CAPÍTULO 3 - RECUERDOS

Estaban de pie, iluminados por la luz del atardecer. Ella, sin entender lo que estaba pasando. Él, entendiéndolo demasiado bien.

Ninguno de los dos habló. A su alrededor soplaba una ligera brisa que les desordenó los cabellos y les agitó la ropa. Los extremos de la bandana de Roy alcanzaron la nariz de Robin y la estratega hizo uso de toda su fuerza de voluntad para no estornudar.

No quería estropear el momento. Porque aunque no sabía qué era lo que había llevado al espadachín a abrazarla, seguía siendo algo con lo que llevaba meses soñando y que nunca pensó que podría ocurrir de verdad.

Feliz, cerró los ojos y acomodó mejor la cabeza, buscando un hueco blando entre las placas de la armadura. Allí, con él, se sentía más tranquila de lo que había estado en ninguna parte. Ni siquiera en compañía de los Custodios, a los que consideraba su familia. Tampoco con Lucina y Chrom. Y ni mucho menos entre los demás habitantes de la Mansión Smash, cada uno con sus particularidades que les hacían únicos.

Resultaba irónico que hubiese acabado sintiendo eso por alguien que pertenecía a su mundo, sí, pero a otra época completamente diferente. Robin pensó, incapaz de evitar que una sonrisa se dibujase en sus labios, que relacionarse con gente de otro tiempo parecía ser su destino.

Se sobresaltó cuando una de las manos de Roy descendió hasta la parte baja de su espalda, haciendo que encorvase ligeramente el tronco. La que le quedaba libre la utilizó para elevarle el mentón con suavidad.

Ahí estaban de nuevo esos ojos. Una vez más, mostraban una expresión extraña.

— Robin — susurró el espadachín —. Supongo que no hace falta que diga nada, pero...

Durante unos segundos, para la joven solo existían él, sus palabras, y la certeza de lo que iba a ocurrir a continuación. Notando cómo el rubor se apoderaba de sus mejillas, cerró los ojos con fuerza y trató, inútilmente, de controlar el temblor de su cuerpo.

Pero como todos los hechizos, el suyo también tardó poco tiempo en romperse. La puerta que daba al tejado se abrió de golpe, acompañada del chirrido de las bisagras maltratadas por la temperatura.

Era Lucario. Llena de cólera, Robin tardó más de lo que hubiera deseado en darse cuenta de que las manos de Roy seguían sobre su cuerpo. El rubor de antes se convirtió en una violenta explosión de vergüenza.

— Roy — dijo el Pokémon, que no parecía en absoluto turbado por la escena —. Crazy Hand quiere verte.

El espadachín no se movió de su lugar al lado de la verja. Lejos de eso, apretó a Robin con más fuerza, y la única respuesta de la joven, que no se esperaba esa respuesta para nada, fue quedarse estática con los ojos abiertos como platos.

— Luego.

El tono con el que había hablado no sonaba como el de alguien a quien acababan de interrumpir en medio de algo importante. No. Había algo más profundo, más amenazador. Robin, ya más consciente de que algo no marchaba, se intentó alejar de él, pero esa férrea mano enguantada la mantuvo pegada a su cuerpo.

— ¡Roy! ¿Qué haces? — gritó —. Venga, suéltame.

Roy ni siquiera la miró. Sus ojos seguían clavados en los de Lucario con la misma fiereza de un animal salvaje.

— ¡Roy!

No quería hacerlo, pero pensó que el espadachín no le dejaba otra opción. Le apartó de un suave empujón que le hizo chocar contra la verja y, entonces sí, el joven desvió su mirada de la del Pokémon. Lo que no varió ni un ápice fue su expresión de disgusto. Robin jamás le había visto poner semejante cara.

— Roy — volvió a repetir Lucario —. Ven conmigo. Ahora.

Pero el joven no hizo caso. En su lugar, deslizó la mano hacia atrás, donde todos sabían que...

No puede ser. No puede estar buscando su espada.

Y no la encontró, por supuesto, porque esa misma mañana la había dejado en su cuarto. Uno no necesitaba armas cuando iba a limpiar. Además, a Roy no le gustaba llevar la espada encima más de lo estrictamente necesario. Siempre decía que le recordaba a los tiempos que había pasado en la guerra.

— ¿Qué te pasa? — susurró Robin, intentando acercarse de nuevo a él. De un momento a otro, el Roy al que conocía parecía haberse desmoronado por completo, sustituido por otra cosa diferente — Tú nunca...

— ¿Yo nunca qué?

La violencia de la respuesta la dejó sin habla. Lucario aprovechó el momento para acercarse, las patas en alto en posición claramente agresiva:

— Robin, necesito hablar a solas con Roy. Márchate, por favor.

La estratega abrió la boca para protestar, pero luego se lo pensó mejor. El comportamiento de Roy no había sido en absoluto normal, y cuantos más segundos pasaban, más ganaba el enfado a la sorpresa. Esa forma de agarrarla, esas respuestas tan tajantes...

— Está bien.

Dedicándole una última mirada a su amigo, Robin se dirigió a la puerta. Durante todo el camino sintió aquellos ojos azules clavados en su nuca, acechándola más que observándola. De repente, todas las sensaciones agradables que había tenido se esfumaron, dejando un inquietante vacío.

Se alejó sin mirar atrás y sin atreverse a quedarse escuchando a hurtadillas. Lucario, con su poder para sentir el aura de los demás, la descubriría sin problemas.

La pregunta era: ¿por qué Roy se había portado de manera tan hostil ya no solo hacia el Pokémon, sino con ella?

Por primera vez en el día, Robin pensó que iba a haber problemas.


Llegó un momento en el que el silencio se hizo tan profundo y agobiante que Dark Pit hubiera jurado ser capaz de oír los mecanismos del traje de Samus.

El incidente con el metroide y el Torizo no fue lo único que vivió la pareja durante la exploración de la zona. A medida que avanzaban, los alrededores cambiaban, moldeándose en todo tipo de terrenos: cuevas submarinas, pozos de lava, campos helados... Con cada transformación, aparecían nuevas escenas.

En un momento dado, avispas, pero tan grandes y de aspecto tan amenazador que Dark Pit agradeció que no fueran autóctonas. Después, una Samus sin pupilas corriendo a toda velocidad. La siguió un pájaro humanoide hablando en un idioma que el ángel no comprendía y, por último, un grupo de cadáveres humanos colgados del techo.

Con cada nueva visión, Samus parecía más y más sumida en sus pensamientos. Cada vez que peleaban contra ellas, como en el caso de las avispas, no tardaban en desvanecerse, igual que las heridas que infringían. Y a Dark Pit parecían no poder hacerle ningún daño. Era como estar dentro de una película de realidad virtual.

El problema era que todas aquellas escenas, sin excepción, pertenecían al pasado de la cazarrecompensas.

El ángel estaba impresionado. En su escaso tiempo de vida había hecho frente a numerosos monstruos, pero las criaturas contra las que había peleado no tenían nada que ver con las que le habían plantado cara a Samus. Todos ellos parecían seres terroríficos como sacados de una historia de ciencia ficción, e incluso el pájaro humanoide (al que Samus llamó "Chozo", y explicó que pertenecía a una de las razas más sabias de todo el Universo) le provocó rechazo.

Ahora entendía un poco mejor por qué Samus tenía esa carácter tan frío. No estaba enfadada con el mundo, no era una forma de revelarse. Era, simple y llanamente, su manera de sobrevivir en entornos tan hostiles. Frente a criaturas así, lo único que podía hacer era ser fuerte y mantener la valentía como forma de vida.

Le costaba admitirlo, pero la cazarrecompensas le parecía admirable. Aunque, por supuesto, jamás se lo diría.

Ambos continuaron caminando sin descanso hasta que empezaron a oír unos pasos ligeros acompañados de risas infantiles.

Poniéndose en guardia, se prepararon para lo que fuera que estuviera a punto de acercarse... hasta que vieron de qué se trataba. Samus bajó el cañón inmediatamente.

Era una niña de unos diez años, con el pelo sujeto en dos coletas marrones que danzaban alrededor de su cabeza. Corría, pero se reía tanto y sonreía con tanta sinceridad que ninguno de los guerreros pensó que la estuvieran persiguiendo.

— ¿La conoces? — preguntó la cazarrecompensas. El ángel lo negó de inmediato.

— No. Además, en mi mundo nos vestimos más... clásicos. Esta niña va en deportivas.

Así era. La niña llevaba pantalones cortos, una chaqueta de color rojo y, además, portaba una bolsa de color amarillo chillón muy desgastada por el uso. Ella misma parecía haber pasado mucho tiempo al aire libre, a juzgar el bronceado que se intuía en su piel.

Su risa parecía irreal en aquella negrura. De vez en cuando, la niña se iba girando y saludando a lo que fuera que estuviera detrás de ella.

— ¡Vamos! — gritaba en tono alegre — ¡Vamos, que somos los últimos! ¡Los otros se van a comer todas las bolas de arroz!

Samus y Dark Pit intercambiaron una mirada de asombro ante la mención de la comida.

— ¡Oh, venga, no pongas esa cara! ¿No te gustan las bolas de arroz? ¡Te prepararé algo rico, ya verás!

Tras esa frase, la niña y su risa se desvanecieron. Era como si la alegría no pudiera sobrevivir más de unos segundos en aquel horrible lugar.

— Si esto que hemos visto hasta ahora eran mis recuerdos — empezó a decir Samus —, tal vez esto sea el recuerdo de otra persona. ¿Tú qué crees?

— A saber. Hace un buen rato que no me entero de nada, de todos...

— ¡Espera!

Samus le mandó callar, levantando uno de sus brazos en el aire. El ángel enmudeció de inmediato y esperó, con cierto aire de fastidio, a que la cazarrecompensas se explicase.

— He oído algo. Escucha atentamente.

Dark Pit hizo todo el esfuerzo del que fue capaz, concentrándose al máximo en percibir todos y cada uno de los escasos sonidos que le rodeaban. Y efectivamente: Samus tenía razón. Ahí, a lo lejos, alguien estaba hablando.

— ...das, porque yo...

Sonaba tan bajo y distante que casi parecía una ilusión, pero ahí estaba. Era una voz masculina y a ambos les resultaba lo suficientemente familiar como para correr hacia ella.

No se equivocaron. Al poco tiempo, la pareja de luchadores logró distinguir la armadura de Roy entre la oscuridad. Estaba inclinado, como si llevase un gran peso sobre la espalda, y de su boca manaban palabras sin cesar. Parecía terriblemente cansado.

— ... Era un hombre muy bueno. Le admiraba.

En un momento dado, se dejó caer de rodillas.

— Pero bueno, eran tiempos duros. De él aprendí todo lo que sé hoy en día. Le debo muchísimo — continuó con voz desmayada —. En realidad, le debo mucho a tanta gente...

— ¡Roy! — Dark Pit y Samus se acercaron tan rápido como pudieron. El chico, al oírles, hizo un esfuerzo para sonreír.

— Samus, Dark Pit...

Cuando estuvieron a su lado, los dos guerreros comprendieron por qué el espadachín estaba en esa postura. Detrás de él, Roy llevaba sujeto a Mewtwo, que estaba completamente estático, casi como si fuese una estatua. De no haber sido porque sus ojos se movían de ver en cuando, hubieran pensado que se encontraban ante su cadáver.

— Mewtwo — susurró Roy. Su voz estaba quebrada y tenía que arrastrar las palabras —. Están aquí, ¿me oyes? Todo va a ir bien, todo va a ir muy bien. Concéntrate en mi voz, por favor.

— ¿Qué le pasa? – preguntó Samus inmediatamente, arrodillándose a su lado — ¿Le han herido?

Roy sacudió la cabeza.

— Este sitio le afecta muchísimo. Cuando le encontré estaba revolcándose de dolor por el suelo, pero le hablé... y paró. Se me ocurrió hablarle todo el rato para que pudiera fijarse en mi voz. Ni siquiera puede andar... — Roy tosió suavemente y un hilillo de sangre se escapó entre sus labios.

Ahora que le observaban mejor, el espadachín estaba destrozado. Su ropa estaba rajada por numerosos lugares y pegotes de sangre seca se acumulaban debajo de sus orejas y en su cuello. Cortes de diferentes tamaños salpicaban su cuerpo, concentrándose especialmente en las manos, y su capa apenas era un puñado de jirones.

— ¿Y a ti? ¿Qué has hecho para estar así? ¿Te han atacado?

Roy miró a Mewtwo por encima de su propio hombro.

— No es su culpa, ¿vale? Estaba fuera de control. Era como si sus poderes psíquicos estuvieran acumulados a su alrededor. Me acerqué y me pasó esto, pero estoy bien, y él parece que también, y eso es lo importante. Pero no puedo dejar de hablar, así que disculpadme...

Samus le puso la mano en el hombro.

— No. Si necesita que le hablemos en todo momento, haremos turnos. Aunque... — la mujer se tocó el casco, pensativa — ¿tiene que ser una conversación? ¿No le vale la música?

Tras un acceso de tos, Roy contestó:

— Antes le he cantado un poco porque no se me ocurría qué decir y ha funcionado, seguía tranquilo. Así que supongo que sí valdría.

— Muy bien. Pues vamos a probar.

Samus pulsó unos cuantos botones y, de repente, una melodía tranquila empezó a resonar desde el brazo izquierdo de su traje.

— En realidad, esto sirve para escuchar emisiones de radio, pero también se le pueden cargar archivos — explicó —. Metí esto para probar. Es la única canción que tengo, así que espero que le sirva.

Expectantes, los tres guerreros observaron a Mewtwo, pero el Pokémon no se movió un ápice. Si eso era buena señal, entonces podían estar tranquilos.

— Ah, muchísimas gracias... — susurró Roy —. De verdad, ya no sabía cómo...

Al moverse, su espalda crujió y el joven hizo un gesto de dolor. Samus prácticamente le obligó a dejar a Mewtwo en el suelo.

— Roy, Mewtwo pesa más de cien kilos. No puedes pretender llevarle a rastras sin dañarte la columna. ¿Lo has transportado durante mucho tiempo?

— No. No puedo con él. Lo he intentado, pero... — se adivinaba la frustración en su voz.

— Tío, no eres Ike — intervino Dark Pit —. Déjale a Samus que lo lleve, que seguro que ella puede. ¿O no?

La cazarrecompensas miró durante unos instantes a Mewtwo, dubitativa. Luego asintió con vehemencia:

— Sí, pero tendremos que parar a descansar de vez en cuando.

— Pues hale, no se hable más. ¡Arriba! — Dark Pit sujetó a Mewtwo por debajo de los brazos y ayudó a Samus a levantarlo. Las juntas de su traje rechinaron por culpa del peso del Pokémon, pero no ocurrió nada más.

El que tenía problemas era Roy: por mucho que intentara mantenerse en pie, no conseguía caminar más de un par de pasos sin trastabillar. Suspirando, el ángel oscuro se colocó a su lado y le agarró por el cinturón.

— Te ha dado fuerte, ¿eh? — dijo con sorna mientras cargaba con la mitad del peso del espadachín — Y se supone que tú eras el líder de un ejército...

Agradecido por el gesto, Roy sonrió, pero decidió no contestar a su compañero. Después de llevar varias horas hablando sin parar, sentía que tenía fuego en la garganta. Además, se encontraba demasiado cansado como para perder energías en una charla.

Despacio, sabiendo casi tan poco del lugar como al principio, el grupo avanzó entre las sombras. La niña a la que Dark Pit y Samus habían visto antes apareció un par de veces más, siempre inundada de entusiasmo.

Por fortuna, no hubo más ilusiones relacionadas con el pasado de Samus. Lo último que podían permitirse eran peleas con criaturas hostiles. Si todo lo que le quedaba por ofrecer al lugar era una simple niña, entonces todo saldría bien.


— Tienes dos auras.

La acusación fue simple y efectiva. Lucario siempre iba al grano, después de todo.

Roy reaccionó arqueando una ceja, como si el Pokémon hubiera dicho la locura más grande que había oído en toda su vida. Y en realidad lo era, porque que un ser vivo tuviera más de aura era un sinsentido, algo que iba absolutamente en contra de la naturaleza.

El Pokémon jamás había notado algo como aquello, pero estaba seguro de sus habilidades. Roy siempre había tenido un aura. Ahora tenía dos. Era simple, pura matemática.

— Demuéstralo.

Lucario frunció en ceño con fiereza.

— Oh, vamos — continuó el guerrero, cada vez con el tono más alto —. Si me acusas de ser un engendro, qué menos que aportar pruebas. Venga, Lucario. Demuéstrame que tengo dos auras.

La respuesta llegó al cabo de unos pocos segundos:

— No puedo demostrarlo porque es algo que solo yo puedo percibir.

Roy se encogió de hombros y le echó una mirada que parecía decir: "ya está, has perdido". Luego intentó avanzar hacia la puerta, pero el Pokémon se colocó delante con un brazo extendido.

— ¿Me permites? Antes nos has interrumpido a Robin y a mí.

Lucario no se movió un ápice.

— No sé quién eres y qué pretendes hacer, pero no te voy a permitir que dañes a nadie de esta mansión. Ni siquiera a Roy.

— ¿Y qué vas a hacer? — preguntó el espadachín con sorna — ¿Pelear conmigo? Si dices que tengo dos auras, ¿vas a hacerle daño a la de Roy?

El puño que Lucario mantenía extendido empezó a temblar. La púa que tenía al dorso arañó la pared casi sin que fuera consciente de ello.

— No puedes hacer nada.

De un empujón, el espadachín apartó al Pokémon, que no opuso ninguna clase de resistencia. Tenía razón: le quedaban muy pocas opciones. Si peleaba contra él, no tenía garantías de que el verdadero Roy pudiera salir ileso, y por otra parte, su única argumentación era que había percibido "algo extraño" en su compañero.

A pesar de todo, contaba con que Master Hand tuviera el suficiente buen juicio como para hacerle caso. Tenía que contactar con él cuanto antes.

Roy abrió la puerta y Lucario le dejó pasar sin dejar de vigilarle ni un solo momento.

— No voy a dejar que veas a nadie a solas — susurró el Pokémon. Su principal preocupación era esa. Estaba claro que aquel usurpador, fuese quien fuese, tenía un interés especial en Robin, y lo último que deseaba era que cumpliese sus objetivos.

Debía avisar a Master Hand, sí, pero la prioridad era Robin. Estaba en peligro inminente.


Nota de la autora: Muchísimas gracias a Ramonium por su review y a todos los que han agregado la historia a su lista de seguimiento o favoritos.

Recordad que si tenéis alguna sugerencia, podéis decírmela.

¡Nos leemos!