Capítulo 2

Sonó la campana de las cuatro cuando los estudiantes del instituto privado Mourley comenzaron a salir, dirigiéndose a los autos de sus representantes (la mayoría, al menos) para ser llevados entonces a sus respectivos hogares.

Había uno en especial, estacionado no muy lejos de la entrada del instituto, estaba un rolls royce negro, brillante como si estuviese recién pulido. Dentro de él esperaba una joven mujer de cabello negro, no muy largo. No despegaba sus ojos de su teléfono ningún segundo, y la rapidez con la que movía sus dedos al teclear en él era impresionante. Su nombre era Anthea.

Esperaba a uno de los niños, por supuesto: de otra forma no estaría allí cuando bien podía estar descansando en un spa de buen costo. Pero no se trataba de un hermanito, mucho menos un hijo. Era el hermano menor de su jefe, y uno de sus recados siempre había sido el recoger a Sherlock a las cuatro en punto. Éste último podía tardarse unos minutos más, era normal que se quedase un rato viendo por la ventana sólo para no irse. Esa era la razón por la que Anthea estaba tranquila, revisando qué había de nuevo en Twitter.

Sin embargo hubo un momento en el que finalmente alzó un poco más la vista y miró la hora: Era las cuatro y veinte minutos. Eso no era normal, más habiendo pocos niños en el patio y tratándose en su mayoría de los populares. Anthea ladeó la boca, suspiró despacio y luego cerró la aplicación, antes de abrir los Mensajes y escribir uno.

"El objetivo S no aparece – A"

Y luego esperó, mirando por primera vez en ese poco más de cuarto de hora por la ventana. Esperó un mensaje que nunca llegó, aunque ella bien lo sabía: Mycroft Holmes nunca respondía un mensaje, y pocas veces los enviaba, prefería llamar o visitar de frente. Sin embargo no le molestó esperar. Al contrario, llegaba a asustarle la idea de un mensaje de Mycroft Holmes diciéndote que no hiciste bien tu trabajo, sólo había que recordar que era el hermano mayor del niño que corregía a los profesores (y al director).

Miró la hora nuevamente, las cuatro y treinta. Pateó ligeramente el asiento delantero para indicar al chofer que podía moverse. Anthea se cruzó de piernas y sólo volvió a abrir Twitter.


Sherlock miró la hora en el reloj de pulsera que cargaba: cuatro y media. Ya Anthea seguro había informado a su hermano de su retraso. Sin embargo sonrió mientras cruzaba a pie el puente de Waterloo. Sabía muy bien que su hermano no iba a permitirle salir de su casa; su hermano, con sólo verle una vez, conocería su inquietud por el circo. Obviamente no sería de su agrado y lo encerraría en su habitación con miles de guardias alrededor, vigilándolo.

Si quería comprar las entradas tenía que ser ese mismo día. Por eso Sherlock incluso salió antes de que sonara la campana: había pedido permiso para salir pues necesitaba tomarse una pastilla (no siendo cierto, claro) unos cinco minutos antes de que se acabase el día. La profesora Hemlock se lo pensó, cierto, pero la cara de enfermo que cargaba Sherlock la convenció y lo dejó salir. Sí, quizás dejó su mochila detrás, pero cargaba el dinero en el bolsillo y no tenía más nada de valor en él, ya la buscaría al día siguiente.

Ahora se encontraba lo suficientemente lejos de su hermano. Siendo hora pico y adentrándose al centro de Londres, le daba unas dos horas antes de dar con él (había dejado también su celular, por lo que no sería capaz de encontrarle de ninguna forma satelital). Ah, sí, se sentía muy orgulloso de sí.

Cruzó el puente y miró alrededor. El Sol estaba en lo alto, iluminando a la ciudad. Había una zona en construcción, pero eso no le impedía pasar, por lo que empezó a caminar hacia allí. Resultaba ser un atajo para la calle Great Queen, no había mejor mapa de Londres que aquel que Sherlock tenía dibujado en su cabeza.

Caminó durante unos minutos hacia Kingsway, dónde bajó (la ciudad estaba elevada hasta allí) y llegó a la poco concurrida calle de Great Queen. No era la calle más limpia de Londres: habían bolsas verdes de basura tiradas por todos lados, cajas llenas de cachivaches y colillas de cigarrillo. Olores a tabaco, vómito y cerveza llenaban la calle. Sherlock hizo una mueca, no le extrañaba el sitio. Quedaba perfecto con el circo, seguramente.

Sin embargo, no había nada que anunciara al circo. Todo parecía completamente normal, vagos tirados en la calle junto a botellas de whiskey, tiendas cerradas mientras esperaban a la limpieza… ¿Cómo se suponía que sabría dónde debía comprarlas?

Bajó despacio, mirando alrededor para no tropezar con nada desagradable, cuando notó un pequeño quiosco azul no muy lejos de él. Era difícil…de hecho, imposible, no haberlo notado en el primer vistazo. Frunció el ceño, pero se acercó a él. En efecto, se trataba de la venta de boletos del circo. Sherlock bufó y se asomó. Y luego se alejó del puesto, algo aturdido. No había una persona allí, siquiera había algún deforme…o al menos creía que no lo era, y pocas veces Sherlock Holmes dudaba: era una personita, suponía. Era pequeño, apenas llegaba a su cintura, y lo cubría una gran capa azul solo hasta sus pies. Eran verdes y estaban cosidos. La capa cubría su rostro.

La personita no le importó lo más mínimo que su cliente se asustase con él. En cambio, sacó su mano de la manga y la abrió, acercándola a Sherlock. La miró, también era verde y cosida, de hecho le recordaba a una bestia…que la había creado un científico. Se acercó y sacó el dinero de su pantalón. Colocó el dinero en las manos de la pequeña bestia y sólo se acomodó el traje que cargaba.

¡Claro! Le recordaba a Frankestein.

La pequeña bestia dejó el dinero en la mesa, y volvió a abrir la mano. Sherlock frunció el ceño. Le había dado veinte libras, una entrada no podía costar más de veinte libras y menos tratándose de un circo clandestino y posiblemente pobre como lo era ese.

"¿Qué?" Preguntó, y la personita sólo movió la mano frente a él "¿Qué sucede?" La personita volvió a agitar su mano. Sherlock gruñó y abrió la boca para decir algo más.

"Ellos no son capaces de hablar" Sherlock tembló al sentir aquella voz en su oído. Se trataba de una persona a su lado, una persona que no había sentido y a saber cómo había llegado junto a él sin que lo notase. El chico de ojos dorados le sonrió "Mr. Hiddens a su servicio. Me parece que intenta decirle que necesita un panfleto para retirar sus entradas"

"¿Panfleto?" Sherlock miró a aquel extraño personaje intentando analizarlo, ver algo más de él. Pero había nada. Su rostro era joven, su contextura también, pero sus ojos le hablaban con voz de experiencia "No tengo uno"

No podía leerlo y eso le frustraba enormemente.

"Oh, ya veo" Gustavo lo miró con ojos grandes y se colocó frente a él, con la espalda recta. Antes que el azabache pudiese notarlo, el cirquero lo tomó del rostro y abrió su boca, revisando sus dientes con una mirada inquisidora.

Sherlock obviamente se quejó, frunciendo el ceño y tratando de alejarse, pero cuando finalmente fue liberado poco pudo decir, ya que Gustavo se encontraba ahora caminando alrededor de él, mirándolo de arriba abajo. Un personaje extraño, precisamente.

"Sufrirás si decides venir…" Murmuró éste bajo y despacio, sus ojos dorados habían perdido ligeramente el brillo. De repente saltó nuevamente frente a él con la misma sonrisa de antes. "Cojito, dale un boleto"

El enano azul, al que Gustavo llamó Cojito, se movió por fin y sacó de su ropa una pequeña lámina de papel negro. Caminó hacia él y se la dio. Sherlock la observó con cuidado: había una foto del hombre lobo, junto al nombre del circo. Parecía un gran perro dorado, de grandes dientes, ojos rojos y lleno de saliva. Debajo de la imagen había una frase: "El circo tendrá el mismo destino".

Sherlock levantó la cabeza para decirle algo más al cirquero, pero él ni el quiosco estaban allí.


Sherlock Holmes volvió a su casa tomando un taxi. El dinero que había llevado para la entrada apareció en el sitio donde había estado también el quiosco. El cirquero le había regalado la entrada, ¿por qué? ¿Y a qué se refería cuando hablaba que sufriría, el destino? No sabía cómo responderlo.

Cuando el taxi se detuvo frente a su casa (mansión en realidad), Sherlock bajó y entró por el portón de la gran residencia. En la puerta esperaba su abuela. Tenía una sonrisa.

"Cinco y veinte minutos, ni más ni menos, Sherly" el aludido sonrió y miró a su abuela. Era probablemente la única persona agradable en todo el clan Holmes. Ella lo miró y frunció el ceño. "No comparto tu decisión, pero de todas formas lo harás, ¿no?"

La abuela Holmes, obviamente, era la fuente de todo el 'talento' que recaía en él y su hermano. Sherlock ladeó la boca y le dio un pequeño beso en la mejilla, murmuró un "claramente" y entró a la mansión. No se preocupaba, su abuela no le diría a Mycroft qué era lo que pasaba por su mente en esos momentos; muchas veces le ocultaba sus travesuras. Sólo subió los largos escalones y se dirigió a la habitación en cuya puerta estaba escrito con letras grandes y doradas "SH".

Su cuarto no era algo especial. Tenía lo necesario: su cama que pocas veces contadas usaba, un juego de investigación en su escritorio (y un par de cápsulas de Petri con cultivos diferentes en ellas) y algunos envoltorios de comida y vasos de café en el suelo. Lo normal.

Sacó el boleto doblado de su bolsillo y lo miró una vez más, detallándolo. A pesar de los dobladillos brillaba en contraste con la luz, y el pelaje dorado del lobo también brillaba. Entrecerró los ojos. Tenía una sensación extraña…como si algo lo estuviese ligando al circo lo quisiese o no.

Como un titiritero jugando con sus marionetas.

Los ruidos provenientes fuera de su habitación se hicieron gradualmente más grandes. Guardó el boleto en el cajón de su escritorio, se fijó que el cultivo estuviese yendo como lo esperaba (y, por supuesto, así era), y se tiró en la cama, serenándose tan pronto como podía. Juntó la yema de sus dedos y cerró los ojos. Mycroft Holmes abrió la puerta de su habitación abruptamente.

"¿Se puede saber dónde estabas?" Cualquiera que viese a Mycroft ahora no creería que en su adolescencia fue un muchacho gordo, poco secretamente débil a los dulces. Sonrió divertido al recordarlo: quizás el Mycroft de veintidós años le llevase seis, pero Sherlock recuerda muy bien cuando comenzó su rigurosa dieta a los catorce. Uno de los pocos recuerdos que decidió no desechar. "Te estuve buscando por casi todo Londres. ¿Acaso quieres molestar a Mami?"

Como siempre escudándose en su madre. Sherlock frunció el ceño. Aunque, de hecho, debía aprovechar que se encontraba contrariado para que no lograse saber lo del circo. Volvió a serenarse.

"Nada molestó más a Mami que tus alaridos por dulces durante tu dieta. ¿Estuvo bueno el pastel que comiste con Anthea durante el almuerzo? Eres incapaz de negarte a las fresas con crema" Dijo todo en una sola frase, sin detenerse a respirar. No lo veía, pero Mycroft debía estar frotándose las sienes.

"Sherlock, responde".

"Estuve dando un paseo. Tus cuatro paredes me impiden pensar" lo escuchó suspirar. Sherlock sonrió: se iba.

"Anthea te recogerá mañana en la entrada. Y, por favor, no vuelvas a hacerlo" y salió de su habitación. En ningún momento Sherlock abrió los ojos.

Sin más se relajó y se dejó descansar. Necesitaba pensar, pensar en ese circo, y tristemente para él tenía que descansar un poco el cerebro si quería llegar a conclusiones claras, y para ello debía dormir.

De algo estaba seguro: para responder la mayoría de sus preguntas, tenía que ir al circo.