NOTAS: Bien, ahora tengo mucho que decir y que explicar ¿Dónde estaba y por qué comencé otro fic y no continúe con este? Bueno, como algunos saben sigo con mi carrera, mi pasatiempo es este pero a veces me queda muy poco tiempo para continuarlo y pierdo el hilo de lo que escribo y así, en fin como he ingresado a un grado de estudios superior y quero volverme ingeniera, pues, cada vez tengo menos tiempo de escribir y en tiempitos que tengo voy escribiendo o dibujando pero no siempre es lo mismo es por eso que mi otro fic nació, no tengo la intención de abandonar este fic, ya una vez abandoné un fic largo y la verdad ni ganas me quedaron de retomarlo (Si hay algún lector que seguía "La última búsqueda de las esferas del dragón, perdón). En fin, les doy la noticia de que la publicación es lenta, pero prometo que valdrá la pena, tengo muchas cosas en mente que sé que les gustarán, además hoy estoy mega feliz, hoy es mi cumpleaños y me pude dar un tiempo para avanzar este fic, y ahora les regalo estas casi 8 páginas de Word. :3 nos vemos pronto (lo prometo), sin más

Continuamos...

ACTO XIV. La catedral y el misógino.

Un pueblo enardecido siempre es de temer, en especial para una acusada de brujería que ha sido atrapada...

La plazuela principal se encontraba llena, mucha gente alzaba antorchas y sobre el piso se alzaba una gran estaca en la cual había una joven mujer atada y un pequeño grupo de personas comenzaba a poner madera cubriéndole las piernas, estaba lista para ser quemada.

Una mujer de cabello azul miraba la escena con asombro y miedo, aquellas acciones que se hacían en público la horrorizaban un poco, pero la autoridad unida con la religión eran así, algunos castigos y torturas eran mostradas ante la gente del pueblo sin importar si observaban niños o mujeres. El acto de la horca, la hoguera, la decapitación, linchamiento y azotes eran públicos, para demostrar a la gente del pueblo lo que sucedería si la ley se rompía. La mujer llevó su mano al cuello y tragó saliva recordando cuando la princesa Rilliane fue ejecutada.

La soberana iba atada de manos y con la cabeza baja, caminando rumbo a la guillotina que se había puesto sobre una enorme plataforma donde todo el pueblo podría observar la caída de "La Hija del Mal" , su cabello rubio se veía algo descuidado y maltratado, su ropa llevaba una que otra rasgadura y el verdugo la empujaba con fuerza, la arrodilló y puso su cabeza en el hueco donde correspondía, la princesa alzó la vista ante la mirada del pueblo segundos antes de que su cabeza fuera decapitada y dijo con una extraña voz: "Es hora de la merienda". Kaiko sintió su estómago revolverse al recordar la cantidad de sangre que salió del cuello cercenado de la princesa y quiso vomitar cuando su mente le trajo la imagen de la cabeza expuesta en la plaza por un par de semanas.

Los gritos de la mujer atada a la estaca la sacaron de sus pensamientos y miró horrorizada como el fuego comenzaba a extenderse por toda la madera y provocaba que el cabello de la mujer se agitara mientras esta gritaba que era inocente, observó a los que estaban junto a la hoguera, un par de funcionarios del gobierno, tres verdugos y el arzobispo fray Joseph, justo con quien quería hablar y ahora gritaba en latín.

Vio con horror como las llamas alcanzaban la ropa de la mujer y esta comenzó a gritar horrorosamente al sentir el fuego contra su piel, Kaiko miró sorprendida como su piel comenzaba a tomar un rojo aspecto y de su carne comenzaban a salir pústulas que se reventaban y le hacían hervir la sangre.

"Exorcizamus te,
omnis immundus spiritus,
omnis satanica potestas,
omnis incursio infernalis adversarii..."

Gritos de Fray Joseph inundaban la plazuela al igual que gritos de agonía, la chef se sentía mareada y horrorizada, no podía soportar seguir viendo eso, sin resistir más cerró los ojos fuertemente, se dio la vuelta y se dispuso a irse de allí, aún con los ojos cerrados dio un par de pasos provocando que chocara con una mujer.

— ¿Qué te pasa? ¿Acaso no ves que voy pasando? —preguntó enfadada la mujer.

Kaiko le dirigió la mirada, cabello verde recogido con un chongo elegante, finas facciones, ojos verdes de mirada profunda y vestida con finas ropas de elegante terciopelo, la mujer era de la nobleza y la conocía muy bien.

— ¡Señorita Glassred! —Exclamó asustada — ¡Cielo santo qué vergüenza! ¡Le ruego me disculpe! —Exclamó haciendo una reverencia.

—No te preocupes Chef Shion —dijo la dama — ¿Cómo estás? —preguntó como si nada hubiese pasado y comenzó a caminar en la misma dirección de Kaiko tratando de ignorar los horribles gritos de la mujer que sufría la agonía de morir en la hoguera.

—Bien —dijo la chef — no puedo quejarme. —Dijo y entrecerró los ojos cuando a sus oídos llegó un horrible chillido agonizante.

A menudo la plazuela se encontraba en la misma situación, ejecuciones hechas por el gobierno el cual afirmaba que había brujas entre la gente inocente y al encontrar alguna tenía que ser ejecutada no sin antes pasar por castigos. La gente del pueblo no podía hacer nada para evitar que aquellas torturas y horrores fueran públicos, cuando algo así ocurría las madres tapaban los ojos a sus hijos, algunas doncellas huían horrorizadas, algunos gritaban y otros más observaban con morbo. No era la primera vez que ambas mujeres veían algo así y pese a que se alejaban cada vez más no podían evitar el sentirse incómodas con la situación, pero a pesar de eso continuaron caminando y trataron de platicar normalmente.

— ¿Cómo están tus hermanos? —Pregunto la señorita Glassred. — ¿El menor y tú siguen trabajando en la prisión o por fin aceptarán trabajar en mi mansión? —preguntó dirigiendo sus pasos hacia donde se encontraba una fuente.

— ¡Ay! —Exclamó apenada —lo que sucede es que mi hermano y yo nos encontramos trabajando en otro sitio —dijo mordiéndose el labio nerviosamente.

— ¿Entonces dónde se encuentran? —preguntó curiosa Gumina.

—Nos encontramos al límite de Belzeenia trabajando en el castillo de la duquesa Behemoth —dijo.

La señorita Glassred se quedó callada y caminó junto a Kaiko hasta llegar a la fuente que marcaba el centro de un parque justo donde había bancas para los que paseaban, de pronto todo se había silenciado y solo se percibía un leve aroma a quemado, ambas mujeres se sentaron y Gumina suspiró.

—Bueno no importa, tal vez Concepción les pague mejor de lo que yo podría pagarles, después de todo ella tiene un castillo —dijo turbada —pero cuando quieras puedes venir a mi mansión y tomar el puesto de chef principal —le dijo —tu don de pastelería es único, si tan solo papá te hubiera contratado en ese banquete... —dijo mirando al cielo.

Kaiko no supo que decir, era cierto Conchita le daba más piezas de oro que las que le había ofrecido Gumina Glassred mucho tiempo atrás, pero tal vez no compensaban el hecho de que ahora la dama del castillo tuviera nulos modales al comer, por un momento se sintió asqueada no solo por el olor a carne quemada que llegó a su nariz.

Ambas mujeres se quedaron calladas, Gumina miraba al cielo y Kaiko la imitó, por un momento observó una gran cantidad de humo negro que parecía venir de la hoguera.

—Yo... —dijo Kaiko —tomaré en cuenta su oferta —finalizó.

Gumina sonrió, pero no pudo decir nada porque un suave y delicioso aroma llegó a su nariz.

—Un ramo de flores, para ser iluminadas por un bello sol como usted —dijo un hombre que sostenía un ramo de rosas frente a Gumina.

Kaiko abrió mucho los ojos, aquel hombre había aparecido de repente, vestido con un elegante traje, llevaba un antifaz decorado con plumas, brillos y lentejuelas moradas a juego con su cabello, galán y con la apariencia de ser un hombre de la nobleza.

—Muchas gracias —dijo Gumina con cierta coquetería al tomar el ramo de rosas.

—No me agradezca, hermosa doncella —dijo el hombre con su aterciopelada y galante voz.

Kaiko miró fijamente a ambos y no pudo evitar sentir un poco de envidia, a ella jamás le habían regalado un ramo de rosas tan hermoso, ni la habían llamado "hermosa doncella", en verdad hubiese dado cualquier cosa por estar en el lugar de Gumina Glassred, una doncella, que vive en una mansión, la cual tiene muchos pretendientes, le regalan flores y le dicen cosas como "bello sol" o "hermosa doncella".

—Mis ojos aún no creen el hecho de estar viendo tanta perfección —dijo el hombre —me pregunto ¿Acaso estoy frente a un ángel? —Dijo mientras Gumina lo miraba fijamente — ¿Un bello ser cuya hermosura no parece de este mundo? —preguntó y tomó la mano de la señorita Glassred.

Kaiko se puso de pie y sintiéndose completamente ignorada, se dispuso a irse de allí, no necesitaba ver como un hombre cortejaba a una mujer que no fuera ella.

Dirigió sus pasos hacía la plaza donde había sido la hoguera, al llegar vio que solamente estaban las personas encargadas de retirar los restos de la condenada y pasando de largo se dirigió hacia la catedral, pues seguramente el arzobispo ya se encontraba allí.

Llegó sintiéndose un poco molesta y preguntándose "¿Por qué ningún hombre se me acerca?", agitó la cabeza y entró silenciosamente por una de las grandes puertas del templo.

Miró todo a su alrededor, la catedral de Lucifenia era hermosa había bellos retablos de madera que albergaban estatuas vestidas con finas telas y adornadas con lujosas joyas, posó sus ojos también en los vitrales que componían todo el pasillo principal, observó también el enorme coro y el bello órgano, curiosa escudriñó en uno de los cuadros colgado en una pared que mostraba una mujer y un dragón haciendo alusión al apocalipsis.

Movió negativamente la cabeza y apartó la vista, había llegado hasta ahí con el fin de buscar al arzobispo y pedirle una visita para su patrona enferma, se dispuso a buscarlo, lo encontró saliendo de una ermita y decidió hablarle.

—Padre, buenas tardes —dijo saludando y se inclinó para besar el anillo del arzobispo, pero este apartó su mano —perdone que lo moleste —dijo disimulando que nada había sucedido — pero el motivo de mi visita es para pedirle a usted una visita a mi patrona, se encuentra muy enferma —dijo algo nerviosa ante la mirada seria del arzobispo.

— ¿Tu patrona? ¿Acaso ya no trabajas en la prisión? —preguntó extrañado.

—No padre, ahora trabajo para la duquesa Behemoth —dijo.

El arzobispo la miró incrédulo y dirigiéndole una fría mirada le dijo:

— ¿La duquesa Behemoth?, no te creo nada mujer, la duquesa Behemoth jamás tendría entre su servidumbre a una mujer de tu…clase.

Kaiko lo miró con una expresión sorprendida y se quedó sin palabras.

—Me retiro, debo ir a realizar confesiones —dijo el arzobispo y dejó a la chica de cabello azul de pie en el pasillo.

Kaiko se había quedado inmóvil, sabía que el padre siempre era indiferente y frio con las mujeres del pueblo e incluso que tenía fama de misógino, pero nunca le había hablado así, se sentía un poco ofendida pero, no podía marcharse, necesitaba llevar al prelado a ver a la duquesa, ¿Qué haría ahora? ¿Esperaría? ¿Se iría?

Confundida se sentó en una banca cerca al altar mayor, justo donde se podía observar una enorme pintura que iba desde el límite del vitral y terminaba a casi un metro del piso, el título era legible incluso a dos metros de distancia, la obra se llamaba "Los siete pecadores y el infierno" y en ella se apreciaban algunas escenas que a cualquier ojo parecerían horribles, abajo casi terminando el lienzo se presentaba a una mujer joven de cabellos turquesa cuya cara reflejaba ansiedad y comenzaba a ser consumida por las llamas del infierno, al lado de ella y un poco más arriba había un hombre de cabellos y ropa azul que se encontraba acostado con la cara al suelo y cuyas manos ya hechas huesos agarraban fuertemente puñados de tierra, casi a la mitad del cuadro había un par de árboles frondosos y repletos de frutos maduros de aspecto delicioso, en medio de ambos árboles había una mujer de rojas vestiduras apresada con grilletes y esposas tratando de estirar su rostro y lengua para alcanzar con desesperación uno de los frutos, arriba de los árboles había un hombre de cabellos morados desnudo y ardiendo en llamas y a un lado de él una mujer de cabellos rosas tenía los parpados cerrados y cosidos al igual que su boca con lo que al parecer era alambre, arriba pasando la mitad de lienzo había una enorme roca la cual estaba sobre el cuerpo de una persona cuya mano sobresalía tratando de quitarse ese gran peso de encima, finalmente hasta arriba de todo había un trono donde había una sombra de ojos rojos.

Kaiko se inquietó al observar detenidamente la representación de cada pecado y castigo por cometerlo, por un momento se sintió horrorizada y bajó la vista al suelo.

La mujer de azules cabellos entrelazó sus manos que se encontraban frías y sin despegar la vista del suelo se levantó y acto seguido se arrodilló. Respiró profundamente y contuvo el aire unos segundos, puso sus manos en posición de oración, cerró fuertemente los ojos y sin despegar sus labios, mentalmente comenzó a rezar tratando de alejar de su pensamiento todo sentimiento impropio: el asco hacia la forma de comer de la duquesa, la envidia que sintió hacia Gumina Glassred, los pensamientos egoístas e imposibles al ver su reflejo, quería deshacerse de todo.

Pero no pudo, los rezos no alejaban ningún pensamiento, al contrario, los intensificaba, la repugnancia y asco hacia la duquesa no era su culpa, era de la dama por comer como un cerdo en chiquero, lo de la envidia, tal vez, pero ¿De qué servía tanta novena, tanta veladora y tantos listones rojos con peticiones, si había pasado tanto tiempo y aún no tenía marido? Era culpa de un santo, o tal vez suya por confiar en él, sus pensamientos, claro, ¡Eran E-GO-ÍS-TAS! Pero, ¿Y QUÉ? ¿No todos pensamos algunas veces en nosotros mismos? ¿No pensamos todos en nuestro bien? ¿Acaso no pensamos en ser mejores que alguien más en algún aspecto? ¡Es natural! ¡Y no es impropio, no es un pecado! ¿O sí?

Atormentada por sus pensamientos llevó sus manos a su cabeza y sobó sus sienes con cuidado, se levantó y caminó hasta llegar casi al altar de donde se podía percibir el perfume que dejaba el incienso tras ser quemado, por un momento se sintió mareada y se sentó en otro pequeño sitio con bancas y cerró los ojos.

—Es inútil tratar de convencerla — escuchó de la voz del padre, la cual provenía del nicho junto a las bancas donde se encontraba sentada y aquello llamó su atención.

—No olvide que todos tenemos un punto débil, Fray Joseph —escuchó de otra voz. —lo importante es encontrar el de Vanika — ¿Vanika, la princesa Vanika? Pensó sin poder evitar escuchar.

—Pues, por lo que sé ella deseaba más que nada la corona, pero con su última confesión, creo que eso está olvidado —dijo Fray Joseph molesto.

Kaiko estaba confundida, sabía qué hace menos de dos años el clero había puesto precio a información sobre la princesa Vanika y su paradero, y pese a que muchos la buscaron para exterminarla y otros más para llevarla al poder y retomar la monarquía de la familia Lucifen no se encontraron rastros de ella, sin embargo hace casi un año, todo mundo dejó de buscarla y ahora por lo que escuchaba al parecer algunas personas conocían su paradero, pero entonces ¿Por qué la princesa Vanika no era la reina?

—Ah, por cierto ministro ¿Sabe usted que la princesa se siente nostálgica? —preguntó con cierta burla el prelado sacando a Kaiko de sus pensamientos.

— ¿A qué se refiere? —preguntó la otra voz

— Ha venido a verme la friega platos solterona —dijo el padre.

— ¿La que era parte de la familia extranjera que cocinaba en el castillo real? —preguntó sin ánimo la voz.

—La misma, ¡Figúrate que vino a rogar una visita al castillo de Vanika! y diciendo que ahora trabajaba para ella ¿No te parece gracioso que quiera tener en su castillo parte de la vieja servidumbre del castillo real? —dijo burlonamente.

"Friega platos solterona" nunca se había sentido tan ofendida, quería moverse de su lugar pero, el padre había dicho algo interesante, había dicho que rogaba una visita al castillo de Vanika, la princesa Vanika Lucifen, aquella proveniente de aquella cruel familia que la había sacado de ese precioso castillo como si fuese un sucio animal, aquella mujer de la que su hermano menor estaba profundamente enamorado, ella era Concepción Behemoth, cerró los ojos con fuerza un instante ignorando parte de la conversación y tratando de comparar en su mente el recuerdo de la princesa Vanika con la imagen que veía diariamente de la condesa Conchita.

"Sabía que la había visto antes en algún lugar", pensó pero ¿Cómo pude ser tan ciega? Se preguntó.

—Esa mujer cada día está peor ¿Acaso quiere ser santa? —preguntó la voz del padre sacando nuevamente a Kaiko de sus pensamientos. —Imagínate formar una servidumbre con extranjeros que viven en la inmundicia del concubinato, dos huérfanos bastardos que además fueron ladrones, una asquerosa niña prostituta también extranjera, un mugroso cocinero que es responsable de muertes de reos y una mugrosa friega platos solterona que no conoce el lugar que debe tener como mujer y además de que estos últimos dos ni siquiera son completamente de esta patria. ¿No le parece repugnante que la que antes era una princesa y futura reina conviva y deje que este tipo de… gentuza le atienda? —dijo el padre con tono asqueado.

—Me parece completamente repugnante —respondió la otra voz.

La mandíbula de Kaiko comenzó a temblar, había insultado a todos y cada uno de los miembros de la servidumbre del castillo de piedra, era más que obvio que el padre conocía la historia del matrimonio Kamui, los gemelos y Miku debido a las confesiones de Conchita. En cuanto a ella y su hermano ambos acudían también a confesión una vez al mes, pero aquello no le daba derecho a estar diciendo esas cosas que en gran parte no eran ciertas, tal vez algunos presos murieron pero eso no era culpa de Kaito era del estúpido pinche de cocina que había revuelto los venenos con las especias; tal vez el padre de ambos era proveniente de Leviathana pero tanto ella como sus hermanos eran completamente ciudadanos de Lucifenia.

La cara de Kaiko estaba enteramente roja y sentía las mejillas arder. Ese hombre la odiaba, ¿Pero que podía hacer? Ese hombre era el arzobispo y ella era todo lo que se decía que el arzobispo odiaba, mujer, hija de un extranjero y además ejercía una profesión de alta categoría en donde una mujer no era muy bien vista, además de soltera a sus casi treinta años.

De sus ojos comenzaron a salir lágrimas y tratando de resistirlo apretó los puños ¿Por qué una mujer seguía siendo mal vista en oficios y profesiones dónde solo un hombre puede ser un triunfador? ¿No les había enseñado nada la gran valentía de la espadachín de armadura carmesí?

Se levantó de su lugar pero antes de poder decir algo una alarmada voz se escuchó en el pasillo principal de la catedral.

— ¡AUXILIO! —Bramó — ¡AUXILIO, SE LA LLEVÓ! —Gritó la voz de una mujer por toda la catedral — ¡SE HA LLEVADO A LA SEÑORITA GLASSRED!

Kaiko se mantuvo en su lugar y se cubrió la boca, se mantuvo así unos instantes y aprovechando que aquella mujer había atraído mucha gente, se escurrió entre la multitud y salió sin ser vista por el padre o su acompañante de aquel lugar.

Tal vez se desquitaría luego con el padre, pero ahora se daba cuenta, tenía un arma poderosa, un arma que podría hacer que sus deseos se materializaran, se vería convertida en más que una noble, tal vez en una princesa, tal vez Conchita era más rica y poderosa de lo que aparentaba, pero ella tenía aquello que es más peligroso que la espada más filosa y más caro de lo que cualquiera pueda pagar…

Tenía información…