StudyInMara: Dos cosas. Primero, acomodé varias partes del capítulo anterior porque simplemente me di cuenta que era un desastre. Sin embargo no es nada importante y es más que todo narrativa y gramática, lo único que agregué fue la explicación de lo que un Príncipe Vampiro es. Segundo, llamo este capítulo mi obra de arte. Lo adoro, es mi favorito de entre los que he escrito y el que más he disfrutado escribiendo. ¡Espero que a ustedes también les agrade luego del desastre del anterior! Y se llama Escondiendo por el inglés Hiding, proveniente de obviamente Hide. Sabrán al final porqué el nombre.

Advertencias: No sé si realmente es importante, pero hay algunas palabras malsonantes debido a que John a veces no puede controlar su lengua.


Capítulo 9

No era difícil imaginar lo que había sucedido. Sherlock sabía que en cualquier momento Allan iba a perder el control y lamentablemente sería con la persona que estaba a su lado la mayor parte del tiempo, y esa persona era Luka. Ahora era bastante obvio lo que sucedía en Allan: Tras haber escuchado la historia del circo, pudo deducir que Allan poseía una peligrosa mezcla en su sangre: humano, vampiro y cocodrilo. Era normal que en algún momento se descontrolara la bestia que llevaba por dentro.

Y si no aprendía a controlarlo, habría más resultados como ése.

Allan seguía llorando, apretando el cuerpo de Luka contra su cuerpo. Pudo ver, apenas por el espacio que alcanzaba a observar entre los brazos de Allan, que el chico albino tenía el pecho cubierto de sangre y la ropa rasgada. Eso lo hizo mirar hacia las manos de Allan, específicamente sus garras: en efecto, estaban cubiertas de sangre.

Miró las manos de Luka: estaban completamente rasgadas y ensangrentadas, significaba que había intentado defenderse. Y por último observó su cara. Tenía una gran cortada que comenzaba desde su frente, bajaba por su nariz y curvaba para pasar por debajo de su ojo izquierdo, el amarillo. Había dejado de sangrar y no creía que llevara rato muerto. Lo que concluía que había muerto rápido, con suerte.

De repente recordó aquella noche en el circo. Allan arrancándole la mano a la mujer que se encontraba a su lado de un mordisco. La mujer sangrando y gritando mientras el color en su piel iba apagándose… se estremeció, cerró los ojos y luego los abrió para mirar a otro sitio. No pensó que esa imagen seguiría atormentándolo.

Las personas comenzaron a moverse, abriendo el círculo con el que rodeaban a Allan y pronto apareció Gustavo, atravesando el espacio que los integrantes habían dejado para él. Se detuvo sin estar totalmente dentro, detrás de él estaban Ren y Cojito, la personita, aún cubierto.

Era la primera vez que Sherlock veía a Gustavo totalmente sorprendido y sin palabras, a su lado humano y no al cirquero que hablaba diciendo palabras que le confundía. Sólo estaba allí, mirando con sus ojos dorados abiertos en asombro la escena. Allan seguía llorando, sus palabras se hicieron más audibles y ahora llamaba a su difunta pareja. Nadie más hablaba o se movía.

El cirquero bajó la cabeza, como si estuviera decepcionado, y luego alzó el rostro. Su semblante había cambiado a uno más serio y decidido. Se acercó a Allan, se agachó frente a él y le tomó de los hombros. Él alzó la cabeza para mirarlo. Sus ojos rasgados de reptil estaban húmedos e increíblemente rojos, podía decir que sería la primera (y última) vez en la que veía a un cocodrilo con los ojos irritados por las lágrimas.

Tal y como hizo en aquella ocasión en el circo susurró algo en el oído de su hijo. Pronto entrecerró los ojos y sus brazos soltaron el agarre con el que se aferraba a Luka. Gustavo colocó un brazo detrás de él hasta que cayó dormido, apoyado en su hombro.

Con la mano libre cerró los ojos de Luka con suavidad. Su rostro había vuelto a cambiar, estaba triste. Sherlock notó que su color de piel empezaba a adquirir un ligero tono rojizo aunque no llevara mucho tiempo debajo del Sol. Pensó que se debía a ese mito viejo que decía que los vampiros no podían estar mucho tiempo debajo del Sol o morían. Gustavo miró a Ren y lo llamó.

Éste, igualmente decaído, asintió y se acercó. Se inclinó y tomó el cuerpo de Luka entre sus brazos con total suavidad, cuidando de no hacerle más daño. Sin embargo, pronto cambió y miró con disgusto a Gustavo.

"No quiero que lo llames" dijo tajante. Gustavo no lo miró y, pacientemente, alzó a Allan en sus brazos, acunándolo como podía. Parecía más calmado.

"Tengo qué, Ren" y sin más comenzó a andar, no sin antes decir 'Vuelvan a sus trabajos' como si todo hubiese sido un pequeño contratiempo. Ren gruñó, molesto, pero no debatió a su pareja y lo siguió. A pasos lentos iba también Cojito detrás de ellos y todos los demás se dispersaron, murmurando claramente del tema. Sólo quedaron él y John.

John estaba consternado. En ningún momento había pensado que su compañero mataría a alguien, mucho menos a su pareja. Además, se trataba de la persona con la que había compartido escenario durante varios años y todo ese asunto debió haberle pegado profundo. Sherlock lo miró sin ninguna expresión y luego vio por donde iban Gustavo y Ren. Se preguntaba a quién llamarían y por qué, pero había una cuestión que le preocupaba aún más. Observó a la personita. Tenía uno de sus brazos frente a él y por su silueta podía imaginar que estaba frotándose el estómago.

"Va a comérselo" dijo y miró a John. Éste simplemente lo vio y una mueca de asco surcó su rostro.

"No lo creo…vamos" comenzó a caminar pero no estaba regresando a su tienda. Parecía querer alejarse de todo, se dirigía al río que el día anterior habían usado para llenar las jarras que les había dado Cormac. Sherlock lo siguió y no habló más del tema, sabía que no sacaría nada de él sin que lo quisiera hacer.

Fue un largo paseo silencioso. El circo estaba callado, incluso cuando cruzaron la tienda de Gus que solía tener bastante ruido. Salieron de su pequeña aldea y fueron bajando, caminando por el césped, hasta llegar una vez más a orillas del río. Allí John se sentó y miró su reflejo en el agua, sin hablar. Sus orejas de lobo seguían allí, peludas pero caídas.

Sherlock no se sentó y se quedó a su lado, mirando alrededor. Pensaba en lo que habían hablado Gustavo y Ren. Si se trataba de alguien a quien debían llamar y que fuera referente a ese caso (no habrían sacado ese tema en ese preciso momento de no ser así), debía de ser entonces alguien que pudiera reparar todo. Y tenía ya a alguien en mente.

Lo que no esperaba es que John hablara de repente, sacándolo de sus pensamientos.

"Gus…" dijo. Sherlock lo miró en el reflejo del agua. Él también lo veía desde allí, estaba serio. "Suele decir que 'Hay que sacar provecho de todo'"

Recordó entonces a la personita, frotándose el estómago para indicar que tenía hambre.


Era increíble lo rápido que podía pasar el tiempo. Pronto la muerte de Luka dejó de ser el tema en la boca de todos y el día a día cotidiano volvió a tomar su lugar.

Aunque claramente el circo no volvería a ser el mismo. Por más que esa alegría durara un día, Sherlock recordaba bien aquel circo que hacía dos semanas era feliz. Hacía ruido y era como una de esas supuestas familias felices que querían venderte en la televisión. Ahora estaba callado, durante las comidas apenas se hablaban y la tristeza inundaba el ambiente. De Allan apenas se sabía. No iba a comer ni parecía ir a hacerlo pronto, mientras vería a Ren cada noche llevarse un plato repleto de comida con él cuando terminaba de recoger los desperdicios de la noche.

No se sentía contagiado por esa tristeza, sin embargo. No sentía esa empatía. Pensaba que era algo que todos debieron esperarse, el chico solía perder el control y si ya le había arrancado la mano a una mujer pronto debía estar por matar a alguien.

Y eso se lo comentó a John. Éste lo miró desconcertado durante un minuto, intentando ver si lo decía en serio o no. Al ver que iba en serio chasqueó la lengua y siguió sacando las papas del suelo para dejarlas en una cesta.

"Eres una máquina" dijo sin verlo.

Sherlock lo miró con el ceño fruncido. Estaban en la granja próxima a su aldea. Kelly, la humana pelirroja que estaba secretamente (no para Sherlock) enamorada de Cormac, les dijo que se estaban quedando sin verduras y carne para comer y les dio dos cestas. No había que pensar mucho para notar que les estaba pidiendo que buscaran la comida en la granja del "vecino".

Era robar, sí, pero el hombre no iba a notar que le faltaban unas cuantas verduras y una vaca vieja de las cien que tenía. Tampoco era muy inteligente que se dijera: tenía plantadas sus verduras detrás de una enorme plantación de trigo. Seguro se quejaba que le robaban pero con el trigo tan alto sería imposible para él ver quien lo hacía. Sólo estaba allí un triste espantapájaros que ni los insectos querían.

Con las vacas era otra historia. Estaban todas apiladas en un espacio grande y cercado, en dónde entraron cautelosamente pues allí sí eran visibles para el granjero, ya estando ese pequeño establo más cerca de su casa.

Era increíble cómo, a pesar de su pequeño cuerpo, la fuerza de John era sobrenatural. El azabache sabía que se debía a la bestia que llevaba en su sangre. Rápidamente había localizado una vaca débil, la vieja, la acarició ("Sentimentalismo" pensó Sherlock mientras ponía los ojos en blanco) y luego rompió su cuello como si nada. La vaca cayó de lado, como un árbol. Finalmente la cargó en brazos y se la llevó.

Ahora se encontraban allí, sacando tubérculos detrás de la plantación de trigo y con una vaca muerta y tirada a un lado. Sherlock bufó y también sacó unas cuantas papas, lanzándolas sin mucho cuidado a su cesta.

"No he dicho más que la verdad. Era un pensamiento lógico y me sorprende que nadie lo viera venir. Incluso un idiota como…bueno, todos, lo habrían visto" y eso, para John, fue la gota que derramó el vaso.

Dejó de 'robar' y simplemente lo miró molesto. Sherlock no lo vio y siguió trabajando.

"No me vengas con esa jodida teoría de que todo el mundo es idiota menos tú, Sherlock, que estoy hasta los cojones de oírla. Sí, Allan se sale de control. Sí, todos lo sabemos. Pero nunca imaginamos que arremetería contra Luka" y calló por un minuto. Pensó que no iba a hablar más. "Al contrario de ti, nosotros tenemos un corazón. Tenemos sentimientos y no pensamos así de nuestros seres queridos" añadió.

"Los sentimientos son una desventaja" dijo Sherlock. John ladeó la boca en una mueca de disgusto y suspiró.

"Piensa lo que quieras" se levantó, dejando atrás su cesta. Se acercó a la vaca muerta, que empezaba a acumular moscas, y la alzó en sus brazos cual princesa. No podía ver nada en su camino pero por sus oídos y las pisadas de Sherlock era capaz de guiarse. "Vámonos, ya recolectamos suficiente".

Sherlock asintió, tomó ambas cestas por sus astas, se levantó y caminó delante de John para guiarlo. No era la primera ni sería la última discusión que iba a tener con el rubio. De hecho, la mayor parte del tiempo estaban discutiendo: John no compartía la forma de pensar de Sherlock ni él compartía la suya. Y a pesar de todo seguían juntos. Luego de una discusión John se iba y se alejaba de él por unas horas pero luego volvía y seguían siendo los mismos de siempre.

Eso era lo que impresionaba a los artistas del Cirque. Sherlock se sentía integrado, se sentía cómodo con esas personas alrededor como nunca se sintió en su casa más que con su abuela, pero no era capaz de entablar dos o tres frases con ellos que no fueran referentes al trabajo. Sólo sentía esa confianza con John, podía hablar con él durante horas sin problemas y, a pesar de sus constantes discusiones, podían volver a ser los mismos como si nada.

Era una relación extraña, sin dudas.

Llegaron a la aldea después de caminar unos minutos. Con suerte el granjero no los había visto. Cruzaron un par de tiendas con agilidad y llegaron a la que estaba situada en el centro, alta y ancha: el comedor. Ya John no necesitaba a Sherlock y entró a la tienda, apartando con el cuerpo de la vaca la tela que cubría la entrada. Lo siguió.

El comedor estaba igual a como estaba siempre. Iba a anochecer pronto pero había suficiente luz para aun no encender las lámparas de aceite. Sin embargo ya las chicas estaban preparando la cena, había una olla grande dentro de la estufa en dónde se cocía algo que emitía un agradable aroma. ¿Estofado de conejo, quizás?

Kelly estaba conversando con Cormac, que parecía estarse estirando. Cormac llevó un dedo a su boca… y se lo arrancó de un mordisco.

La chica abrió los ojos un tanto sorprendida antes de comenzar a reír. Cormac Limbs también rió y escupió el dedo cercenado al suelo. Sacudió su mano y otro dedo empezaba a crecer en el sitio dónde se había arrancado el otro. Hermoso talento el que poseía Cormac, damas y caballeros.

Sherlock se aclaró la garganta sonoramente con el solo propósito de que Kelly se percatara de su presencia y dejara de coquetear (de una manera muy extraña) con Cormac. Ella lo hizo, se excusó con Cormac y se acercó a ellos, sonriente.

"Ah…chicos, gracias. Deja la vaca allí, John" el rubio asintió y dejó la vaca, tiesa, en el suelo junto a unos barriles. Volvió junto a Sherlock. "El granjero no los vio, ¿verdad? No quiero que Gus tenga otra vez problemas" Oh, entonces ya los habían atrapado robando antes.

Abrió la boca para decir algo, más John le dio un codazo en sus costillas para evitarlo. Le sonrió a Kelly de la forma más amable que podía. "Para nada, no te preocupes. Con permiso" dijo y lo jaló del brazo para sacarlo de la tienda. Lo miró, fastidiado. Ya había tenido mucho de él por un día. "¿Qué ibas a decirle?"

Sherlock se alzó de hombros y se soltó de él. Sabía que no valía la pena intentar hablarlo con él para que entonces empezara a regañarlo otra vez. John pensaba obligarlo a hablar hasta que vieron algo inusual para esos últimos días: a Gustavo.

El cirquero había desaparecido tal y cómo había hecho Allan. Pocas veces se le veía fuera de su tienda y sólo salía para ir a comer. Y eso era una vez al día, durante la cena. Luego se volvía a encerrar y no lo volvían a ver hasta el siguiente día.

Estaba de pie cerca del comedor, sin cubrirse del Sol porque ya no requería protegerse de él estando ya tan bajo. Sherlock ladeó la cabeza al verlo, curioso. Aunque se había encerrado, producto probable a la depresión que le había causado que su hijo asesinara a uno de los integrantes de su circo, se veía bastante estable y sonriente, como siempre.

"Tengo algo que informarles" dijo con voz alta y clara. Los freaks, todos dispersados en diferentes sitios de la aldea, se acercaron para ver de qué se trataba. Él y John también lo hicieron. Gustavo juntó sus manos y los miró a todos con una gran sonrisa. "Como sabrán ya han pasado dos semanas desde que llegamos aquí. Eso significa que nuestra siguiente función se acerca. Es hora de dejar de holgazanear, ¡el Cirque du Freak tiene que prepararse para su siguiente acto!"

Todos comenzaron a murmurar y a mirarse. Obviamente pensaban que era demasiado pronto, la muerte de Luka aún estaba muy fresca, no habían encontrado una pareja para John y faltaba un acto si es que Allan no se atrevía a presentarse otra vez, pero nadie se atrevía a contradecir a su director. Gustavo miró a Sherlock. Cargaba una sonrisa radiante en sus labios y sus ojos brillaban intensamente.

"Sherlock, ¿podrías buscar la carpa del circo? Se encuentra en mi carroza, es de rayas con colores rojo y blanco"

A Sherlock le pareció extraño, eso significaba que el acto iba a hacerse allí mismo, en medio de la nada y con un granjero poco brillante de vecino. Asintió y se dio la vuelta, caminando hacia dónde estaban las carrozas. Esta vez John no lo acompañaba.

Las carrozas quedaron en el sitio donde las estacionaron desde su llegada. Los caballos los habían dejado en un pequeño espacio cercado en donde Truska se encargaba de cuidarlos y alimentarlos. Las carrozas parecían querer rodear la aldea, aunque por su corta longitud no llegaría a hacerlo.

No se entretuvo mucho en observar el paisaje. Se acercó a la carroza de Gustavo, la primera. Abrió la lona y se subió a ella.

La luz del Sol apenas atravesaba la lona, pero era suficiente para buscar lo que se le había pedido. Aparte que no había nada más en la carroza que esa carpa, doblada en una de las esquinas. Sin embargo había algo peculiar en aquella imagen: había un cuervo parado sobre ella y bramándole, como si quisiera echarlo de lo que había convertido en su hogar.

Lo miró y golpeó el suelo de madera de la carroza con los pies, haciendo ruido para ver si se iba. Pero el pájaro apenas se inmutó. Esponjó un poco sus plumas y abrió sus alas hacia él en un intento de espantarlo y alejarlo de allí.

Sherlock alzó una ceja, el pájaro lo estaba retando. Chasqueó la lengua y sólo movió los brazos, ya fastidiado de la situación. El pájaro bramó una vez más y no peleó, sólo atravesó la lona, batiendo sus alas y sin dejar de hacer ruido. No esperó mucho. Recogió la lona del suelo y la sacudió un poco. Una fina pluma de cuervo cayó de ella, parando con pulcritud en la madera de la carroza.

La observó detenidamente. Era obvio que, estando un cuervo viviendo en esa carroza durante un tiempo, dejara una que otra pluma suya como firma. Pero esa pequeña pluma le recordó a las otras, a aquella que le había recordado que había dejado su boleto del circo, aquella que le indicó cuál de los dos Baker Street debía escoger. Tomó la pluma y la giró suavemente entre sus dedos. ¿Qué significaban esas plumas?

"Oye, ¿qué estás haciendo?"

Miró a la entrada de la carroza. John había abierto la lona y lo miraba desde allí, confundido. Sherlock negó con la cabeza y procedió a bajar de la carroza, sin responderle ni buscando hacerlo. En cambio le preguntó.

"¿Qué haces aquí?" John ladeó la boca.

"Pues… tardabas mucho y vine a ver qué hacías"

Vil mentira. Se había preocupado por él y por eso estaba allí. Se había preocupado porque tardaba más de lo que debió haber hecho. No lo mencionó y sonrió para sí, comenzando a caminar junto a él de regreso a la aldea.

John se detuvo.

"¿Qué es eso?"

Sherlock también se detuvo y miró hacia donde John veía. Lentamente se estaba acercando una figura, posiblemente venía de Londres pues caminaba junto a la carretera donde habían llegado de la ciudad. Era una figura alta y estaba rodeado por otras más pequeñas. Mucho más pequeñas. Cada vez estaba más cerca.

John tembló a su lado una vez se hizo más visible. Era un hombre, tenía el cabello negro y no muy largo pero sí algo desordenado. Era alto, podía incluso recordarle a aquella criatura que internet creó llamada Slenderman. Precisamente vestía con un esmoquin, negro y limpio. Y lo que caminaba a su alrededor eran personitas.

Pronto ese hombre acabó frente a ellos. Sherlock tuvo que alzar la cabeza para verlo. No era tan alto como lo aparentaba de lejos, pero sí que era más alto que el promedio de un hombre común. Cargaba una sonrisa en sus labios, brillante pero maliciosa, y sus ojos, rojos como los de un demonio, brillaban con la misma intensidad que los de Gustavo hacía rato. Las personitas estaban quietas, ocultas con sus capuchas.

"Mucho tiempo sin verte, John" dijo mirándolo con una sonrisa. John, en cambio, no lo miraba y veía entretenido sus pies. Luego lo vio a él, su sonrisa se borró en un segundo. "Tú, ¿quién eres?"

Sherlock lo desafió con la mirada.

"Sherlock Holmes"

El hombre parpadeó y luego sonrió. En un movimiento rápido, tomó su barbilla con sus dedos largos y apretó sus mejillas, moviéndolo de lado a lado. John no se movía a su lado.

"Oh… entonces eres ese Sherlock. He escuchado muchas cosas sobre ti." Y apretó más sus dedos, haciéndolo quejarse.

Frunció el ceño, molesto, y apartó su mano con un movimiento brusco. Tanto John como el hombre lo miraban perplejo, aunque John parecía más asustado.

"También he escuchado cosas sobre usted. Y preferiría que apartara sus manos de mi rostro"

El hombre volvió a parpadear, genuinamente sorprendido. John parecía a punto de entrar en un ataque de nervios. De repente el hombre comenzó a reír sonoramente. No sabría decir si estaba encantando o simplemente divertido. Sólo volvió a mirarlo con una sonrisa brillante.

"Eres interesante, joven Holmes. Pero ahora tengo asuntos más importantes que atender. John" el rubio tembló al escuchar su nombre y lo miró. "¿Puedes encargarte de mis personitas? Llévalas a su tienda"

John asintió y tragó saliva.

"S-Sí, señor"

El hombre cerró sus ojos mientras sonreía, parecía una mueca macabra en su rostro. Con su cuerpo los apartó y caminó entre ambos. Paseaba por entre las tiendas con sus largas piernas y algunas personas se paraban para verlo y luego empezar a murmurar una vez más. Nunca dijo qué era eso que iba a hacer, pero imaginaba que se dirigía a hablar con Gustavo.

El rubio finalmente respiró, más relajado. Luego lo miró molesto y lo tomó del brazo bruscamente. Comenzó a caminar rápido, prácticamente arrastrándolo pues no esperó a que se acostumbrara a sus pasos para poder andar junto a él. De vez en cuando vigilaba que las personitas lo siguieran. Sherlock las miró, debían tratarse de al menos veinte. Parecían una orden siniestra.

Se detuvo frente a una tienda, algo alejada del resto y que prácticamente salía de la aldea. Sherlock nunca le había prestado suficiente atención porque sabía que nadie habitaba allí. John lo tomó de los hombros y lo miró.

"¿Estás mal de la cabeza? ¡Nadie se mete con Hide sin aparecer muerto a la mañana siguiente!"