Durante meses esa marca había permanecido durante mucho tiempo en su brazo, pero poco a poco desapareció, al igual que el dolor y el sufrimiento, la angustia dejó de existir, la felicidad y la fortuna llegó a la gran casa. Wirt estaba eufórico con todo, tenía ideas muy buenas para edificios nuevos, había sido contratado para construir un banco nuevo y una biblioteca en ciudades vecinas, cobraba mucho y el trato era aceptable.
No se pasaba día y noche con el compás y la escuadra, eso eran sólo dos o tres horas de su tiempo, estaba con Beatrice, que salía a veces a ver como el negocio de sus padres despegaba, como habían transformado la panadería, ayudaba a hacer los bollos, los croissants, las caracolas de chocolate, los pastelitos de limón, llevándose algunos al final de la jornada o antes de acabar, volvía a casa con un paquetito decorado por sus hermanos, que le agradecían todos los días todo lo que hacía por ellos, manchaba de harina sus caros vestidos para estar con ellos, no era criticada por las mujeres del pueblo, ella era un ejemplo a seguir.
Wirt correteaba por su casa, paseaba por los jardines con una sonrisa en los labios, halagaba la comida más que nunca, notaba el sabor de las especias, rara vez se quejaba, rara vez se frustraba como antes, nunca se encerraba en su estudio durante muchas horas, en la oscuridad, dejaba de ser tan asocial, salía cuando hacía sol, chapoteaba como un crío en los charcos. Recuperó su juventud de un plumazo y se sentía tan bien, deseaba que esto siguiese para siempre.
La fortuna parecía sonreír con ganas a esta pareja de jóvenes, enamorados, pudientes, con gusto al vestir y de amable parloteo. Tarareaban alegres melodías mientras caminaban de la mano por la gran mansión, se sentaban, gráciles, en sus sillas, dejaban que sus criadas les sirviesen, los manjares que preparaban con cuidado y esmero. Comían lentamente, animados, felicitando a las mujercitas. Tras la comida, solían pasear hasta que notaban que no podían andar más, retornando al hogar y allí, tras un baño, se ponían un cómodo pijama y dormían, con una sonrisa en los labios, suspirando felizmente.
Pero todo eso se había vuelto algo monótono, todos los días lo mismo. Beatrice quería ver mundo, pero él seguía enfrascado ahí, en su gran mansión, deseoso de acabar todo lo que tenía que hacer referido a los planos. Ella quería comentarle que quería salir de allí, huir a las montañas o bañarse en el mar, volar libremente, como ella había hecho, pero cuando quería comunicárselo, él ya no estaba. Pero un día, antes de acostarse ambos, decidió que era un buen momento para hablar de ello.
-Esto...Wirt...-intentaba decir, su corazón comenzaba a latir, como si un pajarito se hubiera quedado encerrado en su caja torácica.- Me gustaría decirte que, quiero salir un poco de casa, pasear por los jardines está bien, pero no se puede comparar con viajar por el monte o mojar los pies en el mar. O dar un paseo por el río. Vamos, ¿no te gustaría?, ir de picnic, hacer una pequeña merienda en medio de la nada, sólo tú y yo, con el mar de fondo o con las montañas, sería algo muy bonito.
El muchacho estaba mirándole, incrédulo. Hacía muchísimo que nadie hablaba así con él, recordaba como su antiguo supuesto amor le había hablado así, como Sara le gritaba, como gesticulaba furiosa, enfadada, porque en sus ojos no había ese mismo color, porque ese tono se había perdido, porque las caricias ya no eran lo mismo. Había pasado mucho desde eso y todo era muy distinto. Él si amaba a Beatrice, pues claro que si, le decía dulces palabras, su tono era más alegre, ya no se levantaba pensando "Aguanta, venga, algún día esto se acabará, algún día ella estará aquí, era real todo." Y todo se cumplió, ella era ahora su mujer, compartiría el resto de su vida con ella. Volvió al tema y con una sonrisa dulzona le contestó.
-Pues claro, no tengas miedo a decirme estas cosas, pues claro que podemos salir de aquí, no hay ningún problema, vamos, mañana lo arreglaré todo para ir este fin de semana a la playa, ¿vale?- dijo suavemente, mientras ella se calmaba, como si todo hubiese pasado.
-Ahm, de acuerdo, cielo, buenas noches pues...- y tras besarle en la frente y pronunciar esas palabras, ambos se durmieron con facilidad en el cálido lecho marital.
La luz del sol acarició los párpados de la jovencita, que se despertó enseguida. Ya era el día deseado para la partida y el paseo por la playa, la comida y todo lo que Wirt había planeado y calculado al mínimo detalle.
Se levantó, somnolienta aún, yendo al baño, aclaró con agua su cansado rostro, refrescando sus ojos, peinando con los dedos su pelo rojizo, atándolo en un pequeño moño, se anudó un albornoz mullido que encontró y bajó al salón, donde el té y las pastas, junto a los pastelitos de limón le esperaban. Mordisqueó un pastelito con ganas y saboreó la mezcla fría y esponjosa de la crema y el limón rayado, el perfecto crujido de la cobertura azucarada que tenía encima, mojó las pastas en el té de frambuesa, notó el azúcar bajar por su garganta, notó el calor que desprendía la taza y como el té desaparecía con cada pasta que sumergía.
Cuando acabó, llevó todo a la cocina, sorprendiendo a las chicas, que le miraron sonriendo, agarrando de inmediato las bandejas, mientras la colmaban de abrazos y alabanzas.
Wirt llegó a casa pasados veinte minutos, se quitó las botas de pasear y las dejó en la entrada, se aproximó a la cocina y besó a Beatrice en la mejilla, saludó a las criadas y ellas le abrazaron con fuerza. Se quedarían solas en la casa durante dos días y menuda fiesta montaban, tenían que trabajar durante más días, pero podían relajarse un poco. Prepararon todo y subieron todo lo necesario al coche, mientras Beatrice se vestía en su cuarto, con un vestido amarillo, con mucho vuelo, acompañado de una chaqueta bastante calentita, con unas sandalias del mismo color. Se puso un poco de carmín en los labios y llevó unas gafas de sol.
Caminó hasta el coche, se montó y se despidió de todas. Salieron de la mansión, aliviados y felices, por fin podrían divertirse ellos dos.
O eso pensaban. El aire les despeinaba los cabellos pero no les borraba la sonrisa, Beatrice conducía alegre, canturreando una dulce canción, Wirt miraba a la carretera, siguiendo la melodía y cantando junto a ella, sintiendo una agradable sensación en su corazón, sin miedo, con ganas de llegar a la pequeña casita que tenían en la playa, que estaba a varios kilómetros de la mansión. La había construido hace mucho, cuando Sara estaba obsesionada con ir a tomar el sol, una de sus locuras, deseaba estar morena, aunque volvía a casa con terribles quemaduras, se tiraba horas en el baño aplicándose olorosos ungüentos, para querer ser más "deseada", aunque no dieran nunca resultado.
Pero la casa había sido reformada, era pequeña, pero acogedora. Nada más llegar, se bajaron del coche, abrieron el abultado maletero y sacaron las maletas.
Ella notó un fuerte escalofrío que le recorrió toda la espalda, era una sensación horrible, porque lo sabía. Sabía que todo esto no había terminado con unas cuantas palabras, sabía que eso volvería y que les asustaría otra vez, que cuando menos se lo esperase, una sombra se alzaría y les arrebataría la felicidad que les costó tanto conseguir. Y ahogó un grito, se aguantó las ganas de chillotear al pensar que sucedería si todo se oscureciese y escuchase esa operesca voz otra vez.
No todo acabaría siendo tranquilo y relajado en estas cortas vacaciones...
