DISCLAIMER: El software Vocaloid, la novela escrita por Akuno-P y las canciones a las que se hace mención no son de mi autoría y no me pertenecen, lo único que es mío es la trama y los personajes secundarios (la gente del pueblo, el ministro,…)
NOTAS: Opsomanía, viene del prefijo "Opso" que significa comida o manjar y "manía" que significa locura obsesiva, quien la padece tiene el gusto por comida muy condimentada o platillos exóticos, su manía puede avanzar de tal forma que pueden llegar a comer plásticos, heces, madera o en casos extremos carne humana, nunca se sacian, el problema es mental, así que alguno de los eventos traumáticos en la vida de Vanika pudo ocasionarla posiblemente el hecho de que su madre muriera frente a sus ojos.
ACTO VII.- CONFESIÓN.
Conchita había vuelto a ser la misma mujer alegre de siempre, desde que el chef Kamui, le había preparado nuevos platillos su lengua volvió a percibir el delicioso sabor de las especias. Estaba curada.
Habían pasado un par de semanas y al parecer todo había vuelto a la normalidad, Conchita se pasaba horas leyendo en la biblioteca, mientras Luka, Rin y Miku hacían los quehaceres de la casa, lavaban la ropa, sacudían los cuadros, lavaban la vajilla o limpiaban los muebles. Len, aparte de ser mayordomo a veces la hacía de jardinero podaba el césped de los jardines del castillo, plantaba rosas, flores y últimamente le habían encomendado plantar las especias en un lugar que Conchita no visitara mucho; Kamui, siempre estaba ocupado cocinando o diseñando platillos para Conchita, cuidaba de no pasarse de las especias que le había dado su mujer y temía que lo que le había dicho fuera verdad.
Las tardes en el castillo de piedra eran tranquilas, como la mayoría de las veces el quehacer estaba terminado después de la comida, a veces todos los habitantes del castillo salían a los jardines a tomar el sol y distraerse un rato.
Rin, Len y Miku al ser los menores de la casa, siempre jugaban, por lo general a "los encantados" por todo el jardín mientras Conchita los observaba desde una silla divirtiéndose al ver como corrían tratando de alcanzarse y les gritaba advirtiéndoles cuando estuvieran a punto de atraparse; Kamui y Luka, al ser los mayores y una pareja casada, caminaban tomados de la mano, también observando como jugaban los niños e imaginando como sería su vida si su pequeño hijo siguiera con vida.
— ¡Miku te alcanzará, corre mi pequeñita! —gritó Conchita a la pequeña Rin.
Todos los habitantes del castillo parecían una verdadera familia. Una familia con diferentes nacionalidades y posición social, pero que se entendían perfectamente. Ninguno quería recordar los días de revolución, donde tenían que pasar todo el tiempo encerrados en el castillo, en esos días hubieran dado todo por salir un rato al jardín.
Las noches eran igual de tranquilas, después de cenar, Conchita subía a su habitación, por lo general la dejaban sola una hora, puesto que rezaba y le gustaba hacerlo sola, luego las mujeres de la casa subían a darle las buenas noches y recoger la ropa que había usado durante el día. Simplemente la educada, tranquila y seria, princesa Vanika ya no se encontraba viviendo en el castillo, sólo estaba la dulce, alegre y religiosa Conchita y eso hacía sonreír a aquella mujer de cabellos castaños.
Uno de esos tantos días tranquilos en el castillo, Conchita vio a la mucama, parada frente a la puerta dispuesta a salir, llevaba puesto un vestido rosa pálido y en la cabeza llevaba un simple velo de encaje negro.
—Señora Luka, ¿A dónde va? —preguntó al ver la vestimenta de la mucama.
—Voy a la catedral, señorita, hoy es día de confesión —contestó mirando a su patrona.
Conchita abrió mucho los ojos, lo había olvidado, hace más de medio año que no se confesaba, ya era necesario, los mandamientos decían que debía hacerlo al menos dos veces al año.
—Señora Luka, espéreme, yo también debo ir a confesarme —dijo.
—Por supuesto señorita, aquí la esperaré —contestó la mucama.
Conchita subió rápidamente las escaleras que conducían a su habitación y de camino a su cuarto se encontró con Miku.
— ¡Miku, ayúdame a cambiarme! —exclamó jalando a la chiquilla por el brazo y conduciéndola a su habitación.
—Claro señorita, ¿Puedo saber a dónde irá? —preguntó la chiquilla.
—A confesarme a la catedral, necesito un vestido de los que ocupo cuando vamos a escuchar el sermón —dijo mirando a la chiquilla.
Miku asintió y se dispuso a buscar un vestido adecuado en el armario. Pronto lo encontró, un vestido rojo oscuro de terciopelo a manga de tres cuartos que iba acompañado de un precioso velo de fino encaje blanco y unos delicados guantes de encaje del mismo color.
— ¿Éste está bien, señorita? —preguntó mostrándole el atuendo.
—Sí —contestó y se quitó el collar que llevaba puesto.
Miku puso la ropa sobre la cama y ayudó a su patrona a quitarse el vestido que llevaba puesto, quedando ésta en ropa interior. La ayudó a ponerse el vestido y a acomodárselo. Mientras Conchita se ponía los guantes y el velo, Miku buscaba en el tocador una cajita de vidrio que contenía un rosario de cristal, lo vio en una esquina y tomó la caja, pero algo llamó su atención, había un joyero debajo de ella, ese nunca lo había abierto y se preguntaba si adentro tendría las más finísimas joyas de Conchita, o algo especial, puesto que ella jamás dejaba que lo tocaran o incluso abrieran.
La curiosidad la venció y sin que Conchita se diera cuenta, abrió el broche del joyero y levantó lentamente la tapa, el interior estaba forrado de terciopelo rojo y sobre él descansaba una llave que se veía exactamente igual a las del resto de la casa…
—Miku, ¿Encontraste mi rosario? —preguntó Conchita a la menor.
Miku alzó la vista y bajó rápidamente la tapa del joyero.
—Sí, señorita —dijo y sacó el rosario lentamente de la caja y lo puso sobre las manos de Conchita.
—Gracias —Dijo Conchita y tomó de su buró un libro de oraciones y un saco que colgó en su vestido.
Ambas salieron de la habitación y Conchita se encontró con la mucama.
—Estoy lista, señora Luka —dijo a la mucama sonriendo.
Minutos más tarde ambas caminaban por el sendero que llevaba al pueblo, pese a que en el castillo de Conchita había establos y carruajes, no había ni un solo caballo, la ira de Vanika fue tanta el día que corrió a la servidumbre, que también echó a los animales, caballos, burros y mulas que se fueron galopando de allí, los únicos que no pudo sacar fueron las vacas, los cerdos y las gallinas, al menos ellos le servirían de comida y bien lo hicieron pues aún había unos cuantos en el castillo.
Al cabo de una hora llegaron al pueblo y en unos minutos más entraron a la enorme catedral. Todo adentro estaba tan tranquilo y era hermoso. Había pinturas, figuras y grabados. Conchita se aproximó a donde se encontraba el confesionario, no había nadie formado, pese a ser día de confesión; Conchita miró hacia donde se encontraba Luka que estaba arrodillada rezando a una figura que tenía la mirada en el cielo. Se decidió a entrar al confesionario y se arrodilló en el mullido cojín de ese lugar.
—Confiteor Deo omnipoténti, beátæ Mariæ Semper Vírgini, beáto Michaéli Archángelo, beátoIo ánni Baptístæ, sanctis Apóstolis Petro et Paulo, ómnibus Sanctis, et vobis, fratres: quia peccá vinimis cogitatióne, verbo et ópere —pronunció amargamente tal y como se lo habían enseñado desde pequeña —mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa.—dijo golpeando su pecho.— Ideo precor beátam Maríam Semper Vírginem, beátum Michaélem Archángelum, beátum Ioánnem Baptístam, sanctos Apóstolos Petrum et Paulum, omnes Sanctos, et vos, fratres, oráre pro me ad Dóminum Deumnostrum.—finalizó.
—Ave María purissima—dijo la voz al otro lado del confesionario abriendo la ventana de madera que apenas dejaba ver el brazo de su interlocutor.
—Concepit sine peccatum—contestó —Bendígame padre porque he pecado. Hace medio año de mi última confesión. —admitió con la cabeza baja. — Mis pecados son los siguientes —dijo respirando hondo —He faltado al ayuno en días de guardar, he faltado a mi patria como debía haber cumplido, me acuso de haber deseado el mal a la princesa Rilliane y sentir envidia de ella, al igual que me acuso de alegrarme de su fallecimiento, me acuso de haber tenido deseos de venganza contra ella, me acuso de haberle guardado rencor por mucho tiempo, me acuso de haberle guardado envidia al poder que le fue otorgado por la corona. —Respiró hondo y sintió como las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pasaron varios minutos en silencio —Me delato de haber tenido ambición por el poder de mi patria, me acuso de no haber cumplido con la responsabilidad que calló sobre mí, me acuso por dejar al pueblo solo —suspiró y calló un par de minutos, el silencio del padre era tan cruel como el peor de los juicios—Me delato como una completa egoísta que le da la espalda a su patria y sobre todo me acuso por quedarme en mi castillo sin hacer nada, por el pueblo. —finalizó en un gran suspiro.
—Vanika, hija —dijo su interlocutor —he estado pensando, no quiero hablarte como sacerdote, si no como amigo —dijo viendo solamente las manos de Vanika que llevaban puestos unos delicados guantes —Por lo que me dijiste, sé que tu debiste ser la reina, pero todo pasa por algo, ahora todo puede ser tuyo, pero tú no lo quieres tomar, dime ¿Estás segura de eso? —preguntó.
—Sí padre, estoy segura, no quiero tomar lo que mi prima echó a perder, no quiero arruinarlo, tengo miedo de terminar igual que ella —dijo entre lágrimas.
—Es normal sentir miedo, pero el pueblo ha tomado un rumbo, ellos mismos están eligiendo un gobernante, si no haces nada, tu título se perderá para siempre —dijo preocupado.
—Es mejor así, ellos elegirán quien será su gobernante, elegirán quien echará por la borda el reino, y no me culparán a mí —susurró.
— ¿Entonces prefieres, pasar toda la vida en el castillo de tu padre engañando a tu servidumbre, pretendiendo ser quien no eres? —preguntó el padre.
—Así, es prefiero pasar la vida tranquila en el castillo, con ellos que considero como mi familia, rogándole a Dios cada día que me libere de este mal sentimiento que he tenido por Rilliane, implorándole que me perdone y que me permita perdonarla, orando porque ella encuentre la salvación y la paz eterna y suplicando porque todos en el castillo jamás se enteren de quien fui. —dijo llorando.
—Es tu decisión Vanika, solo espero que puedas encontrar aquello que buscas—dijo el padre y soltó un suspiro. —Deberás rezar cuatro rosarios, veinte padres nuestro y cincuenta Ave María, esa será tu penitencia.
Vanika asintió.
—Deus meus, ex totocordepoenitet me ómnium meorum peccatorum, eaque detestor, quia peccando, non solumpoenas a Te iustestatutas promeritus sum, sed praeser timquia offendi Te, súmmum bonum, acdignumqui superomniadiligaris. Ideo firmiterpropono, adiuvante gratia Tua, de cetero me non peccaturum peccandique occasiones próximas fugiturum. Amen. —dijo despacio y secando sus lágrimas.
— Misereátur tui omnípotens Deus, et, dimíssis peccátis tuis, perdúcat te ad vitamætérnam. —pronunció el sacerdote y acto seguido le dio la bendición a Vanika.
—Hasta luego, Conchita —dijo antes de que Vanika abandonara el confesionario.
Luka miró a su patrona que llevaba los ojos enrojecidos y se decidió a entrar al confesionario.
Conchita fue hacia el altar y se arrodillo frente a la misma figura a la que Luka rezaba unos momentos atrás. Pasaron los segundos que se convirtieron en minutos, que poco a poco se transformaron en tres horas. Luka había terminado su penitencia y desde lejos miraba a su patrona arrodillada rezando, pasando entre sus dedos las cuentas de cristal de su rosario, pronunciando en voz baja oraciones en latín. Al terminar Conchita se levantó, hizo una reverencia ante el altar y se dirigió hacia donde se encontraba un recipiente donde se depositaban las limosnas, tomó el saco que colgaba de su vestido y depositó en el recipiente treinta piezas de oro y veinte de plata, se dirigió a donde estaba Luka y ambas salieron de esa catedral.
—Ave María purissima—dijo la voz al otro lado del confesionario abriendo la ventana de madera.
—Soy yo padre, no pude evitar seguir a la princesa —dijo el ministro en voz baja —dígame ¿A convencido a Vanika de tomar su derecho? —preguntó.
—No, ella no quiere saber nada de eso —dijo el padre —me preocupa, porque si el pueblo toma la autoridad, es probable que se vuelvan apóstatas y lo primero en caer sea mi templo —dijo algo enojado.
—Lo sé padre, pero no se preocupe si eso sucede, cuenta aún con las grandes cantidades de oro y plata que Vanika dona al templo —dijo el ministro sonriendo.
—Eso sí, desde que hiciste que Rilliane tomará el poder, esa muchachita da generosas cantidades de oro al templo, lo cual me asegura de que en caso de que se arme otra revolución yo pueda huir muy lejos y tener mi vida asegurada —afirmó sonriendo el padre.
—Nuestra vida, asegurada, recuerde que fui yo quien sugirió a Vanika, encontrar la respuesta a sus problemas en la caridad y en la religión —dijo.
—Eso estuvo mal, pero no negaré que el oro que ella da no es mal recibido —dijo.
—Bueno, pues creo que será difícil convencerla, solo le agradezco que me dijera dónde encontrarla y bajo qué nombre, Conchita —dijo riendo —vaya nombrecito que se inventó la princesita —rió y agarró su estómago.
El padre lo miró de mala manera y dijo:
—Calla, no me agradezcas nada, deberías agradecerle a Rilliane y su ley de extranjeros, por eso fue que me enteré donde está viviendo, como luce y se hace llamar. Ahora sal de mi templo, este no es lugar para risas, ya tendremos tiempo de charlar nuevamente.
