Notas: La frase "si no tienen pan, mejor que coman pastel" fue supuestamente dicha por la reina María Antonieta, Akuno-P basó a la princesa Rilliane en ella e incluye esta frase y la situación del hambre y los señores feudales en su novela, quería rescatar este trozo que es de mis favoritos, en esta historia como un buen motivo para que la princesa Vanika decidiera volverse otra persona. Ahora sí, les traigo el tercer acto, donde presentaré un poco de la vida de Vanika al volverse Conchita y olvidarse de su título de princesa. ADVERTENCIA: Miku, es una niña explotada en esta historia, luego no me culpen de los traumas que les pueda ocasionar, leer este acto, XD. Por cierto tengo cuenta en Facebook síganme ¿Si? Me encontrarán como Chibi Carshmen Ichigo, estaré subiendo ahí los dibujos que he ido haciendo sobre este fic y otros.
DISCLAIMER: El software Vocaloid, la novela escrita por Akuno-P y las canciones a las que se hace mención no son de mi autoría y no me pertenecen, lo único que es mío es la trama y los personajes secundarios (la gente del pueblo, el ministro, los padres de Vanika, Leonel,…)
ACTO III.- LOS HABITANTES DEL CASTILLO DE PIEDRA.
Se fue a su cuarto, pensando en todo lo que le había dicho el ministro, podría ser la reina ahora, podría gobernar tal y como había sido su sueño, pero no estaba segura, había oído hablar a la mucama que en el pueblo se rumoraba que aún buscaban a los que tuvieran la misma sangre de la princesa Rilliane, para acabar con todo el mal.
Si eso era cierto, no duraría ni un día gobernando. Además, se desenmascararía con su servidumbre, para ellos solo era Conchita, la duquesa que les daba trabajo a cambio de ser sirvientes buenos y fieles. Pero por otro lado, Lucifenia se estaba cayendo a pedazos, aún había demasiada pobreza, los habitantes estaban enfermando y la revolución que se armó había cobrado muchas vidas.
Ella poseía mucha riqueza, toda heredada de su padre quien fuese el príncipe de ese país, al no tocarle el trono, había adquirido una gran cantidad de bienes y oro, todo solo para él y su familia, como Vanika era la única que quedaba, todo le pertenecía. Con todo lo que tenía podría reconstruir el reino y levantar al menos un poco la economía, sería la gran soberana.
Sin embargo, seguía enfadada porque su compromiso matrimonial se había arruinado, su prima le había arrebatado el derecho del trono, y una vez que ella echó todo a perder, el ministro le suplicaba que lo arreglara. Y pensándolo bien, no valía la pena, ya no haría nada, la heredera ya no existía, ella era Conchita solo una habitante más de Lucifenia, era la habitante del castillo de piedra. Además, ¿Cómo podría abandonar su hermoso y acogedor castillo?, aparte de toda su servidumbre, todos ellos la apreciaban, la adoraban, ella los había recogido y la veían como su familia.
Estaban los gemelos Rin y Len (a los que siempre les decía "mis pequeñines"), unos niños de trece años que encontró en el mercado de Lucifenia, un año atrás.
Vanika salía de la celebración religiosa de ese domingo y el mercado quedaba relativamente cerca de la catedral, tenía hambre y decidió comprar algo de comer, pues en su castillo no había quien le cocinara, puesto que el chef número doce que había trabajado en su castillo, la había hecho enfadar al servirle la comida cruda. El mercado estaba lleno de gente, que se paseaba ente los puestos, Vanika miraba a todas partes y algo llamó su atención.
Un pequeño niño rubio sustraía cosas de los puestos de comida y se las daba a una niña también de cabellos dorados, los observó un rato y no pudo evitar acercarse a ellos. Estaban sucios, desnutridos y se veían tristes, Vanika les preguntó dónde estaban sus padres y ellos le contaron que eran huérfanos cuyo padre fue soldado en el castillo real, dijo algo que a la princesa no le agradó y fue mandado a degollar, más tarde su madre murió a manos de los soldados porque no había podido pagar el nuevo impuesto.
— ¡Qué horror! —Exclamó Vanika al saber eso — ¿Niños les gustaría trabajar en mi castillo? —Preguntó —Miren, mi castillo no tiene mucho de que fue construido y no tengo servidumbre, además les pagaré, vivirán en el castillo, tendrán ropa y alimento. —dijo tratando de convencerlos.
Los niños intercambiaron miradas y niño que al parecer era el mayor exclamó:
— ¡Nos encantaría, señorita!
Vanika sonrió, ahora tenía un mayordomo y un ama de llaves, pequeños, pero de seguro serían los mejores.
—Señorita, ¿Cómo se llama usted? —preguntó curiosa la niña a su nueva patrona.
—Concepción Behemoth, pero llámenme solamente Conchita —contestó y llevó a los niños a una nueva vida en el castillo.
A parte de los gemelos, estaba la pareja casada Luka y Kamui, ambos extranjeros de un país cuyo nombre no mencionaron. A ellos los encontró a los dos meses de la llegada de los gemelos a su castillo, estaban llorando la muerte de su primer hijo en la catedral de Lucifenia. Ella cargaba en brazos el cadáver del pequeño bebé de tan solo diez meses de edad, mientras su esposo lloraba al pie del altar. Vanika sintió un horrible nudo en la garganta cuando los vio.
—Señora, disculpe que sea entrometida, pero ¿Qué le ha sucedido? —dijo con la mayor educación posible.
—Oh señorita, una gran desgracia —dijo llorando la mujer —mi pequeño hijo ha muerto, todo por culpa de esa princesa —dijo con rabia —Debido a esa ley sobre los extranjeros, el doctor no pudo atender la alta fiebre que tenía, todo por no tener derecho en esta tierra —lloraba desconsoladamente, mientras veía el rostro helado del bebé —Y ahora, ahora, no podemos darle santa sepultura, por esa misma ley, la princesa nos exige quinientas piezas de oro a cambio de que lo podamos sepultar en esta tierra que no lo vio nacer —la mujer se soltó a llorar y se arrodilló ante el altar igual que su esposo, suplicando a Dios un milagro. Vanika quería llorar, se acercó al hombre y le tocó el hombro. Él la miró un instante, y continuó llorando.
—Señor, disculpe mi atrevimiento, pero yo puedo ayudarlos a darle una sepultura digna a su hijo, sin que tengan que pagar esas quinientas piezas a la princesa. Yo soy dueña de un castillo de piedra a las afueras de la ciudad, en él solo habitamos tres personas, mi ama de llaves, mi mayordomo y yo. Me hace falta servidumbre, si quieren puedo darles trabajo, les pagaré bien, vivirán en mi castillo, les daré ropa y alimentos y además tendrán la sepultura de su hijo cerca. —dijo calmadamente a la pareja.
— ¡Es usted una santa! —exclamó la mujer y besó la mano de la dama.
—Por favor, no haga eso —susurró Vanika.
—Aceptamos su oferta —dijo Kamui a la mujer brindándole una mirada de agradecimiento.
— ¿Cuál es su nombre señorita? —preguntó la mujer tomándole la mano.
—Concepción Behemoth, pero ustedes llámenme Conchita—contestó.
Ese día se dirigieron al castillo y le dieron sepultura digna al pequeño, se le oficiaron varias celebraciones religiosas, efectuadas por un sacerdote antiguo amigo de Vanika. El matrimonio se quedó en el castillo, ella se convirtió en la mucama y él en el chef número trece. Hasta ahora el castillo tenía cinco habitantes.
Unos meses más tarde, precisamente una semana después de su celebración de cumpleaños, encontró a una jovencita, su nombre era Miku, tenía quince años y ahora era una sirvienta más en su castillo. La jovencita cuyo verdadero nombre es desconocido, incluso para ella, nació en el reino de Elphegort, pero desde muy pequeña fue raptada por uno de los habitantes de Lucifenia quien la usaba para conseguir oro. Vanika la encontró en una verbena que se llevaba a cabo en un pequeño pueblo, la chica bailaba sobre una plataforma, llevaba puesta una ropa demasiado provocadora y movía las caderas al ritmo de tambores. Todos los hombres la miraban, pues nunca habían visto una chica igual, su piel era increíblemente blanca, sus ojos parecían dos lagos y su cabello era de un raro color turquesa que le llegaba hasta los muslos.
Vanika se sintió mal al ver a una niña vendiéndose, tenía que sacarla de allí. Cuando Conchita pidió hablar con ella, un hombre fue quien le dio la cara, decía ser el representante de "Miku la belleza exótica de Elphegort", el hombre le explicó que en el lugar de donde provenía la niña la gente nacía con el cabello de color turquesa, incluso le dijo que tenía un gran valor, que una noche en el lecho de Miku valía al menos cincuenta piezas de oro, no importaba si eras hombre o mujer. Vanika sintió un profundo asco hacia ese hombre y pensó que sería mejor apartar de su lado a la niña.
—Le daré seiscientas piezas de oro, por la chica —dijo sin vacilar.
—Valla, sí que la desea —dijo riendo el hombre.
Vanika hizo una mueca de asco. El hombre rió y mandó a traer a la chica que llevaba años explotando. Cuando la pusieron frente a ella, la chica la miró con un poco de asombro y cuando sus ojos se encontraron bajó la mirada al piso, juntó sus manos con cierto nerviosismo y tragó saliva.
—Mira Miku, la dama pagará seiscientas piezas de oro por ti, al parecer le gustaste mucho, salúdala no seas tímida —dijo el hombre a la chica que tenía la mirada en el piso y jugueteaba con sus dedos nerviosos.
—Buenas tardes, respetable clienta —Dijo sin subir la mirada y tomando entre sus manos parte de su largo cabello turquesa.
— ¡SALÚDALA BIEN! —gritó el hombre y de su cinturón sacó un látigo con el cual amenazó a la chica.
Miku levantó la cara y con un poco de miedo se acercó a Vanika con nerviosismo soltó su cabello y puso sus temblorosas manos sobre los grandes pechos de la dama, los estrujó suavemente, le dio un beso en la mejilla y le susurró:
—Buenas tardes, respetable clienta.
Conchita estaba muda, avergonzada y roja, trató de mantener la compostura, pero las manos de la menor continuaban estrujando sus pechos con suavidad.
El hombre rió —Buena, chica —dijo.
Conchita se armó de valor, puso sus manos sobre las de la menor y las separó rápidamente de sus pechos, la miró a los ojos, los cuales amenazaban con llorar y la tomó entre sus brazos en un cálido abrazo.
—Puedes llorar pequeña, ya no tendrás que hacer eso nunca más —le susurró.
Miku se soltó a llorar entre los brazos de esa dama.
—Le daré las seiscientas piezas de oro y me la llevaré ahora mismo —dijo recobrando la compostura.
—Claro que sí, es toda suya, solo que quiero mi oro en este momento —dijo el hombre.
Vanika sacó de su bolsa un pequeño saco con oro, donde llevaba exactamente la cantidad de seiscientas piezas, era todo lo que llevaba para donar al templo de aquel pueblo, pero el hecho de liberar a la niña, le parecía más importante. El hombre tomó el oro y lleno de alegría se fue dejándolas solas.
—Ya eres libre, pequeña —dijo Vanika a la menor que aún lloraba en sus brazos.
Miku levantó la vista y miró fijamente a la dama de ojos castaños, acto seguido se soltó de sus brazos y se arrodilló.
—Le pido que me disculpe, no era intención mía faltarle el respeto a su cuerpo, él me obligaba, me dejaba sin comer si no lo hacía o amenazaba con matarme, le ruego que me disculpe. —dijo entre sollozos y con la cara al piso.
—Eres perdonada pequeña, ahora dime ¿Cuál es tu nombre real? —preguntó Vanika.
—No lo sé, él siempre me dijo que me llamo Miku, así que supongo que es ese mi nombre. —dijo aún con la cara al piso.
—Miku, bueno te diré así, mi nombre es Conchita Behemoth ¿Te gustaría trabajar para mí? —preguntó
—Trabajar… —dijo levantando la cara —no tengo más opción que aceptar, usted me compró por seiscientas piezas de oro—dijo mirándola con sus ojos de color claro.
—No eres una esclava, el oro viene y va y además poseo mucho —explicó Vanika. —Es tu decisión si vienes conmigo o no, no pienso obligarte a nada, solo pensaba en que no tienes sitio al que ir ¿O sí? —pregunto a la chica que continuaba arrodillada a sus pies.
—No, no tengo sitio al que ir y no tengo intención de continuar dando mi cuerpo por comida —dijo bajando la mirada y sintiéndose avergonzada —Iré con usted, porque aunque lo niegue ahora es mi ama y si usted no me ve como su pertenencia, solo espero que me vea como su sirvienta más fiel y aquella que hará todo lo que usted mande sin importar lo que sea —dijo levantándose y besando la mano de Conchita.
Seis habitantes, en total en aquel castillo de piedra.
Vanika estaba recostada en su cama recordando cómo conoció a cada sirviente, todos a excepción de Miku le guardaban rencor a Rilliane, no podía revelarles que ella era su prima, la odiarían. El reloj de pared que se encontraba en su habitación marcó las diez, faltaba una hora para la cena, faltaba una hora para poder probar los platillos que Kamui le preparaba. Estaba hambrienta, el ministro le había arruinado la merienda y había dejado sin terminar su postre.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos con un par de golpes a la puerta de su habitación.
—Adelante— dijo sentándose en su cama la mujer de cabello castaño.
—Señorita, disculpe la intromisión pero el chef Kamui le manda un pequeño aperitivo —dijo la tierna voz de Rin, entrando a la habitación con una pequeña bandeja en las manos.
Vanika le sonrió a la pequeña niña y la invitó a sentarse a un lado de ella.
—Gracias mi pequeñita, agradécele al chef en mi nombre —dijo.
Rin sonrió y destapó la bandeja en la que llevaba un trozo de pastel de chocolate, un pimentero y un frasco con paprika. Conchita, puso la bandeja en sus piernas y tomó una cuchara, le hizo un pequeño gesto a Rin, quien tomó el pimentero y molió un poco de pimienta sobre el pastel y luego le añadió una pizca de paprika.
—Buen provecho, señorita —dijo Rin levantándose de la cama y dejando a su patrona sola con el pastel condimentado.
Conchita le sonrío una vez más a su pequeña ama de llaves y se dispuso a comer.
Definitivamente prefiere quedarse en su castillo de piedra con su servidumbre, que ser la odiada reina de Lucifenia.
