Beatrice sentía la presión que el corset nupcial, que le oprimía lenta y fuertemente. Las criadas, le vestían, del más claro blanco, le colocaban el blanco vestido, de escote leve, mangas de princesa y corte sereno, con una cola blanquecina, que simulaba la de un pájaro. Su rojizo pelo estaba adornado con flores azuladas y alguna que otra perla, brillante. Llevaba unos pendientes pequeños, sencillos quizás, pero no muy llamativos. Su maquillaje era muy básico, sus pecas resplandecían, su pequeña nariz, con su perfecta curvatura, sus ojos grisáceos, poco adornados con un leve brochazo de color azul, sus pómulos, levemente sonrosados, su piel, pálida, quizás en exceso y sus labios carnosos, perfectamente cuidados y con un pequeño brillo. Sonreía, feliz, aunque se sentía algo abrumada y mareada. Hoy era su día especial, había logrado recuperarse de la terrible mala racha que había sufrido semanas anteriores, una enfermedad extraña le invadió cuerpo y alma, postrada en la cama sin moverse casi. Y sabía, sabía que algo estaba detrás de esto… Algo…Desconocido.
Y allí estaba, sonriente, poniéndose los altos zapatos que debía llevar, algo difícil, ya que llevaba un vestido muy pesado y pomposo. La boda era en un castillo, bastante lejano, con toda la familia de Beatrice y de Wirt. Greg estaba disfrutando de hacer unas cuantas bromas a su hermano, que esperaba en el altar, nervioso.
-Wirt, puedes huir cuando puedas, yo te cubro… ¿No era ese tu plan? -susurraba entre risas.
-No, no, no, ¡Greg! ¡Cállate!-contestó Wirt, enmudeciendo al ver entrar a la bella dama.
Que radiante situación. Ella caminaba hacia el altar, algo dolorida, con una sonrisa, irradiaba confianza y calma, mientras los tacones blancos se le clavaban en lo más profundo de su ser.
Caminaba, mientras todos contemplaban su níveo vestido, su semblante sereno y su felicidad, caminó y caminó hasta llegar al altar, con su ramo de flores blancas.
¿Todo era tan idílico como parecía? La verdad, no. Ella sabía que si se daría la vuelta, eso le atormentaría, que estaría allí, aplaudiendo de manera muy lenta en las sombras, lejos de la horrible luz que evita a toda costa. Sentía su vacía pero tétrica mirada, esos ojos ciegos que lo ven todo. Eso sentía, el pánico, el horror. Pero debía calmarse. Era su boda. Todo debía salir bien.
O eso pensó. Eso creía a pies juntillas.
Y la carcajada tenebrosa, profunda, horrible, oscura, resonaba, silenciosamente, en su cabeza.
Cuando el cura pronunció las últimas palabras de su sermón, Wirt se acercó a ella, lentamente, acariciando sus pálidas manos, sonriendo dulcemente. Se besaron, de manera fría quizás, pero era una sensación extraordinaria, cálida, hermosa… Salieron y anduvieron hasta el comedor, atestado de gente y comida.
Brindaron por su futuro, brindaron por ellos mismos, por el amor que sentían. Y ella estaba ahí, sentada en su suave silla, con sus doloridos pies, con su sonrisa levemente torcida, devorando lentamente el exquisito menú. De primero, almejas con salsa picante, ensalada de queso de cabra con jamón, de segundo, deliciosos medallones de cordero con una suculenta salsa especial, de tercero, salmón y trucha asada, con patatas a las finas hierbas, decoradas con hojas de laurel. Y de postre, la tarta nupcial, de chocolate, decorada con nata coloreada de rojo, con aspecto delicioso.
Beatrice comía lentamente, al igual que Wirt, que disfrutaba del banquete.
Tras acabar todo, bailaron un sencillo vals, lento, suave. Se miraron a los ojos, pensando en su feliz y futura vida en su fantástica casa, oyendo a sus futuros hijos corretear, oliendo el olor de las ceras recién usadas, la hierba recién cortada por el jardinero, el suave aroma de la lluvia mojando la tierra, el oír como sus hijos se quitarían las pequeñas botitas amarillas de la lluvia, el oír sus murmullos al acostarse, como pequeños pajaritos, el escuchar sus armoniosas voces, besar sus frentes antes de acostarles, el poder abrazarles, curar sus pequeñas rozaduras de las piernas, todas esas cosas que a una futura madre le gustaría sentir. Wirt imaginaba a sus hijos, a sus pequeños azulejos, correteando por la casa, haciendo pequeñas travesuras, tocando el clarinete de su padre, algo maltrecho y corroído por el tiempo. Escuchar sus risas, sus tristes llantos, sus gritos de furia infantil, sus pequeños piececitos recorriendo la mansión de arriba abajo, bajando la gran escalera..
Creían que tendrían muchos hijos e hijas, todos bellos y hermosos como ellos, buenos, educados, gentiles… La desgracia les sorprendería más tarde, mientras, disfrutaban de su eterno vals, de su educada simpatía, de su joven amor. Sentían el cálido aroma de sus labios, oían sus respiraciones casi al unísono. Y embriagados por ese sentimiento, decidieron subir a su habitación, arriba, en el castillo. Sus invitados se habían marchado, muy felices y con el estómago lleno.
Subieron trotando de manera algo dolorosa las escaleras. Nada más abrir la puerta ella se tiró en la cama, se quitó los zapatos y el complicado sistema de petticoats que llevaba, tirándolas al suelo, se aflojaba el corset y se tumbaba en la cama. Nada de lo que hacía era con connotaciones eróticas, era simple comodidad, para poder dormir mejor.
-Beatrice, ¿vas a dormir con ese vestido puesto…? - preguntó Wirt, mientras se quitaba la pajarita roja que llevaba en el cuello.
- Es que… Me da pena quitármelo… Es tan bonito… Y me costó tanto ponérmelo…-contestó ella, acariciando el vestido con cariño y quitándose los pendientes, las perlas y todo el floripondio que tenía encima.
-… ¿Te ayudo a quitártelo?- dijo él, sentándose en la cama, quitándose la elegante chaqueta del esmoquin.
Ella suspiró y puso una cara bastante cómica.
-¡Mequetrefe!-dijo entre risas, estalló en una leve carcajada, hasta que recordó que debía permanecer seria que esta era su noche de bodas y que todo… debía ser perfecto.
Él sonrió, sintiendo como más amor incluso. Le encantaba que ella le hubiese cogido tanto cariño y confianza. La última vez que había tenido una relación así fue con Sarah pero… la cosa no cuajó y ahora, esperaba que la persona con la que había soñado y esperado tanto tiempo, le hiciese feliz.
Beatrice se desataba el corset, mientras isistía en que Wirt apartase los ojos. Wirt pasaba de ella y el ayudaba a quitarse el corset. Y ella se alejaba riéndose. Así hasta que ella se quitó el vestido y pudorosa, cogió la chaqueta de Wirt que estaba en la cama y se tapó con ella, abrió la cama y se tapó con la manta.
-Buenas noches-murmuró mientras metía la cabeza entre las sábanas.
-¿Vas a pasar toda nuestra noche de bodas durmiendo?- preguntó él, riéndose bastante animado.
-Pues sí, tengo sueño, la comida fue muy pesada y quiero dormir…
-Anda… Dejame besarte otra vez más- pidió, Wirt, mientras se metía entre las sábanas.
Y ella miró para arriba, sintiendo otra mirada fría por encima de ella, encima de la cama, del cabecero rococó que a Wirt tanto le encandilaba… Y allí estaba, la oscurísima sombra, la tenebrosa aparición, encima de su cabeza. Ella reprimió un muy asustado grito mientras miraba al techo con una expresión de terror… Y estaba eso así, con sus grandes cuernos, su expresión macabra, sus ojos lechososos que desprendían una horrible luz blanca… Gritó, asustada, señalándole, con su dedo extendido hacia el techo, atemorizada al extremo.
Pronto, Lo Desconocido se abalanzaría sobre ellos, o eso creían. Wirt, frunció el ceño, miró el techo y vió a su antigua némesis. Perduró el tiempo, logró escapar de su mente, logró sobrevivir alimentándose de más aceite negruzco, de más muertes, de más árboles cortados que clamaban al cielo clemencia y aullaban doloridos aunque nadie pudiera oír sus terribles gritos de socorro y dolor.
La oscuridad inundaba la habitación y acechaba sus corazones, que latían más fuerte que nunca.
Creían que todo sería perfecto, como un cuento bien contado en una noche de tormenta. Pero no, la macabra mirada les observaba, con odio, recelo.
Nada había acabado aún, la oscuridad no se elimina con un solo golpe de lámpara, potenciada por el sacrificio de vidas inocentes. Y lo Desconocido, ahí estaba y el Peregrino había iniciado el viaje hacia su propia perdición…
