Capítulo 4

Sherlock observó el camino semi-oscuro que se plantaba frente a él. Había sólo unas cuantas velas de cera naranja cerca de terminarse que iluminaba vagamente el pasillo. Por lo poco que podía ver, las telarañas cubrían el techo y parte de las paredes podridas y una enorme tarántula púrpura bajaba por una de las paredes.

La miró curioso conforme bajaba y se acercaba más a la luz. No sólo era púrpura: tenía colores brillantes, vivos. Amarillo, rojo, verde… y era más grande que una tarántula común. Podría jurar que lo veía con esos ojos brillantes y pequeños. Un espécimen curioso, claro que sí.

"Madame Octa es hermosa" Esta vez no tembló, incluso se lo esperaba. Alzó la cabeza hacia la voz. Gustavo le sonreía; vestía con un esmoquin rojo junto a una corbata dorada y brillante. Parecía un auténtico cirquero, sin embargo eso no explicaba cómo había entrado, pues nunca había oído la puerta abrirse tras de él. O cómo se había cambiado tan rápido "pero si te descuidas puede morderte y matarte sin apenas darte cuenta".

Gustavo tomó a la tarántula ("Madame Octa" como la había llamado) y la metió en una jaula que traía en la mano. Luego se dio vuelta y siguió caminando por el pasillo, seguro esperaba que Sherlock lo siguiera. Y así hizo.

El cirquero llegó hasta una enorme puerta de roble carcomida y abrió la puerta. Lo miró y le dio espacio. Sherlock apenas pudo ver una luz detrás de la puerta y oír unos cuantos murmullos en su interior. Allí sería el espectáculo, claramente.

"Disfruta la función, Sherlock Holmes"

Frunció el ceño. Nunca le había dicho su nombre, pero el cirquero no parecía dispuesto a responder preguntas y sabía también que sería inútil hacerlas. Aún no era capaz de leerlo, pero él sí podía hacerlo. Si sabía su nombre, podía conocer sobre él en sí. Su vida, su familia, su residencia…

Se mordió el labio y sólo atravesó la puerta, ignorando la impotencia que comenzaba a invadirle.

Estaba lleno. Casi completamente, diría a simple vista. Todos los asientos rojos pero desteñidos estaban ocupados por personas de todas las edades. Habían personas adultas de cuarenta años, con los cabellos canosos y vestidos con trajes pulcros y pulidos, o vestidos sencillos pero con clase. Sin embargo también había chicos incluso menores que el propio Sherlock, vestidos con shorts y camisillas y cabellos de todos los colores y peinados a todas las direcciones.

Visualizó un asiento en el centro del auditorio y se dirigió allí, empujando a unos cuántos en su camino. Algunas personas lo miraron con el ceño fruncido, molestos, cómo si se preguntaran porqué estaban tantos niños en un sitio cómo ése. Pero otros parecían aliviados, incluso pudo vislumbrar unos cuantos que iban a su instituto privado y que posiblemente habían escapado de su casa. Decía posiblemente, porque cabía el hecho de que sus madres sabían que estaban fuera, pero no que estaban en el circo. El azabache ladeó la boca no muy a gusto y se sentó. A su lado derecho estaba sentada una pareja. Recién casados al parecer, y emocionados por el circo.

De repente las luces se apagaron. Los murmullos cesaron, estaban expectantes pues sabían que la función estaba por comenzar. Otras luces blancas se encendieron, esta vez apuntando hacia el escenario. Lentamente un chico apareció arrastrando lo que parecía ser una caja tapada con una funda. El chico no parecía ser mayor que Sherlock, quizás por uno o dos años, y tenía el cabello blanco y rebelde. No era pintado, era albino.

Entrecerró los ojos. Era alemán, por lo que podía ver desde esa distancia. Por su postura parecía ser alguien tímido, había sufrido antes algún maltrato. ¿Su padre? Era lo más seguro. Vestía con ropa común en chicos de su edad, una camiseta y jeans, pero tenía una especie de listones rojos envolviendo su antebrazo. Heterocromático, además: su ojo izquierdo era amarillo y su ojo derecho era azul claro, colores que eran normales en una persona que sufría albinismo. El chico miró al público y luego sólo tomó la manta, halándola hacia él.

Fue cuando los gritos comenzaron.

Las personas que se encontraban en los primeros asientos se levantaron y se alejaron de allí; pero no era por miedo, lo hacía sólo para crear el efecto. El hombre lobo rugía, azotando los barrotes y tratando de salir de su jaula. Gustavo salió de un lado del escenario, vestido con el brillante traje rojo.

"¡Bienvenidos al asombroso Cirque du Freak! Hogar de lo espeluznante y lo grotesco" No alzaba la voz pero podía oírse en todo el escenario. El hombre lobo había dejado de moverse y ahora estaba sentado, rascándose una oreja. Parecía un gran perro. Sherlock sonrió, le hacía gracia y llamaba su atención. "Somos un circo muy antiguo y llevamos nuestro espectáculo a todas partes. Nuestro repertorio ha cambiado muchas veces mas no nuestro objetivo: llenarlos de asombro y terror"

Gustavo alzó una mano y el hombre lobo la miró, quedando en trance. Luego acercó una mano y la metió por entre los barrotes. Todos seguramente esperaban que de un momento a otro se la arrancara de un mordisco, pero se dejó acariciar como un perro. Un enorme perro con enormes dientes. El cirquero sonrió.

"Si han venido con la idea de que se trataba de un espectáculo de disfraces, ¡cuidado! Todos y cada uno de mis freaks son reales. Y ninguno es inofensivo"

Dicho eso dejó tranquilo al hombre lobo y salió por donde había entrado. En seguida el hombre lobo volvió a rugir y levantarse de sus patas traseras. Sherlock parpadeó, habían hipnotizado al lobo para que actuara tranquilo y las personas volvieran a sentarse. Y en realidad era una bestia, siempre lo sería. El chico albino alzó la manó también, y a diferencia de Gus movió los dedos en distintas direcciones. El hombro lobo volvió a calmarse, sin sentarse.

"Lo tengo hipnotizado" dijo con voz calmada, casi femenina. Claro que no dijo algo que ya no supiera. "Necesito que por favor se queden en sus asientos y por ningún motivo hagan algún ruido. Podría ser fatal" y manteniendo la mano en alto se acercó y abrió la jaula. De espaldas se dirigió a un costado del escenario, dónde se encontraban las escaleras. Comenzó a bajar escalón por escalón y el hombre lobo lo siguió, sin dejar de mirar su mano.

Empezó a pasearlo por entre los expectantes, que con murmullos y algunos que otros gemidos ahogados se pegaban a sus asientos, alejándose tanto como podían de la bestia. El hombre lobo no se inmutó, seguía en su trance mientras caminaba. Cada una de sus pisadas hacía un pequeño ruido, rozaba las pezuñas contra el frío suelo de piedra del teatro.

Entonces llegó hasta la hilera dónde estaba Sherlock. La pareja a su lado se removió y rieron, mirándose. Rodó los ojos y miró al hombre lobo. De cerca era aún más grande que lo que parecía mirando de lejos. Era más alto que él, incluso diría que doblaba su tamaño. Tenía la boca semi-abierta, por dónde respiraba calmadamente y se veían apenas sus grandes dientes carnívoros. Lo miró con ojos grandes, le parecía impresionante.

"¿Puedo tocarlo?" lo habría hecho sin preguntar. Pero no quería arriesgarse a perder la mano, que útil le era. El chico albino lo miró algo extrañado, era posiblemente una pregunta que no era usualmente hecha. Miró al hombre lobo y entonces le sonrió.

"Claro. Pero no presiones mucho la mano"

Ante aquella afirmación acercó su mano a él, deteniéndose un segundo antes de colocarla sobre una de sus patas delanteras. Era caliente y su pelaje era áspero. Lo acarició un poco más y lo miró. Parecía apenas percatarse de su presencia, no dejaba de mirar la mano del albino. Le pudo haber arrancado un cabello para poder estudiarlo. Pero no volvería a su casa, dónde se encontraba su juego de investigación, y se arriesgaba a perder la cabeza. Así que sólo alejó su mano y el hombre lobo siguió su marcha. Olió su mano, era como caucho quemado.

Finalmente el chico albino lo devolvió a su jaula, dónde entró sin mucho problema, la cerró y luego bajó la mano. El hombre lobo se quedó quieto antes de repente embestir la jaula por su parte frontal y seguir rugiendo, mostrando sus dientes. Las personas en la primera fila gritaron y comenzaron a aplaudir. Esos aplausos fueron seguidos por otros antes de convertirse en una ovación, les parecía impresionante que un niño como él pudiese domar al hombre lobo. No sabían que esos tipos de juegos también eran aplicados en otros animales. Estúpidos.

El hombre lobo se fue y pasaron unos minutos sin que nada ocurriera. Luego, dando tumbos, entró una mujer corpulenta a la escena. No era gorda, pero era gruesa. Tenía quizás uno setenta años, pero se veía bastante mantenida a pesar de su vejez. Lo miró a todos y comenzó a hablar con voz alta y grave.

"¡Me llamo Bertha Teeth! ¡Cuando fui por primera vez al odontólogo se asombró por mis dientes, y luego le cercené el dedo de un mordisco!" La audiencia rió, aunque Sherlock no hizo mueca alguna. No se divertía, se había sentido interesado con el hombre lobo. Pero una mujer de dientes fuertes no era precisamente un 'freak'.

Bostezó. Cuando la mujer terminó su discurso, explicando cada detalle de porqué sus dientes son indestructibles, Gustavo salió de un lado del escenario otra vez y esta vez con dos lingotes de oro, uno en cada mano. Cargaba una sonrisa divertida en el rostro.

"El Cirque du Freak otorgará dos lingotes de oro a aquel que consiga siquiera hacer un rasguño a los dientes de Bertha" y detrás de él salió el chico albino, trayendo una mesa con una sierra eléctrica, un mazo e incluso un hacha. Sherlock se acomodó en su silla y sonrió, divertido. Ah, eso empezaba a ser interesante.

Tres hombres se levantaron y subieron al escenario. Bertha se sentó en una silla que el albino le había traído y se reclinó en ella, apretando sus enormes dientes. Primero empezó el hombre que había tomado el mazo. Colocó un clavo entre los dientes de Bertha y luego tomó el mazo antes de golpear con fuerza en él. Hubo un pequeño ruido seco, Sherlock alzó la cabeza para poder ver. El clavo se había doblado y Bertha tenía sus dientes intactos.

El hombre del mazo se fue decepcionado mientras Bertha se sacaba el clavo doblado de la boca. Seguía el hombre de la sierra eléctrica, que la encendió y llevó los dientes de esta a rozar los dientes de Bertha. Hubo una ligera nube de polvo en la boca de Bertha, pero tan pronto el hombre alejó la sierra se pudo ver que tenía los dientes estropeados. En cambio, los de Bertha estaban incluso más blancos.

El hombre del hacha no hizo nada. Sólo dejó el arma en el suelo y volvió a sentarse, derrotado. Gustavo sonrió y guardó los lingotes en sus bolsillos.

"¡Un aplauso para Bertha Teeth!" la audiencia comenzó a aplaudir sonoramente, haciendo que Sherlock se cubriese los oídos. Bertha Teeth hizo una reverencia y salió del escenario. Esta vez Gustavo se quedó y los miró a todos con una sonrisa. "Quiero su atención, por favor. El siguiente acto es bastante especial, apenas siendo incorporado en este viaje. Es un novato, así que tengan cuidado"

Salió del escenario, las luces se apagaron. Sherlock miró alrededor antes de sentir que algo reptaba por sus pies. Los alzó y miró hacia abajo, una enorme cola desaparecía en la oscuridad. Un cocodrilo.

Los gritos no tardaron en aparecer. La gente se levantaba y se alejaba conforme el cocodrilo tomaba camino por el auditorio. Avanzaba rápido, moviendo su cola de lado a lado y azotando las piernas de las personas. Sherlock se quedó tranquilo luego, bajando sus pies. Era de sentido común que si el cocodrilo ya no se había abalanzado sobre alguien se debía a que formaba parte del espectáculo.

Luces iluminaron nuevamente el escenario, dónde ahora se encontraba un chico. El azabache abrió los ojos, sorprendido: era un chico de cabello verde y prácticamente su cuerpo también verde, en distintas tonalidades. Su piel parecía dura y áspera, como la de un cocodrilo, y sus ojos eran amarillos y rajados, como los del reptil. Recordó el anuncio, mencionaban a un chico cocodrilo. Y allí estaba.

Éste chico abrió la boca e hizo un sonido idéntico al de los cocodrilos, amenazando al que estaba caminando por el auditorio. El cocodrilo azotó la cola y bramó hacia él, comenzando a subir hacia el escenario. El chico se colocó en cuatro patas y bramó también, mostrando sus enormes dientes afilados.

Se acercaron lo suficiente y comenzaron a luchar, moviéndose de lado a lado mientras se bramaban el uno al otro. En un momento el chico tomó la pata trasera del cocodrilo con sus dientes y lo alzó, girando para hacerlo girar también a él. Lo había visto antes, era un ataque especial de los cocodrilos para inmovilizar a sus víctimas de un solo movimiento. El cocodrilo se golpeó fuerte contra su espalda, haciendo un ruido quedo, y luego se quedó quieto, solo moviendo sus patas delanteras sin poder voltearse.

El chico se levantó y luego hizo una reverencia, recibiendo aplausos del público. Se acercó y alzó al cocodrilo como si de una mascota normal se tratara, y le acarició la cabeza. El cocodrilo movió un poco la cola.

"Voy a pasearlo entre ustedes" dijo hablando al fin. Tenía una voz ronca, pero era quizás debido a los bramidos que acababa de dar. "Pueden tocarlo, pero no toquen mucho el hocico"

Dicho eso bajó del escenario y lentamente lo fue paseando, dejando que las personas lo tocaran aunque la mayoría no lo hizo. De vez en cuando el cocodrilo daba un mordisco cariñoso, no apretaba mucho los dientes pero asustaba mucho a las personas. Sherlock no lo tocó cuando fue su turno. En cambio, miraba al chico que lo cargaba.

"¿Puedo preguntar qué te ocurrió?" El chico lo miró, sorprendido también. No era normal que les hiciesen muchas preguntas, aunque el acto era nuevo. Quizás en esos días nadie se preocupó en preguntar qué demonios le había sucedido para acabar siendo como un cocodrilo. El chico negó con la cabeza.

"No es nada especial. Nací así."

Ahora era el turno de la pareja de al lado. La mujer sonrió y acarició el hocico del cocodrilo a pesar de la advertencia, pero al animal parecía no importarle. Al contrario, movía la punta de su cola, bastante feliz.

Lo que ocurrió nadie se lo esperaba.

El chico de repente empezó a temblar y soltó al cocodrilo, que se alejó pronto. Se cubrió sus orejas mientras bramaba y se movía de lado a lado. Sherlock no dejaba de mirarlo, y la chica a su lado lo miró preocupado. "¿Te encuentras bien?" Había dicho mientras acercaba su mano al brazo del joven.

El chico cocodrilo abrió los ojos y tomó su mano con sus dientes, clavándoselos y arrancándosela de un mordisco.