Nota: ¡Y continuamos! Aunque esté tardando más en actualizar, la historia sigue en pie.
CAPÍTULO 5 - La elección
¿Por qué te haces esto?
— No tengo que responder a esa pregunta...
Estás sufriendo. ¿Por qué te haces esto?
— Déjame en paz...
Sería mucho más fácil que...
— ¿Qué? ¿Que me rindiera?
Eso lo has dicho tú, no yo. ¿Es lo que quieres hacer? ¿Rendirte?
— ... No.
No pareces muy seguro. ¿No te estarás mintiendo a ti mismo, pequeñín?
— Lárgate...
Ya sabes que no puedo. Prefiero quedarme contigo.
— ...
¿Quieres volver a verlo? Venga, solo una vez.
— ...
Con la música de fondo queda mucho mejor. Vamos, otra vez.
— Tú...
¡Calla, calla! Te lo mereces, así que te lo vuelvo a poner. Observa atentamente: no quiero que te pierdas ni un detalle. Vamos a ver...
El dolor era insoportable, pero la herida había dejado de sangrar. Con la frente empapada en sudor y el cuerpo aún tembloroso, Roy yacía al lado de Mewtwo, con Samus y Dark Pit sentados a su lado.
Ninguno se atrevía a hablar. El peso de lo que les había explicado el espadachín se cernía sobre ellos.
Si lo que había visto Roy era real y no una simple alucinación, eso significaba que había alguien haciéndose pasar por ellos en la mansión para hacer daño al resto de luchadores.
¿El objetivo? No lo sabían. Pero fuesen cuales fuesen sus intenciones, Lucario y Robin habían caído víctimas de ello... y no habían podido hacer nada para impedirlo.
— Tenemos que movernos — susurró Roy entre dientes —. Tiene que haber algo que podamos hacer...
Pero Samus sacudió la cabeza.
— No. Lo de Lucario y Robin puede ser falso, pero tu herida es real. No sabemos si te ha dañado algún órgano. Moverte ahora es una locura.
El razonamiento de la cazarrecompensas era lógico, y Roy lo sabía. Sin embargo, la sola idea de dejar a sus amigos abandonados a su suerte le parecía terrible. ¿De qué le servía estar sano y salvo si sabía que alguien más estaba sufriendo? Pero si obligaba a Dark Pit y a Samus a acompañarle, tendrían que cargar con dos heridos...
Fue Dark Pit el que dio con la solución:
— Iré solo — comentó en tono casual, como si el asunto no fuera con él.
Samus no podía creer lo que estaba oyendo.
— ¡Pero qué dices! Estamos en territorio desconocido, Dark Pit.
— Ya, ¿y? ¿Tenemos otra salida? — el ángel señaló a Mewtwo y a Roy —. Estos dos te necesitan. Mewtwo, por la música y porque eres la única que puede con él, y Roy, porque no creo que esté por la labor de pelear con ese agujero en el cuerpo. Pero yo voy armado, soy rápido y no dependo de ti para nada. Más claro, agua.
La cazarrecompensas bajó la cabeza, dubitativa. Roy tampoco dijo nada.
— Además — continuó el ángel oscuro —, hasta ahora, nada de lo que nos hemos encontrado nos ha hecho daño real. Son como fantasmas, se van si los tocas. Y yo sigo siendo un guerrero. Perdóname por no tener un traje de alta tecnología como tú, pero sigo dando pelea, ¿eh?
Quiso continuar hablando, convencido de que tratarían de disuadirle, pero Samus se le adelantó:
— Está bien. No me gusta, pero tienes razón.
Era evidente que estaba en lo cierto. Ni Roy ni Samus querían admitirlo, pero la situación era demasiado grave. No era solo por Robin y Lucario, que como bien había explicado la cazarrecompensas, podía ser un simple truco del lugar en el que estaban encerrados, sino por ellos mismos. Con dos heridos y un ambiente que les robaba las fuerzas a pasos agigantados, no podían tener muchas esperanzas de futuro.
Necesitaban separarse. Era un riesgo que debían afrontar si querían sobrevivir.
El ángel se levantó, preparando su brazal. Ya había explorado a solas el lugar antes de encontrar a Samus y no había sido para tanto. Con un poco de suerte, lograría encontrar una salida y regresar para contarlo.
Roy le hizo un gesto con la mano antes de que se fuera.
— Por favor, ten cuidado — pidió el espadachín. Su mirada reflejaba tal preocupación que el ángel se preguntó cómo alguien como él podía haber vivido una guerra—. A la mínima que veas algo...
— Sí, sí — interrumpió Dark Pit —. Que no soy un crío. Volveré y saldremos de aquí, ya veréis.
Samus le tendió unas pequeñas esferas de color violeta.
— Son bombas de Morfosfera. Si pulsas el botón central y las lanzas contra el suelo, estallarán. No hacen mucho daño, pero te pueden venir bien.
El ángel las guardó en uno de los bolsillos de su túnica, no sin antes mascullar unas palabras de agradecimiento.
— Dark Pit, dejaré la luz de mi traje encendida — continuó Samus —. El destello de tu Brazal de Electroshock también debería verse desde cierta distancia, así que, si pasa algo, enciéndelo varias veces seguidas. Iremos a ayudarte.
— Que sí, que sí... No me voy a la guerra, ¿eh? — replicó, algo irritado. Le daba la impresión de que sus compañeros no confiaban en sus habilidades —. Nos vemos.
Se marchó sin mirar atrás, intentando esquivar esas miradas de preocupación y esos consejos bienintencionados que tanto daño le hacían a su orgullo. Cronológicamente, su experiencia en batalla era prácticamente nula en comparación con la de Roy y Samus, pero poseía todos los conocimientos bélicos de Pit y, desde que había llegado a la mansión, se había dedicado en cuerpo y arma a su entrenamiento.
No le daba miedo lo que pudiera haber ahí fuera. Según su punto de vista, era aquel abismo negro el que debía estar preocupado.
Avanzó en línea recta, girándose de vez en cuando para comprobar si podía ver a sus compañeros. El brillo anaranjado del traje de Samus era inconfundible y refulgía en la distancia como una diminuta estrella, así que, confiado, continuó su camino.
De algún modo, notaba que había algo diferente en la estancia, algo que no lograba ubicar pero que estaba seguro de no haber percibido la primera vez que había explorado en solitario.
Me estoy volviendo loco, pensó, sin dejar de mirar a su alrededor en busca de algo que le llamase la atención, lo de Roy me habrá puesto nervioso. Esto está tan vacío como siempre.
Lo estaba y a la vez no, porque a medida que se alejaba de sus compañeros, Dark Pit veía que el suelo estaba empezando a tomar una forma diferente, tal y como había hecho anteriormente para moldear los recuerdos de Samus.
Preparado para lo que pudiera aparecer, el ángel alzó su única arma por delante de su cuerpo y empezó a caminar con lentitud. No volverían a cogerle por sorpresa, como había ocurrido con la estatua del Torizo. Fuese lo que fuese lo que se dispusiese a aparecer, no le podría hacer daño.
Las paredes y el suelo se deformaron hasta convertirse en los propios de una vieja mansión, muy parecida a la que habitaban todos los luchadores. Lo que antes le había parecido una llanura negra, pronto se estrechó en un pasillo de madera salpicado de lámparas antiguas.
Se sintió encerrado. Sobresaltado por el cambio de ambiente, corrió hacia la primera puerta que vio. Era de madera maciza, bellamente decorada, pero el ángel apenas le prestó atención. Lo único que quería era salir de allí. Accionó el picaporte y a punto estuvo de caerse de bruces, porque aquella entrada daba a unas pequeñas escaleras de hormigón. Ayudándose con las alas, recuperó el equilibrio, sin atreverse a descender.
La sala que se abría ante él era amplia y no se parecía en absoluto al pasillo que acababa de ver.
La madera había dado paso al cemento y al metal, y cerca de las paredes se apilaban máquinas que el ángel no había visto en toda su vida.
Pero lo que más le llamó la atención fue una especie de vitrina cilíndrica. Parecía hecha de cristal grueso y estaba llena de un líquido verdoso que no acertó a reconocer. Dentro, sumergida en aquella sustancia, había algo. Tenía los mismos miembros que un ser humano, pero estaba cubierto por una especie de armadura que impedía que se le viese el cuerpo.
A su alrededor, un grupo de hombres vestidos con batas blancas se repartían varias tareas. Uno, sentado frente al ordenador, escribía algo, mientras otros tres se dedicaban a introducir algo en un tubo que estaba conectado a la vitrina.
Ninguno reaccionó ante la llegada de Dark Pit. Era como si no pudieran verlo. El ángel supuso que así sería.
Despacio, se acercó a ellos.
— ¿Reacción? — preguntó el científico que estaba utilizando el ordenador.
— Ninguna todavía. No parece notarlo.
— Entiendo... — el hombre tecleó unas cuantas palabras y luego, sin mirar a sus compañeros, dijo: —. Añadid la sustancia B.
— Entendido. Vamos a ello.
Dark Pit observó, sin comprender lo que estaba pasando, cómo lo que parecía ser un grupo de científicos introducía algo diferente en el tubo. El ángel no tenía grandes conocimientos de química, pero no se le pasó por alto la etiqueta que había en el bote del que estaban extrayendo el líquido. Ponía que el contenido era "extremadamente peligroso" y que "podía causar laceraciones y quemaduras químicas".
Se le erizó el vello de la nuca. Eso que estaba dentro de la cápsula... no estaba vivo, ¿verdad?
Tuvo su respuesta en cuanto empezó a oír un chisporroteo y un pequeño gruñido.
— Hay reacción — explicó uno de los científicos —. El monitor marca una aceleración de sus pulsaciones y una activación de los receptores del dolor.
— ¿Y su cuerpo? ¿Tiene daños en la piel?
— Se están registrando quemaduras profundas y...
Dark Pit sintió náuseas. Incapaz de oír más, y a sabiendas de que realmente no podía hacer nada para intervenir, saltó delante de la cápsula con el brazal preparado.
— ¡Parad! ¿¡Qué estáis haciendo!? ¡¿Estáis locos?!
No solo no obtuvo respuesta, sino que la visión empezó a desaparecer como tantas otras. Sin embargo, antes de que se desvaneciera completamente, el ángel pudo ver de cerca al ser con el que estaban experimentando.
Desde el interior de su armadura, unos ojos morados que ya había visto en más de una ocasión le observaron con un odio como nunca antes había sentido.
— Mewtwo... — susurró. Sin saber por qué, extendió el brazo, pero su mano solo encontró aire.
Volvía a estar rodeado de sombras.
Era una atrocidad. Si aquello pertenecía al pasado de Mewtwo, el Pokémon había sido víctima de un tratamiento terrible. ¿Por qué habían hecho eso, y cuándo? El ángel nunca había sabido nada de su compañero más allá de su evidente mal carácter, pero, desde luego, si esa visión mostraba la realidad, podía entender por qué se comportaba así.
Viendo a Pikachu y Charizard, tan queridos por sus entrenadores y tan felices, jamás se hubiera imaginado que en el universo del que procedían los Pokémon existieran esa clase de cosas. Siempre lo había tomado por un mundo en el que era muy fácil vivir, uno en el que no existían ni los crímenes graves, ni la crueldad...
Aquella visión se había encargado de romper el mito de la peor forma posible.
No existía el mundo perfecto. Siempre habría seres que tendrían que sufrir, sin importar los motivos.
Y su propia existencia lo confirmaba. ¿Acaso no había nacido como un intento de arma de guerra?
— Sí, así es.
Se detuvo ante el sonido de su propia voz. Delante de él, oculto en la oscuridad, había un ser hecho de sombras. Negro como una noche sin luna, con el cuerpo formado por una especie de niebla, el engendro avanzó un par de pasos, batiendo unas alas que se asemejaban demasiado a las del ángel. No tenía rasgos faciales. Su cara parecía una espiral de oscuridad que se enroscaba sobre sí misma.
— El eterno segundón, el clon de Pit, Pit-dos...
Dark Pit no quiso dejarle terminar. Convencido de que se trataba de una ilusión más, se abalanzó sobre la criatura con todo el poder de su Brazal de Electroshock... solo para que el ser le esquivase con una pirueta, riendo.
— Lentísimo. Qué patético.
Hablaba con un tono de voz neutro que en algunos momentos se asemejaba demasiado al de Pit.
— ¿Quién eres? — interrogó, preparándose para atacar de nuevo. Pero una vez más, la criatura le esquivó.
— Alguien que viene a contarte algo interesante. Mira:
El ser extendió los brazos. De los extremos de sus manos, como si las estuviera invocando él mismo, aparecieron dos nubes grises en las que se podían ver varias imágenes. A Dark Pit se le puso la piel de gallina cuando las miró:
En la de la derecha, Samus y Roy trataban de defenderse de unos extraños animales hechos de sombras. Dientes afilados como cuchillas resaltaban en sus bocas, y por cada uno que Samus destruía con sus misiles, otro venía a ocupar su lugar. Roy trataba de ayudarla como podía, pero sin su espada y herido como estaba, apenas podía hacer más que intentar defender a Mewtwo.
En la de la izquierda, Robin, cubierta de sangre, estaba presionando su abrigo contra el cuello de Lucario. El Pokémon estaba tendido en el suelo en una postura antinatural, rodeado de un aura tan poderosa que refulgía incluso entre las sombras que los rodeaban. Pero lo peor era que no parecían haberse dado cuenta de que uno de aquellos animales, idéntico a los que estaban atacando a Roy, Samus y Mewtwo, estaba a punto de abalanzarse sobre ellos...
No sabía qué hacer. Lo que menos le importaba era la identidad de la criatura que se encontraba delante de él; sus compañeros necesitaban ayuda, y la necesitaban ya.
— No hace falta que digas nada — dijo el ser antes de que Dark Pit pudiera exigirle información —. Sé a quién quieres ayudar primero. La estratega y el Pokémon no saben lo que les viene encima...
— ¡Cállate! — gritó el ángel. Intentó lanzarse sobre el ser una vez más, pero el resultado no cambió — ¡Cállate y dime cómo llegar! ¡Venga!
— Te lo diré a cambio de un trato. No pido mucho, ¿eh? Solo que me dejes sujetarte el ala derecha durante treinta segundos.
El ángel dudó. Estaba claro que era una trampa, pero... ¿qué otra cosa podía hacer? Lucario y Robin le necesitaban. Y cuando les ayudase, también tendrían que volver cuanto antes a apoyar a Samus y Roy. Había demasiado en juego, y muy poco tiempo para pensar.
— Está bien, vale — dijo de mala gana —. Pero como intentes algo...
Era una amenazada vacía, y lo sabía. Seguramente los dos lo sabían.
El ser se rió, quitándole importancia al comentario, y se colocó detrás del ángel. Dark Pit notó que una fuerza cálida y extrañamente delicada le envolvía el ala a la altura de la articulación. Se puso en tensión con el arma preparada.
— Al final serán veinte, ¿vale? Veinte, y te transporto con tus amigos, te lo prometo.
El ángel cerró los ojos. No sabía por qué, pero sentía que su corazón se le iba a salir del pecho. Empezó a contar mentalmente.
Dieciocho, diecisiete, dieciséis...
— Gracias por confiar en mí.
Dark Pit ignoró el comentario, siguiendo con su cuenta mental. Una solitaria gota de sudor le recorrió el rostro.
Catorce, trece, doce, once...
— Sé que puedes salvar a tus amigos. Esa pobre chica está desarmada y el Pokémon... bueno, lo has visto tú mismo.
... ocho, siete, seis, cinco...
— Tienen suerte de contar con alguien como tú. Eres razonable, aunque los demás se empeñen en decir lo contrario.
Los músculos del ángel temblaban.
Tres, dos...
— Pobre Link. En el fondo, me da pena.
Pero Dark Pit no tuvo tiempo de reaccionar ante ese comentario. De un simple estirón, tan sencillo, tan fácil como el rasgar de unas tijeras sobre una hoja de papel, la sombra le descoyuntó el ala. Una corriente de dolor le devoró la espalda cuando intentó moverse, gritando.
— Lo prometido es deuda, chico. Ve a salvar a tus amigos.
Dark Pit se vio rodeado por una especie de torbellino negro. Con los ojos húmedos de puro dolor, apenas pudo hacer más que revolverse, convencido de que aquella criatura le había engañado de la peor forma posible. Estaba condenado, iba a morir, iba a...
— ¡No! ¡Lucario!
Pero en menos de lo que duraba un parpadeo, se dio cuenta de que había cambiado de posición.
A menos de cinco metros, vio a Robin colocada sobre Lucario en un intento de usar su cuerpo a modo de escudo humano. A sus espaldas, a punto de hincar los dientes en su carne, estaba la criatura que el ángel había visto en las imágenes.
Incluso con el ala dolorida, no se lo pensó dos veces.
— ¡Robin!
La criatura se giró en su dirección. Un gruñido salido de lo más profundo de su garganta resonó en el lugar.
Nota: Muchas gracias a todos por vuestras reviews y por agregar la historia a favoritos y/o a vuestra lista de seguimiento. Espero poder seguir entreteniéndoos durante todo el tiempo que dure este fic :D
Aún no he terminado mis exámenes, así que seguiré actualizando despacio. Sé que he interrumpido el capítulo en un momento muy malo, pero era inevitable. ¡Lo siento!
Nos leemos, y gracias por seguir esta historia.
