StudyInMara: Les debo una disculpa enorme. Usualmente tardo dos semanas, pero me vi complicada con temas de la universidad y estuve no disponible por una semana. Sin embargo, el siguiente mes voy a estar ocupada con mi mudanza. Puedo escribir el capítulo pero nada me asegura tener el tiempo de transcribirlo. Así que posiblemente no me vean por un rato, pero les puedo asegurar que al menos les tendré dos listos y trataré de volver a mi capítulo semanal.

Dado que no muchos conocen la Saga de Darren Shan y que el fic tiene personajes originales, quería dejar en claro cuáles son de Darren Shan y cuáles son míos. La ambientación del fic (Cirque, vampiros, vampanezes), Truska, Cormac, Alexander, Gertha y las personitas le pertenecen a Darren Shan, así como algunos vampiros futuros (ups, spoiler). El plot –obviamente-, Gus, Ren, Allan, Luka y Hide me pertenecen a mí, personajes que llevo creando desde hace años (Salvo Ren y Allan que pertenecen a una persona muy especial para mí).

Con respecto a un review, que preguntaba si existiría una relación romántica entre John y Sherlock…bueno, tengo que responderlo, pero posiblemente haya spoilers. En un principio ésa fue la idea del fanfic, era Johnlock (de hecho hay una parte muy Johnlock en este capítulo) después de todo. Pero al terminar de planear todo el plot me di cuenta que no había espacio para establecer una relación entre ellos. Hay drama, no puedo meter de repente un capítulo todo smut entre ellos, ése es mi dilema. Por lo que luego de rebuscar mucho en mi mente y acomodar algunas cosas, conseguí crear un plot en donde ellos se ve que se gustan, pero no habrá tiempo de una relación. Habrá algunas personas que seguramente sabrán a lo que me refiero.

Sin más parloteos, el capítulo. ¡Gracias por su paciencia!


Capítulo 12

El ensayo duró más de lo que había sido planeado. El resplandor del Sol fue apagándose lentamente conforme se ocultaba en el horizonte, y aún entonces se encontraban practicando cada mínimo detalle del acto: cómo debía mover sus manos de una manera que resultara increíble y todo lo que debía decirse sobre el supuesto hipnotismo de John antes de comenzar con el acto en sí.

Fueron horas extenuantes. Cada vez que Sherlock intentaba sentarse y detenerse (porque detestaba hacer la cosas una y otra vez), John lo empujaba con el hocico y lo obligaba a levantarse y continuar con lo que se convirtió en su responsabilidad. Luka los miraba sentado en una roca con una sonrisa, de vez en cuando se levantaba y, junto a Sherlock, le demostraba los gestos y movimientos de manos que debía hacer para hacerlo todo real y a la vez increíble.

No fue sino hasta las doce de la madrugada cuando decidieron volver a la aldea e irse a dormir, cada quien por su lado. Estuvieron casi medio día ensayando. Sherlock se sentía exhausto, arrastraba sus pies al caminar y peleaba consigo mismo para poder mantener sus ojos abiertos. Podía parecer nada para alguien tan activo como él pero el ensayo llegó su cuerpo al límite, considerando que la noche anterior no había dormido era comprensible su estado actual. Lo único que rondaba su mente era el llegar a su hamaca y dormir.

Había perdido su cena, lo que contribuía a su mal aspecto y humor: él, que no solía comer en días mientras vivía en Londres, fue obligado a tener sus tres comidas al día en la aldea y ahora se había acostumbrado a esa rutina. Su estómago rugía, rogando por piedad. Aún queriendo ir a comer sus pies no iban a ayudarlo. Más fuerte era su voluntad por ir a dormir; podía esperar al desayuno.

Al llegar a la tienda no supo más de lo que había alrededor. Fueron dos pasos los que dio, intentando aproximarse a su hamaca, y terminó cayendo de lado cual roble. Se golpeó fuerte contra el suelo frío, húmedo y poco pastoso, lo que no impidió que durmiera de manera inmediata y placentera.

Durmió una noche completa sin interrupciones y sin sueños.

Despertó cerca del mediodía. La luz del Sol iluminaba el techo de su tienda y empezaba a calentarla lentamente por dentro. Los preparativos de la gran función de la tarde estaban terminados. La aldea estaba tranquila y en silencio, cada quien debía estar en su tienda preparándose para su acto.

Los ojos de Sherlock se abrieron despacio. Vio alrededor con un aire de pereza en todo su cuerpo. A pesar de todo el tiempo que durmió en un sitio y en una posición que pudieron haber sido mejores, no quería levantarse y creía que si volvía a cerrar los ojos, aunque sea por un segundo, era capaz de dormir profundamente una vez más. De nuevo recordó porque no le gustaba dormir, odiaba que su cuerpo tardara tanto en volver a su estado normal activo.

Sintió como algo –o alguien– respiraba sonoramente a sus espaldas. Giró su cuerpo y miró a su acompañante de aquella noche. El hombre lobo estaba acostado de lado junto a él. Dormía aún, su boca estaba abierta y su lengua, fuera de ella, estaba estirada en el suelo. Sherlock podría jurar que sus ronquidos se escuchaban afuera, incluso sin estarlo. Sonrió para sí y observó ahora la enorme y peluda pata que tenía descansando encima de él y que fue su cobijo durante la noche. De hecho, la calidez que emanaba de su cuerpo era relajante y de su agrada para su asombro. No le importaría quedarse allí un rato más.

Pero quedarse acostado más tiempo significaba que le costaría levantarse luego. Hizo un esfuerzo y empujó la pesada pata de John hasta poder dejarla de lado y liberarse de aquella prisión peluda. Se sentó en el suelo y se revolvió el cabello con sus dedos. Definitivamente no iba a dormir en un buen tiempo, era un completo fastidio el que su cuerpo no respondiera como quería que lo hiciese.

"John…" Bostezó y movió como pudo a la gran bestia dormida. No fue suficiente, lo poco que consiguió fue que carrara el hocico, recogiendo así su lengua del suelo. Suspiró y volvió a moverlo, esta vez clavando más sus dedos en su piel. "John, levántate. No es una opción"

En un principio John no hizo ningún movimiento y su acompañante estuvo a nada de levantarse e irse pues esperar no se le apetecía. Entonces abrió los ojos, para su sorpresa, y respiró profundamente, algo agitado quizás por la forma en la que fue despertado. Sherlock miró su mano, observando fascinado como ella, con sus dedos aún clavados en su piel, subía y bajaba conforme la respiración del lobo se normalizaba. Sintió en sus dedos que el calor corporal de John se había incrementado, pero no los apartó. Pensó que, de haberlo conocido en Londres, él habría sido un objetivo desde el primer momento y sería la única persona a la que habría dejado entrar en su casa, con el único propósito de estudiarlo.

Y vio cómo su brazo de repente desaparecía entre las fauces de la enorme bestia.

Sherlock parpadeó un par de veces, como si estuviese intentando comprender la situación, antes de sentir como cada membrana de su cuerpo se paralizaba debido al dolor repentino en su brazo y como lentamente estaba cayendo presa del pánico. Fue todo en cuestión de segundos: los ojos rojos de John brillaron, sus pupilas se contrajeron y en un parpadeo se incorporó y tragó su brazo hasta su codo, hincando sus dientes en su brazo.

Sintió miedo. Una vez más las imágenes de aquella noche se cruzaron en su cabeza, atormentándole con ese momento. Pero esta vez no era la mujer, era él. Y esta vez no era Allan el que le arrancaba el brazo de un mordisco, era John. Se imaginó en su sitio, palideciendo lentamente mientras se desangraba por la muñeca cercenada. Las náuseas revolvieron su estómago.

Con la misma rapidez con la que ese lado bestia se hizo aparecer, John volvió a la normalidad y soltó su brazo. Pequeños hilos de sangre brotaron de dos pequeños agujeros en donde había alcanzado a clavar sus incisivos (la boca de John era muy grande y el brazo de Sherlock muy flaco y pequeño). El propio John no podía comprender lo que acaba de suceder; lo veía inquieto, preocupado y asustado. ¿Por qué? ¿Le habría sucedido algo similar anteriormente?

Sherlock escuchó como el latido que rebotaba en su pecho se calmaba y recuperaba su pulso normal. Su respiración también se tranquilizó pero su mirada estaba perdida, viendo a ningún punto en la habitación y hundida en el pánico que acababa de vivir.

No se calmó por completo hasta pasados unos minutos, cuando cayó en cuenta (por fin) que su brazo había sido liberado, que seguía estando dentro de la tienda y que en algún momento John había salido. Estaba solo, salvo por el graznido del cuervo ocasional que solía acomodarse en el techo de la tienda.

Abrazó sus piernas y apoyó su frente en sus rodillas. De vez en cuando temblaba y entonces suspiraba para tratar de calmarse, como si liberando el aire podría ser capaz de liberar aquel extraño sentimiento: el miedo. Se preguntaba cómo cayó tan bajo debido a aquello: se había paralizado y había dejado que el terror bombeara en sus venas durante el ataque de John. ¿Qué habría sucedido si él no hubiese recobrado la cordura? Habría acabado como la chica del acto, de seguro, o peor.

Escuchó una voz que provenía fuera de la tienda. Alzó la cabeza y observó la entrada de la lona con una mirada fría y detenida; en su mente le gustaría que sólo así se cerrara e impidiera el paso de indeseadas visitas en aquel momento. Sin embargo eso no era posible (al menos para él) y esa voz se intensificaba cuanto más se acercaba a su destino.

"¡Voy tan rápido como puedo, John!" la voz de la persona que menos ansiaba ver precisamente. Gustavo, aún como mujer, atravesó la lona y entró en su tienda. En sus brazos tenía una cajita blanca que supo inmediatamente que era un kit de primeros auxilios y que debía contener más de esas cosas extrañas e ilógicas, como el hilo naranja que cosía la piel y recobraba la vida de cualquiera zona cercenada. Su rostro gritaba preocupación por todos sus poros: sus cejas estaban curveadas, se mordía el labio –debido al estrés que el hombre lobo debió causarle- y con sus dedos jugaba con el broche que cerraba la caja, un diminuto, interminable y fastidoso clic, clic, clic que perforaba en sus oídos. Sí, su percepción y deducción seguía intacto. "Sherlock, ¿cómo estás?"

Una pregunta idiota proveniente de un idiota nublado en su estrés. Se acercó a él sin esperar una respuesta irónica y se agachó a su lado. Detrás de ella entró John, posicionándose en seguida junto a la directora. Éste empezó a olfatearlo, revisando que aquella fuera la única herida que le había causado. De vez en cuando soltaba un apenas audible gemido ahogado, tratando de disculparse con eso.

Gustavo dejó el pequeño kit en el suelo y lo abrió. En efecto, allí estaba enrollado en un carrete estaba el hilo naranja con su aguja. Había, además, la bolsita con los polvillos que usó también con aquel accidente y varios frascos con líquidos extraños y etiquetadas con un idioma desconocido para él. Aliviado, se percató que había un frasco de alcohol y algunas vendas. La directora tomó su brazo y lo inspeccionó, apretando los labios. Aquella imagen del cirquero frío que manejó cuidadosamente el accidente con la mujer parecía lejana junto a la directora, que estaba nerviosa mientras lo examinaba. ¿Se debía a que esta vez se trataba de alguien que sí le importaba?

Ella suspiró y tomó el frasco de alcohol con dos motas de algodón. "John, pensé que le habías arrancado algo. No vuelvas a asustarme así" dijo. Las mojó y limpió la sangre de las heridas que fueron causadas por John; un irritante y agudo dolor recorrió su brazo, no hizo ninguna mueca y luego esperó a que lo vendara. Mientras lo hacía, explicó que no se veía grave y que la mordida de John no era venenosa, más de todas formas lo más seguro era ir a ver a Ren, que fue un doctor antes de haber sido raptado como conejillo de indias. Hablaba rápido, sin enredar la lengua, y su voz potencialmente chillona gracias su género femenino actual se mezclaba con el constante olfateo de John y su ocasional chillido. Sherlock cerró los ojos e intentó ubicarse en un sitio más placentero. No fue capaz.

Empezó a sentirse agobiado y fastidiado.

De forma brusca apartó su brazo de las manos de la directora una vez terminó de vendarlo y se levantó. Tanto ella como John lo vieron perplejo. Para ellos, cualquier cosa que saliese de la boca de Sherlock era inesperada. Bufó por la nariz y se acomodó el cuello de su camisa morada, ya desteñida por el uso que le había dado. Los miró luego con la cabeza alzada. "Déjenme solo" dijo con firmeza y frialdad.

La paciencia de Gustavo se mantuvo impasible como siempre era y lo observó calmada desde su sitio, al lado de un hombre lobo que no poseía su misma tranquilidad. "Sherlock…calma. Tratamos de ayudarte. John es tu amigo y se preocupa por ti, por eso fue a– " no la dejó terminar.

"No necesito su ayuda" exclamó y se dio la vuelta, caminó hacia la entrada dispuesto a salir. Oh, pero aún le quedaba más por decir. Al llegar a la lona la abrió un poco con sus dedos largo y luego los miró, despectivo, por encima del hombro. "Y, por si no lo has notado, yo no tengo amigos" arrastró cada palabra de esa frase y salió de la tienda.

Nadie se acercó a Sherlock mientras se dirigía con pasos ágiles al Comedor. Nunca lo habían visto tan enfadado y había que admitir que él tampoco era una persona de una paciencia infinita por lo que más de una vez lo habían visto molesto, pero no a tal magnitud.

Un preocupado Luka trató de acercarse a él con el fin de entablar una conversación sobre el problema que lo tenía así. Allan lo atajó del brazo a tiempo y le aconsejó que no se le acercara mientras estuviera en ese estado. Fue una bendición, de hecho: no sabía que podría haberle dicho al sensible Luka de haberlo tocado o seguido y no le apetecía perder su brazo de verdad debido a un incontrolable semi-cocodrilo y su furia.

Llegó al Comedor con el fin de hacer callar a su estómago, que no dejaba de rugir pidiendo sustancia, y no porque de verdad quisiera comer. Entró apartando de un manotazo la lona de la entrada, se sentó en el medio de la larga mesa y empezó a comer lo que había sobrado del almuerzo, que seguía en la mesa: un poco de conejo asado, bollos, algunas verduras y media jarra de jugo de moras. No había más personas que los humanos recogiendo los platos y ollas vacías de la mesa. Debió haberles sorprendido cuando lo vieron entrar, pero no dijeron nada y solo lo dejaron comer, saliendo del Comedor para volver a entrar a recoger en cuanto terminara.

Comía rápido, buscando poder terminar y por ende salir de allí pronto. Estaba molesto, terriblemente fastidiado. Lo que lo tenía así no era el haber sido atacado. No, lo que tenía a Sherlock de aquella manera era la forma en la que había reaccionado a la mordida. El haberse quedado estático cuando lo inteligente era intentar liberarse. El haber sentido pánico…y todo por un ataque vio, que ni siquiera fue una amenaza a él –en un principio-.

Mordió con fiereza un pedazo de pan. Pánico, ¡pánico! Pudo haber perdido un brazo y todo por haber caído presa del miedo. Le enfadaba enormemente como aquel ataque le afectaba aún después del tiempo que llevaba en el circo. ¡No fue un ataque hacia él, sólo se vio ensuciado por su desastre! ¿¡Por qué le afectaba tanto entonces!? Allan ni siquiera era próximo a él, no conocía mucho más de lo que conoció en su primer análisis.

Y fue allí cuando lo notó.

Dejó el resto del pan en su plato y alzó la barbilla, obligándolo a ver al techo, y pensó. Si comenzaba a analizarlo todo bien…realmente el problema no era el shock que le dejó Allan durante el ataque. Porque sí, le producía cierto escalofrío el recordarlo, pero cuando mató a Luka no se paralizó del miedo como le sucedió con John. Y en ese momento sí tenía razones, siendo Allan y siendo esa vez un asesinato. Uno que ya había premeditado, pero un asesinato al fin.

Lo que de verdad le causó daño cuando John lo atacó fue precisamente eso. La persona quien empezó el ataque, el hecho de que era John quien intentó hacerle daño. Podría sonar idiota puesto que el día anterior se había preguntado si el estado animal de John podría resultar peligroso a los que lo rodeaban. Sin embargo… nunca imaginó que podía atacarle a él.

Porque, después de todo, eran amigos. Si es que podía definirlo así.

Inhaló y suspiró, más calmado. Tomó un vaso de jugo de mora, continuó comiendo mientras meditaba. Ahora podía comprender por qué nadie había esperado que Allan atacara a Luka, ¡ahora se encontraba en esa misma situación! Su amistad con John le impidió ver un posible ataque. Su brillante deducción se vio nublada por una amistad que no comprendía aún. Definitivamente los sentimientos eran una desventaja.

Dejó los cubiertos en su plato al terminar de comer. Se giró para levantar y al hacerlo rozó la herida en su brazo con el borde de la mesa. Se quejó y miró el vendaje que había hecho Gustavo: debido a su estrés y su molestia había vuelto a sangrar, había una mancha roja en el pulcro blanco de las vendas. En los siguientes dos días se vería peor. También dolía cuando movía el brazo, un dolor que recorría su brazo. Le costaría adaptarse y más para su acto.

Ahora que estaba tranquilo y podía pensar con claridad, era obvio que John en realidad nunca buscó atacarle porque perdiera el control. Debía admitir que fue poco…prudente el presionar el estómago de una bestia dormida. Ese era el punto frágil entre varios animales y John no debió ser la excepción.

Estaba además que fue el conejillo de indias de un laboratorio durante ocho largos años, lo que causó un enorme trauma en él. De vez en cuando tenía pesadillas con aquella cárcel: más de una vez, en las noches que no dormía, lo vio revolverse en su sitio dando quejidos. Podía ser cualquier cosa más era más probable que se tratara de un recuerdo del laboratorio. Habrán sido miles las veces en las que debió haber sido despertado de su sueño sólo para recibir más abusos; al despertar esa mañana debió pensar que se encontraba otra vez allí.

Se preguntó si John estaría muy molesto para hablar con él.

Salió del comedor y justo a tiempo: no muy lejos, tal vez dos o tres tiendas alejado de él, estaba John. Seguía siendo un lobo enorme y no le extrañaba: su conversión de lobo a humano y viceversa era dolorosa, de nada servía molestar y convergerse a humano cuando más tarde tendría que actuar como un hombre lobo. Se aclaró la garganta y lo llamó.

"¡John!" el hombre lobo alzó la cabeza y miró hacia donde escuchó provenir el grito. La luz del Sol resaltó en su pelaje dorado, que se iluminó ante su resplandor.

En cuanto se dio cuenta que era él quien lo llamaba lo ignoró, girando la cabeza, y siguió su camino hacia donde se encontraba el río. Hacer que John volviera a hablarle iba a ser más difícil de lo que se imaginó que sería. Se relamió los labios, preparándose para lo mucho que creía que iba a hablar, y siguió su camino.

"¡John, John!" Continuó llamándole mientras trotaba un poco para alcanzarle. Ya se habían alejado de la aldea y el suelo descendía lentamente con cada paso que daba. John no se volteó e incluso caminó más rápido para alejarse. Rodó los ojos. Pero que animal tan terco. "¡John, eres increíble, eres fantástico!" Escuchó como resoplaba por la nariz. Bien, había conseguido una reacción al fin.

John llegó hasta las orillas del río y se sentó en su trasero, tal y cómo lo hacía un perro. Su peluda cola descansaba enrollada a su lado y su cabeza estaba alzada. No veía su reflejo en el agua, debía estar observando algún punto al otro lado del río. Sherlock caminó hasta llegar junto a él.

No habló y tampoco lo intentó. Lo observó fijamente, buscando algún signo de molestia. Su espeso pelaje podía imposibilitarle la vista, más no impedía que fuese capaz de deducir las expresiones de aquel animal como lo hacía con cualquier otro ser. Sin embargo encontró nada, no existían rastros de enojo en el rostro impasible del lobo. El hecho de no mostrar ninguna emoción era proporcional al nivel de enojo de John. Estaba enfadado.

Fue un silencio prolongado por unos minutos. Sherlock conocía lo suficientemente bien a John para saber qué era lo que quería a pesar de no indicarlo en su cuerpo: quería que rogara su perdón.

Ladeó la boca con desagrado. Bien, quizás no rogar. A John de seguro le bastaba un "lo siento". Pero Sherlock no era de esas personas que se disculpaban y mucho menos cuando sabía que no había hecho algo malo. Y es que no lo hizo: John le mordió el brazo e intentó arrancárselo, fue normal que luego de aquello dijera cosas que en realidad nunca quiso decir.

Cansado de esperar una disculpa o una excusa que no iba a llegar, John se levantó y se dio la vuelta, llevando sus pasos de regreso a la aldea. Sherlock tragó saliva y supo que si no decía algo la única compañía agradable que tenía en el Cirque y su amigo iba a desaparecer. No podía dejar que eso sucediera.

Dio dos pasos al frente y lo miró. Apretó los puños y los labios, pensando detenidamente lo que iba a decir antes de hablar.

"John…" dijo y se detuvo a respirar. "No tengo amigos. Sólo…" Suspiró, le costaba decir eso. John se detuvo cuando lo escuchó dirigirse a él. "Sólo tengo uno".

Sintió algo extraño revolotear en su estómago, incómodo por aquella confesión. Cuando conoció a John se alegró de haber encontrado a alguien que podía tolerar su forma de ser y que además admirada todo el potencial de su mente e incluso la palabra "amigo" cruzó por su cabeza en ese momento de euforia. No volvió a llamarlo así después. Era su colega, su compañero de tienda, hasta allí.

Pero empezó a convivir con él y sus peleas en lugar de alejarlos sólo consiguieron que se unieran más. En su convivencia John logró romper su barrera e incluirse a sí mismo en su mundo, y junto a él entró todas aquellas barbaridades comunes de la sociedad y también las emociones que no esperó sentir alguna vez. Y ahora que estaban allí no creía ser capaz de vivir ellas. Como también sería incapaz de vivir sin John.

Cómo le avergonzaba admitirse a sí mismo aquello.

John lo miró. El silencio volvió entre ellos, haciéndose más incómodo conforme pasaban los segundos. Sherlock no lo veía, su vergüenza lo obligó a ver hacia otro sitio luego de soltar aquellas palabras, pero John no despegaba sus ojos de él, analizando la situación que acababa de presenciar. Un Sherlock abierto no era algo que vería todos los días.

Y después bufó, como solía hacer cuando decía algo idiota (para él).

Sherlock volvió la cara, a punto de reprenderle y decirle algo para que no creyera que era idiota. En cuanto lo hizo fue embestido con fuerza en el estómago y empujado al río, todo sin haberlo previsto y, peor aún, todo sin notarlo debido a lo rápido de los eventos. Apenas consiguió asimilar la embestida cuando la superficie fría del agua del río golpeó su espalda y se hundió en ella.

Sacó la cabeza del río para poder respirar. Tomó una bocanada de aire. El agua bajó sus rizos negros que ahora estaban pegados a su frente, mejillas y el largo del cabello llegando a sus hombros. Gotas caían de su barbilla y un entretenido hombre lobo lo esperaba en la orilla, moviendo la cola y cómodamente seco a comparación con él.

John lo había perdonado y eso hizo que sonriera ampliamente.


El hombre lobo no dejó que saliera del agua durante un cuarto de hora. Cada vez que Sherlock se impulsaba en la tierra para salir del río era de nuevo empujado hacia éste. De cierta manera aquel era su castigo por la forma en la que se había dirigido hacia él, por más que se había disculpado. A pesar de ello, con el movimiento feliz de la cola del lobo y la expresión facial divertida y alegre que cargaba, supo que todo había vuelto a la normalidad entre ello, lo que era un alivio.

Chorros de agua caían de su pantalón y las mangas de su camisa cuando finalmente se le fue concedido el salir del río. Temblaba por completo, estaba pálido y podría jurar que sus labios debían estar alcanzando despacio una tonalidad parecida al púrpura. La yema de sus dedos estaban arrugadas, las vendas de su herida se habían caído, flotando ahora en la superficie del río y el viento frío que azotaba entonces tampoco era de ayuda.

John estaba entretenido con la situación. Había vuelto a sentarse en su trasero y el ruido seco detrás de él indicaba que su cola estaba siendo golpeada contra el suelo. Sherlock arrugó la nariz e inició su camino de vuelta a la aldea, dispuesto a buscar ropa seca aunque su única otra muda estuviera sucia ya. Escuchó un bufido a sus espaldas y los sonoros pasos de John lo siguieron. Habían quedado a mano.

La aldea estaba agitada al llegar a ella, la paz con la que la había dejado se había desvanecido. Estaba tal y como el día anterior cuando acomodaban la Carpa, la diferencia con ese momento es que ahora todos los freaks estaban vestidos con llamativos trajes que dedujo eran para la primera función de la tarde: Allan sólo vestía pantalones, para su acto debía estar semi-desnudo y así los espectadores podrían ver su piel de cocodrilo. De igual forma Alexander Ribs y Ren ya estaba hecho cocodrilo, arrastrándose camino a la Carpa. Luka no había cambiado su ropa, no iba a hacer mucho después de todo y la directora del espectáculo, Gustavo (no sabía cómo llamarle siendo chica), caminó frente a ellos con el mismo esmoquin femenino del día anterior y con un cierto brillo en su cabello castaño que no se debía al Sol.

Miró la hora en su reloj de pulsera que milagrosamente funcionaba: eran las dos de la tarde. Dentro de poco más de tres horas la función iba a empezar.

No podía creerlo, ¿ya tan pronto iban a actuar?

Truska, la mujer que hacía crecer una barba a su voluntad, los vio y se acercó tan rápido como sus zapatos altos la dejaban. Vestía un hermoso vestido de tela negra que la hacía ver elegante y al mismo tiempo hacía brillar su piel morena (1). Su cabello estaba recogido en una cola alta, seguro para evitar que interfiriera en su trabajo al momento en el que haría crecer su barba. Tomó a Sherlock de la muñeca y le sonrió.

"Debes venir" dijo con aquel acento parecido al ruso y marcando las erres. Lo jaló, obligándolo a ir y dejando a John atrás con una expresión confundida en su rostro canino. Intentó seguirlos pero Truska habló alto para que pudiese ser escuchada mientras atravesaban la multitud. "¡No, John! ¡Tú ve a la parca!" A pesar de sus años allí debía tener problemas con el idioma, debió referirse a la Carpa.

Lo llevó hacia una tienda que se situaba cerca del Comedor y que sin dudas era la suya (de otra forma no lo hubiese llevado allí). Un poderoso olor a perfume lo invadió al entrar y que hizo cosquillas en su nariz, llevándolo a estornudar consecuentemente. Se cubrió la nariz, evitando volverlo a hacer, y observó su tienda. Era indudablemente la más ordenada que había visto hasta ahora: no tenía una hamaca, tenía una cómoda cama con una pulcra y blanca sábana. Poseía, además, una peinadora con espejo, un biombo con unas ramas de cerezo pintados en el pergamino y otros dos muebles que debían ser su guardarropa. Truska era una mujer muy refinada y le hacía preguntarse como ella se llevaba tan bien con las personas del circo. O con el circo en sí.

Le indicó con los dedos que se sentara en la cama –así hizo– y fue al guardarropa. Lo abrió y, a sus espaldas, Sherlock vio una enorme cantidad de ropa que no solo era para ella, como suponía por las tallas variadas. Claro, Truska debía tratarse la persona que se encargaba de los trajes que la mayoría de los freaks usaban. Mientras divagaba en su cabeza ella sacó tres conjuntos del guardarropa y lo cerró. Dejó los tres separados en la cama.

El primero era una camiseta verde, muy alegre para su gusto, unos pantalones azules y arriba, en el cuello, reposaba doblada una pañoleta. Era un conjunto de pirata. Sherlock ladeó la boca con desagrado. Cuando era niño todas esas historias de piratas marcaron su infancia. Recordó que solía vestirse como ellos, con un parche y una supuesta pierna de madera, y picaba el estómago del gordo Mycroft con su espadita hasta que se hartaba y estallaba. Pero aquella etapa había pasado y los piratas no fueron más que una tonta fantasía infantil.

Negó con la cabeza. De todas formas Truska supo que no le gustó con solo ver su el aire de inconformidad que lo rodeaba. Sin sentirse ofendida tomó el conjunto de pirata y lo alejó de los otros dos, quedando descartado.

El siguiente se trataba de un esmoquin negro con el chaleco vinotinto y una corbata dorada. No pudo ser analizado bajo el criterio de Sherlock puesto que la propia Truska sacó la lengua y lo retiró de las opciones, diciendo algunas cosas en su idioma focal. Sólo quedó uno: una camisa a botones púrpura, muy parecida a su favorita con la diferencia de que no estaba desgastada y actualmente remojada. Parecía recién sacada de una tienda. Estaba junto a unos jeans oscuros y unos zapatos negros. Era, de lo que había sacado, lo único que se parecía a él.

Tomó la ropa y fue hacia el biombo. La tela de su ropa mojada estaba pegada a su piel, marcando cada centímetro de ella, y había pasado de estar desgastada a simplemente inservible por lo que el gesto de Truska era una bendición. La ropa interior era un problema pero Truska no debía tener algo así para él. Tampoco sería la primera vez que andaba por allí sin ropa interior, en realidad.

Terminó de desvestirse. Aún se sentía húmedo e incómodo. Primero se colocó el pantalón, que era algo más ajustado a lo que solía llevar aunque no era insoportable. Siguió la camisa; ésta le había entrado a la perfección. Se arremangó las mangas, teniendo cuidado con su herida. Había dejado de sangrar pero le preocupaba que cualquier presión la llevara entonces a eso. Luego arregló el cuello, dejando desabrochados los primeros botones tal y como le gustaba.

Salió en cuanto estuvo listo, dejando en un montículo su ropa desgastada y mojada. Truska lo esperaba sentada en la cama y aplaudió, sonriendo. Se sentía feliz de haber encontrado algo que le quedara bien (aunque no le hubiese costado más que ver la ropa mojada que traía encima).

"Ya estás mejor" dijo con voz angelical, suave y acompañándola con una sonrisa calmada. Seguía sin entender como alguien como ella estaba en aquel sitio. Había perdido a su familia (inconscientemente solía tocar su dedo anular, dónde debió haber estado un anillo, y en ese preciso momento lo miraba con nostalgia, como si le recordara a alguien. Quizás algún hijo, por su edad) y el circo debió proveerle apoyo y hogar cuando no lo tuvo, pero de eso ya había pasado muchos años. Era obvio que había creado lazos de cariño con las personas de allí, más seguía siendo una razón débil.

No lo preguntó. Asintió. "Gracias por la ropa" dijo de forma sincera, hizo una reverencia y salió de su tienda, yendo inmediatamente a donde se encontraba la carpa.

Vio la hora en su reloj. Había estado aproximadamente cuarenta y cinco minutos con Truska en su tienda. La función iba a comenzar en dos horas y ni siquiera había visto el sitio. Ya no quedaban freaks caminando; salvo por Truska, todos debían de encontrarse ya dentro de la Carpa, practicando sus números en un escenario ya montado.

Con pasos suaves pero rápidos, Sherlock se dirigió hacia la Carpa que se encontraba del otro lado de la aldea. No pasó mucho tiempo antes que una majestuosa Carpa de circo, con sus colores brillantes rojo y blanco se alzara frente a él. Era enorme, podría decir que era más grande que el salón del teatro abandonado en Londres.

Dio un profundo respiro, preparándose a sí mismo con lo que pudiera encontrarse dentro, y caminó los últimos pasos necesarios para entrar a la Carpa.

Nada, ni su ágil mente, lo preparó para lo que se encontraba dentro: la carpa era indudablemente más grande que lo que aparentaba por fuera, como todo en aquella aldea. El techo estaba adornado con lujosas lámparas de aceite, formadas con un cristal que brillaba en todo su esplendor aun cuando estaban apagadas. Entre cada lámpara, que eran unas diez, habían unos listones de colores variados. Estos listones también se encontraban colgados de las paredes.

Había alrededor de cinco docenas de sillas cómodas dispuestas por el centro de la sala, con el espacio necesario para que durante su acto y el de Allan no existiese ningún tipo de problema. Al fondo de la sala solo estaba un escenario de madera. Por alguno que otro tornillo sobresaliente y el tipo de madera dedujo que destruyeron una de las carrozas para poder montarla, tan sólo esperaba que fuera lo suficientemente fuerte para aguantar el peso de John.

Detrás de aquel escenario improvisado había una gran cortina de tela roja, sostenida por un tubo que a su vez se sujetaba de la madera del techo de la carpa. Obviamente la cortina ocultaba los bastidores y allí debía encontrarse John.

Aquel ambiente lo desconcertó, mientras más lo veía más se sorprendía de lo diferente que resultaba aquel sitio con la ambientación creada para el teatro en Londres. Se suponía que eran un circo ambulante de lo arabesco y lo grotesco, ¿qué clase de discurso tendría preparado Gustavo para describir a su circo en un sitio tan familiar como lo era ése?

Se hizo espacio entre las sillas y algunas personas que daban los toques finales a aquel sitio, entre ellas Kelly y su grupo. Subió despacio los escalones, un crujido se hizo escuchar debajo de sus pies. Aquel escenario montado no iba a ser suficiente para soportar el peso de John, lo más adecuado sería empezar el acto con John escondido en algún sitio de la Carpa sin tener que montarlo en el escenario. Asintió para sí, debía decírselo a Gustavo pronto. Apartó con sus dedos la pesada cortina roja y la atravesó, entrando a los bastidores.

El espacio era considerablemente reducido con el cuarto que era en el teatro de Londres, pero era debido a que lo principal era tener un espacio cómodo para los espectadores. Sin embargo el espacio era suficiente para colocar dos sofás de considerable tamaño y una mesita con té y algunos dulces. Sentados estaban, en el primer sofá, estaban Cormac Limbs, Gertha Teeth y Alexander Ribs. En el otro estaba Allan, con Ren en sus piernas y su larga cola llegando al suelo, Luka y Gustavo de piernas cruzadas. En el suelo estaba John, acostado y ocupando la mayoría del espacio.

Sintió una mano en su hombro. Al volverse vio a Truska, quien le sonreía y se hizo espacio para entrar y sentarse al lado de la directora. Ella sonrió y miró a todos los presentes.

"Ya estando todos aquí" dijo con voz suave. No necesitaba hablar en voz alta para hacerse escuchar en el reducido grupo de personas. "necesitamos hablar de lo que haremos. El escenario ya está hecho, por lo que es requerido ensayar antes de la función y para eso es necesario el conocer las posiciones que tendrá cada uno"

^"Con respecto al problema de la jaula de John…y del peso de John en sí" Sherlock alzó la cabeza sorprendido y miró a Gustavo. La directora lo miraba con una sonrisa en sus labios, de nuevo había hecho aquello de leer sus pensamientos. "He decidido que su acto iniciará desde abajo del escenario. Su jaula será cubierta por la manta negra de siempre" dijo ampliando su sonrisa. "Y luego Luka…o Sherlock, más bien, deberá quitarla".

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Por unos preciosos minutos había olvidado que sería el presentador del acto de John. Había ensayado y estaba seguro de lo que debía hacer, sólo debía concentrarse al momento. No era su área, lo que era normal que sintiera incomodidad al imaginarse haciéndolo. Aunque mientras más pronto terminara de hacer aquella estupidez, mejor sería.

Eso también lo vio Gustavo.

"He decidido las posiciones de los actos. Primero será el del hombre lobo, como siempre" Sherlock tragó saliva, más John no se inmutó. Estaba acostumbrado. "Luego entrará Alexander, Cormac, Allan, Truska y finalmente yo. El acto está quedando bastante corto por lo que Ren y yo entraremos" terminó con una sonrisa.

Los miró a todos y se levantó. "¿Qué están esperando? ¡A ensayar!" (2)


(1): Darren Shan nunca la describió en el libro, salvo diciendo que era bella. Uso su físico en el manga.

(2): Mientras terminaba de escribir éste capítulo el internet comenzó a fallar. No quise arriesgarme a que fallara de manera permanente y que no pudiera subirlo, por lo que el capítulo no está beteado. Siento mucho si encuentran errores, lo acomodaré en cuanto todo se normalice y mi beta lo lea.

28/10: Mi beta lo leyó, no hay problemas. Quise avisar tambien que mi laptop ha estado necia estos ultimos días, asi que...ah.