Capítulo 3
Para Sherlock la semana había pasado con la lentitud de una ostra. Había que destacar que éstas prácticamente no se movían. Empezando por su día a día: sólo iba y regresaba del colegio, su hermano Mycroft no lo dejaba solo por un minuto. Era como una cárcel, pero era peor porque tenía las cámaras de su hermano encima durante todo el día y cualquier movimiento que Mycroft considerara sospechoso hacía que apareciera en la puerta de su habitación. No fue sino hasta esos últimos dos días en lo que finalmente fue cediendo hasta que Anthea volvía a esperarlo en el sitio de siempre.
Lo peor de toda esa semana era que, a pesar que conseguía liberarse de Mycroft en las clases, estas también habían pasado como una muerte lenta. Una tortura, que de por sí lo era durante el año, pero parecía que todos habían decidido comportarse de una manera tan trivial y… humana que incluso ya había llegado a fastidiarle. Diez años junto a un mismo grupo de personas. La paciencia llegaba a su límite. Además, el hecho de que la profesora Hemlock dejara el puesto había aumentado sus ganas con respecto al circo. Quizás dijo que eran razones personales, pero irse de Londres era otro límite. Y tenía que ver con el circo.
Pero finalmente el día llegó.
Sherlock se preparó la noche del jueves. Solía llevar su mochila escolar vacía porque no necesitaba los libros, pero esa noche decidió llenarla con ropa para dos días, una linterna y algunos snacks. Mycroft estuvo ocupado esa noche, así que no estuvo pendiente de lo que su hermano menor estuvo haciendo. Además, Anthea sería quien lo llevaría en la mañana, pero estaba tan pendiente de su teléfono que incluso dudaba si se percataría de él cuando subiese al auto.
Según sus cálculos (y pensó mucho sobre ello durante la semana del terror) el circo se iría la noche del viernes luego de la última función, que sería la suya. Tratándose de un circo clandestino era obvio que debía irse en un momento en el que ningún londinense fuese capaz de ver hacia dónde se dirigía. Y ese momento era en la noche, luego de las diez, las únicas horas en las que Londres estaba relativamente más tranquilo o por lo menos era el momento en el que nadie se percataría del circo.
Sherlock sonrió. Se iría con el circo. Sabía muy bien que existían dos posibilidades cuando los integrantes del circo se dieran cuenta de su presencia: lo aceptarían en el grupo o lo matarían. Pero no les iba a dar la opción de regresarlo a su casa.
La mañana del viernes Sherlock actuó con rapidez. Tomó su mochila sin revisarla, pues el jueves la revisó bien antes de cerrarla y dejarla en la silla de su escritorio, y bajó a la cocina a tomar su desayuno. Ese día Sherlock vestía unos jeans y un hoodie azul marino, con el que esperaba pasar desapercibido al momento de entrar en el circo como tal. Podría parecer informal, no solía vestirse así y de hecho no recordaba tener ese hoodie cuando revisó su armario, así que era normal que la abuela Holmes lo mirase algo extrañada cuando entró en la cocina.
Ella estaba sentada en la mesa, tomando su Earl Gray de cada mañana. Junto a ella estaba un asiento vacío, con un plato de huevos benedictos, tostadas y junto al plato varios frascos de mermeladas y jaleas. Se sentó a su lado y tomó su plato, dándole una probada a los huevos. Los había hecho ella, claramente.
"Te veo alegre, Sherly" su abuela le sonrió y sirvió una taza también a él. Sherlock asintió y tomó una tostada para untarla con mermelada de piña. No era la primera vez que el azabache se encontraba inmerso en un silencio incómodo, pero sí era la primera vez que eso sucedía con su abuela. "Voy a extrañarte"
Sherlock dejó la tostada en el plato y la miró. Ella tenía una sonrisa triste y había tomado su mano, apretándola tan fuerte como su propia fuerza se lo permitía. Tragó saliva, nunca fue bueno con ese tipo de sentimentalismo. Y ella lo sabía, por lo que continuó.
"Espero que hayas tomado la mejor decisión. Voy a cubrirte todo lo que pueda, ¿está bien? Pero recuerda también que tu hermano es un paranoico"
No dijo nada. Sólo dejó su último desayuno en aquella casa de lado, se levantó y le dio a su abuela un beso suave y tierno en la mejilla. Quizás no fue algo relevante, inclusive ese beso no duró más de veinte segundos, pero ese pequeño gesto llenó de gozo a la abuela Holmes hasta el día de su muerte.
Luego de ello tomó nuevamente su mochila, que había dejado en el suelo cuando se sentó en la mesa, y salió de su casa sin mirar atrás. El auto negro dónde seguramente lo esperaba Anthea estaba aparcado en la entrada. Sherlock resopló por la nariz, pero no habló. Sólo abrió la puerta y subió al auto.
"Llevas mucho peso hoy, ¿no?" Eso no se lo había esperado. Sherlock miró a Anthea. Por primera vez desde que la conoció hacía un año, Anthea no cargaba el teléfono. De hecho, podría decir que era la primera vez que la joven mujer tenía los ojos fijos en él, como si buscara una conversación que sabía que no obtendría.
Entrecerró los ojos y la miró de arriba abajo antes de dejar su mochila a su lado, no sólo por comodidad sino para evitar que la chica se aproximara más. Bueno, era obvio que le acabaría por fallar la batería al teléfono por su continuo uso. Pero se lo darían en un par de días, así que no sufriría tanto.
"Si no llevo los libros llamarán a Mycroft otra vez."
"Oh… pero, ¿y esa pluma?"
¿Pluma?
El azabache miró su mochila. Tenía una brillante pluma negra sobre él, que hacía contraste con el color púrpura de ella. La tomó y la examinó. Parecía una pluma de cuervo, pero en el centro de Londres no había cuervos; hasta podría decir que las palomas no paraban en su casa. Parpadeó dos veces, tenía un presentimiento. Abrió la mochila: allí estaba su ropa y su comida en el caso que el viaje se hiciera más largo de lo que pensaba. Su linterna, pues no sabía cuánto tiempo tardarían en darse cuenta de su presencia y no quería estar en la noche a completas oscuras. Su teléfono no estaba porque Mycroft podría localizarlo con él, y no llevaba nada más que fuese importante. Faltaba…
Anthea apenas se inmutó cuando Sherlock bajó corriendo del auto. Éste entró nuevamente a la casa y subió las escaleras de dos en dos. Llegó a su habitación y abrió la puerta abruptamente; si su abuela seguía abajo, seguro le había dado un respingo. Sin embargo eso no importaba ahora: el boleto. ¿Dónde había dejado el boleto?
Comenzó a desesperarse. No lo recordaba, no conseguía recordar en dónde lo había dejado. ¿Y si Mycroft lo había tomado? Claro que aún no había encendido las cámaras para el momento en el que lo guardó, pero es que no podía recordar en dónde. Fue la semana anterior, de eso estaba seguro. Estaba nervioso y no podía pensar con claridad.
Sherlock se llevó las manos a la cara y cerró los ojos. Debía serenarse, y para eso debía entrar en su Palacio Mental. Suspiró y alzó la cabeza como si estuviese mirando al cielo, dejando que se relajara y que cada una de las imágenes que se acumulaban en su mente se fuese ordenando. Sus manos se movieron solas, como si estuviesen moviendo cosas de un lado a otro. Como si de un ordenador táctil se tratara, y es que así era su mente.
Lo tenía todo más claro. Sus cepas, había visto sus cepas. En unas cepas había inoculado un virus y en otras sólo las había dividido y las había dejado en un medio ácido con permanganato de potasio como un catalizador, la idea era ver cual evolucionaba o si morían. Era una lástima que no pudiese ver como evolucionaban. El cultivo estaba en cápsulas de Petri y las cápsulas de Petri estaban encima de su escritorio, junto al microscopio.
Abrió los ojos y sonrió. Más calmado, Sherlock se dirigió al escritorio, abrió uno de los cajones y sacó un viejo libro de Química. Lo abrió y, en medio del libro, en donde le hablaban de los aldehídos y las cetonas, estaba el boleto negro. Pudo jurar que el lobo dorado lo miró, como si lo regañase por haberlo olvidado. Con una sonrisa más amplia lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo de su hoodie, dónde estaba seguro no lo perdería de vista.
Cuando volvió al auto Anthea lo miró totalmente perpleja, pero no dijo nada.
Sherlock conocía muy bien las calles de Londres. Era un mapa mental que poseía, podía ubicar cada calle si le explicabas con detalle la ubicación, como debía de hacerse. No puedes decirle a alguien que vaya a la calle Great Queen sin especificar cuál de las que había en Londres era. Pero por más detallada que estuviese la dirección del boleto, le desconcertó ver en donde se encontraba el circo: 221B Baker Street.
Ladeó la boca y miró el Big Ben, llevaba junto a él desde hacía un cuarto de hora. Escapó del instituto a las tres y cuarto, cuando el receso de las tres estaba terminando. El plan era irse antes de la hora de la salida para que así Mycroft no pudiese seguirle el paso: si salía a las cuatro en punto y se perdía, tal y cómo se encontraba ahora (y le costaba admitir), le daría tiempo a su hermano de encontrarle y además perdería la función. La idea era irse con el circo, pero también le causaba curiosidad el espectáculo que ofrecerían.
Suspiró y se pasó la mano por la frente. Era un día extrañamente soleado en Londres, y con el hoodie encima era todavía más caluroso, pero no quería que una de las ratas de Mycroft lo reconociese. Se mordió los labios y miró el mapa que había tomado de un quiosco para turistas: se dio cuenta que no era conveniente quedarse pensando junto al sitio de mayor turismo en la ciudad.
Existían dos Baker Street. El Baker Street w1, que no se encontraba tan lejos del Big Ben, y el Baker Street original que se encontraba al otro lado de la ciudad, al cual en un viaje en taxi le llevaría más de una hora. Miró su reloj: eran las cuatro y cuarto. La función comenzaba a las cinco y treinta, y podría intentarlo… pero es que ese 221B no existía. En ninguna de las dos calles.
No podía llegarle a un taxista y decirle que le llevara a un sitio específico que no existía en los mapas de la ciudad. ¿Qué haría?
Se cruzó de brazos y cerró los ojos, apoyándose luego en el poste de luz. Lo mejor que podía hacer era ir a la calle que estaba a unas cuadras, revisar y en el dado caso que no estuviese irse al viejo. Pero el llegar al Baker Street w1 le tomaría unos quince minutos y a buen paso, y recorrerla a primera vista le llevaría unos diez más. Se iba casi media hora, y ya eran las cuatro y veinte. Era un riesgo, si no estaba allí ya habría perdido la función.
Abrió el mapa y miró. Había una ruta que posiblemente los liberaría de gran parte del tráfico, pero incluían callejones que los taxistas no tomarían por cobardía (lo llaman ellos seguridad). Ah, ¿qué haría? No podía dejar de preguntárselo.
De repente pudo ver como otra pluma negra caía de quien sabía dónde, posándose encima de su mapa. Parpadeó otra vez. La misma pluma, le parecía, le había indicado que algo faltaba en la mochila. ¿Y si ésta le indicaba el sitio? Algo en su cabeza le decía que pensara detenidamente por qué esas plumas le daban señales y quién se las enviaría de ser así, pero no había tiempo para eso. Tomó la pluma y la apartó. Estaba del otro lado de la ciudad. Por donde estaba el Baker Street original.
"¡Taxi!" Gritó apartando el mapa, tirándolo en el suelo mientras se acercaba a uno. Una pareja estuvo por subirse en él, pero entró primero por el lado que daba hacia la calle. "Lo siento, esto es importante" El hombre de lentes lo miró, dijo algo en alemán y se fue. Sherlock puso los ojos en blanco y miró al taxista. "Lléveme a Baker Street"
"¿w1?" Preguntó, encendiendo el auto y con él el taxímetro.
"No. El original, por favor" Y el auto comenzó a moverse, llevándolo a su nuevo destino.
El Baker Street original podría resultar escalofriante. Era esa parte de Londres que ciertamente estaba cuidada, cómo no, y conservaba el estilo victoriano de la época. Pero también era esa parte de la ciudad en la que la luz no llegaba, y las sombras de Londres llegaban allí. Sherlock tragó saliva y avanzó despacio. No tenía miedo, pero podía imaginar muy bien al circo metido en esa calle.
Miró la hora. Eran las cinco y media exactamente. La función estaba comenzando, debía darse prisa. Caminó más rápido, mirando alrededor. Sin embargo, ningún edificio parecía ser el receptor del circo. Todos eran muy elegantes, imaginaba al circo en algo más siniestro que llamara la atención.
Fue entonces que lo vio: Era un viejo teatro, aquel en el que de niño le habían dicho que un niño se había muerto al lanzarse del techo y desde entonces estaba maldito. Obviamente no lo creyó ni ahora lo creía, pero el aspecto del teatro no decía lo contrario. Los tejos se caían, la madera estaba podrida y las ventanas no existían, solo tablones viejos de madera que las tapaban para que, quizás, nadie viese el interior. En la puerta del teatro, en un letrerito, estaba escrito "221B". Y esperando estaba el cirquero.
Gustavo le sonrió, pero no sabría decir si de verdad estaba alegre de verlo.
"Así que decidiste venir, ¿eh?" Gustavo extendió su mano. Estaba vestido con el mismo esmoquin de antes, pero esta vez llevaba un sombrero de copa. Con su sonrisa y sus ojos grandes podría hacerse pasar por el gato de Cheshire. "Eres el último"
Sherlock tendió el boleto y lo miró. Gustavo lo miró y solo se comió el boleto. Se lamió los dedos y luego le sonrió, dejándolo pasar. El pasillo estaba oscuro, y el olor a humedad y polvo acumulado era incluso palpable.
"Bienvenido al Asombroso Cirque du Freak" y la puerta se cerró tras él, sumiéndolo en la oscuridad.
StudyInMara: Sé que si colocas 221B Baker Street en google te lleva de inmediato al museo de Sherlock Holmes. Pero la calle como tal no existió nunca, sólo en fantasias de Conan Doyle y dado que Sherlock no vive en el apartamento doy por hecho que no... "existe" en este mundo. No sé si me doy a explicar. A todas estas, ¡gracias por leer!
