la mujer que la había acogido en la noche con una interrogante en la cabeza.
— ¿Dónde diablos estoy? — murmuró fijando su vista en el cielo despejado y dejar que su murmullo se lo llevara el viento.
Subió a la rama más baja de un árbol y se acostó en ella dejando sus brazos y piernas colgar, puso su mano derecha en sus ojos y resopló. Se relajó un poco y dejó que su mente vagara en los recuerdos de la noche anterior.
Tomó a la mujer en sus brazos y se dirigió hacia su caballo, podia percibir la esencia del animal la cual solo se habia desvanecido un poco por la lluvia que en ese momento era solo gotas cayendo al azar. Se internó en el bosque y a los pocos minutos vio a la yegua de la chica con las patas flexionadas en el piso un poco fangoso. Ella que aparentemente dormía se levantó presurosa y se acercó a él con rapidez. Vio a su dueña inmóvil y con su hocico golpeó suavemente la mejilla de la chica soltando un leve relinchido.
— No te preocupes... ella estará bien. — calmó el medio demonio al ver la preocupación reflejada en los ojos azules de la yegua. Acostó a la muchacha en su lomo y su vista se posó en la herida de su brazo apenas visible por la oscuridad. Suspiró sonoramente y arrancó un trozo de la manga de la camisa de la chica, tomó su brazo y lamió la cortada para luego usar la tela como vendaje.
Caminó un poco y chasqueó la lengua para que el caballo lo siguiera, sintió el olor de humanos a la lejanía y continuó caminando solo que ahora con rapidez. Estaba seguro que no habia pasado ni una hora cuando pudo ver las luces desde el interior de algunas cabañas, cuando ya la espesura del bosque de estaba disolviendo se detuvo y Saya lo hizo a su lado.
— Aquí es donde nos separamos. — dijo liberando un bostezo que hacia evidente su cansancio. — solo haz que se den cuenta de tu presencia.
El animal se dio la vuelta y lo último que escuchó de ella fueron unos sonoros relinchidos.
— InuYasha. — le llamó su madre. Él tan concentrado que estaba en sus recuerdos no se había percatado de la presencia de la mujer. La sorpresa lo acompañó al suelo golpeandose de lleno en la cara y causando la risa de Izayoi.
— Ma-madre... — murmuró viendo su dulce rostro. — ¡no vuelvas a darme un susto así! — gritó sin llegar a ser agresivo, solo quejándose.
La hanyô soltó una gran carcajada repleta de humor e InuYasha la miró frunciendo el ceño mientras que con molestia quitaba los retos de pasto de su cara.
La mujer suspiró luego de soltar una pequeña risa y mirar a su hijo con una sonrisa dejando escapar de vez en cuando algunas risas. — ¿cuándo iras al este? Creo que el plazo de veinte días terminará dentro de cuatro días.
El mitad bestia bufó y puso su codo sobre rodilla para luego dejar descansar su cabeza en la palma. — No tenia la menor intención de ir a ese odioso lugar pero dadas las circunstancias; Padre en el terreno de Naraku y Sesshômaru en el territorio de las panteras...— el muchacho suspiró y cerró los ojos.— ni modo, tendre que ir a la cueva de esos apestosos lobos.
— No dejes que la vida se te escape con suspiros, hijo. — dijo limpiando con la manga de su kimono verde el rostro lleno de tierra de InuYasha.
— Aj, lo que tú digas.
— Disculpe, señora. — Kagome entró en la cabaña y ver a la mujer tejiendo una cesta, ella retrocedió pensando que no era buen momento. — veo que está ocupada po...
— Oh, no se preocupe por esto. Venga y siéntese. — ella le regaló una sonrisa maternal y señaló el lugar a su lado. — creo que se preguntara cómo llegó hasta esta aldea.
— Por favor, llámeme Kagome. Nunca me han gustado las formalidades, y sí, venía a preguntarle cómo me encontró.
— Ah, bueno, muy bien, Kagome. Lo que se es que llegaste a la aldea en tu caballo casi a la media noche... ¿Cómo llegaste a la aldea? No lo sé exactamente. Me imagino que el caballo estaba cerca y te ha traido para que te curaran.
— Lamento mucho las molestias que le cause. Disculpe, señora...
— Naomi. — respondió con una sonrisa la mujer de castaño cabello rizado.
— Señora Naomi, ¿Por casualidad usted no conoce la aldea de la sacerdotisa Kaede? — sus ojos perdieron brillo ante la pregunta y fijo su vista en otro lado. Por muy cómodo que le resultara estar en ese lugar debía regresar por donde vino y por muy triste que le resultara volver debía darle santa sepultura a los cuerpos de los aldeanos para que sus almas descansaran en paz.
— Oh, ¡por supuesto! Me imagino que es de allí de dónde vienes. Por favor, dale las gracias a la venerable Kaede por su ayuda en esta aldea. — Naomi la miró contenta sin notar la tristeza en sus ojos ni como la joven tomaba con fuerza el kimono.
— No-no se preocupe, yo se lo haré saber. — mintió. — ¿podría decirme en qué dirección se encuentra?
— Solo tienes que seguir derecho a partir de esta cabaña.
— Muchas gracias.
Siguió su camino por el espeso bosque con la mirada al frente y acariciando de vez en cuando la crin de Saya. Hacia ya más de veinte minutos que de había despedido de Naomi y su hija dándole ellas como regalo unas suculentas y rojas manzanas envueltas en una manta. Impaciente, golpeó levemente el costado de la yegua moteada que solo relinchó y empezó a correr.
Se sumergió en sus pensamientos tratando de recordar el más mínimo detalle que la ayudara a descubrir cómo había llegado a la aldea Misai, como le habían dicho que se llamaba. En sus memorias lo que recordaba era una risa que hizo que la piel se le pusiera de gallina, lo que parecían cuerpos regados por doquier y, raramente, algo que en todos sus intentos de recordar algo diferente aparecía: lo que ella creía era una manto plateado que brillaba con la luz de las llamas y un borrón rojo que se movía de un lado al otro. Por alguna extraña razón sentía que esos colores le eran familiares y que los había visto recientemente. "Alucino" se dijo a si misma.
— ¿Crees que falte mucho? — Saya nuevamente había aligerado el paso y caminaba. Kagome aprovechó eso y se bajó de ella, alejándose unos pocos metros. — Ven... — la yegua se acercó y quedó detrás de ella, sintió el aroma de las manzanas y tomó la tela que reposaba en sus hombros agarrándola con la boca.
Con eso empezaron un juego de perseguidas que las llevó a alejarse del lugar donde empezaron, siguieron así durante minutos hasta que Saya se detuvo abruptamente y movía las orejas de un lado al otro, dejo la bolsa en el suelo para caminar derecho seguida por una sacerdotisa preguntándose por el repentino cambio de actitud de su caballo. Ella nada más la siguió hasta que la espesura verde desaparecía y escuchaba murmullos de personas.
Es una lástima lo que ha pasado aquí.
Es una desgracia que no hayamos llegado a tiempo.
Adelantó al caballo y salió del bosque para ser recibida por varias miradas extrañas. Un hombre sintiendo una poderosa aura pura salir de ella, se acercó a ella y la miró interrogante.
— ¿Eres la sacerdotisa de esta aldea? — preguntó el hombre alto y fuerte, ojos castaños y cabello corto negro atado en una cola alta.
— Eh... Sí. — por mucho que no lo quisiera mostrar, la voz profunda del hombre la había intimidado.
— Debo suponer que eres la única sobreviviente de la masacre.
El poco tacto con el que había dicho eso le estrujó el corazón.
— Padre, por favor.— le regañó una muchacha detrás de él con su largo cabello castaño atado en una cola alta y usando un traje negro con detalles rosados .— hola, soy Sango, ¿nos podrías decir que paso aquí?
— Unos bandidos que tenían como jefe a un demonio polilla saquearon todo el lugar.
La muchacha al ver la tristeza en sus ojos la tomó de la mano y la llevó a una de las cabañas que estaban en mejor estado. Su padre había tomado a la yegua y le dejó junto con un pequeño grupo de caballos que comían heno.
— Lamento lo de hace un momento, mi padre no es la persona más empática del mundo.
— No te disculpes... Soy Kagome, me podrías decir qué hacen aquí.
— Nosotros somos exterminadores de demonios y dado que nuestra aldea no está muy lejos de aquí pudimos sentir una aura demoníaca desde acá. — explicó con calma mientras le pasaba un té a la joven. — eso nos tomó por sorpresa, tomando en cuenta que es un lugar tranquilo. Trajimos un pequeño grupo de expedición pero al llegar aquí la mayoría de las cabañas estaban carbonizadas, ¿estás segura que el único demonio que había era la polilla?
— La verdad no estoy muy segura, no recuerdo mucho los acontecimientos de la noche pasada por una herida sangrante que terminó en un desmayo. Pero si algo te puedo asegurar, Sango, es que yo no maté a ese monstruo.
— Eso lo sospechaba, esa polilla es un yôkai demasiado común como para emitir un aura demoníaca tan fuerte, incluyendo que no había rastros de energía espiritual en sus restos.
La joven sacerdotisa dejó la taza de té en el piso de madera y vio su kimono amarillo sintiéndose rara con él. — Sango, tengo que buscar algo, vuelvo en unos momentos.
— Te acompaño, no tengo nada más que hacer, claro si no te molesta. — informó la taijiya levantándose con ella y recibiendo de respuesta un asentimiento junto con una sonrisa.
Salieron de la cabaña y caminaron entre los escombros que ahora eran escasos gracias a los exterminadores que se habían encargado de limpiar la zona, Sango los saludaba constantemente y ella solo observaba. Siguieron caminando hasta que a los lados de las escaleras del templo principal se notaban montículos de tierra perfectamente alisados con pequeñas flores silvestres que amenazaban con salir volando por la cálida brisa que le acaricio el rostro.
— ¿Estas... estas son...? — se giró hacía Sango la cual solo asintió. El nudo en su garganta y para liberar la presión tragó duramente.
Se acercó a las tumbas con paso lento, su mente voló en sus recuerdos de su vida en la pequeña aldea, el cómo había conocido a todos y cada uno de los aldeanos y tan bien pensó en la forma tan horrible como habían acabado sus vidas. Las lágrimas se agrupan en sus ojos y al sentirlos tan saturados pestañeó causando que dos gruesas gotas se deslizaran por su rostro contraído por el dolor. Con la mirada aun acuosa se arrodilló entre las dos filas, una a cada lado de las escaleras, y empezó a orar con los ojos cerrados evitando derramar más lágrimas, los minutos pasaron rápidamente y ella se levantó con pesar para luego mirar a Sango.
— Subiré un momento, necesito buscar algo. — la exterminadora asintió y le dijo que se tomara todo el tiempo que necesitara.
Ascendió los escalones, su mente se volvió a concentrar en los acontecimientos de la noche anterior y cuando pensaba que no lograría recordar nada, una imagen se le vino a la cabeza repentinamente.
— Pero, ¿no está sangrando la herida? ¿no crees que para que pueda cicatrizar, tan rápido como dices, debe estar cubierta?— contrarresto irónica causando que un pequeño tic se apoderara de la ceja izquierda de InuYasha. — ¿Por qué eres tan terco?
— Eso no es asunto tuyo. — musito indiferente.
— Bueno, me voy. — dijo resignada mientras se levantaba.
— ¿A dónde vas?— pregunto curioso mientras movía sus orejitas causan una pequeña risa en Kagome.
— Eso no es asunto tuyo. — exclamo con una sonrisa risueña.
Solo bajó su vista hasta toparse con sus pies y pensó que ese no era exactamente un recuerdo que la ayudara a saber precisamente que había pasado, aparte de los sucesos que ella conocía. En lo único que ayudaba eso era comprobar que los borrones rojos y plateados no eran alucinaciones. Ya al final de las escaleras se encontraba una pequeña pagoda y a su lado lo que parecía un almacén. Caminó hasta la pequeña construcción y abrió las puertas causando que un aroma a canela y naranja la invadiera, miró a su alrededor unas cajas de incienso y otros artefactos sagrados que se utilizaban durante ceremonias reposando sobre las empolvadas estanterías de madera. En una de las esquinas superiores vio una tela roja y blanco y se alzó para alcanzarla, tosió un poco al desempolvar las prendas y antes de irse tomó un collar con cuentas blancas y negras que estaba guardado bajo la ropa.
— Creo que esto me sería útil en cualquier momento. — dijo haciendo una mueca para luego guardarlo entre la tela.
— ¿Hiciste todo lo que tenías que hacer? — le preguntó Sango cuando ella había acabado de descender las largas escalas, Kagome solo le respondió con un asentimiento y una pequeña sonrisa. — ven. — la tomó de la mano y la guió por los restos de la aldea. — quiero presentarte a todos.
Se pasaron lo quedo del día hablando con todos los exterminadores que había en el pueblo. Conoció a un compañero de entrenamiento de Sango, unos cinco hombres adultos, dos jóvenes de su misma edad y un niño que Sango le había dicho era su hermano, Kohaku. En ningún momento su nueva amiga mostró el menor indicio de volver a toparse con su padre.
El cielo daba indicios de volverse totalmente oscuro así que decidieron entrar a la cabaña de antes para poder descansar y comer algo.
— ¿Qué harás ahora? — le preguntó Sango de repente.
— ¿A qué te refieres?
— A lo que harás a partir de ahora, ya sabes... Con todo lo que paso...
— Ah, tenía pensado ir de un lado a otro, ser nómada, andar de un aldea a la otra ayudando a los demás, creo que — soltó un suspiro — ya no tengo nada que hacer en esta zona.
— ¿Piensas andar sola?
— No lo sé, no sé qué venga más adelante. — dijo encogiéndose de hombros para después darle un gran mordisco a su manzana.
— ¿Sabes qué? Te acompañaré, suena demasiado interesante recorrer toda la región que no dejaré que lo hagas sola, claro, si no te importa que te acompañe.
— ¿De verdad quieres acompañarme? — exclamó sorprendida la azabache. — pe-pero tu familia...
— La verdad es que desde hace días estoy pensando en dejar la aldea y volverme más independiente.
— Pero...— trató de objetar pero Sango la interrumpió con una mano.
—¿Quieres que te acompañe?
— Me encantaría que lo hicieras. — dijo con una sonrisa gigante y con los ojos brillosos.
— Muy bien, entonces partiremos mañana por la mañana. — la exterminadora tomó rápidamente la manzana de la mano de la joven miko y con una sonrisa impresa en el rostro le dio un gran mordisco a la jugosa fruta.
¿Como estuvo? Ay,yo se que les gusto, a mi no me engañan. Ya entro Sango y en el proximo entra otro y ustedes ya lo adivinaran, jejejejeje... Esta vez no me tardare tanto(eso espero) en subir el que sigue. Y de nuevo agradezco a todos y cada unos de los reviews, favoritos y follows, me llegan al fondo y se me quedan ahi y cuando los leo pego el grito de los mil dioses. Nos vemos cuando vuelva a actualizar que sera dentro de dos semanas mas o menos(eso es lo que espero)
¡Y este fue el capitulo de esta vez! Un montón de abrazos psicologicos. ¡Chao,chao!
Deja review si leiste esto como Germán.
