Capítulo 6
Su mano temblaba, y con ella temblaba la luz que la linterna emitía. No era solo la presencia del hombre lobo, sino su jaula: se encontraba abierta. En cualquier momento podría salir, y sin una persona que lo pudiera controlar era seguro que se convertiría en su aperitivo. El animal lo miraba tranquilo, sin embargo. No se había movido, pero sus ojos rojos estaban clavados en él, siguiendo cada uno de sus movimientos.
Sherlock tragó saliva e intentó calmarse. No debía hacer ningún movimiento brusco, o algo que lo alertara y lo hiciera salir de su jaula. Respiró hondo y cerró los ojos, intentando serenarse y poder así pensar con claridad.
Bien, estaba en presencia de una bestia colosal que le doblaba el tamaño y con una enorme boca que podría tragarle la cabeza sin problemas. Enormes garras, que podían despedazarlo en cualquier minuto y con una actitud que no era diferente a la de un animal salvaje. Y aun con la puerta de su jaula semi-abierta, no había salido a comerlo desde el principio.
Escuchó un ruido y abrió los ojos. El hombre lobo se había sentado en su trasero, con las patas traseras estiradas y las patas delanteras metidas entre estas. Más que un lobo, parecía un humano. Pero no le quitaba los ojos de encima. Ladeó la boca; no podía arriesgarse. Quizás no lo había atacado aun, pero posiblemente era porque esperaba un momento adecuado, un momento en el que no estuviese alerta. Tenía que intentarlo.
Dejó la linterna encima de una de los sillones que se encontraban allí, para que pudiera iluminar un poco el espacio que tenían. Se acercó al hombre lobo, éste se tensó y le mostró los dientes ligeramente, con un rugido que crecía en su pecho. Sherlock se mordió el labio y alzó una mano, tal y como lo había hecho Luka en la función.
El hombre lobo se detuvo, ahora miraba su mano. Sonrió, al parecer funcionaba. Movió un poco los dedos en círculos, tratando de simular que lo hipnotizaba. El hombre lobo se quedó quieto, movió su cabeza en círculos también… y luego bufó por la nariz y le dio la espalda, acostándose en el suelo frío de su jaula.
Se había burlado de él.
Sherlock lo miró quieto por unos minutos, sin saber que hacer o decir. El hombre lobo, el supuesto animal salvaje que hacía una hora amenazaba con abalanzarse en cualquier momento sobre la audiencia se había burlado de él y lo estaba ignorando, dándole la espalda.
Lo que no soportaba era que se había burlado de él.
"Hey… ¡Hey!" Se acercó a la jaula, ahora seguro de que no le haría nada. El acto de Luka y el supuesto hipnotismo del hombre lobo eran falsos. El animal movió sus orejas un poco ante el ruido. "¡No me ignores!" y movió los barrotes, esperando mover un poco la jaula. Pero apenas lo hacía, el peso del hombre lobo era enorme, aunque había sido suficiente para hacerlo molestar y gruñir un poco.
Miró el suelo de la jaula, donde su cuerpo no cubría espacio. Había una sábana y una almohada que no había visto en escena. Y la esquina había un grabado en el metal, encerrado en un rectángulo. Decía "John". Claro, él era John.
"Deja de ignorarme." Dijo una vez más y se sentó en el suelo frente a la puerta abierta de la jaula. "John" dijo y sonrió al ver como las orejas puntiagudas del lobo se levantaban al mencionar su nombre. "Para ser un animal eres bastante terco" el hombre lobo alzó la cabeza y lo miró, molesto. Podría decir que incluso estaba frunciendo el ceño.
Sherlock rió. Ahora era él quien se estaba burlando del otro.
"¿Qué sucede? ¿No te gusta que te diga animal?" el hombre lobo volvió a gruñir y ahora se había sentado frente a él, sentando como un perro y con una mueca molesta en su rostro. "Eres un animal. Bastante inteligente, podría decir" Sonreía, pero el hombre lobo no tenía un mejor rostro. "Es curioso que con todo lo asombroso que seas… no seas más que una mentira"
John se abalanzó sobre él, de repente. La puerta de la jaula había chocado contra la pared de madera de la carroza, haciendo un ruido seco pero que no fue suficiente para que el viaje se detuviera. Puso una de sus patas sobre su pecho y acercó su hocico a su rostro, mostrando sus dientes.
Sherlock se había esperado un ataque parecido, pero no de esa manera. Se removió inquieto e intentó alejarse de las fauces del lobo. No podía respirar bien, pesaba. El hombre lobo se acercó un poco más, luego bufó y se alejó. De nuevo se había burlado de él, y eso definitivamente no le agradaba a Sherlock. Era humillante.
Al lobo no le importaba, sin embargo. Comenzó a olfatear y pronto se alejó de Sherlock, caminando hacia donde estaba su mochila tirada, con la madera de la carroza rechinando bajo el peso de cada una de sus pisadas. Olfateó por encima antes de meter su nariz en ella, hurgando su interior. El azabache se sentó y se frotó el pecho, adolorido, y luego miró al animal.
"¿Qué quieres?" Se sentía idiota por preguntarle a alguien/algo que seguramente no le respondería, pero el hombre lobo parecía entenderle. Pronto volteó todo el contenido de la bolsa y todas las bolsas de frituras cayeron y las latas rodaron por el suelo.
Pisó entonces una de las bolsas de papas. Ésta hizo un sonido, como si estallara y eso significaba que ya estaba abierta, pero en cuanto volcó el contenido vio que la mayoría estaban aplastadas, sino es que todas. Escuchó un gemido lastimero y no pudo evitar sonreír.
"¿Ahora sí me necesitas?" John lo miró de mala manera y resopló. Sacudió su cola y una de las bolsitas voló hasta llegar cerca de Sherlock. "¿Qué? No, no voy a darte comida. Es MI comida"
John gruñó y mostró ligeramente sus dientes. Sherlock no se movió y lo miró alzando una ceja, su truco ya no hacía efecto en él. Era extraño, pero era como si pudiera leerlo aunque fuese un animal. Y aunque fuese uno, se comportaba como una persona. Actuaba como una persona, se movía con la gracia de una. No le extrañaba que pudiese "verlo" tal y como veía a cualquier otro…salvo Gustavo.
El hombre lobo cesó, ya se había percatado que no iba a lograr nada con solo gruñir. Se quedó durante un instante mirándolo fijamente. Sherlock tomó una bolsa de papas, la abrió y comenzó a comerlas despacio frente a él. John ladeó la cabeza y lentamente se acercó a él. Sherlock alejó su bolsa de papas, pensó que se acercaría a meter el hocico dentro de ella como había hecho con su mochila. En cambio, se apoyó encima de él hasta aplastarlo y llevarlo contra el suelo.
"¡Quítate!" Exclamó Sherlock mientras intentaba moverse en vano. John se había relajado y había dejado todo su peso sobre él. "¡Me asfixias!" Y John lo ignoraba. Se removió un poco más y luego suspiró. "Bien, bien. ¡Te daré tus malditas papas!"
No lo veía, pero de seguro John se veía satisfecho. Duró unos segundos más encima de él, aplastándolo, antes de quitarse y sentarse a su lado, moviendo la cola alegremente. Con el ceño fruncido tomó una bolsa de papas y la abrió. Miró al hombre lobo.
"Te daré, pero con una condición" John frunció el ceño, pero no hizo ninguna mueca más. Aceptaba. "Quiero que respondas a mis preguntas sobre el cirquero. No sé cómo, pero quiero que lo hagas"
John parpadeó un par de veces. Se veía confundido, o quizás extrañado. Posiblemente no se esperaba esa condición. Más asintió y luego movió la cola, esperando por las papas. Sherlock sonrió y tomó varias papas antes de lanzárselas y mirar como conseguía atraparlas todas de un mordisco, comiéndolas felizmente y moviendo la cola. Era curioso cómo se sentía cómodo con su compañía. Era un animal inteligente, podría ser por eso.
"Bien" le dio un par de papas más y luego cerró la bolsa. John dejó de mover la cola. "Hicimos un trato. Responde esta pregunta y luego te daré más." El lobo lo miraba atentamente, podía sentir sus ojos rojos y brillantes fijos en él. "Dime. ¿Qué es Gustavo?" Sabía que sería difícil entenderlo dado que no podía responderle con palabras, pero había que hacer un intento.
El hombre lobo lo miró durante un minuto que Sherlock sintió largo. Ladeó la cabeza y entonces se inclinó hasta dar con su mano. La tomó entre sus dientes sin aplicar fuerza y luego se alejó, moviendo la cola.
No, no había entendido.
Sherlock ladeó la boca y luego suspiró, tomó más papas y siguió alimentando al gran lobo. Se lo esperaba, no lo entendía, no sabía que tenía que ver el cirquero con el intento de mordida que el lobo le había dado. Siguió alimentándolo hasta que no quedaron más y se apoyó contra la pared.
Cerró los ojos, cruzó sus brazos, dejó que el sueño comenzara a llegar a él. Sintió como John movía su brazo con su hocico, pero al ver que no había reacción gruñó y, con el peso repentino a su lado, dedujo que se había acostado también dispuesto a dormir el resto del viaje. Suspiró y sólo esperó a que todo se oscureciera y su cuerpo flotara.
Abrió los ojos de repente. Escuchó ruidos afuera, la carroza se había detenido. Al parecer al fin habían llegado a su destino. Se estiró, haciendo que algunos huesitos de su espalda sonaran y se sonó también el cuello. Se sentía perezoso, por eso no le gustaba dormir. Aunque debía admitir que era una buena forma de hacer que el tiempo pasase rápido. John seguía a su lado, acostado de forma que se hacía un ovillo.
Estuvo a punto de llamarlo cuando se percató de algo. Unos ligeros toques a la carroza en dónde se encontraba. Los freaks aun no sabían que se encontraba allí.
"¡John! ¿Ya vas a salir?" Escuchó a alguien a quien logró reconocer como Cormac.
"Seguro se quedó dormido otra vez" esta vez era una voz desconocida. Por descarte, pensó que era Ren.
"No me extraña, ese chico es en realidad un vago" dijo Cormac otra vez. John no tardó y alzó la cabeza, mirando feo hacia la lona. Pronto ésta se movió hasta abrirse y la luz de una linterna dio de lleno en su rostro. Sherlock se cubrió la cara, odiaba esa sensibilidad al despertar. Podía imaginar el rostro de Cormac. "¿Y éste?"
El cúmulo de gente no se hizo esperar. Cuando Sherlock abrió nuevamente los ojos vio a prácticamente todas las personas que conformaban al Cirque en la entrada de la carroza. Murmuraban cosas, algunos parecían sorprendidos y otros, como Luka, parecían incluso agradados por su presencia. Lentamente dejaron espacio suficiente para que Gustavo pudiese ver también. El cirquero le sonrió.
Otra vez esa sonrisa triste.
"Ah, maese Holmes. Por lo que veo ha logrado que John Watson acepte su compañía" le pareció extraño que un hombre lobo tuviese nombre y apellido, pero lo ignoró. John solo se levantó, se estiró y luego se bajó de la carroza haciendo un ruido seco bajo sus patas. "Le gusta andar solo, aunque se lleve bien con todos nosotros" Gustavo hizo una pausa, miró su reloj de bolsillo y luego le dio la espalda. "¿No viene, maese Holmes?" y caminó, alejándose de la carroza.
Sherlock se mordió el labio y se levantó. Tomó su mochila, su linterna descargada y bajó de la carroza. Miró alrededor. No estaban cerca de una ciudad ni mucho menos. Estaban en un espacio verde, junto a un arroyo y a lo lejos se podía vislumbrar lo que asemejaba ser una granja. Como había imaginado hacían una parada de descanso. Había pasado unas seis horas aproximadamente de viaje.
Lo que en realidad le asombraba era el ambiente que el Cirque había creado con tan sólo minutos. Ya había varias tiendas de campaña, grandes, armadas firmes y formando lo que a él le parecía una pequeña aldea. Todos trabajaban; Alexander ayudaba a clavar las tiendas en el suelo, Luka y Allan llevaban lo que parecían ser alimentos y vasijas con agua a una tienda específica y grande y Ren junto a Cormac llevaban los muebles del circo. Había otras personas que no había visto antes, pero pensaba que el circo tenía su columna vertebral: no podía estar compuesto de sólo los actores, tenían que existir personas que lo mantuviesen también en orden desde las sombras.
"¿Buscas la tienda de Gus?" Miró a Ren. Había dejado el sofá y ahora llevaba leña en sus brazos. Asintió y él le sonrió. "Está allá al final. Es la única de color diferente" y le palmeó el hombro. "Bienvenido" dijo antes de alejarse y llevar la leña a la tienda grande.
¿Bienvenido? Sherlock frunció ligeramente el ceño, pero caminó hacia donde le había indicado Ren. Pasó junto a un tumulto de risas, bromas y un olor delicioso que le recordaba que no comía desde el desayuno, a medias. Debían ser las doce de la madrugada.
La vio. Era una tienda algo grande, no mucho más que las comunes que rodeaban la pequeña aldea, pero tenía colores que la hacían resaltar entre los demás: amarillo, rojo y azul, y estrellas blancas que adornaban toda la tela. Sintió un ligero tic en el ojo, por la impresión que le dio el cirquero no se esperaba algo así. Respiró hondo y se acercó despacio antes de apartar la lona y entrar.
Se veía gradualmente más grande que lo que aparentaba por fuera. Se encontraba en una sala de estar dentro de la tienda: tenía unos muebles viejos pero cuidados de estilo victoriano, una mesa elegante y encima de la mesa había una bandeja con una tetera humeante, terrones de azúcar y dos tazas de té sin servir. Había una lámpara de gas colgando de los cables del "techo" y el resto de la tienda estaba cubierta por una lona. Quizás la habitación de Gustavo estaba detrás.
"¡Ah, Sherlock!" Gustavo salió de detrás de la lona. Ya no cargaba su sombrero de copa y de su traje rojo brillante sólo vestía el chaleco dorado y una camisa a botones vino tinto. Su cabello castaño claro se encontraba alborotado, pero no por eso era informal. Se veía incluso más joven. "Siéntate, el té acaba de hervir"
El azabache asintió y se sentó en uno de los muebles. Gustavo tomó una de las tazas junto a la tetera y sirvió, alzando la tetera a una altura considerable, sin derramar ni una gota del Oolong. Le dio la taza e hizo lo mismo con la segunda antes de sentarse frente a él. Sherlock lo miró y tomó sólo dos terrones. Una persona bastante curiosa, sí.
"Entonces, ¿en qué ayudarás?" Sherlock parpadeó. Había ido allí dispuesto a recibir un interrogatorio. Preguntas, qué hacía allí y porqué. Gustavo sonrió y tomó un sorbo de su té. "Repito, ¿en qué nos ayudarás? No pensarás que puedes quedarte aquí gratis. Todos trabajan en el Cirque"
No respondió. En realidad no sabía qué hacer. Era bueno con la química, sí, pero no parecían trabajar con nada de ella allí. El cirquero vio eso y ladeó la boca.
"Oh, bien. Supongo que puedes ir con John. Él ayuda cuando ve que alguien lo necesita… y si quiere hacerlo."
"¿Con el hombre lobo?" Sherlock ladeó la cabeza y tomó algo de té. Gustavo sonrió.
"Claro. Te guiaré a su tienda. Supongo que no le importará compartir contigo, si ya compartió su espacio en la carroza" y se levantó. Dejó su taza en la mesa, tomó la de Sherlock casi intacta y también la dejó allí. Luego salió y el azabache lo siguió. Cuando salía el hombre cocodrilo estaba entrando también a la tienda de Gustavo. Oh… ellos también eran pareja, no lo había visto antes.
Se movía ágilmente por entre las tiendas de acampar. Ya no había integrantes del circo montando tiendas o caminando por la aldea, todo parecía tranquilo salvo por unos cuantos murmullos dentro de las tiendas o el ruido de la comida cocerse en la tienda que hacía de cocina como aparentaba. Llegaron pronto hasta una tienda no muy grande, pero parecía ser suficiente para un lobo enorme y su acompañante. Gustavo abrió la lona para dejarlo pasar y le sonrió.
"Bienvenido. Por favor, llámame Gus" Sherlock entró a la tienda, esperando encontrarse con el enorme lobo tirado en una esquina.
Pero no había nada. Miró hacia atrás, queriendo decirle algo a Gus, ya no estaba; observó nuevamente la tienda. Una lámpara de gas colgada del techo, como en la del cirquero. Más ésta no tenía una separación por lonas. Había unas cuantas bolsas tiradas en el suelo y con un contenido desconocido, y una hamaca siendo colgada. Por alguien.
Ah… no podía ser.
Era un chico rubio no muy alto para su edad, que debía ser relativamente la misma suya. Estaba bien constituido a pesar de su tamaño, y estaba de espaldas a él, no lo había notado aún. Pronto lo hizo y se giró. El chico rió y sonrió ladino.
"Eres tú otra vez. ¿Traes más de esas papas, de casualidad?"
