Capítulo 5
Sintió como la sangre salpicaba en su cuerpo, manchando su ropa, sus brazos, su rostro. El chico cocodrilo mordía la mano, moviéndola de lado a lado; sus ojos amarillos brillaban, hambrientos y salvajes. La mujer gritaba, el muñón de su brazo sangraba a borbotones. La audiencia que hacía tan sólo unos minutos disfrutaba feliz del espectáculo se había alejado, gritando.
Sherlock no podía moverse. No dejaba de mirarla. Estaba aturdido, temblaba. Era algo que definitivamente no se había esperado. Podía ver cómo iba perdiendo el color poco a poco. Ella iba… iba a morir.
Escuchó un bramido y alzó la cabeza. El chico cocodrilo había soltado la mano, yaciendo en el suelo, inmóvil, y ahora lo miraba a él. Observó cómo se acercaba despacio hacia dónde estaba, sus uñas largas estaban abiertas hacia él. Sería su próxima presa y no era capaz de alejarse, sentía su cuerpo pegado a la silla.
De repente una figura apareció detrás de él y lo abrazó con fuerza contra su cuerpo, cubriéndole los ojos con una mano. El chico se removió y bramó unas cuantas veces más, tratando de liberarse, pero Gustavo susurró algo en su oído y entonces se quedó quieto, su cuerpo caído en los brazos del cirquero. Había perdido la conciencia.
"Ren" El cocodrilo, que se había mantenido alejado, se acercó ante la llamada de quien seguramente era en realidad su amo. Lentamente fue estirándose y cambiando de color, la cola desapareció, hasta que se convirtió en un hombre de cabello largo y púrpura. Pudo oír la respiración ahogada del público y unos murmullos que poco se hicieron esperar. Ren miró a Gustavo. "Llévalo dentro".
Ren asintió y cargó al chico, pequeño a su lado, en sus brazos y lo llevó tras el escenario. Pasó por un lado del chico albino, que se encontraba asomado por la cortina que cubría la puerta hacia la sala detrás del escenario. La mujer a su lado seguía chillando, aunque cada vez era más débil. Gustavo tomó la mano del suelo.
"Luka" el chico albino asintió desde donde se encontraba y se acercó al cirquero, trayendo en sus manos un saquito azul oscuro y aguja e hilo naranja. Cuando estuvo a su alcance, roció un polvo brillante que se encontraba dentro del saquito en el muñón sangrante y luego otro tanto en la mano cercenada. Gustavo juntó su mano con su muñeca, encajando de manera perfecta, y susurró algo en el oído de la chica.
La mujer dejó de chillar y se mantuvo quieta, con sus ojos vacíos. Sherlock dedujo que había hecho algo parecido a lo que había sucedido con el chico cocodrilo. Gustazo le hizo una seña a Luka con la otra mano y éste se acercó con la aguja. En frente de todos comenzó a suturarla. La aguja entraba y salía de la carne, cosiendo su piel, pero ella parecía no sentir algún tipo de dolor o molestia. Todo lo contrario, no miraba al cirquero y mucho menos miraba su muñeca.
"Mueve los dedos" dijo Gustavo con voz suave cuando Luka terminó de suturar. La mujer lo miró, aún confundida o quizás aún sin toda su conciencia. "Anda, muévelos" Y los movió.
¡Se movían!
Sherlock miró genuinamente sorprendido a la mujer, que movía los dedos y agitaba su mano con una enorme sonrisa. El público suspiró aliviado e incluso hubo unos cuantos aplausos. Bajó su cabeza y miró sus manos, su ropa. Seguía manchado con la sangre de ella. Hacía unos momentos esa mujer estuvo a punto de morir desangrada, y ahora tenía su mano de vuelta, intacta y como si nada hubiese ocurrido, salvo por la sutura naranja que resaltaba sobre su piel blanca. Miró al cirquero, le estaba sonriendo. Era increíble.
"Estará bien. La sutura caerá sola dentro de un par de días y todo volverá a la normalidad" y se dio la vuelta dispuesto a irse. Pero un hombre salió de la multitud, que aún se encontraba asombrada por lo que acababa de ocurrir. Pero el hombre estaba más que sorprendido, estaba molesto. Era el marido de la mujer.
"Quizás no baste sólo con eso. ¡Hay que llevarla a un hospital! Tiene que tomar responsabilidad sobre esto"
El cirquero sólo lo miró con ojos fríos, sin hablar en ningún momento y escuchándolo con paciencia infinita. Cuando el hombre terminó de hablar, se acercó despacio sin hacer algún ruido con sus pies y se colocó frente a Sherlock, mirando al hombre fijamente.
"Ya lo hice." Dijo. "Cosí su mano y evité que se desangrara y muriera. ¿No le parece suficiente?" El hombre abrió la boca pero Gustavo continuó "Usted es su esposo, ¿no? ¿En dónde se encontraba cuando ocurrió el ataque a su mujer?"
Y el hombre calló. No podía decir nada en su defensa, cuando el chico cocodrilo se lanzó sobre su esposa corrió a refugiarse, como todas las personas en el auditorio. Había huido como cobarde sin importarle quien dejaba atrás. Gustavo los miró a todos.
"Esto no es una feria recreativa, dónde todos los juegos tienen seguros en el caso de cualquier circunstancia. Los accidentes pueden ocurrir, y se los dije al inicio. Mis freaks son reales y cualquier cosa puede suceder" Y sus ojos volvieron a fijarse en el hombre. "Su esposa pudo haber terminado peor, y lo sé porque he visto accidentes en donde las personas pierden sus brazos. Son libres de irse si así lo desean"
Y sin más miró a Sherlock, y sonrió con su sonrisa de Cheshire. Se agachó un poco y lo tomó en brazos, cargándolo como lo había hecho el cocodrilo (u hombre cocodrilo) con el más pequeño, su hijo seguramente, y lo llevó hacia el escenario. Sherlock no se preguntó hacia dónde iba, no sabía que harían tampoco, pero no le importaba. Estaba seguro que no era nada que atentara contra su seguridad. O su vida.
Cruzó a través de la cortina y llegaron a la sala detrás del escenario; alzó la cabeza para poder ver mejor. Era una sala enorme, con una mesa repleta de comidas y bebidas, una cama y varios sillones rojos en dónde estaban sentados los freaks. Pudo reconocer a Bertha Teeth y al chico cocodrilo, que ya estaba despierto y sólo tenía la cabeza baja. Sherlock tembló y miró a los demás: no sabía quiénes eran. Estaba una mujer de quizás unos 50 años, rusa, de cabello negro largo. Sin embargo estaba conservada y era bastante atractiva. Seguía un hombre alto y de cabello rubio, sentado bebiendo de su taza; no podía ver bien el contenido pero suponía que era té. Y un hombre moreno. Abrió los ojos: era un hombre terriblemente flaco, podía ver cada una de sus costillas sin problemas y los huesos de sus brazos. Era un esqueleto humano.
Gustavo lo sentó en la cama y miró a Luka, que había vuelto con las cosas en su mano.
"¿Cuántas personas quedan?"
"La mayoría sigue aquí. Incluso la mujer con la mano suturada está presente" el cirquero sonrió.
"Truska" la mujer de cabello negro se levantó a su llamado y lo miró "sé que tu acto es el último, ¿podrías ir a relajarlos? Quitarías ese aire tenso"
Ella asintió con una sonrisa y dijo algo en ruso antes de prepararse y salir al escenario. Gustavo luego miró al chico cocodrilo, que ahora se encontraba de pie y se había acercado un poco, manteniendo la cabeza baja y, por lo que se veía, bastante arrepentido. "Yo…"
"Hablaré contigo más tarde" dijo Gustavo y se dio la vuelta, caminando de vuelta al escenario. Iba a salir, y Sherlock podía ver que sus bolsillos seguían pesados por los lingotes de oro del acto de Bertha. Ladeó la cabeza. Era la mujer barbuda, era una lástima no poder ver su acto. "Luka, dale algo de té al maese Holmes, que está en estado de shock"
"No estoy en estado de shock" bufó Sherlock. Sin embargo tomó el té que el chico albino le traía, caliente y con leche. El cirquero rió.
"Claro que sí. Porque nada salió como lo esperabas, ¿verdad?" parpadeó entonces un par de veces, como si hubiese notado que algo no estaba bien. Miró a Luka "¿Dónde está John?"
"Dijo que me iba a ayudar a montar las cosas, pero se metió en su carroza hace rato y no ha salido de allí desde entonces" Luka infló sus mejillas con un puchero en sus labios, y luego se sentó al lado del chico cocodrilo, inclinándose un poco hacia él. Oh, eran una pareja.
Gustavo sonrió y volvió al escenario, desapareciendo tras la cortina. Pudo escuchar que volvía a ofrecer los dos lingotes de oro a aquel que tuviese la osadía de subir al escenario y cortar la barba de Truska, y el público volvía a reír y murmurar. Ya sabían que sólo subirían a hacer el ridículo.
Sherlock suspiró y se quedó sentado en la cama. Tomó algo del té y cerró los ojos, alzando un poco la cabeza. El cirquero tenía razón, no se había esperado el ataque. Esperaba más al hombre lobo despedazando a una persona del público que un ataque del chico cocodrilo, y había sucedido. Se sentía estúpido por no haberlo previsto. Abrió sus ojos y miró sus manos llenas de sangre, aún fresca.
Observó la sala. Ahora se encontraba allí, gracias a lo poco que había pensado sus planes principales cayeron. Había pensado que, al terminar la función, se escondería entre la multitud o en alguna habitación del teatro y se quedaría allí antes de subirse a una de las carrozas (imaginaba que eran varias) sin ser notado. Pero ahora estaba allí, siendo observado por todos los freaks. Seguro esperaban que la función terminara y lo llevarían afuera, para irse con las demás personas. ¿Qué podía hacer en ese caso?
"¿No quieres cambiarte?" Observó a Luka, era la primera vez que le dirigía la palabra desde el acto del hombre lobo. Obviamente no miraba su rostro: miraba su ropa. No debía tener un buen aspecto. Escuchó unos aplausos y vio como Truska entraba junto al cirquero nuevamente a la sala y el hombre esqueleto se levantaba y se dirigía a la cortina que lo llevaba al escenario. "¡Rómpete una pierna, Alexander!" dijo Luka.
Entonces Sherlock lo vio. Parpadeó un par de veces y sonrió. ¿Cómo no lo había pensado antes?
"De hecho, sí me gustaría. Tengo ropa" señaló su mochila, que aun cargaba en su espalda. Se levantó y Luka también lo hizo. Extrañamente el chico cocodrilo se levantó junto a ellos y lo miró. Se rascó la nuca y volvió a bajar la cabeza. No podía mantener la cabeza en alto por la vergüenza que debía sentir.
"Oye… siento, eh, haber perdido el control" Sherlock se mordió el labio y recordó las imágenes. La carne desgarrándose, la sangre caliente brotando y ensuciándolo, los gritos de la mujer y como su vida estaba apagándose…
Negó ligeramente con la cabeza. "Claro" dijo y caminó junto a Luka. Notó que Gustavo lo seguía con la mirada mientras salía, sentado en el sofá grande y tomando algo de té, pero lo ignoró. Seguro ya sabía lo que pensaba, pero de querer detenerlo ya lo habría hecho.
Lo pensó todo al ver al hombre esqueleto (Alexander, al parecer). Truska ya había terminado su acto, Alexander estaba comenzando y faltaba sólo ese rubio que estaba sentado en el sofá. Un acto de quizás diez minutos cada uno, y Luka lo estaba conduciendo a un baño, seguramente. Mientras terminaban y acomodaban el salón, le daría el tiempo suficiente para cambiarse, subirse a una carroza e irse con ellos. Sólo esperaba que hubiese alguna que estuviera llena de artefactos del Cirque.
"Allan es un buen chico" ¿Allan? Sherlock ladeó la cabeza, lo había sacado de repente de sus pensamientos. Oh, el chico cocodrilo, quizás. "A veces pierde el control y nunca obedece a Gus cuando quiere que aprenda a controlarse con su padre. Pero nunca mataría a nadie" Se detuvo frente a una puerta verde, sucia y roída, y le sonrió.
Sherlock lo miró con ojos sin expresión y luego asintió. Eso estaba por verse. "Gracias" le dijo sin más y entró al baño, cerrando la puerta tras él.
No se esperaba un baño de mármol blanco y grifos de oro, pero no pudo evitar hacer una mueca al mirar alrededor. La madera del suelo, como toda la madera del teatro, estaba podrida y de un tono llegando al verde, no podía distinguir si así había sido su pintura o fue el pasar del tiempo lo que dañó la madera y la llevó a ese tono. La cerámica del inodoro estaba sucia también, aunque parecía haber sido parcialmente limpiada por los integrantes del circo. El espejo no estaba en mejores condiciones, Sherlock apenas lograba verse en el reflejo debido a la mugre que lo cubría. Y no le apetecía correr la cortina de la bañera.
Ignoró ese ambiente lo mejor que pudo y abrió el grifo. Sorprendentemente corría agua, no era del todo limpia pero era lo suficiente para limpiarse las manos y la cara, quizás los freaks lo habían reparado. Se quitó el hoodie, lo dejó tirado en el piso, y sólo comenzó a restregarse las manos, dejando que cada manchita de sangre se limpiara. El agua se acumulaba debajo, de una tonalidad roja sangre. Ahuecó sus manos y tomó algo de agua para llevársela a la cara, restregándosela también hasta sentir que estaba limpio. Se miró en el espejo, al menos ya no se notaba.
Midió el tiempo, le quedaban unos quince minutos antes de que los freaks comenzaran a irse. Se quitó también el pantalón, sucio, y revisó la mochila, donde tenía guardada la ropa. Sacó otros pantalones oscuros y una camisa morada a botones. Se vistió dándose su tiempo, procurándose de estar presentable. Abotonó su camisa, dejando solo los botones del cuello y otro más sin cerrar, mostrando parte de su piel blanquecina. Odiaba sentir como le ajustaba.
Miró su reloj. En ocho minutos el cirque estaría montándose en las carrozas. Tomó su mochila y salió del baño, dejando toda la ropa detrás. Procuró hacer el mínimo ruido y tomó el camino que más le parecía. Luego de caminar un minuto o dos se encontró con el pasillo que lo había conducido a la gran sala. Escuchó aplausos, la función estaba terminando como tenía previsto. Sonrió satisfecho y tomó el camino hacia la entrada.
La puerta principal estaba cerrada, no parecía que estuviesen montando cosas, como Luka había dicho. Se acercó a una ventana tablada y vio por entre los tablones. Las carrozas estaban afuera, en efecto, pero no había nadie montando. Quizás ya habían terminado con lo que estaba fuera, y faltaría lo que quedaba tras el acto.
Miró hacia atrás. Los aplausos estaban cesando y podría jurar que Gustavo estaba hablando, seguramente agradeciendo al público por su asistencia. Se mordió el labio, tomó el pomo y abrió despacio la puerta. Salió al exterior.
El aire frío de Londres golpeó sus mejillas, enrojeciéndolas en seguida. Debía apresurarse, si tan solo uno de los freaks lo veía alertaría a los demás. Gustavo sabía sus intenciones y no dijo nada, pero con la atención de los demás freaks era suficiente para quedarse allí definitivamente.
Se acercó a las carrozas, había seis en total. No tocó la primera, se imaginaba que allí estaría Gustavo, por ser el cirquero. Quizás solo, quizás no, era imposible saber. Desde la segunda carroza hasta la sexta golpeó con los nudillos la madera que la conformaba. Mientras menos hueco se oía más espacio tendría, pues el sonido poseía más espacio por el cual expandirse. La cuarta carroza le pareció la más adecuada, apenas se oía el eco.
Abrió un poco la lona que cubría su entrada, por lo que la luz de Londres le brindaba se veían lo que parecían ser enormes tiendas de campañas dobladas, muebles, almohadas y hamacas acomodadas a un lado. En efecto era una carroza para los objetos. Satisfecho subió a ella y se situó sobre las tiendas, estaba bastante cómodo.
Entonces sólo esperó. Aguardó a que los minutos restantes pasaran antes de oír como la puerta se abría y dejaba paso a la gran cantidad de personas que habían estado dentro del teatro. Todas murmuraban voces, parecían no percatarse de las carrozas, aunque pudo oír unos cuantos golpes a ellas, seguramente adolescentes ociosos.
Siguió esperando, lentamente las voces se fueron apagando hasta quedar otra vez en silencio. Sherlock cerró los ojos y volvió a ser envuelto con el ruido. Los freaks estaban saliendo del teatro, se estaban acercando a las carrozas comentando lo que parecía ser la actuación de esa noche. El tema de la salida de control de Allan parecía ser el popular.
"¿Todos llevan sus cosas?" Pudo escuchar a Gustavo, recibiendo como respuestas el murmullo general de sus actores. "Entonces subamos. Tenemos dos semanas antes de nuestro siguiente acto" Otro murmullo general, y escuchó el rechinar de la madera ante el peso.
Sin embargo, no esperó unos pasos acercarse a la carroza en donde estaba. Abrió los ojos y se pegó más a la pared, alejándose de lo que la luz podía dejar a la vista. Vio como la lona se movía, a punto de abrirse. Tragó saliva.
"Esa es la carroza de John" escuchó a Luka. Sherlock se relajó a medias. "Sabes que a él le gusta los viajes solo, Cormac"
"¿Eh? Pero ¡no quiero volver a viajar con el apestoso de Alexander! Sus chistes son terribles" Oyó un 'A callar, Cormac' proveniente de Gustavo, y una risa general "Qué curioso es este crio." La voz se fue alejando, Cormac ya no se presentaba como una amenaza. Pero eso no era lo que le preocupaba a Sherlock.
Ladeó la boca, pensativo. Luka había dicho que esa era la carroza de John. Y seguramente era el mismo John al que se referían hacía rato, el que se había ofrecido a ayudar pero pronto se acostó a dormir. Se apoyó contra la pared; de haber estado allí, ya se habría quejado cuando comenzó a subir a la carroza, y sus planes se habrían ido al demonio. Por otro lado, si no estaba allí en ese momento significaba que estaba por subir.
Si se trataba de un niño, como Cormac lo había descrito, tendría la posibilidad de convencerlo que se callara y así poder irse. Tendría la incomodidad de compartir viaje con alguien, lo que implicaría conversación idiota en algún momento, y no se había preparado para eso. Pero no le importaba, eso pasaba a segundo plano. Así que se cruzó de brazos y esperó, mirando pacientemente la lona.
Pronto las carrozas comenzaron a temblar y el momento nunca llegó. John no subió. Sherlock parpadeó y luego sonrió, no solía decirlo pero la suerte estaba de su lado. Miró al techo, oscuro . En algún momento pararían, pero ya estarían lo suficientemente lejos de Londres. Además el viaje no sería compartido, lo cual le agradaba.
No sabía cuánto se equivocaba.
Luego de unos veinte minutos de viaje las carrozas comenzaron a dar unos cuantos saltos, que las hacían vibrar al caer y movían las lonas, dejando ver como Londres se estaba quedando atrás. Pero eso no fue lo único que se dejó ver, y Sherlock se dio cuenta muy tarde.
Pronto uno de los movimientos movió la lona y dejó que una ligera luz entrara en su carroza. Esa luz fue suficiente para ver algo de lo que no se había percatado antes: un brillo metálico, proveniente de un barrote.
Se le heló la sangre, sabía lo que significaba. Aun así revisó su bolso y sacó la linterna. La encendió y apuntó hacia donde se encontraban el barrote que había brillado.
El hombre lobo lo estaba mirando fijamente con sus ojos rojos.
EDIT: (02/06) Debido a que tengo una exposición importante por hacer, no he podido concentrarme en escribir el sexto capítulo (y es por esto que dejaba siempre un capítulo adelantado, pero no lo hice). Asi que sí se va a publicar, pero es probable que lo comience a escribir de viernes a sábado, por lo tanto para el domingo ya podría estar por aquí. Gracias por la paciencia! Y por leerlo!
