Advertencia: En este capítulo se hablará de una escena de Super Metroid. Aunque el juego no tiene trama, he preferido avisar. También aprovecho para comentar que Dark Pit es especialmente malhablado, pero porque considero que el personaje se comportaría así en esta situación. Espero que a nadie le moleste su mala lengua.
Otra cosa más: Fanfiction no me deja separar párrafos con el típico trío de asteriscos que indican una escena nueva, del mismo modo que no me permite dejar más espacios de lo normal. Mucho me temo que os tendréis que quedar con las antiestéticas barras horizontales que suelo usar para separar las notas del texto. Lo siento.
CAPÍTULO 2 - EN LA OSCURIDAD
Dark Pit sentía que le ardía todo el cuerpo, desde las puntas de los dedos de los pies hasta la última de las plumas que cubrían sus alas. Sus párpados, que mantenía cerrados con fuerza, temblaban, como si el ángel estuviera debatiéndose entre abrirlos o no. Y así era, porque aunque estaba tremendamente desorientado, una parte de él sabía exactamente en qué clase de situación se encontraba. No aceptarlo era más fácil.
Sin embargo, no podía hacerlo. Algo había ocurrido en ese maldito sótano y era su deber averiguarlo, ya no solo por él mismo, sino, aunque le costase admitirlo, por sus compañeros. Lo último que recordaba eran sus cuerpos, completamente negros y cubiertos por aquella espesa niebla. A él le había dolido. Suponía que a ellos les había pasado lo mismo.
Abrió los ojos con lentitud, preparándose mentalmente para cualquier horror que tuviera que presenciar, y lo único que vio fue oscuridad. Era profunda e irreal, y no procedía de la falta de luz ambiental. Lo sabía porque podía ver su propio cuerpo.
Le dio la impresión de estar en un cuarto que un loco había pintado por completo de negro, sin dejarse ni un centímetro de pared o techo. Hasta el suelo era de ese color.
Llamó a gritos a sus compañeros, pero lo único que obtuvo como respuesta fue silencio. No parecían estar por los alrededores: cualquiera de ellos, especialmente Mewtwo y su cuerpo blanco, destacaría entre los colores de la sala, y tampoco oía respiraciones o pasos.
Resignado, Dark Pit decidió que lo mejor sería levantarse y explorar. Tras comprobar que sus miembros respondían como tocaba, se puso en pie y emprendió la marcha a ciegas. ¿A dónde se dirigía? No lo sabía. Pero si había entrado ahí, también debía de haber una salida. La encontraría y todos escaparían. Luego, se encargaría personalmente de darle una paliza al que fuera que hubiera hecho eso.
El comedor estaba más animado que de costumbre. Era natural: después de una dura mañana de limpieza, lo que más querían los luchadores era reponer fuerzas con un buen almuerzo. No faltó ni uno: Dedede fue el primero, seguido de Kirby, Diddy Kong y Pac-Man. Pequeños goombas vestidos de uniforme pasaban bandejas entre la cocina y las mesas, trayendo platos para todos los gustos.
Robin y Link se dejaron caer sobre sus asientos, resoplando.
— Vaya mañanita — se quejó la estratega mientras empezaba a cortar con mano experta su asado de oso —. No sé cómo se pueden ensuciar tanto unas duchas.
— ¡Dímelo a mí! — respondió Link tras servirse un vaso de leche — A mi grupo le ha tocado la biblioteca y a Kirby no se le ha ocurrido otra cosa mejor que intentar absorber el polvo. Casi se come todos los libros.
Robin soltó una risita al imaginarse la escena. Con todo lo cansado que era vivir el día de la limpieza, sí que era verdad que ayudaba a que los guerreros estrechasen lazos. Si al menos ese día hubiera tenido más suerte y le hubiera tocado con...
— ¡Hombre, Roy! — exclamó de pronto Link — ¡Tu grupo es el último!
La estratega estuvo a punto de atragantarse con la carne. Antes pensaba en él, antes aparecía, pero efectivamente: ahí estaba el hijo del marqués de Pherae, con su cabello colorado y una extraña mirada pintada en sus ojos azules. Por un momento, y sin saber por qué, Robin sintió escalofríos.
— Link — respondió el joven suavemente —. El sótano estaba muy sucio, pero ya ves... Más vale tarde que nunca.
Se giró hacia Robin y sonrió, saludándola. Ella notó que se le encendían las mejillas y trató de concentrarse en su plato, haciendo todo lo posible para ignorar el hecho de que Roy se estaba sentando a su lado, mucho más cerca de lo habitual. Normalmente, siempre se colocaba al lado de Link. Era "su sitio", del mismo modo que siempre elegían la misma mesa para comer, ahí al lado de la ventana y cerca de la de Marth.
Link no pareció darle importancia, porque empezó a parlotear sobre más anécdotas que había vivido en la biblioteca. Roy le escuchó atentamente en todo momento, salvo cuando recogió un plato de venado de la bandeja de uno de los pequeños camareros.
Era curioso. Cuando los tres se sentaban a la mesa, normalmente era Roy el que más hablaba, seguido de la propia Robin, mientras Link tomaba el papel de espectador. Ese día, por algún motivo, todo estaba funcionando al revés. No era que a la estratega le importase demasiado: con Link ocupado, podía dedicarse a lanzar miradas furtivas al espadachín, pero había algo en ese cambio de rutina que la inquietaba.
Tal vez eran los ojos de Roy, que no estaban brillando con tanta fuerza como de costumbre. O a lo mejor era su rodilla izquierda, que debajo de la mesa, bien oculta bajo el mantel, se había pegado a la suya.
La joven tosió y bebió un gran trago de agua, intentando alejar pensamientos extraños de su mente. Roy estaría cansado y ella no paraba de buscar excusas para imaginar que estaba tratándola de manera diferente. ¡Así de patética era!
Ojalá nunca me hubiera enamorado de él, pensó, masticando el filete con lentitud. Lo estoy haciendo todo tan difícil...
Dejó que su mente divagara mientras los otros dos seguían enfrascados en la conversación. Se acordó de cuando Roy regresó a la mansión, acompañado de Mewtwo y Ryu, al que por aquel entonces nadie conocía. Marth incluso había dejado atrás las formalidades y le había abrazado, y Peach tuvo la amabilidad de preparar un pastel enorme para todos. Fue divertido, y también la primera vez que habló con él.
Pero ese día, Robin solo pensó en Roy como alguien con quien no le costaría llevarse bien. Era amable y despistado, una especie de Chrom con algo más de timidez. No era complicado hacerle sonrojar y eso le había costado más de una broma pesada a manos de los más gamberros de la mansión.
A Robin le parecía adorable.
— ¿...vienes?
La estratega parpadeó varias veces, sin llegar a entender que la pregunta que no había oído estaba dirigida a ella. Roy se inclinó a su lado con una sonrisa:
— Robin, ¿nos estás escuchando? ¿En qué piensas?
¿Por qué se estaba poniendo tan cerca? Casi podía notar su aliento en la mejilla.
— Eh... ¡Nada! Me he quedado traspuesta. ¿Qué decíais?
Link soltó una pequeña carcajada.
— Voy a ir a entrenar y os he preguntado si queréis venir. Roy ha dicho que tiene cosas que hacer y tú me tienes en ascuas.
Sintió los ojos del lord clavados en ella, como dos dagas de zafiro. Cada vez se estaba inclinando más hacia delante. Se le secó por completo la garganta y tuvo que carraspear una vez antes de decir:
— No, lo siento. Quiero leer un rato.
— No hay problema. Le preguntaré a Ike, a ver si quiere venir. Nos vemos, ¿vale?
Y así, de un momento para otro, Link abandonó la mesa. Robin ni siquiera se había dado cuenta de lo vacío que estaba el comedor hasta que observó sus alrededores, siguiendo con la mirada al hyliano. Los únicos que aún quedaban eran el Dúo Duck Hunt y Lucario.
— Vaya, ¿dónde se ha metido todo el mundo? — preguntó, sorprendida.
— Sí que te has quedado traspuesta, sí — la risa de Roy no ayudó a que se sintiera mejor —. Ahora entiendo por qué llevabas tanto tiempo sin hablar. ¿Te preocupa algo? Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras...
Lo dijo sin apartar su mirada de ella, y no solo eso, sino que su mano enguantada se entrelazó con la suya en una suerte de gesto afectivo. Robin se sorprendió tanto que quiso echarse hacia atrás, porque Roy, su Roy, su mejor amigo en toda la Mansión Smash, nunca solía tocar a los demás. Sin embargo, la sensación era tan agradable que sometió, uno por uno, a todos sus demás pensamientos.
— No me pasa nada — musitó, tratando de que su voz sonase lo más normal posible —. Solo estoy cansada.
— Ya...
Se quedaron ahí, en silencio, con las manos unidas. Robin casi podía sentir la mirada de Lucario a sus espaldas y se preguntó qué pensaría. Probablemente, lo mismo que haría ella ante esa situación.
Su corazón parecía estar dando un concierto en el interior de su pecho.
— Robin, antes de que vayas a la biblioteca, ¿querrías acompañarme a un sitio?
El espadachín estaba tan cerca que si adelantaba un poco, solo un poquito, la cabeza...
— S-sí, claro. ¿A dónde?
— Lo verás cuando lleguemos.
Y tras darle un pequeño apretón en los dedos, el joven se levantó. Robin fue tras él con paso decidido, incapaz de poner en orden sus pensamientos. Ideas que no quería aceptar se agolpaban en su cerebro a una velocidad que no podía controlar.
Ninguno de los dos se dio cuenta de que Lucario les vigilaba.
Dark Pit llevaba, según sus cálculos, más de una hora caminando, y ya empezaba a hartarse. No solo parecía que no había avanzado en lo más mínimo sino que, además, la sensación de ardor se había intensificado.
— Mierda, mierda, mierda... — comenzó a decir en voz baja —. Espero que los demás no se hayan dejado matar...
Le gustaba la soledad, pero la que reinaba en aquel sitio era inaguantable. Sentía que si no escuchaba el sonido de su propia voz, acabaría volviéndose loco.
Su penosa marcha, que bien podía estar yendo en círculos, le llevó finalmente hasta dos puntos de luz en el horizonte. Tensó los músculos en señal de alerta y se preparó mentalmente para lo que pudiera venir.
— ¿Samus? ¿Roy? ¿Mewtwo? — pero como de costumbre, no obtuvo respuesta — ¡Eh! ¿Quién está ahí?
Empezó a correr casi sin darse cuenta, en parte porque deseaba ver a alguien, aunque fuese un enemigo, y también porque no podía contener sus esperanzas de que esas luces marcasen una salida. Pero lo que encontró cuando llegó le dejó totalmente boquiabierto.
Se trataba de una estatua que le duplicaba en altura, sentada con los brazos extendidos por delante de las rodillas. El ser al que representaba le resultaba completamente desconocido: era una especie de pájaro humanoide con las garras afiladas como cuchillas. De los dos ojos que tenía colocados a los lados del cráneo emanaba una luz anaranjada y palpitante. Estaba completamente estática, pero Dark Pit hubiera jurado que la había visto respirar.
— Qué cosa más horrible — maldijo —. ¿Y para esto he venido corriendo?
El ángel rodeó varias veces la estatua. No había nada detrás, del mismo modo que sus garras, aunque parecía que habían contenido algo en un pasado lejano, se encontraban vacías. Con un gruñido de frustración, le pegó una patada... y la estatua se deshizo, transformada en una montaña de polvo.
Sobresaltado, Dark Pit se inclinó para coger un poco. Fue entonces cuando lo oyó. Era el chirrido más espantoso que había tenido la desgracia de oír en mucho tiempo. Sonaba como si a un animal herido le estuviesen provocando aún más dolor del que tenía. Tan, tan agudo, que le dañaba los tímpanos.
— ¡Cuidado!
Dark Pit se arrojó hacia la montaña de polvo por puro instinto. Era Samus la que había gritado, estaba seguro. No tardó en oír disparos y otro chirrido aún más fuerte.
— ¡Vete de aquí! ¡Si te muerde, estás muerto!
Con el polvo metiéndosele en la boca y en los ojos, Dark Pit intentó obedecer a la cazarrecompensas. Disparos del láser de hielo caían aquí y allá, congelando el suelo y las paredes durante unos segundos. El ángel preparó su brazal electromagnético para lo que fuera que estaba atacándoles.
El peso de la situación cayó sobre él como una losa cuando se giró para tratar de escapar y vio de lleno a la criatura con la que Samus peleaba sin descanso. El aire se le heló en los pulmones.
El monstruo era una especie de masa gelatinosa, como una medusa sin tentáculos, con la piel tan transparente que uno podía ver sus órganos internos con todo lujo de detalles. Debajo, en lo que parecía ser su boca, hileras de dientes de todos los tamaños, afilados como puñales, se disponían en círculo, preparados para adherirse a su desdichada víctima.
Era un metroide. Dark Pit los había visto en los combates del torneo en forma de holograma. La única diferencia era que este era real, bastante grande, y podía hacer daño. Mucho daño.
— ¡Te he dicho que te vayas! — gritó Samus — ¡Ni siquiera mi traje puede aguantar la mordedura de un metroide! ¡Vamos!
Lo sabía, y lo odiaba. Detestaba la idea de escapar como un cobarde, ¿pero qué podía hacer él, un ángel de piel y huesos, contra una criatura tan demencial?
— ¡Mierda!
Se giró, incapaz de mirar a Samus a la cara, y trató de marcharse. Pero su plan solo duró un segundo, que fue lo que tardó el metroide en colocarse encima de Samus. El crujido que hicieron sus dientes al intentar perforar el traje fue escalofriante.
— ¡Samus!
Ella no se quejó. Completamente quieta, como si sus músculos se hubieran petrificado, la cazarrecompensas se mantenía estoica debajo de la criatura. Un halo extraño empezó a rodear su traje. El metroide le estaba robando su energía a una velocidad vertiginosa.
— ¡Ve...te!
— ¡Nunca!
Sin pensar en lo que hacía, Dark Pit se colocó su brazal y voló hacia el metroide, tratando de embestirlo con todas sus fuerzas.
— ¡Solo... el frío...! Hielo... — protestó Samus, intentando hacer entrar en razón a su compañero. Pero el metroide continuaba absorbiendo su energía, voraz, poniendo en peligro la integridad de su atuendo. Corrientes eléctricas le recorrían todo el cuerpo. Era como sufrir el pinchazo de millares de agujas a la vez. Le costaba pensar con claridad. Ni siquiera era capaz de mover el brazo para disparar una vez más...
El arma de Dark Pit, lejos de chocar con la gelatinosa carne de la bestia, golpeó al aire. De repente, tanto el metroide como la montaña de polvo habían desaparecido, dejando atrás la misma negrura que antes dominaba el lugar.
El ángel rodó por el suelo, gritando, y luego se levantó a toda prisa para comprobar el estado de Samus.
Cuando regresó a donde estaba, la cazarrecompensas ya se había puesto en pie y parecía estar comprobando algo en el ordenador de su traje.
— ¿¡Qué ha sido esto!? ¿¡Pero qué mierda ha sido esto!? — mientras gritaba, Dark Pit se colocó a un palmo de Samus — ¿¡Qué coj-...!?
— Cálmate. Tranquilízate, Dark Pit — como de costumbre, el tono de la mujer sonaba profesional —. Mi traje está perfectamente. Es como si el Bebé jamás me hubiera tocado.
Al ángel no se le escapó el detalle.
— ¿Bebé?
Samus asintió suavemente.
— Al principio no entendía nada de lo que estaba pasando, pero... luego me he dado cuenta. Conocía a ese metroide: era el Bebé, el último de su especie — la cazarrecompensas hizo una pausa —. Hace años, en el planeta Zebes... protagonicé algo parecido a lo que has vivido tú. Toqué al Torizo, que es la estatua que has visto antes, y se deshizo en polvo. Luego avancé un poco más, vino el metroide y me mordió, exactamente igual que ahora. Pero no me mató.
Dark Pit sacudió la cabeza, incrédulo.
— ¿No se supone que los metroides muerden hasta dejarte seco?
— Así es. Pero para el Bebé, yo era su madre. Hasta los metroides tienen esa clase de instinto. No podía acabar conmigo.
Samus lo explico con tono monocorde y el ángel se preguntó hasta qué punto era importante ese recuerdo para ella. A fin de cuentas, le había puesto nombre al metroide... pero ahora mismo había estado dispuesto a matarlo para protegerle a él.
Sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral.
— Mis sensores no detectaban materia orgánica, pero todo parecía tan real que pensaba que si no peleaba contra él, te mataría — continuó la mujer —. Francamente, no entiendo qué está pasando.
— Va a ser que yo tampoco. Y lo que me has contado no ayuda.
El ángel dio unos cuantos pasos más hacia delante y Samus le siguió inmediatamente con el cañón preparado.
— Dark Pit, estamos rodeados de algo, pero no sé de qué. Mi sistema ni siquiera es capaz de decirme si es orgánico o no: solamente falla, me dice que es imposible realizar el análisis. Me pregunto si estamos respirando alguna sustancia alucinógena...
— ¿Las alucinaciones suelen ser colectivas?
La cazarrecompensas sacudió la cabeza, pensativa.
— Pues entonces estamos jodidos — sentenció finalmente el ángel —. Aunque, bueno, estamos vivos, y eso es lo que cuenta. ¿Has visto a los demás?
— No, y esperaba que tú me dieras noticias diferentes. Tampoco he encontrado la salida.
No dijeron ni una palabra más. Ambos comprendían que su única opción era continuar buscando, fuese lo que fuese. Sin embargo, el suceso que acababan de vivir aún resonaba con fuerza en sus mentes, especialmente en la de Samus.
Era como volver a revivir el pasado en toda su crudeza. Durante un momento, incluso había sido capaz de percibir el olor a humedad de Zebes. De no haber sido por la presencia de Dark Pit y la negrura, tal vez se hubiera imaginado que estaba en una pesadilla atroz...
O a lo mejor lo estaba. Quizá todo aquello no era más que una alucinación. No tenía nada para asegurarse de lo contrario. Lo único que parecía completamente real era la quemazón que sentía en cada poro de su piel.
El Bebé...
Dentro de su traje, la mujer sacudió la cabeza. No debía pensar en ello. No quería pensar en ello.
Ahora debían concentrarse en escapar.
Nota de la autora: Muchas gracias a Ramonium por su review, y también a los usuarios que han agregado esta historia a favoritos o a su lista de seguimiento. ¡Estas cosas siempre animan!
Aunque este fic va a contener bastantes detalles de muchos de los juegos de los personajes que protagonizan Super Smash Bros., voy a intentar mantener los spoilers bajo mínimos, porque sé que no todo el mundo tiene que haber jugado a todo. Sin embargo, si en algún momento menciono algo más grave, lo avisaré, exactamente como he hecho en este capítulo. Detalles sobre los que no avise serán o bien inventados o no canónicos, así que no os preocupéis.
Otro detalle: Corrin y Bayonetta no aparecerán. Como aún no han salido a la venta, es como si no hubieran llegado a la Mansión Smash.
En fin, eso era todo, así que... ¡hasta más ver! Pasad todos una buena semana.
