StudyInMara: Creo que no puedo decir lo mucho que agradezco la recepción que ha tenido mi fic. Luego de tanto tiempo quedado en el olvido no pensé que las views llegaran a ser altas otra vez desde un inicio y que ¡incluso tengo reviews, follows y favoritos! De verdad muchas gracias. Por suerte, pasaron dos semanas nada más antes de tener el siguiente listo, y ahora que estaré de vacaciones por...dos semanas, tendré el tiempo libre para leer y escribir. ¡Disfruten!


Capítulo 16

Gustavo los esperaba a la orilla de la carretera, no muy lejos de donde estaba la aldea del circo. El Sol golpeaba su figura, creando una pequeña sombra que se hacía más clara y nítida conforme se acercaban. Para sorpresa de Sherlock, la ropa que traía encima era un cambio total a como siempre lo veía: esta vez estaba vistiendo unos jeans ajustados y una camiseta larga de color vino tinto. Visto así pasaba como un chico de dieciocho o veinte años, nadie creería que tendría aproximadamente unos cincuenta años.

A John también le sorprendió el cambio del cirquero; por lo visto sería la primera vez que no lo veía con su pinta de dueño de un circo de freaks. Por lo tanto, aquella ropa era para pasar desapercibido, donde quiera que fuesen.

John abrió la boca una vez llegaron con él, posiblemente para comentar algo del nuevo estilo de Gustavo, pero el último se les adelantó y alzó la cabeza de lo que fuera que traía en sus manos.

"¡Sherly, John!" exclamó. Sherlock no tuvo tiempo de quejarse por ser llamado de aquella forma, pues trataba de ver que traía entre manos (literalmente): un teléfono celular. ¿Desde cuándo los vampiros estaban tan actualizados? Diría que traía encima el último modelo de iPhone.

Ante la mirada inquisitoria de Sherlock, Gustavo guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón. No le iba a decir de dónde se había sacado el dinero para comprarlo. No obstante les ofreció una amable sonrisa que Sherlock cada vez menos creía.

"Nuestro transporte ya está en camino" mencionó, acomodándose el cabello con rulos hacia atrás. John parecía no tener problema alguno con el asunto del teléfono, pero sí se extrañó al escuchar aquello.

"¿No iremos en una carroza?" preguntó, con una ceja arqueada. Lentamente, conforme se daba cuenta de lo que sucedía y confundiendo más a Sherlock, sus ojos se abrieron grandes frente al descubrimiento antes de fruncir el ceño y chasquear la lengua. "No me digas que nos vamos a ir en…"

"Me temo que sí" contestó Gustavo con una pequeña sonrisa, como de quien ha cometido una travesura y trata de no revelarse. Le divertía la molestia de John, sin lugar a dudas, y la mueca de confusión de Sherlock. "No podemos ir en una carroza, nos pondrían el ojo encima. Así que…"

"¡Ese no es un mejor transporte!" se quejó el hombre lobo.

"¿Podría saber de qué están hablando?" espetó Sherlock, harto de estar viendo a uno y el otro sin terminar totalmente de entender a qué se referían. Y el cirquero disfrutaba, que era lo peor. Se burlaba para sus adentros de la frustración de Sherlock.

"John, ¿le explicas?" dijo. John bufó.

"Él" mencionó John. Con la presión que hizo en la palabra supo que se estaba refiriendo a Hide. "creó un transporte que te lleva a los pies de la Montaña de los Vampiros de una forma más rápida que viajar a pie por día o semanas. Lo llamó VampTaxi." explicó brevemente. "Hasta los momentos el único en utilizarlo es Gus"

"Los vampiros se niegan en aceptar una forma más cómoda de viajar. Yo sí me adapto a los nuevo tiempos" eso podía verse en su forma de actuar y en su teléfono celular, pensó Sherlock. "Imita el cometeo de los vampiros para su uso"

Cometeo. De nuevo esa palabra. Sherlock recordó que John estuvo a punto de decírselo cuando llegó Ren para indicarles que Gustavo los esperaba. Y el cirquero debió ver eso (o quizás lo vio en un futuro probable) porque lo veía con una sonrisa socarrona. Sherlock podía verlo: a Gustavo le encantaba verse tres pasos delante de él, sea la razón por la que sea, casi tanto como él lo odiaba.

"El cometeo es una habilidad de los vampiros" explicó leve, sacando de nuevo el teléfono celular para ver la hora. 08:30. "Es una supervelocidad, por decirlo menos. Podemos movernos de un lado a otro en cuestión de segundos sin ser vistos debido a la velocidad a la que lo hacemos. Claro que yo no tengo tanta capacidad como un vampiro común, como ya comprenderás". Una vez dicho, guardó su teléfono en el bolsillo y vio a Sherlock manteniendo la misma sonrisa de antes. "¿Tienes alguna otra pregunta?"

"Solo una" respondió pedante. Ya estaba harto de aquella sonrisa. "¿Tengo que donarte de mi sangre también o no eres lo suficientemente vampiro para beberla?" Gustavo frunció un poco el ceño, para la alegría de Sherlock. Ahora era él quien sonreía.

El cirquero bufó. "Con suerte no tendrá que verme tomando de tu sangre"

De improviso, un Corolla negro apareció frente a ellos.

Hubo emociones mixtas. La cara de John se alargó más de lo que estaba; Gustavo parecía aliviado, quizás porque al fin había llegado a su transporte y Sherlock, a pesar de la sorpresa inicial de ver a un auto estacionar frente a ellos de la nada, ahora lo veía con un ojo crítico. Era un auto pulcro, bastante limpio, y tenía escrito VampTaxi con letras doradas y en cursivas a un lado. Los vidrios estaban polarizados y no podía verse hacia dentro ni quien estaba conduciendo. Las llantas habían dejado un frenazo en el pavimento, como si hubiera frenado de repente mientras manejaba a gran velocidad.

No sabía por qué, pero Sherlock tenía la sensación que toda la cosa del VampTaxi había sido idea del cirquero y Hide le cumplió el capricho, y mientras más lo pensaba más le hacía sentido y más creía que era cierto. Y pocas veces su intuición se equivocaba. Definitivamente Gustavo era un vampiro bastante inusual y estaba seguro de que lo hubieran desterrado del clan de no ser porque su padre era, ni más ni menos, un Príncipe. Encajaba en el esquema de niño consentido.

Por supuesto, él fue el primero en subir en el asiente del frente junto al conductor. John fue el siguiente, la mueca de disgusto siempre presente en su rostro. Sin más que hacer, Sherlock también subió y se sentó junto al rubio.

Los asientos estaban cubiertos con un tapiz rojo oscuro, un tono parecido a la sangre y que evidenciaba el gusto de su creador. La música que cubría el ambiente era una lúgubre, Etude No. 3 Opus 10 de Chopin, reconoció Sherlock. Y, para su sorpresa, quien conducía era una personita.

Sherlock la miró con detenimiento y considerando su seguridad. La personita estaba sentada en al menos tres cojines para alcanzar a ver hacia la calle. Sus pies no alcanzaban los pedales, pero por lo visto no era necesario porque tenía tres palancas donde, se suponía, debía estar la de cambio. Suponía acertadamente que esas palancas, aparte de cumplir con los ajustes de cambio, también hacían las funciones de freno y acelerador. A pesar de ello, no se sentía más seguro.

El cirquero cambió la sintonía de la radio con un movimiento de sus dedos por una canción más moderna; reconocía nada más al cantante de Panic! At the Disco. Luego volteó a verlos. "Sujétense bien" y chasqueó los dedos.

De su asiento salieron unas correas negras que envolvieron su pecho en diagonal y su cintura, como una correa de auto normal, solo que más ajustada. John se veía nervioso por algún motivo. Gustavo le extendió una hoja de papel a la personita, quién no hizo más que comérsela de un bocado y luego poner una mano en uno de los pedales.

Y arrancó.

Todo el cuerpo de Sherlock se pegó automáticamente al asiento, casi incapaz de mover la cabeza hacia los lados debido a la presión que ejercía la velocidad sobre él. Sentía como si una caja fuerte estuviera apoyada contra su pecho, aprisionándolo más y más hasta que el aire hacía un esfuerzo para llegar hasta sus pulmones.

Quería ver el camino a través de su ventana, de verdad quería hacerlo, pero como ya fue dicho apenas podía mover los ojos. Lo peor era que el auto no parecía estarse moviendo: todo estaba tranquilo en su interior, la personita movía el volante a una velocidad normal ante sus ojos e igual el cirquero se movía, cambian la música una tras otras sin saber cual era cual porque en esos momentos no era su preocupación inicial. No, lo que se movía era lo de fuera, como apenas podía ver a través del parabrisas. Los árboles pasaban en un parpadeo, también edificios, casas, buses, todos eran una mota borrosa frente a él. Era increíble…de verdad, no podía creerlo.

El auto se detuvo cuando ya sentía que su cabeza iba a estallar. Con el frenazo su cuerpo intentó tirarse hacia delante, pero la correa lo detuvo y no quería pensar en cual hubiera sido el resultado de no ser así. Sentía el cuerpo liviano, como si no estuviera en total control de sus movimientos y ahora fuera ajeno a él. La misma sensación que uno tenía cuando se bajaba de la montaña rusa de la feria (claro que Sherlock nunca subió a una y solo se basaba en testimonios).

Apenas pudo fijarse en el ambiente nuevo que lo rodeaba, su cuerpo necesitaba primero recuperarse antes de entrar en cualquier otro aspecto de la pirámide de necesidades de Maslow (psicología básica, la necesitaba para manipular a las personas a su gusto y por eso no lo borraba). Solo fue bajarse del automóvil y respirar profundo, con una mano en el pecho. Ardía.

No era de extrañar que Gustavo estuviera en perfectas condiciones. Si era el único en utilizar ese tipo de vehículos ya debería estar acostumbrado…y eso explicaría como pudo costearse un viaje a Madagascar, ahora que lo pensaba. Siempre lo había molestado ese pequeño detalle sobre sus fondos aparentemente interminables.

El cirquero se despidió con la mano de la personita dentro del VampTaxi. Las puertas abiertas se cerraron por sí solas y pronto el taxi paranormal desapareció frente a sus ojos en medio del tráfico de aquel día.

…¿Tráfico? ¿Cómo puede haber tráfico a los pies de una montaña?

Sherlock alzó la vista, observando lo que tenía alrededor aún con la respiración agitada. No estaban a los pies de la Montaña de los Vampiros ni nada parecido. De hecho, estaban en medio de una metrópolis, una ciudad que, por la forma de los edificios y el Brayford Pool a la vista, no era otra que Lincoln. Dudaba que por allí estuviera la dichosa montaña, por lo que miró al cirquero con una ceja arqueada.

Éste se había hecho aparecer un abrigo de la nada, debido al frío que Sherlock ya estaba sintiendo contra su piel. De los bolsillos sacó unos guantes que se colocó con toda la paciencia del mundo. Una vez listo, vio a Sherlock.

"No te preocupes" dijo, ladeando un poco la cabeza hacia un lado. "Iremos a la montaña, pero antes tengo un pequeño asunto que atender aquí. Me encontraré con uno de los generales vampiros"

Eso le sorprendió a Sherlock. No porque se fuera a reunir con otro vampiro, sino porque se lo dijo sin mucho reproche. Eso era sin más fuera de su personalidad, razón por la cual no se confiaba ni un poco.

"¿Y se supone que debo creerte de buenas a primeras o de una vez desconfiar un poco?" respondió rápido, sin despegar los ojos de él. Gustavo sonrió.

"Te dije la mitad de la verdad. Confórmate con eso" Se encogió de hombros, volteando hacia la calle llena de peatones que no se preguntaron qué sucedió con el coche negro que apareció y desapareció ni vieron al chico con un abrigo que antes no tenía. "Saca a John de ese bote de basura y tráelo, ¿sí? Debemos ir a hacer un check-in en el hotel"

Cierto. ¡John! Sherlock giró la cabeza inmediatamente para buscarlo. Lo encontró con la cabeza metida en una papelera de la calle; algunas personas veían al hombre lobo con disgusto al pasar a su lado, y no era para menos si se consideraba que estaba vomitando todo lo que hacía comido en una semana. La explicación más lógica era que el rubio había pasado mucho por una noche: entre doparse, la sorpresa de la mudanza y un viaje a toda velocidad, era normal que su estómago no pudiera soportarlo.

Gustavo reía entre dientes, él sabía la verdadera historia.

"¿Sabes cómo algunos animales, no importa cuántas veces lo hagan, se marean en un paseo en auto?" preguntó sin esperar que le respondiera, con los ojos fijos en John. "Pues aquí John es uno de ellos"

En respuesta, John alzó el dedo medio hacia donde estaban ellos.


Gustavo los dejó en un hotel no muy caro, pero tampoco de mala muerte. La habitación en donde estaban tenía dos camas, un minibar que no era nada más que una nevera pequeña vacía, un televisor con señal satelital y una puerta que conducía a la habitación del cirquero. La cual debía estar cerrada con magia porque ninguna de las tácticas de Sherlock funcionó para abrirla.

Se había ido con la excusa de encontrar al otro vampiro. Mark Oalth, lo había llamado. Fue darle una mirada a John para confirmar que ese tal Mark sí existía y ya lo había visto antes.

Dijo que volvería pronto, pero lo dudaba mucho. Sobre todo porque ya había pasado una hora y media y ni pista de él. Sherlock no perdía el tiempo, tampoco. Estaba recostado en su cama, viendo sin realmente ver el techo, pensando en todo lo acontecido en los últimos días.

Ni siquiera habían pasado días, sucedió todo el día anterior prácticamente. La función a las seis, desastre en medio de la función, la verdadera identidad de Luka, Moriarty y su socio Morán, ir a la Montaña de los Vampiros…todo eso había sucedido en una noche. Pero había algo que le hacía ruido. Dos cosas, más bien.

Moriarty era una. Era obvio que no solo quería conseguir a su creación de nuevo, aunque sería un profundo beneficio recuperar a John. Quería molestar, por vago y ridículo que sonase. Quería molestar a Gustavo, razón de haberse quedado sin John y sin laboratorio, y quería molestarlo a él. Era, al mismo tiempo, una guerra sobre quién era el más listo de los dos y no estaba dispuesto a perder. Sherlock tampoco.

La segunda cosa era la Montaña de los Vampiros. Nada mejor que ir al segundo lugar más seguro de Reino Unido luego del Palacio de Buckingham, y tenía dudas sobre éste. Pero… ¿por qué?

Juntó las manos por las yemas, acomodándose un poco mejor. Po todo lo que había escuchado de los vampiros a través de John, eran seres tradicionalistas y cerrados. Entonces, ¿por qué aceptarían a un humano y una abominación de la naturaleza dentro de su sociedad? Dudaba mucho que los caprichos de Gustavo fuera lo suficientemente fuertes como para voltear la opinión de todo un pueblo de vampiros. Había algo más oculto en esa historia y estaba seguro que tenía que ver con lo que decía el boleto cuando fue por primera vez al circo.

"El circo tendrá el mismo destino"

¿Otra guerra entre vampiros? En el caso de Darren Shan sucedió porque Darren estaba en el circo y él era el héroe de los vampiros…cabía destacar que él era mitad vampiro. ¿Qué tenía que ver él, un simple humano, en medio de dos bandos de vampiros?

No pudo seguir pensando porque recibió un almohadazo en la cara.

Frunció el ceño, apartando la almohada de un movimiento. En el rato que estuvo pensando John había encendido el televisor. Tenía el control en la mano mientras observaba preocupado el noticiero. Sherlock se sentó mejor, viendo también qué ocurría. El encabezado decía "¿Obra de un vampiro?"

"… ¿Qué? John, explícame qué ocurrió" se levantó para sentarse frente a él. Por lo visto esperaba que mirara la noticia para luego discutir opiniones, pero Sherlock no tenía tiempo para eso.

"Pues, en resumen, encontraron varios cadáveres desangrados en un hospital. Sin una gota de sangre." Volteó a verlo, apagando el televisor a sabiendas que ya no sería útil. "No encontraron una sola herida en el cuerpo y no pueden explicarse qué ocurrió, no hay un solo sospechoso" Suspiró, cerrando y abriendo la mano como para descargar la tensión. "No es la obra de un vampiro"

"Es la obra de un vampanez, ¿no es cierto?" le sonrió a John, levantándose y acomodándose la camisa en el proceso. Ésa era la otra mitad de la verdad que le había ocultado Gustavo. Tenía un golpe de adrenalina por todo el cuerpo. "¿Cómo se llama el hospital?"

"Lincoln County Hospital…" respondió sin pensar, viendo distraído hacia el televisor apagado. Entonces se dio cuenta de lo que estaba pasando, volteando hacia Sherlock. "…no estarás pensando ir"

"Está prácticamente a la vuelta de la esquina en la avenida Greetwell"

"¿En serio te aprendiste todas las calles de Lincoln con solo mirar el mapa de la recepción?" Sherlock se encogió de hombros sin responder, tomando la llave de la habitación para guardársela en el bolsillo trasero del pantalón. "¿Y qué se supone que vas a hacer? Es una escena del crimen, no vas a pasar"

"No, pero me imagino que el olor de un vampanez es distinto al de los humanos y ligeramente diferente al de un vampiro"

Allí John entendió su papel en todo eso, la razón por la que Sherlock quería que fuera. Se cruzó de brazos.

"Me niego"

"Pero John"

"No. No voy a ir, es estúpido"

"No es estúpido. Somos los únicos que sabemos que es un vampanez"

"Quizás no. Quizás Gus fue con Mark a buscar al vampanez para detenerlo"

"¿Y no te parece raro que no nos haya dicho? ¿Por qué nos ocultó eso?"

"Precisamente para que no metieras la nariz" Sherlock bufó por la nariz, fastidiado.

"El olfato de un vampiro es nada comparado al de un hombre lobo, John. No lo van a encontrar pronto"

"De aquí a la noche lo encontrarán. Es un general vampiro y de Gus de quienes estamos hablando"

"¿Vas a dejar que asesine a más personas? No lo está haciendo por comer, lo hace por deporte"

John se quedó callado, mirándolo. Sherlock hacía un puchero con los labios como de alguien inocente que no está pidiendo ir a buscar a un asesino. El hombre lobo suspiró, frotándose el puente de la nariz con los dedos.

"Me voy a arrepentir de esto, ¿no es cierto?"

"Para nada. Ahora vamos, creo que incluso desde afuera podrás agarrar el olor del vampanez" con una sonrisa en los labios, tomó a John de la mano y tiró de él para que se levantara, saliendo de la habitación.